Cultura Cuba

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Ignacio Cervantes Kawanagh, el nacionalismo musical



Desde mediados del siglo XIX va mejorando el conocimiento musical en el país, existen muchos músicos empíricos, pero a fines del decimonónico ya están arraigados en el país los estudios de instrumentos de música, tales como el piano y el violín, en los que el país va creando una tradición de solistas, junto a compositores que van erigiendo un repertorio musical criollo.

Es necesario tener en cuenta que los interpretes negros son mayoría en las agrupaciones musicales criollas, con profesiones trasmitidas de padres a hijos; muchos de ellos alcanzan reconocimiento, no solo insular, sino internacional dada su calidad, tales son los casos de los violinistas Brindis de Sala y José White.

Uno de los más sobresaliente creadores de esta época fue Ignacio Cervantes Kawanagh (1847-1905), compositor y pianista excelente; figura descollante del nacionalismo musical cubano forjado en este siglo XIX. Desde muy pequeño se inició en los estudios de piano con el reconocido pianista Juan Miguel Joval, completando su formación musical con Nicolás Ruiz Espadero. Estudió en el Conservatorio de París entre 1866 y 1870.

En 1875 Cervantes y el músico José White fueron expulsados por el Capitán General de la isla, al realizar una serie de conciertos para recaudar dinero para la causa de la independencia de Cuba. En los Estados Unidos y México, Cervantes continuó su labor a favor de la causa cubana, ofreciendo conciertos para sostener la guerra por la independencia.

Regresa a Cuba en 1879, en 1879 en plena madurez artística, en se mismo año compone “Sinfonía en Do” y en 1886 “Scherzo Capriccioso”, piezas de Cámara muy bien lograda en las que es muy evidente la influencia musical italiana. También en el 86 compone una ópera, “Maledetto”, pieza cómica que no llegó a terminar, pero donde está la impronta de su calidad musical, con el reanudación de las luchas independentistas en el país parte nuevamente al exilio en 1895. Al término de la guerra regresa a Cuba.

El Cervantes compositor lírico no llega a la altura del compositor criollo que traduce el lenguaje de su isla en sus danzas, muestra de su talento y temperamento. Sus danzas escritas entre 1875 y 1895 se alejan del virtuosismo de la pianística del siglo XIX, pero presta oído a la música de su tiempo en el que ya está arraigada y latente la influencia de los ritmos africanos, más o menos elaborados que el toma y reelabora como expresión de su peculiar sensibilidad.

Su nacionalismo no fue copiar los ritmos folklóricos de su tiempo y su sociedad, sino la elaboración y sintetización de estos para entregar una sonoridad realmente nueva, cubana. No fue un músico folklórico, sino un gran compositor resumidor de la idiosincrasia musical de casi un siglo de música criolla.[1]

Con Ignacio Cervantes se compendia toda una evolución folklórica de la música criolla de origen europeo y que había tenido en la contradanza y sus derivaciones (danza y danzón) la evolución lógica. Pero la influencia de los ritmos africanos había permanecido casi puro tocado en los barrios marginales, influyendo indirectamente en la música criolla a través de una mayoría de ejecutantes negros que se esfuerza por sonar a la música blanca.

Las danzas de Cervantes conocidas y populares en su época, mantienen su actualidad por ser síntesis de la música criolla[2] y de la pianística nacional, con una gran riqueza armónica y capacidad de modulación equilibrada perfectamente con su cubanía.[3]


[1] Salomón Gadles Mikowsky: Ignacio Cervantes y la danza en Cuba. Pág. 185. La Habana 1988

[2] Mulata que no quiere ser negra.

[3] Alejo Carpentier:

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