Cultura Cuba

Un Blog para dar a conocer la cultura cubana, su gente y su historia, en pocas palabras.

 

Cultura

DÍA DE LA CULTURA CUBANA


Desde 1980 los cubanos celebramos el Día de la Cultura Cubana los 20 de octubre, ocasión en la que reconocemos y exaltamos las raíces de la nacionalidad de esta nación joven y diversa hoy enfrentada a los retos de la globalización bajo la impronta martiana marcada en su ensayo “Nuestra América”: “injértese en nuestras Repúblicas el mundo pero el tronco ha de ser el de nuestras Repúblicas”

Hace 149 años la ciudad de Bayamo fue ocupada por las fuerzas independentistas comandadas por Carlos Manuel de Céspedes, junto a él venía su amigo Pedro Figueredo (Perucho) quien meses antes había escrito una marcha “sospechosa” tocada en un Tedeum en la Iglesia de Bayamo, en medio del entusiasmo victorioso de los bayameses Perucho distribuye entre ellos la letra de “La Bayamesa” el canto patriótico escrito y musicalizado por él ahora presentado con todo su esplendor a la primera ciudad de Cuba Libre.

Era la ratificación de la existencia de una cultura propia crecida en medio del entramado de la “criollidad” y del dialectico “ajiaco” que era esta sociedad isleña conformada por descendientes de españoles, aborígenes, negros y otras raíces exóticas que venían aliñando el ser cubano, ahora desde 1868 esta cultura se daba el derecho de ser libre e independiente, ahora que más allá de las clases sociales y los intereses económicos, un noble bayamés, Carlos Manuel de Céspedes se había atrevido a proclamar la Patria añorada y expresado la voluntad de vivir y morir por ella.

Como reconocerán los cubanos de hoy nuestro Himno Nacional no es una larga letanía de hipérboles y metáforas, es un himno vibrante que resumía en seis cuartetas el sentir del cubano, pero la guerra y los azares combativos que tachonaron estos primeros años de luchas hicieron que el canto patrio se sintetizara en las dos primeras cuartetas, porque en medio de la acción por hacer patria ellas eran el resumen supremo de nuestros anhelos, aquí les expongo la letra íntegra de la “Bayamesa”[1] y en negrita las partes que hoy conforman nuestro himno:

Al combate corred, bayameses,
que la patria os contempla orgullosa.
No temáis una muerte gloriosa,
que morir por la patria es vivir.

En cadenas vivir, es vivir
en afrenta y oprobio sumido.
Del clarín escuchad el sonido.
¡A las armas valientes corred!

No temáis; los feroces iberos
son cobardes cual todo tirano
no resiste al brazo cubano
para siempre su imperio cayó.

Cuba libre; ya España murió
su poder y orgullo do es ido
¡Del clarín escuchad el sonido,
a las armas valientes corred!

Contemplad nuestras huestes triunfantes
contempladlos a ellos caídos,
por cobardes huyeron vencidos
por valientes supimos triunfar.

¡Cuba libre! Podemos gritar
del cañón al terrible estampido
¡Del clarín escuchad el sonido,
a las armas valientes corred!


[1] Nombre que dio Figueredo a su canto patrio

Cultura, Historia

LAS IDEAS POLÍTICAS Y FILOSÓFICAS EN LA REPÚBLICA DE CUBA (II)



(1902-1925)

En 1905 las fuerzas nacionalistas se agruparon en torno al Partido Liberal que contaba con el apoyo de Máximo Gómez, Bartolomé Masó y Juan Gualberto Gómez y tenía como líder a José Miguel Gómez. El Partido Liberal bajo consignas populistas y demagógicas agrupó a la burguesía nacionalista y las clases medias, junto a las masas de trabajadores y la discriminada población negra, esperanzados de que con la llegada al poder de los Liberales mejorara su crítica situación económica y social. Los dirigentes del partido coquetearon con las ideas martianas y con un programa de débil nacionalismo ganaron las elecciones de 1909, solo para demostrar que no eran capaces de enfrentar al bloque oligárquico y a los Estados Unidos y que su objetivo era solo el poder y el presupuesto público que esquilmaron bárbaramente. El Partido Liberal se agota como opción política, desgajándose de él las fuerzas populares, primero los negros que se nuclearon en el Partido de los Independentistas de Color y luego los trabajadores que entendieron que aquellas luchas políticas no le darían ningún beneficio. Ellos formaron la base del bloque antioligárquico del período.

El Partido de los Independentistas de Color liderados por Evaristo Estenoz e Ivonet parten del justo reclamo de este sector de la población cubana porque se cumplieran sus demandas de igualdad y justicia social, reclamos que hubieran promovido un fuerte movimiento nacional de lucha social, de no haber estado limitado a la raza negra, lo que constituyó su punto débil y pretexto de la reacción oligárquica para desacreditarlos y reprimirlos de forma sangrienta.[1]

Los trabajadores enfrentan el reto de la fuerte emigración extranjera, fundamentalmente española y antillana que desnacionaliza este importante grupo social, alejándolo de los problemas políticos y sociales del país y centrando sus demandas en las conquistas económicas, parciales y sectoriales; liderados en este empeño por los sectores anarquistas de influencia europea. Esta situación particular del movimiento obrero cubano influyó en el afianzamiento entre ellos de apoliticismo y economicismo, propios de las corrientes anarquistas, por lo que las ideologías de izquierda tuvieron muy poca influencia entre los trabajadores cubanos.

Las ideas marxistas llegan con Carlos Baliño (1848-1926), obrero tabaquero y revolucionario que toma contacto con estas ideas en los Estados Unidos a fines del siglo XIX. Baliño militó en el Partido Revolucionario Cubano en el “Club Enrique Roig” de Tampa conformado por obreros tabaqueros que al decir de Martí, “(…)pensaron naturalmente con las ideas rebeldes e iracundas, por causas de actualidad, de los que trabajan y padecen y aspiran como ellos; entre los que, por serles familiar la lengua, leyeron de la justicia nueva lo traducido y confuso que anda de ella en español, sin calma ni hábito ni guía para buscar las fuentes rusas y alemanas a la traducción infeliz ni ver en qué se acomodan las ideas generales a la realidad criolla, y en qué es ésta diferente, e idea por sí, y requiere ira menor y métodos diversos(…);”[2] Al final de un artículo dedicado a este Club en el periódico “Patria”[3] José Martí hace referencia a Baliño: “En el club “Enrique Roig”, Segade preside, Baliño razona, Izaguirre entusiasma, todos, como decía Baliño en noche memorable, “ponen tan alta la bandera de Cuba, que, por mucha ira que revuelva a sus pies la pasión del hombre, jamás llegue a la bandera el fango humano”[4] Baliño dedica su vida a la propaganda marxista y la organización del movimiento obrero, al término de la guerra regresa a Cuba, en 1903 publica el folleto, “Verdades socialistas”, el primer impreso marxista en Cuba en el que Baliño incurre en algunas inexactitudes teóricas, por el poco conocimiento de las fuentes directas del marxismo, pero en general se ajusta a ella. El alcance del marxismo es muy limitado en este período, principalmente entre grupos de obreros de La Habana y sus alrededores, que tenían muy poco o ningún contacto con las fuentes del marxismo, escasamente traducidas en la época.

Las ideas socialdemócratas también comienzan a ser difundidas en el país teniendo a Diego Vicente Tejera como su precursor. Tejera propugna un socialismo humanitario, más intuitivo que científico, que no encontró terreno propicio en un país con escaso e inmaduro movimiento obrero

Entre los sectores cultos de la sociedad cubana predominó la frustración en este período ante la situación creada en la República neocolonial: una economía en manos extranjera y una oligarquía entreguita, con un sector político interesados en esquilmar el erario público en beneficio propio. En medio de este ambiente surgen las voces críticas entre los intelectuales, muchos de ellos publicando denuncias y proponiendo soluciones en ensayos que se publicaron en revistas especializadas de la época, “Revista Bimestre” (1910) dirigida por Fernando Ortiz y más tarde “Cuba Contemporánea” (1913-1927), en torno a la cual se nuclearon intelectuales preocupados por los problemas de Cuba. En ella publicaron los más destacados intelectuales de esta generación y de las anteriores, entre ellos, Max Henríquez Ureña, Enrique Gay Carbó, José Antonio Ramos, José María Chacón y Calvo, José Sixto Solá, Luis Rodríguez Embil y Enrique José Varona. El afán de este grupo no terminó en acción política concreta dado su pesimismo frustrante, pero su acción fue válida para descorrer el velo sobre la realidad y conocer el problema.

El escritor mulato de Santiago de Cuba, José Manuel Poveda(1888-1926) se revela no solo como poeta sino como un observador crítico de su época, reflejándola desde su condición social de marginado e inadaptado en un sistema que lo enajena y frustra:

“Después de todo sería inútil: no podría prescindir de mi mismo. Y por ahora, no hay realmente acción posible. Estamos aherrojados por dobles cadenas. Nos somos independientes. No somos sino una factoría colonial, obligada a trabajar, y a dar su cosecha y su fruto compelida por el látigo. Estamos desorganizados y envilecidos como una mala mesnada; no podemos defendernos. Un soplo de dispersión a barrido las conciencias, y todo cuanto había de dignidad, pureza y valentía en las conciencias; un soplo de desilusión ha disgregado todas las energías creadoras del alma nacional. Somos la sombra de un pueblo, el sueño de una democracia, el ansia de una libertad. No existimos.”[5]

Su rebeldía trató de encontrar una vía de acción a través del Grupo Nacional de Acción de Arte, grupo intelectual que aspiraba a preservar los más altos valores de la cultura nacional, como premisa para formar una patria nueva aupada sobre el pensamiento revolucionario de Antonio Maceo que hacía critica a los autonomista y al tipo de sociedad que precisamente se enseñoreaba en la República de los primeros veinticinco años, una sociedad exclusivista, que no daba participación a los humildes, ni permitía que la independencia fuera total.[6]

La claridad de las ideas de Poveda queda en sus escritos[7] como continuador de esta línea de pensamiento de frustración y rebeldía ante la realidad que vive, por eso se expresa en términos duros y amargos, aunque sin encontrar solución:

“La intervención extraña, frustrando el sacrificio frustró la patria. “Entre nosotros” hay distancia y, “sobre nosotros” influencias. Se frustró el sacrificio y solo han triunfado los autonomistas. La paz de San Juan equivale a la paz del zanjón. Con la diferencia de que en Baraguá no ha protestado nadie esta vez”[8]

Este es el revelador testimonio de un hombre “(…) que expresa, (…) el estado de incertidumbre y malestar en el que se debatía la conciencia nacional de 1912 a 1923, más allá de las pasiones partiditas de la época”[9]


[1] La próxima entra la dedicaremos al análisis de los independentistas de color

[2] Obras Completas de José Martí. Tomo II, pág. 198. La Habana, 1975

[3] 14 de enero de 1893

[4] Ídem a nota 12: 199

[5] José Manuel Poveda citado por Jorge Ibarra en “Un análisis psicosocial del cubano. 1898-1925”, p. 32.

La Habana, 1985

[6] Jorge Ibarra en “Un análisis psicosocial del cubano. 1898-1925”, pp. 33-34. La Habana, 1985

[7] Jorge Ibarra señala en la obra citada la paciente labor de rescate del investigador Alberto Rocasolano al recopilar para la memoria cubana la obra periodística del José Manuel Poveda en el volumen “Orbita de José Manuel Poveda”. La Habana, 1975

[8] José Manuel Poveda citado por Jorge Ibarra en “Un análisis psicosocial del cubano. 1898-1925”, p. 34.

La Habana, 1985

[9] Jorge Ibarra en “Un análisis psicosocial del cubano. 1898-1925”, p. 37. La Habana, 1985

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LAS IDEAS POLÍTICAS Y FILOSÓFICAS EN LA REPÚBLICA DE CUBA (I)



Enrique José Varona

(1902-1925)

El pensamiento político y filosófico de este período está marcado por la frustración predomínate en las masas populares, desorientadas y desalentadas después de la cruenta guerra por la emancipación nacional bajo la avanzada prédica de José Martí que se convirtió en letra muerta para los más humildes que constituyeron la base de la Revolución Independentista que encabezó el Apóstol.

Desde la inauguración de la República despuntan en el ambiente político cubano dos posiciones orientadas por las ideas predominantes a fines del siglo XIX. El pensamiento reformista sigue vivo de forma solapada o abierta en la posición de la oligarquía criolla, transformada ahora en defensora de la república neocolonial, controlada por los Estados Unidos, convencidos de la incapacidad de los cubanos para gobernarse y de que solo ellos con el apoyo de la gran potencia podían garantizar sus intereses. A esta posición se sumó la burguesía comercial española establecida en el país que había mantenido posiciones integristas[1] hasta el último momento de la ocupación española.

Frente a este bloque antinacional se levantan las ideas independentistas, fuertemente arraigadas en los hombres y mujeres que habían combatido y en el pueblo humilde que los apoyo durante estos cruentos años de guerra por la independencia. Por las fuerza de este sentimiento se frustra la anexión y se crea la “república posible” en aquellas circunstancias, marcada por la Enmienda Platt y el entreguismo de los más ricos, que deja en la sociedad cubana un estado de frustración que marcará todo el período.

Entre las figuras del pensamiento cubano del momento están Manuel Sanguily y Enrique José Varona, quienes marcan la pauta en la defensa de la nación cubana. Sanguily desde el senado de la República o desde su prestigio como intelectual de Cuba, defiende el derecho ciudadano y de la nacionalidad en peligro frente a las presiones de los intereses de los Estados Unidos y sus servidores en Cuba.

Desde la tribuna Sanguily expone su punto de vista como defensor del libre cambio ante las presiones y trabas del Tratado de Reciprocidad Comercial entre Cuba y los Estados Unidos, su argumento fundamental estaba, en que dicho tratado exigía a Cuba más de lo que recibía, al tiempo que impedía a la Isla un comercio libre con el resto del mundo.

Frente a él, defendiendo el Tratado, estaba el bloque oligárquico antinacional encabezado por el senador Antonio S. de Bustamante, quien arguyó que el Tratado daba a Cuba mercado seguro, permitiéndole recuperarse económicamente y afianzar su independencia.

Sanguily se proyecta como el líder del nacionalismo liberal burgués en nombre de cual presenta un proyecto de Ley en aquella primera legislatura cubana, que impedía la venta de tierras a extranjeros, porque “(…) sin duda ninguna, el predominio social primero y seguidamente el predominio y la dirección en la esfera política, en todas partes, corresponden a los dueños y señores de la tierra”[2]. Con su proyecto no solo pretendió poner fin a la apropiación del suelo, sino impedir el dominio de los extranjeros sobre la población que en ellas vivía. El proyecto ni siquiera fue discutido por el senado.

Fue un convencido antimperialista, sabedor como era de que el principal problema cubano era la dependencia de los Estados Unido, “(…)el problema de la reciprocidad, como el problema nacional, el problema fundamental de la vida económica y de la vida independiente de los cubanos, está íntimamente relacionado con el problema de los trusts americanos. Primero poco a poco, y ya con rapidez alarmante nos invaden esas asociaciones, como pulpos inmensos que se empeñan en recoger en sus tentáculos para ahogar nuestra personalidad (…)”[3]

Manuel Sanguily luchó contra la Enmienda Platt y contra el complejo de frustración que cundió en las masas y en lo mejor de la intelectualidad cubana, propugnando siempre una política comprometida con las tradiciones históricas y de beneficio al país, sin ganancias personales, alejado de la actitud que se generalizó entre los políticos contemporáneos.

Enrique José Varona fue el intransigente maestro de los cubanos, demócrata y libre pensador, que no transigió con el despotismo, mostrándose siempre como un pilar de la nacionalidad cubana, era la gran figura del pensamiento filosófico cubano del período, maestro en lo cívico y en lo cultural, reformador docente y hombre profundamente democrático y liberal.

Es un pensador en constante renovación, positivista crítico que madura en sus concepciones filosóficas en la medida que entra en contacto con las nuevas ideas, evolucionando hacia posiciones materialistas. Por estos años llega a destacar la importancia del factor económico en el desarrollo social y critica al marxismo partiendo de las tesis tergiversadas de la concepciones materialistas de la historia que él conoce: “La teoría marxista que hace depender toda la evolución social del factor económico no es sino una exageración de un hecho cierto. Las necesidades económicas y las actividades que estas ponen en juego no constituyen el único motor de los fenómenos que presenta una sociedad humana; pero si están en la base de los más aparentes y decisivos”[4]

En base a ello analiza los problemas de la nación cubana y plantea que él veía en la estructura económica del país las causas de sus inestabilidad[5] Estos criterios lo alejaban del positivismo y lo acercaban a las posiciones materialistas.

En cuanto al tema de las luchas de clase no las entendió como motor impulsor del progreso social, ateniéndose a la tesis positivista del progreso social a partir de la educación y los sentimientos humanos, aunque reconoce las clases y la existencia de luchas de clases pero como “combates naturales”, tomando como Ley Social Fundamental la “evolución incesante” o “adaptación continuada a las circunstancias”, como los organismos vivos.

En el período final de su vida Varona hace una negación dialéctica de muchos de sus criterios anteriores, aunque no rompe del todo con el positivismo. Condicionado por los avances de la sociedad se produce en él un gran acercamiento al materialismo.

Fue un nacionalista consecuente, defensor de la identidad nacional, enemigo de la corrupción republicana y partidario de la constitucionalidad. Su civismo incomodó a los politiqueros, así como a los intereses entreguistas y extranjeros frente a los cuales mostró su antiimperialismo, por lo que este significaba para la independencia nacional.

El fenómeno imperialista es analizado por él desde fechas tempranas, (“El imperialismo a la luz de la sociología”, 1905) ensayo donde desarrolla una serie de estudios sobre la esencia de las relaciones de dependencia neocolonial de Cuba con respecto a los Estados Unidos. Su análisis del imperialismo parte de la definición del fenómeno, de país expansivo y dominante sobre otro. Resalta las raíces latinoamericanas de Cuba y advierte del peligro de la dependencia de la economía de Estados Unidos, recomendando la diversificación comercial y las relaciones con todo el mundo.

Soñó con una República burguesa orientada por el liberalismo económico y político, preocupado por el bienestar del pueblo. Un estado honesto y eficiente. Comprendió el peligro del monocultivo y la dependencia de un mercado único, aboga por la diversificación que le permitiera al país la autosuficiencia agrícola e industrial.

Enrique José Varona es el más importante pensador del período, el cubano que de manera más acabada aborda problemas filosóficos y sociales. Hizo análisis y crítica a concepciones y corrientes filosóficas, como el neokantismo y el neohegelianismo; ante problemas fundamentales de la filosofía tomó posiciones materialistas, realizó importantes estudios sobre ética y estética; hizo fuertes críticas a la religión y fue un profundo pensador social. Por todas estas razones Varona constituye uno de los más altos exponentes de la filosofía burguesa en Latinoamérica, progresista y muy significativo para la cultura cubana.


[1] Integrista es el nombre que recibieron los defensores del mantenimiento de estatus colonial de Cuba

[2] Historia de la Nación Cubana. Tomo VIII, pág. 276-277

[3] Ídem

[4] “Algunas consideraciones sobre el análisis sociológico en la Obra de Enrique José Varona”, Pablo Guadarrama en “Letras. Cultura en Cuba”. Tomo VI, pp. 54-55. La Habana, 1989

[5] Ídem

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LOS INICIOS DEL CINE EN CUBA (II)



A partir de 1906 la cinematografía silente comienza desarrollarse en Cuba de forma regular, animada por un director, Enrique Díaz Quesada (1882-1923) y la Compañía Santos y Artigas que se convierte en la principal productora del cine silente en Cuba.

Díaz Quesada y el empresario Francisco Rodríguez crean la empresa, The Moving Pinture Company, muy cubana a pesar de su nombre en inglés, primero para la distribución de películas y más tarde produciéndolas en Cuba.

El primer documental de Díaz Quesada es, “El Parque de Palatino” (1906) realizado en un rollo y que ha devenido en la película más antigua que se conserva en Cuba. El corto muestra el parque de diversiones de Palatino y sus diversas atracciones y denota en su rodaje una intención artística por el movimiento de la cámara al enfocar los diversos aparatos de la instalación.

“Era el 25 de marzo de 1906 cuando un temerario operador fue capaz de atrapar en apenas siete planos el ambiente festivo del habanero Parque de Palatino. La prensa de su época lo catalogó como “Padre de la Cinematografía Cubana”. Su nombre era Enrique Díaz Quesada. Lo cierto es que su primer filme “El Parque de Palatino”, revela una increíble intuición cinematográfica”[1].

Director con talento intuitivo, Díaz Quesada realiza una fecunda labor cinematográfica con influencia del cine europeo de su época y reflejando en sus temas aspectos históricos y sociales de Cuba.

Ese mismo año filma, “La Habana en agosto de 1906” y “La salida de Palacio de Don Tomás Estrada Palma”, ambos documentales de actualidad noticiosa. En 1907 realiza la primera película de ficción cubana, “Un duelo a orillas del Almendares” y el documental de promoción turística, “Un turista en La Habana”.

En 1908 los empresarios de espectáculos Pablo Santos y Jesús Artigas fundan una compañía distribuidora de películas en Cuba y meses después se inician en la producción de documentales y películas asociados con el emprendedor Enrique Díaz Quesada, quien realiza ese año, “Un Cabildo en la Romualda” y en 1909 “Los festejos de la Caridad en Camagüey”. En 1910 filma su segunda película de ficción, “Criminal por obcecación”.

La colaboración con Santos y Artigas incluye en estos primeros tiempos del cine cubano la filmación de cortos de actualidad noticiosa habanera, que se mantendrán como una constante hasta 1919.

A fines de 1910 Díaz Quesada filma, “Juan José”, con la producción de Santos y Artigas basada en la novela homónima de Joaquín Dicenta, con la actuación de Gerardo Artecona y María Luisa Villegas en los protagónicos. La película es un corto dramático de 3 200 pies de rollo, la más larga filmada en Cuba hasta ese momento. En 1912 rueda el primer largometraje cubano, “Manuel García” con guión de Federico Villoch, y la actuación de Gerardo Artecona y basada en la historia del controvertido salteador cubanos de finales del siglo XIX; el tema mambí aparece con su segundo largometraje, “El capitán mambí” (1913-1914), con Alejandro Garrido y Sara Othoff en los principales papeles, la saga mambisa continúa con, “La Manigua” o “La mujer cubana” (1915) con Pilar Bermúdez y Alejandro Garrido y “El rescate del Brigadier Sanguily” (1916-1917), con Ursula Garrido y Paco Lara.

En abril de 1915 Díaz Quesada filmo la amañada pelea de boxeo por el título de los pesos máximo entre el campeón vigente el negro estadounidense Jack Johnson y Jess Willard, todo estaba arreglado para que perdiera Johnson y Díaz Quesada filmó los 26 asalto del combate, lo que fue todo un “palo periodístico” y un escándalo en el ámbito deportivo. Al día siguiente de la pelea ya se mostraban en La Habana las imágenes de la pelea.

En 1917 realiza una película con una trama policíaca en la que está presente de forma prejuiciado el tema de las cultura afrocubanas, “La hija del policía” o “El poder de lo ñáñigos” con Sergio Aceval y Consuelo Álvarez. Ese mismo año filma “El tabaquero de Cuba” o “El capital y el trabajo”, con Blanca Rosa y Regino López, un acercamiento reformista a temas sociales de la época.

Su catálogo para Santos y Artigas se completa con, “La careta social”(1917) con la actuación de Consuelo Álvarez y Santiago García; “La zafra” o “Sangre y azúcar” (1918-1919), con Yolanda Farrar y Regino López y “La brujería en acción” (1919) protagonizada por Sergio Aceval y Consuelo Álvarez, una saga de “El poder de los ñáñigo”.

En la década del 20 Enrique Díaz Quesada continuó su trabajo cinematográfico, agregando a su ya copiosa obra, las citas: “El genio del mal”(1920), “Frente a la vida”(1921) y “Arroyito”(1922), su última película y para muchos su mejor obra junto con “La zafra”. Murió el 14 de marzo de 1923.

La cinematografía de Díaz Quesada llena todo este primer período del cine cubano, sobresaliendo por su apego exagerado a los elementos externos de la veracidad y una marcada influencia en el modo de hacer cine por los europeos. Sus películas se basan en temas nacionales, haciendo énfasis en la historia, el costumbrismo y los temas de actualidad, con una obra que intentó una función social consciente. A él le debe el cine cubano 17 de los 40 títulos rodados entre 1907 y 1922.[2]

Desde 1916 se da a conocer Ramón Peón (1897-1971) con las primeras imágenes áreas de La Habana. Formado en el oficio de cineasta en México y los Estados Unidos fue consolidando una obra, que dio continuidad al trabajo realizado por Enrique Díaz Quesada.

Con la película, “Realidad” (1920) se produce el debut de Ramón Peón, para esta cinta él escribe y dirige, mientras la producción corrió a cargo de la “Nacional Film Produccion. S.A.”. Ese mis año se produjo su segunda película de ficción producida por la “Cia. Golden Sun Pintures” (1920) y titulada “Dios existe”, con Marta Lis en el protagónico. En este período se le reconocen a Ramón Peón dos películas más: “La cosas de mi mujer” (1921) y “Casado de veras” (1922).

En la revista “Cine Mundial” órgano de la Industria Cinematográfica del Moving Picture World aparece la referencia al corto de animación Conga y Chambelona (1919), del pintor y humorista Rafael Blanco (La Habana, 1885-1955), quien no aparece en listados de creadores fílmicos. En la citada revista se afirma que fue presentada en una exhibición privada en Nueva York a la que “asistieron empresarios de Estados Unidos y algunos políticos cubanos”. Al filme, de veintisiete minutos en pantalla, se le atribuye “detalles técnicos de efecto sorprendente”. A la pluma del dibujante satírico Blanco le acompañó la producción de Victoriano Martínez y las habilidades de Luis Seel como “animador”.[3]

El balance para el cine silente cubano del período es positivo, existe una intención de crear películas propias, resultado del esfuerzo de un pequeño grupo de técnicos, directores, actores y productores, que tiene que lidiar con la competencia del cine extranjero, europeo y estadounidense, sin la protección de la producción nacional por parte del estado. Pese a esto la producción nacional de películas y cortos deja un considerable saldo de películas de ficción y reportajes, que sitúan a Cuba entre las pioneras del cine silente de Latinoamérica.


[1] Jennys Laura: Enrique Quesada entre el ensueño y el cine cubano”. Rev. Somos Jóvenes. Agosto 2005.

Versión Digital. http://www.somosjovenes.cu/index/semana84/padcine.htm

[2] Ídem

[3] La política en versión rumbera, ¿Un antecedente del dibujo animado cubano? Reynaldo González en http://www.cubaliteraria.cu/autor/reynaldo_gonzalez/html/obra06.html

Cultura

LOS INICIOS DEL CINE EN CUBA (I)




Cuba fue uno de los países pioneros en la cinematografía, no solo por su proyección temprana, sino porque desde los primeros momentos de su llegada ya hubo inquietudes para filmar y dejar en el celuloide constancia de la época y la gente

Cuba fue en el siglo XIX receptora de todos los avances e innovaciones que en el espectáculo se producían, había dinero, un gusto creado y un segmento de público capaz de pagar muy bien las novedades. En 1894 aparece en La Habana el electro-taquiscop (fotografía instantánea en movimiento), que se exhibía como curiosidad en la taquilla del teatro Tacón por el precio de veinte centavos. Un año después se presenta el Kinescopio de Edinson en la Manzana del Gómez y poco después el cinematógrafo de Lumiere, traído a La Habana por el francés Gabriel Veyre, quien presentó el primer espectáculo de cine el 24 de enero de 1897[1], ante un público curioso que llenó el salón desde las 6:30 de la tarde hasta las 11:30 de la noche, en tandas de media hora donde se presentaron siete cortos sin argumentos:”Jugadores de carta”, “Los bebés”, “Artillería de montaña”, “Un negro bañándose”, “Llegada del tren”, “Transformador de tipos” y “Escena del jardinero”.[2]

La acogida de este acontecimiento es reseñada por el periódico “La Unión Constitucional” que indica la asistencia de más de dos mil persona a esta primera tanda de cine en Cuba, destacando el entusiasmo del público y su asombro por el realismo de las escenas[3]

Así comenta un periodista de la época: “El cinematógrafo ha vencido al kinescopio y a todos los demás inventos de su clase (…) es la fotografía y la mecánica, en consorcio íntimo, produciendo sorpresas grandiosas.[4]

El 31 de enero ya se anunciaban diez cortos cinematográficos añadiendo “Desfile de lanceros de la reina de España”, “Un duelo a pistola” y “Carga de los rurales en México”, estados últimas cintas filmadas en México durante la permanencia en aquel país de los representantes de los Lumiere.[5]

El 14 de febrero de 1897 se anuncia por primera vez en las páginas de la prensa habanera el Vitascopio de Edinson con el que se hicieron las primeras presentaciones en la acera del Lovre.[6]

Desde la primera presentación del cinematógrafo en enero de 1897, se produce una expansión rápida por la ciudad de La Habana, el teatro Irijoa fue el primero en utilizarse para la proyección de películas, abril de 1897, utilizando junto con la proyección silente, música de acompañamiento emitida por un fonógrafo. El 21 de abril ya el teatro Alhambra adopta la decisión de exhibir películas, a fines de abril la sala “Panorama Soler” que exhibía vistas fijas, pasa a presentar películas. En mayo Veyre logra un contrato para simultanear el cine con las funciones de teatro en el Pairet y en agosto los empresarios Ubago, Arnautó y Luna alquilan el local que había tenido originalmente Veyre, al lado del teatro Tacón para proyectar películas. [7]

“El cine se asienta definitivamente en Cuba, bien en patente Edinson o Lumiere. Desde ese momento comenzó una competencia desleal por los precios, su proliferación (en abril son ya cinco los cines que funcionan diariamente) (…) La crítica comprendió ahora el nuevo fenómeno que surgía incontenible y afirmó con justicia “Porque eso es el Cinematógrafo: la vida misma”[8]

El 15 de diciembre de 1897 se abre en el Paseo del Prado la primera sala de cinematógrafo en Cuba y poco después se construye el primer local especial para proyectar cine, el Salón Floridora, después Alaska, en la esquina de Calzada del Cerro y Palatino, La Habana.

En 1898 ya el cine se presenta entre los espectáculo de La Habana, en competencia con el teatro bufo, el circo y las variedades. Las películas exhibidas en Cuba eran del sistema Edinson y Lumiere y entablaron desde sus inicios una competencia por el público que hizo rebajar los precios y hasta que el teatro Pairet presentara un espectáculo combinado de cine y teatro. Con la llegada del siglo XX el cine era una realidad al menos en La Habana.

El actor José E. Casasús trajo de México en 1899 el primer equipo de proyección marca Pathé Fréres con el que realizó numerosas giras por el interior del país llevando el cine al resto de la Isla, para ello se valió de otra novedad, una planta eléctrica portátil que acompañaba el proyector.

La primera película filmada en Cuba se rodó el 7 de febrero de 1897 por el mismo Gabriel Veyre representante de la “Maison Lumiere”. Era apenas un cortometraje se sesenta segundo y se llamó “Simulacro de un incendio”, a petición de la actriz María Tubau.

A Casasús se le debe la segunda filmación hecha en Cuba, realizada en 1898, se trata de un corto publicitario, “El Brujo desaparecido”; un anuncio encargado por la cervecera “La Tropical” y en el que aparece el propio Casasús en el papel de brujo desapareciendo para ir a tomar cerveza.

En cine, como espectáculo, ya estaba en Cuba y no tardaría en iniciarse las primeras filmaciones en el país.

A partir de 1906 la cinematografía silente comienza desarrollarse en Cuba de forma regular, animada por un director, Enrique Díaz Quesada y la Compañía Santos y Artigas que se convierte en la principal productora del cine silente en Cuba.

Díaz Quesada y el empresario Francisco Rodríguez crean la empresa, The Moving Pinture Company, muy cubana a pesar de su nombre, primero para la distribución de películas y más tarde produciéndolas en Cuba.

El primer documental de Díaz Quesada es, “El Parque de Palatino” (1906) realizado en un rollo y que ha devenido en la película más antigua que se conserva en Cuba. El corto muestra el parque de diversiones de Palatino y sus diversas atracciones y denota en su rodaje una intención artística por el movimiento de la cámara al enfocar los diversos aparatos de la instalación.

“Era el 25 de marzo de 1906 cuando un temerario operador fue capaz de atrapar en apenas siete planos el ambiente festivo del habanero Parque de Palatino. La prensa de su época lo catalogó como “Padre de la Cinematografía Cubana”. Su nombre era Enrique Díaz Quesada. Lo cierto es que su primer filme “El Parque de Palatino”, revela una increíble intuición cinematográfica”[9].


[1] La primera proyección del cinematógrafo se produjo el 28 de diciembre de 1895 en París.

[2] Raúl Rodríguez: El cine silente en Cuba, pág. 42. La Habana 1992

[3] Ídem: pág. 29

[4] Enrique Fontanils citado por Raúl Rodríguez en “El Cine silente en Cuba”, pág. 30.

[5] Ídem: pp.30-31

[6] Ídem: pág. 33

[7] Ídem: pp.34.35

[8] Rine Leal: La Selva Oscura Tomo II: pág.419. La habana, 1982

[9] Jennys Laura: Enrique Quesada entre el ensueño y el cine cubano”. Rev. Somos Jóvenes. Agosto 2005.

Versión Digital. http://www.somosjovenes.cu/index/semana84/padcine.htm

Cultura

FÉLIX VARELA EN EL PENSAMIENTO DE JOSÉ MARTÍ



Para Martí, estar lejos de la patria fue un modo de acercarse a ella, de buscarla en el alma de los cubanos que como él habían dejado la isla querida por estar en desacuerdo con el modo tiránico que se le gobernaba. Su estancia en el destierro le sirvió para escuchar con orgullo los relatos de los hombres y mujeres que vivieron los momentos gloriosos del 10 de octubre, de la Asamblea de Guaimaro o de las cargas al machete del Camaguey, con Agramonte a la vanguardia de la caballería legendaria. Eran cosas que le llenaban el corazón y la mente de orgullo, por el pueblo cubano y que sirvieron para reafirmar sus convicciones sobre la necesidad de la independencia de Cuba.

En su exilio forzoso pudo conocer con más detenimiento la cultura forjada en el siglo XIX por esa vanguardia intelectual de la isla, leer sobre el pensamiento del Padre Félix Varela ese adelantado, “(…)que cuando vio incompatible el gobierno de España con el carácter y las necesidades criollas, dijo sin miedo lo que vio, y vino a morir cerca de Cuba, tan cerca de Cuba como pudo, sin alocarse ni apresurarse, ni confundir el justo respeto a un pueblo de instituciones libres con la necesidad injustificable de agregarse al pueblo extraño y distinto que no posee lo mismo que (con) nuestro esfuerzo y nuestra calidad probada podemos llegar a poseer”[1]

Era su preocupación mayor aquella admiración ciega de las clases pudientes criolla por ese vecino poderoso y advertía de forma clara y directa sobre el peligro de convertir aquella admiración en anexión. Habla Martí de las simpatías anexionistas de algunos y les recuerdas que Félix Varela no quiso la anexión, pese a la admiración que sentía por lo que habían logrado los estadounidenses.

Admiración y respeto es lo que siente Martí por el hombre de letras y el pensador adelantado, que por su visión anticipadora y la manera ágil y directa que tiene de enfrentar los grandes problemas de Cuba, con energía y firmeza, llega a la conclusión de que la solución estaba en la independencia; idea temida por los mismos burgueses criollos que alabaron al presbítero en su cátedra del Seminario San Carlos y lo eligieron posteriormente a las Cortes en 1821, y que en ese instante toman distancia del patriota sincero que al igual que Cristo previó esa deserción al expresar y escribió:

“(…) El deseo de conseguir el aura popular es el móvil de muchos que se tienen por patriotas, (…) no hay placer mayor para un verdadero hijo de la patria como el de hacerse acreedor a las consideraciones de sus conciudadanos por sus servicios a la sociedad; más cuado el bien de esta exige la pérdida del aura popular, he aquí el sacrificio más noble y más digno de un hombre de bien, y de aquí el que desgraciadamente es muy raro”

En consecuencia con esa virtud y vocación de sacrificio de Félix Varela, José Martí dice en uno de sus cuadernos de apuntes: “El primero será siempre el que más desdeñe serlo”, una frase que bien puede calificar al cura precursor y a él mismo.

Hombre de letras y rezos, de cultura enciclopédica, rompedor de cánones y prejuicios, Varela fue el hombre que abrió caminos en la mente de los criollos, cuando desde la cátedra de filosofía del Seminario San Carlos, abogó por la experimentación científica, la especulación investigativa, la enseñanza en español y la dignidad del hombre como patrón de conducta, sus ideas espantaron al liderato criollo, temeroso de perder sus privilegios en una lucha por la independencia.

José Martí conoce las ideas de Varela, las tiene presente en los momentos que organiza un pueblo para conquistar la independencia y reconoce el sacrificio del que vio primero y más lejos al querer la emancipación de Cuba.

[1] Obras Completas Tomo 2: 96

Cultura

CDR, UN EMBLEMA, UN PUEBLO


Tal vez a los “milenium”[1] cubanos no le digan mucho estas siglas, CDR[2], ni el patronímico “cederista”, derivado de estas siglas entrañables para los que tenemos sesenta y más…y no porque no hayan oído sobre esta organización de masas de la Revolución surgida en medio de la lucha contra la contrarrevolución armada y las agresiones directa del imperialismo norteamericanos, que fueron las motivaciones primeras de una organización crecida cuadra por cuadra, con ímpetu de masividad, querida por sus creadores y militantes, odiada por enemigos de la Revolución, por los lumpen de todo tipo que crecían y siguen floreciendo en los rincones más lejanos de la sociedad, pero amiga de sus miembros, de los vecinos que tenían en ella la primera mano amiga en la desgracia, el sostén del orden barrial, de la organización necesaria para que la convivencia no sea un continuo chocar de intereses y egoísmos, para la ayuda altruista con el vecino y el más lejano, cuadra por cuadra, conocida y conocedora, consagradora del mérito ciudadano y juez de las malas conductas ciudadanas, así fueron los CDR de mi época cuando su autoridad era más palpable y su accionar más inmediato; sino porque en estas modas de hacer obsoleto lo que huele a viejo, quieran subestimarla.

Hay quien apuesta por hacer desaparecer la mayor organización de masas de la Revolución, por desarmarnos y dejarnos sin la herramienta más poderosa del pueblo, del cubano de a pie, del que sigue viviendo con el salario y el trabajo honrado, justamente porque los “expoliadores de nuevo tipo”, los que siempre viven al margen, los que necesitan el caos, quieren campear por nuestras calles que con orgullo siempre hemos dicho son DE LOS REVOLUCIONARIOS.

FELICIDADES A MI ORGANIZACIÓN CEDERISTA EN EL 57 ANIVERSARIO DE SU CREACIÓN POR FIDEL UN 28 DE SEPTIEMBRE DE 1960, FELICIDADES A NOSOTROS MISMOS QUE SOMOS PARTE ACTIVA DE ELLA, LOS QUE LA NECESITAMOS PARA QUE CUBA SIGA SIENDO DE LOS CUBANOS HONESTOS Y TRABAJADORES.


[1] La generación de los nacidos en el siglo XXI

[2] Comités de Defensa de la Revolución

Cultura

EL ESTUDIO LIBRE DE PINTURA Y ESCULTURA


En 1937 se abrió el Estudio Libre de Pintura y Escultura dirigido por Eduardo Abela; la creación del mismo fue auspiciada por el gobierno de turno, para enfrentarlo al academicismo de San Alejandro. El Decreto lo promovió la directora de Bellas Artes, Renee Méndez Capote durante el “Gobierno de los Cien Días” (Ramón Grau San Martín, septiembre de 1935 - enero de 1936), pero la falta de condiciones había impedido su apertura. Su inauguración fue un paso revolucionario en la enseñanza artística cubana, los alumnos fueron escogidos entre aspirantes que no tuvieron conocimientos previos de pintura y escultura. Se admitían solo adultos, a los que se guiaba en el aprendizaje pero respetando la libertad de estilo, de maneras y normas. Fue una forma de encausar sensibilidades artísticas. Fueron profesores en este Estudio Libre de Pintura y Escultura, además de Abela, Jorge Arche, Romero Arciaga, Domingo Ravenet, Rita Longa, Mariano Rodríguez y René Portocarrero.

El experimento fue efímero, la falta de apoyo oficial y los detractores hicieron fracasar a los pocos meses el Estudio Libre, pero quedó una impronta pedagógica audaz, que tuvo en los jóvenes renovadores su apoyo fundamental.

Refiriéndose al estudio Libre, Abela dijo: “Yo no quería que asistiera nadie que supiese pintar, niños tampoco, sino gente que tuviese un niño dentro. Sobre todo, hablarle al alumno de los materiales y del oficio, pero no darle pautas a seguir igual al maestro. Cada cual con su individualidad”[1]


[1] Eduardo Abela, citado en “Introducción a nuestra pintura” de Oscar Hustado, 1962.

Cultura

OTROS RENOVADORES DE LAS ARTES PLÁSTICAS CUBANA

Los últimos cinco años de la década del 30 parecían confirmar el desarrollo de la pintura cubana, pero la situación política del país con su fuerte carga de represión al movimiento popular progresista provoca un nuevo éxodo de artistas.

Por estos años el éxodo de aprendizaje de los artistas cubanos se vuelve hacia México en el que se desarrolla el influyente movimiento muralista, que tuvo su primera expresión en Cuba en 1937 con las creaciones de sendos murales en la Escuela “José Miguel Gómez” y en la escuela Normal de Santa Clara.

En La Habana un grupo de pintores escriben una carta al rector de la Universidad de La Habana para que le autorizara la creación en sus muros de murales que reflejaran las luchas sociales del pueblo cubano y del estudiantado en particular. No hubo respuesta para una carta que tenía entre sus firmantes a Víctor Manuel, José Hernández Cárdenas, Amelia Peláez y Alberto Peña, entre otros.

Arístides Fernández Vásquez (1904-1934), es el genio truncado de esta generación, escritor y pintor, crea en solitario una obra que busca la cubanía en medio del caos de sus ideas reflejado en su dibujo y su color. Su obra se caracteriza por la búsqueda que ya iba concretando una forma propia en los últimos años de su vida, con una seguridad y armonía que permiten suponer una maestría superior.

Amelia Peláez (1897-1969) ingresó en la Academia de San Alejandro en 1916 comenzando a exponer en 1918 en los salones Anuales de la Asociación de Pintores y Escultores. En 1924 sale de Cuba, pasa por Nueva York y Francia. En París aprende las técnicas de las escuelas modernas que allí se asentaban, principalmente la del cubismo cuya influencia es evidente en su obra.

Antonio Gattorno Águila (1904-1980) es otro de los pintores cubanos innovadores que hacen de la sencillez y la simplificación, su razón de cambio. Estuvo también en París, pero su obra, a pesar de su gracia y buen gusto no logra desprenderse del todo del lastre académico. Sus temas se mueven en un ambiente rústico con tendencia al folklorismo tropical, incursionó también en el retrato. A finales de la década del 30 se radica en los Estados Unidos y abandona esta línea de trabajo sobre temas campesinos, para acogerse al surrealismo con fuerte influencia de Salvador Dalí.

Alberto Peña (Peñita) Araguren (1897- 1938) y Lorenzo Romero Aciaga (1905- ¿?), trabajan los temas sociales. Alberto Peña, negro, con más deseo de pintar que aptitudes, estuvo muy influenciado por el muralismo mexicano y sobresale en la década del 30 por el tratamiento de la discriminación y las desigualdades. Lorenzo tiene un compromiso social con la clase trabajadora en obras con cierta influencia de Víctor Manuel.

Otros pintores de relevancia en el período que se unieron a la línea de los renovadores fueron: Jorge Arche (1905-1956), Domingo Ravenet (1905-1969), Marcelo Pogolotti(1902-1988), Mirta Cerra (1904-1986) y Ramón Loy (1894- 1986), junto a otros más jóvenes que alcanzan su plenitud en períodos posteriores, como son los casos de Wilfredo Lam, Mariano Rodríguez y René Portocarrero.

. En febrero de 1935 se realizó el Primer Salón Nacional de Pintura y Escultura en el que expusieron tanto artistas de la academia como los vanguardistas. Allí estaban Víctor Manuel, Abela, Amelia, Carlos Enríquez, Aristides Fernández, Fidelio Ponce, Ravenet Arche Romero Arciaga, Hernández Cárdenas, Gabriel Castaño, Alberto Peña, Domenech, Valderrama, Romañach y otros.

En 1937 se celebra la Primera Exposición de Arte Moderno, en el que exponen artistas consagrados junto a figuras de nueva promoción, como Luis Martínez Pedro, René Portocarrero y Ernesto González Puig.

Cultura

ABELA, LOS TEMAS CUBANOS


“La comparsa”, el mestizaje y el ajiaco criollo en un cuadro antológico para la cultura cubana


Eduardo Abela Villarreal (1892-1965) fue dibujante en la prensa habanera en la que creó el famoso personaje del “Bobo”, alumno de San Alejandro emigra a España en 1924, allí expone con cierto éxito de crítica, pero su inquietud está en París y a la capital francesa parte exponiendo en el Salón de Otoño. Eran los años del surrealismo y Abela asimila y aprende de las tendencias pictóricas. En medio de este deslumbramiento surgen los dormidos temas de la patria, ahora tamizados por el exotismo de la Ciudad Luz. Eran cuadros modernos por su técnica y costumbristas por su tema: “La comparsa”, “La Casa de María la O”, “Los funerales de Papá Montero”, “Los caballeros del pueblo”, “El adiós”, “La vega de tabaco”, etc.

Su pintura es sensual, de fórmula segura con más preocupación por la técnica que por los temas; con una expresa voluntad de simplificar, de llevar a líneas esenciales el asunto, donde el cuadro aparece repartido en grandes masas de colores donde concentra el mayor significado. La luz en Abela está respeta a través del volumen y el color, es el trópico, pero desde lejos.

Igual le ocurre con los temas cubanos, principalmente afrocubanos, de los cuales es uno de los precursores, con una mirada folklorista, poética, sensual, elaborados a partir de la evocación y la imaginación. No hay que olvidar que este es el momento de “descubrimiento” de los temas negros en la cultura cubana, hasta ahora formaban parte del acervo popular pero no eran tratados por la cultura establecida.

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