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Cultura Cuba

Un Blog para dar a conocer la cultura cubana, su gente y su historia, en pocas palabras.

 

Archivo de Septiembre, 2011

Antonio Medina Céspedes (1824- 1885)



Con mucha alegría y gracias a la gentil colaboración de la Casa de Juan Gualberto Gómez, de la Oficina del Historiador de La Habana, a llegado a mis manos una fotografía de este importantísimo maestro e intelectual negro nacido en el barrio de Jesús María, La Habana el 13 de junio de 1824 quien hizo los primeros estudios en el colegio belemita para niños pobres, muy joven aún aprende el oficio del sastre lo que le permitió colocarse como operario de sastre del teatro Tacón, la más importante institución cultural habanera de esta época. Allí pudo codearse con geste de la cultura e intelectuales de su época tanto negros como blancos, convirtiéndose en una persona culta con inquietudes literarias que colaboró con algunos periódicos habaneros escribiendo poesías e incursionado en el teatro.

En 1842 publica el periódico El Faro, primer periódico dirigido en Cuba por un hombre de la raza negra.

El fatídico año de 1844 se vio involucrado en la “Conspiración de la Escalera”, un proceso represivo del gobierno colonial español temeroso del auge de un sector de negros libres, muchos de ellos simpatizantes del abolicionismo, otros no, pero que en sentido general prosperaban como un fracción de pequeños propietarios, gente de oficio e intelectuales al que se le temía por considerarlo un peligro para el régimen esclavista férreamente defendido por la oligarquía criolla y los grupos españoles que se enriquecían con el trabajo esclavo.

Medina era amigo de Francisco Manzano, el poeta esclavo que despertó la “conmiseración” de la intelectualidad blanca de La Habana, que logra comprar su libertad, para luego ser involucrado en este proceso de La Escalera, detenido, torturado y luego liberado, ya casi al borde la locura.

También conoció a Gabriel de la Concepción Valdés, poeta mestizo de fácil rima y vida bohemia, muy popular en La Habana y Matanza en los círculos culturales de la época, lo cual no fue obstáculo para que fuera detenido, acusado de conspiración y fusilado, todo el tiempo clamando por su inocencia.

Otros muchos fueron involucrados en aquel círculo de terror que fue el proceso de La Escalera, perdiendo sus propiedades, desterrados o simplemente condenados al silencio por la dura represión del Capitán General de la Isla.

De esta dura época logra salir este hombre humilde a fuerza de penosos trabajos y duros sacrificios para graduarse de maestro de instrucción elemental en 1861, abriendo su colegio, “Nuestra Señora de los Desamparados” en 1862 en el que daba clase a niños pobres y de la raza negra, entre ellos el gran Juan Gualberto Gómez.

Una vez cerrado su colegio en 1878 trabajó en un negocio de pompas fúnebres y se mantuvo colaborando con los periódicos de La Habana. En 1851 publicó un cuaderno de poesía elogiada por Rafael María de Mendive, también incursionó en el teatro con el drama “Lodoiska” o “La Maldición” (1849) escrito en versos; la zarzuela, “Don Canuto Ceibamocha” o “El Guajiro generoso” (1854) y “Jacobo Girondi” (1881), drama en versos estrenada en el teatro Pairet de La Habana.

Francisco Calcagno en su Diccionario Biográfico lo llama “el Luz Caballero de los de su raza” por su influencia y desvelo por la superación de la gente negra en Cuba.

El magisterio del maestro Medina deja una huella en sus discípulos, en medio de una sociedad habanera, segregada y esclavista, en el que los sectores de “color”, eufemismo para llamar al negro y los mestizos en diversa gradación, lucha por ganar un espacio en la sociedad colonial. A esas luchas sociales de los hombres de su raza dedica Medina los últimos años de su vida, presidiendo en La Habana la Sociedad Abolicionista de Madrid institución que lucha por la desaparición de la esclavitud en Cuba; era socio de número y vocal del Ateneo de La Habana; fue un sincero simpatizante de la causa independentista cubana, contribuyendo económicamente al movimiento revolucionario del 68. Su casa fue siempre centro de tertulias literarias y hasta su muerte fue un firme defensor de los derechos de la gente de su raza y contra la esclavitud de la isla que no pudo ver abolida al morir meses antes de la proclamación de la abolición de la esclavitud en Cuba

Historia

Cuba: La gran migración de principios de siglo XX



Propaganda divulgada en los Estados Unidos para estimular la emigración de colonos de ese país hacia Cuba, inicios del siglo XX

La cruenta guerra de independencia, más los rigores de la política represiva contra la población civil durante la guerra llevada a cabo por las autoridades coloniales españolas, determinó una drástica caída de la población cubana.[1] Fue el altísimo precio que pagó el pueblo cubano por su determinación de ser libre.

Con el advenimiento del siglo XX y la reorganización y recuperación de la economía de la isla se produjo un alza de la tasa de natalidad, unida a una reducción de la mortalidad por las medidas de saneamiento introducidas por el gobierno interventor norteamericano en las áreas urbanas.

Pero el fenómeno demográfico más notable del período fue el fuerte movimiento inmigratorio que se produjo en Cuba y que se extendió hasta principios de las década del 30.

El crecimiento de la industria azucarera impulsada por las masivas inversiones del capital yanqui, aumentó la demanda de fuerza de trabajo barata que competía con la población pobre, buena parte de color, que fue desplazada en algunas zonas del país, por estos emigrantes que aceptaban salarios aún más bajos que los que se les ofrecía a los cubanos.

Los gobiernos republicanos de turno aprobaron leyes de inmigración que propiciaron la entrada en Cuba de alrededor de un millón de extranjeros, de los cuales el 25 % eran antillanos (haitianos y jamaiquinos, principalmente). Hasta 1931 la población creció en 2,9 % anual como promedio, duplicándose en treinta años, alcanzando el tope de crecimiento entre 1899 y 1907, con una tasa de 3, 34 %.[2]

En un principio se estimuló la inmigración de población europea, principalmente españoles, por lo que la tasa de crecimiento de la población blanca fue de 3,2 %, frente al 2,14 % de la población de color. La presión de la industria azucarera, que no dejó de ser plantacionista, determinó que se priorizara la inmigración antillana, por los que el ritmo de crecimiento de la población de color creció con respecto a la blanca en un 2, 7 %[3].

Las autoridades de ocupación norteamericana trataron de hacer selectiva la entrada de extranjeros en la isla por lo que la Orden Militar del 15 de mayo de 1902 prohibía la entrada de haitianos, jamaicanos y chinos, en 1906 se aprobó una ley que destinaba fondos para traer familiar europeas a Cuba, con vista de “fomentar la agricultura”, mientras miles de negros, muchos de ellos veteranos de la guerra de independencia, no tenía tierra, ni medios de sobre vivencia.

Pero la citada presión y demanda de la industria azucarera, en plena expansión rompió todas las restricciones a partir de 1913, cuando a la oleada de emigrantes españoles, en su mayoría gallegos y canarios, se unió la de los haitianos y jamaicanos y en menor medida chinos procedentes de Estados Unidos, puertorriqueños y otros antillanos.[4]

Durante la Primera Guerra Mundial y posterior, cuando los precios del azúcar determinaron la llamada, “Danza de los Millones”, se produjeron los mayores volúmenes de entrada de extranjeros a Cuba; la gran arribada continuó hasta la gran depresión de 1929, que marcó el fin de la entrada masiva de trabajadores extranjeros a la isla.

Este gran contingente de trabajadores eran en su inmensa mayoría hombres en edad laboral, entre 15 y 45 años. Venían en busca de oportunidades, a “hacer fortuna”, muchos con la esperanza de regresar luego a sus países de origen después de hacer algún dinero.

Cada grupo tenía sus características, traían su cultura y se comportaron de forma diferente. Los europeos se asentaron principalmente en las zonas urbanas, en labores no agrícolas, aunque determinados grupos de canarios y gallegos se dedicaron a la agricultura no cañera. Los antillanos se concentraron alrededor de las plantaciones azucareras, principalmente en Oriente y Camaguey, muy afectados por la discriminación racial y el desconocimiento del idioma español.

La emigración española favorecida por la clase dominante en el país, tuvo una parte importante en el contingente extranjero llegado al país. En 1899 la población española en Cuba era de un 11,9 % del total, en 1907 eran el 11,1 % y en 1913 llegaron al 13,9 %.[5] Por tratarse de una población inmigrante, en edad laboral y con un elevado índice de masculinidad, la proporción de españoles trabajando en Cuba era de un 65,5 % en 1907 y un 42,6 % en 1919.[6] Sus ocupaciones básicas se distribuyen entre el comercio, la agricultura y los servicios domésticos.

En cuanto a la regionalización de la emigración es destacable que sigue la misma expansión azucarera. La zona norte y suroeste de la antigua provincia de Oriente y el sur de Camaguey asimilaron los mayores núcleos de extranjeros. En 1907 vivían en Camaguey el 3,8 % de extranjeros asentados en Cuba, mientras que la cifra en Oriente se eleva al 15, 4 %. En 1931 la proporción de extranjeros en ambas provincia era de 15,8 % en Camaguey y 21,2 % en Oriente. De ellos el 95 % eran antillanos. Unido al hecho de ser las provincias receptoras de la mayor migración interna en Cuba, estimulado por la expansión azucarera.[7]

Esta entrada masiva de extranjeros al país, provoca una fuerte conmoción social y cultural al entrar en interacción e influencias nuevas formas culturales, raíces autóctonas que tenían mucho en común con la nuestra, pero que llevaban la peculiaridad del desarrollo bajo otras condiciones socio culturales. En el caso antillano llegan a Cuba cultos religiosos como el “Vudú” haitiano, el protestantismo de los jamaicanos, junto a las manifestaciones de la música y la danza, asociadas a ellos.

En cuanto a la emigración española, su gran entrada refuerza la presencia de las manifestaciones autóctonas de la península en Cuba que determinan la creación de grupos y sociedades regionales de fuerte arraigo en la cultura cubana de este siglo XX. Otro grupo de emigrante blanco, aunque no muy numeroso sí marcaron a la sociedad cubana por su empuje anexionista y su resistencia a la integración al etno nacional: los norteamericanos, que durante este período fundaron colonias de agricultores en diversa zonas del oriente del país y principalmente en Isla de Pinos, donde llegaron a ser beligerantes en cuanto al reconocimiento de la soberanía de Cuba sobre esta parte de su territorio, queda el recuerdo de la colonia de Omaha al norte de Oriente, la Gloria City, una próspera colonia estadounidense en Camaguey y los barrios de norteamericanos en muchos centrales de estas dos provincia donde el “modo de vida yanqui” era algo más que una influencia.

Otros grupos significativos fueron los chinos procedentes de los Estados Unidos, que modelaron definitivamente el conocido “barrio chino de La Habana”, una colonia sueca y hasta una de hindúes en la región oriental, completan este exotismo que hacen más complejo el “ajiaco cubano” del que habló Fernando Ortiz.

Además se produjo una desnacionalización del trabajo, al constituir los trabajadores extranjeros una fuerza determinante que actuaba como contrapeso en las luchas de los cubanos, en el logro de mejoras sociales y económicas. Por esta razón entre las exigencias de muchos grupos y movimientos obreros de la época se esgrime la nacionalización del trabajo, para que el cubano no fuera paria en su tierra, aunque dicha reivindicación no llevó al surgimiento en Cuba de sentimientos chovinistas de significación social.

La cultura cubana ha demostrado a lo largo de su existencia, capacidad de adaptación, asimilación de lo nuevo y de mantenimiento de los elementos fundamentales que le caracterizan, capacidad que la hace fuerte y floreciente.


Nota: la imagen fue tomada del libro de Enrique Cirules: Conversación con el último norteamericano. La Habana, 1988

[1] De 1 631 700 habitantes en 1887 a 1572 800 habitantes en 1899

[2] Centro de Estudios Demográficos: “La población en Cuba”. La Habana, 1976

[3] Ídem

[4] Ídem

[5] García Álvarez Alejandro: “La gran burguesía comercial en Cuba, 1899-1925”. La Habana, 1990

[6] Ídem

[7] Ídem

Historia

La radicalización política en la Cuba colonial (1838-1878)


A partir de 1820 la burguesía liberal española comienza un proceso de desmontaje de la infraestructura creada por los criollos, su objetivo es someter la economía de la isla a los intereses de la burguesía periférica española, proceso que alcanza su punto más álgido con la muerte de Fernando VII y la llegada al trono de Isabel II aupada por la burguesía liberal que nombra a Miguel Tacón como Capitán General de Cuba e implanta las facultades omnímodas

El desplazamiento de la oligarquía criolla del poder real en la isla se produjo durante el gobierno del Capitán General Miguel Tacón y Rosique(1834-1838), quien alejó del palacio a los poderosos hacendados criollos al tiempo que aumenta la influencia del grupo de comerciantes peninsulares, muchos de ellos contrabandistas de esclavos.

En España la burguesía española consolida paso a paso la integración de la economía española en un solo sistema nacional que le permitió crear un mercado interno que servía a sus intereses y en el que Cuba era un agente extraño, con una producción exportadora que no iba dirigida al mercado español, ni era manejada por capital peninsular, sino que iba encaminada al mercado de la Estados Unidos e Inglaterra y estaba en manos de la oligarquía criolla.

Su solución fue poner trabas al desarrollo económico y comercial de Cuba y para ello crearon las “Leyes Especiales” que es un proyecto de concesiones y restricciones que intenta frenar el impetuoso desarrollo dependiente de Cuba con respecto a su mayor mercado, los Estados Unidos de Norteamérica.

Durante el gobierno de Tacón se produjo un abierto enfrentamiento entre la burguesía criolla, encabezados por la intelectualidad más radical y los sostenedores de una política colonial más rígida, liderados por los comerciantes españoles radicado en La Habana, beneficiados con el contrabando de esclavos y la usura; y la burguesía comercial en la península, interesados en poner la economía de la isla en función de sus intereses.

Solo el gran crecimiento económico de Cuba, basado en la producción azucarera, logró atenuar las tensas relaciones entre criollos y peninsulares, frenando por el momento la radicalización política de los isleños.

Si en el quinquenio 1831-35 se reportó cerca de 39 millones y medio de arrobas de azúcar, el quinquenio siguiente 1836-40 eleva estas cifras hasta 50 742 000 arrobas. En igual medida se comporta el café, el tabaco, la ganadería, todas producciones de amplio crecimiento en estos años.

Los ingenios se extendían a todo lo largo de occidente de la isla buscando las fértiles llanuras de Colón, la zona de Trinidad en el centro y la cercanía de los puertos, a los que la introducción del ferrocarril en 1837 había hecho más cercanos. Los cafetales también crecieron, tanto en las zonas orientales de Guantánamo y Santiago de Cuba, como en Trinidad y Pinar del Río, impulsados por la experiencia productiva y el capital de los emigrados franco-haitiano.

La base para esta expansión era la mano de obra de los esclavos africanos, sustento de prosperidad sobre la sangre y sudor de estos infelices que alcanza su tope en el quinquenio 1840-45 cuando la población esclava era de 436 500 personas, el 43,3 % (1841), del total de la población de Cuba.

En los primeros años de la década del cuarenta se produce un auge en el movimiento abolicionista, alentado por Inglaterra y los sentimientos antiesclavistas presentes en el país. Inglaterra nombra es este período como cónsules en Cuba a dos reconocidos abolicionista, Richard Madden(1836-1840) y David Turnbull(1840-1850), que mantuvieron en jaque constante a los comerciantes de esclavos,“negreros”, y su productivo negocio de la trata clandestina. En Cuba todos los poderosos se beneficiaban con este execrable negocio, desde el comerciante y el hacendado hasta el funcionario colonial sin excluir al Capitán General de la Isla.

En 1843 se produjeron algunas importantes sublevaciones de esclavos que atemorizaron a la clase dominante criolla y se organiza una dura represión que culmina en el Proceso de la Escalera (1844), donde el temor de la oligarquía criolla blanca se convierte en motivo de persecución contra la pequeña burguesía de color, que alcanza un cierto auge en esta etapa y que es acusada de encabezar la conspiración.[1]

Luego de estos sucesos, el espanto de la burguesía criolla fue muy grande, el fantasma de lo ocurrido en Haití a principios del siglo XIX, manejado políticamente muy bien por el gobierno colonial español, hace que toda idea de separarse de España sea desechada y se piense en la solución de obtener reformas de la metrópoli que permitieran la prosperidad y mantenimiento del status esclavista, sin afectar sus intereses vitales o anexarse a los estados sureños de los Estados Unidos para mantener sus intereses basados en la mano de obra esclava. De todas formas la tensa situación los lleva a maquillar la situación del esclavo con reformas de forma que alejara el peligro de la abolición o la sublevación y promover la entrada de braceros chinos para trabajar “contratados” en la industria azucarera.

También debe señalarse la decadencia de la producción cafetalera a partir de la década del cuarenta y acentuada en la de los cincuenta a causa de la política arancelaria de España y el proteccionismo de los Estados Unidos.

La oligarquía criolla cae en una profunda contradicción que lo lleva a pensar en la anexión a los Estados Unidos como la solución de sus problemas. Por una parte temen a la enorme masa de esclavos que existe en el país, acepta a regañadientes la supresión de la trata, pero temen que Inglaterra presione a España para lograr la abolición y ante esta alternativa muchos llegan a pensar que la solución no está en las reformas que pueda hacer la metrópoli, sino en la anexión a los Estados Unidos, el principal socio comercial con un régimen democrático que les agrada y con un “sur” donde impera la esclavitud como sistema.

En movimiento anexionista comienza a manifestarse a mediados de la década del cuarenta del siglo XIX y se mantiene latente hasta la siguiente década, apoyado por los hacendados y visto con desconfianza por algunas figuras intelectuales de la isla como José Antonio Saco, quien argumenta razones históricas culturales para oponerse a esa idea.

Para contrarrestar el peligro de la anexión el gobierno colonial español inicia una política conciliadora y reformista, aplicada por los Capitanes Generales que gobernaron en el período 1855-1867: Serrano y Dulce, quienes traían instrucciones de atraer a los disgustados hacendados criollos, concediéndoles algunas libertades para evitar la radicalización de su actitud.

El segundo momento reformista parte de una reorientación de la burguesía criolla, lastrada por la esclavitud que le impide desarrollarse como clase. Se crea el Partido Reformista y se funda el periódico El Siglo (1861), como órgano de estas inquietudes. Sus líderes fueron Francisco de Frías, Conde de Pozos Dulces, el intelectual habanero José Morales Lemus y el rico hacendado Miguel Aldama. El partido creó un programa acorde a los intereses de los influyentes propietarios criollos[2] y con el pretendían superar los graves problemas de la isla.

Los sectores criollos ahogados por las cargas tributarias reciben un duro golpe con la crisis económica mundial de 1857 que hizo disminuir bruscamente los precios del azúcar, lo que trajo el endeudamiento de muchos propietarios criollos a manos de los acreedores, en su mayoría comerciantes españoles y quedan hipotecados las partes de los ingenios de la isla.

En la parte oriental, la burguesía criolla sufrió más duramente el embate de la crisis: sin dinero para modernizar sus ingenios, orientados para producir para el mercado internacional, como toda la economía de Cuba, y con el pesado fardo de las imposiciones fiscales, se mantuvieron al borde de la ruina y la bancarrota.

En noviembre de 1865 España convoca una Junta de Información sobre las reformas que debían implantarse en Cuba y Puerto Rico. Formada por 22 comisionados elegidos por los ayuntamientos de las dos islas, más los senadores que la representaban, miembros elegidos entre los ex gobernadores de esas colonias y otros designados por el gobierno español. Ocho meses duraron las reuniones en Madrid en las que se discutieron problemas económicos, políticos y sociales.

A la Junta los representantes criollos llevan su programa y luego de tensas negociaciones las autoridades coloniales rechazan las demandas de los caribeños y en cambio aumentan los gravámenes con un nuevo impuesto del 10 % sobre la renta, sin conceder nada a cambio.

Los sectores más radicales de la burguesía criolla no estaban dispuestos a soportar esta última humillación, las contradicciones colonia-metrópoli habían llegado al límite. Los sectores más radicales de esta burguesía, están justamente en la zona oriental del país, muchos de ellos endeudados y con una dependencia menor de la mano de obra esclava que sus vecinos los oligarcas del occidente de la isla.

Esta región fuertemente influida por los cambios que ha traído al mundo la Revolución Francesa y su homóloga la Revolución antiesclavista en Haití, integra entre sus componentes sociales un influyente sector de campesinos y pequeños propietarios, muchos de ellos negros y mestizos, que dependen en menor medida para su trabajo de la explotación de los esclavos africanos, por lo que no temen a las ideas de independencia y abolición que gana adeptos entre los diversos sectores de la región y tienen su culminación con el alzamiento del hacendado Carlos Manuel de Céspedes y Quesada, quien junto a un grupo de conspiradores de diversas procedencia social, proclama el 10 de octubre de 1868, no solo el derecho de Cuba a su independencia, sino la igualdad de los hombres y la libertad de sus esclavos, a los que dejó escoger el camino que quisieran en esta gesta que él iniciaba, pero que fue secundada por miles de pobladores de esta isla, dispuestos a ganarse un lugar entre los libres.


[1] En Cuba es casi un consenso que la Conspiración de la Escalera fue un pretexto de los colonialistas españoles y sus cómplices para reprimir el crecimiento sentimiento abolicionista en el país, destruyendo de paso al sector de la pequeña burguesía negra en auge en el Occidente de la Isla.

[2] El programa incluye la petición de la eliminación de los impuestos arancelarios y fijación de un único impuesto del 6 % sobre la renta; aplicación a Cuba del status de provincia española y abolición gradual y progresiva de la esclavitud.

Historia

Antonio Maceo Grajales, el Titán de Bronce

Nació en Santiago de Cuba el 14 de junio de 1845 y murió el 7 de diciembre de 1896 en el combate de San Pedro de Punta Brava, al sur de La Habana. Hijo de Marcos Maceo, un antiguo soldado de España, nacido en Venezuela, mulato y emigrado a Cuba tras la derrota de las fuerzas colonialistas, y Mariana Grajales Cuello, también negra, hija de emigrantes dominicanos, a los que la guerra trajo a Santiago de Cuba donde le nació esta hija excepcional, no por gusto nombrada, “La madre de la patria”

Maceo llena con su nombre toda la epopeya independentista, desde los primeros días del alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes en su ingenio Demajagua, el 10 de octubre de 1868, hasta su muerte en 1896.

Es el paradigma de la grandeza militar al servicio de una noble causa, destacándose por su disciplina y su don de líder militar y político, que no utilizó para su beneficio personal, sino que lo pone al servicio de Cuba y para ello supedita concientemente todo a la jerarquía de las instituciones de la República en Armas.

Del hogar y en particular de su madre Mariana, vienen esos rasgos sobresaliente de su personalidad: elegancia y limpieza escrupulosa, tanto en lo personal como para sus tropas al mando; una elevada moral que le llevan a ser un independentista intransigente que incluye la abolición de la esclavitud como principio primero; obediencia sin vacilación al mando, lo que no implica sumisión; valor a toda prueba y una innata capacidad militar que perfeccionará a las órdenes de quien siempre consideró su maestro y amigo: el Generalísimo Máximo Gómez Báez.

En medio de una guerra que duró diez años, llena no solo de acciones militares contra los enemigos colonialistas, sino de intrigas, ambiciones de poder, incomprensiones e intereses de grupos y regiones, este adalid negro, fue ganando sus grados por méritos de guerra uno a uno y llega a tener bajo sus órdenes las más disciplinadas y combativas fuerzas del mambisado.

Desde 1870 estuvo bajo las órdenes del Mayor General Máximo Gómez distinguiendo por su entrega y heroísmo durante la invasión a la rica zona de Guantánamo en 1873, bastión del colonialismo español y donde a las fuerzas regulares de la metrópoli, se unían grupos bien armados por los hacendados de la zona. Esta campaña por la zona guantanamera incorporó a toda la provincia de Oriente a la guerra, destruyendo a su paso cafetales e ingenios que servían de base económica para el gobierno colonial.

Luego acompaña a Máximo Gómez en su victoriosa campaña por la provincia de Camaguey (1874) en los que sus méritos combativos lo llevan a ser el oficial negro de más alto rango del Ejército Libertador consagrado en la batalla de Las Guasitas por su decisiva participación al frente de la infantería oriental.

“Desde que Calixto García cayó prisionero en 1874, Maceo tenía capacidad y méritos superiores a otros para sustituirlo en la jefatura de Oriente pero los sucesivos presidentes —ya Carlos Manuel de Céspedes había sido depuesto— rechazan el ascenso natural de un representante de las capas populares. La Campaña de Maceo en Oriente (1875 a 1878) mantuvo en pie de guerra a esa región cuando otros territorios empezaron a decaer.

“Mientras otros comenzaron siendo generales como caudillos de la conspiración independentista de 1868, el joven mulato Antonio Maceo ascendió a fuerza de coraje: sargento en el primer combate en Ti Arriba, la noche de su alzamiento; capitán abanderado el 10 de diciembre, comandante el 16 de enero de 1869 y 10 días más tarde, era teniente coronel. Céspedes lo hizo coronel el 22 de marzo de 1872, a pesar del recelo de algunos jefes con limitaciones racistas contra quien siempre repudió cualquier posición sectaria, ya sea el regionalismo, las divisiones en las filas mambisas o las manifestaciones racistas.”[1]

Su más sublime gesto de revolucionario convencido de la justeza de su causa se manifestó al término de la guerra, cuando por primera vez se alza contra la decisión de los órganos de la Revolución, que han pactado con España una paz que no incluye la independencia, ni la abolición de la esclavitud en Cuba. Su voz viril, apoyada en la moral que le dan sus victorias y su heroica hoja de servicio a la causa de Cuba, rechaza el Pacto del Zanjón, que pone fin a la guerra y se entrevista con el General español Arsenio Martínez Campos, para imponerle de su decisión de seguir la lucha hasta alcanzar los objetivos por los que él y muchos como él habían ido a la guerra.

Aquel gesto ha quedado en la Historia de Cuba, como la “Protesta de Baraguá”[2], que no es un grito de impotencia sino una invitación a seguir hasta lograr la plena independencia de Cuba.

Vuelve a la guerra pero por poco tiempo, las divisiones y el derrotismo frustran la Revolución en su primera etapa y Maceo como otros miles de combatientes cubanos tienen que salir al exilio y la emigración, desde donde mantiene una actitud combativa y militante en pos de conquistar la independencia pospuesta.

Durante la tregua intenta muchas veces reanudar la Revolución, uniéndose incondicionalmente a “la Guerra Necesaria” organizada por José Martí y el Partido Revolucionario Cubano.

Llega a Cuba el 1 de abril de 1895 a bordo de una goleta y acompañado de prestigiosos revolucionarios que habían combatido bajo sus órdenes en la Guerra Grande, entre ellos, su hermano José Maceo y Flor Crombet. Su llegada, junto a la de José Martí y Máximo Gómez, el 11 de abril del mismo año, significó la consolidación de la Revolución Independentista que había comenzado el 24 de febrero de 1895 e impulsó la campaña militar contra el régimen colonial que no tuvo un solo día de descanso desde que llegaran a la isla estos incansables revolucionarios.

Para el movimiento independentista cubano y su Ejército Libertador comandados por Máximo Gómez, General en Jefe y Antonio Maceo, Lugarteniente General, no había misión más importante que extender la guerra hasta la parte occidental de la isla, más poblada, más próspera y bastión del integrismo colonial; no podía pensarse en independencia si toda Cuba no estaba incorporada a la guerra. Por eso se organizó un selecto grupo de combatientes mambises, veteranos y aguerridos que partiendo desde Los Mangos de Baraguá en Oriente, el 22 de octubre de 1895, y comandados por el Mayor General Antonio Maceo a quien se incorporó luego el más talentoso de los generales  de las fuerzas cubanas, Máximo Gómez; llevaban la encomienda de llegar combatiendo hasta Pinar del Río.

No era una empresa fácil tenían que atravesar todo el país, por terrenos llanos, erizados de fuerzas españolas que había levantado cientos de obstáculos para tratar de aislar el movimiento insurrecional. En enero de 1896 tras duras jornada de marcha y combates, Antonio Maceo llegó a Mantua, en el extremo occidental de la isla, dando por completado su objetivo de incorporar a todo el país a la guerra. Para que tal propósito fuera posible el General Máximo Gómez desarrolló una brillante campaña militar en la provincia de La Habana que mantuvo en jaque a buena parte de las fuerzas españolas.

La invasión de la región occidental de Cuba, por un grupo relativamente pequeño de combatientes, que enfrentaban a fuerzas mucho mayores y mejor armadas, constituyó una hazaña militar y una victoria política de la Revolución Independentista Cubana y en ella la figura de aquel humilde mulato oriental encumbrado por sus méritos en la vanguardia de su pueblo, tuvo mucho que ver y mucho que decirnos a las generaciones futuras.


[1] Hechos y Personajes de la Historia de Cuba. Multimedia GÉNESIS. La Habana, 2002

[2] Sitio de la provincia de Oriente donde se reúne el Mayor General Antonio Maceo con Martínez Campo, el 15 de marzo de 1878

Historia

La Tríada Cubana



Al contar la historia de nuestras gestas independentistas hay tres figuras sin las cuales no puede hacerse el recuento: Antonio Maceo, Máximo Gómez y José Martí, ellos tres personifican todas las virtudes y valores que sientan las bases de la significación del ser cubano, sin que podamos excluir a ninguno de los que de una forma u otra han contribuido a este fenómeno socio-cultural que somos todos nosotros, dentro o fuera de la isla.

Haciendo una lectura étnica y fijándonos en la iconografía de los tres veremos que Máximo Gómez es un humilde campesino dominicano, blanco, acriollado en el crisol del Caribe que fragua su personalidad de líder de pueblo en las contradicciones del nacimiento de la nación en su país y en el nuestro, radicalmente antiesclavista y de generosa militancia con los humildes.

José Martí, cubano, hijo de emigrantes españoles, blanco, de origen humilde y formado en la escuela de las virtudes de la familia tradicional, sazonado con las ineludibles ideas de su tiempo, que pasan por el independentismo, en antiesclavismo, apego a la libertad humana y esa incondicionalidad con los pobres de la tierra, que lo llevó a comprender que la patria es la humanidad.

Antonio Maceo, cubano, hijo de dos negros mestizados, su madre cubana y su padre venezolano, de origen campesino y una inteligencia natural cultivada en la ética familiar que lidera su madre, Mariana Grajales, identificado con el independentismo, el antiesclavismo y con unas dotes naturales de liderazgo y mando que lo hicieron destacarse a golpe de méritos de guerra, apego a la ley y los principios éticos de los cubanos y una férrea disciplina que lo hizo, el indiscutible líder natural de las capas más humildes de la población, incluyendo a los negros, muchos de ellos esclavos redimidos por la guerra de independencia y puesto a la altura de iguales por el tesón y el sacrificio.

Ellos tres son Cuba, de emigrantes, de esclavos, de negros, de blanco, que conformaron en el breve tiempo de tres década una expectativa de nación que solo pudo ser quebrada por el contubernio de la burguesía cubana, titubeante y temerosa de sus propios compatriotas; la oligarquía española, asentada en el país, enraizada y de entrelazados vínculos con la burguesía cubana; temerosa como está de perder sus privilegios, prefiere cualquier fórmula que anule el poder de las mayoría y por eso acepta la intervención norteamericana, nada casual, ni humanitaria, sino interesada y oportunista.

Ellos hubiesen preferido la anexión, pero el pueblo cubano había sacrificado mucho por el sueño de la independencia y el juego político estuvo en anular todo viso de radicalidad en las filas de la Revolución Independentista, acéfala, confundida y frustrada e imponer una República manipulable, que no era la de José Martí, ni la Antonio Maceo, y mucho menos la del incorruptible Máximo Gómez, decepcionado y triste, convertido en símbolo, pero anulado en una República cordial de antiguos partidarios de España, de exreclamadores de autonomía dentro de la Corona Hispana y oportunistas que nunca faltan, que hicieron la Revolución, para vivir sobre sus méritos, todos juntos con la mirada hacia el norte en un país que cada vez le pertenecía menos, esa es la historia.

Historia

El Abra, un descanso para el joven Martí

Finca Museo El Abra, aquí permaneció Martí de octubre a diciembre de 1870

El Vía Crucis del joven Martí terminó en septiembre de 1870, cuando sus angustiados padres lograron para su muchacho un traslado de la Cárcel de La Habana para la fortaleza de la Cabaña donde José Martí guardó prisión alrededor de un mes, mientras trabajaba en la cigarrería que en dicho recinto atendían los confinados. El argumento fundamental para lograr esta conmutación de sanción fue la minoría de edad del joven y las influencias movidas por su padre con personas allegadas al gobierno colonial de la isla.

Una de estas personas era el catalán José María Sardá, industrioso hombre que tenía concesiones de obras con el gobierno y permisos para explotar una sección de las mismas canteras donde con otros cientos de presos, rompía rocas José Martí; dada sus gestiones Martí es trasladado el 21 de octubre de 1870 para Isla de Pinos[1] al abrigo de la familia del noble catalán, que en gesto viril, lo primero que hace al tenerlo en su casa es despojarlo del infamante grillete que tanto daño hizo a su salud y darle el estatus de huésped entre los suyos.

En aquel lugar paradisíaco, que la crueldad del colonialismo español convirtió en colonia de confinamiento de cubanos, nuestro joven poeta pudo reponer sus fuerzas agotadas en los crueles días de cárcel y trabajo forzado, allí pudo valorar la fuerza de la familia, al constatar la calidez de la que Sardá había formado con la criolla Trinidad, cubana devota y compasiva, madre de sus hijos y que dejó en José Martí la más profunda huella de gratitud en aquellos días pineros del Apóstol.

Allí está en medio de la campiña pinera la casa familiar de los Sardá habitada por sus descendientes, que han heredado junto al patrimonio del noble catalán la indeleble huella de la presencia de Martí, conservada en los objetos que uso y que atesoran junto a los recuerdos, casi leyenda de las salidas una vez a la semana del jovencito, para esperar el barco que desde Batabanó traía correspondencia, su silencioso paso meditabundo por la habitación que ocupara y su incesante escribir, como si solo esta fuera la manera de sanar de las infamantes heridas del presidio.

De las ruinas los habitantes de aquella islita nuestra levantaron en 1948 un pequeño museo, casi familiar, donde el último de los hijos de Sarda, Elías, le contaba a todo el que quisiera oír los avatares del muchacho triste que trajo su padre a casa, la devoción por doña Trina y el hermoso crucifijo de ébano y bronce, que desde España le hizo llegar a su benefactora.

En aquel paraje hermoso y entrañable, aprendí la lealtad a la memoria que me enseñaron los Sardá, entre ellos Beatriz, bisnieta de José María Sardá, apegada a la tradición y con la nobleza de la gente de bien, que goza con el placer de trasmitir vivencias al conversar y hace de este oficio nuestro de museólogos, un sacerdocio, que al tener a Martí como


[1] Actual Municipio Especial Isla de la Juventud

José Martí

La traducción en Martí

Víctor Hugo escribe en Víctor Hugo

José Martí

Una manera de aquilatar el carácter de José Martí es acercarse a su obra, a todo aquello que emprendió con decisión y voluntad como si en ello le fuera la vida, es así como se asoma al pensamiento del gran francés, a quien el mismo consideró gigante y al que toda la humanidad le debe su manera de mostrarla ante el espejo de sí misma.

Ese es Hugo, al que Martí se acerca en aquellos años juveniles de México, no por el encargo de la traducción, ni por la vanidad de vaciarlo al castellano, sino por esa identificación espiritual evidente es este ensayo, o prosa poética o página autobiográfica, de todo tiene esta obra que en francés salió bajo el título de “Mes Fils” (Mis hijos).

Es muy reveladora la nota introductoria de José Martí, quiere disculparse por la osadía de “interpretar” el pensamiento de un gigante, porque esto hace más que traducir, sentando las bases de su método para acercarse a todo el pensamiento que está en otro idioma, más cuando el mismo pertenece a uno de los prometeicos:

“Ideas son fuerzas madres, que van y vienen, y se encarnan y se informan, y, siendo en sí las mismas, allá esplenden como soles en las inteligencias levantadas, aquí iluminan con luz pálida en los ingenios suaves y tranquilos. Pero son ideas, y verdad, y fuerzas, y grandezas, y allí donde las hallo, yo me hallo; allí donde me admiran yo las siento; y si se concentran todas las ideas altas en una nevadísima cabeza, o soy su hijo o soy su hermano, pero en aquella cabeza vivo yo.”[1]

Es una declaración de principios que todos los que nos acercamos a Martí sabemos cumplió al pie de la letra, ese apego al espíritu humano universal donde quiera que se manifestara y que como vemos ya desde temprana edad supo ceñirse a él.

Para mi no tiene ninguna importancia el misterio casual y causal de que Martí conociera personalmente a Víctor Hugo, no era lo más importante para quien lo tenía delante en sus ávidas lecturas de perenne juventud.

“(…)Yo no amo, pues, las estrecheces de una escuela, sino esta abstracción, esta revelación, este misticismo, esta soberbia con que las almas son análogas, y los mundos series, y la vida vidas, y todo es universal y potente, y todo es grave y majestuoso, y todo es sencillo como la luz y alto y deslumbrante como el Sol.

“Y como todo esto vive, y brota todo noblemente de aquella cabeza, yo lo vi como a padre o como mío, y lo amé y lo traduje con placer”[2]

Esta fue la necesidad de él, compartir con terceros un pensamiento que consideraba suyo bajo su concepción de dejarlo lo más fiel posible, como a él le llegó, por eso su modo de querer explicar qué fue lo que hizo, a la vez que teoriza sobre su concepto de traducción:

“(…) Traducir es transcribir de un idioma a otro. Yo creo más, yo creo que traducir es transpensar; pero Víctor Hugo piensa, y se traduce a Víctor Hugo, traducir es pensar como él, (…) Víctor Hugo no escribe en francés: no puede traducírsele al español. Víctor Hugo escribe en Víctor Hugo: ¡qué cosa tan difícil traducirlo!”[3]

Cuando uno lee la traducción que hizo Martí sobre “Mis Hijos”, no se aparta del pensamiento en ningún momento la trayectoria de vida del Apóstol Cubano, Hugo habla de sus convicciones defendidas y compartidas por sus hijos, su extrañamiento en tierra ajena, sus sentimiento al regresar a la patria, anciano y tras la muerte de sus hijos, pero más convencido de lo que defiende y más dispuesto a continuar aquella defensa de los altos ideales humanos. Eso espera hacer aquel muchacho de apenas 22 años, que ve en la obra del gran francés un paradigma de vida que de un modo u otro marcó sus pautas.


[1] José Martí, Obras Completas, Tomo 24: pág. 15

[2] Ídem. : pp. 15-16

[3] Ídem.: p. 16

José Martí

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