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Cultura Cuba

Un Blog para dar a conocer la cultura cubana, su gente y su historia, en pocas palabras.

 
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Mayo, el mes de las flores


“Toda madre debiera llamarse Maravilla”

José Martí

Cuba está en el trópico, no descubro nada nuevo, por eso el mes de mayo tiene mucho de especial, las flores estallan por todas partes y matizan con todos los colores del iris el paisaje de esta isla nuestra privilegiada y amada.

Para nosotros los cubanos, mayo se asocia con la flor mayor de nuestras vidas, la Madre y a ella dedicamos el segundo domingo de este quinto mes del año, para prodigarle en un día el cariño y el respeto que por toda la vida sentimos por ella.

Nuestro José Martí escribió “(…) el hombre es el mismo en todas partes, y aparece y crece de la misma manera, y hace y piensa las mismas cosas, sin más diferencia que la de la tierra en que vive, porque el hombre que nace en tierra de árboles y de flores piensa más en la hermosura y el adorno, y tiene más cosas que decir, que el que nace en una tierra fría, donde ve el cielo oscuro y su cueva en la roca.”[1]

Tal vez esa sea la razón de la importancia que tiene las flores para expresar estado de ánimo, idiosincrasia y hasta identidad.

Como un regalo para las madres que lean este Blog quiero traerle un paseo descrito por José Martí por una Feria de Flores en la ciudad de Nueva York, esa Babel de sentimientos encontrados que le sirvió de hogar y espejo del mundo de la modernidad:

“Ahora, entre lo más fino de la ciudad, vamos a Madison Square, con sus torrecillas que parecen banderolas, y la torre mayor que como un asta echa el edificio enorme al cielo, vamos en la mañanita fría a ver la piña triste y la palma a medio helar, y las orquídeas venezolanas y la sensitiva, que dicen que es lo que ha de verse en la exhibición de flores. Y la dionea, la ostra de las plantas, que se abre traidora, enseñando a la mosca incauta el seno de carmín, y sobre la mosca presa cierra los dos pétalos verdes, con pestañas que se montan y aprietan corno los dedos de las manos. La “‘trampa de Venus” llama la gente a la dionea, que es friolenta y menuda, y crece una con otra como chismeando y en rebaño (…)”[2]

En un segundo párrafo Martí hace gala de su conocimiento sobre la simbología de las flores, mientras nos va poniendo “en su lugar” a ricos y pobres en esta feria de la vida, tras la descripción de las flores está asentada la pincelada amarga de los privilegios y los olvidos:

“Rosas, apenas hay, sino las que componen en ramos, con sus manos ágiles, las doce floristas judías del mostrador redondo, sentadas, con sus ojos negros, y con un clavel rojo en el delantal, entre florones de crisantemos blancos. Y estas ramilleteras de dedos vivaces, con uñas pulidas de corte de almendra, no ganarían los diez privilegios que otorga sabio sumo en el arte fino de las hojas y las flores, a quien las pone de manera, en el vaso de bronce o de bambú, que por el ramo se sepa si el huésped agasajado es hombre o mujer, o si la casa de la boda es del novio, lo cual se dice con las flores rojas, o de la novia, que se dice con blancas. Ni el derecho de tutearse con la majestad, ni la soltura en casa de los príncipes, ni el consuelo de distraer las horas solas, ni el gusto de conversar en familia con la naturaleza, ni la salud de la carne y de la mente, ni el poder de olvidarse de los pesares, ni la bendición del carácter amable y cortés, ni la abnegación y señorío de sí propio, ni el espíritu religioso y respeto de fe humana, merecen,- los ojos del vizconde de Tokio que del brazo de su novia cuáquera visita la exhibición,-estas floristas culpables que ponen hojas de otoño con flores de mayo, o sofocan un lirio que ha de esplender solo, entre claveles o violetas, o ponen sin respeto, las flores amarillas, que son damas, con las rosadas o púrpuras, que son flores viriles, o ponen a un lado y otro del ramo la misma flor, sin esparcir el color de una parte, con matices afines, de modo que se esquive la monotonía, o ciñen el ramillete con un redondel de hojas, como la corona de un calvo. La flor es alma, según el vizconde japonés, y ha de hablar a ella. ¿Quién habla en voz alta, en las casas del Japón, cuando están juntando flores? De estos cuidados finos tienen los japoneses el corazón cortés y las manos pequeñas. Y sin ese mimo de siglos, y sin ese esmero y orgullo de todos, ¿habrían llegado los crisantemos de aquellas mesas, los hijos mayores de la humilde margarita, al esplendor amarillo del kioto, que es una majestad, altiva y crespa, o al candor de la shasta erizada, o al rosa blando de la siringa melenuda, o a ese plumón de nieve, el fúlgido hardy o al sol rojo de los rayos blancos, el crisantemo de la maravilla? -Mil quinientos pesos vale un hardy, en los invernaderos de Short Hill. El vizconde japonés, arrebatado, pide allí mismo, en una hoja de su cartera, una maceta de hardy, para la casa nueva de la cuáquera. Lejos, detrás de las orquídeas colgantes, o prendidas en las ramas de naranjos y de jazmines, brillan en masas, en tres canteros enormes, los crisantemos rojos, los amarillos y los blancos.”[3]

Esas líneas finales son un homenaje a la dedicación de la cultura japonesa por las flores, un modo que exalta el trabajo del hombre sencillo y el respeto por la naturaleza

“El jardín de las orquídeas, por marco arrogante, tiene a ambos lados, con su florón cardenal de erecta y larga espiga, al más bello de los anturios, el Andreanum colombiano: como un asta de lanza sale de la gran flor, redondo y unipétalo, el pistilo de gratos verdes, recio y apiñado como una mazorca. En terrones fibrosos, o en cáscaras blandas, crecen, erguidas o pendentes, las parásitas encantadoras: cuelga el racimo de flor alba de un odontogioso: el oncidio está allí, el de las dos alas, y el que da en otoño su cáliz de más aroma, el cigopétalo, lanza al aire, como de una aljaba, sus flechas florecidas, habanas y violetas: el epidendro naranjado, de tallo esbelto, no desluce el dendrobio tricolor, ni al catleyea rosa y lila, con el labio de oro puro: ni puede ninguna de las lelias, frondosas y leves, vencer en finura, ni en el vago rosado, a la armoldiana lloronojo de flores refulgentes, como mariposas heladas, la vanda cerúlea. A sus pies, en su tiesto de hilaza natural, se yergue, con las fauces abiertas, el odontogloso tigrado, con la cabeza de unicornio.

“Pero los cipripedios , grandes y gentiosos, son los que se llevan todas las miradas. Los niños no quieren creer que sean flores de veras, sino pantuflas, pantuflas que han echado tres alas, por el talón Hay pie de mujer que cabe, por supuesto, en el labio colgante con que el cipripedio lustroso ampara de los insectos ladrones su columna hermafrodita, con las antenas machos, como dos orejas, pegadas a la lengua blanda del estigma, que echa tubos abajo, hasta que se juntan con el huevo, los granos de polen que le trae en el lomo la abeja buscamieles, enamorada de la fragancia y el color. ¡Qué, insectos, en aquella soledad divina, para estas flores enormes! ¡Qué ir y venir, de la vida del mundo, por el aire tórrido, entre las alas vibrantes, de la abeja fecundadora!

“¡Y el pensamiento del cipripedio de poca miel, que echa listas de carmín a lo largo de sus tres pétalos blancos, y bruñe hasta que da luz su zapatilla redonda, para que la visite por la hermosura la abeja que lo desdeñaría, por su exterioridad! ¡Y la estrategia de esas otras flores, que crían crines por el borde interior de su zapatín, para que se le traben las patas al mosco hambrón que viene a beberse la miel sin tamaño, para llevarse con el roce el polen de la antena, o a roer, sin dar nada en pago, la piña dulce del polen! ¡Y el tallo peludo, y el barniz de la flor, para que no se le suba la hormiga de veneno, la hormiga colorada! La flor, ¿es alma en cierne, que sabe menos que el hombre, o es alma en pena, ya a punto de vuelo, que purga en la pelea,-hermoseando, como todo lo que padece,-sus últimas culpas? ¡Si está como que vuela preso por la cintura en su talle alto, el cipripedio lenchordum, con las alas colgantes y picudas, lo mismo que las de una golondrina! Unos llaman pantuflas de señora al cipripedio, de labio afilado como la proa de un bongo, y otros le llaman mocasín, porque en algunas flores es como el zapato indio, redondo por la punta con manchas como cuentas. El cipripedio barbado da flor blanca y carmín ; la superciliar es la de la bota roja, con los tres pétalos listados, al modo del jacinto; la cardenal tiene el botín de sangre, y agudas las tres alas de leche; la expansum es de púrpura, con fajas de cebra; la grande es de brazos alunarados, color de rosa y carne; la insigne, que dura tres meses en el tallo, es de un blando amarillo.”[4]

Es todo un derroche de información que no deja de asombrarnos aún en época de internet y la navegación cibernética, porque cuando vamos a los libros especializados y las enciclopedias del tema, puede que cambie el modo de llamarse determinada especie, pero la información es reconocible y mantiene su frescura como lectura de media tarde.

Va el regalo y reto para los lectores, principalmente para los amantes de las flores, es un día especial en un mundo especial… y cambiante.


[1]“La Historia del Hombre contada por sus casas”. José Martí. Rev. La Edad de Oro, Nº 2. Agosto, 1889

[2] La Nación Buenos Aires. 11 de enero de 1891. Obras Completas Tomo 13. Pág. 512

[3] Ídem

[4] Ídem

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José Martí

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