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Cultura Cuba

Un Blog para dar a conocer la cultura cubana, su gente y su historia, en pocas palabras.

 
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Archivo de Octubre, 2011

La Habana de Aniversario

Se acerca el aniversario 492 de nuestra capital, la querida Habana de todos, amada y maltratada por sus ciudadanos, pero indeleble en el tiempo, crecida una al lado de la otra, como si se negara a hacer desaparecer todas Las Habanas de estas casi cinco centurias y simbolizada por antonomasia por una mulata blanconaza que no teme a un trago de ron, como tampoco a una rumba.

Ella nació cuatro años antes, en 1515, era la sexta villa creada por Diego Velázquez posiblemente en la desembocadura del río Hondo, en la costa sur de la actual provincia de Mayabeque, San Cristóbal la llamaron y en medio de aquel agreste monte de mangle y agua no prosperaron mucho los bohíos primigenios de los conquistadores cercados por las hormigas y otros insectos que hicieron necesario el traslado hacia la costa norte cerca de la desembocadura del río Casiguagua (Almendares), donde no encontró acomodo la villa por mucho tiempo, hasta trasladarse al caserío que un grupo de marineros y aborígenes tenían en la abrigada bahía de Carenas. Ya cansados del bregar, bajo una ceiba se dijo misa un 16 de noviembre de 1519 y el bautizo de la villa se completo San Cristóbal de La Habana, por aquello de estar en los predios del cacique Habaguanex.

Durante la segunda mitad del siglo XVI se produce una tendencia al desarrollo autónomo de la colonia de Cuba, motivado principalmente por el virtual abandono de la isla por las autoridades de la metrópoli. Las ricas colonias de tierra firme acaparan la atención y las inversiones reales a fin de incrementar y asegurar las riquezas provenientes de estas regiones.

Esta situación produce en el país un interesante fenómeno de desplazamiento del interés colonial hacia la villa de San Cristóbal de La Habana, ya asentada en la estratégica bahía que hasta ahora los navegantes españoles conocieron como puerto Carenas, al descubrirse la ruta de navegación hacia España a través del paso de las Bahamas aprovechando las corrientes del Golfo.

Este descubrimiento se produjo a raíz de la conquista de México por Hernán Cortés(1519) quien al enviar un emisario al rey de España, lo hizo en un barco cargado de riquezas tales, que no necesitó lastre para navegar y conducido por el experimentado piloto Antón Alamino la nave tomó por la nueva ruta, que sin dudas ya conocía.

Este descubrimiento acortaba el tiempo de navegación entre España y el Nuevo Mundo, cuestión que cobró mucha importancia tras la conquista de los imperios amerindios y es ahí donde la bahía de La Habana se les presentó como el lugar ideal para recalar en la ida y luego en la vuelta, por sus condiciones naturales, su ubicación frente a la corriente del golfo y su factibilidad defensiva. Tal hecho marcó el desarrollo del puerto de La Habana y la ciudad que junto a él creció:

“Conocidas, pues, las proporciones de la navegación de flotas y armadas en el retorno de Nueva España a Europa por la costa del norte de Cuba y Canal Nuevo de Bahamas, y establecida su carrera, fue consiguiente su arribo y escala de ellos al puerto de La Habana, aumentando su tráfico y comercio”[1]

Esta nueva función del puerto de Carenas determinó el traslado de la villa de San Cristóbal del sur al norte para fundirse con un pequeño poblado que allí ya existía y crearse la nueva villa de San Cristóbal de La Habana.[2]

Ya en la tercera década del siglo XVI “(…) ay muy buen pueblo adonde vienen muchos nabios(sic) de Castilla e de Yucatán e descargan mercadería e contratan cada año cc pesos de derechos poco más o menos”[3]

Esta preponderancia de La Habana como puerto de encuentro y refugio de la flota determinó que se acentuara el abandono y despoblamiento del resto de la isla, que ya desde el inicio de la conquista de tierra firme había comenzado y que continuó ahondando el abismo entre esta y las demás villa. Finalmente se traslada a La Habana la capital de la colonia y se crea el monopolio comercial por el puerto de esta.

A partir del establecimiento del sistema de flota para el comercio con las posesiones españolas en América, La Habana se convierte en un enclave importantísimo en ese eslabón. La llegada de la flota se convirtió en el modo de vida de los habaneros, su arribo ponía a toda la villa en función de sus necesidades, aunque tuvieran que pasarle por encima a las leyes y las “buenas costumbres” de la época.

La flota traía miles de personas, entre marineros, soldados, viajeros y funcionarios que se comportaban en La Habana como si estuvieran en una ciudad sin ley. Los comerciantes y vecinos se complacían en satisfacer todas las necesidades de los forasteros con el único fin de hacerles gastar parte de las riquezas que traían.

Fernando Ortiz en su libro “Los Negros Curros” caracteriza estos primeros tiempos de La Habana, “(…)puerto marítimo muy frecuentado, famoso por sus diversiones y libertinajes, a los que se daban en sus luengas estadas la gente marinera y advenediza de la flota junto con los esclavos bullangueros y las mujeres de rumbo, en los bodegones de las negras mondongueras, en los garitos o tablajes puesto por generales y almirantes para la tahurería y en los parajes, aún menos santos, por los bohíos y casas de embarrado(…)[4]

Así nació esta ciudad contradictoria y mestizada, vinculada a todo este entramaje lúdico que fue la primera fuente de su riqueza y donde ya se destacaban esas características de su gente de “vivir ahora y mañana veremos”, mirando la vida en serio pero pensándola en el alegre choteo criollo que más que defecto es virtud, para aguantar las carencias.


[1] Ignacio de Urrutia y Montoya, “Teatro histórico, jurídico y político-militar de la isla de Fernandina de Cuba, y principalmente de su capital La Habana”, 1963: 283

[2] César García del Pino:”Toma de La Habana por los ingleses y sus antecedentes”, 2002: 3

[3] Carta de los Oficiales Reales Pedro de Paz, Hernando de Castro y Lope Hurtado a Carlos V, mayo 6 de 1532, citada por César García del Pino, Ob. Cit.:6

[4] Fernando Ortiz. Los Negros Curros

Cultura, Historia

La Madre del Héroe

(Prólogo a un libro inédito)

La figura de Leonor Pérez Cabrera se alza desde la sencillez de su origen para subrayar la personalidad única de su hijo, el hombre que todos los cubanos tenemos como el paradigma patrio de entrega y sacrificio por el logro de la soberanía nacional y el bienestar individual de los hombres y mujeres de esta isla nación que es hoy Cuba.

Leonor Pérez Cabrera es la madre de José Martí Pérez, un hombre cuya trayectoria integral por la vida, es de una influencia determinante para los destinos de nuestro país y de los pueblos marginados del sur pobre e ignorado.

El acercamiento que pretendemos hacer a la biografía de esta mujer de pueblo se basa en el paralelismo que establecemos entre su personalidad fuerte y voluntariosa y la del hijo heredero de estas cualidades pero, además, dotado de un talento singular, una capacidad de estudio muy grande y un destino político que se trazó desde muy joven, pero que fue moldeándose a lo largo de toda su vida.

El binomio madre-hijo fue entre ellos vaso comunicante que enfrentó la voluntad de ella por protegerlo y convencerlo de sus “errores”, con el respeto y el sufrimiento de él al saberse incomprendido.

Nos enfrentamos a un tema bastante explotado, aunque poco difundido: libros, artículos, referencias amplias en la abundante bibliografía sobre el hijo, documentales de cine y televisión, conferencias y otras referencias que han contribuido a difundir la imagen de doña Leonor.

Es por esta razón que nos acercamos a un tema tratado, pero no agotado, haciéndolo a partir de las relaciones madre-hijo desde lo afectivo y lo intelectual, a través del testimonio escrito que se conserva de ambos, con relación a ellos mismos, y a temas tan recurrentes en sus cartas como fueron, la familia y Cuba.

Es ver a Leonor a la sombra de la grandeza de su hijo, insertada en momentos importantes de su vida como conciencia crítica y presencia dolorosa de esa otra parte del Héroe, el ego personal, abandonado o supeditado a la tarea mayor que él mismo se propuso: la libertad y dignificación de su pueblo.

Leonor, mujer preparada para la familia, fruto de las tradiciones ancestrales, no pudo sobreponerse a su destino y lucha, de la manera que puede, por impedir o mitigar los sufrimientos del primogénito, su único varón, que pugnaba por reconocerse a si mismo.

El tratamiento del tema nos lleva a seguir el desarrollo de esta relación entre Leonor y su Pepe, el desvelo de ella sobre sus pasos, las angustias al no saber de él y esa exigencia casi opresiva de recibir sus cartas, saber sus actividades, sus éxitos y fracasos.

No es casual que sea ella receptora de su obra, que él le va haciendo llegar en la medida que puede, a través de recortes de prensa, libros y revistas llegadas a la casa habanera para ser leídos con avidez, principalmente por ella, que no escatima su opinión, atinada y madura, pese a su cultura insuficiente y autodidacta.

Desde el punto de vista personal sobresalen elementos en la biografía de doña Leonor que admiran por su forma de reacción: primero la pobreza que se acrecienta en la medida que llegan los últimos años de su vida; la pérdida de la visión y con ella el alejamiento de la posibilidad de comunicación íntima con su hijo ausente y rebelde, y por último su sino fatal de ver morir a su esposo y a todos sus hijos con excepción de una.

Este albur la iguala con las clásicas figuras trágicas, con la diferencia de que ella no puede, ni siquiera culpar a nadie, se aferra a su fe cristiana y a su vocación de servicio y espera lo que fue su largo devenir hacia la muerte.

Ante tal figura no es difícil entender las valoraciones que sobre el concepto materno tenía su hijo:

La madre está lejos o cerca de nosotros, es el sostén de nuestra vida. Algo nos guía y ampara mientras ella no muere. La tierra, cuando ella muere, se abre debajo de los pies”[1](1)

Así escribe en el periódico Patria en 1892, resumiendo sus valoraciones sobre la maternidad como sentimiento supremo en la escala del amor humano.

“Toda madre debiera llamarse Maravilla”[2](2)

Sentencia en uno de sus Cuadernos de Apuntes, tal vez después de haber leído alguna de las cartas escritas por su madre y admirarla por su persistencia en cuidarlo y protegerlo.

Mucho antes, adolescente todavía, escribe apasionado en la proclama de denuncia que se imprime en el Madrid indiferente ante la muerte de los ocho estudiantes de medicina fusilados en La Habana:

“…las madres son amor, no razón; son sensibilidad exquisita y dolor inconmensurable[3](3)

Bien podía el hablar así de la valiente mujer que arriesgo de su tranquilidad y la estabilidad de la familia, acude al Palacio de los Capitanes Generales a demostrar la injusticia cometida con su hijo y luego lo ve partir lejos de ella al destierro.


[1] Obras Completas de José Martí, Tomo V, pág. 379

[2] Idem, Tomo XXI, pág.256

[3] Idem, Tomo I, pág. 84

José Martí

La reacción cubana ante la Enmienda Platt.

Luego de disolverse las instituciones de la Revolución Independentista de Cuba, las autoridades interventoras norteamericanas prepararon las condiciones para crear en Cuba, sino una colonia, al menos un país atado de pies y mano.

El 5 de noviembre de 1900 se reúne la Asamblea Constituyente que tuvo en Juan Gualberto Gómez, Manuel Sanguily y Salvador Cisneros Betancourt, las figuras más relevantes en la defensa de las ideas más liberales que se discutieron en aquella Asamblea, que concluyó sus labores el 21 de febrero de 1901. El resultado de sus deliberaciones fue la Constitución de 1901 de la República de Cuba muy influenciada por la Constitución de los Estados Unidos y cuyo mayor defecto era el excesivo poder que concedía al presidente de la República.

Presentada la Constitución al Gobernador yanqui Leonardo Wood para el conocimiento de las autoridades norteamericanas, estos respondieron el 1 de marzo de 1901 con una enmienda que debía añadirse con carácter obligatorio a esta Constitución y que el Congreso de los Estados Unidos había aprobado a instancia del senador Orville Platt, era la ignominiosa “Enmienda Platt”.

La Enmienda Platt fue rechazada por las clases populares y amplios sectores del independentismo y la intelectualidad cubana que se manifestaron en las calles contra aquel instrumento ingerencista, pero sectores muy influyente de la burguesía cubana manifestaron públicamente su apoyo a esta Enmienda, el Círculo de Hacendados, el Centro de Comerciantes e Industriales de Cuba, la Unión de Fabricantes de Tabaco, las Cámaras de Comercio de Santiago de Cuba y Guantánamo, estos sectores deseosos de un tratado de reciprocidad comercial que beneficiara sus intereses, obviaron que en aquella Enmienda y principalmente en sus artículos 4to, 6to y 8vo se le imponía a Cuba un protectorado político.

Esos artículos le imponían a Cuba: la aceptación de la intervención militar norteamericana cuando ellos entendieran que estaban en peligros sus intereses; el no reconocimiento de la soberanía de Cuba sobre Isla de Pinos, la sesión de bases carboneras y la imposición de esta Ley como enmienda de la Constitución de Cuba. El chantaje no se hizo esperar: “o se aceptaba la Enmienda a Platt o las tropas norteamericanas no se irían”.

En medio de este panorama Juan Gualberto Gómez se erige entre los pocos radicales que intenta salvar estos ideales en medio del naufragio revolucionario. Había luchado con toda pasión en la Asamblea Constituyente para hacer prevalecer los principios de su amigo José Martí, olvidados por completo en una asamblea plagada de autonomistas, transfigurados en patricios; libertadores a la caza de una prebenda y negociantes a la búsqueda de un buen puesto o una concesión, a la sombra del verdadero amo del país.

En medio del vocerío, la serena ponencia de Juan Gualberto Gómez, contra la Enmienda Platt desmonta toda la intención del dogal hipócrita, que se disfrazaba como una reglamentación para garantizar las libertades cubanas y responde:

“Solo vivirán los Gobiernos que cuenten con su apoyo y benevolencia: y lo más claro de esta situación sería que únicamente tendríamos gobiernos raquíticos y míseros (…), condenados a vivir atentos a obtener el beneplácito de los poderes de la Unión que servir y defender los intereses de Cuba.

“Solo tendríamos una ficción de gobiernos y pronto nos convenceríamos de que era mejor no tener ninguno y ser administrados oficial y abiertamente desde Washington que por desacreditados funcionarios cubanos, dóciles instrumentos de un Poder extraño e irrespetuoso.”[1]

Desgraciadamente tras la lectura de la ponencia se produjo un encendido debate y se acentuó la división y el desconcierto. La presión de los interventores sobre los constituyentes fue muy fuerte y esto hizo que se rompiera la mayoría que rechazaba la Enmienda ante el chantaje yanqui y la frustración y falta de liderazgo entre los políticos cubanos. La Asamblea Constituyente voto a favor de ella 16 votos contra 11, el 12 de junio de 1901.

En carta al presidente Teodoro Roosevelt el gobernador Leonardo Wood le dice que en la Constituyente había alrededor de ocho “degenerados” dirigidos por un negrito de nombre Juan Gualberto, contra quien escribe violentos e infames insultos.

Juan Gualberto votó en contra y donde quiera que se paró expresó su firme desacuerdo con este dogal político, que legalizó el protectorado yanqui en Cuba.

El 20 de mayo de 1902, desde las páginas de El Fígaro advierte nuevamente a los cubanos de entonces y de ahora:

“…Pero más que nunca hay que persistir en la reclamación de nuestra soberanía mutilada: y para alcanzarla, es fuerza adoptar de nuevo en las evaluaciones de nuestra vida pública las ideas directoras y los métodos que preconizara Martí, cuando su genio previsor dio forma al sublime pensamiento de la revolución…”


[1] Juan Gualberto Gómez citado por Ramón Guerra Díaz, en “Juan Gualberto: el guardador de la República”. Ponencia. 9 de julio 2004

Historia

Un documento que aún nos duele

Para los conocedores de la historia de Cuba resulta muy común encontrar a lo largo de su devenir la presencia de las intenciones anexionistas de los grupos oligárquicos  estadounidenses sobre Cuba. Desde inicios del siglo XIX se delinea en la política exterior norteamericana, la teoría de la “fruta madura”, en la que se argumentaba, que la isla de Cuba, colonia de España por entonces, tendría que caer por ley de la gravedad política en la esfera de influencia de los Estados Unidos, una república joven entonces, pero no menos ambiciosa que en la actualidad.

La política de la oligarquía yanqui hacia Cuba desde aquellos años ha ido encaminada a lograr estos objetivos de someter a esta sociedad mestiza, levantisca y rebelde a los intereses de la gran nación, de un modo o de otro.

José Martí, por largos años advirtió sobre el peligro de anexión a los Estados Unidos que se cernía sobre Cuba y no se ocultaba para decir que ese peligro era mayor por las intenciones de la burguesía esclavista criolla de anexarse antes que perder sus privilegios o proclamar la abolición de la esclavitud, sostenedora de sus riquezas.

La Revolución independentista que organizó el Apóstol tenía como uno de sus objetivos, impedir esta anexión, pero su muerte y la tergiversación mal intencionada de las ideas de Martí, llevaron a la intervención norteamericana en Cuba en 1896, al no reconocimiento de los organismos de la revolución y a la alianza de los poderosos intereses coloniales, con la burguesía criolla reformista y el gobierno interventor de los Estados Unidos.

Durante tres años la presencia “civilizadora” yanqui en un país devastado por la guerra tuvo por misión fundamental, lograr la anexión, frustrada por la dignidad de un pueblo que había luchado muy duro por la independencia y al que no se le podía negar la República que soñaban, esta surgió mediatizada, débil y dividida, marcada por la infamante “Enmienda Platt” un documento que aún nos duele y que transcribo para quienes no la conocen:

Enmienda Platt

Que en cumplimiento de la declaración contenida en la Resolución Conjunta aprobada en 20 de abril de mil ochocientos noventa y ocho, intitulada “Para el reconocimiento de la independencia del pueblo cubano”, exigiendo que el gobierno de España renuncie a su autoridad y gobierno de la Isla de Cuba, y retire sus fuerzas terrestres y marítimas de Cuba y de las aguas de Cuba y ordenando al Presidente de los Estados Unidos que haga uso de las fuerzas de tierra y mar de los Estados Unidos para llevar a efecto estas resoluciones, el Presidente por la presente, queda autorizado para dejar el Gobierno y control de dicha isla a su pueblo, tan pronto como se haya establecido en esa isla un Gobierno bajo una constitución, en la cual, como parte de la misma, o en una ordenanza agregada a ella se definan las futuras relaciones entre Cuba y los Estados Unidos sustancialmente, como sigue:

I

Que el Gobierno de Cuba nunca celebrará con ningún Poder o Poderes extranjeros ningún Tratado u otro convenio que pueda menoscabar o tienda a menoscabar la independencia de Cuba ni en manera alguna autorice o permita a ningún Poder o Poderes extranjeros la colonización o para propósitos militares o navales, o de otra manera, asiento en o control sobre ninguna porción de dicha Isla.

II

Que dicho gobierno no asumirá ninguna deuda pública para el pago de cuyos intereses y amortización definitiva después de cubiertos los gastos corrientes del Gobierno, resulten inadecuados los ingresos ordinarios.

III

Que el gobierno de Cuba consciente que los Estados Unidos pueden ejercitar el derecho de intervenir para conservación de la independencia, el mantenimiento de un Gobierno adecuado para protección de vidas, propiedades y libertades individuales y para cumplir las obligaciones que, con respecto a Cuba, han sido impuestas a los Estados Unidos por el Tratado de París y que deben ahora ser asumidas y cumplidas por el Gobierno de Cuba.

IV

Que todos los actos realizados por los Estados Unidos en Cuba, durante su ocupación militar, sean tenidos por válidos, ratificados y que todos los derechos legalmente adquiridos a virtud de ellos, sean mantenidos y protegidos.

V

Que el Gobierno de Cuba ejecutará y en cuanto fuese necesario cumplirá los planes ya hechos y otros que mutuamente se convengan para el saneamiento de las poblaciones de la Isla; con el fin de evitar el desarrollo de enfermedades epidémicas e infecciones, protegiendo así ala pueblo y al comercio de Cuba, lo mismo que al comercio y al pueblo del Sur de los Estados Unidos.

VI

Que la Isla de Pinos será omitida de los límites de Cuba propuestos por la Constitución, dejándose para un futuro arreglo por Tratados la propiedad de la misma.

VII

Que para poner en condiciones a los Estados Unidos de mantener la independencia de Cuba u proteger al pueblo de la misma, así como para su propia defensa, el Gobierno de Cuba venderá o arrendará a los Estados Unidos las tierras necesarias para carboneras o estaciones navales en ciertos puntos determinados que se convendrán con el Presidente de los Estados Unidos.

VIII

Que para mayor seguridad en lo futuro, el Gobierno de Cuba insertará las anteriores disposiciones en un Tratado Permanente con los Estados Unidos.

Así nació la República con aquel “bando colonial” por encima de su Constitución, chantajeada por un gobierno “amigo” que dejó bien claro que de no aprobarse la Enmienda Platt no se irían de la isla, dejándole a los cubanos la apariencia de independencia y los grandes problemas sociales que la desigualdad, la pobreza y la guerra habían agudizado. Esa es la génesis de la radicalidad cubana.

Historia, Opinión

Las carreras de premio vistas por Martí

La tristeza está presente en las largas crónicas que nuestro José Martí dedicó a una de las competencia de las que fue testigo viviendo en el Nueva York decimonónico: las carrera de “caminadores”, también conocidas como “Carreras de Premios”, competiciones que estaban de moda por estos años y que al parecer producían sustanciosos dividendos a los patrocinadores y apostadores, muchas veces periódicos de la ciudad, en busca de publicidad y de aumentar las ventas.

Se convocaba a los atletas para recorrer una distancia entre 500 y 600 millas ininterrumpidamente, día y noche en un espacio cerrado con graderíos al que acudía un público curioso, que era el verdadero sostenedor del espectáculos por el pago de las entradas y los gastos de permanencia, por ver correr y desgastarse hasta los límites de su salud a aquellos desgraciados en pos de una premio en dinero, cuya mayor tajada era para quien completara la carrera en el menor tiempo.

Por la minuciosidad de datos que va proporcionando y las impresiones de primera mano que aporta, todo parece indicar que él presenció aquellas “hazañas repugnantes”, como las llamaría el propio Martí. Esa (…) fatigosa contienda de avarientos, que dan sus espantables angustias como cebo a un público enfermizo, que a manos llenas vacía a las puertas del circo los dineros de entrada que han de distribuirse después los gananciosos”[1]. No hay en ningún momento simpatía por lo que ve, sino tristeza y un algo de vergüenza por la condición humana.

Hemos encontrados en las compilaciones de sus obras cuatro crónicas referidas a este tema, las dos primeras sobre una misma competencia, desarrollada en el Madinson Squar Garden de Nueva York a principios del año 1882, escritas para el periódico caraqueño El Nacional; mientras que las otras dos datan de 1884 y 1888 en el mismo escenario y aparecen en el diario bonaerense La Nación.

Son cuatro momentos para acercarse a un mismo fenómeno de masas y en donde predomina una constante, la condena a la barbarie inicua de rebajar y destruir al hombre por dinero, porque no “(…)es esta aquella garbosa lucha griega en que a los acordes de la flauta y de la cítara, lucían en las hermosas fiestas panateneas sus músculos robustos y su destreza en la carrera, los hombres jóvenes del ático, para que el viento llevase luego sus hazañas cantada por los poetas, coronados de laurel y olivo, a decir de los tiranos que aún eran bastante fuerte los brazos de los griegos para empuñar el acero vengador de Harmodio y Aristogitón”(…)[2]

La comparación con las competencias de la Grecia Clásica le sirven para mostrar la caída moral del hombre cuando se rebaja al papel de animal de carrera y por eso la constante comparación de estos corredores con animales: “(…) estos jayanes andan pesadamente, (…)comen dando vuelta como perro famélico que huye con la presa entre los dientes,(…)se arrastran como jacos de posta, sudorosos y latigueados,(…)por unos cuantos dineros, a cuyo sonido, al rebotar sobre los mostradores de la entrada, aligeran y animan su marcha”[3]

Y vuelve el pensamiento del humanista a ese idealizado mundo clásico al comprender cuan alejado del espíritu humano está este espectáculo porque no “(…)son los premios de estos caminadores, como de los que se disputaban el premio de correr en aquellas fiestas coronadas de laurel verde y fragante, o ramillas de mirto florecido”[4]

Al joven cubano se le hace difícil comprender tanta brutalidad que ocurre ante los ojos de un público que semejante a la plebe romana goza con la crueldad y paga por ella.

El público, ese será el centro de su observación en estas crónicas de los “caminadores”, porque no se refiere solo a los rufianes que llena la noche para pasarla de alguna manera burlándose de los atletas y sus constantes caídas, traspiés, desmayos, sino que allí aparecen “damas y caballeros” de rico caudal “(…)no para ver vitorear el trance adelantado de los hombres a un estado mental o moral sumo, sino para ver y vitorear el trance de retroceso del hombre al bruto” [5]

Tal es su impresión desaprobatoria sobre aquel público que dos años después vuelve sobre el tema de los caminadores y el público de estos espectáculo: “Con la gente que llenaba el circo a esa hora, había para hacer la independencia de un país: - mas no con esa clase de gente(…)” [6]

En esta segunda crónica hay una irónica referencia a los periodistas de Nueva York que cubre el espectáculo y nos cuenta como pasan su tiempo sobre plataformas los cronistas y taquígrafos de todos los periódicos de la ciudad y como ejemplo de banalidad ramplona dice Martí: “No se contó de seguro el camino de la cruz del Nazareno con más minuciosidad que las caídas, desmayos, ligeros sueños, refrigerios breves y reapariciones en la arena de los caminadores”[7]

En 1888 vuelve con la más extensa de sus crónicas dedicadas a los caminadores, el motivo principal es la presencia en la carrera de un mexicano, Guerrero, es solo el modo que el tiene de identificar a este hombre de nuestras tierras, que tiene muchas posibilidades de ganar y goza de la simpatía de los que acuden noche y día a ver estas lides. Al referirse a él viene la inevitable comparación con los héroes mitológicos de la Hélade y de las leyendas amerindias:

“Y allá va Guerrero no va, como Hércules cuando corría por conquistar la corona de oliva, sin más ropaje que su propia piel: ni lleva como Hipómenes una blusa de lona cuando competía con la mortal Atalanta por el premio de su mano; ni viste camisa y calzonera de piel de venado con pasamanería de wampunes de colores, y diadema de pluma de cisne, como el veloz Pan-Puk en las bodas de Haiwatha(…)” [8]

En esta crónica el lenguaje se suaviza al referirse a los competidores, aunque la critica y la desaprobación siguen marcando el pensamiento del Apóstol, ahora Albert (el competidor de origen inglés), es como “los héroes de la Olimpiada”, mientras Guerrero le “(…)recuerda a los daneses que se deslizan por los campos de nieve”, pero como reaccionando ante la crueldad y todas aquellas cosas que el ha reprobado desde que conoce estas competencia, escribirá con énfasis de ira, que solo los jugadores que viven de las apuestas, la tentación de ganancias o el afán de notoriedad, muy necesario en los Estados Unidos, son atraídos “(…) a ejercicios odiosos que en nada aumentan la utilidad, gracia y ciencia del hombre: Guerrero era bello, sí: ¡como un venado! Albert era bello, sí: ¡como un caballo!”[9]

Esta vez su análisis del público que acude a ver este tipo de espectáculo se vuelve más descriptivo para enumerar a esa crápula que no es solo del barrio de Bowery, que el califica como el centro del hampa. Allí están los apostadores profesionales, las prostitutas, que el califica de “bribonas”, que se exhiben en aquel ambiente “por amor a cuanto excita sus carnes impuras” y los curiosos, como él, “(…) atraído por el encanto de la tenacidad en cualquier especie de triunfo”, ellos junto a los policía y ladrones constituían ese heterogéneo gentío que llenaba el Madinson en días de “carrera de premio”.

Era una muestra de la humanidad en la Babel de Hierro, una muestra de un gentío en lucha por su subsistencia, la antítesis de ese mundo que el quería para su América, esa que más al sur echaba una mirada curiosa a las luces cada vez más intensa de la parafernalia capitalista que se construía en el norte y que él advertidor y comprometido quería mostrarle en todas sus facetas.


[1] Obras Completas de José Martí. Tomo X:50

[2] Obras Completas de José Martí. Tomo IX: 266

[3] Obras Completas de José Martí. Tomo IX: 267

[4] Obras Completas de José Martí. Tomo IX: 266

[5] Obras Completas de José Martí. Tomo IX: 267

[6] Obras Completas de José Martí. Tomo X:50

[7] Obras Completas de José Martí. Tomo X:51

[8] Obras Completas de José Martí. Tomo XI: 401

[9] Obras Completas de José Martí. Tomo XI: 403

José Martí, Opinión

Concepciones martianas sobre el deporte. A propósito de los juegos panamericanos


Los temas deportivos ocupan un amplio espacio en el periodismo martiano, motivado por el auge que esta actividad ya tiene en los estados Unidos en la época en que nuestro Apóstol vivió en ese país, y por el amplio destaque que hacen los periódicos estadounidense del espectáculo que brindan los atletas en muchas deportes tanto individuales, como colectivos, profesionales o amateurs.

José Martí sigue este desarrollo y da cuenta de ello en sus crónicas para los periódicos hispanoamericanos, principalmente para «La Nación» de Buenos Aires y «El Liberal» de México; pero no como reportero deportivo al que impulsa el deseo de informar resultados, estilos y formas de jugar, sino lo que hay de humano en estas actividades físicas marcadas por la tensión del cuerpo, el riesgo o los beneficios para la salud y por sobre todo la crítica temprana y de mucha actualidad contra la comercialización que envilece el deporte, ensombreciendo su intrínseco contenido lúdico, en pos de la gloria para su equipo, su escuela, su nación.

En Martí hay severas críticas al fenómeno de las apuestas que ve abrirse paso en medio de aquellos espectáculos más de circo romano que de competición sana, según sus propias palabras, y destaca el daño que tales prácticas hacen, no solo al atleta, sino al público convertido en deshumanizado espectador de aquellas competiciones, muchas veces brutales.

Con sus crónicas, lo ha escrito, no pretende entrar en detalles que a la distancia no le digan nada al lector, sino ir a la esencia de los fenómenos que la “modernidad” van provocando en este pujante país, más allá del deslumbramiento tecnológico o las novedades de todo tipo, que no dejan de serlo en el deporte y la ejercitación física.

Con entusiasmo habla de los ejercicios que ayudan a la salud y elogia a este pueblo que aprovecha la luz del sol para salir al aire libre haciendo caminatas, nadando, excursionando por los campos y playas, llenado sus pulmones de aire saludable.

Es crónica objetiva, poética, pero advertidora del fenómeno comercializador que potencia el espectáculo, el consumo, el entretenimiento vacío, que aletarga la inteligencia y deja poco a la espiritualidad, al humanismo y la solidaridad, rasgos que cuando aparecen, él aplaude como rasgos a destacar en el entretenimiento y deporte sano.

“Sport”, entretenimiento, recreación y ejercitación, son formas lúdicas que el mira con recelo al verlos cargados de violencia, fanatismo, apuestas y ese afán de ganar dinero aún a costa de la salud. Eso lo hace echar de menos a los juegos primigenios de las polis griegas, basados en la búsqueda de la gloria, el prestigio y la buena forma física de sus ciudadanos, que al destacarse en estas actividades físicas eran tenidos como héroes por los suyos.

Así vio Martí el deporte y la ejercitación física, muy a tono con sus concepciones humanistas que desde su país se trata de enseñar en los atletas que compiten por nuestra bandera.

José Martí, Opinión

20 de octubre, Día de la Cultura Cubana


“Injértese en nuestras repúblicas el mundo;

pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”

José Martí


Partitura original de la Bayamesa. Himno Nacional Cubano

Letra y Música Francisco,Perucho, Figueredo

No hay mejor idea para comenzar a hablar de cultura que esta que nos sirve de exergo, tomada de ese ensayo fundacional que es «Nuestra América» de José Martí. La fragua cultural cubana tiene este principio como base, al ser una cultura abierta a otras raíces sociales y culturales, que en apenas cinco siglos pudo encontrar en su mestizaje fuerza para hallar su identidad y poder examinar con mirada propia a sus raíces.

“Aquí el que no tiene de congo tiene de carabalí” reza un dicho popular cubano y se puede añadir, que además tenemos de gallego, castellanos, canarios, catalanes, y un tanto de cantoneses y de sefardíes y de árabes convexos, que de todo eso entró en este “ajiaco criollo”[1] que nos enorgullece por el resultado.

País de mestizaje, asombra que la nación que hace poco más de un siglo tenía medio millón de esclavos de origen africano y una tercera parte de su población libre, mestiza o negra, haya podido alzarse con la más profunda de las revoluciones sociales del hemisferio occidental, que antepone al hombre y sus necesidades a cualquier otra consideración mercantilista o elitista.

Asombra que se haya mantenido una cultura auténticamente nacional, sobreviviendo a embates de culturas dominantes, primero sacudiéndose las castañuelas y los toros primigenios, para mirar de frente al pragmático yanqui que hizo de Cuba un “garito” y poder mantener nuestra idiosincrasia guarachera, pero profunda que supo aprovechar la oportunidad de una generación de jóvenes radicales y martianos, que llegaron y mandaron a parar aquel “sueño americano” de la burguesía criolla, que tuvo que irse a Miami a construirse una Habana de caricatura y de nostalgia, detenida en esa noche triste del 31 de diciembre de 1958…

Pero hubo más, porque este pueblo tuvo que lidiar con aires más “gelidos” venidos de un socialismo real transido de fórmulas y poco dado a la creatividad popular, con nuestras virtudes y defectos, y fuimos revolucionarios más que comunistas y seguimos creyendo en Changó y Yemayá, o en lo que cada cual quiso creer, seguimos derribando ídolos con nuestro “choteo”, hablando hasta por los codos, dueños de las calles, porque son nuestras y reencontrándonos nosotros mismos en los prejuicios de quienes nos querían perfectos, pero tuvieron que seguir con nosotros, porque somos los que aquí estamos y los que salvaremos la cultura, para que no se diluya en la “cultura de masa” banal y superficial, “negros y blancos, to’ mezcla’o”

Recordemos entonces las palabras de Fernando Ortiz, ese gran cubano que nos llamó la atención sobre nosotros mismos y al que tenemos tanto que agradecer, como a José Martí:

“Hemos escogido el vocablo transculturación para expresar los variadísimos fenómenos que se originan en Cuba por las complejísimas trasmutaciones de cultura que aquí se verifican, sin conocer las cuales es imposible entender la evolución del pueblo cubano…”[2]


[1] Sopa espesa que lleva de todo, carnes, viandas y condimentos, todo mezclado y herido para dar lugar a un delicioso caldo

[2] Fernando Ortiz: Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. La Habana, 1940

Cultura, Historia

El danzón, baile nacional cubano

Miguel Failde

Con la restauración de la paz en 1878 se produce una reafirmación de los elementos culturales que se desarrollaban en la Isla, en algunos casos marginados y en otros ya parte de la realidad social circundante. En lo musical el país vivía un momento de madurez con el surgimiento del danzón producto de décadas de evolución de la música baile a partir de la danza y la contradanza y otros elementos culturales de origen africano que sutilmente fueron influyendo para confluir en este baile cadencioso y en principio considerado lascivo.

El danzón es resultado del acriollamiento de los bailes de salón (cuadrillas) de origen europeo, que se fueron haciendo cada vez más íntimos, de pareja, por lo que los músicos fueron adecuando el ritmo a los bailadores. Ya en la década de los 70s se baila algo nuevo que necesitaba ritmo propio y que fue cuajando poco a poco hasta aparecer el danzón. En 1877 el músico y director de orquesta matancero Miguel Failde (1852-1921) compone cuatro piezas que tomaron el nombre genérico de danzón, ya utilizado para denominar la forma de bailar de la época, estas composiciones fueron: “Delirio”, “La ingratitud”, “Las quejas” y la muy famosa “Las alturas de Simpson”

La aprobación fue completa, a partir de 1878 el danzón se fue imponiendo en los salones de sociedad obteniendo consolidando su popularidad al ser tocado en el exclusivo Liceo de Matanzas en 1879, en realidad ya desde antes el pueblo lo aceptaba como el “nuevo baile” algo que nació entre las clases más humildes y que en poco tiempo se impuso en los exclusivos salones de la burguesía.

En los primeros danzones de Failde están definidas las partes originales del nuevo ritmo: introducción de ocho compases, una primera parte con el clarinete de solista, una vuelta a la introducción, una parte de violín más melódica y cerrando con una repetición de la primera parte. Era prácticamente la célula de la contradanza evolucionando con las influencias musicales de la isla.

Otras orquestas de esta etapa fueron incorporando a su repertorio el danzón, con destaque para la de Raimundo Valenzuela y la de Rafael Landa, compositores y directores de orquestas que contribuyeron al auge del danzón.

El advenimiento de la República trajo consigo la reafirmación del danzón como baile nacional, tocado en todos los salones, salas de recreo, clubes y salas de bailes, desde las más aristocráticas a las más humildes. En este período le caracterizó, algo que es propio de la música cubana desde los tiempos de las guarachas de los bufos: ser cronista social de su tiempo, cantando a todos los acontecimientos relevantes o costumbristas que ocurrían en el país y en el mundo, ya fuese político, social o comercial. Adaptando a su ritmo las melodías o canciones en boga, partituras de ópera, boleros, zarzuelas, ritmo norteamericanos, etc.

Con su popularidad y arraigo el danzón jugó un importante papel de resistencia ante la penetración musical norteamericana, muy fuerte en este período republicano y muy demandada por la “alta sociedad” que no quería quedarse atrás en eso de adoptar las costumbres yanquis, en este terreno la presencia del danzón, sobretodo en el occidente de la isla libró una dura batalla por los espacios bailables.

Es durante este período en que se introduce la primera variante al danzón, por el impacto que en el género produjo el son oriental. Desde 1910 la orquesta de Enrique Peña, en la que tocaba José Urfé, trajo de sus giras por el oriente del país la estructura sonora del son, introducida en el danzón por Urfé con la célebre pieza, “El bombín de Barreto”, primer danzón donde se ejecuta un “montuno” en la tercera parte de la composición.

La aceptación de los bailadores fue extraordinaria y aseguró al danzón un lugar entre los bailadores cubanos, además de adecuarse mejor a la popularidad de otros ritmos y géneros, tantos cubanos como extranjeros. Junto con el renovado danzón también evoluciona la coreografía tradicional del baile danzonero haciéndose más libre y sonero.

En cuanto a las orquestas que tocaban danzón, primero fueron las típicas, conformadas por dos clarinetes, cornetín, trombón de vara, dos timpani y un güiro, a inicios del siglo XX se fue imponiendo en el ambiente danzonero la “charanga francesa”, dotada de piano, flauta de cinco llaves, pailita, güiro, contrabajo y dos violines.

Entre las orquestas típicas de la época sobresalen las de, Raimundo y Pablo Valenzuela, Miguel Failde, Enrique Peña y Félix Guerrero. En cuanto a las charangas francesas, marcan pauta las de, Antonio María Romeo y la de Cheo Belén Puig; Romeo destacando, con su virtuosismo en el piano, las descargas y pasajes que con este instrumento hicieron el deleite del bailador cubano; Belén Puig, fiel defensor del género del danzón, pese a la presión de la música extranjera y del contagioso son oriental.

Entre los compositores de danzones, sobresalen como compositores para orquestas típicas: Enrique Peña, cuya orquesta fundada en 1903, se mantuvo por largo tiempo en la preferencia del público; Jorge Anckermann, que llevó el danzón al teatro vernáculo, principalmente al Alhambra, donde afirmó su popularidad; el cienfueguero Agustín Rodríguez (1886-1973), trompetista y director de orquesta; Pablo Valenzuela (1858-1926), conocido por el “príncipe del cornetín” entre los danzoneros; Aniceto Díaz (1887-1964) y Miguel Failde, que escribió muchos de sus danzones en las dos primeras décadas del siglo XX.

En el formato de charanga el número de compositores es muy alto, alcanzando relieve la composición de danzones para charanga hasta la mitad del siglo XX. Entre los más sobresalientes están, Antonio María Romeo, Octavio(Tata) Alfonso (1886-1961), Eliseo Grenet, Pedro Jiménez, René Izquierdo, Ricardo Riverón, Armando Valdés Torres, Juan Quevedo, Estanislao Serviat, Silvio Contreras, Abelardo Valdés, José y Cheo Belén Puig, José Urfé y Luis Carrillo, entre otros.

A la música cubana le toco jugar en este período de reafirmación nacional un importante rol frente a la gran avalancha de ritmos extranjeros, que fueron asimilados al tronco fecundo de la cultura cubana ateniéndose a la máxima martiana de que el tronco fuera el de nuestras republica.

Cultura, Historia

El son oriental


En la década del veinte del siglo XX cobra auge el son, un ritmo oriundo de la zona oriental del país, que a lo largo de muchos años fue asimilando influencias rítmicas venidas de España y África fermentados y sedimentados en la segunda mitad del siglo XIX, época en que inicia su expansión hacia el resto del país hasta llegar a La Habana a principios del siglo XX.

El son en un ritmo popular donde el canto es acompañado de percusión y guitarra, se baila en pareja y constituye una de las formas básicas de la música popular cubana.

Su llegada a la Habana se sitúa entre 1909 y 1910 acompañando las corrientes migratorias internas características de este período, que conllevó igualmente la llegada de la rumba a la zona oriental de país.

La llegada del género a las orquestas danzoneras y la creación del legendario Sexteto Habanero en 1920, consolidó al son en el gusto popular de la capital. Bailado en los sitios más humildes y rechazado por la burguesía y los gobernantes de turno, se impondría rápidamente en la sociedad cubana, difundiéndose ampliamente no solo en Cuba, sino en el mundo a través de las grabaciones de la época y por los mecanismos de distribución de las firmas norteamericanas.

Con el son se produce la irrupción en el panorama sonoro de la capital de instrumentos montunos de la parte oriental del país, como fueron los casos de la marímbula, de origen dominicano y muy difundido en Oriente, aunque en La Habana poco a poco fue desplazada por el contrabajo de similar sonido; la quijada, propiamente de un equino o vacuno, cuyo sonido al vibrar los dientes fijados a ella dan una sonoridad única al son oriental; los timbales criollos, apretados entre las piernas y percutidos con la yema de los dedos; la botija, propiamente de barro y con un hueco en su centro por el cual se sopla para obtener un sonido grave como el fotuto de cobo de los aborígenes caribeños; el diente de arado, de sonido estridente y fuerte que marca el ritmo, la guitarra tradicional y el célebre Tres, guitarra encordada de a tres pares de cuerdas, que da un sonido agudo, característico del son. En La Habana se agrega a este conjunto sonero, las claves, las maracas y finalmente una trompeta, que completa el formato tradicional de los conjunto sonero de esta época.

El son original presenta una parte repetitiva inicial, cantada en forma pausada por el solista, luego da paso al montuno, cantado por varias voces y mucho más movido rítmicamente. En esta última parte todos los instrumentos improvisan, al igual que la voz prima, con protagonismo alterno de todos, hasta que se hiciera necesario un descanso, dado lo intenso del ritmo y el baile. Lo novedoso del son está en, “darnos el sentido de la poliritmia sometida a una unidad de tiempo (…) (dentro del cual), cada elemento percutido lleva una vida autónoma”[1]

Con el son aparece el primer ritmo creado netamente en Cuba, con gran libertad de expresión, permitiendo que cada grupo tuviera una forma de tocar el son y que al mismo tiempo se asimilaran otros ritmos que lo actualizaran, en una vigencia constante que ha sobrevivido hasta nuestros días.

A principios de la década del veinte y con la aparición del “Sexteto Habanero” el son se convierte en abanderado de la música nacional en contraposición al empuje que venían ejerciendo los ritmos norteamericanos como el fox-trot y el charleston.

Mientras el son se hacia popular en toda la isla, e la región oriental, cuna de ese ritmo, se desarrollan otras formas musicales que iban a caracterizar a esa región del país.

En la raíz misma del son, manteniendo lo más puro del ritmo, se desarrolló y se mantuvo en las zonas rurales de la región Guantanamera el Changüí, una de las formas más antiguas del complejo sonero. En esencia es el son pero con predominio de la marímbula, el güiro y el tres, además de tener una coreografía más rígida en la que los bailadores casi no levantan los pies del suelo, arrastrándolos mientras giran enlazados.

En la zona de Manzanillo la introducción del órgano de manigueta, de origen francés, da lugar al surgimiento de un conjunto formado por el órgano, pailitas criollas, güiro o guayo y tumbadora. Con esta agrupación que tiene al órgano como líder se hace la “música molida”, en alusión al movimiento de la manigueta como si fuera un molino manual y se interpretan danzones, sones, polcas, guarachas y muchos otros ritmos, pero todos con el formato sonero, lo que ha dado lugar al surgimiento de una música característica de estilo propio.

Los órganos son de cilindros con cientos de puntillas que al rotar mediante manivela produce las correspondientes notas de cada pieza musical montada en el cilindro en cartón perforado con la canción que se interpreta.

La popularidad del Órgano Oriental, como se le conoce en toda Cuba, se fue extendiendo por todo el valle del río Cauto y luego a la zona de Holguín, siendo su presencia en celebraciones y fiestas populares en toda esta vasta región, formando parte del folklor campesino cubano. En La Habana fue oído por primera vez a finales de la década del veinte al venir a la capital el órgano “Isla de Cuba”.

La segunda mitad de los años veinte consolida al son oriental como la música de moda, preferencia que ha mantenido en el público cubano, pero esto es ya otra historia


[1] Alejo Carpentier, “La Música en Cuba”

Cultura, Historia

“Balada de los Dos Abuelos”

Nicolás Guillén abre en la cultura cubana una brecha para hacer visible la poesía de la gente sin historia, los humildes que soñaron con las promesas de José Martí, los que creyeron posible aquellos de “con todos y para el bien de todos” y se dieron a la búsqueda de lo que le correspondía y que los poderosos de esta tierra le había escamoteado por tanto tiempo, por ello Guillén asume la voz popular en esos poemarios que asombraron en medio de aquella República a medias, tan de negros, como de blancos. Este poema, “Balada de los Dos Abuelos” aparecido en 1934 en su poemario “West Indies Ltd.” Nos define como pueblo mestizo. Vale la pena recordarlo, “visibilizarlo” para que no se nos olvide:

Sombras que solo yo veo,

Me escoltan mis dos abuelos.

Lanza con punta de hueso,

Tambor de cuero y madera:

Mi abuelo negro.

Gorguera en el cuello ancho,

Gris armadura guerrera:

Mi abuelo blanco.

Pie desnudo, torso pétreo

Los de mi negro;

Pupilas de vidrio antártico,

Las de mi blanco.

África de selvas húmedas

Y de gordos gongos sordos…

- ¡Me muero!

(Dice mi abuelo negro)

Aguaprieta de caimanes,

Verdes mañana de cocos…

-¡Me canso!

(Dice mi abuelo blanco)

Oh velas de amargo viento,

Galeón ardiente de oro.

-¡Me muero!

(Dice mi abuelo negro)

Oh costa de cuello virgen,

Engañadas de abalorios.

-¡Me canso!

(Dice mi abuelo blanco)

Oh puro sol repujado,

Preso en el aro del Trópico;

Oh luna redonda y limpia

Sobre el sueño de los monos…

¡Qué de barcos, qué de barcos!

¡Qué de negros, qué de negros!

¡Qué largo fulgor de cañas!

¡Qué látigo de negrero!

¿Sangre? Sangre. ¿Llanto? Llanto

Venas y ojos entreabiertos,

Y madrigadas vacías,

Y atardeceres de ingenio,

Y una gran voz, fuerte voz,

Despedazando el silencio.

¡Qué de barcos, qué de barcos!

¡Qué de negros!

Sombras que solo yo veo,

Me escoltan mis dos abuelos.

Don Federico me grita,

Y Taita Facundo calla;

Los dos en la noche sueñan,

Y andan, andan

Yo los junto.

-¡Federico!

¡Facundo! Los dos se abrazan.

Los dos suspiran. Los dos

Las fuertes cabezas alzan;

Los dos del mismo tamaño,

Ansia negra y ansia blanca,

Los dos del mismo tamaño,

Gritan, sueñan, lloran, cantan,

Cantan…cantan…cantan…

Cultura

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