Cultura Cuba

Un Blog para dar a conocer la cultura cubana, su gente y su historia, en pocas palabras.

 

Archivo de Enero, 2012

José Manuel Poveda, la rebeldía impotente



José Manuel Poveda (1888-1926)

En mayo de 1912 se produjo la protesta armada de los independentistas de color, un hecho provocado por la ceguera política de los gobernantes de turnos y los que manejaban el poder en Cuba. Los negros que habían luchado de forma masiva en la guerra por la independencia clamaban justicia social para ellos y los sectores humildes de la sociedad cubana; su entrega y sacrificio a la causa por la independencia de Cuba era alimentada por la esperanza de que el resultado de aquellos esfuerzos, sería la igualdad plena de derecho en una República como la proclamó José Martí desde sus prédicas libertarias: “Con todos y para el bien de todos”.

Para más dolor y tristeza, uno de su raza, Martín Morúa Delgado, miembro de la Cámara de Representante, se había apresurado a pasar una Ley que Prohibía los Partido de una sola raza, intención que pudo ser muy bien fundamentada en la “unidad nacional”, pero que bien aprovechada por los sectores racistas de la sociedad cubana, sirvió para combatir a “sangre y fuego”, las justas aspiraciones de los sectores más marginados de la población cubana, los negros.

En otro momento entraremos en el análisis del programa del “Partido de los Independentistas de Color”, ahora solo quiero adelantar que era un programa justo y progresista, no excluyente sino defensor de los intereses de los humildes todos, su nombre solo respondía a la ingente necesidad de resaltar la situación del negro en aquellos momentos y la rebeldía que generó su prohibición, fue un modo de presionar al gobierno del presidente José Miguel Gómez para acceder a sus demandas.

De haber querido aquel contingente de rebeldes veteranos que había enfrentado a España, casi con las manos vacías, hubieran hecho una fuerte resistencia a la Guardia Rural que se lanzó a cazarlos en los lomeríos de Guantánamo, Songo, La Maya y otras intrincadas zonas orientales que ellos conocían muy bien, porque habían sido invencibles en ellas.

El saldo fue de más de tres mil muertos y una profunda ola de miedo, ira y frustración, que aún hoy es posible percibir en las manifestaciones culturales de la época y posterior.

Uno de los ejemplos más significativo fue el escritor de Santiago de Cuba, José Manuel Poveda, un mestizo que se revela no solo como poeta sino como un observador crítico de su época, reflejándola desde su condición social de marginado e inadaptado en un sistema que lo enajena y frustra:

“Después de todo sería inútil: no podría prescindir de mi mismo. Y por ahora, no hay realmente acción posible. Estamos aherrojados por dobles cadenas. Nos somos independientes. No somos sino una factoría colonial, obligada a trabajar, y a dar su cosecha y su fruto compelida por el látigo. Estamos desorganizados y envilecidos como una mala mesnada; no podemos defendernos. Un soplo de dispersión ha barrido las conciencias, y todo cuanto había de dignidad, pureza y valentía en las conciencias; un soplo de desilusión ha disgregado todas las energías creadoras del alma nacional. Somos la sombra de un pueblo, el sueño de una democracia, el ansia de una libertad. No existimos.”[1]

Su rebeldía trató de encontrar una vía de acción a través del Grupo Nacional de Acción de Arte, asociación intelectual que aspiraba a preservar los más altos valores de la cultura nacional, como premisa para formar una patria nueva aupada sobre el pensamiento revolucionario de Antonio Maceo que había critica a los autonomista el tipo de sociedad que precisamente se enseñoreaba en la República de los primeros veinticinco años, una sociedad exclusivista, que no daba participación a los humildes, ni permitía que la independencia fuera total.[2]

La claridad de las ideas de Poveda queda en sus escritos[3] como continuación de esta línea de pensamiento de frustración y rebeldía ante la realidad que vive, por eso se expresa en términos duros y amargos, aunque sin encontrar solución:

“La intervención extraña, frustrando el sacrificio frustró la patria. “Entre nosotros” hay distancia y, “sobre nosotros” influencias. Se frustró el sacrificio y solo han triunfado los autonomistas. La paz de San Juan equivale a la Paz del Zanjón[4]. Con la diferencia de que en Baraguá no ha protestado nadie esta vez”[5]

Este es el revelador testimonio de un hombre “(…) que expresa, (…) el estado de incertidumbre y malestar en el que se debatía la conciencia nacional después de 1912, más allá de las pasiones partiditas de la época”[6]


[1] José Manuel Poveda citado por Jorge Ibarra en “Un análisis psicosocial del cubano. 1898-1925”, p. 32.

La Habana, 1985

[2] Jorge Ibarra en “Un análisis psicosocial del cubano. 1898-1925”, pp. 33-34. La Habana, 1985

[3] Jorge Ibarra señala en la obra citada la paciente labor de rescate del investigador Alberto Rocasolano al recopilar para la memoria cubana la obra periodística del José Manuel Poveda en el volumen “Orbita de José Manuel Poveda”. La Habana, 1975

[4] Se refiere a la rendición de los españoles a las fuerza cubano-norteamericanas en la Loma de San Juan en las afueras de Santiago de Cuba, 1898 y a la tregua firmada entre cubanos y españoles en El Zanjón, en febrero de 1878, para terminar primera guerra de independencia de Cuba.

[5] José Manuel Poveda citado por Jorge Ibarra en “Un análisis psicosocial del cubano. 1898-1925”, p. 34.

La Habana, 1985

[6] Jorge Ibarra en “Un análisis psicosocial del cubano. 1898-1925”, p. 37. La Habana, 1985

Cultura, Historia, Opinión

José Martí, biografía de un cubano



José Martí, niño

José Martí nació en La Habana el 28 de enero de 1853, cuando Cuba era una colonia de España, una colonia que tenía uno de los grupos burgueses más ricos del mundo occidental que construyó su fortuna en el breve espacio de poco más de medio siglo, basándose en la superexplotación de unos seres humanos arrancados de África y tratados como bestia mientras producían esas inmensa riquezas para esa minoría.

Martí era hijo de emigrantes españoles, gente humilde que vino a Cuba a mejorar su fortuna y su situación, gente honrada que conformaban la base de la sociedad de la isla.

Fue en la escuela donde su despierta inteligencia encontró modo de explicarse algunas cosas que la vida le mostraba y no entendía, quizás la primera de ella fue la esclavitud, tan cotidiana en la Cuba de la década del sesenta (“La esclavitud de los hombres es la gran pena del mundo”) cuando iba al Colegio de Rafael María de Mendive, un cubano, poeta, pedagogo diestro y partidario de la independencia, cuya influencia reconoció siempre Martí.

Junto a él y sus condiscípulo vibró con el levantamiento de los cubanos para luchar por la libertad (10 de octubre de 1868) y conspiró con apenas quince años en la levantisca Habana, en las que aparecieron sus primeros escritos políticos (“O Yara o Madrid”), una valiente alternativa a la que fue consecuente cuando fue detenido por conspirar y defendió en el juicio primero el derecho de su patria y dejó en manos de aquel tribunal militar la condena: seis años de encierro con trabajo forzado (4 de marzo de 1870)

Desde esta época con apenas 17 años conoce los horrores de la cárcel y los describe con la veracidad y la fuerza de su poca edad, (“El Presidio Político en Cuba”) serán sus padres, batalladores y fuertes quienes logren una conmutación de pena por el destierro para el hijo deshecho por el trabajo brutal en apenas seis meses del trabajo en canteras.

En enero de 1871 sale rumbo a España, grandes son las penas, pero muchas más sus esperanzas y compromisos políticos, que en su caso no eran con nadie más que con su conciencia, Cuba era su razón de ser y su vida demostrará esa entrega casi fanática y que le reprocharán siempre sus grandes amores: la esposa y su madre.

Breve pero marcadora será su presencia en España (1871-1874), esa para la que tiene el sentimiento encontrado de amor y discrepancia, que no odio albergó en su pecho para la nutricia tierra que admiró y respetó, al mismo tiempo que aprendió a combatirla en su empecinamiento de cerrar los ojos ante una realidad cierta desde hacia mucho tiempo, Cuba, ya no era “La siempre fiel” y quería ser independiente. Estudió en Madrid y Zaragoza y con talento y entrega pudo hacerse de los títulos de Derecho Civil y Canónico y Filosofía y Letras, carreras ambas a las que sacaría un gran provecho intelectual, pocos recursos económicos y ningún título, pues nunca tuvo dinero para comprarlos.

Terminados sus estudios se traslada a México (enero de 1875) donde lo espera su familia paterna, allí hará carrera como periodista y afianza un prestigio intelectual que lo hará habitual en las tertulias de la capital mexicana y sus teatros. En México se enamora de una joven cubana y con ella se casa en diciembre de 1877, poco antes ha tenido que dejar México, la llegada al poder de Porfirio Díaz es el motivo principal de su retiro a Guatemala donde lo reciben favorablemente la intelectualidad y los funcionarios del gobierno, conociendo su ilustración y sus dotes para el discursos y la palabra escrita. Su folleto “Guatemala”, escrito al calor de la noble acogida de este pueblo, es un atisbo de cuánto espera el de su América mestiza, esa que ya conoció en México y que poco a poco crece en su corazón por su historia, su autenticidad y grandeza, negada en muchos casos por los propios intelectuales de estas tierras, avergonzados de tanto indio descalzo y tantas costumbres “añejas”.

En 1878 regresa a Cuba, había terminado la guerra y se le permite establecerse en La Habana, su esposa viene embarazada y en noviembre de 1878 trae al mundo a su hijo único, José Francisco Martí Zayas Bazán, a quien dedicara su primer poemario impreso, “Ismaelillo”, razón por la cual muchos le llamaron de esta manera. Este poemario es capital en la poesía martiana, versos fundacionales, no hay modernista que no lo asuma como en la raíz del movimiento que encabezó Darío, que llamó a Martí Maestro.

Pero Martí en medio de sus alegrías tiene un gran dolor, Cuba sigue siendo colonia y la mayoría de los intelectuales habaneros creen que la vía de las reformas resuelve los problemas de Cuba, por eso conspira, por eso se une a los pocos que creen en la independencia y por eso las autoridades españolas lo vuelven a deportar a España (septiembre de 1879)

Breve fue su estancia en España, en enero de 1880 llega Nueva York para unirse al movimiento conspirativo que dirige una nueva insurrección en Cuba y que tiene sus bases en la fuerte colonia cubana de Nueva York. Pocos meses después fracasa el intento y le toca a él asumir el triste papel que nunca quiso para sí, llamar a los insurrectos a deponer las armas, esto le ganó enemigos, sembró desconfianzas y dividió a los cubanos del exilio patriótico. Es ahora un hombre decepcionado, desconocido, con un gran talento y una enorme voluntad para llevar adelante sus planes organización de un nuevo movimiento independentista en Cuba. El tiempo, su constancia e inteligencia, se unirían a esos factores históricos que hacen posibles los cambios en un pueblo que los necesitaba y que ya había luchado por ellos.

En 1882 permanece seis meses en Venezuela, período de intenso estudios de la historia y la realidad de su América, del contacto con intelectuales liberales de se y otros países y de confrontar con un dictador como Guzmán Blanco que finalmente lo expulsa en julio de 1882. De esa etapa el aprendizaje y el compromiso con los suyos, que ya no son solo los cubanos, sino los hispanoamericanos.

Regresa a Nueva York y reemprende una intensa colaboración con periódicos del continente, El Nacional en Caracas, La Nación de Buenos Aires y El Liberal de México, base para que otros difundas sus crónicas y ensayos sobre la actualidad del mundo y de los Estados Unidos, con una mirada moderna, objetiva y siempre con un objetivo fundamental, que se conociera mejor en estas tierras de América, la realidad del capitalismo tanto en Europa como en los Estados Unidos (“Viví en el monstruo y le conozco las entrañas”), mostrando luces y sombras, contrastando y tomando distancia del elogio adulón de algunos intelectuales en el continente.

El período de cinco años que median entre 1882 y 1887 fueron años de consolidación intelectual de un hombre que en lo político ya tenía definida su línea de idea, Cuba y su independencia, que desarrolló una intensa actividad diplomática al presidir los consulado de Uruguay, Paraguay y Argentina en la gran manzana, que tradujo para la firma Applenton, libros del francés y el inglés para el español y que consolidó un prestigio intelectual que puso en función de esos grandes objetivos políticos que se propuso.

El 10 de octubre de 1887 pronuncia en Nueva York un importante discurso ante la emigración cubana que marca su regreso a las gestiones conspirativas para lograr la independencia de Cuba, desde ahora nada lo detendrá. En noviembre lo nombran presidente de la Comisión Ejecutiva para organizar los trabajos revolucionarios con esos fines, entra en contacto con los revolucionarios cubanos en Cayo Hueso y días después invitan a Máximo Gómez y Antonio Maceo a sumarse a este proyecto emancipador.

Serán años de cabildeo y voluntad férrea por lograr que todos los que quieran la independencia de Cuba se una bajo una sola organización que desde 1882 le ha dicho a Máximo Gómez debe existir para impedir un peligro mayor debido a las intenciones de aquellos que no querían perder sus privilegios, aunque ambicionaban librarse de España: la anexión a los Estados Unidos.

Por eso le expresa a Máximo Gómez la necesidad de crear un Partido que aúne a los que quieren la libertad, como modo de atajar a los anexionistas que desean: “una libertad cómoda” para salvar “(…) a la par su fortuna y su conciencia”

Para alcanzar estas metas desarrolló un gran esfuerzo organizativo, convenciendo y despejando dudas de sus intenciones; limando asperezas y contradicciones y apoyándose en el legado libertario de los hombres que junto a Carlos Manuel de Céspedes habían iniciado el camino de libertad que él pretendía continuar. El resultado de este titánico esfuerzo fue la creación, diez años después del Partido Revolucionario Cubano (PRC).

Esos años se caracterizaron por la prédica incesante del Maestro en su empeño por unir a todas las fuerzas revolucionarias dentro y fuera de Cuba; sus incesantes contactos personales o a través de correspondencia, con las principales figuras de la anterior guerra. El peregrinaje por las tierras de América y el Caribe en busca de apoyo a la causa de Cuba y sobre todo por su prédica dentro de los Estados Unidos, con los núcleos de emigrados que conformarían posteriormente las bases del PRC.

Tras la invitación de los emigrados de Tampa para que hablara en el Club Cubano de esa ciudad, Martí llega a ella el 25 de noviembre de 1891 y habla a los tabaqueros el 26 de ese mismo mes, esta comparecencia suya es conocida como el discurso “Con todos y para el bien de todos”, en el que traza las líneas programáticas del futuro partido y la revolución independentista. Al día siguiente en la conmemoración del décimo aniversario del fusilamiento de los estudiantes Martí vuelve a dirigirse a lo emigrados y su discurso se recoge como “Los pinos nuevos”. Estas comparecencias de Martí marcan el momento de inicio del auge del movimiento revolucionario que culminaría con la creación del PRC y la organización de la Guerra Necesaria. Estas comparecencia de Martí marcan el momento de inicio del auge del movimiento revolucionario que culminaría con la creación del PRC y la organización de la Guerra Necesaria Estas comparecencias de Martí marcan el momento de inicio del auge del movimiento revolucionario que culminaría con la creación del PRC y la organización de la Guerra Necesaria

Pero hagamos un alto en estas labores por la libertad de Cuba que encabeza el Apóstol, simultáneamente por esos mismos meses entre 1889 y 1891 librará una de sus más brillantes batallas por los pueblos de América Latina.

El 24 de mayo de 1888 el presidente de los Estados Unidos “invitó” a los gobiernos de los países hispanoamericanos independiente a una conferencia internacional en Washington, para estudiar, entre otras cosas, la adopción por cada uno de los gobiernos de una moneda común de plata, de uso forzoso en las transacciones comerciales recíprocas entre estados de América.

El 7 de abril de 1890, la Conferencia Internacional Americana recomienda establecer una unión monetaria internacional que como base de esta unión se acuñasen una o más monedas internacionales, uniformes en peso y ley, que pudiesen usarse en todos los países representados en esta conferencia.

El 30 de marzo de 1891 un diplomático de origen cubano que se ganado la confianza de la colonia hispanoamericana de Nueva York, presenta un informe a nombre de Uruguay en la Conferencia Monetaria Internacional de Washington. Es José Martí quien presenta a la conferencia un informe brillantísimo, primero en castellano y después en inglés, recomendando el bimetalismo y recordando de paso que no es “el oficio del continente americano restablecer con otro método y nombre el sistema imperial por donde se corrompen y mueren las repúblicas”.

Martí rechaza las opiniones de la delegación de los Estados Unidos, que aspiraba a la creación de una moneda internacional de plata.

Él deseaba la creación de un sistema de monedas uniformes, que harían más morales y seguras las relaciones económicas de los pueblos. Hace una caracterización de los EE.UU. y del peligro que representaba para América las intenciones de ese país.

Llamaba Martí a que imperara tanto en el comercio como en la política, la paz igual y culta. Que todo cambio de moneda debía hacerse en acuerdo con los países implicados.

Un aspecto muy importante sobre el que llamó la atención fue la unidad económica, al decir “quien dice unión económica dice unión política” y “el pueblo que compra manda”.

Tan ardua fue su batalla que su débil salud se quebranta en aquel “invierno de angustia” de 1890 con la presión del convite de los Estados Unidos, “en que por ignorancia, o por fe fanática, o por miedo, o por cortesía, se reunieron en Washington, bajo el águila temible, los pueblos hispanoamericanos” y nacieron sus testimoniales “Verso Sencillos” (1891) y escribió “Nuestra América”(enero 1891), su modo más completo de ver América Latina y que comentaremos en otra oportunidad.

Ahora ya no era solo la urgencia de la independencia de Cuba, sino de impedir su anexión a los Estados Unidos y tratar de frenar las ambiciones hegemónicas de esa nación sobre América Latina, eso ya estaba claro para José Martí.

Era un titán el hombre que llevaba solo sobre sus hombros tanta responsabilidad en medio de tantas intrigas, divisiones, personalismos, sin perder el orden de sus prioridades y Cuba, su libertad, era lo primero:

El PRC es la coronación del trabajo político de José Martí, el Partido que no es producto de la “(…) vehemencia pasajera, ni del deseo vociferador e incapaz, ni de la combinación temible, sino del empuje de un pueblo aleccionado, que… el mismo Partido proclama, ante de la Revolución su redención de los vicios que afean al nacer la vida republicana”

Ya en enero de 1892 José Martí se reúne en Nueva York con los dirigentes de la Convención Cubana, formada por Francisco Lamadriz, José Dolores Poyo y Fernando Figueredo y les presenta el borrador de las Bases del Partido Revolucionario Cubano.

Esas Bases y los Estatutos serán discutidas el 5 de enero en una reunión efectuada en Nueva York y en la que están presente los clubes de la ciudad y representantes de los clubes de Tampa y Cayo Hueso. Se aprueban las bases y los estatutos y se crea la Comisión Recomendadora de los documentos que preside el propio José Martí.

Se inicia un proceso de discusión y aprobación de los documentos del PRC en los clubes patrióticos de base que involucra a todos los que de una forma u otra anhelaban la independencia de Cuba y Puerto Rico.

Las Bases del Partido proclaman que el objetivo primero del mismo era lograr la independencia de Cuba y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico.

El ordenamiento dentro de una guerra generosa y breve, encaminada a asegurar en la paz y el trabajo, la felicidad de los habitantes de la isla.

Unir a todos los revolucionarios y recaudar los fondos necesarios sin compromisos inmorales ni con hombre, ni entidad alguna.

Cumplir en la vida histórica del continente, los deberes difíciles que su situación geográfica le señale.

Fundar un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer los peligros de la libertad, restaurar la hacienda y salvar al país de los peligros internos y externos que lo amenacen.

Como se puede observar al leer los objetivos del PRC, no es solo la independencia lo que propone fomentar esta organización revolucionaria, sino que como tareas importantes e impostergables se propone impedir la anexión de Cuba a los Estados Unidos y contribuir a la creación de una República equitativa en la que se cumpliera la máxima martiana de “con todos y para el bien de todos”, razón por la cual su constitución fue una factor de unidad nacional de todos los que querían no solo una patria libre, sino para todos sin distinción de riquezas, ni razas, y en la cual las posibilidades fueran iguales. La no mención directa de los Estados Unidos eran razones estratégicas para poder desarrollar el movimiento en el territorio de esa nación que cumplía una neutralidad cómplice acorde con sus intereses.

El 14 de marzo de 1892 aparece el periódico PATRIA dirigido por José Martí, tribuna de la independencia y de todos los cubanos honestos que quisieran expresarse. Jugó un importante rol en el trabajo de preparación y organización de la Revolución Liberadora Cubana convocada por el Apóstol.

A finales de marzo se acelera el trabajo de creación del PRC con la aprobación de las Bases y los Estatutos por los clubes de emigrados revolucionarios.

El 8 de abril José Martí es elegido Delegado del PRC a propuesta de los clubes de Tampa, Cayo Hueso y Nueva York, acompañado por Benjamín Guerra como Tesorero.

Finalmente se acuerda proclamar oficialmente al PRC el 10 de abril de 1892, en el aniversario 23 de la Asamblea de Guaimaro, que proclamó la primera República en Armas.

José Martí fue el alma del PRC, mientras lo dirigió, la organización fue factor aglutinador de todos los que querían la independencia y cumplió a cabalidad el fin práctico para el que fue creado: organizar y dirigir la Guerra Necesaria, pero a su muerte esta razón práctica se convirtió en su único objetivo, olvidando sus continuadores que dicha organización tenía mucho más que hacer en la futura República por nacer.

La Guerra Necesaria, como la llamó Martí se reinició el 24 de febrero de 1895 a ellas se incorporaron los mejores hijos de la ya existente nación cubana, la burguesía de la isla cuidando “sus propiedades” hizo más larga y cruenta la guerra en la que murió un tercio de la población, que aún no llegaba al millón de habitantes, el cubano de hoy siente con orgullo el descender de aquellas generaciones que encabezó el más humilde de nosotros, el que solo quería en su tumba un ramo de flores y una bandera, murió el 19 de mayo de 1895, ¿murió?

José Martí

Las Tres Antillas Hermanas



Autor: Jorge Arche

Las Antillas, que dan hijos brillantes, serán tierras gloriosas.

Ya las veremos resplandecer como las griegas

José Martí

La Feria del Libro de La Habana de este 2012 estará dedicada al Caribe, no solo como sentido geográfico, sino como corpus forjador de culturas, crisol de pueblos y redoma del mestizaje nuestro, concepto que permite convocar a estas culturas mulatas, desde San Salvador de Bahía a New Orleáns, pasando por ese reguero hermoso de esmeraldas que es el Arco de las Antillas.

En homenaje a estas tierras nuestras y al antillano mayor, que cumplirá 159 años este 28 de enero, van estas líneas sobre su visión del papel geo-político e integrador que tienen estas naciones.

La presencia de José Martí en los países latinoamericanos le descubre a este hombre de pensamiento abarcador y sagaz una realidad nueva con la cual se va a identificar desde un principio. Entra en contacto con los pueblos hispanoamericanos y sus realidades inmediatas, primero en un acercamiento de simpatía e identificación con su cultura e historia, sus problemáticas sociales y las secuelas caudillistas herencia del colonialismo español.

Hombre de gran cultura y pensamiento avanzado José Martí se enfrenta a una Hispanoamérica subvalorada por sus propios hijos muy en especial por su clase intelectual y política que cree vivir una especie de fatalismo cultural por el hecho de haber nacido en naciones nuevas, con realidades nuevas, pero que ellos identifican casi unánimemente como zonas de barbarie e incivilización.

Liderada por las oligarquías criollas, vacilantes y clasistas, soñando con refundar Europa en medio de un singular paisaje natural y humano eran hijos de América pero no se reconocían en ella. Gamonales y terratenientes manejan a la desgajada América hispana como grandes coto de despotismo sin corona, acentuando su poder sobre las masas indias, negras y mestizas, base de este mundo singular que pretenden desconocer.

En José Martí se da un acercamiento maduro a las concepciones de una América Latina con personalidad propia y llena de cualidades sociales y espirituales capaces de llenar de orgullo a sus hijos cuando la descubren y valoran. Con una historia propia nacida de sus raíces aborígenes con sus cumbres en las culturas maya, azteca e inca; mezclada de forma dramática con las culturas occidentales y africana, de las cuales nace una fuerza nueva, con las cualidades de su herencia y las dificultades de sus prejuicios.

Allí atisbó Martí, pegado al pulso de México, las huellas de una humanidad nueva que había crecido en esta parte del mundo, razas maltratas y preteridas, humilladas por el orgullosos europeo. Asombrado de las ruinas precolombinas se fue llenando de un sentido de pertenencia que crece en la medida que son mayores sus contactos con otros pueblos de la dormida América, esa que poco a poco pasó a ser Su América, Nuestra América.

En medio de este aprendizaje de identidad conoce los complejos de la intelectualidad hispanoamericana, deslumbrada con una cultura europea que añora para sí y avergonzada de su indiada, sus negros y su mestizaje, que posteriormente.

En este rico y confuso medio social, Martí comprende que no habrá nación, ni identidad en América Latina, si estos pueblos y en especial su intelectualidad, no asume toda su herencia cultural, con sus grandezas y nimiedades, sus orgullos y sus bochornos, para crecer sobre unos y otros, como patria nueva de intereses comunes.

De estas meditaciones nace su ensayo “Nuestra América[1], ese gran manifiesto cultural, político e identitario que no caduca y que define como ningún otro documento suyo, sus ideas sobre América Latina y su futuro.

La primera advertencia del documento es contra el “caudillismo”, fenómeno muy arraigado en Latinoamérica y que convierte a los países y territorios de esta parte del mundo en feudos y fincas particulares: “Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifiquen al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal”[2]

No ignora el Apóstol el peligro que significa los Estados Unidos para la existencia misma de América Latina por eso señala el peligro que representa la otra América, emprendedora, pujante, ambiciosa, que nos desprecia y desea someter. Ante este peligro él antepone la superación de los problemas que frenan a las naciones latinoamericanas; la unidad y la integración en un solo pueblo para enfrentar este reto.

Si una consideró a la América Latina, una y muy importante, consideró a las “tres Antillas hermanas”[3], esa que, “(…) se tienden los brazos por sobre los mares y se estrechan ante el mundo, como tres tajos de un mismo corazón sangriento, como tres guardianes de la América cordial y verdadera, que sobrepujará a la América ambiciosa como tres hermanas”[4]

A lo largo de su bregar por la independencia de las dos islas que aún ocupaba España en América(Cuba y Puerto Rico), no deja el Apóstol en insistir en lo esencial que resultaba el reconocimiento entre los hijos de estas islas aún colonias y los que vivían en las dos Repúblicas asentada en la isla de Santo Domingo(República Dominicana y Haití), “(…)las tres vigías de la América hospitalaria y durable, las tres hermanas que de siglos atrás se vienen cambiando los hijos y enviándose los libertadores(…)[5]

En un escrito aparecido en el periódico Patria en mayo de 1892 dedicado a homenajear al “criollo irreductible” puertorriqueño Román Baldorioty Castro, Martí analiza con razones contundentes la necesario unidad que ha de existir entre las tres grandes islas por donde comenzó la conquista de América y asiento de una cultura mestiza y singular que simboliza lo mejor de este “ajiaco” cultural criollo y que él con sagacidad política y conocimiento de su historia, intuye su dilema alternativo: si libre, bastión de la libertad y dignidad de Latinoamérica, si sometida a las apetencias yanquis, punta de lanza de la ambición imperial norteamericana.

Su análisis objetivo y conmovedor da razones para la unidad antillanista dentro del conglomerado latinoamericano:

“No parece que la seguridad de las Antillas, ojeadas de cerca por la codicia pujante, dependa tanto de la alianza ostentosa, en lo material insuficiente, que provocase reparo y justificara la agresión como de la unió sutil y manifiesta en todo(…)de las islas que han de sostenerse juntas, o juntas desaparecer en el recuento de los pueblos libres”[6]

Martí no alienta la formación de una sola República Antillana, ante todo por los recelos que habrían de levantar tales ideas en las oligarquías locales y más aún en los Estados Unidos, que como bien dice él, tendría pretexto para una agresión. Pero sí exhorta a la solidaridad y unidad “sutil y manifiesta” en “todo”, para seguir siendo libres.

Más adelante advierte de los peligros internos que pueden quebrantar la necesaria unidad entre las islas de las Antillas hispanas, “(…)la rivalidad de los productos agrícolas, o por diversidad de hábitos y antecedentes, o por el temor de acarrearse la enemiga del vecino hostil”[7], fuera de esos obstáculos eran y son más los factores que nos unen y hacen posible nuestra identificación como pueblos hermanos.

Desde Nueva York, siguiendo la política de la naciente potencia imperialista, se da cuenta que en esta expansión dominadora de las clases dominantes en los Estados Unidos pasa en primer lugar por el dominio de ese ramillete de isla que son Las Antillas, concepción que en términos geopolíticos en su época abarcaba a las islas mayores del archipiélago caribeño y que el peligro inminente se cernía sobre Cuba y Puerto Rico, restos del fenecido imperio español en América.

Por eso su activa labor de denunciar ante los pueblos latinoamericanos y el mundo las no disimuladas pretensiones hegemónicas de los yanquis:

“(…)Walker fue a Nicaragua por los Estados Unidos; por los Estados Unidos, fue López a Cuba. Y ahora cuando ya no hay esclavitud con que excusarse, está en pie la liga de Anexión; habla Allen de ayudar a la de Cuba; va Douglas a procurar la de Haití y Santo Domingo; tantea Palmer la venta de Cuba en Madrid; fomentan en las Antillas la anexión con raíces en Washington, los diarios vendidos de Centroamérica; y en las Antillas menores, dan cuenta incesante los diarios del norte, del progreso de la idea anexionista(…)[8]

Por eso insiste constantemente que “las Antillas libres salvarán” a Hispanoamérica, por la necesidad ya no solo de expulsar a España de Cuba y Puerto Rico, sino para impedir la expansión norteamericana, este tema es una de las cuestiones cardinales en la obra martiana.

Vincula este asunto a la independencia de Cuba, aduciendo la gran importancia estratégica que ella tiene en el desarrollo o fracaso de los planes expansionistas de Estados Unidos, argumentando que la Revolución en Cuba “(…)No solo ese santa por lo que es; sino que es un problema político, para garantizar las Antillas y Nuestra América antes de que los Estados Unidos condensen en nación agresiva las fuerzas de miseria, rabia y desorden que encontrarán empleo en la tradición de dominarnos[9]

La independencia de Cuba ya no es para José Martí solo un problema nacional, sino el cumplimiento de una necesidad política y social que consolidara la existencia misma de América Latina ante el peligro hegemónico en desarrollo en los Estados Unidos, ideas que quedan claras cuando escribe de los comentarios de la prensa de ese país que de forma descarada baraja ya por donde continuar la expansión “(…) ¿En qué dirección se ha de mover nuestra bandera?“, dice el Sun en un artículo odioso, “¿sobre el norte, o sobre el sur, o sobre alguna de las Antillas?”[10]

Ya por estos años había comenzado la intervención abierta de los Estados Unidos en los asuntos de los pueblos de Las Antillas, la República de Haití era víctima de estas intrigas para arrebatarle parte de su territorio y crear una base carbonera en la península de San Nicolás cruce estratégico de los mares caribeños. Era el antecedente de la tristemente célebre política del “Gran Garrote” que se enseñoreó por estas tierra a principios del siglo XX. Martí siguió las noticias de la intromisión de los norteamericanos en los asuntos internos de Haití y nos habla de cómo apoyaron con recursos y armas al sublevado Hipolite hasta derrocar al gobernante legítimo.

Por Cuba, por América Latina y por Las Antillas se esfuerza Martí por lograr la unidad de los cubanos para “(…)impedir a tiempo, como dijera a Mercado, con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América[11], esa es la tarea titánica que se impuso y más difícil aún fue la labor de hacerse entender por los que veían en la nación del norte el modelo de nación posible para nuestros países.

Las Antillas son vistas por José Martí como el fiel de América, el equilibrio entre los dos conglomerados sociales desarrollados a partir de la colonización, poblados por pueblos muy diferentes y con un desarrollo económico y social distinto. Al norte se había crecido la nación industrializada, fuerte, autosuficiente y ambiciosa, producto de siglos de desarrollo capitalista; al sur, aletargadas y desunidas, crecían las románticas naciones, producto de la codicia usurera de un reino que siempre vio en la América Nuestra la fuente de sus riquezas a cualquier costo y destruyó culturas, trajo una oleada de esclavos negros y sin proponérselo, creo un crisol cultural formidable, económicamente débil, pero sentado sobre tierras feraces.

A partir de la publicación de “Nuestra América” Martí promueve la necesidad de Hispanoamérica de reconocerse, buscarse en sí misma, no solo en cada fragmento de República, sino en un todo abarcador para impedir el paso al gigante con botas de siete leguas.

Dentro de este modelo de unidad, había una prioridad básica, la independencia de Cuba y Puerto Rico por ser “(…) indispensables para la seguridad, independencia y carácter definitivo de la familia hispanoamericana en el continente donde los vecinos de habla inglesa codician la clave de las Antillas para cerrar en ellas todo el Norte por el istmo, y apretar luego con todo este peso por el Sur”[12]

Aquella preocupación obsesiva, aquellos valientes advertencias que no solo iban en cartas privadas, sino que fueron escritas en artículos y ensayos periodísticos, no fueron oídas o atendidas por la gente de su tiempo; premonitorio, como un Oráculo del futuro americano y en especial de las Antillas, que se desató apenas tres años después de su muerte con la intervención norteamericana en la guerra de independencia cubana, y fue el Caribe el lago privado de las cañoneras yanquis, que ocuparon Cuba y dejaron la Enmienda Platt, convirtieron a Puerto Rico en un eufemístico Estado Libre Asociado, desembarcaron en Santo Domingo, Haití y Nicaragua, imponiendo su ley y exigiendo sus cobros, se adueñaron del istmo de Panamá y levantaron el canal interoceánico y aplicaron de forma altanera y descarada su política de conveniencia en las Repúblicas Centroamericanas convertidas en las descoloridas “Repúblicas Bananeras”. Era la triste consecuencia que previó Martí con la expansión imperial y que resumió en estas palabras:

“(…)En el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial(…)- y si libres- y dignas de serlos por el orden de la libertad equitativa y trabajadora- serían en el continente la garantía del equilibrio”[13]

“Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo[14]


[1]Publicado por primera vez el 1 de enero de 1891 en La Revista Ilustrada de Nueva York y en el periódico El Partido Liberal de México el 30 de enero del mismo año.

[2] Nuestra América. Pág. 13 Centro de Estudios Martianos, 1991

[3] Así llamó en múltiples ocasiones a las tres grandes islas de archipiélago antillano, colonizadas en principio por España y unidas por estrechos vínculos culturales e históricos.

[4] Periódico Patria, 14/5/1892. T. P. 405

[5] Ídem, p. 406

[6] Ídem, p. 405

[7] Ídem, p. 405

[8] La Nación. Buenos Aires, 20/12/1889.Obras Completas T. VI, p. 62

[9] Obras Completas. T. XXII, p. 256

[10] La Nación. Buenos Aires, 24/1/1890.Obras Completas. T. VI. P. 65

[11] Ídem

[12] Patria, 19/8/1893. Obras Completas T. II, pp.273-274

[13] Periódico Patria, abril / 1894. Obras Completas. Tomo III, p. 142

[14] Carta a Federico Henríquez y Carvajal, 25/3/1895.Obras Completas T. IV, p. 111

José Martí, Opinión

José Martí, el pensamiento que acompaña


Autor: Jorge Arche

La realidad suele ser más rica que la imaginación del hombre, y esa realidad nos ha legado a los cubanos una biografía que aún inconclusa, idealizada y en el claroscuro de la leyenda y la irreverencia, nos da un espíritu grande que crece con el tiempo y se niega a ser historia pasada para convertirse en andante a nuestro lado en las tareas del diario.

Hablamos de José Martí.

José Martí es de esos hombres que tienen la interesa de cargar con la responsabilidad de un pueblo en sus anhelos cotidianos, de saber cuando la madurez de la conciencia colectiva puede ser compulsada para empeños mayores, como ese de llamar a un pueblo esclavo a darse un lugar entre los libres y no detenerse en solo en ese empeño, sino avizorar que no bastaba llegar al libre albedrío de pueblo y de hombre, sino que era necesario cambiar las bases sobre las que una nación debía crecer, “con todos y para el bien de todos”

El hombre que hoy convocamos fundó un partido para abarcar a todos los patriotas, crear una nación y salir adelante en los desafíos que los nuevos tiempos tendían a su pueblo. Pero no se detuvo en el limitado espacio geográfico de su isla y fue latinoamericano y universal; palpitó con todos los humildes de su continente virgen y amplió su corazón para concluir con la humanidad por patria.

Si de tal hombre hablamos, cómo no preguntarnos el mejor modo de seguir su ejemplo, no solo con la admiración del espectador ante una obra grande, sino con la humildad del vivir diario, el intento por ser buenos y la tarea de hacer nuestra parte en la humana labor de crecer.

En 1882 José Martí escribió para el periódico caraqueño El Nacional:

“El espíritu humano nace a caballo y con espuelas, y apenas se aposenta en el cuerpo que le cabe en suerte, emprende su viaje en busca de la solución de sí mismo, y del punto en que ha de confundirse con el espíritu universal. Anhela saberlo todo. Desfallece cuando ve que no le alcanza su hora terrenal para darse cuenta de todo lo que hay sobre la tierra. Agradece cada libro nuevo, que le abre un nuevo horizonte. Lo oscuro y vacío lo llena de ira. Quiere reconstruir lo pasado y adivinar el futuro…”

Sobre esta base de construcción personal, de búsqueda de la perfectibilidad, de inquietud ecuménica y de responsabilidad construyó su propia personalidad tan humana que hoy no deja de sorprendernos en su afán de mantenerse vivo, vigente y sencillo.

José Martí, Opinión

Reformas en Cuba



Estoy de recuento y relecturas, como el que pasa balance y espera encontrar en lo hecho energía para emprender un nuevo año de retos y problemas por resolver. No soy dado a repetir consigna, ni seguir la ola que viene, aunque esta me lleve a la cresta, al final la ola se deshace en la orilla dejando una huella de espumas, bellas, pero efímera e inútil cuando se trata de una obra social.

En ese releer encontré un trabajo que abrí con un exergo tomado de José Martí en su ensayo “Nuestra América”:El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!”, que nos va muy bien a los que estamos enfrascado en esta obra impulsada por la necesidad de hacer avanzar este proyecto justo y autóctono que tiene a la justicia social y al ser humano como objetivos más importantes.

Allí escribí de una Revolución sui géneris en América, encabezada por Fidel Castro y con bases profundamente populares, que venía a llenar el vacío de justicia y completar las esperanzas frustradas y pospuestas de un pueblo que generación tras generación vio malogrado el sueño martiano de tener una República “con todo y para el bien de todos” y padeció gobiernos “democráticos” con un concepto muy estrecho de pueblo y unos bolsillos muy anchos y esquilmadores.

Han sido años difíciles, este proceso se ha erguido a pesar de los poderosos enemigos, interno y externos que ha tenido, a pesar de las mentiras que han tratado de ocultar la verdad de un pueblo que mide sus logros no por haber llenado de rascacielos y deslumbrantes centros de lujos sus ciudades, sino por su red de escuelas, hospitales, centros científicos, todos con un sentido humanista y no de lucro; que puede vanagloriarse por haber eliminado o disminuido a niveles ínfimos flagelos y vicios que hoy caracterizan a buena parte de la sociedades consumistas, cuyos patrones para medir el progreso parten del consumo y no por la satisfacción de las necesidades básicas de la gente.

Eso escribí entonces y lo sostengo ahora con más convicción porque acompaño con absoluta confianza a los que enrumban a la Revolución Cubana por un camino más realista, dejando atrás concepciones que solo acomodaron a buena parte de la sociedad a las dádivas del Estado, desestimulando al trabajo y la creatividad como los motores principales creadores de riqueza, creando un diabólico mecanismo burocrático que se ha convertido en la principal traba de las reformas impulsadas por el Partido y el Estado, al tiempo que propicia la corrupción abierta y encubierta y que de hecho se ha convertido ya en el principal enemigo del proceso revolucionario.

El jefe de estado cubano Raúl Castro ha dicho públicamente en el Parlamento Cubano:

“Estoy convencido de que la corrupción es hoy uno de los principales enemigos de la Revolución, mucho más dañino que la actividad subversiva e ingerencista del gobierno de los Estados Unidos y sus aliados dentro y fuera del país…”[1]

Más adelante agregó:

“Tenemos muy presente la alerta de Fidel el 17 de noviembre del 2005 en el Aula Magna de la Universidad de La Habana… al referirse a que este país puede autodestruirse por sí mismo, que hoy el enemigo no puede hacerlo, nosotros sí, y sería culpa nuestra –concluía el Jefe de la Revolución en aquella ocasión. Por eso acordamos hace dos días, en el III Pleno del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, que acabaremos con esa plaga parasitaria”[2]

Confío, como gente de a pie, en los rumbos que han tomado las reformas en Cuba, que no es de vitrina, ni para complacer a los enemigos de esta sociedad, sino necesidad vital para renovar y sobrevivir en este mundo convulso y egoísta.

Nuestro Martí, cuya ideología está en la base de este proceso que dura a pesar de los pesares, lapidó a los que conociendo un proceso o ignorándolo, se atreven a deslegitimizarlo y dijo: “Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz”


[1] Raúl Castro. Discurso ante la Asamblea Nacional del Poder Popular. Granma, 24/12/2011

[2] Ídem

José Martí, Opinión
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