Cultura Cuba

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LOS INMIGRANTES

Es realmente triste cuando los gobernantes y los decisores del mundo nos convidan a olvidar la Historia y emprender el “HOY” como si este fuere el primer día de la creación, realmente lo que quieren que olvidemos son los crímenes cometidos en nombre de la avaricia y del enriquecimiento de una minoría cada vez más rica.

Es por esto que traigo un fragmento de crónica de José Martí escrita en Nueva York hace más de cien años, cuando el “Paraíso Prometido” estaba en la joven nación de los Estados Unidos, ambiciosa y bravucona, capaz de ampliar su territorio a costa de los vecinos y de las naciones indígenas que habitaban más allá del Mississippi, con tan enormes reservas que explotar un capitalismo pujante y ambicioso necesita mano de obra barata para crecer y estimularon las grandes oleadas de emigrantes, principalmente europeos, que llegaron después de la Guerra de Secesión , he aquí una crónica sobre este tema migratorio que Martí describe con la objetividad de la denuncia y el deseo de que aprendamos. ¿Hay muchas diferencias con la riada de refugiados y emigrantes provocados por los conflictos internos que alientan las élites occidentales en el Oriente Medio o la condición infrahumana del África preterida?

“(…) No volverán, en cambio, sino que harán casa en las entrañas de los bosques, o arrancarán una fortuna al seno de las minas, o morirán en la labor esos cuatrocientos cuarenta mil inmigrantes, que Europa, más sobrada de hijos que de beneficios, ha enviado este año a las tierras de América. Manadas, no grupos de pasajeros, parecen cuando llegan. Son el ejército de la paz. Tienen derecho a la vida. Su pie es ancho y necesitan tierra grande.

En su pueblo cae nieve, y no tienen con qué comprar pan y vino. El hombre ama la libertad, aunque no sepa que la ama, y viene empujado de ella y huyendo de donde no la hay, cuando aquí viene. Esa estatua gigantesca que la República Francesa da en prenda de amistad a la República Americana no debiera, con la antorcha colosal en su mano levantada, alumbrar a los hombres, sino mirar de frente a Europa, con los brazos abiertos. He aquí el secreto de la prosperidad de los Estados Unidos: han abierto los brazos. Luchan los hombres por pan y por derecho, que es otro género de pan; y aquí hallan uno y otro, y ya no luchan. No bien abunda el trigo en los graneros, o el goce de sí propio halaga al hombre, la inmigración afloja, o cesa; mas cuando los brazos robustos se fatigan de no hallar empleo,-que nada fatiga tanto como el reposo,-o cuando la avaricia o el miedo de los grandes trastorna a los pueblos, la inmigración como marea creciente, hincha sus olas en Europa y las envía a América. Y hay razas avarientas que son las del Norte, cuya hambre formidable necesita pueblos vírgenes. Y hay razas fieles, que son las del Sur, cuyos hijos no hallan que caliente más sol que el sol patrio, ni anhelan más riqueza que la naranja de oro y la azucena blanca que se cría en el jardín de sus abuelos: y quieren más su choza en su terruño que palacio en tierra ajena. De los pueblos del Norte vienen a los Estados Unidos ejércitos de trabajadores: ni su instinto los invita a no mudar de suelo, ni el propio les ofrece campo ni paz bastante. Ciento noventa mil alemanes han venido este año a América: ¿qué han de hacer en Alemania, donde es el porvenir del hombre pobre ser pedestal de fusil, y coraza del dueño del Imperio? Y prefieren ser soldados de sí mismos, a serlo del emperador. De Irlanda, como los irlandeses esperan ahora tener patria, han venido en este año menos inmigrantes que en los anteriores. La especie humana ama el sacrificio glorioso. Todos los reyes pierden sus ejércitos: jamás la libertad perderá el suyo:-de las islas inglesas sólo han buscado hogar americano este año, ciento quince mil viajeros. Francia, que enamora a sus hijos, no ha perdido de éstos más que cuatro mil, que son en su mayor parte artesanos de pueblos, que no osan rivalizar con los de la ciudad, ni gustan de quedarse en las aldeas, y vienen, movidos del espíritu inquieto de los francos, a luchar con rivales que juzgan menos temibles que los propios. Italia, cuyas grandes amarguras no le han dejado tiempo para enseñar a sus campesinos el buen trabajo rudo, ha acrecido con trece mil de sus perezosos y labriegos, la población americana. Suiza, que no tiene en sus comarcas breves, faena que dar a sus vivaces y honrados hijos no ha mandado menos de once mil a estas playas nuevas. De Escandinavia, a cuyos donceles de cabellos rojos no tienen los desconsolados nativos riquezas de la tierra que ofrecer porque es su tierra tan pobre como hermosa, llegaron a Nueva York cincuenta mil hombres fornidos, laboriosos y honrados. Nueve mil llegaron de la mísera Bohemia, más en fuga del trabajo que en su busca; y nueve mil de Rusia, de cuyas ciudades huyen los hebreos azotados y acorralados. Y los áridos pueblos de la entrada del Báltico han enviado a estas comarcas de bosques opulentos dieciséis mil neerlandeses. ¡Y cómo vienen, hacinados en esos vapores criminales! No los llaman por nombres sino los cuentan por cabeza, como a los brutos en los llanos. A un lado y otro del globo, del lóbrego vientre de los buques se alzan jaulas de hierro construidas en camadas superpuestas, subdivididas en lechos nauseabundos, a los que sube por una escalerilla vertical, entre cantares obscenos y voces de ebrios, la mísera mujer cubierta de hijos que viene a América traída del hambre, o del amor al esposo que no ha vuelto. Les dan a comer manjares fétidos, les dan a beber agua maloliente. Como a riqueza a que no tienen derecho, los sacan en majadas a respirar algunos instantes sobre la cubierta del buque el aire fresco. ¡No se concibe cómo reclusión semejante no los mueve al crimen! ¿dónde está la piedad, que no está donde padecen los desgraciados?”

Obras Completas de José Martí. Tomo 9: 223-226

José Martí, Opinión, Política

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