Cultura Cuba

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26 de Julio de 1953, asalto al Moncada

Hace 58 años se produjo un hecho valiente y audaz que con el tiempo ha ido ganando en relevancia dentro de la historia contemporánea de Cuba y América Latina, el 26 de julio de 1953 un grupo de jóvenes cubanos liderados por el joven abogado Fidel Castro Ruz, asaltaba la segunda fortaleza militar del país en la ciudad de Santiago de Cuba, eran los representantes de una nueva generación dispuesta a cambiar de raíz la situación político social imperante en nuestro país, a continuar la lucha que diversas generaciones de nuestro pueblo sostenía contra la República burguesa, secuestrada por una oligarquía nacional que en contubernio con la oligarquía norteamericana y el gobierno de los Estados Unidos, mantenía a Cuba como un baluarte fiel del capitalismo yanqui y a su pueblo en un estado de carencias y sometimiento que no dejaban más camino que al disfrute de las migajas de las minorías privilegiadas o el levantamiento viril para acabar aquel estado de cosas.

Era el año del centenario del natalicio de José Martí, el “hombre de mármol” homenajeado por los mismos que traicionaban sus doctrinas y mancillaban a su pueblo y el asalto al Moncada fue el mayor homenaje al fundador del Partido Revolucionario Cubano, al advertidor de los peligros futuros que representaba el vecino del norte, el luchador social y humanista, nada de místico y sí claro fundador de pueblo. Que sean sus palabras el mayor homenaje a aquellos precursores, muchos de los cuales siguen junto a nosotros construyendo la utopía:

“Ni con la lisonja, ni con la mentira, ni con el alboroto se ayuda verdaderamente a una obra justa. La virtud es callada, en los pueblos como en los hombres. Partido cacareador, partido flojo. Hasta de ser justo con quienes lo merecen debe tener miedo un partido político, no sea que la justicia parezca adulación; la verdad no anda buscando saludos, ni saludando: sólo los pícaros necesitan tinieblas y cómplices: los partidos políticos suelen halagar, melosos, a la muchedumbre de que se sustentan, a reserva de abandonarla, cobardes, cuando con su ayuda hayan subido a donde puedan emanciparse de ella. Tantos logreros le salen a la libertad, tanta alma mercenaria medra con su defensa, tanto aristo astuto enmascara con la arenga piadosa el orgullo de su corazón, que da miedo -por no parecérseles- hablar de libertad. Lo bueno es fundarla calladamente. Lo bueno es servirla, sin pensar en la propia persona. De los hombres y de sus pasiones, de los hombres y de sus virtudes, de los hombres y de sus intereses se hacen los pueblos. Los enemigos de la libertad de un pueblo, no son tanto los forasteros que lo oprimen, como la timidez y la vanidad de sus propios hijos. El oficio de los libertadores no es devorarse entre sí, y codearse unos a otros ante la muchedumbre, y mirar hosco al que les cierra el paso, y derretirlo con el fuego de los ojos, y echarlo atrás a uñadas y mordeduras, y ponerse delante, a donde todo el mundo lo vea, como la odalisca que llegó por fin a atraer las miradas del sultán: el oficio de los libertadores no es alquilar elocuencias, pagar plumas, adular a satélites, acaudillar bandos, asalariar hipócritas, encubrir espías, costear vicios, pensionar desvergüenzas: ni ir de oído en oído cosquilleando el patriotismo, mendigando el cumplimiento del deber, ofendiendo a los hombres con la suposición de que es preciso hurgarles o mentirles para que tengan fe en sí propios o en la patria, denunciando puerilmente la labor revolucionaria, que en la idea ha de ser pública y en la acción toda secreta, -es oficio de los libertadores. Los que trabajan para sí o para su popularidad o para mantenerse siempre donde se aplauda o se vea, sin ver el daño que a su patria causen, publicaran su actividad, por no parecer inactivos; hablarán hinchadamente, porque no se les tache de moderados; vocearan a todos los vientos lo que hacen, para que se les premie y se les vitoree, aunque cada palmada que salude su imprudencia sea la señal para la prisión de un hombre bueno o la muerte de un héroe futuro en el patíbulo. Los que no trabajan para sí, sino para la patria; los que no aman la popularidad, sino al pueblo; los que no aman la misma vida, sino por el bien que pueden hacer en ella, esos, mano a mano con todos los hombres honrados, con los que no necesitan lisonja ni carteo, con los que no sacan de la vanidad su patriotismo sino de la virtud, llevan adelante, aunque de las gotas de su corazón vayan regando el amargo camino, la obra de ligar los elementos dispersos y hostiles que son indispensables a la explosión de la libertad y a su triunfo, -de exaltar las virtudes de manera que puedan más que las tentaciones y máculas de los virtuosos, -de pasar por entre las vanidades erguidas de modo que la hermandad y mansedumbre, y voluntaria humillación, triunfen sobre el susto de los ambiciosos o el rencor de los altivos, -de atraer los factores todos de la patria a la campaña de su redención final, a fin de entrar en ésta con todos, y no con unos contra otros, de juntar en invencible cohorte a los que defienden sin miedo la justicia entera y a los que padecen de una u otra forma de la tiranía: -lo cual requiere más silencio que lengua; lo cual se hace mejor mientras más se lo calla; lo cual es más útil que una política personal y aparatosa, aunque adule menos y corrompa, aunque brille menos.[1]


[1] “Revolución”, per. Patria, 16 de marzo de 1894. OC de José Martí, Tomo 3 pp. 75-76

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José Martí, Opinión

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