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Cultura Cuba

Un Blog para dar a conocer la cultura cubana, su gente y su historia, en pocas palabras.

 
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La danza en Cuba, entre luces y sombras.

La década del 70 representa una apertura mayor para el Ballet Nacional de Cuba que por su calidad y el prestigio de sus bailarines y coreógrafos, mantiene un constante intercambio con las principales plazas del ballet en el mundo. Canadá (1971), Suiza (1974); Venezuela, Portugal, y Panamá (1976) y Jamaica (1977). A medidos de 1978 se presentan en Nueva York y Washington, Estados Unidos. El Ballet Nacional de Cuba fue una especie de embajada cultural cubana en medio del aislamiento y el bloqueo a que estaba sometida Cuba por estos años.[1]

Al mismo tiempo era muy activa la participación de los bailarines cubanos e ballet en concursos internacionales como los de Moscú, Varna (Bulgaria), y el de Japón en los que era frecuente el premio a bailarines y coreógrafos cubanos. Lázaro Carreño, Andrés Willians, el primer bailarín negro de la compañía cubana, Fernando Jhones,  Amparo Brito, Mirta García y Orlando Salgado, fueron bailarines laureados por estos años, en tanto Alberto Alonso, Iván Tenorio y Alberto Méndez sobresalían entre los coreógrafos.

El Ballet Nacional de Cuba ha sido desde sus inicios una compañía defensora del repertorio clásico del ballet por lo que sus coreógrafos trabajan para afianzar esa característica en las piezas que crean. El más importante de estos coreógrafos en este período, lo fue Alberto Alonso, que estrena en esta década obras tales como, “Tarde en la siesta” (1973), “El río y el bosque” (1974), “Mujer” (1974), “Paso a dos” (1976) y “Muñecos” (1978). Otros coreógrafos de la compañía fueron Iván Tenorio, Gustavo Herrera, Azari Plisetski[2], y la propia Alicia Alonso.

El trabajo del Ballet Nacional de Cuba queda afianzado con la creación de la Escuela de Ballet de Cubanacán, cantera de talentosas figuras que comienzan a graduarse en esta década, como son los casos de Jorge Esquivel, uno de los mejores bailarines cubanos de ballet contemporáneo, María Elena Llorente, Lázaro Carreño, Orlando Salgado, Pablo Moré, Mirta García, Andrés Willians, José Zamorano, Rosario Suárez, Amparo Brito, Caridad Martínez y Fernando Jhones.

La segunda compañía de ballet de Cuba, el Ballet de Camaguey pasó a ser dirigida en 1975 por Fernando Alonso, quien se desempeñó también como maitre de ballet de la misma. Durante este período eleva el rigor de este grupo conformado por un joven elenco proveniente de la Escuela de Ballet de Cubanacán y de la Escuela Provincial de Ballet de Camaguey. Su repertorio se apega a los clásicos, aunque también experimentan con piezas de creación contemporánea sobresaliendo el trabajo coreográfico del santiaguero Jorge Lefebre, en estrenos suyos ya expuestos en Europa. En 1978 el Ballet de Camaguey realizó su primera gira internacional por los países del este de Europa, Checoslovaquia, Rumania y la Unión Soviética.

Jorge Lefebre es un artista que desarrolló su obra lejos de Cuba y dentro de las concepciones más contemporáneas del ballet por lo que no fue muy representado por el Ballet Nacional de Cuba, apegado a la tradición clásica de su directora Alicia Alonso. A pesar de ello mantuvo un nexo con la cultura cubana, al igual que su esposa Menia Martínez. Lo primero que le montó el Ballet Nacional de Cuba fue “Edipo Rey” (1970), aunque también se bailaron sus obras en el de Camaguey y la compañía de Danza Contemporánea.

En 1971 estrenó con el Ballet Siglo XX de Bejart, “La sinfonía del Nuevo Mundo”, a la que siguieron “Salomé” (1975), “Yagruma” (1975), “El pájaro de fuego” (1976), “La noche de los mayas” (1976), “Diálogo y encuentro” (1978) y “La Caza” (1979).[3]

En Lefrebre está muy presente el acento negro de la cultura cubana, tanto en el modo de bailar como en los temas que escoge, poniendo a dialogar la mitología clásica con la de su mundo afrocubano.

En 1971 la danza moderna cubana sufre un rudo golpe al ser separado de la dirección del Conjunto de Danza Contemporánea su fundador Ramiro Guerra quien pretendía romper con los esquemas establecidos dentro de la danza contemporánea y hacer algo nuevo, que el concibió en “El decálogo del Apocalipsis”.

Con Ramiro Guerra se anuncian los cambios de la danza moderna desde 1970, con obras como “Impromptus Galante” y el mencionado “Decálogo del Apocalipsis”.[4] En “Impromptus…” se juega a la danza en la que el público decide cada noche el final de la obra, en tanto el “Decálogo…” es obra de gran osadía coreográfica, con bailarines trepando por la fachada del teatro y diciendo malas palabras en varias lenguas, gestos eróticos y exuberante escenografía que escandalizaron a la ortodoxia cultural y que llevó a este excelente bailarín y coreógrafo al ostracismo. En 1979 reaparece Ramiro Guerra como coreógrafo al estrenarle el Conjunto Folklórico Nacional su “Tríptico oriental” basados en los ritmos de la zona oriental de la isla.

Durante algunos años el Conjunto mantuvo el impulso creativo formado por el maestro Ramiro Guerra, ahora bajo la dirección de Eduardo Rivero, bailarín y coreógrafo autor de obras antológicas en la danza contemporánea cubana como fueron “Sulkari” y “Okantomí” y en 1974 adopta el nombre de Danza Nacional de Cuba.

Eduardo Rivero se convierte en el principal coreógrafo de la compañía partiendo de su concepción de hacer montajes no narrativos, sino temáticos, en los que la sobresale la composición y escultura del cuerpo.

La llegada a mediados de los 70s de los primero bailarines de danza contemporáneas formados en la ENA[5] con gran dominio técnico y formado dentro de la organicidad de un método y con una gran audacia experimental, determina un nuevo momento para la agrupación que ya tiene un repertorio superior a los cincuenta títulos, en los que se mantienen las obras clásicas, pero en la que aparecen piezas nuevas como, “Danzaria”, “El cruce del Niágara” y Lunetario” de Marianela Boan; “Fausto Caribeño” de Víctor Cuellar y la indagación posmoderna de la danza teatro, “Ave Fénix” de la chilena Victoria Larraín. En 1979 la dirección de la compañía Danza Nacional de Cuba pasa a Sergio Vitier, en ese año realizan varios estrenos memorables: “Omnira”, “Michelángelo”, “Ireme” y “La Jungla”.

El Conjunto Folklórico Nacional es una de las más genuinas formas culturales danzarias de la isla, fundado en 1962 y en constante crecimiento y evolución vivió en la década del 70 un momento de esplendor no solo en la arena internacional, sino en sus regulares presentaciones en el Teatro Mella, su sede habitual, y su giras por el país. La profesionalidad de los bailarines, músicos, cantantes y el equipo de investigadores e informante que a su alrededor se formó, fueron la base de su éxito porque no solo rescataron las tradiciones culturales populares, principalmente las de raíces africanas, sino que convirtieron todo aquel legado cultural en cultura viva, no solo de laboratorio. Su éxito que tenía mucho que ver con la religiosidad sincrética del pueblo cubano, contrasta con la solapada pero fuerte campaña de ateismo que marca toda esta década y posterior, cometiéndose el error de separar bailes y cantos de creencias religiosas ancestrales que marcan la identidad de buena parte de la población cubana.

Embajadores de la cultura popular el Conjunto Folklórico Nacional se convierte en la cara de la Cuba marginada y ahora triunfante con la voz increíble de Lázaro Ros, sin la cual no se conciben los cantos negros de nuestra nación, los tambores ancestrales que fueron luego colocándose en el pentagrama musical de la isla y de la latinidad americana; sus bailarines y bailarinas, Zenaida Armentero y Nieves Fresneda, por mencionar solo dos, sentidoras de aquella energía que le llegaba desde muy lejos y desde muy hondo y el paciente trabajo de Argelier León, Fernando Ortiz, Rogelio Martínez Furé, Lidia Cabrera y cada practicante que defendió esta cultura, cuya punta del iceberg fue el Conjunto, pero que era mucho más que espectáculo, algo que estaba por entenderse en estos difíciles y contradictorios años.

El Conjunto Folklórico Nacional de Cuba ha ofrecido funciones a lo largo y ancho de nuestro país y en más de 60 giras internacionales por países de Europa, América, Asia y África donde los públicos más disímiles han aplaudido y ovacionado en decenas de lenguas el arte profundamente nacional de este colectivo danzario. Los más prestigiosos escenarios del mundo desde París a Moscú o desde Lima a Tokio, desde Angola a New York, han vibrado con los encendidos ritmos de los tambores y los cantos y danzas tradicionales creados por el pueblo cubano.

Del movimiento de artistas aficionados sobresalen un buen grupo de conjuntos y agrupaciones danzarias fundamentalmente de bailes afro-cubano, afro-caribeños y de tradiciones campesinas. De ellos descuellan grupos como, el Conjunto Folklórico de la Universidad de La Habana, el Conjunto XX Aniversario de Ciego de Ávila, el Conjunto Folklórico de Trinidad, la Tumba Francesa Carabalí Izuama, de Santiago de Cuba y el Grupo Folklórico de Nueva Gerona con sus bailes caimaneros, entre los muchos que daban impulso al estudio y conservación de las tradiciones populares en la danza.

Era la increíble reafirmación de una cultura dando rienda suelta a su creatividad y enfrentándose a cegueras ideológicas que no comprendían que la vitalidad de esa cultura afrocubana estaba en el sentido del complejo cultural que iba de la religiosidad al baile, de este a la música y de esta de vuelta a esos orichas o santos que pugnaban por ser algo más que folklor.

Nota: Para ampliar el conocimiento sobre la cultura cubana de este periodo (1970-1980) consultar en Monografía correspondiente de este autor.


[1] Miguel Cabrera, “Alicia Alonso y el ballet cubano” en La Cultura de Cuba Socialista. La Habana, 1982.

[2] Bailarín ruso invitado y que bailó durante este período en la compañía como pareja de Alicia Alonso

[3] Jorge Rafael Vilar, “Del sueño a la memoria: Jorge Lefebre” en rev. Revolución y Cultura. Nº 3 /1991

[4] Guillermo J. Márquez Romero, La danza postmoderna en Cuba, rev. Cúpula. Nº 9, 1998

[5] Escuela Nacional de Arte

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