Cultura Cuba

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José Martí, domingo de fútbol



Estamos en plena efervescencia olímpica, unos reímos y otros esperan expectante los triunfos de sus atletas, realmente es lastimoso que aquel lema caballeresco, “lo importante es competir”, no lo tengan en cuentan algunos atletas y árbitros y veamos decisiones insólitas y burdas trampas que perjudican al deporte. Sería bueno recordarle a estos tramposos de todo tipo que los juegos olímpicos de la antigüedad desaparecieron justamente porque se corrompieron con las apuestas e intereses de las polis griegas y finalmente fueron suspendidos para ser sustituidos por los groseros y sanguinarios “juegos” del circo romano, que aún hoy siguen siendo un baldón para la humanidad por el nivel de embrutecimiento al que llevaron al ser humano, tanto gladiadores y como espectadores.

Quiero en medio de este entusiasmo por los juegos olímpicos comentarles acerca de las crónicas que José Martí escribió, referidas a un primo hermano del balompié, ese “fútbol americano” que tanto caracteriza a los Estados Unidos, por su rudeza, virilidad y catarsis lúdica nacional y que nuestro Apóstol vio jugar durante su larga estancia de exilio.

Hay en sus escritos sobre deportes en los Estados Unidos menciones a los juegos donde se utiliza pelota, siempre con una especificación: pelota de pie (fútbol), pelota de jardín (tennis), pelota emplumada (balmington), etc., pero siempre que se refirió al beisbol escribió, pelota y nada más, tal y como decimos los cubanos de hoy.

Entre de los deportes que se practicaban y practican en las universidades de Estados Unidos, uno de los más populares y brutales era el fútbol americano. José Martí tuvo oportunidad de presenciar algunos partidos en los que el encono convertía estos encuentros en batallas campales por la fuerte rivalidad, más allá del terreno de deportivo en el que se pone en juego el honor y el prestigio del jugador y de la institución que representa.

Narró para la posteridad el juego tradicional de las universidades de Yale y Princeton, que dirimían año tras año al iniciarse el curso la supremacía deportiva. Esta tirantez derivaba en violencia, tanto en la cancha como en las graderías, por lo que aquellos juegos llamados a contribuir a la formación de la joven generación, terminaban en una irracional confrontación.

Juego hecho a la medida de aquella nación joven y ruda, el fútbol simboliza como ningún otro deporte a ese país. En noviembre de 1884 José Martí envía a Buenos Aires esta hermosa y épica crónica donde describe la batalla campal en la que se convirtió el juego anual entre las universidades, Princeton y Yale:

“…Dicen que el juego ha sido horrible. Era una arena abierta, como en Roma. Luchaban como Oxford y Cambrigge en Inglaterra, los dos colegios afamados, Yale y Princeton… Naranja era el color de Yale y el de Princeton azul…El cielo sombrío como no queriendo ver…Los gigantes entrando en el circo, con la muerte en los ojos, llevan el traje de juego: chaqueta de cañamazo, calzón corto, zapatilla de suela de goma: ¡Todo estaba a los pocos momentos tinto en la sangre propia o en la ajena!”[1]

El párrafo que sigue es una joya de la narración deportiva, llena de toda la emotividad de lo que ocurre en el terreno, con las palabras adecuadas y el dramatismo creciente hasta el desenlace final:

“Los de un bando se proponen entrar a punta de pie la bola en el campo hostil: y los de este deben resistirlo, y volver la bola al campo vecino. Este pega: aquel acude a impedir que la bola entre: uno se echa sobre la bola…: los diez, los veinte, todos los del juego, trenzados los miembros como los luchadores del circo, batallan a puño, a pie, a rodilla, a diente…Y cuando se apartan del montón el infeliz capitán del Yale, caída la mandíbula, apretados los dientes, lívido y horrendo, se arrastra por la arena hecha lodo… Si el día no acabase, no cesaría. Yale vence.”[2]

Tras la conmoción del partido el Apóstol reflexiona: “El lucimiento mental se desdeña, y se enaltece el brío del músculo”[3]

Era su modo de mostrarnos la rudeza de una sociedad en la que la espiritualidad y la nobleza eran en muchas ocasiones opacadas por la fuerza del músculo y el éxito a toda costa y lo triste es que esos valores y patrones pugnan por hacerse universales, el duro triunfa, el débil es un “perdedor”, el espectáculo es lo más importante lo demás queda justificado por la necesidad de las ganancias que priman y obnubilan a los “barones” de Lausana.


[1] Obras Completas de José Martí. Tomo X, p. 132. La Habana, 1975

[2] Ídem

[3] Ídem

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Deporte, José Martí

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