Cultura Cuba

Un Blog para dar a conocer la cultura cubana, su gente y su historia, en pocas palabras.

 

Archivo de Julio, 2011

Regino Eladio Boti, 1878 – 1958

Unas de las figuras intelectuales cubanas que resume el ser nacional en cuanto al apego a su terruño natal fue este destacado intelectual guantanamero, hombre de sólida cultura, mirada inquieta, curiosidad de espíritu y autoridad social, siempre pendiente de los progresos de su “aldea”, esa villa  que a comienzos del siglo XX florecía agreste en medio del valle fértil de los ríos que al norte de la gran bahía de Guantánamo, ya tenían una de las más prometedoras sociedades cubanas de su tiempo.

Regino Eladio Boti Barreiro (1878-1958) fue la más descollante figura de esa sociedad guantanamera, nada provinciana en cuanto a sus proyecciones culturales, con oído atento a las inquietudes del mundo y centro de un floreciente comercio que sirvió de base a su desarrollo dinámico y sostenido durante  el vigésimo siglo.
“Regino E. Boti es un ejemplo de apego, casi feroz, al solar nativo. Aldeano convicto y confeso, Boti condena por igual a los absorbentes capitalinos habaneros y a los regionalistas orientales”[2]
Era ante todo poeta, cantor de las bondades de su tierra a la que tuvo siempre como fuente inspiradora, en su largo trayecto de vida vieron la luz varios poemarios suyos, todos precursores y aportadores a la lírica nacional, con una fuerza  y originalidad que no dejaron indiferente a la pretensiosa intelectualidad habanera de la época, quien rindió elogios y multiplicó silencios para el bardo oriental, que desde su Guantánamo seguía mostrando la vitalidad de su obra, aún cuando decidió guardar  el caudal de su lira entre los remansos provincianos de su pueblo.
Su labor como abogado, publicista y hombre público, lo hicieron alguien  a tomar en cuenta en los predios del Guantánamo de su tiempo y por si poco fuera, aportó al magisterio su inteligencia fecunda y su bondad de patriarca.
Artista de dotes múltiples, se valió del pincel para decir de otra manera y engrandecer  sus méritos que lo hacen vivir en la identidad de su ciudad y su valle, tanto como en la cultura nacional.
Habrá que hacer mucho para que los cubanos todos y los guantanameros en particular, dimensionen  a este hombre más allá de su nombre y lo hagamos base de una sólida cultura con sus raíces vitales y la mirada en nosotros mismos.

[1] Regino E. Boti: “Autobiografía No, Yoísmo”, Revista Luz, Matanzas, 13 de marzo de 1910.
[2] José Antonio Portuondo.2 de enero de 1987. Presentación del Catálogo de la Exposición en el Museo Nacional Palacio de Bellas Artes: Regino E. Boti, 1878 – 1958, Yo Hago Arte en Silencio, Acuarelas y Pasteles
Cultura

26 de Julio de 1953, asalto al Moncada

Hace 58 años se produjo un hecho valiente y audaz que con el tiempo ha ido ganando en relevancia dentro de la historia contemporánea de Cuba y América Latina, el 26 de julio de 1953 un grupo de jóvenes cubanos liderados por el joven abogado Fidel Castro Ruz, asaltaba la segunda fortaleza militar del país en la ciudad de Santiago de Cuba, eran los representantes de una nueva generación dispuesta a cambiar de raíz la situación político social imperante en nuestro país, a continuar la lucha que diversas generaciones de nuestro pueblo sostenía contra la República burguesa, secuestrada por una oligarquía nacional que en contubernio con la oligarquía norteamericana y el gobierno de los Estados Unidos, mantenía a Cuba como un baluarte fiel del capitalismo yanqui y a su pueblo en un estado de carencias y sometimiento que no dejaban más camino que al disfrute de las migajas de las minorías privilegiadas o el levantamiento viril para acabar aquel estado de cosas.

Era el año del centenario del natalicio de José Martí, el “hombre de mármol” homenajeado por los mismos que traicionaban sus doctrinas y mancillaban a su pueblo y el asalto al Moncada fue el mayor homenaje al fundador del Partido Revolucionario Cubano, al advertidor de los peligros futuros que representaba el vecino del norte, el luchador social y humanista, nada de místico y sí claro fundador de pueblo. Que sean sus palabras el mayor homenaje a aquellos precursores, muchos de los cuales siguen junto a nosotros construyendo la utopía:

“Ni con la lisonja, ni con la mentira, ni con el alboroto se ayuda verdaderamente a una obra justa. La virtud es callada, en los pueblos como en los hombres. Partido cacareador, partido flojo. Hasta de ser justo con quienes lo merecen debe tener miedo un partido político, no sea que la justicia parezca adulación; la verdad no anda buscando saludos, ni saludando: sólo los pícaros necesitan tinieblas y cómplices: los partidos políticos suelen halagar, melosos, a la muchedumbre de que se sustentan, a reserva de abandonarla, cobardes, cuando con su ayuda hayan subido a donde puedan emanciparse de ella. Tantos logreros le salen a la libertad, tanta alma mercenaria medra con su defensa, tanto aristo astuto enmascara con la arenga piadosa el orgullo de su corazón, que da miedo -por no parecérseles- hablar de libertad. Lo bueno es fundarla calladamente. Lo bueno es servirla, sin pensar en la propia persona. De los hombres y de sus pasiones, de los hombres y de sus virtudes, de los hombres y de sus intereses se hacen los pueblos. Los enemigos de la libertad de un pueblo, no son tanto los forasteros que lo oprimen, como la timidez y la vanidad de sus propios hijos. El oficio de los libertadores no es devorarse entre sí, y codearse unos a otros ante la muchedumbre, y mirar hosco al que les cierra el paso, y derretirlo con el fuego de los ojos, y echarlo atrás a uñadas y mordeduras, y ponerse delante, a donde todo el mundo lo vea, como la odalisca que llegó por fin a atraer las miradas del sultán: el oficio de los libertadores no es alquilar elocuencias, pagar plumas, adular a satélites, acaudillar bandos, asalariar hipócritas, encubrir espías, costear vicios, pensionar desvergüenzas: ni ir de oído en oído cosquilleando el patriotismo, mendigando el cumplimiento del deber, ofendiendo a los hombres con la suposición de que es preciso hurgarles o mentirles para que tengan fe en sí propios o en la patria, denunciando puerilmente la labor revolucionaria, que en la idea ha de ser pública y en la acción toda secreta, -es oficio de los libertadores. Los que trabajan para sí o para su popularidad o para mantenerse siempre donde se aplauda o se vea, sin ver el daño que a su patria causen, publicaran su actividad, por no parecer inactivos; hablarán hinchadamente, porque no se les tache de moderados; vocearan a todos los vientos lo que hacen, para que se les premie y se les vitoree, aunque cada palmada que salude su imprudencia sea la señal para la prisión de un hombre bueno o la muerte de un héroe futuro en el patíbulo. Los que no trabajan para sí, sino para la patria; los que no aman la popularidad, sino al pueblo; los que no aman la misma vida, sino por el bien que pueden hacer en ella, esos, mano a mano con todos los hombres honrados, con los que no necesitan lisonja ni carteo, con los que no sacan de la vanidad su patriotismo sino de la virtud, llevan adelante, aunque de las gotas de su corazón vayan regando el amargo camino, la obra de ligar los elementos dispersos y hostiles que son indispensables a la explosión de la libertad y a su triunfo, -de exaltar las virtudes de manera que puedan más que las tentaciones y máculas de los virtuosos, -de pasar por entre las vanidades erguidas de modo que la hermandad y mansedumbre, y voluntaria humillación, triunfen sobre el susto de los ambiciosos o el rencor de los altivos, -de atraer los factores todos de la patria a la campaña de su redención final, a fin de entrar en ésta con todos, y no con unos contra otros, de juntar en invencible cohorte a los que defienden sin miedo la justicia entera y a los que padecen de una u otra forma de la tiranía: -lo cual requiere más silencio que lengua; lo cual se hace mejor mientras más se lo calla; lo cual es más útil que una política personal y aparatosa, aunque adule menos y corrompa, aunque brille menos.[1]


[1] “Revolución”, per. Patria, 16 de marzo de 1894. OC de José Martí, Tomo 3 pp. 75-76

José Martí, Opinión

Los pintores impresionistas desde la óptica martiana


“Remador del Sena” de Augusto Renoir

Uno de los cuadros admirados por Martí en 1886 en Nueva York

En el Nueva York decimonónico no era rara una exposición de pintura, tanto de artistas norteamericanos como europeos, que eran muy apreciados en aquella sociedad moderna y cosmopolita, así pudo apreciarlo José Martí al establecerse en la ciudad en 1880. El recién llegado escribe para la revista The Hour un interesante artículo sobre el 55 Salón de la Academia Nacional de Dibujo de los Estados Unidos, allí destaca esta influencia europea en los artistas que exponen y que el clasifica en dos grupos, los clásicos y los románticos, para él los clásicos apuestan por un apego a los cánones de las academias occidentales de artes plástica, en tanto los románticos, siguiendo sus apreciaciones eran aquellos impresionistas que se alejaban del dibujo a líneas para entregarnos una obra con predominio de mancha y color, que lo desconciertan un poco pero que no dejan de admirarlo:

“Sobre una pintura impresionista, no se puede decir otra cosa que: “Aquí hay talento”. Este elogio no debe satisfacer a los verdaderos artistas. Si existe talento, debe producir grandes obras. Cuando imitamos, imitamos a menudo lo malo. En pintura, como en literatura, los americanos mantienen sus ojos celosos sobre las glorias europeas. Les gruñimos, pero permanecemos esclavos de ellas. Mientras esta admiración servil nos domine, nunca seremos capaces de producir nada meritorio del Nuevo Continente.”[1]

Ese afán por lo auténtico americano lo lleva a esta posición frente a los novedosos impresionistas que escandalizan a París pero sobre los que en realidad aún él no tiene un juicio hecho.

Cuatro años después verá en Nueva York la primera exposición de estos “vencidos de la luz” como los llegará a llamar y es ya visible la maduración de un criterio sobre su obra, aunque aún perduran los prejuicios. De Manet dirá entonces: “… caudillo algún tiempo de los impresionistas, que amo lo feo, y perdió a Velázquez, y vivirá, a pesar de sus cuadros brutales, por lo que hay siempre de permanente y bello en lo verdadero, había allí sobre un suelo gris, y en fondo negro, un niño en bragas y calzas, que carga, como quien cargaría una silla de montar, una gran espada. Y otro cuadro había abominable, pero atractivo, como todo lo personal y osado; una pobre dama fea en bata rosada, se destaca de un fondo oscuro, mirando una flor vulgar que alza en su mano; a su lado, sobre una cotorrera duerme un loro: y de la basa de lata del palo, echa su cáscara al suelo una naranja a medio mondar.”[2]

Pero su rendición ante el hechizo de la impresión, la luz y el movimiento vendrá líneas después al comentar un cuadro de Degás:

“En lugar cercano estaban las “Bailarinas” de Degas, el cuadro atrevido que levantó tormenta, y en el que unas cuantas manchas de color que parecen desleídas con el dedo, reproducen fielmente el vago y vaporoso espectáculo que en noches de fiesta presentan los bastidores de un teatro de baile. Dijérase que esta escuela, noble por lo sincera, ha cometido sólo un error de distancia, aunque no acaso de lógica. Hace sus cuadros tales como la escena representada en ellos se vería a la distancia necesaria para que los objetos tuviesen el tamaño con que se les representa; y no los hace, como es de uso y de mayor razón, en atención a la distancia en que deben ser vistos.” [3]

Su ensayo más conocido sobre los impresionistas verá la luz en 1886 para el periódico bonaerense “La Nación” donde el artista reconoce el arte y comparte la admiración con que la ciudad de Nueva York, consagró a los pintores malditos que París se negaba a aceptar, la pléyade de impresionistas presentes en aquel célebre salón dejaron en Martí una de sus más hermosas páginas en la crítica de arte, disfrutémosla íntegra:

Nueva exhibición de los pintores impresionistas

Los vencidos de la luz. Influjo de la exhibición impresionista. Estética y tendencias de los impresionistas. Verdad y luz. Desórdenes de color. El remador de Renoir (Continuar leyendo »)

Cultura, José Martí

Martí y Coubertin: Ideas sobre el deporte


Estamos cerca de la celebración de los XVI Juegos Panamericanos convocados para Guadalajara, capital de Jalisco, México, ¡ojalá este momento de reunión de la familia deportiva de toda América sirva para alentar una paz que México necesita para rehacerse como la gran nación que todos los latinoamericanos sabemos que es!, mientras ese momento llegue démosle la palabra a José Martí es un tema poco usual para los que saben de su obra, pero que tiene la misma carga de humanismo: el deporte.

Desde que en 1881 José Martí comienza a reportar para los diarios hispanoamericano sus noticias e impresiones sobre los Estados Unidos, incluyendo los temas sobre deporte y actividades físicas. Hace fuertes críticas al profesionalismo, tanto por el mal hábito de las apuestas, el daño a la integridad y la salud humana, como por la violencia desmedida en algunos deportes o por la enajenación de un público que el llega a comparar con la muchedumbre de la Roma Imperial.

También le hace señalamientos críticos al deporte colegial norteamericano: “En muchas universidades es más la pompa que la ciencia, y el pelotear que el leer”[1] “Esas fiestas de fin de curso, si no acabasen en regatas enconadas y en desafíos celosos de pelota, serían cosa bella…”[2]

El mismo deporte colegial que por estos años provoca solo elogios superlativos a Pierre de Coubertin(1863 -1937), el maestro francés que recorre estas instituciones de enseñaza superior en Inglaterra y los Estados Unidos estudiando sus programas de desarrollo físico del cuerpo de sus alumnos, a través de los deportes y la ejercitación atlética.

Martí observa la enconada y enfermiza rivalidad entre los estudiantes de un curso con otros, de los estudiantes entre sí y de los colegios por obtener victorias en los encuentro inter universidades, tanto que queda en un segundo plano el redimiendo académico del alumno. Comenta como se adora al fuerte, por encima del talentoso, como las mujeres admiran a los atletas por sus condiciones físicas, desdeñando las cualidades intelectuales y espirituales; como la rivalidad termina muchas veces en riñas y odios que obliga en ocasiones a las autoridades de esos centros a suspender las competiciones.

Coubertin en sus indagaciones posteriores[3], busca patrones a seguir para formar a los hombres de la futura élite de las sociedades capitalistas. Para él, el deporte ocupa un lugar fundamental en el desarrollo del ser humano por lo que intentó aumentar el lugar de este en la educación de juventud.

Se basó para ello en el movimiento deportivo que en Inglaterra, había desarrollado un gran pedagogo, el abate Thomas Arnold (1795-1842), quien fuera director del colegio de Rudby y desarrolló la educación física y la práctica deportiva de equipos y disciplinas individuales, como ejercitación necesarias para la formación del carácter y la ética del futuro gentleman.

Arnold estaba convencido que los deporte, en primer lugar los colectivos sirven para desarrollar la caballerosidad, autodisciplina, hermandad, confraternidad y la necesaria vida en comunidad de los estudiantes[4]

Martí aboga por la ejercitación para el cultivo del cuerpo en beneficio de la salud del ser humano y del desarrollo espiritual de sus virtudes, de su acercamiento a la naturaleza y a la búsqueda de la perfección humana tanto en lo ético como en lo estético. No exacerbar en el atleta ese afán de marcas y músculos en detrimento de lo humano y defendiendo el precepto clásico de competir por honor así mismo, a su grupo, a su patria y no terminar vendiendo sus habilidades al deporte rentado que ya tiene un gran andamiaje en los Estados Unidos de su época, y donde el deportista es apenas un actor de circo en espectáculos que compara con los de Roma y Pompeya.

Coubertin le cuenta a Europa de sus experiencias por Inglaterra y los Estados Unidos en dos libros ya clásicos: “Souvenir’s d’Amerique et de Grece” (1887) y “Universites transatlantiques”(1888) que recogen sus elogios a estas instituciones escolares en la que se forman los “fuertes y triunfadores” que estarán luego dirigiendo la sociedad.

Este pedagogo y pensador francés, afirmaban que el deporte y el ejercicio físico eran primordiales en la formación del carácter del joven alumno y sostenía que la educación selectiva era la que llevaría a formar a los líderes de las democracias liberales.

Coubertin, fue a los Estados Unidos en busca de un modelo para perfeccionar la formación de las élites de poder en su país y en Europa; En estos Colegios vio el mayor y mejor sistema del deporte y la ejercitación física y puso todo su empeño en divulgar estos avances y lograr su aplicación en bien de la salud y el desarrollo más integral del ser humano. Convencido de que el deporte no era solo salud, sino el formador del carácter, el espíritu de equipo, el desarrollo de la individualidad y el liderazgo; el futuro creador del olimpismo moderno, solo tuvo elogios para el deporte colegial americano.[5]

Martí mucho antes que él escruta en el mismo ámbito social norteamericano, es un observador objetivo, pero no imparcial, crítica, señala y elogia en base a lo que observa dentro del desarrollo del deporte de los Estados Unidos y solo espera que aquellas ansias de competir y ejercitarse, no dejara olvidado el cultivo de las cualidades humanas que elevan al hombre por encima de las bestias. y aboga por una generalización de estas prácticas de ejercicios físicos y los deporte a todos, para contribuir a su salud:

“Es preciso dar casa de buenos cimientos y recias paredes al alma atormentada, o en peligro constante de tormenta. Bien se sabe lo que dijo el latino: “Ha de tenerse alma robusta en cuerpo robusto (Mens sana in corpore sano)”[6]

Coubertin al escribir sobre la educación que encuentra en los colegios ingleses, dice: “Hay dos razas de hombre: los de mirada franca, músculos fuertes y andar seguro; otros los enfermizos, resignados, humillados y derrotados ¡Qué bien! Están en las universidades como en el mundo: el débil separado de los beneficios de esta educación que solo se aprecia entre los fuertes”[7]

Con estas palabras el fundador del movimiento olímpico esta dejando bien claro cuales son los objetivos que se propone al impulsar aquel movimiento por la preparación física del hombre, no solo por cuestiones de salud, sino por la conformación de una personalidad en la que prime la voluntad del ganador y en la que no está incluyendo a todos los seres humanos, sino a los “fuertes”, categoría que no habla solo de cualidades físicas, sino de posición social y posibilidades económicas.

En favor de Coubertin hay que señalar la evolución de su pensamiento pedagógico, en el sentido del deporte como formador humano: creado ya el movimiento olímpico y en desarrollo la mayor expresión de estos, que fueron los Juegos Olímpico Modernos, aboga el Barón “por el deporte para todo”, como derecho universal de los ciudadanos, no solo para ser un deportista de alto rendimiento, sino como modo de alcanzar el ideal latino de “Mente sana en cuerpo sano”, no vivió para verlo.

Se opuso en principio a la participación de las mujeres en las competiciones olímpicas. Para él, esta era una afrenta a la pureza original de esta competición, aunque tuvo que ceder a la presión internacional y abrir las puertas de los juegos a las mujeres en 1924.

Martí en cambio, saludó la incorporación de estas a la ejercitación del músculo:

“(…) La mujer debe aprender, en lo esencial al menos, cuanto aprende el hombre, (…) sabe la mujer, lo mismo que el hombre, cuidar de que su tez sea lisa y bruñida como la concha; que es para lo que pasean tanto aquí al aire libre las alumnas de los colegios: y reman tanto y tan bien, en el río campesino, (…) con una regata en que había nueve botes (…)[8]

Ambos fueron admiradores de las competiciones que organizaban los griegos en honor a sus deidades y que tanto contribuyeron al desarrollo de la salud del cuerpo, junto con la de la mente y al hablar del movimiento por la ejercitación física y los deporte que se estaba desarrollando en su tiempo, aspiraban a que ese ideal clásico pudiera alcanzarse en esta nueva etapa del auge de los deporte

El Barón de Coubertin dirá: “La primera característica del olimpismo clásico, es que forma parte de una religión. Mientras se cultiva el cuerpo humano como hace el escultor en una estatua, el atleta antiguo honraba a los dioses. En cambio el atleta moderno exalta la patria, su raza, su bandera”[9]

Al igual que Pierre de Coubertin, Martí fue un admirador de las tradiciones deportivas de la Grecia Clásica en las que estas competiciones eran el más alto homenaje a los dioses del Olimpo y por ello debían ser competiciones limpias y leales, cuya única recompensa fuera la gloria espiritual y el reconocimiento de su sociedad.

Describiendo las “carrera de premio” de los caminadores, Martí lamenta que estos no fueran como los “(…)que se disputaban el premio de correr en aquellas fiestas(por) coronas de laurel verde y fragante, o ramita de mirlo florecido” y rememora “(…)aquella garbosa lucha griega en que a los acordes de la flauta y de la cítara, lucían en las hermosas fiestas panateneas sus músculos robustos y su destreza en la carrera los hombres jóvenes del ático, para que el viento llevase luego sus hazañas, cantadas por los poetas, coronados de laurel y olivo, a decir a los tiranos que aún eran bastante fuerte los brazos de los griegos para empuñar el acero…”[10]

Esa añoranza por la pureza olímpica y el juego limpio, la comprensión del valor que tienen los juegos y ejercicios para formar el carácter del hombre y su sentido de pertenencia a un grupo humano, son reflejados por José Martí, aún antes de que maduraran iguales sentimientos en el padre del olimpismo moderno, Pierre de Coubertin.

Llama la atención la poca importancia que han dado los estudiosos de la obra del Apóstol, a sus valoraciones sobre el deporte y los ejercicios físicos, sin que esto signifique que no se hallan acercado, principalmente los periodistas, a sus crónicas más significativas sobre estos temas en las que trata problemáticas que a Martí le urge denunciar: la deshumanización de los competidores, la insensibilidad del público ante espectáculos más de “circo romano” que recreativos; las apuestas y sus consecuencias y otros problemas más cercanos a la explotación humana que al disfrute lúdico de las capacidades del ser humano.

José Martí pudo estar, por sus concepciones sobre el deporte y los ejercicios físicos, entre los fundadores del Comité Olímpico Internacional (COI), creado por el barón Pierre de Coubertin en 1894; nobleza y amor por el hombre le sobraron, pero aquellos trajines fundacionales del COI, que no debió desconocer dado su alto nivel de información, no entraban dentro de sus prioridades, Cuba y su independencia estaban primero.


[1] O. C. de José Martí, T. XII: 300. La Habana, 1975

[2] Otras Crónicas de Nueva York: Compilador Ernesto Mejías: 1983.

[3] Llega a los Estados Unidos por primera vez en 1889

[4] Cultura Física y Deporte: Génesis, Evolución y Desarrollo: Juan Martínez de Osaba: 284. Editorial Deportes. La Habana (sin fecha)

[5] Stephen Wassong, “Pierre De Coubertin’s Studies In and About the USA,” Journal of Olympic History 13 (2006), 31-37. Reviewed by Toby Rider

[6] O. C. de José Martí, T. VIII: 389. La Habana, 1975

[7] “L’education en Inglaterre: Colleges et Universite”, Pierre deCoubertin:1888

[8] O.C. de José Martí, T. XII: 301. La Habana, 1975

[9] Pierre de Courbertin:”Les assises philosophiques del l’Olympisme moderne” en Pierre de Coubertin. Resumen biográfico. Material Digital, 2003

[10] O. C. de José Martí, T. XII: 300. La Habana, 1975

José Martí

La enseñanza superior en Cuba (1959-1970)


La enseñanza superior tenía antes de 1959 tres universidades estatales y algunos centros privados que desaparecieron con la nacionalización de la enseñanza en 1961. En este sector una de las primeras medidas de las autoridades revolucionarias fue la creación del Consejo Superior de Universidades, organismo asesor que trabajó en la elaboración de las reformas para la enseñanza superior.

Este trabajo culminó en 1962 con la reforma a la enseñanza universitaria que eliminó el régimen de autonomía de las Universidades que pararon a ser dirigidas por el Ministerio de Educación; se crean las bases para poner la enseñanza superior al alcance de todos los ciudadanos, creando facilidades para que puedan ingresar a ellas, los obreros y los campesinos. Se introduce el marxismo-leninismo como la base ideológica de la formación profesional y del trabajo investigativo en las mismas. Se enfatiza en la formación de cuadros para la economía cubana; se crea el sistema de becas para estudiantes, estipulando condiciones especiales para los trabajadores que arriben a estos centros como estudiantes.

Las universidades fueron rediseñadas para responder de la mejor manera al desarrollo científico-técnico de la sociedad cubana, al tiempo que se crearon nuevas facultades y se mejoraron los programas para formar los especialistas que necesitaba el país. Se enfatiza en una enseñanza práctica, ligada a la vida y al desarrollo social, al servicio del pueblo y acorde a sus intereses.

La vinculación del estudio con el trabajo pasa a ser la base de la pedagogía cubana aplicada en las universidades junto al principio de democratización de la vida universitaria.

Se crearon nuevas especialidades entre ellas los Institutos Pedagógicos (1964) anexos a las universidades para la formación de profesores para la enseñanza media y superior. La enseñanza médica se amplio a las tres universidades existentes para formar los médicos necesarios que suplirían a los miles que abandonaron el país al triunfo de la Revolución.

En el primer decenio de la Revolución la enseñanza superior confrontó dificultades con su matrícula producto de la baja promoción en la enseñanza media y la deserción de estudiantes de los primeros años, debido a su pobre preparación de base que les impide responder a las exigencias cada vez más alta de las universidades.

En el curso 59-60 la matrícula universitaria cubana era de 25 295 alumnos, disminuyendo progresivamente hasta alcanzar su nivel más bajo en el curso 62-63 con 17 257 educandos. Luego se inicia un lento y progresivo aumento del alumnado hasta alcanzar 34 520 estudiantes en el curso 69-70.

A pesar de los grandes avances en la enseñanza cubana de la década del 60, subsistían serias dificultades y deficiencias en el sistema: La concentración de repitentes en la enseñanza primaria, lo que trae por consecuencia un estancamiento de estudiantes de ese nivel y por ello deficiente flujo de promoción para la enseñanza media y superior. Constantes cambios de programas y planes de estudios. Las reformas en los diversos tipos de enseñanza, sin la debida integración. Diversos enfoques dentro de una misma asignatura y nivel. Falta de orden en los temas de los programas y déficit de maestros titulados.

Todas estas dificultades fueron discutidas a principios de la década del 70 en debates promovidos por el Gobierno Revolucionario y que culminaron en el primer Congreso de Educación y Cultura (1971)

Cultura, Educación

Cuba: consolidación de la enseñanza (1961-1970)


La Campaña de Alfabetización fue el primer paso en el despegue cultural del país por lo que terminada la misma se organiza un sistema educacional de seguimiento para los adultos a fin de completar su integración a la nueva sociedad que se construía.

La enseñanza de adulto experimentó un notable avance, en el curso 59-60 había matriculados en las escuelas nocturnas, 34 531 personas que al siguiente curso aumentan a 70 043, lo que representa un 102,8 %. Al término de la Campaña de Alfabetización matricularon en las escuelas nocturnas 416 054 alumnos, casi seis veces más que en el curso anterior.

En 1963 se inicia la Batalla por el 6to grado, tras comprobarse que el 60 % de los trabajadores cubanos tenían un promedio de escolaridad entre 1º y 2º grado y que solo el 5 % declaraba tener el sexto grado. En las zonas rurales la situación era más deplorable.

Ese mismo año 63 se inician los cursos de Secundaria Obrero Campesina (SOC), con una matrícula inicial de 37 mil alumnos, que se complementaba con el esfuerzo conjunto que llevaban adelante los ministerios, organismos y empresas para capacitar a sus trabajadores en cursos de 3 a 8 meses y en horario nocturno, en especialidades necesarias para la economía y la sociedad en su conjunto.

Completando el sistema de educación de adultos se crea en 1962 la Facultad Obrero Campesina (FOC), con el fin de preparar a los adultos en cursos nocturnos para ingresar a la enseñanza superior. Primero se implemento en la Universidad Central Marta Abreu de Santa Clara, con filiales en Cienfuegos y Sancti Spíritus y un año después se extiende al resto del país. En su primer curso la FOC matriculó 756 estudiantes trabajadores que en el curso 67-68 llegaban a 8 156.

La Enseñanza Técnico Profesional media, prácticamente no existía en Cuba antes de 1959. Para esa fecha apenas había 18 centros de este tipo para formar técnicos medios y obreros calificados y seis de ellos era para la enseñanza agropecuaria. Los planes de desarrollo emprendidos por la Revolución hacían necesaria la preparación del personal calificado para la industria, la agricultura y otras esferas sociales, como la educación, la salud y la cultura.

En 1961 comenzaron a funcionar los tecnológicos industriales en La Habana, Matanzas, San Clara y Holguín, para luego incrementarse hasta el número de 14 y con 11 169 alumnos en el curso 62-63.

La enseñanza agropecuaria recibió un tratamiento especial, enfatizando en la preparación de técnicos para la caña de azúcar, en especialidades de riego, cultivo, mecanización. La red de centros de este tipo se fue incrementado en la década del 60 con una matrícula de 42 mil alumnos.

Para la preparación de técnicos para la industria y la agricultura, el país contó con la valiosa colaboración internacionalista de especialistas soviéticos que se incorporaron al sistema de enseñanza en 1962. Ellos tuvieron mucho que ver en la preparación de los programas y planes de estudios y el adiestramiento del personal docente cubano.

En 1961 comenzaron a estudiar en la Unión Soviética los primeros alumnos cubanos que en número de 800 se formaron como técnicos y obreros calificados, sufragados por el estado soviético. En total entre 1961 y 1964 cursaron estudios en la URSS unos cuatro mil cubanos en 180 especialidades.

Con ayuda soviética se crearon varios centros de estudios, como el de Construcción de Maquinarias de La Habana; el Minero del Cristo, Santiago de Cuba, el Agropecuario de Holguín y la Escuela de Pesca de La Habana.

En cuanto a las actividades administrativas y de economía (Escuelas de Comercio), eran las únicas que contaban con tradición y desarrollo antes de 1959. Eran escuelas que formaban cuadros para las empresas del país y que en 1963 tenían 15 mil alumnos en 24 escuelas, en todo el país. Entre 1962 y 1964 se reorganizan las escuelas de comercio disminuyendo su alumnado hasta que a finales de la década de los 60 casi desaparecen. El prejuicio contra esta especialidad nace de su asociación con el burocratismo y el sistema capitalista, provocando el estancamiento y retroceso del control económico en Cuba.

Al terminar la Campaña de Alfabetización se crea el Plan de Becas con más de 40 mil jóvenes, en su mayoría alfabetizadores, albergados en La Habana, en las abandonadas casas de la burguesía cubana que había emigrado a Miami. Ellos se formaron en diversas especialidades necesarias para el país o continuaron los estudios medios para ingresar luego en las universidades.

Entre las escuelas creadas y nutridas con estos becarios está la Escuela Nacional de Artes (ENA), construida en los terrenos del exclusivo Country Club. Su primer curso fue en 1962 y en ella se iniciaban una buena parte de la primera generación de artistas formados por la Revolución, en especialidades de teatro, artes plásticas, danza, música y ballet.

Se iniciaba una experiencia nueva en Cuba donde la formación artística anterior al triunfo de la Revolución, correspondía en su inmensa mayoría en escuelas privadas, mayoritariamente de música. De artes plásticas había dos academias estatales, una privada de ballet y ninguna de teatro. Con la ENA se pretendía dotar al artista de las técnicas imprescindible para desarrollar su personalidad individual y dar posibilidad de acercarse al arte a los hijos de las clases más humildes.

Se crearon cursos especiales para mujeres, tanto de superación escolar, como de calificación para ex trabajadoras domésticas, meseras de bares, prostitutas, campesinas y otras mujeres que no habían tenido la oportunidad de superarse. En 1962 se crearon 98 escuelas nocturnas para mujeres en la que matricularon unas 20 mil, en cursos de mecanografía, taquigrafía, contadoras, secretarias, etc.

En La Habana se crea el Plan Ana Betancourt, para adiestrar a las mujeres campesinas en el oficio de corte y costura, y otros conocimientos prácticos de higiene y de utilidad doméstica, al tiempo que se les superaba en cuanto a la enseñanza general. Eran mujeres que permanecían becadas un tiempo en La Habana y luego volvían a su lugar de origen con conocimientos que difundirían entre sus vecinas.

A partir de 1962 muchos de becados fueron movilizados para la recogida de café en las montañas de la antigua provincia de Oriente, en lo que constituyó un antecedente de la aplicación del principio martiano de combinación del estudio con el trabajo, que se hará uno de los presupuestos principales de la pedagogía cubana.

En 1966 la experiencia se pone en práctica en la enseñanza secundaria de la provincia de Camaguey, al movilizarse durante 35 días a los estudiantes de las ciudades hacia planes agrícolas del territorio. Luego se generalizó a todo el país en 1967 incorporado como parte del programa de estudios de la enseñanza secundaria y preuniversitaria.

La formación de maestros para la enseñanza primaria comenzó a basarse en principios nuevos: desaparecen las Escuelas Normalistas para la formación de estos y en su lugar se crea un programa en tres fases a partir de 1962.

En una primera fase los futuros maestros eran llevados a una improvisada escuela con condiciones guerrilleras en Minas del Frío, en la Sierra Maestra, allí permanecían un curso y culminaban sus estudios con el ascenso al Pico Turquino, la montaña más alta de Cuba.

Los que aprobaban esta difícil prueba pasaban a Topes de Collantes, en el Escambray, con mejores condiciones de vida pero manteniendo la rígida disciplina militar. Allí permanecía dos años y culminaban los estudios en el Instituto Pedagógico Antón Makarenko de La Habana en los dos años finales, donde se concentraban los estudios de la especialidad y la práctica docente.

Este programa hacía difícil y lento la formación de maestros, tan necesarios al sistema de enseñanza cubano, que estaba en plena expansión. Por ello en 1966 se abolió y se decidió formar maestros en sus propias provincias.

El déficit de maestros durante todo este período, obligó al Gobierno revolucionario a crear un programa de formación de maestros emergentes, que llevó a las aulas a personas con el mínimo de conocimiento y que se irían calificando poco a poco, a través del Instituto de Superación Educacional (ISE), creado en 1960 y que además cumplía el propósito de elevar el nivel cultural y pedagógico de los maestros graduados.

Cultura, Educación

La campaña de alfabetización en Cuba (II)



Cartillas de Alfabetización utilizadas en Cuba en 1961

Al triunfo de la Revolución había en Cuba un estimado de un millón de analfabetos, en una población que apenas rebasaba los seis millones de habitantes. Cifra que representaba el 24 % de la población adulta de las ciudades y el 44 % en las áreas rurales.

Desde antes del triunfo de la Revolución está en sus dirigentes la preocupación por eliminar este flagelo, en el alegato de Fidel “La Historia Me Absolverá” (1953) este denuncia el estado de ignorancia que prevalece en las clases populares, fundamentalmente entre el campesinado, por este motivo en 1959 se creó la Comisión Nacional de Alfabetización y Educación Fundamental, encargada de la preparación de programas para dar inicio a la alfabetización de este sector de la población. En todas las provincias y municipios se crean comisiones similares y se organizan 844 escuelas para adultos, con 2 832 maestros que alfabetizaron en este primer año a 19 075 personas.

A fines de 1960 el Gobierno Revolucionario decide acelerar el proceso de erradicación del analfabetismo, decisión ratificada por Fidel en la Asamblea General de Naciones Unidas en septiembre de ese año. El 3 de octubre de 1960 se constituye la Comisión Nacional de Alfabetización, encargada de elaborar la estrategia, preparar a los maestros, censar a los iletrados y explicar a la población la necesidad de erradicar este problema.

A inicios de 1961 el índice de analfabeto sobrepasa aún el 23 %, lo que representaba una cifra de 1 050 700 personas que no sabían leer ni escribir. La Revolución proclamó a 1961 como el Año de la Educación, movilizando a más de cien mil jóvenes de la enseñanza media con el lema: «Si sabes enseña, si no sabes aprende» y la frase martiana, “ser culto para ser libre”[1], ellos marcharon a los más apartados rincones de la geografía cubana para llevar la enseñanza a quienes se le había negado hasta ahora ese derecho.

La Campaña de Alfabetización se desarrolló en condiciones muy difíciles, abundaban las bandas de alzados contrarrevolucionarios en todas las provincias y la reacción interna y externa desató una campaña de terror contra los jóvenes maestros voluntarios. Una de sus primeras víctimas lo fue el joven maestro voluntario Conrado Benítez, asesinado en el Escambray, con su nombre fueron bautizadas las brigadas de alfabetizadores que emprenden la campaña.

Luego entraron en acción 21 266 maestros-obreros, organizados en las «Brigadas Patria o Muerte», que en septiembre de 1961 llegaron a las zonas más intrincadas y peligrosas. Los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) crearon en las zonas urbanas 5 740 grupos con 28 318 alfabetizadores que enseñaron a más de 200 mil personas en las zonas urbanas. Factor decisivo en este esfuerzo educativo lo fueron los militantes de la Asociación de Jóvenes Rebeldes (AJR), los maestros profesionales, estudiantes universitarios y otros muchos sectores de la sociedad cubana.

Los medios principales para enseñar a leer y escribir fueron, el Manual “Alfabeticemos”, para maestros; y la cartilla “Venceremos”, con 15 lecturas ilustradas con fotografías sobre la vida en Cuba Revolucionaria, para los alumnos. Estos folletos se editaron en una tirada masiva de un millón de ejemplares; al final de la campaña se editó un folleto de aritmética, “Producir-Ahorrar-Organizar”

Se consideraba alfabetizada a la persona capaz de leer un texto breve y sencillo, además de escribir una carta con iguales requisitos y dirigida por lo general al líder de la revolución Fidel Castro.

Ya en noviembre de 1961 se declara libre de analfabetismo el municipio de Melena del Sur, en la provincia de La Habana y el 22 de diciembre del propio año todo el país alcanzó ese propósito. En total fueron alfabetizado 707 212 adultos, quedando sin aprender unos 271 995 personas, en su mayoría ancianos y personas incapacitadas para el aprendizaje. El índice de analfabetismo se redujo al 3,9 %.


[1] La frase completa es “Ser culto es el único modo de ser libre”. José Martí, Obras Completas, Tomo 8:289

Cultura, Educación

La campaña de alfabetización en Cuba (I)



Dentro de pocos meses se cumplirán cincuenta años de una hazaña popular en cabezada por la Revolución Cubana, el término de la Campaña de Alfabetización que a lo largo del año 1961 se llevó a cabo en todo el país, para erradicar el analfabetismo de la población cubana.

Una de las primeras preocupaciones de las nuevas autoridades cubanas fue el mejorar la situación educacional del país, para ello comenzaron por reorganizar el sistema de educación en Cuba comenzando por el Ministerio de Educación a cuya dirección fue asignado el joven abogado y dirigente del M-26-7[1], Armando Hart Dávalos.

En febrero de 1959 se dicta la Ley 76 que descentraliza la actividad del Ministerio de Educación (MINED) y crea los departamentos provinciales y municipales del mismo, ese mismo mes fueron aprobados otras leyes y decretos que regulan la evaluación de los maestros y profesores en las enseñanzas primaria, secundaria y preuniversitaria.

Las reformas organizativas de la enseñanza parten de las garantías constitucionales que la Revolución viene dispuesta a cumplir plenamente al eliminar todo tipo de discriminación racial o de género, la separación de la Iglesia de la enseñanza, la gratuidad en todos los niveles y la creación de las escuelas para adultos, de oficio, tecnológicas y de artes.

Se puntualiza que la Ley Fundamental en la enseñanza es el amor a la patria, y la educación en el espíritu de cubanía y solidaridad humana; amor a las instituciones y a los héroes de la patria.

Las autoridades educacionales de la Revolución heredan para el curso 1958-59, 7 567 escuelas primarias, muy pocas de ellas en áreas rurales, la mayoría en muy mal estado constructivo y poca ayuda estatal. Las escuelas privadas eran una minoría, todas en muy buenas condiciones, concentradas en las grandes ciudades donde constituían un sistema formador de élites. Para ese curso el numero de niños en edad escolar era de 831 000, de los cuales 717 417 recibían educación, lo que constituía solo el 86 % de la población escolar. Mucho más grave era esta situación en las zonas rurales en las que apenas el 53 % de los niños iban a la escuela.

La falta de maestros y recursos, junto a la necesidad de las familias de utilizar la fuerza de trabajo de los menores, hacía casi imposible su asistencia al aula. En contraste la Revolución encontró 10 000 maestros desocupados.

El primer curso lectivo de la Revolución se inicia en enero de 1959 con diez mil nuevas aulas que no solo daba empleo a los maestros sino que permitía aumentar la matrícula de niños. El milagro fue posible gracias a los sindicatos que ofrecieron sus locales para abrir escuela, en tanto el sector rural se benefició con la apertura de 3 mil aulas con maestros fijos, agrupados en la “Brigada de Maestros de Vanguardia Frank País García”, en cuanto local se encontró para cubrir esta necesidad perentoria de los niños campesinos.

El 14 de septiembre de 1959 el Gobierno Revolucionaria entrega al MINED el Campamento Militar de Columbia, convertido en la Ciudad Escolar Libertad. El 28 de enero de 1960 el Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, se convierte en la Ciudad Escolar 26 de Julio, y otros 68 cuarteles fueron convertidos en escuelas en ese año, creándose una capacidad para 40 mil alumnos.

Completando la reforma general de la enseñanza cubana, el 6 de junio de 1961 se aprueba la Ley de Nacionalización de la Enseñanza, que incorpora al sistema nacional de educación los diversos centros de que estaban en manos de la Iglesia, instituciones privadas y propietarios individuales. La enseñanza pasó a ser una función social ejercida sin discriminación y como derecho del pueblo.

Con la intervención de los colegios privados se eliminó un foco contrarrevolucionario y de la reacción burguesa, que utilizó su influencia en los mismos para tratar de desestabilizar al país por medio de huelgas y protestas estudiantiles y de profesores.


[1] Movimiento 26 de Julio

Cultura, Educación

La danza en Cuba, entre luces y sombras.

La década del 70 representa una apertura mayor para el Ballet Nacional de Cuba que por su calidad y el prestigio de sus bailarines y coreógrafos, mantiene un constante intercambio con las principales plazas del ballet en el mundo. Canadá (1971), Suiza (1974); Venezuela, Portugal, y Panamá (1976) y Jamaica (1977). A medidos de 1978 se presentan en Nueva York y Washington, Estados Unidos. El Ballet Nacional de Cuba fue una especie de embajada cultural cubana en medio del aislamiento y el bloqueo a que estaba sometida Cuba por estos años.[1]

Al mismo tiempo era muy activa la participación de los bailarines cubanos e ballet en concursos internacionales como los de Moscú, Varna (Bulgaria), y el de Japón en los que era frecuente el premio a bailarines y coreógrafos cubanos. Lázaro Carreño, Andrés Willians, el primer bailarín negro de la compañía cubana, Fernando Jhones,  Amparo Brito, Mirta García y Orlando Salgado, fueron bailarines laureados por estos años, en tanto Alberto Alonso, Iván Tenorio y Alberto Méndez sobresalían entre los coreógrafos.

El Ballet Nacional de Cuba ha sido desde sus inicios una compañía defensora del repertorio clásico del ballet por lo que sus coreógrafos trabajan para afianzar esa característica en las piezas que crean. El más importante de estos coreógrafos en este período, lo fue Alberto Alonso, que estrena en esta década obras tales como, “Tarde en la siesta” (1973), “El río y el bosque” (1974), “Mujer” (1974), “Paso a dos” (1976) y “Muñecos” (1978). Otros coreógrafos de la compañía fueron Iván Tenorio, Gustavo Herrera, Azari Plisetski[2], y la propia Alicia Alonso.

El trabajo del Ballet Nacional de Cuba queda afianzado con la creación de la Escuela de Ballet de Cubanacán, cantera de talentosas figuras que comienzan a graduarse en esta década, como son los casos de Jorge Esquivel, uno de los mejores bailarines cubanos de ballet contemporáneo, María Elena Llorente, Lázaro Carreño, Orlando Salgado, Pablo Moré, Mirta García, Andrés Willians, José Zamorano, Rosario Suárez, Amparo Brito, Caridad Martínez y Fernando Jhones.

La segunda compañía de ballet de Cuba, el Ballet de Camaguey pasó a ser dirigida en 1975 por Fernando Alonso, quien se desempeñó también como maitre de ballet de la misma. Durante este período eleva el rigor de este grupo conformado por un joven elenco proveniente de la Escuela de Ballet de Cubanacán y de la Escuela Provincial de Ballet de Camaguey. Su repertorio se apega a los clásicos, aunque también experimentan con piezas de creación contemporánea sobresaliendo el trabajo coreográfico del santiaguero Jorge Lefebre, en estrenos suyos ya expuestos en Europa. En 1978 el Ballet de Camaguey realizó su primera gira internacional por los países del este de Europa, Checoslovaquia, Rumania y la Unión Soviética.

Jorge Lefebre es un artista que desarrolló su obra lejos de Cuba y dentro de las concepciones más contemporáneas del ballet por lo que no fue muy representado por el Ballet Nacional de Cuba, apegado a la tradición clásica de su directora Alicia Alonso. A pesar de ello mantuvo un nexo con la cultura cubana, al igual que su esposa Menia Martínez. Lo primero que le montó el Ballet Nacional de Cuba fue “Edipo Rey” (1970), aunque también se bailaron sus obras en el de Camaguey y la compañía de Danza Contemporánea.

En 1971 estrenó con el Ballet Siglo XX de Bejart, “La sinfonía del Nuevo Mundo”, a la que siguieron “Salomé” (1975), “Yagruma” (1975), “El pájaro de fuego” (1976), “La noche de los mayas” (1976), “Diálogo y encuentro” (1978) y “La Caza” (1979).[3]

En Lefrebre está muy presente el acento negro de la cultura cubana, tanto en el modo de bailar como en los temas que escoge, poniendo a dialogar la mitología clásica con la de su mundo afrocubano.

En 1971 la danza moderna cubana sufre un rudo golpe al ser separado de la dirección del Conjunto de Danza Contemporánea su fundador Ramiro Guerra quien pretendía romper con los esquemas establecidos dentro de la danza contemporánea y hacer algo nuevo, que el concibió en “El decálogo del Apocalipsis”.

Con Ramiro Guerra se anuncian los cambios de la danza moderna desde 1970, con obras como “Impromptus Galante” y el mencionado “Decálogo del Apocalipsis”.[4] En “Impromptus…” se juega a la danza en la que el público decide cada noche el final de la obra, en tanto el “Decálogo…” es obra de gran osadía coreográfica, con bailarines trepando por la fachada del teatro y diciendo malas palabras en varias lenguas, gestos eróticos y exuberante escenografía que escandalizaron a la ortodoxia cultural y que llevó a este excelente bailarín y coreógrafo al ostracismo. En 1979 reaparece Ramiro Guerra como coreógrafo al estrenarle el Conjunto Folklórico Nacional su “Tríptico oriental” basados en los ritmos de la zona oriental de la isla.

Durante algunos años el Conjunto mantuvo el impulso creativo formado por el maestro Ramiro Guerra, ahora bajo la dirección de Eduardo Rivero, bailarín y coreógrafo autor de obras antológicas en la danza contemporánea cubana como fueron “Sulkari” y “Okantomí” y en 1974 adopta el nombre de Danza Nacional de Cuba.

Eduardo Rivero se convierte en el principal coreógrafo de la compañía partiendo de su concepción de hacer montajes no narrativos, sino temáticos, en los que la sobresale la composición y escultura del cuerpo.

La llegada a mediados de los 70s de los primero bailarines de danza contemporáneas formados en la ENA[5] con gran dominio técnico y formado dentro de la organicidad de un método y con una gran audacia experimental, determina un nuevo momento para la agrupación que ya tiene un repertorio superior a los cincuenta títulos, en los que se mantienen las obras clásicas, pero en la que aparecen piezas nuevas como, “Danzaria”, “El cruce del Niágara” y Lunetario” de Marianela Boan; “Fausto Caribeño” de Víctor Cuellar y la indagación posmoderna de la danza teatro, “Ave Fénix” de la chilena Victoria Larraín. En 1979 la dirección de la compañía Danza Nacional de Cuba pasa a Sergio Vitier, en ese año realizan varios estrenos memorables: “Omnira”, “Michelángelo”, “Ireme” y “La Jungla”.

El Conjunto Folklórico Nacional es una de las más genuinas formas culturales danzarias de la isla, fundado en 1962 y en constante crecimiento y evolución vivió en la década del 70 un momento de esplendor no solo en la arena internacional, sino en sus regulares presentaciones en el Teatro Mella, su sede habitual, y su giras por el país. La profesionalidad de los bailarines, músicos, cantantes y el equipo de investigadores e informante que a su alrededor se formó, fueron la base de su éxito porque no solo rescataron las tradiciones culturales populares, principalmente las de raíces africanas, sino que convirtieron todo aquel legado cultural en cultura viva, no solo de laboratorio. Su éxito que tenía mucho que ver con la religiosidad sincrética del pueblo cubano, contrasta con la solapada pero fuerte campaña de ateismo que marca toda esta década y posterior, cometiéndose el error de separar bailes y cantos de creencias religiosas ancestrales que marcan la identidad de buena parte de la población cubana.

Embajadores de la cultura popular el Conjunto Folklórico Nacional se convierte en la cara de la Cuba marginada y ahora triunfante con la voz increíble de Lázaro Ros, sin la cual no se conciben los cantos negros de nuestra nación, los tambores ancestrales que fueron luego colocándose en el pentagrama musical de la isla y de la latinidad americana; sus bailarines y bailarinas, Zenaida Armentero y Nieves Fresneda, por mencionar solo dos, sentidoras de aquella energía que le llegaba desde muy lejos y desde muy hondo y el paciente trabajo de Argelier León, Fernando Ortiz, Rogelio Martínez Furé, Lidia Cabrera y cada practicante que defendió esta cultura, cuya punta del iceberg fue el Conjunto, pero que era mucho más que espectáculo, algo que estaba por entenderse en estos difíciles y contradictorios años.

El Conjunto Folklórico Nacional de Cuba ha ofrecido funciones a lo largo y ancho de nuestro país y en más de 60 giras internacionales por países de Europa, América, Asia y África donde los públicos más disímiles han aplaudido y ovacionado en decenas de lenguas el arte profundamente nacional de este colectivo danzario. Los más prestigiosos escenarios del mundo desde París a Moscú o desde Lima a Tokio, desde Angola a New York, han vibrado con los encendidos ritmos de los tambores y los cantos y danzas tradicionales creados por el pueblo cubano.

Del movimiento de artistas aficionados sobresalen un buen grupo de conjuntos y agrupaciones danzarias fundamentalmente de bailes afro-cubano, afro-caribeños y de tradiciones campesinas. De ellos descuellan grupos como, el Conjunto Folklórico de la Universidad de La Habana, el Conjunto XX Aniversario de Ciego de Ávila, el Conjunto Folklórico de Trinidad, la Tumba Francesa Carabalí Izuama, de Santiago de Cuba y el Grupo Folklórico de Nueva Gerona con sus bailes caimaneros, entre los muchos que daban impulso al estudio y conservación de las tradiciones populares en la danza.

Era la increíble reafirmación de una cultura dando rienda suelta a su creatividad y enfrentándose a cegueras ideológicas que no comprendían que la vitalidad de esa cultura afrocubana estaba en el sentido del complejo cultural que iba de la religiosidad al baile, de este a la música y de esta de vuelta a esos orichas o santos que pugnaban por ser algo más que folklor.

Nota: Para ampliar el conocimiento sobre la cultura cubana de este periodo (1970-1980) consultar en Monografía correspondiente de este autor.


[1] Miguel Cabrera, “Alicia Alonso y el ballet cubano” en La Cultura de Cuba Socialista. La Habana, 1982.

[2] Bailarín ruso invitado y que bailó durante este período en la compañía como pareja de Alicia Alonso

[3] Jorge Rafael Vilar, “Del sueño a la memoria: Jorge Lefebre” en rev. Revolución y Cultura. Nº 3 /1991

[4] Guillermo J. Márquez Romero, La danza postmoderna en Cuba, rev. Cúpula. Nº 9, 1998

[5] Escuela Nacional de Arte

Cultura

Cine cubano de los Setenta

La gran suerte del cine cubano es haber tenido una institución propia para la creación y fomento del cine nacional, sin tener que ver, al menos directamente con las autoridades de cultura del país, esto hizo posible que pese a las difíciles circunstancias que rodearon a la creación en general durante la década del 70, el balance creativo para el ICAIC y la cinematografía cubana es positivo.

“El ICAIC mantuvo siempre una posición consecuente, pero no podía escapar de esas condicionantes, ni destronar por sí solo el populismo que hacía ola en aquellos años”[1]

Esta posición hizo posible que el ICAIC bajo la dirección de Alfredo Guevara, acogiera a figuras “incómodas” por sus posiciones críticas o diferentes ante los acontecimientos que estaban sucediendo en el país, Víctor Casaus, Luis Rogelio Nogueras, Jesús Díaz o los músicos que conformaron el grupo de Experimentación Sonora del ICAIC.

“Al cine concretamente el Congreso[2] pidió literalmente “la continuación e incremento de películas y documentales cubanos de carácter histórico como medio de eslabonar el presente con el pasado y plantear diferentes formas de divulgación y educación cinematográfica para que todo nuestro pueblo esté en condiciones de ser cada vez más un espectador activo y analítico ante las diversas manifestaciones de este importante medio de comunicación””[3]

Las directivas del Congreso de Educación y Cultura influyeron en el empobrecimiento paulatino del cine de esa década, primero con una disminución del ritmo de producción de películas y luego con la aceptación a priori del encargo social que deja poco margen a la creación artística y el debate.[4]

Se hace un cine en el que predominan los filmes de temas históricos: “Una pelea cubana contra los demonios” , “Los días del agua” “El extraño caso de Rachel K , “El otro Francisco”, “Cantata de Chile” , “Mella”, “Mina viento de libertad”, “Rancheador”, “La tierra y el cielo” , “La última cena” “El hombre de Maisinucú”, “Ustedes tiene la palabra”, “El Brigadista”, Patty Candela” y “Río Negro”. “En ese período lo básico era (…) rescatar la historia, rescatar nombres, hechos situaciones que no habían tenido jamás una presencia en imagen”[5]

El cine de autor siguió marcando la pauta de calidad de la cinematografía cubana fundamentalmente por la presencia creativa de figura como Tomás Gutiérrez Alea, Humberto Solás, Sergio Giral, Octavio Cortazar así como Santiago Álvarez en el capítulo de los documentales y de los noticieros Latinoamericanos ICAIC, quienes produjeron obras de gran calidad y que tenían a la sociedad cubana como su protagonista y a la historia como tema.[6]

Tomás Gutiérrez Alea filma en esta década obras como, “Una pelea cubana contra los demonios” (1971), “La última cena” (1976) y “Los sobrevivientes” (1979) piezas que siguen la línea de la temática histórica, pero sin concesión al panfleto y al facilismo y con la maestría de conducción de actores. Que siempre le caracterizó.

“Una pelea cubana…” es una película hecha en circunstancias muy difíciles, “(…) una de las más audaces películas cubanas en cuanto al lenguaje, puesta en escena, dirección de actores, concepción plástica (…) una de las películas que define mejor la realidad cubana todavía hoy (…)”[7]

Humberto Solás abre este período con una película filmada en 1969, pero que no fue vista hasta una década después, “Un día de noviembre”, filme de reflexión sobre la contemporaneidad cubana que llegó en medio de la parálisis de ortodoxia y el síndrome de la conveniencia o no conveniencia de la obra de arte para el “momento histórico”. La película no era cuestionadora pero sí demasiado amarga para el clima triunfalista que se vivía. “La muerte de Esteban era una alegoría sobre la caducidad y desaparición de un mundo (…)”[8]. Otra obras suyas en esta década fue, “Cantata de Chile” (1975) basada en la lucha de los mineros salitreros de Iquique.

Aunque algunos críticos señalen el poco acercamiento a la contemporaneidad cubana de los cineastas de esta época, la realidad es que se hicieron pocos pero muy significativos filmes con esta temática. Tal vez la más mencionada y revelador sea, “De cierta manera” filmada por Sara Gómez y editado por Tomás Gutiérrez Alea e Iván Arocha, por la repentina muerte de su directora. La obra insiste en un tema que inquietaba a Sara Gómez, las relaciones humanas en las difíciles circunstancias de los cambios sociales que vive el país, tocando elementos como la marginalidad, la racialidad. la crisis ética del individuo y su apego a costumbres ancestrales. “Ustedes tiene la palabra” (1974) con dirección de Manuel Octavio Gómez y guión de Jesús Díaz, hace un importante acercamiento crítico a la realidad, al poner ante el espectador un drama cotidiano en el que un colectivo de trabajo hace un juicio crítico de su realidad ante un hecho delictivo y “Retrato de Teresa” (1979) de Pastor Vega rastreando otra zona de la realidad cubana del momento, la búsqueda de la mujer de un lugar en la nueva sociedad cubana, con actuaciones memorables de Deisy Granado y Adolfo Llauradó.

La documentalística cubana gana en estas dos primeras décadas de Revolución un alto prestigio en el mundo, tanto por ser cronista de los cambios sociales que se producen en Cuba y las luchas de los pueblos por su liberación nacional, sino por su estética innovadora, apego al compromiso social y a la mirada crítica de sus creadores, así como capacidad para trasmitir ideas de permanente vigencia. Es algo reconocido que creando documentales se formaron muchos de los mejores directores de cine cubano y que algunos continuaron incursionando en esta temática, como fueron los casos de Tomás Gutiérrez Alea, Humberto Solás, Octavio Cortazar y Enrique Pineda Barnet, entre otros.

Pero el magisterio en el documental cubano de esta época lo desarrolla Santiago Álvarez, hombre de comprometida militancia revolucionaria y que hace de este género un modo de hacer arte militante, comprometidos con la causa de los pobres de la tierra. La década del 70 será testigo de su quehacer de madurez, primero en el Noticiero ICAIC, reconocido hoy en su conjunto como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y también con sus crónicas documentales sobre los acontecimientos de más trascendencia de la década, en Cuba y en el mundo: “Cómo, por qué y para qué se asesina a un general” (1971), sobre el asesinato del General Pratt por la derecha chilena; “De América soy hijo y a ella me debo” (1971), sobre el periplo de Fidel por Chile, Perú y Ecuador; “Y el cielo fue tomado por asalto”, con Fidel como protagonista en su viaje por países de África y la Europa del Este;“ Los cuatro puentes” (1973) en el que queda reflejada la visita de Fidel al frente de guerra en Vietnam del Sur; “Abril de Vietnam en el año del Gato” (1975), sobre la guerra de liberación en ese país asiático; en 1976 filma los documentales, “Nadie impedirá la lluvia”, “Luanda ya no es de San Pablo” y “Maputo, Meridiano Novo”, los tres dedicados a la descolonización de los territorios portugueses en África. Otro conflicto que no dejó de reflejar en sus documentales fue la llegada al poder del “khemer rojo” en Cambodia y sus barbaries cometidas contra sus vecinos y su propio pueblo, de esa tragedia queda su impactante obra, “Experimento macabro” (1979).

Un documental de fuerte impacto en la sociedad cubana del momento lo fue “55 hermanos” (1978) obras dirigida a reflejar la visita del primer grupo de jóvenes cubano-americanos y que muestra con objetividad y belleza el impacto emocional, tanto en ellos como en el pueblo cubano de este encuentro de carácter realmente histórico y con fuerte influencia en acontecimiento posteriores en el país.

En 1972 el ICAIC se propone enfatizar en la producción de dibujos animados infantiles cubanos cuya presencia era minoritaria en el cine y la televisión del país. Las propuestas partían de una encuesta de gustos y preferencias del niño cubano y de un trabajo por llevar temas educativos, históricos, culturales y de asuntos generales, con amenidad y calidad estética. En esta primera etapa sobresalen los trabajos de Mario Rivas (“Feucha” (1978), Tulio Raggi (“El pájaro prieto” (1976) y “Cocuyo ciego” (1979) y Juan Padrón que da a conocer los primeros cortos de Elpidio Valdés, “Una aventura de Elpidio Valdés” (1974) y “Elpidio Valdés contra el tren militar” (1974).

Estos primeros animados sobre Elpidio Valdés tuvieron una gran aceptación no solo en el público infantil, sino en toda la población que vio en el personaje las virtudes patrióticas y revolucionarias de todo un pueblo, no solo en la lucha contra el colonialismo español, sino en las que a diario emprendía. Tal fue la aceptación que en 1979 se realizó el primer largometraje cubano de animado con “Elpidio Valdés” y sus amigos como protagonistas; ganador del Gran Premio Coral del Primer Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, así como otros muchos reconocimientos nacionales e internacionales.

En 1979 se crea el laboratorio a color del ICAIC, un anhelo de muchos años que abarata los costos y facilita la producción de películas, en 3 de diciembre de ese mismo año se inaugura la Primera Edición del Festival Internacional de Nuevo Cine Latinoamericano, el evento que marcará pauta por la calidad de sus propuestas y la masividad de la participación popular.

La década del 70 conoció de la consolidación de los Estudios Cinematográficos y de Televisión de las FAR (ECIFAR) también conocidos como “Estudios Granma”, institución que consolidó un prestigio en la producción de documentales de corte didácticos, militares y culturales, así como la edición de noticieros, revistas miliares y los programas FAR Visión que llenaron un momento histórico importante del país, exaltando las glorias combativas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias en las misiones internacionalistas que llenaron toda esta década. Entre los realizadores más importantes de estos estudios están, Eduardo de la Torre, “Provocación desde la Base Naval” (1979); Belkis Vega, “Líbano la guerra interminable” (1980) y Jorge Fuentes, “La Gran Rebelión” y “Cabinda”.


[1] Lucía López Coll, Entrevista a Humberto Solás, en rev. La Gaceta de Cuba, pp.32-35, Nº 3, 1993

[2] Congreso de Educación y Cultura, 1971

[3] Juan Antonio García Borrero, “Las aporías del gris, Cine cubano en los setenta”, en rev. La Gaceta de Cuba, Nº 5, 2000

[4] Ídem

[5] Entrevista a Pastor Vega, “Explorar lo que pasa”, en rev. Bohemia, Nº 48, p.6 / nov. 1988

[6] Arturo Arango, “Manuel Pérez o el ejercicio de la memoria” en rev. La Gaceta de Cuba, Nº 5, 1997

[7] Ivette Leyva, “Arturo Sotto: yo solo quiero saber”, entrevista, en rev. La Gaceta de Cuba Nº 1, 1999

[8] Rufo Caballero, “Entrevista a Humberto Solás” en rev. Revolución y Cultura, pág. 6, Nº 2-3, 1999

Cultura

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