Cultura Cuba

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Los secreto de un arriero


Mirando viejos recortes de periódicos encontré esta hermosa crónica de una bella guantanamera que ha encontrado su espacio en el periodismo y la cultura cubana a base de talento y sensibilidad, empezaba entonces a reportar para el periódico Juventud Rebelde, que más tarde dirigiría, buscando en sus raíces la autenticidad del oficio. Yo extraño esta faceta de ella y la traigo ahora complementando perfectamente la entrada anterior sobre los arrieros montañeses cubanos. Que sea este un homenaje a ella y a nuestra “patro chica” común, sede de las celebraciones por el 59 aniversario del Asalto al Moncada

Arleem Rodríguez Derivet

En las lomas de Monre Ruz, amanece de una manera hermosa que dudo poder describirla. En los días fríos casi hasta media mañana persiste una agradable neblina y la humedad pone gotas de brillo en el césped recortado sobre las flores silvestres y hasta en la faz del campesino.

Es en la agradable hora en que el sol comienza a dispersas sus rayos por el monte, cuando junto al mugido de las vacas en ordeño y mil cantos de pájaros al unísono, se siente venir en la distancia la inconfundible tropa del arriero.

Para el campesino de la zona, la melodía de los cencerros es lo que el claxon de un auto conocido para el hombre de la ciudad. Aún sin verlo sabe quién conduce a los mulos y comenta con los hijos o la mujer que le ayuda y a veces hasta con el animal que acaricia:

“Esa es el arria de Fulano…” y le aseguro amigo lector que eso como en muchas cosas el guajiro nunca se equivoca.

Apenas unos minutos después pasa frente al portón de la finca la caravana de once mulos (el arria la componen doce, pero dos son de monta y se alternan las jornadas) cargados de mercancías y como buscando los caminos espinados y difíciles de las húmedas montañas con olor a cafeto maduro que aún se resisten al paso de la técnica automotriz.

El forastero que los ha visto venir se interesa por la suerte del arriero cuando ve llegar solos a los mulos y acaso el que está más cerca diga:

“No se asuste compay, que ellos no se pierden, para eso está el mulo guía, sí, es el que va delante, le sigue el contraguía, luego el tercio, el cuarto y así hasta el último que llaman el mulo de pie. El guía conoce tan bien el camino que cuando llega al lugar donde el arriero acostumbra a detenerse, de allí no se mueve hasta que no llega su…

¿Dueño?

“¡Qué va! Casi nunca el arriero es el dueño del arria compay, eso es así desde el capitalismo, ¿o usted no sabe que un mulo valía más que una persona? Si digo yo, porque entonces la gente no valía un kilo, ¿no? Pero los mulos, vaya usted a ver que los buenos costaban entre 160 y 200 pesos cada uno y piense que el que tenía plata pa΄ comprar un arria no tenía necesidad de arriarlo… ¿o sí?

En eso se arrima a la charla Borrel Duliepe, 52 años y 14 de arriero.

“Yo no fui arriero antes de la Revolución, pero hay que ver que la vida entonces no era fácil. Había que levantarse a las tres de la mañana a recoger los mulos en el potero y llevarlos a la casa para echarle maíz y aparejarlos y luego a buscar la mercancía que a veces estaba a más de 20 kilómetros pa΄ después volver a recorrer más o menos lo mismo ya cargados.

“Cuando los ríos crecían había que descargar y esperar que bajara la corriente y vaya usted a ver el arriero y los mulos pasar hambre y frío. Y todo para ganar al caso 90 pesos el mejor de los meses y había que darle el 75 por ciento al dueño del arria.

“Pero hay cosas más bonitas que hablar de los mulos. Cuando dicen que alguien trabaja como ellos, no se equivocan. Cada mulo soporta 200 libras y no hay quien lo sustituya en el tránsito a la montaña. Por eso yo digo que por mucho tiempo habrá que contar con ellos pa΄ sacar las riquezas del monte.

Dice Borrel que el arriero llega a querer a los mulos como si fueran su familia. No es raro, pues con ellos para la mayor parte del día y en ellos descarga sus monólogos de viajante solitario. El animal por su parte, responde con igual prueba de afecto ante sus voces, esperando siempre a su guía donde siempre lo ha sentido detenerse.

Los arrieros dan a sus mulos unas 60 libras de yerba, maíz o pienso cada día y les hacen sus aparejos de junco para que no se dañen con la carga. Le acomodan la tajarría, que es el adorno de la cola, la cincha y el tapacete que es una lona para protegerle la piel. Para la tajarría y la jáquima tejen sus mujeres unas motas de estambre o de otros hilos que embellecen la presencia del animal y los distinguen.

De todo esto y más entera Borrel al forastero antes de seguir camino. Le ha dicho que los mulos hacen como promedio un kilómetro en 20 minutos si van sueltos y mucho más si van atados, que los cencerros se cierran cuando va sin carga el arria y entonces suena solo el del mulo de pie, pues si algún otro sale del grupo este se detiene y así sabe el arriero que le falta un miembro a su tropa.

También le ha contado que la vida del arriero es muy distinta hoy día. Que las granjas estatales pagan muy bien, que están vinculados y pertenecen a una asociación campesina. Que ya no hay que recorrer tanto camino porque hay mucha carretera por esta zona y que durante las zafras ellos ganan libremente hasta 200 pesos y más después de pagar al dueño del arria el 50 por ciento.

Lo demás se lo cuenta el vecino cuando Borrel y su arria son una mancha cadenciosa en la distancia.

“Toda su familia es de Haití. Ellos emigraron para Cuba y él –aunque nació aquí- tendría 12 años cuando volvió definitivamente. Tres hermanos suyos murieron cuando encalló la lancha en que venían.

“El ha trabajado mucho toda su vida y ahora es feliz. Tiene una casa en Guantánamo y los cuatro hijos estudian. El mayor terminó el pre y ahora está concluyendo la técnica en veterinaria; las hembras del medio están becadas, la chiquita en la primaria y él hizo el sexto grado con la Revolución”

Nota: El recorte no tiene fecha pero es de la década de los 80

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