Cultura Cuba

Un Blog para dar a conocer la cultura cubana, su gente y su historia, en pocas palabras.

 

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FÉLIX VARELA EN EL PENSAMIENTO DE JOSÉ MARTÍ



Para Martí, estar lejos de la patria fue un modo de acercarse a ella, de buscarla en el alma de los cubanos que como él habían dejado la isla querida por estar en desacuerdo con el modo tiránico que se le gobernaba. Su estancia en el destierro le sirvió para escuchar con orgullo los relatos de los hombres y mujeres que vivieron los momentos gloriosos del 10 de octubre, de la Asamblea de Guaimaro o de las cargas al machete del Camaguey, con Agramonte a la vanguardia de la caballería legendaria. Eran cosas que le llenaban el corazón y la mente de orgullo, por el pueblo cubano y que sirvieron para reafirmar sus convicciones sobre la necesidad de la independencia de Cuba.

En su exilio forzoso pudo conocer con más detenimiento la cultura forjada en el siglo XIX por esa vanguardia intelectual de la isla, leer sobre el pensamiento del Padre Félix Varela ese adelantado, “(…)que cuando vio incompatible el gobierno de España con el carácter y las necesidades criollas, dijo sin miedo lo que vio, y vino a morir cerca de Cuba, tan cerca de Cuba como pudo, sin alocarse ni apresurarse, ni confundir el justo respeto a un pueblo de instituciones libres con la necesidad injustificable de agregarse al pueblo extraño y distinto que no posee lo mismo que (con) nuestro esfuerzo y nuestra calidad probada podemos llegar a poseer”[1]

Era su preocupación mayor aquella admiración ciega de las clases pudientes criolla por ese vecino poderoso y advertía de forma clara y directa sobre el peligro de convertir aquella admiración en anexión. Habla Martí de las simpatías anexionistas de algunos y les recuerdas que Félix Varela no quiso la anexión, pese a la admiración que sentía por lo que habían logrado los estadounidenses.

Admiración y respeto es lo que siente Martí por el hombre de letras y el pensador adelantado, que por su visión anticipadora y la manera ágil y directa que tiene de enfrentar los grandes problemas de Cuba, con energía y firmeza, llega a la conclusión de que la solución estaba en la independencia; idea temida por los mismos burgueses criollos que alabaron al presbítero en su cátedra del Seminario San Carlos y lo eligieron posteriormente a las Cortes en 1821, y que en ese instante toman distancia del patriota sincero que al igual que Cristo previó esa deserción al expresar y escribió:

“(…) El deseo de conseguir el aura popular es el móvil de muchos que se tienen por patriotas, (…) no hay placer mayor para un verdadero hijo de la patria como el de hacerse acreedor a las consideraciones de sus conciudadanos por sus servicios a la sociedad; más cuado el bien de esta exige la pérdida del aura popular, he aquí el sacrificio más noble y más digno de un hombre de bien, y de aquí el que desgraciadamente es muy raro”

En consecuencia con esa virtud y vocación de sacrificio de Félix Varela, José Martí dice en uno de sus cuadernos de apuntes: “El primero será siempre el que más desdeñe serlo”, una frase que bien puede calificar al cura precursor y a él mismo.

Hombre de letras y rezos, de cultura enciclopédica, rompedor de cánones y prejuicios, Varela fue el hombre que abrió caminos en la mente de los criollos, cuando desde la cátedra de filosofía del Seminario San Carlos, abogó por la experimentación científica, la especulación investigativa, la enseñanza en español y la dignidad del hombre como patrón de conducta, sus ideas espantaron al liderato criollo, temeroso de perder sus privilegios en una lucha por la independencia.

José Martí conoce las ideas de Varela, las tiene presente en los momentos que organiza un pueblo para conquistar la independencia y reconoce el sacrificio del que vio primero y más lejos al querer la emancipación de Cuba.

[1] Obras Completas Tomo 2: 96

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CDR, UN EMBLEMA, UN PUEBLO


Tal vez a los “milenium”[1] cubanos no le digan mucho estas siglas, CDR[2], ni el patronímico “cederista”, derivado de estas siglas entrañables para los que tenemos sesenta y más…y no porque no hayan oído sobre esta organización de masas de la Revolución surgida en medio de la lucha contra la contrarrevolución armada y las agresiones directa del imperialismo norteamericanos, que fueron las motivaciones primeras de una organización crecida cuadra por cuadra, con ímpetu de masividad, querida por sus creadores y militantes, odiada por enemigos de la Revolución, por los lumpen de todo tipo que crecían y siguen floreciendo en los rincones más lejanos de la sociedad, pero amiga de sus miembros, de los vecinos que tenían en ella la primera mano amiga en la desgracia, el sostén del orden barrial, de la organización necesaria para que la convivencia no sea un continuo chocar de intereses y egoísmos, para la ayuda altruista con el vecino y el más lejano, cuadra por cuadra, conocida y conocedora, consagradora del mérito ciudadano y juez de las malas conductas ciudadanas, así fueron los CDR de mi época cuando su autoridad era más palpable y su accionar más inmediato; sino porque en estas modas de hacer obsoleto lo que huele a viejo, quieran subestimarla.

Hay quien apuesta por hacer desaparecer la mayor organización de masas de la Revolución, por desarmarnos y dejarnos sin la herramienta más poderosa del pueblo, del cubano de a pie, del que sigue viviendo con el salario y el trabajo honrado, justamente porque los “expoliadores de nuevo tipo”, los que siempre viven al margen, los que necesitan el caos, quieren campear por nuestras calles que con orgullo siempre hemos dicho son DE LOS REVOLUCIONARIOS.

FELICIDADES A MI ORGANIZACIÓN CEDERISTA EN EL 57 ANIVERSARIO DE SU CREACIÓN POR FIDEL UN 28 DE SEPTIEMBRE DE 1960, FELICIDADES A NOSOTROS MISMOS QUE SOMOS PARTE ACTIVA DE ELLA, LOS QUE LA NECESITAMOS PARA QUE CUBA SIGA SIENDO DE LOS CUBANOS HONESTOS Y TRABAJADORES.


[1] La generación de los nacidos en el siglo XXI

[2] Comités de Defensa de la Revolución

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EL ESTUDIO LIBRE DE PINTURA Y ESCULTURA


En 1937 se abrió el Estudio Libre de Pintura y Escultura dirigido por Eduardo Abela; la creación del mismo fue auspiciada por el gobierno de turno, para enfrentarlo al academicismo de San Alejandro. El Decreto lo promovió la directora de Bellas Artes, Renee Méndez Capote durante el “Gobierno de los Cien Días” (Ramón Grau San Martín, septiembre de 1935 - enero de 1936), pero la falta de condiciones había impedido su apertura. Su inauguración fue un paso revolucionario en la enseñanza artística cubana, los alumnos fueron escogidos entre aspirantes que no tuvieron conocimientos previos de pintura y escultura. Se admitían solo adultos, a los que se guiaba en el aprendizaje pero respetando la libertad de estilo, de maneras y normas. Fue una forma de encausar sensibilidades artísticas. Fueron profesores en este Estudio Libre de Pintura y Escultura, además de Abela, Jorge Arche, Romero Arciaga, Domingo Ravenet, Rita Longa, Mariano Rodríguez y René Portocarrero.

El experimento fue efímero, la falta de apoyo oficial y los detractores hicieron fracasar a los pocos meses el Estudio Libre, pero quedó una impronta pedagógica audaz, que tuvo en los jóvenes renovadores su apoyo fundamental.

Refiriéndose al estudio Libre, Abela dijo: “Yo no quería que asistiera nadie que supiese pintar, niños tampoco, sino gente que tuviese un niño dentro. Sobre todo, hablarle al alumno de los materiales y del oficio, pero no darle pautas a seguir igual al maestro. Cada cual con su individualidad”[1]


[1] Eduardo Abela, citado en “Introducción a nuestra pintura” de Oscar Hustado, 1962.

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OTROS RENOVADORES DE LAS ARTES PLÁSTICAS CUBANA

Los últimos cinco años de la década del 30 parecían confirmar el desarrollo de la pintura cubana, pero la situación política del país con su fuerte carga de represión al movimiento popular progresista provoca un nuevo éxodo de artistas.

Por estos años el éxodo de aprendizaje de los artistas cubanos se vuelve hacia México en el que se desarrolla el influyente movimiento muralista, que tuvo su primera expresión en Cuba en 1937 con las creaciones de sendos murales en la Escuela “José Miguel Gómez” y en la escuela Normal de Santa Clara.

En La Habana un grupo de pintores escriben una carta al rector de la Universidad de La Habana para que le autorizara la creación en sus muros de murales que reflejaran las luchas sociales del pueblo cubano y del estudiantado en particular. No hubo respuesta para una carta que tenía entre sus firmantes a Víctor Manuel, José Hernández Cárdenas, Amelia Peláez y Alberto Peña, entre otros.

Arístides Fernández Vásquez (1904-1934), es el genio truncado de esta generación, escritor y pintor, crea en solitario una obra que busca la cubanía en medio del caos de sus ideas reflejado en su dibujo y su color. Su obra se caracteriza por la búsqueda que ya iba concretando una forma propia en los últimos años de su vida, con una seguridad y armonía que permiten suponer una maestría superior.

Amelia Peláez (1897-1969) ingresó en la Academia de San Alejandro en 1916 comenzando a exponer en 1918 en los salones Anuales de la Asociación de Pintores y Escultores. En 1924 sale de Cuba, pasa por Nueva York y Francia. En París aprende las técnicas de las escuelas modernas que allí se asentaban, principalmente la del cubismo cuya influencia es evidente en su obra.

Antonio Gattorno Águila (1904-1980) es otro de los pintores cubanos innovadores que hacen de la sencillez y la simplificación, su razón de cambio. Estuvo también en París, pero su obra, a pesar de su gracia y buen gusto no logra desprenderse del todo del lastre académico. Sus temas se mueven en un ambiente rústico con tendencia al folklorismo tropical, incursionó también en el retrato. A finales de la década del 30 se radica en los Estados Unidos y abandona esta línea de trabajo sobre temas campesinos, para acogerse al surrealismo con fuerte influencia de Salvador Dalí.

Alberto Peña (Peñita) Araguren (1897- 1938) y Lorenzo Romero Aciaga (1905- ¿?), trabajan los temas sociales. Alberto Peña, negro, con más deseo de pintar que aptitudes, estuvo muy influenciado por el muralismo mexicano y sobresale en la década del 30 por el tratamiento de la discriminación y las desigualdades. Lorenzo tiene un compromiso social con la clase trabajadora en obras con cierta influencia de Víctor Manuel.

Otros pintores de relevancia en el período que se unieron a la línea de los renovadores fueron: Jorge Arche (1905-1956), Domingo Ravenet (1905-1969), Marcelo Pogolotti(1902-1988), Mirta Cerra (1904-1986) y Ramón Loy (1894- 1986), junto a otros más jóvenes que alcanzan su plenitud en períodos posteriores, como son los casos de Wilfredo Lam, Mariano Rodríguez y René Portocarrero.

. En febrero de 1935 se realizó el Primer Salón Nacional de Pintura y Escultura en el que expusieron tanto artistas de la academia como los vanguardistas. Allí estaban Víctor Manuel, Abela, Amelia, Carlos Enríquez, Aristides Fernández, Fidelio Ponce, Ravenet Arche Romero Arciaga, Hernández Cárdenas, Gabriel Castaño, Alberto Peña, Domenech, Valderrama, Romañach y otros.

En 1937 se celebra la Primera Exposición de Arte Moderno, en el que exponen artistas consagrados junto a figuras de nueva promoción, como Luis Martínez Pedro, René Portocarrero y Ernesto González Puig.

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ABELA, LOS TEMAS CUBANOS


“La comparsa”, el mestizaje y el ajiaco criollo en un cuadro antológico para la cultura cubana


Eduardo Abela Villarreal (1892-1965) fue dibujante en la prensa habanera en la que creó el famoso personaje del “Bobo”, alumno de San Alejandro emigra a España en 1924, allí expone con cierto éxito de crítica, pero su inquietud está en París y a la capital francesa parte exponiendo en el Salón de Otoño. Eran los años del surrealismo y Abela asimila y aprende de las tendencias pictóricas. En medio de este deslumbramiento surgen los dormidos temas de la patria, ahora tamizados por el exotismo de la Ciudad Luz. Eran cuadros modernos por su técnica y costumbristas por su tema: “La comparsa”, “La Casa de María la O”, “Los funerales de Papá Montero”, “Los caballeros del pueblo”, “El adiós”, “La vega de tabaco”, etc.

Su pintura es sensual, de fórmula segura con más preocupación por la técnica que por los temas; con una expresa voluntad de simplificar, de llevar a líneas esenciales el asunto, donde el cuadro aparece repartido en grandes masas de colores donde concentra el mayor significado. La luz en Abela está respeta a través del volumen y el color, es el trópico, pero desde lejos.

Igual le ocurre con los temas cubanos, principalmente afrocubanos, de los cuales es uno de los precursores, con una mirada folklorista, poética, sensual, elaborados a partir de la evocación y la imaginación. No hay que olvidar que este es el momento de “descubrimiento” de los temas negros en la cultura cubana, hasta ahora formaban parte del acervo popular pero no eran tratados por la cultura establecida.

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FIDELIO PONCE Y SUS FANTASMAS


“Los niños” Fidelio Ponce

Fidelio Ponce (1895-1949)[1] es el pintor más original y de más talento de esta primera vanguardia de las artes plásticas, golpeado por la vida y sus circunstancias, crea una obra irregular que perfecciona por intuición.

Nació en Camagüey estudiando irregularmente en San Alejandro, donde no pudo aprender mucho. Se gana la vida como pintor de vallas comerciales y tiene un primer período en el que pinta paisajes y retratos de calidad irregular. En la década del 30 inicia un período de consolidación pictórica determinado por la esencia de sus mitos interiores, reflejos de su desgraciada vida de paria, gravemente enfermo de tuberculosis e incapaz de salirse de sí mismo, hace una pintura que refleja sus miedos y obsesiones, con un estilo personalísimo y en el que están presente figuras de tuberculosos, beatas, niños, vírgenes, cristos, monjes, mujeres, en fin espectros de su existencia.

Para este retablo crea sus propios colores, partiendo del blanco fantasmal, en el cual parecen flotar sus figuras, apenas manchas contrastantes de blancos, ocres, nacarados, azulinos o rosas, colores “(…) que van afinándose, suavizándose, haciéndose fríos y que llevan a la generalidad dentro de la pintura cubana”[2]

Fidelio Ponce expuso por vez primera en el Lyceum en 1934, fue todo un acontecimiento cultural, llamando la atención del público y la crítica. En 1935 obtuvo el Premio Nacional del Salón de Pintura y Escultura con su cuadro, “La beatas” y repitió el premio en 1938 con, “Los niños”. En 1937 el Ayuntamiento de La Habana organiza una exposición homenaje, “Exposición de Fidelio Ponce”, con gran acogida.


[1] Su verdadero nombre era Alfredo Ramón Jesús de la Paz Fuente Pons

[2] Loló de la Torriente: “Imagen en dos tiempos”. La Habana, 1982

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PINTURA EN CUBA, LOS PRIMEROS AÑOS DE LA REPÚBLICA (1902-1925)



Las dos figuras más sobresalientes en la pintura de esta etapa fueron, Armando Menocal y Leopoldo Romañach, pintores formados a fines del siglo XIX, cuyo quehacer artístico influirá fuertemente en este período y se adentrarían, aunque con menor fuerza, en décadas posteriores. Ellos representan el romanticismo decimonónico enraizado en Cuba.

Armando Menocal es el más apegado a la academia, combatiente del Ejército Libertador Cubano, se hizo durante la República pintor de temas históricos, basándose en sus apuntes y dibujos hechos durante la guerra o que le fueron contado posteriormente. En la época de bonanza económica de la Danza de los Millones, fue casi el “pintor oficial de la República” recibiendo encargos del gobierno y de figuras importantes de la sociedad habanera. Son muy conocidas sus pinturas alegóricas para el Palacio Presidencial, la Universidad de La Habana y la Casa Quinta de Rosalía Abreu, entre otras. Para el Palacio pintó la alegoría de la República en el techo del Salón de los Espejos y “La toma de Guimaro” (1918). Para la Universidad pintó grandes paneles simbólicos en el Aula Magna (1906) y para Rosalía Abreu pintó “Combate de Coliseo” y “La toma de la Loma de San Juan”.

Dentro de esta temática histórica Menocal creó su famoso cuadro, “La Muerte de Antonio Maceo” (1906), que se conserva en el Palacio de los Capitanes Generales, obra pintada con minuciosidad de historiador pero carente de vida y emoción por el estatismo de las figuras. El detalle les robo el alma a aquellas figuras. En el retrato encontró Menocal desarrolla oficio y profesionalidad, era el pintor de moda y con su pincel perpetua a innumerables personalidades políticas, intelectuales, científicas o personajes sociales.

Entre sus retratos destacan el de Enrique José Varona, de impecable factura y colorido, el de José Martí elogiado por la madre de este por la fidelidad lograda a partir de un fotografía y el retrato de Dulce María Borrero, en la que queda recogido el carácter y la expresión de su rostro, todo un símbolo de la mujer de sociedad en la época.

En cuanto al paisaje su trabajo no fue menos meritorio poniendo énfasis en la calidad de su técnica, de pocas variables, aunque puede reconocerse cierta tendencia impresionista en el tratamiento y la pincelada en algunos de sus paisajes.

Como profesor de San Alejandro y luego como director del centro, desde 1927, contribuyó a difundir una técnica de pintura desfasada y fría, pero que se continuó haciendo durante largos años en Cuba bajo la influencia de esta escuela y estos maestros.

Leopoldo Romañach (1862-1951) es el otro gran pintor del período republicano, apegado a su línea del romanticismo de academia, mostrando habilidad en su oficio y una sensibilidad que encuentra sus mejores momentos en sus paisajes cubanos y en los retratos.

El paisaje de Romañach capta la luz de Cuba utilizando en este período las maneras atenuadas del impresionismo español de Sorolla, principalmente en sus marinas.

Su magisterio en San Alejandro fue importantísimo formando alumnos que siguieron sus huellas, otros que encontrarían su estilo en las escuelas europeas y un tercer grupo que asimila las corrientes de las vanguardias para revolucionar la pintura cubana.

La formación europea de muchos de los alumnos de la Academia de San Alejandro consolida en ellos la impronta academicista, sin encontrase con las nuevas tendencias pictóricas que están presente en esos países, principalmente en Francia, ellos buscan los grandes temas naturalistas, las escenas de aldeas italianas, los paisajes exóticos, el ambiente bucólico o la simbología de una cultura clásica que le sale al paso. Entre los pintores cubanos becados en Europa se destacan: Manuel Vega, Ramón Loy, Antonio Rodríguez Morey, Enrique Crucet, Manuel Mantilla, Esteban Valderrama, Esteban Doménech, Mariano Miguel, Domingo Ramos, Luisa Fernández Morell, Josefa Lamarque, Enrique Caravia, Bencomo Mena y Armando Maribona, entre otros. Para este grupo y otros no mencionados, los temas siguen siendo, el paisaje, los retratos y la escenas épicas.

Se habla de una tendencia impresionista tardía en la pintura cubana de esta etapa, se produce principalmente entre los pintores de este grupo, que la conocieron durante sus estudios en Europa. Pero sus características fundamentales están dadas por un impresionismo de técnica, dejando a un lado las sensaciones que el paisaje deja en sus pupilas y que hicieron de esta escuela impresionista un momento de cambio radical en la creación y percepción de la pintura.

A este grupo de “impresionistas” cubanos los une el apego al paisaje, el uso de los colores puros, con una pintura de agradable colorido, pero superficial, con cierta dureza en las líneas de contorno de las figuras por la difícil convivencia de estas con los juegos de la luz, motivado por cierta preocupación de los impresionistas cubanos por el dibujo en detrimento de la frescura y ligereza de las vibraciones y tonalidades de los reflejos cromáticos.

En este grupo se destacan, Esteban Doménech, Mariano Miguel, Valderrama, Ramón Loy, Domingo Ramos, Enrique Caravia, Enrique García Cabrera, Bencomo Mena, Luisa Fernández y María Josefa Lamarque. Este grupo ha captado numerosos paisajes cubanos famosos, («Valle de Viñales» de Domingo Ramos) y personajes populares de la isla, lo que unido a su técnica le garantizó una relativa aceptación en el reducido mercado de arte nacional. Con posterioridad a este período se extendió esta influencia tardía del impresionismo superficial en algunos pintores con clientela de encargo.

Uno de estos pintores fue Esteban Valderrama, becado en España y Francia donde perfecciona sus aptitudes. Alcanza premios importantes, como el otorgado por la Academia de Artes y letras de Cuba, por su tríptico «Fundamental» (1917), acerca de costumbres campesinas; la Medalla de Oro en Sevilla por su cuadro «Campesinos Cubanos» y algunos más en exposiciones posteriores.

Valderrama se destaca en la pintura histórica, donde al proyectar su obra se convierte en un documentalista histórico, al copiar la realidad en sus mínimos detalles, bien elaborada, pero carente de emoción, frenada su mano y su imaginación. En estos temas sobresale su cuadro «Muerte en Dos Ríos», la imagen más recurrida al ilustrar este momento final de la vida del Apóstol, a pesar de que el quemó el cuadro por las críticas que recibió en el momento de su presentación, quedaron las fotografías y la leyenda.

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LA RENOVACIÓN DE LAS ARTES PLÁSTICAS CUBANA (1925-1940)


“Gitana Tropical”

Víctor Manuel

La fecunda década del veinte lo fue también para las artes plásticas, por la gran renovación que se produjo en las diversas manifestaciones de ella dentro de la isla. Un grupo de jóvenes estudiantes de la Academia San Alejandro en La Habana, se rebela contra el conservadurismo y el estancamiento de la enseñanza de las artes plásticas en Cuba, lo que determinaba el atraso manifiesto de dichas artes. Ellos deciden ir contra los viejos cánones y aprender lo nuevo de las escuelas europeas, principalmente la de París donde se está produciendo las herejías más importantes de las artes plásticas del momento.

El año 1924 puede señalarse como el año de inicio de estas inquietudes al viajar a Europa algunos alumnos cubanos: Víctor Manuel, Abela, Gattorno, Pogolotti, Carlos Enríquez, Amelia Peláez, Wilfredo Lam y Domingo Ravenet, entre otros, van a Francia, a París, para conocer a los maestro de los “ismos”, desde Cezanne a Picasso y a su regreso a Cuba son otros, revolucionan la pintura y ponen en crisis la Academia. La reacción de la escuela fue conservadora, le cierran los centros oficiales de enseñanza, repudian sus innovaciones y no le permiten enseñar lo nuevo.

Entre tanto en La Habana trabaja Rafael Blanco Estera, quien ha conseguido con sus dibujos una original forma de expresión. Trabajando la sátira, Blanco se manifiesta como seguidor de la obra de Francisco de Goya, William Hogarth y Honoré Daumier en el trabajo de las líneas expresionistas que utiliza para crear un dibujo sarcástico de duro matiz social, desconocido hasta entonces en Cuba. Es un precursor casi desconocido de las renovaciones que se gestan en las artes plásticas de la isla. Sus dibujos marcan un giro en el género en el ámbito nacional: escuetos, sobrios, con mucha intensidad y economía de elementos, en el que “(…) el toque del pincel recuerda la nerviosa maestría de los pintores calígrafos de China”[1]

El Salón Anual de la Asociación de Pintores y Escultores de 1925 mostró ciertos cambios en algunos expositores: Gattorno presentó una composición típicamente cubista; Víctor Manuel concursó con un retrato y un lluvioso paisaje parisino con cierto acercamiento al impresionismo.

Víctor estaba recién llegado de Francia y se notaba en su pintura una marcada influencia de Gauguin y Vanh Gogh y un colorido de predominio de los azules, grises y verdes. Está lejos de mostrar la luz del trópico, que en sus cuadros nunca estará.

Exponen por primera vez Carlos Enríquez con el retrato de una muchacha sobre la hierba y Eduardo Abela con una vista de las azoteas habaneras llena de la cálida luz de la isla. Pese a estos artistas la exposición estuvo caracterizada por la rutina y el convencionalismo de la pintura cubana del momento.

En 1922 llega a Cuba el periodista y crítico catalán Martín Casanovas y revoluciona el ambiente cultural habanero, que ya estaba “inquieto y caldeado”. Se une al movimiento minorista y se convierte en factor de unidad y fortalecimiento de la izquierda de este movimiento intelectual. A su influencia se debe la creación de la “Revista de Avance (1927)”[2]. En ella colaboran prestigiosos artistas plásticos, tanto cubano como extranjeros: Eduardo Abela, Carlos Enríquez, Víctor Manuel, Salvador Dalí, Juan Gris, Pablo Picasso y George Grosz, entre otros. En la revista se teoriza sobre la pintura, aparecen críticas y reseñas sobre el tema, lo que influye en las artes plásticas cubanas del momento.

El punto culminante de esta subversión fue la “Exposición de Arte Nuevo” organizada por la revista y en particular por Martín Casanovas, hecho que provoca una conmoción que pone fin al academicismo en la isla. La Exposición se organiza en la sede de la Asociación de Pintores y Escultores, del 7 al 31 de mayo de 1927, presentándose ochenta y dos obras.

Entre los expositores aparecen, Eduardo Abela, Rafael Blanco, María Capdevila, Gabriel Castaño, Carlos Enríquez, Víctor Manuel, Antonio Gattorno, María Josefa Lamarque, José Hurtado Mendoza, Luis López, Ramón Loy, Alice Neel, Amelia Peláez, Rebeca Peink, Marcelo Pogolotti, Lorenzo Romero, Alberto Sabas, José Segura y Adia N. Yunkers.

Entre los participantes en esta exposición muy pocos tenían una obra renovadora, otros eran pintores menores y algunos extranjeros residentes en Cuba.

De impacto de esta exposición dirá Martín Casanovas: “Caían muchos tabús y falsos ídolos, se atentaba contra el retratismo ofiacialesco, los cuadros históricos escenográficos y el paisaje litográfico, contra una escuela timorata sostenida por el esnobismo republicano, y se polemizó agriamente. La Exposición de Arte Nuevo constituyó una verdadera revolución, marcando el fin del academicismo y los primeros pasos del realismo cubano afincado, no en la anécdota pintoresca o los pretextos temáticos, sino en una emotividad causal y esencial”[3]

Los artistas cubanos que habían tomado contacto con las escuelas renovadoras de Europa miran al paisaje y al cubano de un modo nuevo. Primero desde la lejana perspectiva de París y luego desde Cuba, redescubren lo cubano y su esencia. Cada uno utilizó los instrumentos expresivos que consideró necesario para crear su obra: post-impresionismo, cubismo, fauvismo, surrealismo, etc.

Cuba vivía los difíciles día de la Revolución antimachadista y sus artistas jóvenes revolucionaban su arte. Se había creado un público y entre los jóvenes pintores surgían discípulos y continuadores de los pioneros renovadores. Durante la década del 30, al abandonar el país muchos de los expositores de 1927, el movimiento perdió algo de impulso, influido también por los acontecimientos políticos y sociales, pero sí mantuvo cierta vitalidad impulsado esta vez por el crítico de arte Guy Pérez Cisneros.

La gran figura cubana de las artes plásticas de este período fue sin dudas Víctor Manuel García Valdez (1897-1969) fue discípulo de Leopoldo Romañach en la Academia San Alejandro, pero se levanta contra estos mismos preceptos aprendidos en la academia y marcha a París en 1925 en busca de las técnicas y la información desconocidas en su isla. Allí comprende que pese a la necesidad de lo novedoso, los temas de su país, su paisaje, y su gente común son dignos de ser llevados al lienzo.


[1] Jorge Rigol: “Apuntes sobre la pintura y el grabado en Cuba”. La Habana, 1973

[2] Esta revista agrega a su título el año en que se edita

[3] Citado por Jorge Rigol en “La Pintura y el grabado en Cuba”

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ACADEMIA SAN ALEJANDRO: EL CONSERVADURISMO REPUBLICANO



Las artes plásticas cubanas padecen en este primer período republicano (1902-1925) del mismo mal que la sociedad cubana, la frustración y el estancamiento y la mirada mimética hacia un pasado colonial cercano, aunque con destellos de genialidad y rebeldía en algunas indi

Los artistas plásticos cubanos en las primeras décadas del siglo XX están influidos en su mayoría por el quehacer de la Academia de San Alejandro en La Habana, en la que poco se ha cambiado en este tránsito del decimonónico a la República. Los creadores están formados en la técnica del realismo romántico, apegado a la copia del natural y ajeno a las inquietudes estética que se producen en Europa, cuyos moldes más conservadores imitan.

Los pintores cubanos de más prestigio trabajan básicamente para una élite conservadora que encarga sobre todo, retratos en poses prefijadas y cuando quieren decorar piensan en paisajes bucólicos de corte europeo o cubanos idealizados.

La Academia de San Alejandro continúa formando pintores de tendencia clásica, dirigida es esta época por el cubano maestro Miguel Melero hasta su muerte en 1908. En el claustro de esta escuela sobresalen reconocidos artistas como Armando Menocal y Leopoldo Romañach, formadores de buena parte de los pintores de esta primera generación republicana.

En 1905 el Ateneo de La Habana organiza dos exposiciones de pintura francesa que impactaron el ambiente artístico de la ciudad. Eran originales que abarcaba diversas tendencias, aunque ninguno de la vanguardia plástica que para esta fecha revolucionara la pintura francesa y mundial. Obras de Paul Chabas, Gastón La Touché, Raffaelli y Jean Paul Laurens, entre otros eran los exponentes que dejaron una apreciable huella en el público y los artistas de la isla.

El gusto por lo bello y el contacto directo con el arte francés, provoca un deseo de conocer más de cerca los centros artísticos de Europa, un sacudimiento entre los artistas, la intelectualidad y la élite consumidora, preocupados ahora por actualizarse con los modos de la «Belle Epoque», lo que trae consigo un mayor interés por el diseño, la publicidad y el dibujo. El mismo Ateneo de La Habana apadrina las primeras exposiciones de dos artistas cubanos relevantes: Rafael Blanco(1885-1955) y Conrado Massaguer(1889-1965), quienes en 1912 exponen sus dibujos y caricaturas con símbolo del despertar de los nuevos tiempos.

La Academia de San Alejandro en un intento por mantener su predominio convoca, en el curso 1911-12, al Primer Concurso por el Premio Nacional de pintura que se otorgaría a quien reflejara de mejor manera el tema rural cubano. La escasa participación de obras, seis en total, da la medida del fracaso del concurso, aparte del ceñido tema que pretende alentar un malgastado tópico, el campo a través de la óptica idealizada de la élite, que solo quiere ver recodo de montes con predominio del palmar, arroyos murmuradores, bohíos idílicos y guajiros felices que juegan gallos, cantan décima y aman a su mujer. El premio fue para Armando Menocal, el pintor más representativo de esta pintura académica, oficial, clásica y bella donde no cabe lo feos, ni lo inoportuno, su obra, “Amanecer en el sitio”. Al año siguiente no se entregó el premio por el desinterés de los artistas.

El gobierno republicano creó en 1918, un reglamento para otorgar becas de estudios artísticos, estableciendo que la misma se otorgaría por concurso de oposición. Estas becas eran por cinco años y consistían en pensión de cien pesos mensuales mientras se estudiaba en Madrid, Roma o París. Otras instituciones y organismo crearon becas con lo que se creó una corriente regular de artistas de Cuba en Europa.

Otra secuela de este resurgir estético en la isla fue la preocupación por crear en La Habana un Museo Nacional que recopilara no solo las piezas de valor histórico, sino lo mejor de la creación artística del país. La iniciativa parte del periodista Mario Giral quien promueve la creación de esta institución desde las páginas del diario, “La Lucha” en 1910. La idea se concreta el 23 de febrero de 1913 al crearse por Decreto de la Secretaría de Instrucción Pública dicho museo que abrió sus puertas el 23 de abril del propio año en una vieja casona colonial de La Habana, teniendo como director al arquitecto Emilio Herrera.

El Museo se convirtió en un almacén de algunas obras de arte, reliquias históricas y piezas de poco valor, todas guardadas y catalogadas de acuerdo a los conocimientos museológicos de la época, con muy poco apoyo oficial y una precariedad permanente que duró décadas.

Otro estímulo para las artes plásticas nacionales fue la creación de la Academia de Artes y Letras en 1910, que acogía entre sus miembros a los mejores artistas e intelectuales del país y valora lo mejor de la creación artística de acuerdo a los cánones del academicismo predominante.

Entre tanto el número de creadores plásticos crece, las inquietudes estéticas maduran al influjo de las exposiciones, la llegada de artistas extranjeros a la isla, el estudio en Europa de algunos pintores y escultores cubanos y la ampliación, aunque débil del mercado del arte en Cuba. Este es el ambiente en el que surge en 1915 la Asociación de Pintores y Escultores fundada por el pintor Federico Edelman Pintó. Esta organización tenía como premisa la organización anual de un Salón en el que expondrían los artistas cubanos y extranjeros de paso o radicados en la isla, a modo de estimular la creación en pintura y escultura, ampliada poco después a la caricatura.

Ese mismo año de 1915 se convocó el primer Salón y a continuación el de los caricaturistas. El país acogió muy bien la muestra, la prensa divulgó el acontecimiento y reprodujo reseñas y críticas de forma asidua mientras duró la exposición, hecho que contribuyó a la educación de un público y sienta las bases para los cambios que sufrirán las artes plásticas cubanas en la década del veinte. En los salones de la Asociación junto a los establecidos pintores del academicismo, expusieron figuras nuevas que enriquecieron las artes plásticas cubanas: Rafael Blanco[1], Conrado Massaguer, Víctor Manuel, Eduardo Abela, Juan José Sicre, Armando Maribona y otros muchos que harían época en Cuba.

La Asociación aglutinó a un buen número de artistas, muchos de ellos jóvenes; organizó clases nocturnas, conferencias, (…) “valorizando la polémica y logrando el desarrollo de una crítica severa, pero justa y sincera, que fue orientando al público”[2]

De esta pintura Jorge Mañach diría: “Un arte nuestro por la intención crítica y por los asuntos (…) una pintura de un cubanismo temático.”[3]


[1] Estudia en la escuela San Alejandro. Participa en numerosos salones y expone en el Ateneo de La Habana y en la Academia de Artes y Letras. En 1918 es pensionado por el estado cubano para realizar estudios en Nueva York; posteriormente viaja a México. Crítica aguda e intensa del contexto social, su amplia producción –que abarca pintura, dibujo, dibujo humorístico y caricatura- se caracteriza por una modernidad renovadora en los dos primeros decenios del siglo XX, por lo que se considera una figura precursora del movimiento de arte nuevo que se desarrolla a partir del segundo lustro de los años 20 en Cuba.

[2] Loló de la Torriente: “Imagen en dos tiempos”. La Habana, 1982

[3] Jorge Mañach: “La pintura en Cuba”. La Habana, 1924

Cultura

CARLOS ENRIQUEZ, EL PINTOR REBELDE


“El rapto de la mulata”

Carlos Enriquez

Carlos Enríquez Gómez (1901-1957) es de los grandes innovadores de las artes plásticas cubana, escogió el surrealismo como doctrina estética aprendido en su estancia en París, pero lo adecua a su temperamento para devolverlo en una interpretación personal.

Aplica en su obra una técnica colorista basada en la ligera trasparencia dada por los tonos licuados y la coloración de sus paisajes que recuerdas los paisajes del trópico pero con luz más apagada, como al amanecer en estas latitudes. Sus temas están llenos de sensualidad y sexualidad que él ejercitará con la misma intensidad que la luz de Cuba.

Carlos Enríquez es telúrico en su vida y en su obra, acepta “(…) el caos y se mete deliberadamente en medio de él, para transformarlo en un canto de exaltada sensualidad”[1]

En 1929 Carlos Enríquez organiza en la sociedad femenina “Lyceum” una exposición de desnudos que escandalizó a las ricas socias habaneras de la institución, que obligan a la directiva de la misma a retirar la muestra, como ejemplo de desagravio y protesta Emilio Roig le ofrece el espacio de su bufete para exponer las obras y en ese lugar las principales figuras de la intelectualidad habanero acudió para admirar la obra del artista.

La obra pictórica de Carlos Enríquez conforman lo él dio en llamar “el romancero criollo”, lleno de leyendas, escenas eróticas y alegorías en medio del paisaje de exuberantes palmas, lomas y cielo azul, todo con una atmósfera casi irreal. El mejor ejemplo de esta pintura es el cuadro, “Rapto de las mulatas” (1938) considerada su obra maestra. En estas pinturas rebeldes e irreverentes son evidentes sus inquietudes sociales y la denuncia a la situación del campesino cubano que el plasma magistralmente en su irónico cuadro, “Campesinos felices”.

Para mi gusto personal prefiero su cuadro “Dos Ríos” en la que un Martí inmaterial cae en brazo de la patria en su instante supremo de sacrificio. Son tres cuadros que marcan pauta en la historia de la pintura cubana


[1] Graziela Pogolotti: “Examen de Conciencia”, 1965

Cultura
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