Cultura Cuba

Un Blog para dar a conocer la cultura cubana, su gente y su historia, en pocas palabras.

 

Archivo de Octubre, 2017

EDUCACIÓN, PRIMER PERÍODO REPUBLICANO (1902-1925) (II)



En este primer período republicano se publican textos escolares en Cuba de destacados educadores de la isla, como Carlos de la Torres, Alfredo M. Aguayo, Dulce María Borrero y Carolina Poncet, entre otros. Eran textos sobre Lecturas, Lenguaje, Fisiología e Higiene, Moral y Cívica, etc., que tuvieron múltiples ediciones y se usaron durante mucho tiempo en las escuelas nacionales.[1]

En las ciencias pedagógicas sobresalen grandes figuras que vienen del siglo XIX y que han contribuido grandemente a la formación cultural de la nación cubana, Enrique José Varona, con su voluntad reformadora, realiza una tarea importantísima al emprender la reforma universitaria y ser un firme defensor de la educación cubana.

Alfredo Miguel Aguayo (1866-1948) destacado profesor de pedagogía de la Universidad de La Habana, fundador de la Pedagogía Moderna en Cuba, con un amplio trabajo, tanto en la docencia, con en la investigación. Sus ensayos aparecen en libros y revistas: “Pedagogía” (1904), “Las Escuelas Normales y su organización en Cuba” (1909), “La pedagogía en la universidades” (1909), “Enseñanza de la lengua materna en la escuela elemental” (1910), “La escuela primaria como debe ser” (1916), “El método funcional en la educación” (1916), “Los valores humanos en la sociología y en la educación” (1919) y “El vocabulario de los niños cubanos” (1920)

Al término de la guerra un grupo de intelectuales cubanos, entre los que se encontraban, Gonzalo de Quesada Arostegui, Néstor Ponce de León, Vidal Morales, Manuel Sanguily, Diego Vicente Tejera y Enrique José Varona, gestionaron con el gobierno de ocupación norteamericano la creación de la Biblioteca Nacional, constituida el 31 de octubre de 1901 y dirigida por Domingo Figarola Caneda, su sede se asentó en el Castillo de la Real Fuerza y sus primeros fondos fueron producto de donaciones privadas, incluyendo los 3 mil volúmenes y una imprenta donada por Pilar Arazoza de Múller. Poco tiempo después se trasladó para el espacioso recinto del Cuartel de la Maestranza, aunque la humedad proveniente de la cercanía al mar fue el principal enemigo de sus fondos, unido a la falta de ayuda oficial.

En 1918 fue nombrado director de la Biblioteca Nacional Luis Marino Pérez, sustituido en 1921 por Francisco de Paula Coronado. Estos directores mantuvieron a la biblioteca como un centro cultural con regulares tertulias y reuniones de intelectuales de la época.

En 1920 el Departamento de Cultura de la Secretaría de Educación crea la Biblioteca Municipal de La Habana, de carácter público y cuyo primer director fue Arturo Carricarte, un eminente periodista y patriota de vasta cultura y férrea voluntad fundadora.

La Biblioteca Municipal de Santiago de Cuba, nace adjunta al Museo de dicha ciudad, por iniciativa del alcalde Emilio Bacardí. Inaugurada en 1899, mantuvo un carácter público con cuatro pequeñas bibliotecas en barrios de la ciudad y un eficiente servicio al público, mejorado en 1927 cuando se inaugura el nuevo local del Museo-Biblioteca. La misma ocupó el entresuelo del edifico y recibió el nombre de “Elvira Cape”, viuda de Bacardí y sostenedora de la idea.

En cuanto a los estudios bibliográficos en este período, sobresale la labor de Carlos M. Trilles (1866-1951), para muchos el más grande bibliógrafo cubano, su obra abarcó todas las temáticas y constituye una base para los estudios del libro en Cuba. Dejó una copiosa obras, correspondiendo a este período, la “Bibliografía de la segunda guerra de independencia y de la Hispano-Yankee” (1902), “Ensayo de Bibliografía Cubana de los siglos XVII y XVIII”, “Bibliografía cubana del siglo XIX” (1911-1915), en 8 tomos; “Los ciento cincuenta libros más notables que los cubanos han escrito” (1914), “Bibliografía Cubana del siglo XX”, dos tomos (1916-1917), “Biblioteca geográfica cubana” (1920), “bibliografía Antillana” (1921) y “Estudio de la Bibliografía sobre la Doctrina Monroe” (1922)

Otro bibliógrafo cubano destacado fue Domingo Figarola Caneda, quien dio a conocer la bibliografía de Rafael María Merchán (1905), de Ramón Meza (1905), de Enrique Piñeiro (1914) y de José de la Luz y Caballero (1916). Escribió además una “Cartografía cubana del Britsh Museum. Catálogo cronológico, planos y mapas de los siglos XVI al XIX “( 1910) y el “Diccionario de seudónimos” (1922).

En 1910 Mario Guiral Moreno sugiere la idea de crear un Museo Nacional, idea valorizada por los periódicos de la época y materializada por el Decreto 184 del 23 de febrero de 1913, ubicándose en una antigua edificación cedida por el Ayuntamiento de La Habana, siendo su primer director el arquitecto Emilio Herrera[2]. Los primeros tiempos del museo fueron difíciles dado su falta de espacio y fondos por lo que devino en un almacén en el que se depositaron obras de artes, objetos de interés históricos, pero también muchos trates viejos inservibles.

En 1925 se abre en La Habana el Museo José Martí, impulsado por Arturo Carricarte, su primer director y la devoción de los emigrados cubanos y la masonería habanera. Estaba situado en la Casa Natal del Apóstol y su colección era muy precaria, al igual que sus fondos que provenían de pequeños donativos privados y ninguna ayuda oficial.

Desde fines del siglo XIX los vecinos de la ciudad de Cárdenas anhelaban tener un Museo, idea que vieron materializada el 19 de marzo de 1900, al abrir un pequeño museo en la habitación que había ocupado Gertrudis Gómez de Avellaneda en la antigua casa consistorial, en ese momento Ayuntamiento de la ciudad. La primera colección de objetos que mostraba provenía del coleccionista y benefactor cardenense Francisco Blanes que había ofrecido su valiosa colección de camafeos, piedras preciosas y monedas antiguas, algunas de ellas del Imperio Romano con unos 2000 años de antigüedad.

Con el crecimiento de la colección el museo se traslada para el antiguo Cuartel de Infantería donde permanecieron hasta 1906 cuando fueron desalojados por las fuerzas de ocupación yanqui durante la segunda intervención.

Los cardenenses encabezados por el intelectual y coleccionista Oscar María de Rojas decididos a tener un Museo, crean un “Comité Protector del Museo” recaudan dinero para construir un edificio propio para su institución, inaugurada el 20 de marzo de 1918 como Museo y Biblioteca Pública. La historia de la institución cardenense recoge la veneración de su pueblo por los tesoros patrimoniales de su museo, guardados en casas particulares hasta la inauguración del nuevo local. Tras la muerte de Oscar María de Rojas en 1921 el Museo por él fundado fue bautizado con su nombre.


[1] José G. Ricardo, “Imprenta en Cuba”, pág. 135. La Habana, 1989

[2] Loló de la Torriente, “Imagen en dos tiempos”, pág. 101. La Habana, 1982

Cultura, Educación

EDUCACIÓN, PRIMER PERÍODO REPUBLICANO (1902-1925) (I)



Alfredo M. Aguayo

Desarrolló una destacada labor pedagógica en el período

Pese a la noble huella que habían dejado en la educación criolla numerosos pedagogos del país durante el siglo XIX, no será hasta la ocupación norteamericana que se organice un sistema de educación pública que a pesar de sus cortedades dotó a Cuba de un mecanismo eficaz para elevar la calidad de la enseñanza de la isla. Eso heredó la República que trató de mantenerlo aún pese a los turbios manejos de los políticos en el gobierno de los fondos públicos.

El censo población efectuado en Cuba en 1899 señaló que la población del país era 1 572797 habitantes y de ellos el 64 % era analfabeto por lo que era necesario modernizar el sistema educativo a fin de ponerlo en condiciones de responder a los retos que se le avecinaban.

“Nuestros males se estimaban “de educación” y, por tanto, “posible de corregir”, propios de todos los pueblos que han sido colonias y a los que la metrópoli inculcaba ideas de inferioridad local”[1]

La renovación metodológica de la enseñanza que se había iniciado con la ocupación militar norteamericana se mantiene durante todo este período, con los gobernantes dando cierta atención a la educación pública en los primeros gobiernos republicanos, pero en la medida que ganaban confianza y manejaban la maquinaria del estado se fue haciendo cada vez más evidente el desinterés por la educación pública, fundamentalmente la primaria, que nunca pudo hacerse realmente obligatoria para toda la población escolar, en primer lugar por falta de recursos, esquilmado por las “botellas”[2] y los intereses “caciquista” de los políticos, lo que hacía muy difícil abrir aulas y pagar maestros; otro factor era la desigualdad social y económica de la población que agravaba mucho más esta situación de carencias en los campos cubanos, donde prácticamente no existían escuelas y el analfabetismo duplicaba las cifras de las zonas urbanas.

La Orden Militar Nº 368 del gobierno interventor, inicia las trasformaciones de la educación en el país, fue modificada posteriormente en 1901 y 1902. En ella se estipulaba que la enseñanza primaria era obligatoria y gratuita para los menores de edad, lo que no impedía que miles de niños no asistían o desertaban antes de completar esta enseñanza, dada la necesidad de laborar y contribuir al sustento familiar, sobre todo en las zonas rurales.

En el año 1900 había en Cuba 3 595[3] aulas para la enseñanza primaria con una matrícula de 172 000 alumnos de una población escolar de 338 306, es decir el 50,9 %, uno de cada dos niños no asistía a la escuela. En 1907 la matrícula descendió a 122 214 en las escuelas públicas, el 30, 1 % de la población en edad escolar. La tendencia decreciente se mantuvo hasta 1919 con 234 038 alumnos, que representaba solo el 28, 5 % de la población escolar, cerrando el período con una leve recuperación relativa al matricularse en 1923, 269 796 alumnos, el 30,4 %.

El número de aulas fue creciendo lentamente, no con el ritmo que exigía la población escolar, pero sí de forma sostenida. En 1907 se reportaban 3841 aulas; en 1920, 5 652, llegando en 1925 a 6 383. Crecimiento que dejaba insatisfecha la demanda escolar en creciente aumento. Pero casi todo este crecimiento se estaba dando en las escuelas privadas, ya que las escuelas públicas en los primeros 25 años de República se vieron afectadas por la disminución constante del presupuesto educacional que bajó del 23 % en 1901 al 15 % en 1923.

Los planes de estudios de las escuelas primarias fueron creados en 1901 bajo la asesoría de expertos norteamericanos y modificados por la Junta de Súper-intendentes en 1905. En 1914 se producen nuevas modificaciones en la mayoría de las asignaturas, acorde con las exigencias pedagógicas del momento, siete años después, 1921 se simplificaron los programas, fundamentalmente en lo referido a la enseñanza rural.

En la Enseñanza Media Superior, Cuba contaba en 1902 con seis Institutos de Segunda Enseñanza, uno por cada provincia y unas pocas instituciones especiales como la Academia de Artes Plásticas San Alejandro, la Escuela de Artes y Oficio, una Academia de Comercio y una Escuela Normal de Kindergarten.[4] Al Instituto de La Habana se anexa una Escuela Náutica, un Jardín Botánico, así como estudios de taquigrafía y comercio; en el resto de los institutos se anexó una escuela de agrimensura.

Esta enseñanza recibió el beneficio reformador del “Plan Varona” que perfecciona el programa de estudios para este nivel, haciendo énfasis en la enseñanza de las ciencias y las asignaturas prácticas, por sobre las humanísticas. La enseñanza pre-universitaria se impartía en cuatro años con el siguiente programa: gramática, literatura castellana, idioma (inglés o francés), geografía universal, historia universal, matemática (hasta la trigonometría), química, física, historia natural, lógica, nociones de psicología, enseñanza cívica, y como opcionales: cosmología (descripción física del mundo), sociología y biología. Este Plan estuvo vigente hasta 1937.

Sobre este Plan educacional el mismo Varona diría: “Solo he intentado sentar las bases y hacer trazas en el terreno dejando de la mano de los obreros las definitivas construcciones”[5]

La reforma del programa de enseñanza universitaria quedó también en manos de Enrique José Varona quien pretendía crear una “universidad modesta” de acuerdo a los recursos del momento, pero que debía desarrollarse como una gran universidad, “(…) cuando tengamos más riquezas, más población y más sosiego”[6]

En base a sus planes se organizaron tres facultades: Derecho, Medicina y Letras y Ciencias. La primera contaba con las escuelas de Derecho Civil, Público y Notarial; la segunda con la Medicina, Farmacia, Cirugía Dental y Veterinaria y la tercera: Letras y Filosofía; Pedagogía, Ciencias, Ingenieros Eléctricos, Arquitectura y Agronomía.

Con el término del régimen colonial español se presenta en Cuba un agudo problema de falta de maestros, lo que fue enfrentado por el gobierno de ocupación yanqui primero y por las autoridades republicanas después, con la formación emergente de maestros en cursos de verano para capacitar el personal que atendería a las escuelas primarias. Con ese plan se habilitaron miles de maestros hasta 1908 en que terminaron estos cursos, refrendando los títulos de los docentes por ley en 1909. De esta forma se crea una estabilidad en el sector magisterial, que hasta ese año rendía exámenes anuales acorde con el resultado obtenido, dependiendo de ello la continuidad de su contrato. Los cursos de verano, pese a sus limitaciones, crearon las bases del magisterio nacional. Estas deficiencias partían básicamente de la falta de adecuación a nuestras realidades sociales de los sistemas pedagógicos de los Estados Unidos.

La Ley Escolar de 1909, obra de Ezequiel García, va dirigida a perfeccionar el sistema de enseñanza primaria, creado por los pedagogos norteamericanos. Se reorganizan las Juntas de Educación, creada por el primer gobierno interventor, se instaura la Inspección de Distrito, disponiéndose la estabilidad de los maestros.

Tomando conciencia de la formación de los maestros de Cuba, Manuel Sanguily presenta un proyecto de Ley para la creación de las escuelas Normales para hembras y varones en cada provincia (1915), establecidas entre 1916 y 1919, una de hembra y otras de varones en La Habana y una mixta en el resto de las provincias, completando el sistema se crea la Escuela del Hogar para preparar maestras de economía doméstica y trabajos manuales.

La educación privada se reglamenta por la Orden Nº 4 de 1902, autorizando la apertura de escuelas de enseñanza elemental, continuando la tradición colonial, cuando estas escuelas llenaron un vacío que las autoridades coloniales no ocuparon. A partir de la intervención norteamericana este tipo de enseñanza se regulariza y supervisa en sus funciones docentes.

Desde la primera intervención las autoridades yanquis, a la vez que organizan la enseñanza pública, alentaban la penetración de instituciones escolares extranjeras, principalmente de Europa y los Estados Unidos, que traían programas educativos divorciados de los intereses nacionales e impulsados por lo más conservador dentro de la pedagogía de la época.

La enseñanza privada durante el primer período republicano cobra impulso, alentada por múltiples instituciones de diversos orígenes, en su mayoría, religiosas, fraternales, sociedades mutualistas, grupos filántropos e instituciones extranjeras. Los mejores y más grandes colegios del país eran privados y en su mayoría religiosos, su matrícula general ascendía a unos veinte mil alumnos y dado su alto costo se convirtieron en formadores de la élite del país, aun cuando el estado conservaba el monopolio de la expedición de títulos en cualquier enseñanza.

Por lo pernicioso que era para la sociedad cubana, los sectores más progresistas se preocuparon por la fuerte penetración de estas instituciones escolares religiosas y abogaron por la enseñanza laica, fundamentalmente en la primaria. Este proceso tuvo su momento más importante en 1917 cuando el joven Dr. Fernando Ortiz presentó al congreso un proyecto de reforma de la enseñanza, argumentando que la misma debería estar bajo control del estado, principalmente la primaria, para prever que “personas ajenas e incompetentes eviten el desarrollo del patriotismo en los niños” e impedir la influencias de, “doctrinas caducas y condenadas por las ciencias contemporáneas”, el proyecto fue rechazado por el Congreso sin discutirlo.[7]


[1] Loló de la Torriente, “Imagen en dos tiempos”, pág. 102. La Habana, 1982

[2] “La botella” es el modo de llamar en la Cuba de entonces al cobro por una puesto de trabajo estatal que no se ejerce, se le concedía fundamentalmente a los jefes politiqueros que controlaban los gobiernos locales y los ministerios.

[3] Datos tomados de la “Historia de la Nación Cubana” Tomo X, Colectivo de Autores, 1952

[4] Enseñanza pre-escolar.

[5] Citado por Loló de la Torriente en Tomando de “Imagen de dos tiempos”, pp.97-98 La Habana, 1982

[6] Ídem, pág. 98

[7] José Grigulévich. “La cultura nacional cubana en el período de la dominación del imperialismo” en La Historia de Cuba. Tomo II, pág. 257. Moscú, 1980

Educación

LA EDUCACIÓN EN CUBA, LOS CAMBIOS NECESARIOS (1898-1902

En este período los principales y más importantes cambios en la educación cubana, se producen durante la ocupación norteamericana. Con la intervención yanqui la reforma educacional trajo más beneficio que perjuicio, dada la actualización del sistema de enseñanza y a la labor de el eminente profesor Enrique José Varona, modernizador de la enseñanza media y universitaria en Cuba.

Al terminar la guerra la isla estaba devastada y la educación, sin recursos y desarticulada. La situación de la enseñanza era tan grave que el gobierno interventor norteamericano demoró varios meses en reorganizar el sistema de enseñanza, esta vez bajo nuevas premisas, muy pragmáticas y que responden a los intereses y objetivos de los interventores.

Al crearse el Gobierno Interventor se crearon las Secretarias, una de ella la de Justicia e Instrucción Pública, que meses después fue desagregada, quedando ambas independientes. Al frente de la Secretaría de Instrucción Pública fue nombrado el notable filósofo y pedagogo cubano, Enrique José Varona, quien jugaría un rol muy importante en las reformas fundamentales que se introdujeron en la enseñanza, principalmente la secundaria y la universitaria.

En cuanto a la enseñanza primaria, dada su importancia y envergadura quedó en manos de un pedagogo norteamericano Alexis Everett Frye[1], creador de un sistema de enseñanza que copiaba los más conservadores patrones de la Escuela Norteamérica, pero que era un paso de avance con relación al sistema heredado de la colonia.

El 6 de diciembre de 1899 se dicta la Orden Militar Nº 226 facultando a las Juntas Municipales de Educación, presididas por los Alcaldes, a reorganizar la enseñanza en sus municipios, dándole un mayor nivel de dirección y descentralizando este importante sector. Las Juntas sostenían las escuelas primarias con el dinero del municipio y organizaban las aulas de acuerdo a la población de cada lugar.

La Orden ratifica la obligatoriedad de la enseñanza primaria para los niños de 6 a 14 años, estableciendo los mecanismos para que fuera efectiva esta obligatoriedad. El 11 de diciembre del mismo año se inicia el curso escolar, para el cual se abrieron 3 313 escuelas con una matrícula de 250 mil alumnos y una asistencia mensual del 62 % provocado por los graves problemas económicos de la isla y el aislamiento de la mayoría de las zonas rurales.

El curso echó a andar pese a la falta de aula, de maestros y escasez de materiales escolares, sobre la marcha se fue perfeccionando bajo la asesoría del Comisionado H. E. Hanna quien adaptó el Plan de Estudio que se acababa de establecer en Clevenland, Ohio, introducido en Cuba por la Orden Militar Nº 368 de 1900. Esta orden sirvió para poner en práctica el sistema de inspección para supervisar las asignaturas, el cumplimiento del Plan de estudio y la obligatoriedad de la enseñanza. Se establece una dirección técnica que asesoraría en lo concerniente a los métodos de estudios, los libros de textos y otros temas metodológicos, además de velar por la realización todos los años de un censo escolar y el funcionamiento de las escuelas de verano para la superación de los Maestros

La falta de libros de textos y la urgencia de estos hizo que se adaptaran los manuales de las escuelas norteamericanas, traducidos con urgencia y sin la adecuada correspondencia con la realidad nacional, tanto en lo social como en lo histórico. Se hicieron gestiones para la redacción de textos adecuados, pero la oposición de las editoriales norteamericanas y el solapado apoyo de las autoridades de ocupación hicieron fracasar el proyecto, bajo el pretexto de la “libre expresión”.

La formación magisterial afrontó semejantes retos durante la ocupación yanqui, había muy pocos maestros al iniciarse la reforma educacional, lo que hizo necesario emplear como tales a todos aquellos que teniendo nivel cultural quisieran impartir clases. Para mejorar esta situación se creó el sistema de “Maestros con Certificados” que pasaban una serie de exámenes tras pasar un curso de verano que estuvieron vigentes hasta 1908 y a través de los cuales se formaron muchos maestros.

La enseñanza pedagógica se realizó con los métodos y doctrinas del pedagogo Federico Herbart, muy en boga en los Estados Unidos, unidos a los principales principios pedagógicos de Herbert Spencer, en lo relacionado con los programas, con énfasis en las ciencias, el contacto con la naturaleza, la vida y la práctica. Eran escuelas intelectualistas que daban a la “razón” el lugar que había ocupado la “memoria” y que contribuía a formar hombres prácticos y capaces de adaptase al desarrollo técnico de su época. Se utilizó mucho por los maestros cubanos el “Manual para Maestros”, escrito por A. E. Frye, primer libro metodológico para la escuela primaria en Cuba.

A la educación se le dedicó un presupuesto mayor, para la adaptación de locales para escuelas, compra de mobiliario y materiales escolares. La Escuela Pública como institución estaba mejor atendida, aunque no cubriera todas las necesidades del país, principalmente en el campo.

Durante la ocupación se desarrolló una tendencia a “invitar” a los maestros cubanos para que visitaran las escuelas de los Estados Unidos, pasar cursos en ellas para su perfeccionamiento, lo que no dejaba de ser peligroso, dada la intención anexionista del gobierno interventor.

Los cambios en la educación primaria significaban un salto de calidad con respecto a la situación colonial, se hizo más efectiva la obligatoriedad de la misma; se perfeccionó el Plan de Estudio, mejoraron los métodos pedagógicos y aumentaron el número de escuelas y maestros.

Entre los riesgos que se corrieron en esos momentos está el hecho de que estas reformas fueron dirigidas por pedagogos norteamericanos preocupados por la instrucción del “buen ciudadano”, de acuerdos a los patrones éticos de su país, con textos que reflejaban el modo de vida norteamericano, ignorando la idiosincrasia y personalidad del cubano. Introduciendo en los planes de estudio del idioma inglés y olvidando la enseñanza de la historia nacional. Elementos todos ellos encaminados a preparar a la sociedad cubana para ser asimilada por los Estados Unidos.

Las Enseñanzas Secundaria y Universitaria contaron con un programa más apegado a las necesidades nacionales gracias a que fue diseñado por un maestro cubano Enrique José Varona, revolucionario y nacionalista que tuvo en cuenta los intereses futuros de la sociedad cubana. Sus proyectos chocaron con el conservadurismo de la clase intelectual del país pero recibió el apoyo del gobernador Leonardo Word para efectuarlo.

Su primera observación a la enseñanza secundaria fue su actualización, agregando al programa el estudio de las ciencias experimentales, eliminando asignaturas poco prácticas (latín, griego, alemán) y poniendo énfasis en la formación del bachilleres con el estudio del idioma español, gramática castellana, historia universal, e idiomas modernos, inglés y francés. El objetivo era que el alumno respondiera a las necesidades del país con una cultura general que los hiciera más culto y útiles.

La formación positivista de Varona fue determinante para la eliminación de la enseñanza verbalista por la experimental, con lo que trató de poner a Cuba a la altura de los más avanzados en cuanto a la enseñanza, pero el apresuramiento, la poca base cultural y la copia de los modelos foráneos hicieron que no fructificaran sus empeños. Varona también reforzó la enseñanza universitaria y sus estatutos bajo los mismos principios que la Enseñanza Media: formar a los hombres que la nación necesitaba.

El Plan Varona no fue un programa rígido sino un mecanismo flexible que permitía a la Universidad crecer de acuerdo a sus necesidades, crear, cátedras, escuelas o trabajar en determinada línea de investigación. Instruye a la Universidad para que no sea solo un centro docente sino también investigativo al servicio del país. Creo las escuelas de Letra, Ciencias, Pedagogía, Agronomía, Ingeniería Eléctrica, Arquitectura y Cirugía Dental.

Los padres Agustinos fundan el colegio San Agustín (1901) en La Habana, que ofrece además enseñanzas especiales y comercio. Los Hermanos Maristas abren Colegio Champagnat, en Cienfuegos (1902). También se abren los colegios “El Ángel de la Guarda” (1902) en La Habana y Santo Tomás de Aquino en Manzanillo en el mismo año.

En cuanto a las instituciones y sociedades culturales, el período fue muy prolífero a la creación de sociedades de instrucción y recreo por todo el país, formada fundamentalmente por la clase media cubana, muchas de ellas con integración racial, en base al color de la piel.

Se fundaron alrededor de 410 instituciones patrocinadas por grupos raciales (blancos, negros, mulatos, chinos), grupos étnicos españoles (vascos, canarios, gallegos, asturianos, etc.) y de otras nacionalidades; gremiales y de beneficencia. Estas instituciones surgieron como una necesidad para resolver o mitigar los problemas que subsistían en la sociedad cubana, crearon escuelas para niños pobres, promovieron actividades culturales y recreativas, pagaron becas a estudiantes, organizaron cursos de superación para adultos, asistencia médica y otros beneficios a sus asociados.

Las Sociedades norteamericanas comenzaron a penetrar desde la década de los 80s haciendo énfasis en las actividades culturales, recreativas y deportivas. Entre las primeras en crearse están: “Unión Club de La Habana”, “Sport Club de Matanzas” y “Maine Club de La Habana”.


[1] Fue profesor de la Escuela Normal de Chicago, ex superintendente en San Bernardino, California

Cultura, Educación

EDUCACIÓN EN CUBA COLONIAL (1878-1902)


El término de la guerra de los Diez Años (1868-1878) por la independencia de la isla y el reacomodo político que siguió en la sociedad colonial no trajeron mejoras al sistema de enseñanza, muy reglamentado por la burocracia administrativa, pero que en la práctica mantuvo un gran atraso con relación a otros países, con déficit de escuelas muy grande e índice de analfabetismo superior al 85 % entre la población libre. Con una población esclava excluida de todo beneficio cultural, social y humano. Las autoridades coloniales solo invertían un 0,7% de los gastos administrativos en la enseñanza superior, en tanto la enseñanza primaria y secundaria corría a cargo de los gastos municipales que no ascendían a más del 2,5 % para estos fines.

Contrastando con este drama, existía una minoría de gran cultura, con nivel de vida a la altura de los más ricos en los Estados Unidos y Europa, para quienes funcionaban algunos buenos colegios en la capital, sostenidos por pedagogos criollos de prestigio, completando la formación de sus hijos en el único centro de educación superior que había en la isla o en el extranjero.

En 1880 se introduce un nuevo Plan Para la Enseñanza, similar al de 1863, pero con algunas variantes formales que no resolvían la crisis. El objetivo era centralizar aún más las decisiones sobre educación, limitando las facultades de las escuelas privadas, de gran influencia criolla. Se mantuvo el carácter obligatorio de la enseñanza primaria, pero sin que el gobierno pudiera garantizar aulas para todos los alumnos. Se introduce la inspección técnica para garantizar la calidad de la enseñanza, aunque nunca llegó a organizarse. En las pocas escuelas que había sostenida por los municipios no se pasaba de enseñar a leer, escribir, y contar, con métodos arcaicos donde la memorización era factor fundamental.

La enseñanza secundaria regulada en este Plan, se amplió a seis instituciones, una por provincia y se facultaba a los Ayuntamientos a abrir una Escuela de Primaria Superior (Secundaria Básica) en poblaciones con más de diez mil habitantes. Ninguna lo hizo, por los pocos recursos de que disponía,

En cuanto a los programas, estaban plagados de materias humanísticas, muchas de ellas inviables en la sociedad moderna que pretendiera formar hombres cultos y preparados para hacer avanzar el país. Mucha gramática, latín, griego, religión y poca ciencia, caracterizaba esta enseñanza escolástica y memorística.

Igual o peor situación presentaba la secularizada Universidad, escasa de recursos, sin instrumentos, ni laboratorios para realizar investigaciones. Era básicamente una formadora de abogados, médicos y farmacéuticos.

En cuanto a la matrícula, el alumnado de primaria era de 35 mil niños en 1883, penos del 10 % de la población escolar, en tanto que en los centros secundarios había 1 186 alumnos en 1895 y en la universidad había menos de 300 estudiantes por la misma fecha.

Las escuelas primarias sostenidas por los gobiernos municipales eran 898 en todo el país en 1893, cifra que apenas llegaba a 312 en 1899 al término de la guerra.

La formación de maestros corría a cargo de la Escuela Normal fundada por Concha en 1852 en Guanabacoa, desaparecida durante el conflicto bélico. En 1892 se inauguran dos escuelas para maestros en La Habana, una para varones y otras para hembras, cerradas con el reinicio de la guerra de independencia.

La Educación Privada acentúa su papel de formadora de las clases privilegiadas, muchos de ellos religiosos, otros a cargo de prestigiosos maestros cubanos que durante la colonia convirtieron sus escuelas en formadora de una intelectualidad criolla anticolonialista de diferentes tendencias ideológicas y que influirán decisivamente en los acontecimientos históricos y sociales de la isla en el entresiglos. Eran colegios con un ganado prestigio, supervisados por el estado colonial en sus programas, pero mirados con desconfianza por su tendencia identitaria.

La Sociedad Patriótica de Amigos del País funda en 1873 la Institución Zapata, la Institución San Manuel y San Fernando (1886), el Colegio Pío del Santo Ángel (1886) y los Institutos, “La Encarnación” de Limonar y el de Marianao (1891), eran colegios mixtos para hembras y varones, gratuitos y sostenidos con donativos de los socios.

En las últimas décadas del siglo XIX se produce una fuerte penetración de los colegios religiosos, muchos de ellos norteamericanos. En 1892 se funda en La Habana el Colegio del Apostolado del Sagrado Corazón de Jesús, para hembras, posteriormente crean escuela en Marianao (1896) y en Cárdenas en 1897. Las Hermanas de la Caridad del Sagrado Corazón de Jesús fundan colegios para hembra en Pinar del Río en 1894 y en La Habana en 1895. La Orden Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl funda escuelas en Bejucal (1899) y en Güines (1900). Las Madres Dominicas Americanas crearon en 1900 la “American Dominican Academy of our Lady Help of Christians” y ese mismo año la Orden de la Divina Providencia se establece en el Colegio Nuestra Señora de la Caridad en La Habana.

Cultura, Educación

LAS CIENCIAS EXACTAS EN CUBA (1925-1940)


En cuanto a las ciencias exactas y la aplicación tecnológica, el país mantuvo un lento desarrollo que se traduce en casi un estancamiento de algunas ramas en las que existía un reducido número de especialistas de la Universidad de La Habana y pocos centros de investigación.

La rama azucarera de gran tradición en el país tenía un buen número de técnicos, químicos, agrónomos y de otras especialidades que formaron la Asociación de Técnico Azucareros (ATAC)[1] que convoca a partir de 1927 un congreso anual para discutir los problemas relacionados con la fabricación y comercialización del azúcar. La ATAC tenía varias secciones: agricultura, fabricación, ingeniería, productos secundarios, nutriología, investigación y uso del azúcar. Publicaba anualmente sus memorias en inglés y español.

El desarrollo azucarero en Cuba afrontó el reto de las plagas del “virus del mosaico” que destruyó muchas plantaciones cañeras y que fueron enfrentadas por la Estación Agronómica de Santiago de Las Vegas, que en 1927 introdujo la variedad de caña POJ-2878, la cual salvaría a la industria azucarera cubana. La Estación estudio la enfermedad en las condiciones de Cuba y se prepararon los técnicos que la enfrentarían en todas las provincias.

La Estación de Santiago de Las Vegas, aunque estatal enfrentó diversas dificultades económicas para desarrollar sus investigaciones, de las cuales muchas eran engavetadas sin la debida publicación y conocimiento de los interesados.

Pero en sentido general esta institución jugó un rol muy importante en los estudios agronómicos en Cuba, siendo la base para la creación de algunas instituciones de investigación como fueron: la estación Experimental de la Caña (1924-1932) creada por el Club Azucarero de Cuba en el Central Baraguá; la Estación Experimental del Tabaco (1937) en San Juan y Martínez, Pinar del Río y la Estación Experimental del Café (1939) en Palma Soriano.

En este período se produce un redescubrimiento de los trabajos cañeros de Álvaro Reynoso, cuyas obras casi no había tenido aplicación en Cuba, pese al buen resultado que tuvieron en otros países. El magnate azucarero José Miguel Tarafa paga una reimpresión de cinco mil ejemplares del libro “Ensayo sobre el cultivo de la caña de azúcar” de Álvaro Reynoso, para distribuirlo gratuitamente entre los colonos.

En cuanto a la industria azucarera y sus derivados, el ingeniero José de la Maza patentó diez procedimientos para producir celulosa con diversas fibras de la caña. En el central Tuinicú, provincia de Santi Spíritus, instaló una fábrica experimental. Fue el primero en extraer la celulosa del bagazo de la caña de azúcar y produjo con ella papel periódico hecho de bagazo. El ingeniero de la Maza es considerado una autoridad mundial en esta materia.

Otro profesional de meritorio trabajo fue el ingeniero Eugenio Armando Vázquez quien registró en 1928 en los Estados Unidos un aparato para producir simultáneamente azúcar y pulpa para papel; en 1930 un procedimiento para producir celulosa; en 1932 un proceso para producir subproductos extraídos de la caña de azúcar e inventor del método “vazcaine” para la producción de tablas aisladoras de bagazo de caña. Dejó publica el libro, “Utilización de los residuos de la industria azucarera”.

Las ciencias médicas continuó desarrollando individualidades de gran destaque, aunque la situación de la salubridad y la prevención de enfermedades era muy lamentable.

Uno de los médicos cubanos más distinguido en el período lo fue el doctor Domingo M. Gómez, establecido en París en la década del 30, colaboró con el profesor Henri Vaquez, Director del Servicio Hospitalario de París, con quien trabaja en investigaciones médicas de gran envergadura. Junto a los doctores Vaquez y Cley, participa en la creación de un nuevo oscilómetro[2]; sus estudios y descubrimientos en el tratamiento de la hipertensión arterial con extracto de la región cordial del riñón, fueron reconocidos con el premio Mesureur, que entrega la Academia de Medicina de París cada cinco años. Sus estudios sobre la hemodinámica son pioneros en el ámbito médico de la época; aplicó por primera vez el fenómeno de la Piezo-electricidad, descubierto por Pierre Curie, a la medición de la tensión sanguínea de los vasos, con un equipo inventado por él, el Piezographe. Su compendio de las leyes de la hemodinámica fueron publicada en Cuba costeado por el gobierno cubano.[3]

El cirujano José A. Presno Bastiony, médico de larga y exitosa carrera en Cuba, fue el pionero en cirugía de las vías biliares y de la pielotomía en la isla y operó por primera vez las aneurismas en las extremidades en 1938. Uno de los mejores cirujanos de principios del siglo XX, docente destacado y autor de un texto básico para los cirujanos cubanos de esos tiempos: “Clínica Quirúrgica y Técnica Operatoria” (1920)[4]

Doctor Ricardo Núñez Portuondo, cirujano pionero en la aplicación de las técnicas de gastrectomía totales, toracoplastias y drenajes de abscesos pulmonares.

Doctor Agustín Castellano descubridor de la angiocardiografía en 1937, cuyo procedimiento es indispensable para el diagnóstico de cardiopatías y de uso común en todo el mundo. Publicó más de un centenar de trabajos en revistas médicas de Cuba y en otras partes del mundo.[5]

Los doctores Octavio Montoro y José M. Martínez Cañas introducen en Cuba la técnica del drenaje biliar y el tratamiento científico de la diabetes en 1924. Detectan en Cuba los primeros casos de encefalitis letárgica.

El doctor Arturo Curbelo, eminente bacteriólogo cubano autor de varios libros sobre el tema, que fueron bibliografía de consultas en los estudios de medicina en Cuba. Entre sus más importantes aportes, está la localización por primera vez en Cuba del bacilo disentérico (Shiga) en 1936, con la colaboración del doctor José M. Martínez y posteriormente junto a otros especialistas cubanos identifica la “Salmonella Habana”, en momentos de un brote epidémico, que fue combatido eficazmente por estos especialistas.

El doctor Clemente Inclán, profesor de la Universidad de La Habana, ortopédico, introdujo numerosas técnicas quirúrgicas, principalmente en el uso de donantes óseos conservados en frío (1936), cuya aplicación tuvo repercusión en la medicina internacional de su época.

Los doctores Nicolás Puentes Duany, oncólogo y Carlos Ramírez Corría, neurólogo, realizaron la primera leucotomía pre frontal en el país (1937).

En 1927 se crea el “Instituto Finlay” cuyo objetivo social eran los estudios relacionados con la higiene y la medicina preventiva. Dotado de un moderno equipamiento, la institución logró relevantes resultados científicos, como el descubrimiento de la paratifoidea C en Cuba; formas de Salmonelosis, muy infecciosas y antes no descritas; Leptospirosis ictero-hemorrágica (enfermedad de Well); estudios de la forma de Rickkettosis y su tratamiento con antibiótico y ensayos de tratamientos nuevos de la fiebre tifoidea, entre otras. Este esfuerzo científico ha redundado en la reducción de los índices de mortalidad por estas enfermedades infecciosas.

En 1937 surge el “Instituto de Medicina Tropical” creado por el eminente profesor Pedro Kourí con sede en el Hospital Calixto García de La Habana y dentro de la facultad de Medicina de la Universidad de La Habana. Pronto se constituye en un centro de investigación de referencia internacional en cuanto a las enfermedades tropicales, pero con muy poca aplicación en los hospitales cubanos, que carecían de salas especializadas en parasitología.

El estudio sobre distomatosis hepática realizado en 1932 realizado por los doctores Kourí y Rogelio Arenas, son el aporte más novedosos en estudios de parasitología en el período.

En los estudios botánicos en este período sobresalen tres estudiosos que ya tenían una obra consolidada desde principios del siglo XX: Tomás Roig, el ingeniero Julián Acuña y el Hermano León, jesuita e investigador de la flora cubana.

Juan Tomás Roig publica dos obras de gran importancia en este período: “Diccionario Botánico de Nombres Vulgares” (1928), reeditado varias veces y su monografía, “Plantas Medicinales Aromáticas y Venenosas de Cuba” (1945).

El ingeniero Julián Acuña (1900-1970) quien junto a Tomás Roig son figuras destacadas en las investigaciones en la Estación Experimental de Santiago de las Vegas”, se dedicó al estudio de las plantas y a la introducción de otras por sus valores económicos, como el kenaf y varias plantas forrajeras, también dedicó tiempo al estudio de las orquídeas y de las plantas melíferas de Cuba.

El trabajo investigativo del religioso francés Joseph Sylvestre Sauget (Hermano León) durante treinta años dedicado al estudio de la flora cubana dejó una buena cantidad de trabajos publicados, describiendo nuevas especies de la isla. La mayoría de estas monografía fueron publicadas por el Colegio La Salle: “Contribución al estudio de las palmas de Cuba” (1931), “El género Melocaetus en Cuba” (1934), “Contribución al estudio de las palmas de Cuba II y III. Género Copernicia” (1936), “Contribución al estudio de las palmas de Cuba IV. Un corojo nuevo para la ciencia” (1940) y “Contribución al estudio de las Cactáceas de Cuba II. El Leptocereus de Cojimar” (1940)

La obra más relevante en los estudios de botánica en este período fue, “Flora Cubana” (I y II) (1946), escrita por los eclesiásticos del Colegio La Salle, Hermanos León y Alaín (H. Liogier), en colaboración con los botánicos cubanos Juan Tomás Roig y Julián Acuña.

En 1930 el doctor Mario Sánchez Alfonso publicó en las “Memorias del Instituto de Investigaciones Científicas”, un importante estudio sobre las algas cubanas. A estas plantas marinas también dedicó sus estudios el doctor Isidoro Castellano.

Cerca de la ciudad de Cienfuegos se creó el mejor Jardín Botánico del país, fomentado en terrenos del Central Soledad. Su origen se remonta a los trabajos realizados en su finca por el botánico norteamericano Erwin F. Atkin a lo largo de unos 40 años con fines experimentales e investigativos. En 1899 algunos científicos de la Universidad de Harvard llegaron a un acuerdo con Atkin para convertir su finca en una Estación de Investigaciones Tropicales. Luego de años de trabajo científico se inauguró oficialmente el Jardín Botánico en 1932 con el nombre de “The Atkins Instituction of the Arnold Arnoretum”. En 1933 el jardín botánico tenía 1970 especies de 165 familias y realizó una importante labor en el estudio de variedades cañeras, selección y aclimatación de plantas tropicales, con una importante colección de orquídeas y plantas ornamentales. Allí colaboraron los botánicos cubanos Tomás Roig, Julián Acuña y el mencionado Hermano León del Colegio La Salle.

El ingeniero José Isaac del Corral Alemán (1882-1946) fue el sabio polifacético, con una notable obra en selvicultura, ordenación de montes y otros temas relativos a la rama forestal, muchas de ellas aparecidas en las, “Revista de la Agricultura” y “Agricultura y Zootecnia”. Sus obras más relevantes en estos temas fueron: “Ordenación y valoración de montes”, tres tomas (1935) y 1938; “El derecho forestal cubano” (1936) y “Curso de aprovechamiento e industrias forestales” (1942-1946)

En ingeniero Carral fue creador de los viveros forestales establecidos en La Habana en 1925, en 1933 crea la Escuela Forestal “Pozos Dulces” en La Habana que graduaba a sus alumnos en la especialidad de silvicultura.

En piscicultura de agua dulce, el ingeniero Corral es precursor al publicar en 1927 un folleto sobre el tema y en 1931 su monografía, “Repoblación Piscícola de nuestros ríos”. Las investigaciones sobre peces cubanos de agua dulce y su explotación económica impulsó el establecimiento de la primera Estación de Piscicultura en la isla (1934), creada por el Ministerio de agricultura.

José Isaac del Corral fue también geólogo, ingeniero de minas, metalúrgico y matemático, teniendo a su cargo la reglamentación sobre la explotación de minas en los primeros años del siglo XX, proponiendo la creación de una Comisión para hacer el mapa geológico de Cuba, obra terminada en 1938. En matemáticas fue la mayor autoridad del país dando a conocer en Cuba los avances más relevantes que se producían en ese campo.

El doctor Carlos de la Torre es una autoridad mundial en el estudio de las polímitas publicando en 1940 su obra, “Género Polymita”, dedicándose también al estudios de los moluscos cubanos.

Los estudios sobre la fauna cubana ocupan a un pequeño grupo de profesores y especialistas como Carlos Guillermo Aguayo y Jaime García, quienes dieron conocer un “Catálogo de Moluscos Cubanos”; el ictiólogo Luis Howell Rivero, quien estudió la especie cubanas de peces y publicó sus hallazgos en obras como, “Los peces apodales de Cuba” (1932), “Peces nuevos para la fauna cubana” (1934) y “Tiburón Azul” (1934).

Los trabajos geológicos y de minas abundaron en este período, hechos por investigadores cubanos y extranjeros, en su mayoría estadounidenses, pero tras los estudios faltó el propósito de aprovechar los recursos para el desarrollo nacional. Entre los cubanos se destacan además de José Isaac del Corral, el ingeniero Antonio Calvache con una larga experiencia en los estudios geológicos en Cuba que dejó plasmada en obras como: “Esquema de las riquezas mineras de Cuba” (1936), “El níquel y su aplicación industrial, minerales y metalurgia del níquel” (1937) y otros estudios dedicados a yacimientos de otros minerales en Cuba.

En los estudios del suelo el gobierno contrata en 1928 a los especialistas estadounidenses H.H. Bennett y R.B. Allison, ellos confeccionaron un mapa a escala 1:300 000, con textos explicativos en inglés.: “The soils of Cuba”. En 1933 Bennett hace un nuevo recorrido y resume sus observaciones en un trabajo complementario, “Some new Cuban Soils”

Este es el panorama de las ciencias exactas cubanas, sin apoyo oficial o de instituciones que permitieran una mayor aplicación de estos estudios al desarrollo del país y con unos pocos cientos de especialistas en la Universidad y los contados centros de investigación.


[1] Fundada el 3 de enero de 1927 en La Habana

[2] Equipo para medir la oscilación arterial y que llevó el nombre de Kimometre

[3] Historia de la Nación Cubana, tomo X, pág., 158

[4] Ídem. Pág. 159

[5] Ídem. Pág. 160

Cultura

DESARROLLO DE LAS CIENCIAS SOCIALES EN CUBA (1925-1940)


Las ciencias en Cuba están marcadas en este período por la continuidad ascendente de desarrollo de las Ciencias Sociales, encabezadas por los estudios históricos y culturales, encaminados estos últimos a la autentificación de las raíces negras de la cultura nacional, dada la fuerte influencia de la población esclava llegada a Cuba, se distingue en esta vertiente Fernando Ortiz, considerado el tercer descubridor de Cuba.

Durante este período son las ciencias sociales las que tienen un mayor desarrollo en Cuba, principalmente por el surgimiento de una generación de intelectuales inquieta e indagadora que pretende actualizar los estudios sociales en el país. Sobresalen tres figuras capitales: Fernando Ortiz Fernández (1881-1969), Ramiro Guerra Sánchez (1880-1970) y Emilio Roig de Leuchsering (1889-1964).

La Historia es de las ciencias sociales la de más amplio desarrollo, por el nacimiento a la vida independiente de la sociedad cubana y por la amplia gama de acontecimientos que ocurren, que estimulan las investigaciones y estudios sobre la historia nacional.

Ramiro Guerra Sánchez encabeza a un grupo de distinguidos investigadores que se dedican al sistemático estudio de la historia y en particular de la nacional. Su primera obra es una extensa “Historia de Cuba”(1921-1929), en la que se propone escribir una historia general de la isla, pero le faltan fuentes y la obra queda inconclusa. Pero sin embargo la obra es de un gran valor porque actualiza la bibliografía existente en el período que aborda, los primeros años de la conquista y la colonización de Cuba (1492-1607)

En la introducción de la monografía, Ramiro Guerra expresa: “La historia tiene como objetivo primordial explicar científicamente el proceso de formación y desarrollo de la comunidad nacional, esclareciendo la naturaleza de los factores que en este proceso intervienen y lo condicionan”[1]

El libro es novedoso porque no se limita al estudio de los aspectos políticos administrativos, sino que incorpora estudios sobre la organización social, la población, la cultura, la vida económica y las costumbres.

En “Manual de Historia de Cuba” (1938), Guerra sintetiza la información desde el descubrimiento hasta el inicio de la guerra de independencia en 1868. La mayor amplitud corresponde al siglo XIX, etapa de desarrollo de la burguesía esclavista criolla, interrelacionando los problemas económicos, sociales y políticos, haciendo énfasis al estudio de la esclavitud y la actitud de la clase dominante frente a este fenómeno social.

“Azúcar y población en Las Antillas” (1927) es el más conocido y polémico de sus libros, en este trabajo se une la indagación histórica al análisis de la actualidad cubana de su tiempo, se compara el desarrollo de las plantaciones azucareras en Barbado con Cuba, estableciendo sus diferencias y el peligro a los que se veía expuesto el país por la dependencia del monocultivo, previendo el predominio del latifundio en los campos cubanos, la superproducción, la crisis y el empobrecimiento de Cuba, problemas más políticos que históricos y que mantienen una gran actualidad.

En diversas obras Ramiro Guerra se ocupa de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos, aunque en todas no mantiene el mismo criterio que va desde el conformismo hasta la fustigación de la política imperialista de Estados Unidos en América Latina, y en otras obras posteriores en la que vuelve a justificar y elogiar la intervención norteamericana en los asuntos de Cuba. Esto no le resta méritos a su obra historiográfica que marca una pauta importante en el estudio de la historia nacional. Es un historiador honesto que trató de desentrañar la evolución político-social de su país.

De él dirá Juan Marinello: “(…)es el mejor historiador que hemos producido(…)Un hombre que tiene esa condición de ver la historia en un sentido moderno y por tanto progresista, sin embargo es un hombre ligado a las fuerzas dominantes de nuestra economía. Era de los grandes auxiliares de la Asociación de Hacendados de Cuba, y fue también nada menos que secretario de la presidencia de Gerardo Machado”[2]

Emilio Roig de Leuchsenring, periodista, investigador e historiador, realiza trabajos fundamentales en la indagación histórica desde su cargo de Historiador de la Ciudad de La Habana, para el cual fue nombrado en 1935.

Sus investigaciones se centran en el estudio de las relaciones cubano-norteamericanas y en resaltar la figura de José Martí, fue un activo miembro y participante de los Congresos de Historia organizados por la Oficina del Historiador de la Ciudad, donde ratificó algunos criterios y rectificó errores históricos.

En otras muchas publicaciones dadas a conocer en este período están: “La injerencia norteamericana en los asuntos de Cuba” (1922), “Análisis y consecuencias de la intervención norteamericana en los asuntos interiores de Cuba” (1923), “La colonia superviva. Cuba a los veinte años de la República” (1925), “Nacionalismo e internacionalismo de Martí” (1927), “El intervencionismo, mal de males de Cuba republicana” (1931), “Martí y los niños” (1932), “Historia de la Enmienda Platt. Una interpretación de la realidad cubana” (1935), “El internacionalismo Antimperialista en la obra político-revolucionaria de José Martí” (1935) y “Curso evolutivo de las relaciones cubano-norteamericanas” (1937)

Roig fue un estudioso de las costumbres habaneras, la historia de la ciudad y por ello impulsó la creación de la Oficina del Historiador de la Ciudad (1938), de la que fuera su primer director. Esta institución se convierte en un centro de promoción histórico-cultural, que publica numerosos e importantes trabajos históricos y nucleó a un grupo importante de historiadores e investigadores, entre ellos Fernando Ortiz, Elías Entralgo, Fernando Portuondo y José Luciano Franco, entre otros.

Esta institución fundó la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales y los Congresos Nacionales de Historia que contribuyeron a la divulgación de la Historia de Cuba.

Emilio Roig participó también en la creación del Archivo Histórico Municipal (1937) y de la Biblioteca Cubana y Americana” (1938).

Fernando Ortiz Fernández es figura capital de las ciencias sociales cubanas, con justicia llamado el “Tercer Descubridor de Cuba”, a partir de la década del veinte se dedica casi por completo a los estudios sociales y etnográficos, que hicieron posible un mejor conocimiento de las raíces de la cultura popular cubana, especialmente su componente africano.

Ortiz, tras un breve período dedicado a la política, durante el cual no abandonó sus preocupaciones por las problemática cubanas, se dedica con mayor profundidad a los estudios afrocubanos y de la realidad cubana en general.

Sus estudios afrocubanos van más allá de las indagaciones científicas pues su propósito es lograr una mayor integración de la sociedad cubana. Establece el concepto de que la nación cubana estaba formada por la integración de los diversos etnos que había coincidido en la isla.

Se desempeña como publicista, profesor universitario, enseña etnografía; animador de la Sociedad Económica de Amigos del País, cuya “Revista Bimestre Cubano”, rescata y mantiene con un alto nivel intelectual.

Sobre temas etnográficos publica: “Glosario de afronegrismo” (1924), “Personajes del folklor afrocubano” (1924), “La fiesta del Día de Reyes” (1925), “Los afrocubanos dientimellados” (1929), “El coricamo y los conceptos teoplásmicos del folklore afrocubano” (1930), “De la música afrocubana: un estímulo para su estudio” (1934) y “La clave xilofónica de la música cubana” (1935).

En 1940 aparece el libro fundamental para la comprensión de la formación histórico-social y cultural de Cuba, “Contrapunteo Cubano del Tabaco y el Azúcar”, en ella Fernando Ortiz incorpora el concepto de “trasculturación”, básico para la comprensión e interpretación de la sociedad cubana, siendo este uno de los aportes más importantes de Ortiz a las ciencias sociales.

Funda en 1923 junto a José María Chacón y Calvo, la Sociedad del Folklore Cubano para investigar, recopilar y estudiar las tradiciones de la vida popular, incluyendo la música, la oralidad, la medicina popular, las creencias religiosas y otras manifestaciones sociales. La Sociedad se disuelve en 1931 por dificultades económica para desarrollar su trabajo. Para divulgar los trabajos realizados por dicha sociedad se creó la revista “Archivo del Folklore” (1924.1929), en la que fueron publicados diversos trabajos sobre variados temas junto a estudios hechos por investigadores extranjeros sobre el tema.

Entre los colaboradores de la revista se contaron, Chacón y Calvo, Carolina Foncet, Manuel Pérez Beato, Joaquín Llavería, Francisco G. del Valle, Emilio Roig, Elías Entralgo, Eduardo Sánchez de Fuentes, Salvador Massip, Herminio Portell Vilá, Juan Marinello y Gaspar Agüero, entre otros.

Como continuidad de la Sociedad del Folklore Cubano, Fernando Ortiz crea en 1937 la Sociedad de Estudios Afrocubanos y la revista de igual nombre, en la que continuaron apareciendo estudios y artículos relacionado con los temas etnológicos, fundamentalmente los referidos a las culturas africanas y españolas y su síntesis en lo afrocubano. Pero la revista fue más universal, al incluir temas de otras partes del mundo.

En ese mismo año 1937 Fernando Ortiz organiza los “Cursos de Verano” en la Universidad de La Habana, que resultaron de interés impactante al presentar, no solo sus conferencias, sino a modo de ilustración y de desprejuiciar a la intelectualidad habanera, la música sacra de los ritos afrocubanos, interpretadas por genuinos cultores, como fueron Jesús Pérez (Oba-Ilú, rey del tambor), Pablo Roche (Akilakua), Merceditas Valdés (La pequeña Aché), intérprete de los cantos religiosos y otros músicos y cantantes y bailarines de diversos cultos africanos.

Fernando Ortiz fue un fustigador de la injerencia de los Estados Unidos en Cuba y denunció los problemas sociales que aquejaban a la sociedad cubana, manteniendo una actitud de compromiso con su tiempo y su pueblo.

Otros estudiosos del folklor cubano fueron, Manuel Martínez Mole, quien recopila evidencias del folklor espirituano en siete tomos de los cuales publicó tres en su libro, “Contribución al estudio del folklore” (1926-1931). Otro tanto realiza Ramón Martínez con las costumbres de la parte oriental de la isla, al dar a conocer su, “Oriente Folklórico” (1934-1939), en nueve cuadernos en forma de revista.


[1] Ramiro Guerra: Historia de Cuba. Tomo 1, La Habana, 1921

[2] Citado por Luis Baez: “Juan Marinello: otros contemporáneos, Rev. La Gaceta de Cuba , Nº 5, 1993

Cultura, Historia

DÍA DE LA CULTURA CUBANA


Desde 1980 los cubanos celebramos el Día de la Cultura Cubana los 20 de octubre, ocasión en la que reconocemos y exaltamos las raíces de la nacionalidad de esta nación joven y diversa hoy enfrentada a los retos de la globalización bajo la impronta martiana marcada en su ensayo “Nuestra América”: “injértese en nuestras Repúblicas el mundo pero el tronco ha de ser el de nuestras Repúblicas”

Hace 149 años la ciudad de Bayamo fue ocupada por las fuerzas independentistas comandadas por Carlos Manuel de Céspedes, junto a él venía su amigo Pedro Figueredo (Perucho) quien meses antes había escrito una marcha “sospechosa” tocada en un Tedeum en la Iglesia de Bayamo, en medio del entusiasmo victorioso de los bayameses Perucho distribuye entre ellos la letra de “La Bayamesa” el canto patriótico escrito y musicalizado por él ahora presentado con todo su esplendor a la primera ciudad de Cuba Libre.

Era la ratificación de la existencia de una cultura propia crecida en medio del entramado de la “criollidad” y del dialectico “ajiaco” que era esta sociedad isleña conformada por descendientes de españoles, aborígenes, negros y otras raíces exóticas que venían aliñando el ser cubano, ahora desde 1868 esta cultura se daba el derecho de ser libre e independiente, ahora que más allá de las clases sociales y los intereses económicos, un noble bayamés, Carlos Manuel de Céspedes se había atrevido a proclamar la Patria añorada y expresado la voluntad de vivir y morir por ella.

Como reconocerán los cubanos de hoy nuestro Himno Nacional no es una larga letanía de hipérboles y metáforas, es un himno vibrante que resumía en seis cuartetas el sentir del cubano, pero la guerra y los azares combativos que tachonaron estos primeros años de luchas hicieron que el canto patrio se sintetizara en las dos primeras cuartetas, porque en medio de la acción por hacer patria ellas eran el resumen supremo de nuestros anhelos, aquí les expongo la letra íntegra de la “Bayamesa”[1] y en negrita las partes que hoy conforman nuestro himno:

Al combate corred, bayameses,
que la patria os contempla orgullosa.
No temáis una muerte gloriosa,
que morir por la patria es vivir.

En cadenas vivir, es vivir
en afrenta y oprobio sumido.
Del clarín escuchad el sonido.
¡A las armas valientes corred!

No temáis; los feroces iberos
son cobardes cual todo tirano
no resiste al brazo cubano
para siempre su imperio cayó.

Cuba libre; ya España murió
su poder y orgullo do es ido
¡Del clarín escuchad el sonido,
a las armas valientes corred!

Contemplad nuestras huestes triunfantes
contempladlos a ellos caídos,
por cobardes huyeron vencidos
por valientes supimos triunfar.

¡Cuba libre! Podemos gritar
del cañón al terrible estampido
¡Del clarín escuchad el sonido,
a las armas valientes corred!


[1] Nombre que dio Figueredo a su canto patrio

Cultura, Historia

JUAN GUALBERTO GÓMEZ, UN LÍDER NEGRO



Juan Gualberto Gómez (1854-1933), es un intelectual negro formado en el adverso ambiente social cubano de estos años, nacido libre de padres esclavos pudo estudiar con el mejor maestro negro de La Habana y luego enviado a estudiar a París, Francia, donde descubre su vocación por el periodismo que comenzó a ejercer en ese país. A su regreso a Cuba en 1878 se une activamente a las luchas por la abolición de la esclavitud, la igualdad racial y la independencia de Cuba, conoce a José Martí y junto a él colabora en los esfuerzo por la libertad de la isla, al tiempo que es un activo defensor de los derechos de los hombres de su raza.

Fundó su primer periódico, “La Fraternidad” (1878) en el que desarrollaba una activa labor de orientación y educación a los negros a quienes exhortaba a educarse y adquirir los conocimientos que hicieran posible ser respetados por la sociedad de su época. El compromiso político con la isla irredenta los llevará a conspirar y apoyar los levantamientos que se producen en 1879 en el oriente del país y que hoy conocemos como la Guerra Chiquita, por lo que es deportado a España.

En Madrid fue jefe de redacción de El Abolicionista y luego de La Tribuna, en cuya dirección reemplazó a su amigo Rafael María de Labras; fue también editorialista y cronista de los diarios El Progreso y El Pueblo, además de corresponsal de varios diarios españoles y europeos. Compartió con los más destacados periodistas y escritores españoles de su época, sobresaliendo como polemista formidable y temible al decir de los que cruzaron palabras desde la prensa con Juan Gualberto.

Fue muy apreciado en los corrillos intelectuales por su gran cultura, su calidad periodística y por la firmeza de sus convicciones ideológicas, que incluía como elementos fundamentales, sus ideas abolicionistas y su independentismo. Por estas razones y por su calidad humana contó con la estimación de Ramón y Cajal, Castelar, Salmerón, Pi y Margall, Maura y Cánovas del Castillo, entre otros. Todos ellos políticos e intelectuales con quien no siempre estuvo de acuerdo pero que admiraron su cultura y valentía para defender sus criterios. A pesar de este bien ganado prestigio intelectual en la península, Juan Gualberto Gómez quiere regresar a Cuba y por ello gestiona su autorización para volver a La Habana, permiso que obtiene en 1890.

Ya en Cuba Juan Gualberto reanuda la publicación de su periódico La Fraternidad, que reaparece el 30 de agosto de 1890, esta vez con un decidido objetivo de hacer valer el derecho de los cubanos de expresar libremente sus ideas separatistas, para ello quiere hacer valida en Cuba la decisión del Tribunal Supremo de España que ha declarado lícita la propaganda carlista y republicana, por lo que el valiente mulato considera lógico que dicha sentencia ampare igualmente al separatismo.

Desde el primer número en La Fraternidad expone los objetivos que lo animan en un artículo titulado “Nuestros propósitos”, en el que hace un recuento de su labor a favor de la causa separatista y un reto a los que esperan las reformas prometidas por España y nunca cumplidas, en alusión a la estéril política de los autonomistas. Manteniendo esta peligrosa posición de combate contra el colonialismo Juan Gualberto Gómez terminó enfrentado directamente con las autoridades españolas de la isla. Pesa sobre él una condena de dos años impuesta por la Audiencia de La Habana, por el artículo, “Por qué somos separatistas”, aparecido en el número 14 de La Fraternidad del 23 de septiembre de 1890. Interpuesto recurso ante el Tribunal Supremo de España por Rafael María de Labras a nombre de Juan Gualberto Gómez, dicho tribunal falló a favor del mismo el 25 de noviembre de 1891.

El triunfo legal de Juan Gualberto Gómez en los tribunales de la metrópoli tuvo una gran trascendencia para el movimiento separatista cubano, se adquiría el derecho de hacer propaganda por la separación de la isla de España, propaganda que no podía ser una incitación a la rebelión y la lucha armada, pero que permitía hacer público los puntos de vistas de los que creían era posible la soberanía de la isla. Tal fue la repercusión de esta decisión judicial que el Capitán General de la Isla Camilo Polavieja lo consideró un golpe mortal para el poder colonial y así lo consigna en sus Memorias: “El día que firmó tal sentencia abandonamos los medios para sostener nuestra soberanía en la Isla de Cuba”

Junto a estos esfuerzos Juan Gualberto activa desde su periódico la promoción de los derechos de las personas de su raza en cuya defensa ya trabaja el Directorio Central de las Sociedades de la Raza de Color en Cuba[1] cuya directiva lo elige como presidente el 21 de agosto de 1891.

Esta fue la tónica del periodismo que hizo Juan Gualberto Gómez desde La Fraternidad, en los escasos dos años en que este circuló en Cuba, defendiendo el derecho de los cubanos a una aspiración de independencia, al tiempo que sostenía la promoción de las aspiraciones de las masas de “color” en el logro de una plena igualdad tras la abolición de la esclavitud en la isla.

Es esa la razón para sostener que la aparición del periódico La Igualdad, el 7 de abril de 1892, es una continuidad del trabajo iniciado en La Fraternidad, aunque ahora el énfasis estaría dado en lo que él consideraba era muy importante en aquellos momentos y expresado con toda claridad en el artículo “Lo que somos”, de la edición inaugural de La Igualdad, y en el que expresa que su propósito era unir a los cubanos sin distingos de color de la piel, así como de hallar una solución justa a los problemas socioeconómicos de la colonia:

Vamos en busca de la igualdad: blancos, negros y mulatos, todos son iguales para nosotros; y nuestra aspiración consiste en que todos así lo sientan; para que llegue un día en que los habitantes de Cuba se dividan, no por el color de la piel, sino por el concepto que abriguen de las soluciones que se presenten a los problemas políticos, sociales y económicos, que se disputan el predominio en el mundo culto”[2]

Desde La Igualdad se defendían los derechos de la raza de color, porque al decir del propio Juan Gualberto Gómez, esta igualdad no sería posible, si al negro no se le concedían primero los mismos derechos que a los blancos, sino desaparecían primero toda una serie de leyes y ordenanzas racistas que las costumbres habían arraigado en la población.

Los estudiosos cubanos de hoy hacen mucho énfasis en el valor del periódico La Igualdad para la difusión de las ideas martianas, en la preparación de los cubanos para la lucha por la independencia, pero casi no se habla de la titánica labor de Juan Gualberto desde sus páginas en favor de las reivindicaciones de los negros.

Raquel Mendieta en su ensayo “Agitación política y reivindicación socio-racial: El Directorio Central de las Sociedades de la raza de Color en Cuba” resume esta labor:

La escuela mixta, como forma de integrar desde la niñez a blancos y negros; la necesidad de una activa participación de los sectores negros en la vida política a través del voto que se le quiere negar; la crisis política de los partidos coloniales -Unión Constitucional y Liberal Autonomista-, incapacitados para dar soluciones a los problemas económicos, políticos y sociales que aquejan al país; el derecho de los negros a entrar en los lugares públicos; la necesidad de eliminar los libros diferenciados en el Registro Civil, así como las fórmulas de cortesía en las células personales, o cualquier otro elemento que tienda a diferenciar, con carácter peyorativo para los negros, a ambas razas; el derecho de existencia de los cabildos de africanos, son algunos de los temas fundamentales que sacará a la palestra pública Juan Gualberto Gómez[3]

El periodismo que desarrolla Juan Gualberto Gómez entre 1890 y 1895 se desarrolla básicamente en los periódicos La Fraternidad y La Igualdad, convertidos por él en tribuna de divulgación de las mejores causas de la sociedad cubana: la lucha por la independencia y la reivindicación de los derechos de la raza negra, su palabra apasionada y convincente toma fuerza para luchar desde dentro contra los males de la sociedad colonial y desbrozar el camino a la sociedad cubana soñada por los mejores hijos de este país.

Durante la intervención norteamericana Juan Gualberto Gómez fue uno de los defensores más apasionados de la independencia de Cuba, se opuso a la Enmienda Platt, decepcionado y beligerante acudió a la virtud del cubano para impedir la intervención del yanqui.

“…Pero más que nunca hay que persistir en la reclamación de nuestra soberanía mutilada: y para alcanzarla, es fuerza adoptar de nuevo en las evaluaciones de nuestra vida pública las ideas directoras y los métodos que preconizara Martí, cuando su genio previsor dio forma al sublime pensamiento de la revolución…”[4]


[1] Fundado el 2 de junio de 1887 en La Habana

[2] Citado por Raquel Mendieta en “La Cultura: Lucha de clases y conflicto racial. 1878-1895”

[3] Mendieta, Raquel: Cultura lucha de clases y conflicto racial 1878-1895. Pág. 4. La Habana, 1989

[4] Juan Gualberto Gómez. El Figaro, 20 de mayo de 1902

Historia

LOS INDEPENDIENTE DE COLOR



Cuba (1902-1925)

El descrédito del Partido Liberal del General José Miguel Gómez[1] ahonda más la crisis espiritual y política de la flamante República de Cuba por lo que sus desmanes politiqueros y la corrupción provocan el desmembramiento de este como fuerza política al separarse dos sectores importantes dentro de este: los negros y los trabajadores.

Los negros discriminados y marginados se unen en 1908 alrededor de la Agrupación Independiente de Color que pronto se convirtió en Partido de los Independientes de Color, liderados por Evaristo Estenoz y Pedro Ivonet, dos prestigiosos líderes negros, veteranos de la guerra de independencia y con una fuerte ascendencia entre los sectores populares.

Era un partido de negros y mulatos para luchar contra la discriminación racial y contra la desigualdad social que imperaba en la sociedad cubana. Se propusieron además, la implementación efectiva de la enseñanza gratuita y obligatoria, el establecimiento de la jornada de ocho horas, la nacionalización del trabajo, para aminorar la emigración de mano de obra barata, procedente en su mayoría de España, distribución de tierras del estado, la abolición de la pena de muerte, apertura del Servicio Exterior para los ciudadanos negros, entre otras demandas. Eran medidas progresistas que favorecían a todos los desposeídos en la isla, pero el error de la agrupación partidista fue convocar a sus bases por el color de su piel, lo que provocó la división de las masas y fue aprovechado por los sectores oligárquicos que agitaron el miedo a una revolución negra en contra de los blancos, el mismo “miedo al negro” que se había esgrimido en la colonia para impedir el avance de independencia.

Esto le ganó el odio de los partidos tradicionales y de las clases pudientes en el poder que hicieron todo por frenar el justo movimiento de las masas negras y mestizas en el país. Por eso en 1910 aprobaron en el Congreso de la República una ley que prohibía los partidos de raza o de clases[2]. Con esta ley se hizo ilegal el Partido de los Independientes de Color y se promueve la persecución de sus miembros, pero sin oír sus demandas justas y postergadas.

La prensa de la época jugó un papel al exacerbar los miedos y mentir sobre las intenciones de aquellos valientes y preclaros hombres que ahora luchaban porque se reconociera su Partido y su derecho a defender lo que consideraban justo. Se les acusaba de racistas y de querer imponer un poder negro en la isla; se levantó una ola de miedo al negro, junto con los rumores de presuntas violaciones de mujeres blancas por hombres negros y muchas otras noticias infundadas que aislaron al movimiento del resto de la sociedad.

Presionados por la persecución y la campaña de prensa fueron apareciendo algunos grupos de insurrectos en mayo de 1912 en Pinar del Río, La Habana, Las Villas y Oriente, en esta última provincia el movimiento era muy fuerte en las zonas de Santiago de Cuba y Guantánamo.

Eran grupos que se habían alzado pero no habían realizado acciones de guerra, permanecieron movilizados como una forma de presionar al gobierno al reconocimiento de su Partidos.

El gobierno de José Miguel Gómez presionado por las “fuerzas vivas del país” y la amenaza de una nueva intervención yanqui[3] envió contra los alzados en Oriente las fuerzas de la Guardia Rural con el General José de Jesús Monteagudo al frente, acompañado por una fuerza de “voluntarios” muchos de ellos veteranos de la guerra de independencia, instigados por el General retirado Mario García Menocal y Deop quien “propugnaba que los veteranos debían mantener el orden y que se debía proceder con energía”[4]

En junio de 1912 comenzó el despliegue de las fuerzas del ejército por las zonas rurales de Guantánamo y Santiago de Cuba, principales foco de alzamiento de los independentistas de color, eran grupos mal armados que fueron rodeados y exterminados sin contemplación, con una saña criticada por algunos oficiales participantes en esta sangrienta represión, más de 3 000 muertos incluyendo a los dos líderes del Partido de los Independentista de Color, Evaristo Estenoz y Pedro Ivonet, a principios de agosto de 1912.

“Pocas veces se ha reparado en que la causa del movimiento insurreccional, o sea la discriminación racial, era un hecho evidente. Por otra parte también ha sido evidente que la política al uso ha utilizado elementos políticos de la raza negra para darle apariencia democrática a sus programas y actividades, sin que en verdad ello reflejara una sustancial política de igualdad en todas las actividades del país. Finalmente dentro de las condiciones de miseria en que vivía el pueblo de Cuba a principios de la República, la población negra era la que sufría más profundamente sus efectos. Todos estos hechos explican la insurrección aun cuando en ella pudieran haber elementos ambiciosos e intrigas de grupos políticos interesados en producir un trastorno de apariencia racista.”[5]


[1] El pueblo lo llamó “Tiburón” por aquel sarcástico dicho popular de: “Tiburón se baña, pero salpica”

[2] Llamada por el pueblo Ley Morúa, por el legislador que la propone, Martín Morúa Delgado, por cierto uno de los pocos negros que pasó por el Congreso de la República.

[3] Las fuerzas de los marines destacados en la Base Naval de Guantánamo salieron de la misma para “proteger las propiedades de los norteamericanos”.

[4] Julio Le Riverend, La República, pág. 125. La Habana, 1971.

[5] Ídem

Historia

LAS IDEAS POLÍTICAS Y FILOSÓFICAS EN LA REPÚBLICA DE CUBA (II)



(1902-1925)

En 1905 las fuerzas nacionalistas se agruparon en torno al Partido Liberal que contaba con el apoyo de Máximo Gómez, Bartolomé Masó y Juan Gualberto Gómez y tenía como líder a José Miguel Gómez. El Partido Liberal bajo consignas populistas y demagógicas agrupó a la burguesía nacionalista y las clases medias, junto a las masas de trabajadores y la discriminada población negra, esperanzados de que con la llegada al poder de los Liberales mejorara su crítica situación económica y social. Los dirigentes del partido coquetearon con las ideas martianas y con un programa de débil nacionalismo ganaron las elecciones de 1909, solo para demostrar que no eran capaces de enfrentar al bloque oligárquico y a los Estados Unidos y que su objetivo era solo el poder y el presupuesto público que esquilmaron bárbaramente. El Partido Liberal se agota como opción política, desgajándose de él las fuerzas populares, primero los negros que se nuclearon en el Partido de los Independentistas de Color y luego los trabajadores que entendieron que aquellas luchas políticas no le darían ningún beneficio. Ellos formaron la base del bloque antioligárquico del período.

El Partido de los Independentistas de Color liderados por Evaristo Estenoz e Ivonet parten del justo reclamo de este sector de la población cubana porque se cumplieran sus demandas de igualdad y justicia social, reclamos que hubieran promovido un fuerte movimiento nacional de lucha social, de no haber estado limitado a la raza negra, lo que constituyó su punto débil y pretexto de la reacción oligárquica para desacreditarlos y reprimirlos de forma sangrienta.[1]

Los trabajadores enfrentan el reto de la fuerte emigración extranjera, fundamentalmente española y antillana que desnacionaliza este importante grupo social, alejándolo de los problemas políticos y sociales del país y centrando sus demandas en las conquistas económicas, parciales y sectoriales; liderados en este empeño por los sectores anarquistas de influencia europea. Esta situación particular del movimiento obrero cubano influyó en el afianzamiento entre ellos de apoliticismo y economicismo, propios de las corrientes anarquistas, por lo que las ideologías de izquierda tuvieron muy poca influencia entre los trabajadores cubanos.

Las ideas marxistas llegan con Carlos Baliño (1848-1926), obrero tabaquero y revolucionario que toma contacto con estas ideas en los Estados Unidos a fines del siglo XIX. Baliño militó en el Partido Revolucionario Cubano en el “Club Enrique Roig” de Tampa conformado por obreros tabaqueros que al decir de Martí, “(…)pensaron naturalmente con las ideas rebeldes e iracundas, por causas de actualidad, de los que trabajan y padecen y aspiran como ellos; entre los que, por serles familiar la lengua, leyeron de la justicia nueva lo traducido y confuso que anda de ella en español, sin calma ni hábito ni guía para buscar las fuentes rusas y alemanas a la traducción infeliz ni ver en qué se acomodan las ideas generales a la realidad criolla, y en qué es ésta diferente, e idea por sí, y requiere ira menor y métodos diversos(…);”[2] Al final de un artículo dedicado a este Club en el periódico “Patria”[3] José Martí hace referencia a Baliño: “En el club “Enrique Roig”, Segade preside, Baliño razona, Izaguirre entusiasma, todos, como decía Baliño en noche memorable, “ponen tan alta la bandera de Cuba, que, por mucha ira que revuelva a sus pies la pasión del hombre, jamás llegue a la bandera el fango humano”[4] Baliño dedica su vida a la propaganda marxista y la organización del movimiento obrero, al término de la guerra regresa a Cuba, en 1903 publica el folleto, “Verdades socialistas”, el primer impreso marxista en Cuba en el que Baliño incurre en algunas inexactitudes teóricas, por el poco conocimiento de las fuentes directas del marxismo, pero en general se ajusta a ella. El alcance del marxismo es muy limitado en este período, principalmente entre grupos de obreros de La Habana y sus alrededores, que tenían muy poco o ningún contacto con las fuentes del marxismo, escasamente traducidas en la época.

Las ideas socialdemócratas también comienzan a ser difundidas en el país teniendo a Diego Vicente Tejera como su precursor. Tejera propugna un socialismo humanitario, más intuitivo que científico, que no encontró terreno propicio en un país con escaso e inmaduro movimiento obrero

Entre los sectores cultos de la sociedad cubana predominó la frustración en este período ante la situación creada en la República neocolonial: una economía en manos extranjera y una oligarquía entreguita, con un sector político interesados en esquilmar el erario público en beneficio propio. En medio de este ambiente surgen las voces críticas entre los intelectuales, muchos de ellos publicando denuncias y proponiendo soluciones en ensayos que se publicaron en revistas especializadas de la época, “Revista Bimestre” (1910) dirigida por Fernando Ortiz y más tarde “Cuba Contemporánea” (1913-1927), en torno a la cual se nuclearon intelectuales preocupados por los problemas de Cuba. En ella publicaron los más destacados intelectuales de esta generación y de las anteriores, entre ellos, Max Henríquez Ureña, Enrique Gay Carbó, José Antonio Ramos, José María Chacón y Calvo, José Sixto Solá, Luis Rodríguez Embil y Enrique José Varona. El afán de este grupo no terminó en acción política concreta dado su pesimismo frustrante, pero su acción fue válida para descorrer el velo sobre la realidad y conocer el problema.

El escritor mulato de Santiago de Cuba, José Manuel Poveda(1888-1926) se revela no solo como poeta sino como un observador crítico de su época, reflejándola desde su condición social de marginado e inadaptado en un sistema que lo enajena y frustra:

“Después de todo sería inútil: no podría prescindir de mi mismo. Y por ahora, no hay realmente acción posible. Estamos aherrojados por dobles cadenas. Nos somos independientes. No somos sino una factoría colonial, obligada a trabajar, y a dar su cosecha y su fruto compelida por el látigo. Estamos desorganizados y envilecidos como una mala mesnada; no podemos defendernos. Un soplo de dispersión a barrido las conciencias, y todo cuanto había de dignidad, pureza y valentía en las conciencias; un soplo de desilusión ha disgregado todas las energías creadoras del alma nacional. Somos la sombra de un pueblo, el sueño de una democracia, el ansia de una libertad. No existimos.”[5]

Su rebeldía trató de encontrar una vía de acción a través del Grupo Nacional de Acción de Arte, grupo intelectual que aspiraba a preservar los más altos valores de la cultura nacional, como premisa para formar una patria nueva aupada sobre el pensamiento revolucionario de Antonio Maceo que hacía critica a los autonomista y al tipo de sociedad que precisamente se enseñoreaba en la República de los primeros veinticinco años, una sociedad exclusivista, que no daba participación a los humildes, ni permitía que la independencia fuera total.[6]

La claridad de las ideas de Poveda queda en sus escritos[7] como continuador de esta línea de pensamiento de frustración y rebeldía ante la realidad que vive, por eso se expresa en términos duros y amargos, aunque sin encontrar solución:

“La intervención extraña, frustrando el sacrificio frustró la patria. “Entre nosotros” hay distancia y, “sobre nosotros” influencias. Se frustró el sacrificio y solo han triunfado los autonomistas. La paz de San Juan equivale a la paz del zanjón. Con la diferencia de que en Baraguá no ha protestado nadie esta vez”[8]

Este es el revelador testimonio de un hombre “(…) que expresa, (…) el estado de incertidumbre y malestar en el que se debatía la conciencia nacional de 1912 a 1923, más allá de las pasiones partiditas de la época”[9]


[1] La próxima entra la dedicaremos al análisis de los independentistas de color

[2] Obras Completas de José Martí. Tomo II, pág. 198. La Habana, 1975

[3] 14 de enero de 1893

[4] Ídem a nota 12: 199

[5] José Manuel Poveda citado por Jorge Ibarra en “Un análisis psicosocial del cubano. 1898-1925”, p. 32.

La Habana, 1985

[6] Jorge Ibarra en “Un análisis psicosocial del cubano. 1898-1925”, pp. 33-34. La Habana, 1985

[7] Jorge Ibarra señala en la obra citada la paciente labor de rescate del investigador Alberto Rocasolano al recopilar para la memoria cubana la obra periodística del José Manuel Poveda en el volumen “Orbita de José Manuel Poveda”. La Habana, 1975

[8] José Manuel Poveda citado por Jorge Ibarra en “Un análisis psicosocial del cubano. 1898-1925”, p. 34.

La Habana, 1985

[9] Jorge Ibarra en “Un análisis psicosocial del cubano. 1898-1925”, p. 37. La Habana, 1985

Cultura, Historia
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