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Martí escribe sobre boxeo


Estamos en plena efervescencia deportiva, la segunda semana de los juegos olímpicos de Londres, los número XXX para más detalle y quiero traer a mis amigos una crónica que publiqué hace un tiempo sobre el boxeador norteamericano de origen irlandés John Sullivan, toda una leyenda de los pesos máximo en los Estados Unidos durante la época en que vivió José Martí en la ciudad de Nueva York, es un poco larga pero prefiero entregarla íntegra para que aprecien tanto el estilo de nuestro Apóstol al escribir sobre deporte como las valoraciones que hace de este “héroe popular” y su época, yo lo titulé con el apelativo que daba Martí a este gran boxeador “La Bestia Bípeda”

La Bestia Bípeda

Al hacer la historia del boxeo no se puede dejar de mencionar a una figura que marcó un antes y un después en este deporte, se trata de John Lawrence Sullivan (1858-1918). Nacido en Boston de padres irlandeses y dotado de un envidiable somatotipo, este boxeador de los pesos completos se convirtió en una leyenda por sus “hazañas” como gladiador durante la década de los 80 del siglo XIX, cuando aún los nudillos desnudos hacían estrago en la anatomía de los atletas en peleas de pocas reglas y mucha violencia, eran los primeros pasos del pugilato moderno, convertido en un gran negocio para los corredores de apuestas y la prensa sensacionalista del naciente capitalismo.

Estas lides nacieron en la Inglaterra industrial del decimonónico y llegaron a los Estados Unidos entre los gustos de la emigración irlandesa, numerosa y tumultuosa, que prácticamente invadió el Este norteamericano durante este período.

Los triunfos de Sullivan eran muy seguidos por la población norteamericana, que lee con avidez sobre sus combates, preparación y caprichos, a través de los periódicos, que junto con las descripciones pormenorizadas y morbosas de esas peleas, desliza una tibia crítica, que en medio del despliegue sensacionalista suena a hipócrita “hoja de parra”.

Un observador acucioso de la realidad de este país como lo fue José Martí, no pudo pasar por alto este fenómeno de masas que se producía ante sus ojos y por ello hizo de Sullivan tema recurrido, no solo para describir sus triunfos, sino para reflexionar de forma crítica sobre estos espectáculos que reprobó por inhumano, corruptor de pueblos y culto a la violencia por sobre la espiritualidad y la ética.

“Ruines rufianes” llamará el Apóstol a los contendientes al reportar la pelea que por el título de los pesos máximos celebrarían en enero de 1882, Sullivan y Paddy Ryan.. En su crónica, la más extensa que dedicaría al boxeo, describe la pelea en la que los lidiantes “se muerden y desgarran” y se van cubriendo de sangre, propia y ajena, “despoblada las encías, magulladas las frentes, descarnados los nudos de las manos”, todo para recibir como premio un saco de monedas en medio de la “turba” que vocifera y aclama al vencedor.

Es el preámbulo para describir todo lo que ocurre alrededor de este encuentro salvaje, los preparativos e intereses que se mueven alrededor de los peleadores; las “reglas” que deben regir el combate, manos libres de anillos o piedras, puños desnudos y prohibición de morder o rasgas la piel del contrario con los dedos.

Para Martí es muy importante estudiar al público que acude a estos espectáculo, muestra su frialdad para acoger el dolor ajeno, la exaltación ante la violencia, la brutalidad de las imprecaciones que intercambian y su heterogeneidad, que incluye a hombres y mujeres de toda laya y condición social, unidos por el solo disfrute de las emociones fuertes y primitiva.

Desde 1879 Sullivan había retado al campeón vigente de los pesos completos en los Estados Unidos, al que por fin pudo enfrentarse en la mencionada pelea de enero de 1882 en un sangriento encuentro que terminó en el noveno round por nocao.

En carta fechada el 17 de febrero de 1882 desde Nueva York para el diario caraqueño El Nacional, José Martí escribe sobre esta pelea. En ella se refiere a Sullivan como el “Mozo de Boston”, acomodando un poco el apelativo con que lo conocen sus paisanos, “The Boston Strongboy”, algo así como “El muchacho duro de Boston”. Aquel mozalbete fuerte a los veinte años ya había recorrido el Estado de Nueva Inglaterra como boxeador profesional formando parte de un circo en el que se ofrecían quinientos dólares a quien pudiera retarlo y terminar de pie. Fue así como en estos primeros tiempos se enfrentó a muchos bravucones de pueblo, leñadores, herreros y cuanto fortachón quiso probar fortuna frente aquella mole de músculo.

Las palabras del joven cubano no solo muestra el triste espectáculo del hombre rebajado a bruto en enconados duelos sino que critica a la prensa norteamericana por convertir el espectáculo en asunto de primera plana, narrando con minuciosidad cada golpe y herida, mientras que entre líneas, casi perdidas en un mar de palabras, hay una tibia critica a tan salvaje práctica.

La pelea que comenta Martí, no es una improvisada riña callejera, ni el duelo pactado entre dos hombres por afrentas inferidas, era un bien planificado negocio en el que intervenían promotores sin escrúpulos, entre los que se contaban hombres de negocios y con responsabilidades sociales, interesados en las pingües ganancias que las apuestas dejaban, después de meses de anunciadas y de la propaganda que la prensa movía sobre las posibilidades de uno u otro contrincante.

Las reglas bajo las que se peleaba en estos momentos estaban establecidas por la “Pugilistic Benevolent Society” en 1866, que había sustituido a la “Pugilistic Asociation’s Revised Rules” de 1853. Se las llamaba popularmente “Reglas del London Prize Ring o “Regla Nuevas”para peleas de puño descubierto.

En este primer combate de Sullivan por el título, el favorito era Pandy Ryan, campeón vigente, también conocido como el “Gigante de Troya”, pero su oponente venía con el impresionante record de insensibilidad en los combates de pueblo contra todo el que se le puso delante y por ello era un ídolo de la enorme emigración irlandesa que predominaba en todo la costa este de Estados Unidos.

Sullivan impresionaba por el bigote negro, los pómulos altos, las mejillas rojas, el ceño frunciendo y esos impetuosos movimientos al avanzar resoplando y haciendo molinetes, intentando pegar su “Boston especial”, golpe recto de gran alcance que unido a su rapidez, a pesar de sus 195 kilogramos, su postura semi erguida y el empleó de una buena táctica para conectar el “One-Two”, junto a sus ganchos de izquierdas y derechas de gran alcance, lo hacían invencible.

Durante toda la década de los ochenta y buena parte de los noventa del siglo XIX reinará este excepcional boxeador, convertido por la prensa norteamericana en un fenómeno de masas, mimado por el público, en especial los jóvenes, que vieron en el un paradigma de triunfo, al verlo aparecer no solo en sus peleas sino en su coche tirado por dos caballos, cubierto de joyas, asiduo de cantinas y bares en las que daba espectáculo de francachelas grotescas de gula y alcohol en medio de bravuconadas y violencia que alcanzó a su propia familia y admitidas por las propias autoridades que lo consideraban intocables.

Hacia esta faceta de John Sullivan dirige Martí sus críticas durante estos años en que no dejó de acercarse a él para señalarlo como el antihéroe engendrado por esta sociedad, “bestia bípeda”, “magnifico bruto”, serán calificativos que empleará para referirse al atleta que en respuesta extravagante le dice a los periodistas que para tener esa fortaleza bebía una taza de sangre de res todos los días, por lo que reporta el Apóstol como cientos de jovenzuelos acudían a los mataderos de Boston para imitar a su ídolo y ser como él, los mismos jóvenes que lo siguen en multitud para verlo en sus exhibiciones de pueblo en pueblo o van a la taberna para verlo beber durante horas, tal es la reprobación del cubano que cierra el tema con estas palabras: “vale más que volvamos los ojos a la casta mejor, que mantiene a salvo la honradez de la nación”(O.C.10:134)

En 1886 comentado para la prensa bonaerense las múltiples actividades del verano norteamericano, informa la presentación de una pelea de exhibición de John Sullivan en Nueva York frente a un rival inglés. Refiere Martí que esta un modo de celebrar el Día de la Independencia de los Estados Unidos(4 de julio) al “gusto del público” y para ello nada mejor que presentar al gladiador que Martí describe cargado de “brutales brillantes”en mano y pechera, mientras se alimenta y corre al aire libre para mantenerse en forma. Nos cuenta el cronista que su rival esta entrenándose en una playa donde sus preparadores “ceban y amasan” su cuerpo.

En 1887 reporta la visita de Sullivan a la Casa Blanca y el recibimiento del presidente Clevenland y meses después sus palabras adquieren un tono más crítico para referir el homenaje que la ciudad de Boston ha preparado a este “hombre brutal” cuto único mérito era solo “derribar a cuanto hombre sale al frente”

Con tristeza lamenta que la culta ciudad de Boston, ligada a Emerson y Longfellow, halla rendido homenaje al “magnífico bruto” que además en un borracho reconocido que en medio de su furia alcohólica pega a su familia y al caballo que le cierra el paso, “virtudes” que llevan al alcalde de la ciudad a premiarlo con una faja de oro y diamante, que le ha costado al fisco diez mil dólares, pero lo más triste con el beneplácito de todos.

Como un ángel justiciero José Martí siguió la carrera de Sullivan, unas veces para dar una breve información de sus extravagancias, otras para marcar su decadencia debido a los excesos de alcohol y otros vicios y finalmente para escribir su epílogo atlético al describir su última discusión triunfal del título de los pesados.

En 1888 la prensa norteamericana escribe alarmada sobre el estado de salud del boxeador, se rumora que está moribundo y Martí señala que este tema ocupa importantes espacios en los diarios, “roído en lo interior de tanto beber, como roe el fuego la yesca, púgil que era torre ayer, y hoy es esqueleto después de un año de vino”(ACEM:1979:43).

Su recuperación y viaje a Francia para discutirle el título de los completos al campeón defensor el francés Charley Mitchell, da una idea de su calidad como boxeador que lo lleva en 1889 a defender el cinturón de los heavyweight noqueando a Jake Kilrain en 75 rouds de 80 pactados. Este combate es considerado el punto de giro del boxeo que comenzaba a cambiar dado lo salvaje de los enfrentamientos a puño descubierto.

Las referencias a este combate constituyen las últimas referencias de José Martí al boxeo. En crónica de agosto de 1889 se refiere a la pelea de “púgil bestial de Boston, con el inglés Kilrain, por cinco mil pesos, más el cinto de brillantes de “campeón de los púgiles del mundo”(OC 12:244)

El país se conmueve y los periódicos encienden las expectativas y apuestas con sus crónicas, noticias y rumores sobre las posibilidades de los contendientes. Se parece mucho a aquel combate que nos narró en 1882, pero esta vez el lenguaje es breve y conciso, el escenario vuelve a ser Nueva Orleáns y el Apóstol apunta: “Está de bárbaros el país. No se habla más que de la pelea de los dos púgiles Kilrain y Sullivan”(OC 10:279).

Tras su victoria frente a Kilrain, Sullivan continúa su ocaso envilecido por el alcohol y los excesos de placeres el Gran John L., va perdiendo las condiciones físicas que hicieron de él un boxeador imbatible, leyenda que aún hoy lo hace figurar entre los grandes pesos completos de todos los tiempos.

Finalmente defiende su título en 1892, ya no es el mismo y cae vencido por el “caballero Jim”, James J. Corbert en veintiún rouds, en Nueva Orleáns. Esta pelea se efectuó con los reglamentos del marqués de Queensberry que entre otras mejoras introduce el uso de guantes para los puños. Esta fue la primera pelea en que se discutió el título de los completos con guantes

En 1896 se retira el gran campeón en posesión todavía de la corona de los completos sin guantes (bare-knuckles).

Sullivan se hace el centro de las críticas de José Martí, en él ve lo peor de aquel “deporte” que produce dinero y engendra brutalidad, pero es un gran negocio tolerado por los políticos, la prensa y la sociedad toda, admirada y ciega ante la fuerza bruta, loada y llevada en triunfo en aquella nación joven en la que se echa de menos al buen oficio del espíritu.


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Deporte, José Martí

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Comentarios

3 respuestas a “Martí escribe sobre boxeo”
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