Cultura Cuba

Un Blog para dar a conocer la cultura cubana, su gente y su historia, en pocas palabras.

 

Cultura

LA POLÍTICA CULTURAL A FINES DE LOS 60 EN CUBA



En medio de la defensa de su existencia y ante el nuevo frente que se abría en el sector de la cultura y la intelectualidad, los últimos años de la década de los 60 fueron definitorio para una política cultural ambigua practicada desde el Consejo Nacional de Cultura, dirigido básicamente por personas procedentes del Partido Socialista Popular pero con un apoyo tácito desde el gobierno.

Era una política cultural dirigida a frenar el “diversionismo ideológico”, “pequeño burgués” proveniente de un “sistema capitalista decadente” que influía de un modo u otro en Cuba.

Fueron los años del movimiento “hippies” norteamericano, extendido por todo el mundo incluyendo a Cuba donde La Habana tuvo su embrión de peludos, homosexuales, fuertemente reprimidos por “marginales” y corruptores de la juventud.

Como pasa siempre, en el mismo saco fueron enviados a las tristemente célebres Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) cientos de jóvenes y no jóvenes, por muchos motivos, religiosos, vagos, homosexuales y una larga etc. Que no debe enorgullecer a nadie.

La cultura revolucionaria fue entendida a pie juntilla como la cultura del hombre revolucionario, ateo y heterosexual y fueron años muy difíciles para los que no entraban dentro de estos parámetros.

En 1967 Carlos Rafael Rodríguez en conversación con alumnos de la Escuela Nacional de Arte define con claridad posiciones con respecto a la creación y los creadores:

“…De una parte existe el peligro de la invasión administrativa en la esfera del arte. Quiere esto decir que desde un punto de vista central cualquiera sea el Partido…o sea la administración haya uno o varios funcionarios que juzguen lo que debe o no debe ser exhibido.

“Y la experiencia nos aconseja a ser muy cauteloso en esa materia, porque en este caso puede ocurrir que los gustos individuales, de los funcionarios se conviertan por obra y gracia de las autoridades, en gustos nacionales”[1]

Fenómeno que permeó la cultura cubana de ese período por su carga de convocatoria revolucionaria, la exclusión de la “evasión” de los escritores y creadores en otros temas que no fueran directamente de la realidad revolucionaria que se vivía entonces, el fantasma del “realismo socialista” era muy corpóreo y mucho panfleto y oportunistas pasaron a sustituir una cultura más diversa y enriquecedora.

También el Che se refiere a este fenómeno de la libertad de creación en el socialismo:

“Cuando la Revolución tomó el poder se produjo el éxodo de los domesticados totales: los demás revolucionarios o no, vieron un camino nuevo. La investigación artística cobró nuevo impulso. Sin embargo las rutas estaban más o menos trazadas y el sentido del concepto fuga se escondió tras la palabra libertad. En los propios revolucionarios se mantuvo muchas veces esta actitud, reflejo del idealismo burgués en la conciencia”[2]

Eso fue interpretado por mucho como un espaldarazo al realismo socialista que en medio de la creación de la nueva sociedad se intentó imponer como la nueva cultura de un pueblo que ya tenía una cultura diversa desde lo popular hasta la más ilustrada.


[1] Carlos Rafael Rodríguez: “Problemas del arte en la Revolución” en Revista Revolución y Cultura. Nº 1. La Habana, 1967

[2] Ernesto Guevara. Guevara, Ernesto: El socialismo y el hombre en Cuba, en Lectura de Filosofía. Tomo II. Pág. 583 La Habana, 1968

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“PALABRAS A LOS INTELECTUALES” 55 AÑOS



Uno de los temas más importantes para los intelectuales y artistas al triunfo de la Revolución, era la libertad de creación, por lo que desde inicios hubo tensiones con ciertos sectores intelectuales que desde la Revolución adoptaban una posición más dogmática, era el caso del enfoque asumido por los redactores de “Lunes de Revolución”, tabloide cultural del periódico “Revolución”, dirigido por Guillermo Cabrera Infante, quienes desde sus páginas comenzaron a “pedir cuentas” a los escritores y artistas por su obra de “evasión de la realidad” y de poco o ningún compromiso social antes del triunfo de la Revolución, atacando directamente al grupo Orígenes y su mentor José Lezama Lima.

En estos círculos intelectuales había muchas preguntas sin contestar y desde la dirección de la Revolución no había una política cultural definida, como no fuera la línea de “Lunes de Revolución”, que protagonizó una protesta por la censura del documental “PM”, financiado por este semanario y que fue interpretado como un ataque a la libertad de expresión y provocó un malestar evidente entre los intelectuales de La Habana.

Por tal motivo la dirección de la Revolución convocó a los intelectuales a una reunión realizada en la Biblioteca Nacional José Martí, los días 16, 23 y 30 de junio de 1961. El objetivo era debatir los temas que preocupaban a este sector. Fue un proceso extenso, en el que se expresaron diversos criterios, y que terminó cuando Fidel, después de escuchar todos los criterios, dejó definida la política cultural del proceso revolucionario en sus palabras de resumen, conocidas hoy como “PALABRAS A LOS INTELECTUALES”:

“Si a los revolucionarios nos preguntan qué es lo que más nos importa, nosotros diremos: el pueblo. Y siempre diremos: el pueblo. El pueblo en su sentido real, es decir, esa mayoría del pueblo que ha tenido que vivir en la explotación y en el olvido más cruel. Nuestra preocupación fundamental siempre serán las grandes mayorías del pueblo, es decir, las clases oprimidas y explotadas del pueblo. El prisma a través del cual nosotros lo miramos todo es ese: para nosotros será bueno lo que sea bueno para ellos; para nosotros será noble, será bello y será útil todo lo que sea noble, sea útil y sea bello para ellos.

“Comprendemos que debe ser una tragedia para alguien que comprenda esto y, sin embargo, se tenga que reconocer incapaz de luchar por eso. Nosotros somos o creemos ser hombres revolucionarios; quien sea más artista que revolucionario no puede pensar exactamente igual que nosotros. Nosotros luchamos por el pueblo y no padecemos ningún conflicto, porque luchamos por el pueblo y sabemos que podemos lograr los propósitos de nuestras luchas.

“Y la Revolución tiene que tener una política para esa parte del pueblo, la Revolución tiene que tener una actitud para esa parte de los intelectuales y de los escritores. La Revolución tiene que comprender esa realidad, y por lo tanto debe actuar de manera que todo ese sector de los artistas y de los intelectuales que no sean genuinamente revolucionarios, encuentren que dentro de la Revolución tienen un campo para trabajar y para crear; y que su espíritu creador, aun cuando no sean escritores o artistas revolucionarios, tiene oportunidad y tiene libertad para expresarse. Es decir, dentro de la Revolución.

“Esto significa que dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada. Contra la Revolución nada, porque la Revolución tiene también sus derechos; y el primer derecho de la Revolución es el derecho a existir. Y frente al derecho de la Revolución de ser y de existir, nadie -por cuanto la Revolución comprende los intereses del pueblo, por cuanto la Revolución significa los intereses de la nación entera,- nadie puede alegar con razón un derecho contra ella. Creo que esto es bien claro.”[1]

A pesar de la claridad de estos conceptos, a lo largo de estos años su aplicación ha sido coyuntural y selectiva de acuerdo al momento histórico y a la percepción de los “funcionarios” erigidos en guardianes de esta política.

Durante este período el debate sobre la creación artística y literaria se mantuvo con fuerza frente a los intentos de estrechar el horizonte de la creatividad con la justificación del compromiso social.

Como consecuencia directa de esta reunión y su posición se dejó de publicar el semanario “Lunes de Revolución”, por el cual algunos lloran todavía y a los pocos días nació la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) el brazo integrador de la intelectualidad cubana a la Revolución


[1] Fidel Castro: Palabras a los intelectuales. La Habana, 1961

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DE PALABRAS A LOS INTELECTUALES Y OTRAS CONSECUENCIAS


Me preguntó cuántos de los menores de 30 años en Cuba han leído “Palabras a los intelectuales”, aquel discurso “parte aguas” de Fidel el 30 de junio de 1961 en la Biblioteca Nacional de Cuba. Yo diría que muy pocos y menos aun los que lo han estudiado como documento programático para las políticas culturales y sociales que vendría después.

Ese discurso fue el resumen de dos días de discusiones, polémicas y diálogos de una intelectualidad cubana que requería respuesta ante un hecho concreto que sentó precedente:

Días antes se había prohibido la proyección del documental “PM” dirigido por Sabás Cabrera Infante, tendencioso y provocador, financiado por el poderoso e influyente semanario cultural cubano “Lunes de Revolución” que dirigía su hermano Guillermo Cabrera Infante y detrás del cual estaba el calenturiento cerebro de Carlos Franqui.

“PM” era un documental de La Habana de noche, pero no de La Habana casinera, de prostíbulos y bares, como la dejada atrás por la Revolución Cubana, era una “Habana oscura” con carteles lumínicos apagados y la visión de ciudad sitiada. ¿Podía ser de otra manera tras la invasión de Girón y el auge de las conspiraciones contra la revolución en el poder?

Era una manera sesgada, provocativa y nada objetiva, era simplemente contrarrevolucionaria esa imagen de La Habana en ese momento y bajo esas circunstancias.

Le tocó al ICAIC[1] y en particular a Alfredo Guevara, tomar la decisión y prohibió y tras esa decisión vino el asustadizo revuelo de la intelectualidad y en especial del grupo que estaba tras “Lunes de Revolución”, ellos que impugnaron a Lezama y el grupo Orígenes, que clamaron por “liberalizar la cultura” y sacarla de manos de aquel “grupo elitista”, se sintieron heridos por aquella censura lógica, política y valiente.

Fueron días de miedos, de defensa de la libertad de expresión, de liberalismo burgués ingenuo y oportunista que Fidel y la dirigencia de la Revolución, se encargaron de aclarar, poner en su lugar, sin debilidades ideológicas, pero sin abusos de poder: La Revolución tenía derecho a defenderse, defender el derecho del pueblo a sus conquistas y fue lo que hizo, quedó bien claro aquella frase que resume una política cultural: “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución ningún derecho”, eso quedó claro y mantiene plena vigencia. Volveremos sobre el tema


[1] Instituto Cubana de Arte e Industria Cinematográfica

Cultura

ELENA BURKE


El 9 de junio de 2002 se nos fue la “Señora Sentimiento”, esa voz clara y profunda que marcó toda una época en las décadas del 50, 60, 70 y 80 del siglo XIX cubano, aunque ella será recordada y escuchada siempre por esa manera suya de cantarle a los sentimientos más íntimos del ser humano.

La “voz del feeling” con perdón de cuantas quieran ayer y hoy apropiarse de una corona que fue solo de ella, porque le sobraban las orquestas y los grandes espectáculos y le bastaba una guitarra y la compañía íntima de un pequeño grupo de seres humanos cómplices, pendiente de sus letras, de su gestualidad y esa manera suya de llegarnos al corazón.

Cuando los devastadores años 90 pasaron por nosotros, era un rumor triste que estaba enferma y los que la amamos lloramos porque el SIDA era un monstruo reinante y había tocado a la reina, para escuchar con ella sus penas y trasmitirnos el mensaje de su realidad entre nosotros.

Elena nuestra de tantas canciones: “Duele”, “Lo material”, “Para vivir”, “Mi son al son”, tantas y tantas canciones que a veces no estrenó ella, pero que luego de decirlas a su modo, ya no queríamos oírla por otro, Elena de la pantalla chica y blanco y negro, Elena del cuarteto de Orlando de la Rosa y las D’Aida, Elena que se despidió de nosotros con aquella canción de “Amigas” acompañada de Omara Portuondo y Moraima Secada, otras leyendas de los años míos, los años de la Revolución, esos que no cambio por nada porque son historia.

Cultura, Sin categoría

CUBA, LA CULTURA


Hoy 31 de marzo se celebra en Cuba el Día del Libro, desde que en 1960, por esa fecha se crea la Imprenta Nacional de Cuba, con una base tecnológica creada luego de la nacionalización de los periódicos burgueses principalmente en La Habana, el fin era tener libros baratos para las grandes mayoría, por eso el estreno de esta empresa cubana estatal fue con la publicación del clásico castellano, “Don Quijote de la Mancha” en 4 pequeños tomos que hoy son una rareza bibliográfica, más de un millón de ejemplares y al precio de un peso, no era en realidad una edición de lujo, pero tenía el objetivo de llevar este mensaje cultural a las grandes mayoría marginadas de este “privilegio cultural de leer”, no solo por el precio de los libros sino porque más del 26 % de la población no sabía leer, ni escribir, algo que alguien hace muy pocos días me señaló como un gran “logro” de la Republica burguesa en Cuba, claro porque en América Latina y en el mundo de esa época esto era una cifra de privilegio, “en casa del ciego el tuerto en rey”, reza un viejo proverbio español.

Por eso este paso llevó al trascendental acuerdo de la Revolución y de su máximo líder Fidel Castro, de emprender una batalla por erradicar el analfabetismo. Recuerdo muy claramente aquella frase popular de esos primeros y telúricos años de la Cuba Revolucionaria: “Nosotros no le decimos al pueblo cree, sino lee”, (de Fidel) y para leer y escribir hubo que hacer aquella campaña gloriosa en el que participaron mis hermanos mayores y que cuidó mi padre el miliciano, para que el hombre de campo, el mayor afectado por esta ignorancia tuviera la luz de la enseñanza.

“Nos casaron con la mentira y nos obligaron a vivir con ella”, fue esa otra gran verdad dicha por Fidel, que los cubanos de aquellos primeros años de Revolución tuvimos que ir desentrañando, porque aprendimos que éramos parte de algo más grande que nosotros mismos y que en medio de tantas agresiones, escaseces y penurias cotidianas éramos al fin dueño de nuestro destino, que era la cultura la base mayor de nuestro futuro y de que la espiritualidad y la unidad de todos era la manera de seguir adelante, soñando con lo que alcanzamos a media, con lo que no pudimos crear, porque fuerzas mayores a nosotros se interpusieron, éramos un mal ejemplo, la “sacrosanta propiedad privada”, esa religión intocable del capitalismo, había sido eliminada de Cuba y entre el no saber y el no poder, tuvimos que vivir para defender lo alcanzado y llegar a esta altura con dignidad, pero con muchos sueños pendientes, a los que no renunciamos.

Cultura, Política

ICAIC, 57 AÑOS DE REVOLUCIÓN


Una de las primeras instituciones creada por la Revolución triunfante el 1ero de enero de 1959 fue el Instituto de Artes e Industria Cinematográfica (ICAIC) esa institución que fue la vocera principal de lo que ocurría en la Cuba rebelde que nadie entendía y que se le fue de las manos a la maquinaria imperialista allá por los albores de nuestra juventud.

En Cuba se hacía cine antes de 1959, cine comercial, a imagen y semejanza del cine mexicano de aquella época. Con la Revolución un grupo de inquietos intelectuales crean esta institución apoyada por Fidel Castro para poder reflejar los cambios en la isla y expresar de la mejor manera el mensaje de este nuevo proceso social.

Alfredo Guevara, Tomás Gutiérrez Alea, José Massip, Humberto Solás y sobre todo Santiago Álvarez por aquellos emblemáticos noticieros y los pequeños grandes documentales de la actualidad del mundo de los sesenta, ellos dieron personalidad propia a esta institución que nació un 24 de marzo de 1959.

A ellos que dejaron en nuestra cultura la impronta de un quehacer honesto y comprometido va el reconocimiento

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LA CULTURA CUBANA, SUS DILEMAS Y FORTALEZAS



“Injértese en nuestras repúblicas el mundo;

pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”

José Martí

En su célebre ensayo “Nuestra América” aparecido en enero de 1889 están estas palabras que resume con certeza su concepción de cultura partiendo del mantenimiento de aquellos elementos que la hace auténtica y única aunque en interacción constante con el resto del acervo cultural humano.

Recordemos que “Nuestra América” fue escrito por José Martí a modo de resumen de sus ideas sobre el neurálgico tema de la identidad latinoamericana en momentos en que se cernía sobre los pueblos de esta parte del mundo los peligros de anexión y absorción cultural por las grandes potencias capitalistas, incluyendo a los Estados Unidos, por entonces un paradigma para la intelectualidad y la gente con poder que veían en esa nación vecina el modelo a seguir, el ideal de nación y la posibilidad de igualárseles.

Frente a ese mimetismo surge la palabra de José Martí advertidora y valiente para reivindicar todos aquellos elementos autóctonos que hacen diferentes a estas naciones de origen latino con fuertes elementos mestizos y una cultura ancestral que tiene su base en las naciones originarias que estaban aquí antes de la conquista.

Era una frase que incluían también a Cuba, aún colonia cuando él escribe esta obra, pero con un pueblo que ya se reconoce otro frente a la metrópoli colonial, España; el pueblo cubano ya ha vivido un largo trecho forjador de su nacionalidad transcultural de más de tres siglo por entonces; que se ha levantado por su independencia y ha hecho una reafirmación de su cultura que se funde con elementos que ya le serán imperecederos: la libertad y el antimperialismos.

Toca a José Martí el reconocimiento pleno de la madurez cultural de su pueblo, reconocerlo en toda su plenitud en los relatos de su emigración revolucionaria que cuenta con orgullo los avatares de la “Guerra Grande”, canta sus canciones, añora sus paisaje, mientras espera el reinicio de la contienda por la independencia para incorporarse a la tarea de hacer libre a su nación.

Él mismo es fruto de esta cultura criolla madura y en transito de cubanía, educado por maestros cubanos que están orgulloso de serlos, que enseñan una literatura nacional que ya ha dado frutos de calidad y poetas como José María Heredia, Plácido, Zenea y otros muchos que primero se reconocieron en el paisaje cubano y luego fueron encontrando sus huellas en el pueblo y la isla que los vio nacer.

Ese es el pueblo cubano que conoce José Martí, al que llama a la unidad y el sacrificio no solo para lograr su independencia de España sino impedir su anexión a los Estados Unidos, esa era para él la mayor obra de este pueblo noble, trabajador y revolucionario.

La muerte de Martí fue una gran pérdida para su pueblo, su prédica vehemente y su ejemplo de vida sirvió de lección para las generaciones de cubanos que en la República se dieron a la tarea de hacer la patria, completando el ideario abarcador del Maestro, luchando contra politiqueros y anexionistas de toda laya que resumieron la cubanía en varios elementos estereotipados y serviles: rumba, mulata y ron; playa, juego y paisaje; vendidos como slogan para turistas.

Cuba era mucho más y la fragua de lo nacional siguió el derrotero martiano: en medio de la frustración y la rebeldía, el pueblo cubano forjó una cultura de resistencia que soñaba en versos de Guillén, pinta en la trasparencias de Carlos Enrique y la mulatez de Wilfredo Lam, canta en los sones y las rumbas de cualquier barrio, se permite el hermetismo creador del Grupo Orígenes, hace teatro con Paco Alfonso y Piñeras y se vuelve compromiso político en Villena, Marinello, Carpentier, Carlos Rafael, Raúl Gómez García, para ir forjando con todos ese tronco fecundo de la cultura cubana al que constantemente se inserta el mundo, para bien.

La Revolución Cubana triunfante el primero de enero de 1959, encuentra una cultura nacional madura y activa, fecunda y representativa, que saluda el cambio y se une a él, acepta el reto y nuevas savias que vienen de lugares disímiles. Fue necesario aceptar el reto de alfabetizar un pueblo, de masificar cultura y vestir el arte de campesino y obrero para fecundar el árbol de lo cubano, sin olvidar que el reto era “…injertar en nuestras repúblicas el mundo” fuera cual fuera el mundo y nuevas formas de ver la cultura y el arte llegaron en medio de las transformaciones y la cultura cubana creció, asimiló la savia nueva y Martí siguió diciéndonos “…pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”

Un pueblo crecido en estos cincuenta años de Revolución, ha consolidado una cultura donde “el ejercicio de la soberanía nacional es la mejor escuela del espíritu, y del alma de un pueblo, el único medio de mantener despiertas sus virtudes cardinales.”[1]

Donde puede considerarse que la cultura es una “… estructura asimiladora que digiere materiales extraños y que evolucionan sin perder por ello la conciencia de su identidad. Esa asimilación le enriquece y no puede afectar a su destino.”[2]

Estas palabras escritas casi cien años después de la frase de José Martí, tienen el mismo objetivo de destacar la importancia de mantener las raíces de todas formación cultural como único modo de sobrevivir a los intentos hegemonistas de las culturas dominantes del primer mundo dueñas de los medios de comunicación y por ello vendedoras de modelos para los países de “menor desarrollo” cultural

La vigencia de esta frase cobra fuerza mucho mayor en época de “globalización”, “aldea global”, “Mass Cultural” y todo intento de la maquinaria desculturadora del capitalismo moderno empeñado en hacer una versión sintetizada y sin grandes problemas de la cultura humana en general y de las diversas variantes de la misma según las experiencias de cada grupo humano.

La Revolución Cubana que ya cumple cincuenta y un años, como obra y continuidad histórica de las luchas y el pensamiento de José Martí basa su política cultural en este dilema de intercambio cultural que desde el siglo XIX nos plantea Martí, no para dar la espalda al mundo sino intercambiar con él, asimilar y dar, crecer en la fusión pero teniendo bien claro cuales son las raíces que deben prevalecer para conservar la identidad de una cultura, hija ella misma del intercambio pero rica en peculiaridades que le dan signo de otredad y fuerza.

La Revolución Cubana creó la oportunidad de desarrollo para la cultura nacional al incentivar a todos los creadores, priorizando la educación de un pueblo capaz de disfrutar del arte y la cultura auténtico, teniendo como máxima el hecho cierto de que toda la cultura puede ser popular siempre que se auténtica, refleje el sentir de los seres humanos y no se separe de las bases culturales que le dieron origen.

Otro principio básico para toda cultura revolucionaria está centrado en el hecho de que la cultura está en constante cambio que ese proceso de “fusión” del que tanto se habla en la actualidad en algo inherente a las culturas nacionales en constante interacción unas con otras, para enriquecerse y salir fortalecidas, ese fenómeno es el que recoge José Martí en ese ensayo fundacional que es Nuestra América, donde no se habla de chovinismo, ni nacionalismos estrechos, sino de culturas en constante fusión para dar lugar a otros fenómenos nuevos en el ámbito del arte, la literatura y la vida y que solo el tiempo y el pueblo al que va dirigido avalará con su aceptación y desarrollo.

Otro cubano imprescindible, Fernando Ortiz, no por gusto llamado el tercer descubridor de Cuba, devela este fenómeno de fusión cultural que ha llevado al pueblo cubano al desarrollo de una cultura mestiza de muchos componentes, pero donde se destacan dos grandes conglomerados culturales: los de origen ibéricos, venidos con los conquistadores y los de origen africanos, mezclados a fuerza de dolor e incomprensiones a lo largo del desarrollo de una economía plantacionista que tuvo al esclavo africano como principal mano de obra.

A este proceso de “transculturación”[3] Fernando Ortiz lo comparó con el famoso “ajiaco cubano” al qué constantemente se le está añadiendo un nuevo condimento y ¿qué es este proceso sino el mismo al que José Martí se refiere en la frase que encabeza este trabajo, solo que para Martí esto se completa con un componente ideológico fundamental, la defensa de la autenticidad para mantener la soberanía y la libertad, por eso “el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”, lo cual tiene una vigencia primordial en este siglo XXI en el que se proclama la creación de una sola cultura universal, basada en el consumo de productos culturales, “fáciles de consumir” por todos y alienadores de la condición humana, rica, compleja y en constante desarrollo.


[1]“Los tres pilares de la identidad cultural” Por Cheikh Anta Diop” en Revista UNESCO Nº 5/6 1986

[2] Ídem

[3] Concepto acuñado por Fernando Ortiz para referirse a este constante intercambio y fusión de culturas y aparecido por primera vez en 1940 en su obra “Contrapunteo del tabaco y el azúcar”

Cultura, José Martí

SONIA, SILVESTRE COMO TODO LO AUTÉNTICO


Sonia Silvestre[1], tan dominicana como cubana, vino a Cuba cuando este isla era un tabú para muchos y se presentó en radio y televisión, cantó en muchos pueblos del interior cubano y se acercó al repertorio de la trova contemporánea cubana y de compositores cubanos, todos muy escuchados aquí pero en ese entonces, los años 70 y principio de los 80, muy poco oídos fuera de Cuba, Sonia fue amiga de Cuba, de los cubanos y de la Revolución Cubana, de todo eso se enorgulleció durante toda su vida.

Por eso es muy hermoso que la Oficina del Historiador de La Habana y la Embajada Dominicana en Cuba comiencen la Jornada de la Cultura de República Dominicana en Cuba con un homenaje a ella y nada menos que en la cubanísima Plaza Vieja, hermosa y llena de historia presente y pasada, allí se develará una tarja en su memoria y perpetuará el recuerdo de la Silvestre amiga de Cuba, esa que llegaba sin avisar y nos sorprendía con un recital junto a Sara González o algún otro amigo trovador y bohemio como ella.

Los cubanos sentimos su muerte, apreciamos su amistad y aplaudimos el gesto de recordar a esta dominicana que canta y nos quiere con amor de pueblo, silvestre como todo lo espontáneo y genuino.


[1] Sonia se inició en el canto cuando siendo aún adolescente conoce a la cantante Cecilia García, quien la introdujo como corista de “jingles” publicitarios. Hizo su debut oficial como vocalista en mayo de 1970, en el programa “Gente” que producía Freddy Ginebra para Radio Televisión Dominicana, donde  interpretó el tema de Los Hermanos Castro “Yo sin ti” acompañada por la banda del maestro Luis José Mella.

Un momento decisivo de su carrera fue cuando la compositora Leonor Porcella de Brea la escogió para que interpretara su tema “¿Dónde podré gritarte que te quiero?” en el IV Festival de la Canción Dominicana celebrado por AMUCABA (Asociación de Músicos, Cantantes y Bailarines) en Santo Domingo, en el año 1971. Alcanzó el segundo lugar  y posteriormente grabó para el empresario artístico Bienvenido Rodríguez su primer LP titulado “Esta es Sonia Silvestre”.

En 1971 terminó como finalista en el Festival Internacional de la Canción de Bogotá y en 1972 la Revista Tele-3 la seleccionó como la cantante más popular. Lo mismo hizo el programa Farándula en 1973. (Tomado de Cubadebate, 19 de abril de 2014)

Cultura

¡LEONARDO PADURA, UN JONRÓN LITERARIO!


Es realmente una lástima que el Premio Princesa de Asturia 2015 conferido a Leonardo Padura por su obra literaria, haya pasado en los medios oficiales de prensa cubano, por debajo de la mesa, cierto que lo difundió el periódico Juventud Rebelde y que CUBADEBATE también se hizo eco de esta buena nueva para nuestra cultura, pero la radio y la televisión, medios que en Cuba son decisivos por su audiencia no dijeron nada, y no hubo la alharaca que armamos con estos premios cuando lo gana un cubano “revolucionario”.

Padura, es Padura, una amante del beisbol que leo desde los años que hacía crónicas para ese mismo Juventud Rebelde que se dignó con dar la noticia, con él supe de esas historias hermosas del cubano sin historia, cuando la historia era colectiva y el hombre individual era solo “parte de algo”, ha escrito de beisbol, su gran pasión de cubano y subió a recoger este premio con una pelota de beisbol, con orgullo porque para el cubano eso es tanto como un símbolo nacional.

Qué lástima, es verdad que Padura es Premio Nacional de Literatura y sus libros se agotan, más ahora cuando ha cogido la manía de contarnos las cosas con un poco de imaginación e ironía criollla, apego a la realidad de la calle, fundamentalmente de esos años 90 cuando supimos salir adelante a pesar de todo, él es uno de los sobrevivientes, pero en los círculos oficiales hay un silencio que no se merece.

El piensa distinto, se ha decepcionado del sueño que compartió con mucho de los cubanos de nuestra generación, su crítica de “francotirador” parece venir más del interés de alagar a sus editores que de mejorar el “proyecto” que compartimos, qué bueno, al menos sigue viviendo en Mantilla y fumando esos tabacos cubanísimos que su estatus económicos le permiten comprar.

Yo no soy Dios para juzgarlo, soy lector para admirarlo y eso hago, por eso me duele que “algunos” envidiosos quieran ahora negarle el agua y el pan.

He admirado ese Mario Conde cubanísimo y de carne y hueso tan alejado del estereotipo del investigador de bronce que nos vendió la novelística policial cubana de las décadas de los 70 y los 80, que muchos siguen creyéndose, o la militancia sin tacha de los hombres de mármol, que parece que nunca discutieron, discreparon y hasta fueron sancionados por pensar distintos.

A pesar de todo, no tengo y no estoy de acuerdo con todo lo que dice o escribe Padura, ese es su problema pero quiero felicitar de corazón al paisano que llegó lejos, al periodista que siempre admiré y al novelista que me da otra visión de mi mundo.

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CUBA, EL ORGULLO DE SU CULTURA


Este es un país pequeño, sin grandes recursos naturales y sometidas a grandes presiones ideológicas en los últimos 60 años, eso nos ha ido moldeando como el pueblo resistente y orgulloso que sobrevive en el Caribe a pocas millas de la nación más poderosa y ambiciosa del mundo, que por su “Destino Manifiesto” cree ser la depositaria de todos los valores del mundo y por tanto juez y César a la hora de juzgar a los demás.

Cuando hablamos de nuestra cultura como de una cultura de resistencia, el referente hay que buscarlo en las raíces de la formación de la nacionalidad, desde aquel violento encontronazo con los barbados españoles y su evangelización forzada a fuer de no ir al infierno, para unas criaturas humanas que apenas daban los primeros pasos en la comunidad primitiva, ellos resistieron, no eran muchos y fueron menos por el maltrato, las enfermedades y la explotación de su fuerza de trabajo, miles se fueron a lo profundo de los bosques a vivir y pelear por su vida y su sobrevivencia, asimilaron muchos aspectos de la cultura del español y dejaron su huella en costumbres domésticas y mínimos asentamientos fraguas del mestizaje.

Luego fue el negro, primero traído de apoco por el conquistador y muchos de ellos unidos al cimarronaje con el aborigen cubano, en el esplendor de las plantaciones azucareras del siglo XIX, fueron traídos por millones para cortar la caña y morir por miles en esta tierra que no era la suya, esclavizados y desculturizados, reconstruyeron su mundo mágico religioso, su cultura arraigada, fusionándose no solo con el mestizo y el criollo blanco, sino con las otras etnias africanas que junta a él llegaron traídos por la codicia.

El hacendado criollo levantó en ese siglo XIX una cultura próspera que él quería fuera copia de la Europa admirada, con títulos de nobleza incluidos, el blasón del látigo en la espalda de los negros esclavos y el estigma del mestizaje que temían tanto como lo practicaban.

Así se hizo la sociedad cubana, llena de contradicciones abismales, casi tantos esclavos como gente libre, la más poderosa burguesía de América hispana en el siglo XIX, el mayor socio comercial de los Estados Unidos, aun cuando éramos colonia de España, el mayor aliado de la monarquía contra el liberalismo español en la península, la negación de una cultura mestiza y fuerte desde épocas tan tempranas como el inicio de los procesos de independencia en América, que no se visibilizó por la codicia de la poderosa burguesía plantacionista, que se alió a España contra sus hermanos a cambio del mantenimiento del régimen de esclavitud que los enriquecía.

Tenemos de español tanto como de congo y carabalí, con aporte incluido del aborigen, del chino que fue engañado y traído a trabajar a Cuba cuando la esclavitud negra decaía en la isla, de esas raíces se nutrió la sociedad cubana y se formó el criollo alegre y bailador en todas sus capas sociales, extrovertido, emprendedor y de mente abierta, capaz de asimilar y adaptarse, un pueblo asombroso que forjó su resistencia desde lo cotidiano para hacer patria en todos cuando parecía que solo íbamos a ser sombras de otros.

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