Cultura Cuba

Un Blog para dar a conocer la cultura cubana, su gente y su historia, en pocas palabras.

 

Archivo de Octubre, 2011

10 de octubre


Esta es la bandera de Céspedes, la que hondeó en Bayamo el día de su entrada en la villa, bordada por manos de mujer y cargada de todos los presagios heroicos. Ella es hoy un símbolo y preside el Parlamento Cubano, tiene los colores invertidos de la bandera chilena, por las simpatías que este gobierno mostró a las intenciones libertarias de los cubanos, en Guaimaro los asambleísta escogieron a la bandera de Narciso López por ser la primera por la que se derramó sangre cubana, la de Céspedes, modesta y orgullosa cedió su lugar, pero no sus glorias.

En 1887 en el Salón de Actos de Masonic Temple de Nueva York, se reúne la emigración cubana para celebrar aquel día glorioso en que Céspedes inicia el camino a la independencia, el orador principal fue José Martí, su palabras fueron el inicio de un nuevo esfuerzo para alcanzar la independencia, es por ellos que citamos fragmentos de aquel memorable discurso en ocasión del 143 aniversario de aquella gesta:

«“¡Demajagua!“, decía uno de nuestros oradores: “¡plegaria”,decía otro: ¡así es como debemos conmemorar aquella virtud, con los acentos de la plegaria! Los misterios más puros del alma se cumplieron en aquella mañana de la Demajagua, cuando los ricos, desembarazándose de su fortuna, salieron a pelear, sin odio a nadie, por el decoro, que vale más que ella: cuando los dueños de hombres, al ir naciendo el día, dijeron a sus esclavos: “¡Ya sois libres!” ¿No sentís como estoy yo sintiendo, el frío de aquella sublime madrugada?. . . ¡Para ellos, para ellos todos esos vítores que os arranca este recuerdo glorioso! ¡Gracias en nombre de ellos, cubanas que no os avergonzáis de ser fieles a los que murieron por vosotras: gracias en nombre de ellos, cubanos que no os cansáis do ser honrados!

« ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué nos alienta, a más de nuestra gratitud, para reunimos a conmemorar a nuestros padres? ¿Qué pasa en nuestras huestes, que el dolor las aumenta y se robustecen con los años? ¿Será que, equivocando los deseos con la realidad, desconociendo por la fuerza de la ilusión o de nuestra propia virtud las leyes de naturaleza que alejan al hombre de la muerte y el sacrificio, queramos infundir con

este acto nuestro, con este ímpetu, con este enuncio, esperanzas que son culpas cuando pueden costar la vida al que las concibe, y el que las pregona no puede realizarlas? ¿Será que sometiendo como vulgares ambiciosos el amor patrio al interés personal o la pasión de partido, estemos tramando con saña enfermiza el modo de echar inoportunamente sobre nuestra tierra una barcada de héroes inútiles, impotentes acaso para acelerar la agregación inevitable de las fuerzas patrias, aun cuando llevasen, con la gloria de su intrepidez, el conocimiento político y la cordial grandeza que han de sustentarla?

«¡Pues por eso estamos aquí: porque la prudencia puede refrenar, pero el fuego no sabe morir; porque el amor a nuestro país se nos- fortalece con los desengaños, y es superior a todos ellos; porque el pesar de vernos ofendidos por los que no saben imitar nuestra virtud, es menos poderoso que este impulso de los que morimos en silencio fuera del suelo natal, para prolongar siquiera la vida recordándolo; porque tal vez divisamos el peligro, y nos aparejamos a ser dignos de él!

………………………

«Como la libertad es la sombra de la tiraría, como las virtudes florean sobre los cadáveres de los que las poseyeron, como la juventud orea los pueblos cansados, allí donde el sol brilla, donde las palmeras visitadas del rayo ya retoñan, donde cruzan centelleando por el aire las almas de los héroes, donde en el silencio de los caminos hay aún bastante sombra para el honor , ¡Se levanta con nuevo poder, con el poder de la indignación contenida, aquel pueblo que han dado por muerto los que aunque vivan en su seno, lo desconocen u olvidan, los que no cambian todas las glorias y bienes del mundo por el placer inefable de oírlo palpitar¡

«Dicen que es bello vivir, que es grande y consoladora la naturaleza, que los días, henchidos de trabajos dichosos, pueden levantarse al cielo como cantos dignos de él, que la noche es algo más que una procesión de fantasmas que piden justicia, de mejillas que chispean en la oscuridad, de hombres avergonzados y pálidos. Nosotros no sabemos si es bella la vida. Nosotros no sabemos si el sueño es tranquilo. ¡Nosotros sólo sabemos sacarnos de un solo vuelco el corazón del pecho inútil, y ponerlo a que lo guíe, a que lo aflija, a que lo muerda, a que lo desconozca la patria! ¿Con qué palabras, que no sean nuestras propias entrañas, podremos ofrecer otra ves a la patria afligida nuestro amor, y decir adiós hasta mañana, a las sombras ilustres que pueblan el aire que esta ungiendo esta noche nuestras cabezas? ¡Con velar por la patria sin violentar sus destinos con nuestras pasiones: con preparar la libertad de modo que sea digna de ella!»

Historia, José Martí

José Martí, biografía de un cubano



El joven Martí

Autor

Enrique Caravia

Con los pobre de la tierra

Quiero yo mi suerte echar:

El arroyo de la sierra

Me complace más que el mar

Esta hermosa cuarteta, parte de sus Versos Sencillos publicados en la madurez de su vida, definen a un hombre que dedicó su existencia a los seres humanos, no solo a los de su familia, su patria o aquellos con los que tenía afinidades culturales, a todos, con un sentido ecuménico que contrasta con su humildad; demostrando que lo más importante para los que vivimos en este planeta y nos llamamos seres racionales es encontrar un sentido de vida que armonice con la humanidad a la que debemos el ser quienes somos, por su obra de acumulación cultural, la espiritualidad forjada y en crecimiento constante y la lucha perenne por la búsqueda de la bondad, sin exclusión, ni intolerancia.

José Martí nació en La Habana el 28 de enero de 1853, cuando Cuba era una colonia de España, una colonia que tenía uno de los grupos burgueses más ricos del mundo occidental que construyó su fortuna en el breve espacio de poco más de medio siglo, basándose en la superexplotación de unos seres humanos arrancados de África y tratados como bestia mientras producían esas inmensa riquezas para esa minoría.

Martí era hijo de emigrantes españoles, gente humilde que vino a Cuba a mejorar su fortuna y su situación, gente honrada que conformaban la base de la sociedad de la isla.

Fue en la escuela donde su despierta inteligencia encontró modo de explicarse algunas cosas que la vida le mostraba y no entendía, quizás la primera de ella fue la esclavitud, tan cotidiana en la Cuba de la década del sesenta (“La esclavitud de los hombres es la gran pena del mundo”) cuando iba al Colegio de Rafael María de Mendive, un cubano, poeta, pedagogo diestro y partidario de la independencia, cuya influencia reconoció siempre Martí.

Junto a él y sus condiscípulo vibró con el levantamiento de los cubanos para luchar por la libertad (10 de octubre de 1868) y conspiró con apenas quince años en la levantisca Habana, donde aparecieron sus primeros escritos políticos (“O Yara o Madrid”), una valiente alternativa a la que fue consecuente cuando era detenido por conspirar y defendió en el juicio primero el derecho de su patria y dejó en manos de aquel tribunal militar la condena: seis años de encierro con trabajo forzado (4 de marzo de 1870)

Desde esta época con apenas 17 años conoce los horrores de la cárcel y los describe con la veracidad y la fuerza de su poca edad, (“El Presidio Político en Cuba”) serán sus padres, batalladores y fuertes quienes logren una conmutación de pena por el destierro para el hijo deshecho por el trabajo brutal en apenas seis meses del trabajo en canteras.

En enero de 1871 sale rumbo a España, grandes son las penas, pero muchas más sus esperanzas y compromisos políticos, que en su caso no eran con nadie más que con su conciencia, Cuba era su razón de ser y su vida demostrará esa entrega casi fanática y que le reprocharán siempre sus grandes amores: la esposa y su madre.

Breve pero marcadora será su presencia en España (1871-1874), esa para la que tiene el sentimiento encontrado de amor y discrepancia, que no odio albergó en su pecho para la nutricia tierra que admiró y respetó, al mismo tiempo que aprendió a combatirla en su empecinamiento de cerrar los ojos ante una realidad cierta desde hacia mucho tiempo, Cuba, ya no era “La siempre fiel” y quería ser independiente. Estudió en Madrid y Zaragoza y con talento y entrega pudo hacerse de los títulos de Derecho Civil y Canónico y Filosofía y Letras, carreras ambas a las que sacaría un gran provecho intelectual, pocos recursos económicos y ningún título, pues nunca tuvo dinero para comprarlos.

Terminados sus estudios se traslada a México (enero de 1875) donde lo espera su familia, allí hará carrera como periodista y afianza un prestigio intelectual que lo hará habitual en las tertulias de la capital mexicana y sus teatros. En México se enamora de una joven cubana y con ella se casa en diciembre de 1877, poco antes ha tenido que dejar México, la llegada al poder de Porfirio Díaz es el motivo principal de su retiro a Guatemala donde lo reciben favorablemente la intelectualidad y los funcionarios del gobierno, conociendo su ilustración y sus dotes para el discursos y la palabra escrita. Su folleto “Guatemala”, escrito al calor de la noble acogida de este pueblo, es un atisbo de cuánto espera el de su América mestiza, esa que ya conoció en México y que poco a poco crece en su corazón por su historia, su autenticidad y grandeza, negada en muchos casos por los propios intelectuales de estas tierras, avergonzados de tanto indio descalzo y tantas costumbres “añejas”.

En 1878 regresa a Cuba, había terminado la guerra y se le permite establecerse en La Habana, su esposa viene embarazada y en noviembre de 1878 trae al mundo a su hijo único, José Francisco Martí Zayas Bazán, a quien dedicara su primer poemario impreso, “Ismaelillo” (1882), razón por la cual muchos le llamaron de esta manera. Este poemario es capital en la poesía martiana, versos fundacionales, no hay modernista que no lo asuma como en la raíz del movimiento que encabezó Darío, que llamó a Martí Maestro.

Pero Martí en medio de sus alegrías tiene un gran dolor, Cuba sigue siendo colonia y la mayoría de los intelectuales habaneros creen que la vía de las reformas resuelve los problemas de Cuba, por eso conspira, por eso se une a los pocos que creen en la independencia y por eso las autoridades españolas lo vuelven a deportar a España (septiembre de 1879)

Breve fue su estancia en España, en enero de 1880 llega Nueva York para unirse al movimiento conspirativo que dirige una nueva insurrección en Cuba y que tiene sus bases en la fuerte colonia cubana de Nueva York. Pocos meses después fracasa el intento y le toca a él asumir el triste papel que nunca quiso para sí, llamar a los insurrectos a deponer las armas, esto le ganó enemigos, sembró desconfianzas y dividió a los cubanos del exilio patriótico. Es ahora un hombre decepcionado, desconocido, con un gran talento y una enorme voluntad para llevar adelante sus planes de organizar un nuevo movimiento independentista en Cuba. El tiempo, su constancia e inteligencia, se unirían a esos factores históricos que hacen posibles los cambios en un pueblo que los necesita y que ya había luchado por ellos.

En 1880 permanece seis meses en Venezuela, período de intenso estudios de la historia y la realidad de su América, del contacto con intelectuales liberales de ese y otros países y de confrontar con un dictador como Guzmán Blanco que finalmente lo expulsa en julio de 1880. De esa etapa el aprendizaje y el compromiso con los suyos, que ya no son solo los cubanos, sino los hispanoamericanos.

Regresa a Nueva York y reemprende una intensa colaboración con periódicos del continente, El Nacional en Caracas, La Nación de Buenos Aires y El Liberal de México, base para que otros difundan sus crónicas y ensayos sobre la actualidad del mundo y de los Estados Unidos, con una mirada moderna, justa y siempre con un objetivo fundamental, que se conociera mejor en estas tierras de América, la realidad del capitalismo tanto en Europa como en los Estados Unidos (“Viví en el monstruo y le conozco las entrañas”), mostrando luces y sombras, contrastando y tomando distancia del elogio adulón de algunos intelectuales en el continente.

El período de cinco años que median entre 1882 y 1887 fueron años de consolidación intelectual de un hombre que en lo político ya tenía definida su línea de idea, Cuba y su independencia, que desarrolló una intensa actividad diplomática al presidir los consulado de Uruguay, Paraguay y Argentina en Nueva York, que tradujo para la firma Applenton, libros del francés y el inglés para el español y que consolidó un prestigio intelectual que puso en función de esos grandes objetivos políticos que se propuso.

El 10 de octubre de 1887 pronuncia en Nueva York un importante discurso ante la emigración cubana que marca su regreso a las gestiones conspirativas para lograr la independencia de Cuba, desde ahora nada lo detendrá. En noviembre lo nombran presidente de la Comisión Ejecutiva para organizar los trabajos revolucionarios con esos fines, entra en contacto con los revolucionarios cubanos en Cayo Hueso y días después invitan a Máximo Gómez y Antonio Maceo a sumarse a este proyecto emancipador.

Serán años de cabildeo y voluntad férrea por lograr que todos los que quieran la independencia de Cuba se unan bajo una sola organización que desde 1882 le ha dicho a Máximo Gómez debe existir para impedir un peligro mayor debido a las intenciones de aquellos que no querían perder sus privilegios, aunque ambicionaban librarse de España: la anexión a los Estados Unidos.

Por eso le expresa a Máximo Gómez la necesidad de crear un Partido que aúne a los que quieren la libertad, como modo de atajar a los anexionistas que desean: “una libertad cómoda” para salvar “(…) a la par su fortuna y su conciencia”

Para alcanzar estas metas desarrolló un gran esfuerzo organizativo, convenciendo y despejando dudas de sus intenciones; limando asperezas y contradicciones y apoyándose en el legado libertario de los hombres que junto a Carlos Manuel de Céspedes habían iniciado el camino de libertad que él pretendía continuar. El resultado de este titánico esfuerzo fue la creación, diez años después del Partido Revolucionario Cubano (PRC).

Esos años se caracterizaron por la prédica incesante del Maestro en su empeño por unir a todas las fuerzas revolucionarias dentro y fuera de Cuba; sus incesantes contactos personales o a través de correspondencia, con las principales figuras de la anterior guerra. El peregrinaje por las tierras de América y el Caribe en busca de apoyo a la causa de Cuba y sobre todo por su prédica dentro de los Estados Unidos, con los núcleos de emigrados que conformarían posteriormente las bases del PRC.

Tras la invitación de los emigrados de Tampa para que hablara en el Club Cubano de esa ciudad, Martí llega a ella el 25 de noviembre de 1891 y habla a los tabaqueros el 26 de ese mismo mes, esta comparecencia suya es conocida como el discurso “Con todos y para el bien de todos”, en el que traza las líneas programáticas del futuro partido y la revolución independentista. Al día siguiente en la conmemoración del décimo aniversario del fusilamiento de los estudiantes Martí vuelve a dirigirse a lo emigrados y su discurso se recoge como “Los pinos nuevos”. Estas comparecencias de Martí marcan el inicio del auge del movimiento revolucionario que culminaría con la creación del PRC (10 de abril de 1892) y la organización de la Guerra Necesaria.

Pero hagamos un alto en estas labores por la libertad de Cuba que encabeza el Apóstol, simultáneamente por esos mismos meses entre 1889 y 1891 librará una de sus más brillantes batallas por los pueblos de América Latina.

El 24 de mayo de 1888 el presidente de los Estados Unidos “invitó” a los gobiernos de los países hispanoamericanos independiente a una conferencia internacional en Washington, para estudiar, entre otras cosas, la adopción por cada uno de los gobiernos de una moneda común de plata, de uso forzoso en las transacciones comerciales recíprocas entre estados de América.

El 7 de abril de 1890, la Conferencia Internacional Americana recomienda establecer una unión monetaria internacional que tuviera como base la acuñación de una o más monedas internacionales, uniformes en peso y ley, que pudiesen usarse en todos los países representados en esta conferencia.

El 30 de marzo de 1891 un diplomático de origen cubano que se había ganado la confianza de la colonia hispanoamericana de Nueva York, presenta un informe a nombre de Uruguay en la Conferencia Monetaria Internacional de Washington. Es José Martí quien presenta a la conferencia un informe brillantísimo, primero en castellano y después en inglés, recomendando el bimetalismo y recordando de paso que no es “el oficio del continente americano restablecer con otro método y nombre el sistema imperial por donde se corrompen y mueren las repúblicas”.

Martí rechaza las opiniones de la delegación de los Estados Unidos, que aspiraba a la creación de una moneda internacional de plata. Propone la creación de un sistema de monedas uniformes, que harían más morales y seguras las relaciones económicas de los pueblos. Hace una caracterización de los EE.UU. y del peligro que representaba para América las intenciones de ese país.

Llamaba Martí a que imperara tanto en el comercio como en la política, la paz igual y culta. Que todo cambio de moneda debía hacerse en acuerdo con los países implicados.

Un aspecto muy importante sobre el que llamó la atención fue la unidad económica, al decir “quien dice unión económica dice unión política” y “el pueblo que compra manda”.

Tan ardua fue su batalla que su débil salud se quebranta en aquel “invierno de angustia” de 1890 con la presión del convite de los Estados Unidos, “en que por ignorancia, o por fe fanática, o por miedo, o por cortesía, se reunieron en Washington, bajo el águila temible, los pueblos hispanoamericanos” y nacieron sus testimoniales “Verso Sencillos” (1891) y escribió “Nuestra América”(enero 1891), su modo más completo de ver América Latina y que comentaremos en otra oportunidad.

Ahora ya no era solo la urgencia de la independencia de Cuba, sino de impedir su anexión a los Estados Unidos y tratar de frenar las ambiciones hegemónicas de esa nación sobre América Latina, eso ya estaba claro para José Martí.

Era un titán el hombre que llevaba solo sobre sus hombros tanta responsabilidad en medio de tantas intrigas, divisiones, personalismos, sin perder el orden de sus prioridades y Cuba, su libertad, era lo primero:

El PRC es la coronación del trabajo político de José Martí, el Partido que no es producto de la “(…) vehemencia pasajera, ni del deseo vociferador e incapaz, ni de la combinación temible, sino del empuje de un pueblo aleccionado, que… el mismo Partido proclama, ante de la Revolución su redención de los vicios que afean al nacer la vida republicana”

Ya en enero de 1892 José Martí se reúne en Nueva York con los dirigentes de la Convención Cubana, formada por Francisco Lamadriz, José Dolores Poyo y Fernando Figueredo y les presenta el borrador de las Bases del Partido Revolucionario Cubano.

Esas Bases y los Estatutos serán discutidas el 5 de enero en una reunión efectuada en Nueva York y en la que están presente los clubes de la ciudad y representantes de los clubes de Tampa y Cayo Hueso. Se aprueban las bases y los estatutos y se crea la Comisión Recomendadora de los documentos que preside el propio José Martí.

Se inicia un proceso de discusión y aprobación de los documentos del PRC en los clubes patrióticos de base que involucra a todos los que de una forma u otra anhelaban la independencia de Cuba y Puerto Rico.

Las Bases del Partido proclaman que el objetivo primero del mismo era lograr la independencia de Cuba y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico.

El ordenamiento dentro de una guerra generosa y breve, encaminada a asegurar en la paz y el trabajo, la felicidad de los habitantes de la isla.

Unir a todos los revolucionarios y recaudar los fondos necesarios sin compromisos inmorales ni con hombre, ni entidad alguna.

Cumplir en la vida histórica del continente, los deberes difíciles que su situación geográfica le señale.

Fundar un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer los peligros de la libertad, restaurar la hacienda y salvar al país de los peligros internos y externos que lo amenacen.

Como se puede observar al leer los objetivos del PRC, no es solo la independencia lo que propone fomentar esta organización revolucionaria, sino que como tareas importantes e impostergables se propone impedir la anexión de Cuba a los Estados Unidos y contribuir a la creación de una República equitativa en la que se cumpliera la máxima martiana de “con todos y para el bien de todos”, razón por la cual su constitución fue una factor de unidad nacional de todos los que querían no solo una patria libre, sino para todos sin distinción de riquezas, ni razas, y en la cual las posibilidades fueran iguales. La no mención directa de los Estados Unidos eran razones estratégicas para poder desarrollar el movimiento en el territorio de esa nación que cumplía una neutralidad cómplice acorde con sus intereses.

El 14 de marzo de 1892 aparece el periódico PATRIA dirigido por José Martí, tribuna de la independencia y de todos los cubanos honestos que quisieran expresarse. Jugó un importante rol en el trabajo de preparación y organización de la Revolución Liberadora Cubana convocada por el Apóstol.

A finales de marzo se acelera el trabajo de creación del PRC con la aprobación de las Bases y los Estatutos por los clubes de emigrados revolucionarios.

El 8 de abril José Martí es elegido Delegado del PRC a propuesta de los clubes de Tampa, Cayo Hueso y Nueva York, acompañado por Benjamín Guerra como Tesorero.

Finalmente se acuerda proclamar oficialmente al PRC el 10 de abril de 1892, en el aniversario 23 de la Asamblea de Guaimaro, que proclamó la primera República en Armas.

José Martí fue el alma del PRC, mientras lo dirigió, la organización fue factor aglutinador de todos los que querían la independencia y cumplió a cabalidad el fin práctico para el que fue creado: organizar y dirigir la Guerra Necesaria, pero a su muerte esta razón práctica se convirtió en su único objetivo, olvidando sus continuadores que dicha organización tenía mucho más que hacer en la futura República por nacer.

La Guerra Necesaria, como la llamó Martí se reinició el 24 de febrero de 1895 a ellas se incorporaron los mejores hijos de la ya existente nación cubana, la burguesía de la isla cuidando “sus propiedades” hizo más larga y cruenta la guerra en la que murió un tercio de la población, que aún no llegaba al millón de habitantes, el cubano de hoy siente con orgullo el descender de aquellas generaciones que encabezó el más humilde de nosotros, el que solo quería en su tumba un ramo de flores y una bandera, murió el 19 de mayo de 1895, ¿murió?

Historia, José Martí

Céspedes, en la raíz de la formación martiana


Nuestro José Martí tuvo en altísima estima a Carlos Manuel de Céspedes y Quesada, el hombre que encabezó la insurrección anticolonialista en Cuba, venciendo los tabúes de que en Cuba no abría independencia mientras subsistiera el régimen esclavista que sostenía la ominosa economía de plantación, base de las riquezas de una poderosa oligarquía criolla, opulenta como pocas en la América Hispánica de ese momento, identificada con la “Madre Patria”, no en razón de su patriotismo, sino de la garantía de mantener como esclavos a medio millón de africanos, los verdaderos creadores de sus riquezas.

Contra todo esto tuvo que lidiar este abogado bayamés, enérgico, culto y de acomodada familia, en un ambiente social donde la ruina de los negocios, el endeudamiento y el poco peso que la esclavitud tenía en esta zona oriental del país, hicieron concebir la herejía de separarse de España, no para unirse al vecino del Norte como habían soñado otros más ricos, sino para ser libre en el concierto de la América Latina.

Para hablar de este hombre, no he querido acudir a las emociones, ni al criterio personal, sino al testimonio del hombre que recogió la bandera que levantó Céspedes, que indagó por los héroes y principalmente por él, entre los veteranos de la larga década, forjadora de pueblo y que además supo unir a los dispersos para emprender la obra inacabada, hablo de José Martí, el mismo que murió en Dos Ríos llevando en su pecho la escarapela hermosa de Carlos Manuel de Céspedes.

Martí tenía en mente escribir sobre Céspedes y dirige cartas a Máximo Gómez pidiéndole su testimonio, igual que hizo con otros cubanos que le conocieron y con esas ideas, conformó su Céspedes:

El extraño puede escribir estos nombres sin temblar, o el pedante, o el ambicioso: el buen cubano, no. De Céspedes el ímpetu, y de Agramonte la virtud. El uno es como el volcán, que viene, tremendo e imperfecto, de las entrañas de la tierra; y el otro es como el espacio azul que lo corona. De Céspedes el arrebato, y de Agramonte la purificación. El uno desafía con autoridad como de rey; y con fuerza como de la luz, el otro vence. Vendrá la historia, con sus pasiones y justicias; y cuando los haya mordido y recortado a su sabor, aún quedará en el arranque del uno y en la dignidad del otro, asunto para la epopeya. Las palabras pomposas son innecesarias para hablar de los hombres sublimes. Otros hagan, y en otra ocasión, la cuenta de los yerros, que nunca será tanta como la de las grandezas. Hoy es fiesta, y lo que queremos es volverlos a ver al uno en pie, audaz y magnifico, dictando de un ademán, al disiparse la noche, la creación de un pueblo libre, y al otro tendido en sus últimas ropas, cruzado del látigo el rostro angélico, vencedor aun en la muerte. ¡Aún se puede vivir, puesto que vivieron a nuestros ojos hombres tales!

“(…) No cabía duda, no; era preciso alzarse en guerra. Y no se sabía cómo, ni con qué ayuda, ni cuándo se decidiría la Habana, de donde volvió descorazonado Pedro Figueredo cuando por Manzanillo, en cuyos consejos dominaba Céspedes lo buscan por guía los que le ven centellear los ojos. ¡La tierra se alza en montañas, y en estos hombres los pueblos! Tal vez Bayamo desea más tiempo; aún no se decide la junta de la logia; ¡acaso esperen a decidirse cuando tengan al cuello al enemigo vigilante! ¿Qué un alzamiento es como un encaje, que se borda a la luz hasta que no queda una hebra suelta? ¡Si no los arrastramos, jamás se determinarán! Y tras unos instantes de silencio, en que los héroes bajaron la cabeza para ocultar sus lágrimas solemnes, aquel pleitista, aquel amo de hombres, aquel negociante revoltoso, se levantó como por increíble claridad transfigurada. Y no fue más grande cuando proclamó a su patria libre, sino cuando reunió a sus siervos, y los llamó a sus brazos como hermanos. La voz cunde: acuden con sus siervos libres y con sus amigos los conspiradores, que, admirados por su atrevimiento, aclaman jefe a Céspedes en el potrero de Mabay(…)”[1]

No habrá modo de contar mejor aquella proeza, ni de caracterizar al hombre que se hizo líder de un pueblo y lo pagó muy caro con la desconfianza de los timoratos, la envidia de los titubeantes y el deshonor de los que le dejaron solo años después en medio del monte expuesto a lo inevitable, la muerte frente al enemigo que enfrentó solo allá en San Lorenzo en medio de las serranías orientales.

En sus indagaciones sobre Céspedes, Martí anota cuanto puede averiguar del héroe, los testimonios le llegan de amigos y enemigos, admiradores y detractores; y el retrato va tomando forma:

“Decía Céspedes, que era irascible y de genio tempestuoso:-“Entre los sacrificios que me ha impuesto la Revolución el más doloroso para mi ha sido el sacrificio de mi carácter”. Esto es, dominó lo que nadie domina.

“El 10 de abril, hubo en Guáimaro Junta para unir las dos divisiones del Centro y del Oriente. Aquélla había tomado la forma republicana; ésta, la militar.-Céspedes se plegó a la forma del Centro. No la creía conveniente; pero creía inconvenientes las disensiones. Sacrificaba su amor propio-lo que nadie sacrifica.

“Se le acusaba de poner a cada instante su veto a las leyes de la Cámara. El decía: “Yo no estoy frente a la Cámara, yo estoy frente a la Historia, frente a mi país y frente a mí mismo. Cuando yo creo que debo poner mi veto a una ley, lo pongo, y así tranquilizo mi conciencia.”

“La Cámara; ansiosa de gloria-pura, pero inoportuna, hacía leyes de educación y de agricultura, cuando el único arado era el machete; la batalla, la escuela; la tinta, la sangre.-Y venia el veto. Que instituyó la forma militar.-El creía que la autoridad no debía estar dividida; que la unidad del mando era la salvación de la revolución; que la diversidad de jefes, en vez de acelerar, entorpecía los movimientos.- El tenía un fin rápido, único: la independencia de la patria.

“La Cámara tenía otro: lo que será el país después de la independencia. Los dos tenían razón; pero, en el momento de la lucha, la Cámara la tenía segundamente. Empeñado en su objeto, rechazaba cuanto se lo detenía.

“Que se llamó Capitán General.-Temperamento revolucionario: fijó su vista en las masas de campesinos y de esclavos. “A ese nombre están acostumbrados a respetar; pues yo me llamaré con ese nombre. Un cambio necesitaría una explicación. Se pierde tiempo-¡Se pierde tiempo! Esta es la explicación de todos sus actos, el pensamiento movedor de todos sus movimientos coléricos y la causa excusadora de todas sus faltas. Concretaba su vida en una frase ¡libres de España!-Cada dificultad le parecía un crimen, cada obstáculo un fratricidio.-El creía: “El medio de la paz es la tribuna”-“El medio de las revoluciones es la acción. “- Un discurso dicho era una legua perdida:-Tanto más admirable en un hombre de ley y de discursos.-Y como Tácito escribió tremendamente, con el lenguaje aglomerado de tantos años en su alma: en Céspedes obraba inquietamente, con la genial vivacidad y bélicos caracteres por tan largos y tan insoportables años contenidos.”[2]

Desde las tribunas, en su incansable batallar por la unidad de los cubanos, tuvo Martí en Céspedes el apoyo de su ejemplo y la eticidad de su vida razones que le permitieron escribir:

“¡Para mí la tarea es fácil, porque soy hijo de aquella tierra, donde al primer . . .[3] de la libertad, del abrazo de la danza y el manteo del cura y el bastonete del celador, salió volcánico, Céspedes; salió, ígneo, Agramonte: salió, angélico, Morales; salió, creador, Valdés; salieron los padres sublimes que en cada jornada de la libertad encendían una nueva virtud e iban dejando atrás un vicio;”[4]


[1] José Martí, Obras Completas. Tomo IV, pág. 358

[2] José Martí, Obras Completas. Tomo XXII, pág. 335-336

[3] Falta la palabra en el original

[4] José Martí, Obras Completas. Tomo IV, pág. 338

Historia, José Martí

Carlos Manuel de Céspedes y la abolición de la esclavitud


En la piedra en bruto trabajan a la vez las dos manos,

la blanca y la negra:

¡seque Dios la primera mano que se levante contra la otra!

José Martí



Carlos Manuel de Céspedes además de ser un independentista era un abolicionista convencido por lo que no es de extrañar que el 10 de octubre de 1868, proclamara la independencia de Cuba y la libertad de sus esclavos.” Y no fue más grande cuando proclamó a su patria libre, sino cuando reunió a sus siervos, y los llamó a sus brazos como hermanos.”[1]

Su política de atraer a la Revolución independentista a los ricos hacendados esclavista lo llevó a escribir: “hemos respetado (…) la emancipación de los esclavos, porque es una cuestión social de gran trascendencia, que no podemos resolver ligeramente ni inmiscuir es nuestra cuestión política, porque podría oponer graves obstáculos a nuestra Revolución”[2], con ello dejaba a la conciencia de cada uno esta decisión tan trascendental e importante en la sociedad cubana de mediados del siglo XIX.

Pero ya ocupada Bayamo por los insurrectos, Carlos Manuel de Céspedes actuó según su conciencia, primero respetó el Ayuntamiento de la ciudad, pero devolviéndole el carácter democrático que había tenido en otros tiempos. Por ello el cabildo de Bayamo quedó constituido por nueve regidores, dos de ellos negros y tres españoles, con lo que quedó consagrado el principio proclamado en el Manifiesto de los insurrectos al ocupar la ciudad: la igualdad de todos los hombres.

En diciembre de 1868 Céspedes da a conocer el decreto de “Abolición de la Esclavitud” en el que se expone: “Cuba Libre es incompatible con Cuba esclavista; y la abolición de las instituciones españolas debe comprender la esclavitud como la más inicua de todas”[3], pese a estas radical posición, conservaba la esperanza de unir a todos  los dueños de esclavos en esta lucha por la emancipación nacional y no declaró totalmente abolida la esclavitud.

Luego de la Asamblea de Guaimaro donde los cubanos mantuvieron el titubeo sobre la abolición de la esclavitud e incluso crearon un “Reglamento de Libertos”, inviable en medio de la guerra y como instrumento político para atraer a los poderosos criollos a la causa de Cuba Libre, Céspedes, ya en su carácter de Presidente de la República de Cuba en Armas, deroga el Reglamento de Libertos[4] y hace real el principio proclamado por la Constitución de Guaimaro, TODOS LOS HABITANTES DE LA REPÚBLICA SON ENTERAMENTE LIBRES.

Esto explica la gran acogida que la Revolución independentista tuvo entre la población negra y mestiza de la isla, libres y esclavos, porque ella por sí sola significaba la emancipación, la posibilidad de lograr una República de iguales, aún en medio de aquellas adversas circunstancias, y explica el ascenso que en el Ejército Libertador alcanzaron hombres de la raza negra, no así en el gobierno de la República en Armas, que siguió siendo un coto de blancos.

Pese a los prejuicios raciales que fueron evidentes a lo largo de los diez años de guerra (1868-1878), estas figuras negras, junto a los campesinos humildes y otros sectores populares constituyeron la vanguardia más combativa e intransigente por el logro de la independencia y la abolición de la esclavitud.

Junto a prestigiosos jefes revolucionarios blancos crecieron por su entrega hombres de la talla de Antonio y José Maceo, Guillermón Moncada, Quintín Banderas, Flor Crombet, entre otros muchos que soñaron con la República de igualdad de oportunidades para todos los cubanos. El camino lo abrió Carlos Manuel de Céspedes con  su levantamiento en su ingenio Demajagua hace ya 123 años.


[1] José Martí. Obras Completas. Tomo IV, pág. 358. La Habana, 1975

[2] Hortensia Pichardo: Facetas de nuestra historia, Pág., 141. Santiago de Cuba, 1989

[3] Ídem

[4] 25 de diciembre de 1870

Historia
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