Cultura Cuba

Un Blog para dar a conocer la cultura cubana, su gente y su historia, en pocas palabras.

 

Archivo de Junio, 2012

Maritza Martén García, Campeona Olímpica en lanzamiento del disco


Maritza Martén García, nació el 17 de agosto de 1963 en La Habana, era una fornida morena que comenzó sus andares atléticos en las carreras cortas, pero siempre con la añoranza de los lanzamientos a los que finalmente se dedica.

Maritza fue alcanzando poco a poco una maestría deportiva que la hace codearse con la élite en el lanzamiento del disco estabilizando sus envío por encima de los 65 metros y varias veces superando la barrera de las grandes, los 70 metros. Campeona Panamericana en Indianapolis, Estados Unidos en 1987, no pudo estar en los Panamericanos de La Habana por lesión y cuando parecía que comenzaba su declive atlético se aparece con su mejor marca personal en el Campeonato Mundial de Sevilla, 1992 logró el mejor lanzamiento de su carrera 70, 68 mts. Era una clarinada de los que podía pasar en Barcelona.

La tarde del 3 de agosto de 1992 en el majestuoso estadio Montjuic y con su segundo disparo pasó al segundo puesto de la justa con 65,65, la precedía la favorita búlgara Sventanka Khristova con 67,78. Su momento grande fue el quinto lanzamiento cuando logró un tirazo de 70,06 metros, que desestabilizó a sus rivales que no pudieron alcanzarla, era la segunda cubana campeona olímpica, para la modesta morena la gloria deportiva.

Historia

José Martí, el maestro (2)



El pensamiento pedagógico de José Martí tiene en la revista La América, editada en Nueva York, un sustento importante para desarrollar sus ideas de educación para el ser humano en países como los de América Latina en los que el estancamiento de siglo de coloniaje permanecía aún a pesar de que se acercaban al centenario de su vida republicana. En su transitar por varios países de Hispanoamérica aprecia los esfuerzos reformadores de los gobiernos, pero conoce del freno de las oligarquías conservadoras, sus prejuicios para con los aborígenes, los mestizos y los descendientes de africanos, tenidos por ellos como gente de inferior clase, que se le soporta como animales de trabajo, pero se desprecia por ser freno de la “civilización” que ellos pretendía crear al estilo de los países más avanzados de occidentes.

En enero de 1884 aparece en la mencionada revista un artículo suyo acerca de las grandes polémicas en los colegios norteamericanos acerca de la implantación de la enseñanza científica y práctica a la que hace su aporte al escribir:

“La educación, pues, no es más que esto: la habilitación de los hombres para obtener con deshago y honradez los medios de vida indispensables en que existen, sin rebajar por eso las aspiraciones delicadas, superiores y espirituales de la mejor parte del ser humano”[1]

Concepto que completa con esta conclusión:

“La educación tiene un deber ineludible para con el hombre, -no cumplirlo es un crimen: conformarle a su tiempo- sin desviarle de la grandiosa y final tendencia humana. Que el hombre viva en analogía con el universo, y con su época (…)”[2]

En la edición de febrero reseña la enseñanza de los oficios en un colegio norteamericano, donde en el segundo párrafo dice:

“Ventajas físicas, mentales y morales vienen del trabajo manual(…)El hombre crece con el trabajo que sale de sus manos(…) el que debe su bienestar a su trabajo, o ha ocupado su vida en crear y transformar fuerzas, y en emplear las propias, tiene el ojo alegre, la palabra pintoresca y profunda, las espaldas anchas, y la mano segura, se ve que son esos los que hacen el mundo: y engrandecidos, sin saberlo acaso, por el ejercicio de su poder de creación, tienen cierto aire de gigante dichoso, e inspira ternura y respeto(…)”[3]

Es evidente la importancia que da el Apóstol al trabajo como formador del ser humano y su valor educativo en la conformación social y no como instrumento enajenante y de explotación. Tal es su convencimiento de la importancia educativa del trabajo que escribe:

“Y detrás de cada escuela un taller agrícola, a la lluvia, al sol, donde cada estudiante sembrase un árbol”[4]

Concepción que sirve de base a la escuela cubana revolucionaria, que potencia al trabajo como formador del “hombre nuevo” para la “sociedad nueva”, hombre culto, con una altísima preparación, pero dotado de los valores que hacen más noble al ser humano, altruismo, solidaridad, espíritu de grupo y comprometido con la construcción de la nueva sociedad.


[1] OC de José Martí, t. 8 p. 427

[2] Ídem

[3] Ídem, p. 288

[4] Ídem

José Martí

José Martí, el maestro (1)



En marzo de 1883 José Martí comienza a colaborar con la revista La América, publicación que se edita en Nueva York y tiene como contenidos fundamentales la divulgación en español de los avances que se producen en el mundo y fundamentalmente en los Estados Unidos en temas como la agricultura, industria y comercio; para el agudo sentido crítico de José Martí estas colaboraciones se convierten en el análisis de lo que está pasando en ese país en materia de transformaciones económicas y sociales y principalmente en educación donde estos cambios tecnológicos determinan un replanteo de la enseñanza en sentido general. Es importante el sentido que él da a sus artículos, no dirigido a un público abstracto sino a los hispanoamericanos que siguen con curiosidad y deslumbramiento estos cambios de la sociedad capitalista desarrollada.

En junio de 1883 escribe sobre los avances educacionales que se producen en Argentina, la apertura de nuevas escuelas enfatizando en la necesidad de formar gente con calificación técnica:

“…Acólitos no dan ya las escuelas, sino agrónomos; no enfrenadores de almas, sino acariciadores de la tierra.”[1]

Ese mismo mes escribe para el periódico La Nación de Buenos Aires párrafos que completan su idea sobre la educación popular:

“El hombre ignorante no ha empezado a ser hombre. El hombre lleva todas sus espadas y todas sus lanzas en la frente.

“…Puesto que a vivir viene el hombre, la educación ha de prepararlo para la vida. En la escuela se ha de aprender el manejo de las fuerzas con que en la vida se ha de luchar. Escuelas no debería decirse, sino talleres. Y la pluma debe manejarse por la tarde en las escuelas; pero en la mañana, la azada” [2]

En muchos de sus trabajos para la revista La América, Martí hace agudas críticas a la enseñanza retórica y de un humanismo hueco y desfasado que se enseña en los países de América Latina de su tiempo y aunque no niega la necesidad de este humanismo bien encaminado para la formación de la espiritualidad del hombre hace constante reiteraciones sobre la necesidad de darle bases científicas y práctica a esta enseñanza:

“El mundo nuevo requiere la escuela nueva…

“Es necesario sustituir al espíritu literario de la educación, (por) el espíritu científico…

“Debe ajustarse un programa nuevo de educación, que empiece en la escuela de primeras letras y acabe en la Universidad, brillante, útil, de acuerdo con los tiempos, estado y aspiraciones de los países en que se enseña…”[3]

En el mes de septiembre aparece su artículo Educación Científica en el que están más concretadas sus ideas sobre la necesidad de darle a la educación una bases científica, este análisis van dirigidos a las naciones de nuestra América constreñidas en su pedagogía a la tradición de la enseñanza memorística y letrista, con poca o ninguna práctica en el que la tradición religiosa marca la pauta ideológica y anticientífica:

“… Que se trueque de escolástico en científico el espíritu de la educación; que los cursos de enseñanza pública sean preparados y graduados de manera que desde la enseñanza primaria hasta la final y titular, la educación pública vaya desenvolviendo, sin merma de los elementos espirituales, todos aquellos que se requieren para la aplicación inmediata de las fuerzas del hombre a las de la naturaleza.-Divorciar el hombre de la tierra, es un atentado monstruoso. Y eso es meramente escolástico: ese divorcio,-A las aves, alas; a los peces, aletas; a los hombres que viven en la Naturaleza, el conocimiento de la Naturaleza: ésas son sus alas.

“Y el medio único de ponérselas es hacer de modo que el elemento científico sea como el hueso del sistema de educación pública.

“Que la enseñanza científica vaya, como la savia en los árboles, de la raíz al tope de la educación pública.-Que la enseñanza elemental sea ya elementalmente científica…

“Esto piden los hombres a voces:-¡armas para la batalla![4]

A lo largo de todo el año 1883 las colaboraciones de José Martí para la revista La América llevan esta impronta de informar y opinar sobre los progresos que en materia de educación, y en otras esferas aparecen en los Estados Unidos siempre teniendo el cuidado de advertir sobre el peligro de copiar e imitar, sin tener en cuenta nuestras característica como pueblos, ni las condiciones sociales que heredamos, pero sí con una convencida idea que mantiene su vigencia:

“En nuestro países ha de hacerse una revolución radical en la educación, sino no se les quiere ver siempre, como aún se ve ahora a algunos, irregulares, atrofiados y deformes…” [5]

Esa carga de inequidad que aún tara los esfuerzos de las vanguardias progresistas de América Latina, tienen en la educación una batalla dura pero necesaria; con sectores marginados de la educación, de la cultura, apartados por la ignorancia de la posibilidades de la decisión sobre su destino social e individual, es imposible aspirar a ese mundo mejor y posible al que aspiramos.


[1] OC de José Martí, t. 13 p. 321

[2] Ídem t. 13. pp. 52-53

[3] Ídem t. 8. p. 299

[4] Ídem t.8. p. 277

[5] Ídem t. 8. p.279

José Martí

Javier Sotomayor Sanabria, Campeón Olímpico en salto de altura


Quizás la medalla de oro más reñida disputada en el estadio olímpico de Montjuic de Barcelona fue la del salto de altura. Javier Sotomayor Sanabria llega esa tarde como favorito para imponerse a sus rivales. Es dueño del record mundial de la especialidad (2,44 mts)[1], ya es un atleta de experiencia, campeón mundial al aire libre y bajo techo, campeón panamericano y centroamericano, el “príncipe de las alturas”, como ya lo conoce el mundo, pero le falta el título más prestigioso para un atleta, Campeón Olímpico, pudo ver sido cuatro años antes en Seúl 1988, pero el absurdo y la prepotencia, alejó a Cuba de los juegos y Javier, como algunos otros tuvieron que posponer sus sueños, Barcelona era su oportunidad y la aprovechó.

Las ansias de victoria y la calidad de sus rivales lo presionaron como nunca, pero saltó en su primer intento sobre los 2,34 mts, con más dificultad saltaron la altura el sueco Patrick Sjoberg, Hollis Conway de Estados Unidos, el australiano Tomothy Forsyth y el polaco Artur Partyka.

Luego vinieron los fallidos intentos a 2,37 y 2,39. Sus rivales tampoco rebasaron esa altura, el público español que lo conocía y lo tenía como un ídolo, deliró con su victoria, el no estaba conforme, pero era Campeón Olímpico[2], lo había logrado.


[1]Posteriormente los llevaría en Salamanca, España en 1993 hasta 2, 45 actual record mundial

[2] Su carrera deportiva cierra en el año 2000 con la medalla de plata en salto alto en las Olimpiadas de Sidney, Australia.

Historia

Alejandro Puerto Díaz, Campeón Olímpico en lucha libre

La segunda medalla de oro de la lucha en los XXV Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992, en la modalidad de libre, la garantizó la maestría de este pinareño nacido el 1 de octubre de 1964, cantera de los Juegos Escolares Cubanos quien en 1983 obtuvo la medalla de oro en los Juegos Panamericanos de Caracas en los 52 Kg, monarca mundial en los 57 Kg en los Mundiales de Tokio, Japón en 1990.

Operado en 1991 por una lesión en el bíceps, no fue este un gran año para Alejandro Puerto Díaz, pero su coraje y calidad atlética lo recompensaron en el torneo olímpico de Barcelona en el que ganó cinco combates hasta llegar a la final para discutir el cetro olímpico de los 57 Kg. Su primera victoria fue frente al pakistaní Ahmad Nacer (6-0), luego venció al español Andrés Iniesta (8-0), a Robert Dawson de Canadá (1-0) y al turco Semzi Misaoglu (3-0).

En la final lo esperaba Serguei Smali, representante de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), campeón del mundo en Varna, Bulgaria (1991) y lo derrotó por decisión 5-0. ¡No le marcaron un solo punto en contra en todo el torneo!

Se completaba el ciclo de un gran campeón, que supo aprovechar su oportunidad y vencer:

“Yo estaba convencido de mi triunfo desde el primer día que regresé a los entrenamientos. Me preparé con esmero y ello me permitió desarrollar los planes trazados frente a los distintos rivales, casi todos los mismos a quienes pude vencer en Tokio”[1]

Esas fueron sus palabras tras la sonada victoria.

¡Buena suerte campeón donde quiera que te encuentres!


Historia

Paulina Pedroso


Hurgué en las Obras Completas de José Martí buscando alguna carta, una breve nota, una alusión o cualquier rastro que me llevara a esta negra noble y cubana que todos hemos aprendido a querer porque sabemos  el apoyo que le prestó a José Martí y a la causa de Cuba, no las encontré.

Debieron ser muy importantes esas notas y cartas que entre ellos se cruzaron para que no aparezca una sola alusión a quien sabemos era su máximo apoyo en Tampa, quien conocía sus movimientos en estos años decisivos y lo cuidó de los desmanes de los enemigos de la independencia.

En su corazón se llevó el Apóstol el afecto y la gratitud hacia aquella sencilla mujer de pueblo que tuvo para él atenciones de madre no solo por lo que ella sabía representaba para su patria, sino por el cariño que aquel se ganó en su pecho.

Paulina nació en Consolación del Sur, Pinar del Río un 10 de mayo de 1855, su madre fue una esclava de Juan Hernández, por eso llevó ese apellido de soltera, Paulina Hernández Hernández. Era libre pero vivía rodeada de esclavos y la enorme injusticia del sistema esclavista pesaba en ella tanto como en sus desgraciados hermanos de raza.

A finales de la década del 70 emigra a los Estados Unidos y como tantos cubanos se integra a la ya numerosa colonia que se radica en La Florida. Allí conoció a Ruperto Pedroso, negro como ella, propietario de un pequeño restaurante[1] con quien contrajo matrimonio y adoptó el apellido con la que hoy la conocemos.

Vivían en Tampa y la inteligente mujer fue desde su llegada una activa participante en el movimiento independentista arraigado en aquella comunidad cubana; en esos trajines la conoce José Martí en noviembre de 1891 durante su primera visita a esa ciudad floridana.

Paulina y su esposo tenían una casa en Tampa y alquilaban algunas habitaciones para huéspedes. Allí encontró Martí el apoyo y la confianza de sus hermanos y principalmente de Paulina. En diciembre de 1892 encontrándose Martí en esta ciudad fue envenenado por un compatriota en complicidad con el servicio secreto español, durante varios días la salud del Apóstol estuvo comprometida, pero a su lado estaba la negra Paulina Pedroso, que como hermana solícita restablece la salud de José Martí.

Colabora en la creación de la Sociedad de Socorro “La Caridad”, agrupación femenina del Partido Revolucionario Cubano y participa activamente en la recolección de fondos para la “Guerra Necesaria”, a tal punto que después del fracaso de los planes de Martí en enero de 1895 y de la confiscación de los barcos y pertrechos para iniciar la guerra, ellos hipotecaron su casa y entregaron el dinero para que la causa de Cuba. no se perdiera.

Paulina era un símbolo en Tampa y en la emigración cubana, en silencio, sin pedir nada a cambio, solo la libertad de Cuba, tuvo fe en Martí y el Partido Revolucionario Cubano para alcanzar el noble objetivo de la libertad de Cuba.

Terminada la guerra Paulina, como tantos otros emigrados regresan a Cuba, llenos de sueños y anhelos de igualdad, pero la República de Generales Y Doctores, ignoró a aquella humilde negra, despalilladora, lectora de tabaquería, activista de la revolución necesaria, amiga y confidente de José Martí que murió ciega y pobre, en La Habana el 21 de mayo de 1913.


[1]Entorno Martiano. Luis García Pascual. Pág. 130. La Habana, 2003

José Martí

Héctor Milián, primer campeón olímpico de la lucha grecorromana


La carrera del pinareño Héctor Milián se inicia como la de muchos jóvenes atletas cubanos, en las escuelas de iniciación deportivas de las provincias, un trabajo destacado en los juegos escolares y juveniles y la anhelada entrada en el equipo de mayores.

En 1986 este muchachón de 1, 96 metros ganó el título mundial juvenil y fue seleccionado para la preselección nacional cubana conducida por el prestigioso entrenador cubano Pedro Vals.

Héctor Milián nació el 14 de mayo de 1968 en Taco Taco, Consolación del Sur, Pinar del Río y tuvo la gran alegría de abrir el camino dorado de Cuba en los XXV Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992.

Su primer combate en la división de los 100 Kg fue frente a Serguei Demiachievitch, del equipo unificado de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), en ese momento campeón del mundo, su victoria resultó el primer escalón en la búsqueda de  la medalla dorada.

La segunda salida fue frente al senegalés Alioune Diouf a quien derrotó fácilmente; ya en cuarto de final encontró a otro gran gladiador, el búlgaro Atanas Komshev vencido en toda la línea por el gigante de ébano; el combate semifinal fue un duro encuentro frente al alemán, pero Milián alcanzó la victoria.

El 24 de julio de 1992 estaba pactada la final frente al estadounidense Dennis Koslowski, a quien ya había vencido él en los Juegos Panamericanos de Indianapolis en 1987. La victoria del joven cubano se concretaba. Cuba tenía su primer campeón olímpico el lucha grecorromana

Historia

¡Cuba, quinto lugar en los 25 Juegos Olímpicos de Barcelona!


Fue mucha la espera, desde 1980 Cuba se ausentó de los Juegos Olímpicos por motivaciones políticas, primero al sumarse a la ausencia en bloque del Campo Socialista a las Olimpiadas XXIII de Los Ángeles, Estados Unidos (1984), por falta de seguridad, en realidad parecía más una vendetta entre potencias, por el boicot que los Estados Unidos le hicieron a la Olimpiada de Moscú, ¡también por motivos políticos! Luego fue Seúl, Corea del Sur (1988), donde la ausencia cubana fue en solidaridad con la República Democrática de Corea (Corea del Norte), que quería compartir las Olimpiadas con sus vecinos, olvidando que los juegos se conceden a una ciudad, no a un país. Cuba se sumó a este absurdo reclamo y los atletas cubanos se perdieron otra fiesta olímpica por motivos políticos.

En medio de una tensa situación internacional y nacional, comenzaba en Cuba el “período especial”, los atletas cubanos volvían a los juegos olímpicos, esta vez en la ciudad de Barcelona, España (1992) y allí esa generación de deportistas, madura y ansiosa logra su mejor actuación de todos los tiempos, con una delegación de 190 atletas lograron 31 medallas, 14 de de oro, 6 de plata y 11 de bronce, ubicándose en el quinto lugar por países.

El boxeo encabezó la labor cubana al lograr 7 títulos olímpicos, Rogelio Marcelo 48 Kg, Joel Casamayor 54 Kg, Héctor Vinent 63.5 Kg, Juan Carlos Lemus 71 Kg, Ariel Hernández 75 Kg, Félix Savón en 91 kg y Roberto Balado en más de 91 Kg. Balado fue seleccionado el mejor boxeador del certamen y se le entregó la Copa Val Balker.

En el atletismo Cuba logró dos medallas de oro por intermedio de Javier Sotomayor en salto de altura y la grata sorpresa de la discóbola Maritza Martén. Odalis Revé en los 66 Kg ganó la primera medalla de oro del judo femenino en los juegos olímpicos, en tanto Héctor Milián, 100 Kg se agenciaba igual metal en la lucha greco; mientras en la libre, Alejandro Puerto, 57 Kg lograba también coronarse.

El debut olímpico del beisbol fue una gran alegría para los cubanos, que lo deseaban desde hacía mucho tiempo, como era de esperar Cuba lograba la primera medalla de oro en este deporte y para completar la hazaña las “Espectaculares Morenas del Caribe” del volibol femenino se coronaban por primera vez en los Juegos Olímpicos.

Historia

El Zar Rojo del puerto


Un 22 de junio de 1901 nació Aracelio Iglesias Díaz uno de los pilares del sindicalismo cubano, líder obrero, comunista, es recordado por el valor y la inteligencia con las que defendió los intereses de sus compañeros desde su liderazgo al frente del sindicato de los portuarios. Para rendirle homenaje trascribimos el artículo publicado por Evelio Tellería Alfaro en el semanario Trabajadores (18/6/2012):

Sobre sus hombros el valor de los portuarios

Los enemigos de la clase obrera le llamaban el Zar rojo del puerto de La Habana. La frase reflejaba el odio y el temor a la hombradía y autoridad moral del líder sindical y militante comunista Aracelio Iglesias Díaz.

Discriminado por su raza y origen humilde, aquel joven negro, nacido el 22 de junio de 1901 en el municipio pinareño de Consolación del Sur, fue capaz de enrumbar la lucha que obligó a las empresas norteamericanas y cubanas radicadas en la rada capitalina a satisfacer las demandas de los obreros portuarios.

Huérfano de padre y madre llegó a la localidad habanera de Regla, donde una familia amiga lo acogió. Desde los 15 años se fogueó como bracero en las estibas al pie de los buques, por lo que comenzó temprano a relacionarse con sus hermanos de clase, conoció las condiciones de explotación a que eran sometidos y se identificó con su difícil situación económica.

Hizo suyas las luchas que por entonces llevaban a cabo las organizaciones sindicales en el puerto. Ganó prestigio a tal punto que la patronal lo tildó de “agitador bolchevique”.

Estuvo entre los combatientes contra el Machadato y permaneció encarcelado entre 1934 y 1937. Creció su forja como revolucionario y al salir de prisión se sumó, junto a otros compañeros, a la tarea de restablecer la    unidad sindical que sucumbió tras los sucesos sangrientos de la huelga de marzo de 1935.

Su combatividad determinó que en 1938 resultara electo secretario de finanzas del Sindicato de Estibadores y Jornaleros, y más tarde, secretario general. En enero del siguiente año, fue uno de los fundadores de la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC), junto a Lázaro Peña integró el comité ejecutivo de esa organización y ocupó la máxima dirección de la Federación Obrera Marítima Local del Puerto de La Habana.

La fusión de los pequeños sindicatos en los muelles capitalinos en una sola colectividad,  el establecimiento de listas rotatorias que garantizaba iguales oportunidades de trabajo a los estibadores, aumento de salarios, pago del descanso retribuido, creación de cajas de socorro mutuos, un consultorio médico y la escuela Margarito Iglesias para beneficio de los trabajadores y sus familiares, entre otras, fueron conquistas logradas por Aracelio.

Bajo constantes amenazas para su vida transcurrió su batallar en defensa de los derechos de los trabajadores, lo cual impedía que las navieras norteamericanas y los magnates criollos actuaran a su libre albedrío en la importante dársena del país.

Transcurría 1948. El gobierno de Ramón Grau San Martín, confabulado con el ministro del Trabajo, Carlos Prío Socarrás, utilizó a pandilleros para llevar a cabo el asalto de los sindicatos, la destitución forzosa de los dirigentes legítimamente elegidos por las masas e implantar una atmósfera de terror fascista y anticomunista. En octubre de ese año Aracelio cayó asesinado por matones a sueldo. [1]


[1]http://www.trabajadores.cu/news/20120617/2510259-sobre-sus-hombros-el-valor-de-los-portuarios

Historia

La futura esclavitud



Como ya reproduje en los dos trabajos anteriores mis valoraciones sobre las ideas de José Martí sobre el artículo de Herbert Spencer, “La futura esclavitud”, creo necesario para mejor comprensión traer íntegro el artículo del Apóstol, aparecido en la revista La América de New York en abril de 1884:

“LA FUTURA ESCLAVITUD”

Tendencia al socialismo de los gobiernos actuales.-La acción excesiva del Estado.-Habitaciones para los pobres.-La racionalización de la tierra.-El funcionarismo.

La Futura Esclavitud se llama este tratado de Herbert Spencer. Esa futura esclavitud, que a manera de ciudadano griego que contaba para poco con la gente baja, estudia Spencer, es el socialismo. Todavía se conserva empinada y como en ropas de lord la literatura inglesa; y este desdén y señorío, que le dan originalidad y carácter, la privan, en cambio, de aquella más deseable influencia universal a que por la profundidad de su pensamiento y melodiosa forma tuviera derecho. Quien no comulga en el altar de los hombres, es justamente desconocido por ellos.

¿Cómo vendrá a ser el socialismo, ni cómo éste ha de ser una nueva esclavitud? Juzga Spencer como victorias crecientes de la idea socialista, y concesiones débiles de los buscadores de popularidad, esa nobilísima tendencia, precisamente para hacer innecesario el socialismo, nacida de todos los pensadores generosos que ven como el justo descontento de las clases llanas les lleva a desear mejoras radicales y violentas, y no hallan más modo natural de curar el daño de raíz que quitar motivo al descontento. Pero esto ha de hacerse de manera que no se trueque el alivio de los pobres en fomento de los holgazanes; y a esto sí hay que encaminar las leyes que tratan del alivio, y no a dejar a la gente humilde con todas sus razones de revuelta.

So pretexto de socorrer a los pobres-dice Spencer,-sácanse tantos tributos, que se convierte en pobres a los que no lo son. La ley que estableció el socorro de los pobres por parroquias hizo mayor el número de pobres. La ley que creó cierta prima a las madres de hijos ilegítimos, fue causa de que los hombres prefiriesen para esposas estas mujeres a las jóvenes honestas, porque aquéllas les traían la prima en dote. Si los pobres se habitúan a pedirlo todo al Estado, cesaran a poco de hacer esfuerzo alguno por su subsistencia, a menos que no se los allane proporcionándoles labores el Estado. Ya se auxilia a los pobres en mil formas. Ahora se quiere que el gobierno les construya edificios. Se pide que así como el gobierno posee el telégrafo y el correo, posea los ferrocarriles. El día en que el Estado se haga constructor, cree Spencer que, como que los edificadores sacarán menos provecho de las casas, no fabricarán, y vendrá a ser el fabricante único el Estado; el cual argumento, aunque viene de arguyente formidable, no se tiene bien sobre sus pies. Y el día en que se convierta el Estado en dueño de los ferrocarriles, usurpará todas las industrias relacionadas con éstos, y se entrará a rivalizar con toda la muchedumbre diversa de industriales; el cual raciocinio, no menos que el otro, tambalea, porque las empresas de ferrocarriles son pocas y muy contadas, que por sí mismas elaboran los materiales que usan. Y todas esas intervenciones del Estado las juzga Herbert Spencer como causadas por la marea que sube, e impuestas por la gentualla que las pide, como si el loabilísimo y sensato deseo de dar a los pobres casa limpia, que sanea a la par el cuerpo y la mente, no hubiera nacido en los rangos mismos de la gente culta, sin la idea indigna de cortejar voluntades populares; y como si esa otra tentativa de dar los ferrocarriles al Estado no tuviera, con varios inconvenientes, altos fines moralizadores; tales como el de ir dando de baja los juegos corruptores de la bolsa, y no fuese alimentada en diversos países, a un mismo tiempo, entre gente que no andan por cierto en tabernas ni tugurios.

Teme Spencer, no sin fundamento, que al llegar a ser tan varia, activa y dominante la acción del Estado, habría este de imponer considerables cargas a la parte de la nación trabajadora en provecho de la parte páupera. Y es verdad que sí llegare la benevolencia a tal punto que los páuperos no necesitasen trabajar para vivir-a lo cual jamás podrán llegar,-se iría debilitando la acción individual, y gravando la condición de los tenedores de alguna riqueza, sin bastar por eso a acallar las necesidades y apetitos de los que no la tienen. Teme además el cúmulo de leyes adicionales, y cada vez más extensas, que la regulación de las leyes anteriores de páuperos causa; pero esto viene de que se quieren legislar las formas del mal, y curarlo en sus manifestaciones; cuando en lo que hay que curarlo es en su base, la cual está en el enlodamiento, agusanamiento y podredumbre en que viven las gentes bajas de las grandes poblaciones, y de cuya miseria -con costo que no alejaría por cierto del mercado a constructores de casas de más rico estilo, y sin los riesgos que Spencer exagera -pueden sin duda ayudar mucho a sacarles las casas limpias, artísticas, luminosas y aireadas que con razón se trata de dar a los trabajadores, por cuanto el espíritu humano tiene tendencia natural a Ia bondad y a la cultura, y en presencia de lo alto, se alza, y en la de lo limpio, se limpia. A más que, con dar casas baratas a los pobres, trátase sólo de darles habitaciones buenas por el mismo precio que hoy pagan por infectas casucas.

Puesto sobre estas bases fijas, a que dan en la política inglesa cierta mayor solidez las demandas exageradas de los radicales y de la Federación Democrática, construye Spencer el edificio venidero, de veras tenebroso, y semejante al de los peruanos antes de la conquista y al de la Galia cuando la decadencia de Roma, en cuyas épocas todo lo recibía el ciudadano del Estado, en compensación del trabajo que para el Estado hacía el ciudadano.

Henry George anda predicando la justicia de que la tierra pase a ser propiedad de la nación; y la Federación Democrática anhela la formación de “ejércitos industriales y agrícolas conducidos por el Estado”. Gravando con más cargas, para atender a las nuevas demandas, las tierras de poco rendimiento, vendrá a ser nulo el de éstas, y a tener menos frutos la nación, a quien en definitiva todo viene de la tierra, y a necesitarse que el Estado organice el cultivo forzoso. Semejantes empresas aumentarían de terrible manera la cantidad de empleados públicos, ya excesiva. Con cada nueva función vendría una casta nueva de funcionarios. Ya en Inglaterra, como en casi todas partes, se gusta demasiado en ocupar puestos públicos, tenidos como más distinguidos que cualesquiera otro y en los cuales se logra remuneración amplia y cierta por un trabajo relativamente escaso: con lo cual claro está que el nervio nacional se pierde. ¡Mal va un pueblo de gente oficinista!

Todo el poder que iría adquiriendo la casta de funcionarios, ligados por la necesidad de mantenerse en una ocupación privilegiada y pingüe, o irla perdiendo el pueblo, que no tiene las mismas razones de complicidad un esperanzas y provechos, para hacer frente a los funcionarios enlazados por intereses comunes. Como todas las necesidades públicas vendrían a ser satisfechas por el Estado, adquirirían los funcionarios entonces la influencia enorme que naturalmente viene a los que distribuyen algún derecho o beneficio. El hombre que quiere ahora que el Estado cuide de él para no tener que cuidar él de sí, tendría que trabajar entonces en la Rendida, por el tiempo y en la labor que pluguiese al Estado asignarle, puesto que a éste, sobre quien caerían todos los deberes, se darían naturalmente todas las facultades necesarias para recabar los medios de cumplir aquellos. De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, iría a ser esclavo de los funcionarios. Esclavo es todo aquel que trabaja para otro que tiene dominio sobre el; y en ese sistema socialista dominaría la comunidad al hombre, que a la comunidad entregaría todo su trabajo. Y como los funcionarios son seres humanos, y por tanto abusadores, soberbios y ambiciosos, y en esa organización tendrían gran poder, apoyados por todos los que aprovechasen o esperasen aprovechar de los abusos, y por a aquellas fuerzas viles que siempre compra entre los oprimidos el terror, prestigio o habilidad de los que mandan, este sistema de distribución oficial del trabajo común llegaría a sufrir en poco tiempo de los quebrantos, violencias, hurtos y tergiversaciones que el espíritu de individualidad, la autoridad y osadía del genio, y las astucias del vicio originan pronta y fatalmente en toda organización humana. “De mala humanidad-dice Spencer–no pueden hacerse buenas instituciones.” La miseria pública será, pues: con semejante socialismo, a que todo parece tender en Inglaterra, palpable y grande. El funcionarismo autocrático abusará de la plebe cansada y trabajadora. Lamentable será, y general, la servidumbre.

Y en todo este estudio apunta Herbert Spencer las consecuencias posibles de la acumulación de funciones en el Estado, que vendrían a dar en esa dolorosa y menguada esclavitud; pero no señala con igual energía, al echar en cara a los páuperos su abandono e ignominia, los modos naturales de equilibrar la riqueza pública dividida con tal inhumanidad en Inglaterra, que ha de mantener naturalmente en ira, desconsuelo y desesperación a seres humanos que se roen los puños de hambre en las mismas calles por donde pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con las rentas de un año de sus propiedades pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas.

Nosotros diríamos a la política: ¡Yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra.

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