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Cultura Cuba

Un Blog para dar a conocer la cultura cubana, su gente y su historia, en pocas palabras.

 
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Cultura

UN CRITERIO SOBRE LA FERIA DEL LIBRO DE LA HABANA


Ir a la FERIA DEL LIBRO de La Habana es una tradición que me he impuesto como otros miles de cubanos que vivimos en la capital, porque era un modo de confrontar lo que hacen otros con los que se produce en Cuba en materia editorial. Ver los libros de mi gente junto a los cientos de ejemplares que llegaban de toda América Latina y algunos países de Europa, era un modo de comparar, saber cuan cerca o lejos estábamos en materia de diseño, contenido y calidad en general.

Pero ahora la FERIA DEL LIBRO que veo es un gran bazar, una candonga de banalidad que se dirige de forma central al objetivo de venderle a estos “indios con levita” (que somos nosotros) parte de sus frustraciones, sus sueños truncos, sus ansias de tener y que los indianos adquieren como trofeo del bueno, todo en 3D desde la religión a los mangas, deslumbrando a un público juvenil, infantil y de adultos cosificados que hace colas, gasta dinero a manos llenas y luego sale con su carga de “novedades”, con su autoestima por las nubes porque ellos llevan mucho afuera para cubrir la falta de lo que no tiene dentro.

Es verdad que nosotros no tenemos una industria editorial, capaz de enfrentar esta avalancha de libros para el hogar, consejo para la autoestima, , entretenimientos a granel, pero priorizar este bazar de feria, con los mejores lugares del recinto expositivo, que casi no encuentres a las editoriales serias, que cuando la encuentres la veas a la defensiva rodeada de esta avalancha de afiches de Messis y de Ronaldos, eso es claudicar ante el mercado, perder la esencia de lo que era la FERIA DEL LIBRO DE LA HABANA, un lugar de encuentro y de saberes desde el lado más progresista de la humanidad.

Ha se me olvidaba también existe un programa cultural, serios y muy publicitado por los medios, a donde va los especialistas, los estudiantes y alguno que otro ciudadano de a pie, lector empedernido y que descansa sus pies en las salas de conferencias y coloquios, para luego volver a l BAZAR de las ilusiones que nos trajeron los conquistadores del mercado.

Cultura

CELINA, LA REINA DE LOS CAMPOS DE CUBA


Desde que nací vengo escuchando la voz de esta guajira cubana que se dio a la tarea de defender el “punto cubano”, las décimas cantadas y la música campesina toda que se hace en Cuba. La recuerdo junto a su esposo y compañero en el arte Reutilio Domínguez, quien supo hacerle una segunda voz que resaltaba el timbre claro de sus tonadas. Esa es Celina, la mujer devota de Santa Bárbara, el Changó de la cultura afrocubana que con sus colores rojo y blanco en su bata paseó por el mundo esa manera eterna de inmortalizar lo auténtico.

Gracias Celina te recordaremos siempre y trataremos que tu música siga viva en la cultura de tu pueblo.

Cultura

LA HABANA EN FESTIVAL DE CINE


Anoche concluyó el Festival de Cine Latinoamericano de La Habana, una fiesta de público ávido de ver las nuevas propuestas que llegan de todas partes de América Latina y por fortuna las que presenta el cine nacional, cada vez más osado e independiente, no solo en la producción , sino en el decir que tuvo en la película “Conducta” de Ernesto Darana no solo el Premio Coral del 36 Festival de Cine de La Habana, sino la aceptación de un público que desde hace más de doce meses la ha visto en salas de cines o en video, discutiendo y enfrentando el dilema de la sociedad cubana actual enfrentada a la crisis de valores, a la sobrevivencia y a los grandes retos sociales y políticos que tenemos.

Pero el público en La Habana otorgó su premio a una película de destape y valor dirigido por Marilyn Solaya, “Vestido de novia”, una película de trasvertí, transexuales y reivindicaciones, muy necesaria entre nosotros.

El tema de la tras versión es el tema de “Fátima” o “El parque de la Fraternidad” una película basada en un cuento de Miguel Barnet, dirigida por Jorge Perugorría, otro éxito de taquilla en La Habana que muestra la valía del cine cubano, ya sea producido por el estado o en su vertiente de cine independiente.

En este último apartado sobresale el trabajo de Fernando Pérez[1] dirigiendo por primera vez una película independiente, “La pared de las palabras”, demostrando el mérito de producir cine aún fuera de los mecanismos estatales.

“Nosotros los cineastas nos estamos reuniendo periódicamente en el centro Fresa y Chocolate para discutir y plantear nuestros puntos de vista sobre las perspectivas del audiovisual cubano y, por supuesto, la necesidad de reconocer ya definitivamente la importancia del cine independiente en Cuba.

“Pero de ninguna manera esto quiere decir que se niegue la producción de la industria; solo que son dos maneras de producir que enriquece la filmografía del país, porque se diversifica y la diversidad siempre enriquece.

“Nuestra aspiración es que el audiovisual cubano logre reafirmarse en la producción independiente, en la existencia de un instituto de cine más flexible y dinámico, que exista una ley de cine que regule, no que controle la producción independiente.”[2]


[1] Director de película como Clandestino (1988), Madagascar (1994), La vida es silbar (1998), Suite Habana (2003) y Martí: el ojo del canario (2010)

[2]Fernando Pérez “Diario del Festival”13/12/2014

Cultura

LA HABANA, MARAVILLA DEL MUNDO


Una vista nocturna tomada desde el Hotel Habana Libre por el singular lente de mi amiga asturiana Sussy, a quien saludo y dedico este festejo por La Habana.

A nosotros no nos cabía dudas, La Habana es una Maravilla del Mundo, en primer lugar por su gente multiétnica, racialmente mezclada y con una alegría de vivir y salir adelante, como pocos en este mundo violento (La Habana es una ciudad de paz) y egoísta (La Habana y Cuba son paradigma de la solidaridad).

Como pocos he recorrido esta ciudad, no solo en su centro histórico, archiconocido y publicitado, sino La Habana profunda, en la que vivimos las dos terceras partes de los que en ella trabajamos, estudiamos, disfrutamos y en muchas ocasiones la maltratamos.

La Habana no es un nido de rascacielos, aunque tiene su Vedado con emblemáticos y fundacionales edificios que hablan del cómo comenzó todo. Hoy son niños de teta El Focsa, el Habana Libre, el Somellán, gigantes pigmeos que embellecen el paisaje habanero desde su terraza marina que es ese Malecón saludable y hermoso, visitado a diarios por miles de personas, cubanos y turistas.

La Habana es una ciudad de resistencia donde el turista se asombra de su museo rodante, cientos de automóviles y camiones de las décadas del 60, 50 y más atrás.

En La Habana todo es eterno y todo deja su huella, sino mire a su bien conservado centro histórico, Patrimonio de la Humanidad y con uno de los más eficientes modelos de gestión local auspiciado por la Oficina del Historiador de la Ciudad, ese mismo (Eusebio Leal) del que nos sentimos orgulloso por su elocuente retórica y por ese “decir es hacer”, que aún en medio del caos fue fuente de inspiración y continuidad.

Pero subamos a mi barrio, ese municipio “10 de Octubre” con epicentro en la loma de Jesús del Monte, donde una iglesia rural antigua y hermosa preside el día a día del espacio más densamente poblado de La Habana. Este espacio territorial tiene ejemplos de arquitecturas de todo tipo, desde Art Noveau y Art Decó, hasta el intento ecléctico de los maestros de obra catalanes: La Víbora, Santo Suárez, Luyanó, Lawton, todos barrios populares con historia, unidos por esa vena cenital que es la Calzada de 10 de Octubre, esa misma Calzada de Jesús del Monte por la que bajó la rebeldía de los vegueros por el siglo XVIII.

La Habana inmensa crecida en Guanabacoa y Regla, al otro lado de la bahía;  Marianao, al otro lado del fundacional río Almendares, con su exclusivo Miramar, el último refugio de la burguesía cubana y sus palacetes pretenciosos creados por la segregación del dinero, junto a un mar más tranquilo, lejos de la plebe. Hoy es zona de embajadas, residencia de extranjeros, de cubanos famosos (desde artistas y deportistas hasta políticos), una zona exclusiva que se salpicó de pueblo con los “Planes de becas” de la Revolución allá por los 60, llenando de hijos del pueblo ese espacio exclusivo.

Esta es La Habana, la que tarda en resolver sus problemas de salubridad, de reparación de viviendas, de aglomeración poblacional, la meca del provinciano, la que resistió siempre y a la que resulta muy difícil encontrar el gentilicio de habanero, en más de tres generaciones de una misma familia, la capital de todos los cubanos.

José Martí un habanero íntegro y leal dijo de ella: “La Habana no peca de miedo… es soldado La Habana…como la isla toda”, así es ella, la ciudad que siempre nos asombra.

Cultura

UN INVENTO CUBANO


El cubano es “bicho malo” dice un refrán popular para caracterizar a la gente de esta tierra llena de ingenio y deseos de resolver, imagínense ahora con una formación cultural y prentesiones muy grandes de salir adelante, lean esta noticia de un invento criollo, que al parecer dará mucho que hablar:

GUANTÁNAMO.— El Caverchelo, un instrumento musical cuya caja de resonancia reúne al tambor con el güiro y la marímbula, tuvo una fa­vorable acogida en Japón, donde fue presentado du­rante más de un mes por su creador, el ar­qui­tec­to y músico guantanamero Pedro Caver­dós Qu­ert.

Los tumbaos y otros sonidos sacados al no­ve­doso instrumento fueron escuchados en La Bo­deguita, centro nocturno representativo de la cultura cubana en Tokio, y en otros sitios de la ca­pital japonesa donde gusta la música de la Mayor de las Antillas e hispanoamericana.

El Caverchelo es un instrumento de pequeño formato (60 cm de largo por 30 de ancho) cuyo nombre combina los apellidos de quien lo diseñó y del carpintero que lo fabricó por primera vez, el tam­bién guantanamero Sigfredo Taquechel Cas­tillo.

Además de en Japón, ha mostrado sus cualidades en República Dominicana, contribuyendo en esos países al conocimiento y preservación de ritmos autóctonos de la región más oriental de Cuba, como el changüí, el nengón, el kiribá y la regina montunera.

El sui géneris instrumento recibió en 2011, jun­to al conocido medicamento cubano He­ber­prot P para el tratamiento del pie diabético, el Premio de la Oficina Cubana de la Propiedad In­dustrial a la creatividad y la Innovación Tec­nológica, y re­cientemente el Certificado de Re­gistro de Marca, otorgado por la propia institución.

“Entre mis aspiraciones está la generalización de su uso en escuelas de arte y agrupaciones mu­sicales”, señaló a Granma su creador, famoso en Guantánamo, además, por sus cualidades como productor de vinos

15 de octubre de 2014

Tomado del periódico Granma, 16/10/2014

Cultura

DÍA DE LA CULTURA CUBANA


“Injértese en nuestras repúblicas el mundo;

pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”

José Martí

El 20 de octubre los cubanos celebramos el Día de la Cultura Cubana, en conmemoración a la fecha en que fue cantado por primera vez el Himno nacional en la ciudad de Bayamo, el 29 de octubre de 1868.

En su célebre ensayo “Nuestra América” de José Martí, aparecido en enero de 1889, está escrita la frase que sirve de exergo a este trabajo y que resume con certeza su concepción de cultura partiendo de la conservación de aquellos elementos que la hacen auténtica y única, aunque en interacción constante con el resto del acervo cultural humano.

“Nuestra América” fue escrito a modo de resumen de las ideas del Apóstol cubano sobre el neurálgico tema de la identidad latinoamericana en momentos en que se cernía sobre nuestros pueblos los peligros de anexión y absorción cultural por las grandes potencias capitalistas, incluyendo a los Estados Unidos, por entonces un paradigma para la intelectualidad y la gente de poder en nuestros países que veían en esa nación vecina el modelo a seguir, el ideal de nación y la posibilidad de igualarse.

Frente a este mimetismo surgen las ideas de José Martí advertidoras y valientes para reivindicar todos aquellos elementos autóctonos que hacen diferentes a estas naciones de origen latino con fuerte componente mestizo y la pervivencia de culturas ancestrales que tienen su base en las sociedades originarias que existían desde antes de la conquista.

Era una frase que incluía también a Cuba, aún colonia cuando escribe esta obra, pero con un pueblo que ya se reconoce otro frente a su metrópoli colonial, España. En la isla e a fines del siglo XIX se ha vivido un largo trecho forjador de la nacionalidad trascultural de más de tres siglos por entonces; que se ha levantado por su independencia y ha hecho una reafirmación de su cultura que se funde con elementos que ya le serán imperecederos: la libertad y el antimperialismo.

Toca a José Martí el reconocimiento pleno de la madurez cultural de su pueblo, reconocerlo en toda su plenitud en los relatos de los emigrados revolucionarios que cuentan con orgullo los avatares de la “Guerra Grande” (1868-1878), canta sus canciones, añora sus paisajes, mientras espera el reinicio de la contienda por la independencia para incorporarse a la tarea de hacer una nación libre.

Él mismo es fruto de esta cultura criolla, madura y en tránsito de cubanía, educado por maestros cubanos que están orgullosos de serlos, que enseñan una literatura nacional que ya ha dado sus frutos de calidad en poetas como José María Heredia, Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido) y Juan Clemente Zenea, entre otros muchos, que primero se reconocieron en el paisaje y luego fueron encontrando sus huellas en el pueblo y la isla que los vio nacer.

Ese es el pueblo cubano que conoció Martí, al que llamó a la unidad y al sacrificio no solo para lograr la independencia, sino para impedir su anexión a los Estados Unidos.

La muerte del Martí fue una gran pérdida para su pueblo, su prédica vehemente y su ejemplo, fue lección para las generaciones que en la república se dieron a la tarea de hacer la patria, completando el ideario del Maestro, luchando contra politiqueros y anexionistas de toda laya que resumieron la cubanía en varios elementos estereotipados y serviles: rumba, mulatas y ron; playas, juegos y paisaje; vendidos como slogan para turistas.

Cuba era mucho más, la fragua de lo nacional siguió el derrotero martiano en medio de la frustración y la rebeldía, el pueblo cubano forjó su cultura de resistencia que soñaba en los versos de Nicolás Guillén, pinta en las trasparencias de Carlos Enrique y la mulatéz de Wilfredo Lam; canta en los sones y las rumbas de cualquier barrio, se permite el hermetismo creador del Grupo Orígenes, encabezados por José Lezama Lima; hace teatro con Paco Alfonso y Virgilio Piñeras y se vuelve compromiso político en Rubén Martínez Villena, Juan Marinello, Alejo Carpentier y Raúl Gómez García, para ir conformando ese tronco fecundo de la cultura cubana al que constantemente se inserta el mundo para bien, creando vasos comunicantes que enriquecen y fertilizan.

La Revolución triunfante el 1º de enero de 1959, encuentra una cultura nacional madura y activa, fecunda y representativa, que saluda el cambio y se une a él, acepta el reto y nuevas savias que viene de lugares disímiles.

Fue necesario aceptar el reto de alfabetizar un pueblo, de masificar cultura y vestir el arte de campesino y obrero, para fecundar el árbol de lo cubano, sil olvidad que el reto era “…injertar en nuestras republicas el mundo”, fuera cual fuera el mundo, siempre y cuando nos beneficiara como pueblo y sociedad, y nuevas formas de ver la cultura y el arte llegaron en medio de transformaciones y la cultura cubana creció, asimiló la savia foránea y Martí siguió diciendo “…pero el tronco ha de ser el de nuestras república”

Un pueblo crecido en estos más de cincuenta años de revolución, ha consolidado una cultura donde, “el ejercicio de la soberanía es la mejor escuela del espíritu, y del alma de un pueblo, el único medio de mantener despierta sus virtudes cardinales”[1]

Donde puede considerarse que la cultura es una “…estructura asimiladora que digiere materiales extraños y que evolucionan sin perder por ello la conciencia de su identidad. Esa asimilación le enriquece y no puede afectar su destino”[2]

Estas palabras escritas casi cien años después que la frase de José Martí, tiene el mismo objetivo de destacar la importancia de mantener las raíces de toda formación cultural como único modo de sobrevivir a los intentos hegemonistas de las cultura dominantes y los centros de poder del primer mundo, dueños de los medios de comunicación y por ello vendedores de modelos para países “menos desarrollados”.

La vigencia de esta frase cobra mayor fuerza en época de “globalización”, “aldea global”, “mass cultura”, y todo intento de la maquinaria sociocultura del capitalismo moderno empeñada en hacer una versión sintetizada y desproblematizada de la cultura humana y sus diversas variantes.

La Revolución Cubana como obra y continuidad histórica de las luchas y el pensamiento de José Martí, basa su política cultural en ese dilema de intercambio cultural que desde el siglo XIX nos plantea José martí, no para dar la espalda al mundo sino para intercambiar con él, asimilar y dar, crecer en la fusión, pero tener bien claro cuáles son las raíces que deben prevalecer para conservar la identidad de una cultura, hija ella misma del intercambio, pero rica en peculiaridades que le dan signo de otredad y fuerza.

La Revolución Cubana creó la oportunidad de desarrollo para la cultura nacional al incentivar a todos los creadores, priorizar la educación de un pueblo, para que fuera capaz de disfrutar el arte y la cultura auténtica, teniendo como máxima el hecho cierto de que toda la cultura puede ser popular, siempre que sea auténtica, refleje el sentir de los seres humanos y no se separe de las bases culturales que le dieron origen.

Otro principio básico para toda cultura revolucionaria está centrado en el hecho de que la cultura está en constante cambio, de que ese proceso de “fusión” contemporáneo es algo inherente a las culturas nacionales, en constante interacción unas con otras, para enriquecerse y salir fortalecidas, ese fenómeno es el que recoge José Martí en su ensayo “Nuestra América”, donde no se habla de chovinismo, ni nacionalismo estrecho, sino de culturas en constante fusión para dar lugar a fenómenos nuevos en el ámbito del arte, la literatura y la vida, hechos que solo el tiempo y el pueblo, avalarán con su aceptación o no.

Otro cubano imprescindible, Fernando Ortiz, no por gusto llamado el tercer descubridor de Cuba, devela este fenómeno de fusión cultural que ha llevado al pueblo cubano al desarrollo de una cultura mestiza de muchos componentes, pero en la que se destacan dos grandes conglomerados culturales: uno de origen ibérico, traídos por el conquistador y el otro de origen africano mezclados a fuerza de dolor e incomprensiones a lo largo del desarrollo de una economía plantacionista que tuvo al esclavo africano como principal mano de obra.

A este proceso de “transculturación”[3] Fernando Ortiz lo comparó con el famoso “ajiaco criollo”, al que constantemente se le está añadiendo un nuevo producto o condimento y ¿qué es este proceso sino el mismo al que José Martí se refiere en la frase que encabeza este trabajo, solo que para José Martí esto se complementa con un componente ideológico fundamental: la defensa de la autenticidad para mantener la soberanía y la libertad, por eso, “el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”, lo cual tiene vigencia primordial en este siglo XXI en el que se proclama la creación de una sola cultura universal, basada en el consumo de productos culturales, “fáciles de digerir” por todos, alienadores de la condición humana, rica, compleja y en constante desarrollo.

Bibliografía

- Anta Diop, Cheikh: “Los tres pilares de la identidad”, en Revista UNESCO, Nº 5/6, 1986

- Martí, José: Obras Completas, Tomo VI, pág. 15. La Habana, 1972

- Martínez Pires, Pedro: “Eusebio Leal: “No podremos entender la Revolución sin entender la república”, entrevista en revista Temas Nº 24/25, 2001

- Ortiz, Fernando: “Contrapunteo del tabaco y el azúcar”. La Habana, 1975

Cultura y sociedad centran la atención del Congreso de escritores” en per. Juventud Rebelde 1/4/2008


[1] Cheikh Anta Diop: “Los tres pilares de la identidad cultural”, en revista UNESCO, Nº 5/6, 1986

[2] Ídem

[3] Concepto acuñado por Fernando Ortiz para referirse a este constante intercambio y fusión de culturas, aparecido por primera vez en su libro “Contrapunteo del tabaco y el azúcar”, 1940

Cultura, José Martí

UN AMANECER DE ART NOVEAU


Casa Art Noveau de la calle Cárdenas

Mañana por mañana como fantasma, paso frente este hermosa esquina habanera de la calle Cárdenas, un día tentado lleve la cámara para pillarla dormida, porque apenas sean las siete de la mañana, se convertirá en una de tantas esquinas bullangeras de esta ciudad de ruidos humanos, de vendedores que no pregonan sino te insultan con sus altos precios de cualquier cosa. Es La Habana, no os asombréis de nada, bella, contrastante, cuidada-ruinosa, limpia-sucia, cosmopolita y con don de ser el ombligo de nuestro mundo.

Esta edificación, junto a dos tres que sobreviven en esta corta calle de apenas cinco cuadras, recuerda los tiempo de principios del siglo XX cuando el ferrocarril era el principal modo de unir a la isla y en esta calle se edificaron estas casas de estilo art noveau, construida por maestro de obras catalanes y con capital inglés fundamentalmente, inversionistas del ferrocarril en expansión que tiene su estación central muy cerca, tanto que se escucha el ruido de los trenes que salen y llegan a La Habana.

Amo a estas casas atrevidas que retan a la línea recta y tienen algo de ecologistas con sus sinuosas curvas vegetales, que no fueron abundantes en Cuba, pero por estos populosos barrios habaneros pueden descubrirse muchas huellas del estilo, escondido en la huella de la mugre y la necesidad de la gente de expandir un espacio que le queda pequeño.

Cultura

UN LUGAR DE LA HABANA VIEJA


Este lugar me resulta entrañable porque hace quince años sin faltar un día, llego hasta aquella casita de fachada amarilla y ventanales azules para ocuparme del más hermoso de los oficios, cuidar la historia, trasmitirla apegado a la verdad, conversar con los que llegan desde todas parte de esta isla de Cuba y desde este mundo que cada día se nos hace más pequeño.

Esta casita es una metáfora, en ella se resume el inicio de un hombre imprescindible para todos los cubanos, la figura de la que hablan los libros, los estudiosos y los políticos, este que desde niño fue predestinado a ser conductor de pueblo, no por un don entregado por los dioses, sino por esa entrega al ser humano como causa principal, sin chovinismos, primero entre los suyos, esa familia fecunda y nutriente que le fue dada, después con su pueblo, entre los suyos, sufriendo las injusticias de cada esquina, aprendiendo de cada hombre o mujer que entró en su vida, aunque solo fuera para saludarlo.

Este hombre político fue poeta y soñó un mundo mejor y la humanidad por patria, sin olvidar que había nacido en una isla verde demasiado cerca de los gélidos egoísmos que se concentraban al norte, ese es José Martí, mi oficio es cuidar la casa donde nació, esa que todos en Cuba saben dónde está, esa sencilla pieza de entramado urbano, en un bello rincón de La Habana colonial, rodeada de gente que vive y sueña y que meridianamente es un resumen de Cuba y su historia.

Cultura, José Martí

JOSÉ MARÍA HEREDIA, EL CUBANO ERRANTE


José María Heredia nació en Santiago de Cuba el 31 de diciembre de 1803. “A los ocho años de edad –dice Bachiller y Morales- traducía a Horacio, sin cumplir los diez hacía versos, y a los quince se recibía de bachiller en derecho en la Universidad de La Habana”

Luego de una larga estancia fuera de Cuba por las responsabilidades de su padre como funcionario de Audiencia en La Florida, Santo Domingo y Venezuela regresa a Cuba en 1819 tras la muerte de su padre, dotado de un talento natural para la literatura y en especial para la poesía. Su madurez coincide con las inquietudes del segundo período liberal en España, las guerras de liberación en América Hispana y la propagación de los ideales humanistas y liberales de la burguesía frente al despotismo en retroceso y a la defensiva en Europa y el mundo occidental.

La corriente literaria del romanticismo llega a Cuba y América traído por los emigrados latinoamericanos que en mayor o menor medida habían participado en el proceso liberador de Hispanoamérica. Cuba era una encrucijada de viajeros, provenientes de las inquietas regiones rebeldes de América y en ella se encontraba el joven Heredia, viajero perenne con sus padres, bebiendo de las influencias de otras culturas de América y recalando en su patria justamente cuando el proceso liberal se abre paso entre los jóvenes intelectuales de su tierra y tiene en Varela, su maestro mayor desde la cátedra de Constitución del Seminario San Carlos.

José María Heredia es el primer escritor cubano en cuya obra es posible reconocer una identificación con la patria, ya no solo como naturaleza, sino como entidad política independiente. A pesar de que su educación básica no transcurre en la isla, al incorporarse a la misma se identifica con la patria y sus actividades, entra en contacto con emigrados latinoamericanos en La Habana[i], amistad que influye en la maduración de sus concepciones políticas en pro de la independencia que lo llevarán a conspirar contra el régimen colonial y posteriormente al destierro en Estados Unidos en 1823.

En 1925 fue llamado a México por el presidente Guadalupe Victoria para desempeñarse en la jurisprudencia de ese país. Se radica en Toluca donde fue director de Instituto de Literatura para el cual escribió en 1827 sus “Lecciones de Historia Universal”, un libro de historia que intenta dar una visión de la historia universal desde la óptica de un hispanoamericano, partiendo de la traducción razonada del libro “Elementos de Historia Universal” del historiador inglés Tyler.

La novedad de su obra está en que agregó a estas lecciones de historia las muy recientes entonces revoluciones americanas por la independencia, realzando la gesta de los grandes pilares independentistas del continente. Desde este punto de vista fue un precursor, al escribir el primer libro de Historia Universal escrito en Hispanoamérica.

Su labor en México contribuye a su maduración literaria definiendo su formación romántica con su versos “En el Teocalli de Cholula”, considerado los primeros versos románticos en castellano.

En Nueva York publica su cuaderno “Poesía” (1825) que le dará renombre en América y Europa como uno de las más importantes figuras del romanticismo en su lengua y el primer cubano en alcanzar fama internacional por los altos valores estéticos de su obra poética.

Como figura del romanticismo, al igual que como independentista, será precursor, terminando su vida en tierra extraña, añorando la propia. Su poesía se sitúa en las raíces del romanticismo en Iberoamérica, aunque en ocasiones deja ver el fardo retórico del neoclasicismo del que no pudo desprenderse. Más su lírica dejó obras de inigualable valor como, la “Oda al Niágara”, Himno del Desterrado”, “Emilia” o “La Estrella de Cuba”, versos en los que vibra la rebeldía y sus anhelos de libertad para su tierra natal, casi siempre ausente en su breve vida.

A la muerte de Fernando VII y aprovechando la amnistía decretada por la Reina Regente, fue autorizado a volver a Cuba durante dos meses, estaba muy enfermo y quería ver a su familia. Su antiguos amigos y admiradores en La Habana le dieron la espalda, lo consideraron un traidor a sus ideales y regresó a México triste y desencantado para morir en Toluca el 7 de mayo de 1839.


[i] Las cuatro figuras más destacadas en la difusión de los ideales de independencia por estos años fueron, el peruano Manuel Lorenzo de Vidaurre, el ecuatoriano Vicente Rocafuerte, José Antonio Miralla, argentino y José Fernández Madrid, colombiano.

Cultura

JOSÉ MARTÍ Y LOS HABANEROS ILUSTRES



“Martí y la noche”

Autor: José Luis Fariña

El nacimiento de José Martí a mediados del siglo XIX le permite crecer y madurar en un momento germinal de la cultura en la isla de Cuba: la creación de la nación y el afianzamiento de la identidad nacional.

José Martí aprende con maestros cubanos imbuidos de las ideas más avanzadas de su tiempo y todos ellos convencidos de la existencia de la nacionalidad en la isla, algunos acariciando ya el independentismo como ideal posible.

Rafael María Mendive como el más cercano a él, es un liberal, discípulo de José de la Luz y Caballero; marca un significativo magisterio en la juventud criolla que se formó en su colegio o lo tuvieron como influencia en sus conocidas tertulias de mediados de la década del sesenta del decimonónico.

Este período histórico esta signado por la circulación frecuente y cada vez más amplia de la independencia como la necesidad más necesaria de la isla para resolver sus grandes problemas sociales, las contradicciones con la metrópoli, el estancamiento y decadencia de las clases dominantes criollas y la solución del gran problema social de la isla que es la esclavitud de miles de seres humanos para sostener la economía plantacionista azucarera.

El alzamiento de los orientales en 1868 liderados por Carlos Manuel de Céspedes, rompe con el mito de la sublevación de los esclavos africanos como consecuencia de la lucha por la independencia y por el contrario incorpora la abolición de la esclavitud como un reclamo natural de la república a que se aspira.

En consecuencia José Martí un adolescente habanero formado en lo mejor del pensamiento identitario de la isla abraza la causa de la independencia e inicia una participación comprometida y militante en los sucesos que a consecuencia de la clarinada oriental ocurren en La Habana.

Su accionar a partir de este momento va dirigido a lograr este sagrado objetivo de la nación cubana y para ello uno de sus principales intereses fue el estudio del pasado inmediato de la historia y la cultura de la isla. No desconocía la fructífera herencia que recogía, no solo de los que se pronunciaron abiertamente por la separación de España y la soberanía de la isla, sino también de los que desde las aulas, las academias, las publicaciones, tertulias o las tribunas, enaltecieron la cultura criolla de lustre y personalidad propia, haciendo ver la madurez de la sociedad isleña en transito hacía la cubana.

Orgullo y respeto por el pasado, acercamiento crítico al pensamiento de los reformistas, convencimiento de que la solución no estaba bajo la soberanía de España, ni de ninguna otra potencia, confianza en la sociedad de la isla, no solo en su élite acomodada, sino en sus humildes estamentos, incluyendo al negro; esta es la posición de Martí cuando decide su destino político: luchar por la libertad del cubano.

Con él están los iluministas de la Sociedad Patriótica quienes desde el siglo XVIII unen esfuerzos por adelantar a la isla en el concierto de las naciones y logran en poco tiempo una sociedad próspera, con una animada cultura y una poderosa clase criolla de grandes contrastes, sostenedora de la monarquía española frente al empuje liberal de la península y que compartía la isla con una mayoría ignorada ajena de derechos: los esclavos africanos base de la economía y sus riquezas.

No será hasta la década de los 80 del siglo XIX, cuando Martí se radica en Nueva York y entra en contacto con la colonia cubana de esta urbe que conocerá más profundamente de los escritos e ideas de los iluministas criollos de la Sociedad Patriótica, entre los que está Félix Varela, cuya figura reencuentra y asume en los escritos de Antonio Bachiller y Morales, ya anciano y venerado entre los emigrados de la isla, a quien ve con frecuencia y cuyo trato hará que lo describa como patriarca que escribe de aquellos hombres asentados en la base de la sociedad cubana.

Notas y referencias dejan testimonio de las lecturas de José Martí de la obra de Bachiller y Morales, se admira de aquellos que abren camino en medio del oscurantismo y la ignorancia y lo que es aún más importante abrazando las ideas del liberalismo burgués, que no llega a concretarse en proyecto político por el compromiso pragmático que la aristocracia criolla hace con la reacción española, siempre y cuando garantizara el mantenimiento de la esclavitud como base de sus riquezas y prosperidad.

En ocasión de la muerte de Antonio Bachiller y Morales escribe Martí sobre la época que a este le tocó vivir:

“Nació cuando daba flor la horca de Tupac Amaru; cuando la tierra americana, harta de pena, echaba a los que se habían puesto a sus ubres como cómitres hambrientos; cuando Hidalgo, de un vuelo de la sotana, y Bolívar, de un rayo de los ojos, y San Martín, de un puñetazo en los Andes, sacudían, del Bravo al Quito, el continente que despertó llamando a guerra con el terremoto, y cuajó el aire en lanzas, y a los potros de las llanuras les puso alas en los ijares. Nació cuando la misma España, cansada de servir de encubridora a un gitano, se hallaba en un bolsillo de la chaqueta el alma perdida en Sagunto. Nació cuando, al reclamo de la libertad que les es natural, los americanos saludaron la redención de España, la luz del año doce, con acentos que al mismo De Pradt parecían dignos, no de colonos de Puerto Rico y Veracruz, “sino de los hombres más instruidos y elocuentes de Europa”. Nació en los días de Humboldt, de padre marcial y de madre devota, el niño estudioso que ya a los pocos años, discutiendo en latín y llevándose cátedras y premios, confirmó lo que Humboldt decía de la precocidad y rara ilustración de la gente de la Habana, “superior a la de toda la América antes de que ésta volviese por su libertad, aunque diez años después ya muy atrás de los libres americanos”. Pero no Bachiller, que se cansó pronto de latines, por más que no les perdió nunca aquel miramiento de hijo, y aquella hidalga gratitud, que fueron bellezas continuas de su carácter, a punto de hacerle preferir alguna vez que le tomasen por hijo tibio de la patria que adoraba, antes que por ingrato”[1].

De estas lecturas nace la veneración por el presbítero Varela, el hombre que muere en el año de su nacimiento, el de la vocación de sacrificio y servicio desinteresado a la patria, de quien dijo que era un patriota entero, “(…)que cuando vio incompatible el gobierno de España con el carácter y las necesidades criollas, dijo sin miedo lo que vio, y vino a morir cerca de Cuba, tan cerca de Cuba como pudo, sin alocarse ni apresurares, ni confundir el justo respeto a un pueblo de instituciones libres con la necesidad injustificable de agregarse al pueblo extraño y distinto que no posee lo mismo que (con) nuestro escuerzo y nuestra calidad probada podemos llegar a poseer”[2]

Habla Martí de las simpatías anexionistas de algunos y les recuerdas que el noble cura no quiso la anexión, pese a la admiración que sentía por lo que habían logrado los estadounidenses.

Respeto es lo que siente Martí por el hombre de letras y el pensador adelantado, que por su visión anticipadora y la manera ágil y directa que tiene de enfrentar los grandes problemas de Cuba, con energía y firmeza, llega a la conclusión de que la solución estaba en la independencia; idea temida por los mismos burgueses criollos que alabaron al presbítero en su cátedra del Seminario San Carlos y lo eligieron posteriormente a las Cortes en 1821, y que en ese instante toman distancia del patriota sincero que al igual que Cristo previó esa deserción al expresar:

“(…) El deseo de conseguir el aura popular es el móvil de muchos que se tienen por patriotas, (…) no hay placer mayor para un verdadero hijo de la patria como el de hacerse acreedor a las consideraciones de sus conciudadanos por sus servicios a la sociedad; más cuando el bien de esta exige la pérdida del aura popular, he aquí el sacrificio más noble y más digno de un hombre de bien, y de aquí el que desgraciadamente es muy raro”

En consecuencia con esa virtud y vocación de sacrificio de Félix Varela, José Martí escribió en uno de sus cuadernos de apuntes, una frase que bien puede calificar al cura precursor: “El primero será siempre el que más desdeñe serlo”

Hombre de letras y rezos, de cultura enciclopédica, rompedor de cánones y prejuicios, Varela fue el hombre que abrió caminos en la mente de los criollos, cuando desde la cátedra de filosofía del Seminario San Carlos, abogó por la experimentación científica, la especulación investigativa, la enseñanza en español y la dignidad del hombre como patrón de conducta.

José Martí conoce las ideas de Varela, las tiene presente en los momentos que organiza un pueblo para conquistar la independencia y reconoce el sacrificio del que vio primero y más lejos al querer la emancipación de Cuba.


[1] El Avisador Hispano-americano, Nueva York, 24 de enero de 1889. Obras Completas Tomo X

[2] Obras Completas Tomo 2: 96

Cultura, José Martí
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