Cultura Cuba

Un Blog para dar a conocer la cultura cubana, su gente y su historia, en pocas palabras.

 

Archivo de Junio, 2011

Mi Raza


En 1893 en el periódico “Patria”, José Martí escribió un artículo esclarecedor que dejó bien sentado cuál era la posición del Partido Revolucionario Cubano y la suya propia frente al problema social más importante que enfrentaba el pueblo cubano a fines del siglo XIX. Los conceptos emitidos en este escrito paradigmático pudieron ser el programa de la República a que estaban convocados a fundar aquellos que fueron a la guerra por la independencia, pero a pesar de toda la razón que había en sus palabras, las mismas se hicieron letra muerta luego de terminada la guerra, cuando la hermandad combativa fue sustituida por el prejuicio racista colonial que pervivió en la República y que tuvo su momento más vergonzoso, cuando la oligarquía nacional so pretexto del “racismo negro”, les negó sus derechos a una vida digna y en igualdad en aquella República. En el 2012 se cumplirá el centenario de la cruenta represión racista que emprendió el gobierno de José Miguel Gómez, con la complicidad o la indiferencia egoísta de los grupos sociales contra aquellos que reinvindicaron sus derechos, muchos de ellos, negros y mulatos que formaron filas en el Ejército Libertador. Las palabras de Martí siguen vigentes:

“Esa de racista está siendo una palabra confusa, y hay que ponerla en claro. El hombre no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza u otra: dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos. El negro, por negro, no es inferior ni superior a ningún otro hombre: peca por redundante el blanco que dice: “mi raza”; peca por redundante el negro que dice: “Mi raza”. Todo lo que divide a los hombres, todo lo que los especifica, aparta o acorrala, es un pecado contra la humanidad. ¿A qué blanco sensato le ocurre envanecerse de ser blanco, y qué piensan los negros del blanco, que se envanece de serlo, y cree que tiene derechos especiales por serlo? ¿Qué han de pensar los blancos del negro que se envanece de su color? Insistir en las divisiones de raza, en las diferencias de raza, de un pueblo naturalmente dividido, es dificultar la ventura pública, y la individual, que están en el mayor acercamiento de los factores que han de vivir en común. Si se dice que, en el negro no hay culpa aborigen, ni virus que lo inhabilite para desenvolverle toda su alma de hombre, se dice la verdad, y ha de decirse, y demostrarse, porque la injusticia de este mundo es mucha, y la ignorancia de los mismos que pasa por sabiduría, y aún hay quien crea de buena fe al negro incapaz de la inteligencia y corazón del blanco; y si a esa defensa de la naturaleza se la llama racismo, no importa que se le llame así, porque no es más que decoro natural, y voz que clama del pecho del hombre por la paz y la vida del país. Sí se alega que la condición de esclavitud no acusa inferioridad en la raza esclava, puesto que los galos blancos, de ojos azules y cabellos de oro, se vendieron como siervos, con la argolla al cuello, en los mercados de Roma; eso es racismo bueno, porque es pura justicia y ayuda a quitar prejuicios al blanco ignorante. Pero ahí acaba el racismo justo, que es el derecho del negro a mantener y, probar que su color no lo priva de ninguna de las capacidades y derechos de la especie humana.

“El racista blanco, que le cree a su raza derechos superiores,¿qué derecho tiene para quejarse del racista negro, que le vea también especialidad a su raza? El racista negro, que ve en la raza un carácter especial, ¿qué derecho tiene para quejarse del racista blanco? El hombre blanco que, por razón de su raza, se cree superior al hombre negro, admite la idea de la raza, y autoriza y provoca al racista negro. El hombre negro que proclama su raza, cuando lo que acaso proclama únicamente en esta forma errónea es la identidad espiritual de todas las razas, autoriza y provoca al racista blanco. La paz pide los derechos comunes de la naturaleza: los derechos diferenciales, contrarios a la naturaleza, son enemigos de la paz. El blanco que se aísla, aísla al negro. El negro que se aísla, provoca a aislarse al blanco.

En Cuba no hay temor alguno a la guerra de razas. Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro. Cubano es más que blanco, más que mulato, más que negro. En los campos de batalla, muriendo por Cuba, han subido juntas por los aires las almas de los blancos y de los negros. En la vida diaria de defensa, de lealtad, de hermandad, de astucia, al lado de cada blanco, hubo siempre un negro. Los negros, como los blancos, se dividen por sus caracteres, tímidos o valerosos, abnegados o egoístas, en los partidos diversos en que se agrupan los hombres. Los partidos políticos son agregados de preocupaciones, de aspiraciones, de intereses y de caracteres. Lo semejante esencial se busca y halla, por sobre las diferencias de detalle; y lo fundamental de los caracteres análogos se funde en los partidos, aunque en lo incidental, o en lo postergable al móvil común, difieran. Pero en suma, la semejanza de los caracteres, superior como factor de unión a las relaciones internas de un color de hombres graduado, y en sus grados a veces opuesto, decide e impera en la formación de los partidos. La afinidad de los caracteres es más poderosa entre los hombres que la afinidad del color. Los negros, distribuidos en las especialidades diversas u hostiles del espíritu humano, jamás se podrán ligar, ni desearán ligarse, contra el blanco, distribuido en las mismas especialidades. Los negros están demasiado cansados de la esclavitud para entrar voluntariamente en la esclavitud del color. Los hombres de pompa e interés se irán de un lado, blancos o negros; y los hombres generosos y desinteresados, se irán de otro. Los hombres verdaderos, negros o blancos, se tratarán con lealtad y ternura, por el gusto del mérito, y el orgullo de todo lo que honre la tierra en que nacimos, negro o blanco. La palabra racista caerá de los labios de los negros que la usan hoy de buena fe, cuando entiendan que ella es el único argumento de apariencia válida, y de validez en hombres sinceros y asustadizos, para negar al negro la plenitud de sus derechos de hombre. De racistas serian igualmente culpables: el racista blanco y el racista negro. Muchos blancos se han olvidado ya de SU color; y muchos negros. Juntos trabajan, blancos y negros, por el cultivo de la mente, por la propagación de la virtud, por el triunfo del trabajo creador y de la caridad sublime.

“En Cuba no habrá nunca guerras de razas. La República no se puede volver atrás; y la República, desde el día único de redención del negro en Cuba, desde la primera constitución de la independencia el 10 de abril en Guimaro, no habló nunca de blancos ni -de negros. Los derechos públicos, concedidos ya de pura astucia por el Gobierno español e iniciados en las costumbres antes de la independencia de la Isla, no podrán ya ser negados, ni por el español que los mantendrá mientras aliente en Cuba, para seguir dividiendo al cubano negro del cubano blanco, ni por la independencia, que no podría negar en la libertad los derechos que el español reconoció en la servidumbre.

“Y en lo demás, cada cual será libre en lo sagrado de la casa. El mérito, la prueba patente y continua de cultura, y el comercio inexorable recabarán de unir a los hombres. En Cuba hay mucha grandeza, en negros y blancos.”

Historia, José Martí

Juan Gualberto Gómez, el hermano negro de Martí

AÑO INTERNACIONAL DE LOS AFRODESCENDIENTES



No hay injuria en decir negro,

Como no la hay en decir blanco

José Martí


En nuestra fecunda mezcla de raza, las raíces africanas de la sociedad cubana han dejado disímiles huellas a lo largo de nuestra historia, de lo que se trata es de visibilizar esos rasgos, esas gentes, eso que es nuestro y que intentamos integrar como realidad más allá de la igualdad jurídica, en una sociedad realmente multirracial. Este hombre que hoy traemos es uno de los que primeros en esa batalla de la raza negra por ser reconocido dentro de la nación.

Juan Gualberto Gómez (1854-1933), es un intelectual negro formado en el adverso ambiente social cubano de estos años, nacido libre de padres esclavos pudo estudiar con el mejor maestro negro de La Habana y luego enviado a estudiar a París, Francia, donde descubre su vocación por el periodismo que comenzó a ejercer en ese país. A su regreso a Cuba en 1878 se une activamente a las luchas por la abolición de la esclavitud, la igualdad racial y la independencia de Cuba, conoce a José Martí y junto a él colabora en los esfuerzo por la libertad de la isla, al tiempo que es un activo defensor de los derechos de los hombres de su raza.

Fundó su primer periódico, “La Fraternidad” (1878) en el que desarrollaba una activa labor de orientación y educación a los negros a quienes exhortaba a educarse y adquirir los conocimientos que hicieran posible ser respetados por la sociedad de su época. El compromiso político con la isla irredenta los llevará a conspirar y apoyar los levantamientos que se producen en 1879 en el oriente del país y que hoy conocemos como la Guerra Chiquita, por lo que es deportado a España.

En Madrid fue jefe de redacción de El Abolicionista y luego de La Tribuna, en cuya dirección reemplazó a su amigo Rafael María de Labras; fue también editorialista y cronista de los diarios El Progreso y El Pueblo, además de corresponsal de varios diarios españoles y europeos. Compartió con los más destacados periodistas y escritores españoles de su época, sobresaliendo como polemista formidable y temible al decir de los que cruzaron palabras desde la prensa con Juan Gualberto.

Fue muy apreciado en los corrillos intelectuales por su gran cultura, su calidad periodística y por la firmeza de sus convicciones ideológicas, que incluía como elementos fundamentales, sus ideas abolicionistas y su independentismo. Por estas razones y por su calidad humana contó con la estimación de Ramón y Cajal, Castelar, Salmerón, Pi y Margall, Maura y Cánovas del Castillo, entre otros. Todos ellos políticos e intelectuales con quien no siempre estuvo de acuerdo pero que admiraron su cultura y valentía para defender sus criterios. A pesar de este bien ganado prestigio intelectual en la península, Juan Gualberto Gómez quiere regresar a Cuba y por ello gestiona su autorización para volver a La Habana, permiso que obtiene en 1890.

Ya en Cuba Juan Gualberto reanuda la publicación de su periódico La Fraternidad, que reaparece el 30 de agosto de 1890, esta vez con un decidido objetivo de hacer valer el derecho de los cubanos de expresar libremente sus ideas separatistas, para ello quiere hacer valida en Cuba la decisión del Tribunal Supremo de España que ha declarado lícita la propaganda carlista y republicana, por lo que el valiente mulato considera lógico que dicha sentencia ampare igualmente al separatismo.

Desde el primer número en La Fraternidad expone los objetivos que lo animan en un artículo titulado “Nuestros propósitos”, en el que hace un recuento de su labor a favor de la causa separatista y un reto a los que esperan las reformas prometidas por España y nunca cumplidas, en alusión a la estéril política de los autonomistas. Manteniendo esta peligrosa posición de combate contra el colonialismo Juan Gualberto Gómez terminó enfrentado directamente con las autoridades españolas de la isla. Pesa sobre él una condena de dos años impuesta por la Audiencia de La Habana, por el artículo, “Por qué somos separatistas”, aparecido en el número 14 de La Fraternidad del 23 de septiembre de 1890. Interpuesto recurso ante el Tribunal Supremo de España por Rafael María de Labras a nombre de Juan Gualberto Gómez, dicho tribunal falló a favor del mismo el 25 de noviembre de 1891.

El triunfo legal de Juan Gualberto Gómez en los tribunales de la metrópoli tuvo una gran trascendencia para el movimiento separatista cubano, se adquiría el derecho de hacer propaganda por la separación de la isla de España, propaganda que no podía ser una incitación a la rebelión y la lucha armada, pero que permitía hacer público los puntos de vistas de los que creían era posible la soberanía de la isla. Tal fue la repercusión de esta decisión judicial que el Capitán General de la Isla Camilo Polavieja lo consideró un golpe mortal para el poder colonial y así lo consigna en sus Memorias: “El día que firmó tal sentencia abandonamos los medios para sostener nuestra soberanía en la Isla de Cuba”

Junto a estos esfuerzos Juan Gualberto activa desde su periódico la promoción de los derechos de las personas de su raza en cuya defensa ya trabaja el Directorio Central de las Sociedades de la Raza de Color en Cuba[1] cuya directiva lo elige como presidente el 21 de agosto de 1891.

Esta fue la tónica del periodismo que hizo Juan Gualberto Gómez desde La Fraternidad, en los escasos don años en que este circuló en Cuba, defendiendo el derecho de los cubanos a una aspiración de independencia, al tiempo que sostenía la promoción de las aspiraciones de las masas de “color” en el logro de una plena igualdad tras la abolición de la esclavitud en la isla.

Es esa la razón para sostener que la aparición del periódico La Igualdad, el 7 de abril de 1892, es una continuidad del trabajo iniciado en La Fraternidad, aunque ahora el énfasis estaría dado en lo que él consideraba era muy importante en aquellos momentos y expresado con toda claridad en el artículo “Lo que somos”, de la edición inaugural de La Igualdad, y en el que expresa que su propósito era unir a los cubanos sin distingos de color de la piel, así como de hallar una solución justa a los problemas socioeconómicos de la colonia:

Vamos en busca de la igualdad: blancos, negros y mulatos, todos son iguales para nosotros; y nuestra aspiración consiste en que todos así lo sientan; para que llegue un día en que los habitantes de Cuba se dividan, no por el color de la piel, sino por el concepto que abriguen de las soluciones que se presenten a los problemas políticos, sociales y económicos, que se disputan el predominio en el mundo culto”[2]

Desde La Igualdad se defendían los derechos de la raza de color, porque al decir del propio Juan Gualberto Gómez, esta igualdad no sería posible, si al negro no se le concedían primero los mismos derechos que a los blancos, sino desaparecían primero toda una serie de leyes y ordenanzas racistas que las costumbres habían arraigado en la población.

Los estudiosos cubanos de hoy hacen mucho énfasis en el valor del periódico La Igualdad para la difusión de las ideas martianas, en la preparación de los cubanos para la lucha por la independencia, pero casi no se habla de la titánica labor de Juan Gualberto desde sus páginas en favor de las reivindicaciones de los negros.

Raquel Mendieta en su ensayo “Agitación política y reivindicación socio-racial: El Directorio Central de las Sociedades de la raza de Color en Cuba” resume esta labor:

La escuela mixta, como forma de integrar desde la niñez a blancos y negros; la necesidad de una activa participación de los sectores negros en la vida política a través del voto que se le quiere negar; la crisis política de los partidos coloniales -Unión Constitucional y Liberal Autonomista-, incapacitados para dar soluciones a los problemas económicos, políticos y sociales que aquejan al país; el derecho de los negros a entrar en los lugares públicos; la necesidad de eliminar los libros diferenciados en el Registro Civil, así como las fórmulas de cortesía en las células personales, o cualquier otro elemento que tienda a diferenciar, con carácter peyorativo para los negros, a ambas razas; el derecho de existencia de los cabildos de africanos, son algunos de los temas fundamentales que sacará a la palestra pública Juan Gualberto Gómez[3]

El periodismo que desarrolla Juan Gualberto Gómez entre 1890 y 1895 se desarrolla básicamente en los periódicos La Fraternidad y La Igualdad, convertidos por él en tribuna de divulgación de las mejores causas de la sociedad cubana: la lucha por la independencia y la reivindicación de los derechos de la raza negra, su palabra apasionada y convincente toma fuerza para luchar desde dentro contra los males de la sociedad colonial y desbrozar el camino a la sociedad cubana soñada por los mejores hijos de este país.

Durante la intervención norteamericana Juan Gualberto Gómez fue uno de los defensores más apasionados de la independencia de Cuba, se opuso a la Enmienda Platt, decepcionado y beligerante acudió a la virtud del cubano para impedir la intervención del yanqui.

“…Pero más que nunca hay que persistir en la reclamación de nuestra soberanía mutilada: y para alcanzarla, es fuerza adoptar de nuevo en las evaluaciones de nuestra vida pública las ideas directoras y los métodos que preconizara Martí, cuando su genio previsor dio forma al sublime pensamiento de la revolución…”[4]


[1] Fundado el 2 de junio de 1887 en La Habana

[2] Citado por Raquel Mendieta en “La Cultura: Lucha de clases y conflicto racial. 1878-1895”

[3] Mendieta, Raquel: Cultura lucha de clases y conflicto racial 1878-1895. Pág. 4. La Habana, 1989

[4] Juan Gualberto Gómez. El Figaro, 20 de mayo de 1902

Cultura, Historia, José Martí

Claudio Brindis de Salas (1852-1911). El Paganini negro

AÑO INTERNACIONAL DE LOS AFRODESCENDIENTES

El más extraordinario de los músicos negros del siglo XIX cubano fue sin dudas el violinista Claudio José Domingo Brindis de Salas, nacido en La Habana el 2 de agosto de 1852, hijo del maestro de baile del mismo nombre y apellido de quien aprendió los primeros acordes del violín. A los diez años hizo su presentación en el Liceo de La Habana ya como discípulo del maestro belga Van der Gurch, residente en La Habana.

Enviado a estudiar al Conservatorio de París con los maestros Dancla, David y Sivori, entre otros; allí obtuvo un primer premio siendo muy elogiado por la crítica parisina por su virtuosismo excepcional, fue aclamado en Milán, presentándose en el célebre teatro de la Scala; Florencia, Berlín, San Peterburgo y Londres. En 1875 regresó a América, cargado de condecoraciones, “con el fantástico título de Director del Conservatorio de Haití”, viajó por Venezuela, Centroamérica y México. En 1877 estuvo en La Habana, donde no dejó de sentir el desprecio de los ricos criollos por el color de su piel, no obstante tocó en el Tacón y algunas de la ciudades del interior de la isla, pero se marchó víctima de su color en una sociedad que solo vio en él una curiosidad de feria.

Los franceses lo distinguieron con el Botón de Caballero de la Legión de Honor y los alemanes le concedieron el título de Barón. Después de giras triunfales por España y Argentina- en Buenos Aires sus admiradores le obsequiaron un violín Stradivarius- se radica en Berlín donde se casó con una aristócrata alemana con la que tuvo tres hijos. Nombrado músico de Cámara del Emperador, alcanzó a fines de siglo, los máximos honores posibles. Atenazado por las deudas, con una vida dispensada y bohemia se separa en 1898 de su familia par comenzar un camino de fracasos y olvido que lo llevó a diversas ciudades de España y luego de América.

La época del virtuosismo iba pasando, los grandes golpes de arco, los repertorios hechos para el lucimiento de facultades fenomenales ya no complacían al público y el genio de Brindis de Salas comenzó su ocaso lejos de su patria. En 1900, emprende nuevas giras en busca de resarcir su situación económica. Sus biógrafos lo sitúan en Cuba en los primeros años del siglo XX haciendo giras por los teatros del interior del país. Existen referencias de la búsqueda de sus raíces negras en un país que casi no conoce y donde solo es un fracaso económico, finalmente enfermo de tuberculosis recala en Buenos Aires en 1910 donde muere solo y olvidado llevando como su gran tesoro el Stradivarius que le obsequiaron los argentinos y que poco antes de morir empeñó. Muere el 2 de junio de 1911.

Al encontrar su pasaporte alemán se dieron cuenta de quién era aquel “negro atorrante” enterrado en una fosa común, entre sus raídas ropas las glorias pasadas de su fama recogida en crónicas y críticas que conservaba. En 1917 el diario de Buenos Aires “La Razón” inició una campaña para darle digna sepultura al “Paganini Negro” en el cementerio de las Chacaritas y le dieron solemne sepultura.

Sus restos regresaron a La Habana en 1930 donde fueron sepultados en el Panteón de la Solidaridad Musical de La Habana, con los grandes honores merecidos por su talento. Hoy sus mortales restos están en la Sala de Concierto de la Iglesia de Paula, allí descansa uno de los grandes músicos del siglo XIX homenajeado a diario por músicos y diletantes en una bellísima sala restaurada por la Oficina del Historiador de La Habana, en esta otra Habana que se enorgullece de tenerlo entre sus hijos.

Fue uno de los personajes más interesantes de la historia musical cubana. “Sus programas no revelan un gran rigor de criterio, en cuanto al repertorio. Como muchos de sus contemporáneos, prefería la “fantasía brillante”, erizada de espectaculares dificultades, a Bach o Händel”[1] como lo de cualquier virtuoso de su época, era la moda y a ella rindió culto nuestro “Paganini Cubano”, como le llamó con razón Alejo Carpentier.


[1] Alejo Carpentier: La Música en Cuba. Pág. 134-137. La Habana, 1988

Cultura

Henry Reeve, El Inglesito

En nuestras guerras por la independencia siempre hubo combatientes de otros países que lucharon hombro con hombro junto a los cubanos por alcanzar la emancipación de la metrópoli española, no eran mercenarios sino hombres nobles dispuestos a dar la vida por la causa de nuestra liberación. Entre esos hombres que vinieron de otras partes de América a empuñar las armas en las filas de los libertadores se destaca el joven norteamericano Henry Reeve, a quien los cubanos conocían como “El inglesito”.

Henri Reeve nació y se crió en Brooklyn (New York), el 4 de abril de 1850, su padre era un clérigo protestante llamado Alexander Reeve y su madre una sencilla mujer, de buenos modales, nombrada Maddie Carrol; ellos conformaban una familia respetada, honrada, modesta y trabajadora. Adquirió una buena educación y con apenas 19 años trabajaba como tenedor de libros en un banco de la ciudad.

De buena estatura, delgado, rubio, de ojos azules, amable, no había cumplido los veinte años cuando enamorado de la causa de Cuba, sin saber español se alistó con el nombre de Henry Earl como soldado raso en la expedición del Perrit, en la que venía el general –también norteamericano- Thomas Jordan con 200 expedicionarios. Jordan lo nombró su asistente. Cuenta Gerardo Castellano que al alistarlo el general Luis Figueredo lo declaró inepto, equivocándose lamentablemente con respecto “al que había de ser pronto el más intrépido y hábil jefe de las huestes camagueyanas”.

Afirmase que la primera herida de las muchas que recibiera lo fue en el combate que los expedicionarios del Perrit, desembarcados en el estero de Canalito, bahía de Nipe, provincia Holguín, el 11 de mayo de 1869, libraron contra una columna española. Cuando el general Jordan, nombrado Jefe de Estado Mayor pasó a Camaguey, Reeve se quedó enfermo en Bayamo. Una vez restablecido pidió su pase a Camaguey, pues deseaba ingresar en la famosa caballería de esa región. “Al trasladarse a su nuevo destino –dice un biógrafo suyo- fue hecho prisionero (“La verdad”, periódico revolucionario cubano de N. Y. afirma que fue en el ataque al campamento español de La Cuaba) y amarrado, codo a codo y puesto de rodillas, lo fusilaron; pero las balas solo rozaron su cuero cabelludo, lo que le permitió levantarse al poco rato y unirse a una fuerza revolucionaria que providencialmente pasó por el lugar donde se encontraba”

Reeve continúa combatiendo como parte del Estado Mayor de Jordan, lo hace bajo las órdenes del brigadier William O`Ryan, canadiense que también dio su vida por Cuba; más tarde se subordina al coronel Machado y después de muchas peripecias logró incorporarse a la caballería de Camaguey a las órdenes del general IgnacioAgramonte, el Mayor como le llamaban su admiradores, de quien pronto llegó a ser su hombre de confianza y jefe de su célebre caballería. Dotado Reeve de talento natural, vivo, astuto, osado, valiente hasta la temeridad, es natural que hiciera al momento progresos en la carrera militar, distinguiéndose de modo sorprendente en muchísimos encuentros.

En la acción de La Soledad fue tan notable su intrepidez que se le ascendió a teniente coronel en el campo de batalla y, lo que es más, fue propuesto al Gobierno de Cuba en Armas para coronel del Ejército Libertador. Alcanzaría finalmente el grado de brigadier.

“…Y no extrañe el gobierno que se suceda casi sin interrupción las propuestas de este digno jefe para coronel y para brigadier. Necesito un segundo en Camaguey y, desgraciadamente, entre los muchos jefes superiores que hay en el departamento de mi mando, no encuentro uno que reúna las aptitudes indispensables que concurren en este jefe para secundarme. El Comandante Reeve, con sus relevantes cualidades, se hace acreedor a toda mi confianza, y creo mi deber prevenir al gobierno de la República favorablemente hacia este joven extranjero”[1]

“El Salado”, “El Jacinto”, “El Carmen”, son lugares en los que dejó su huella de valor a las órdenes del Mayor, en este último combate recibe heridas en el abdomen que no llega a cicatrizar del todo y que le produce grandes dolores.

Entre los 35 hombres seleccionado por Agramonte para el rescate de Sanguily figura “El Inglesito” que va a la vanguardia. Más no estuvo al lado del Mayor cuando su caída en Jimaguayú, pues precisamente Agramonte cruzaba en derechura al potrero donde se combatía, para impartirle instrucciones a Reeve que allí peleaba; pero al mes justo de la caída de su jefe los 120 cubanos de la caballería acaudillados por “El Inglesito” realizaron una espantosa carnicería de guerrilleros[2] en Yucatán, para vengar al Mayor.

Ninguna pena es mayor para “Enrique el Americano”, como lo llamaba Agramonte, que la muerte de su jefe y solo su gran valor e entereza le hacen seguir combatiendo, semiinválido, casi postrado por tantas heridas en su delgado cuerpo.

Máximo Gómez a quien tuvo que recibir por ausencia del General Julio Sanguily, al hacerse cargo del mando en Camaguey, hace de “El Inglesito” cumplidos elogios y lamenta que no ostentara ya un grado mayor.

“…Fui recibido atentamente en el Cuartel de Caballería por este Cuerpo. Su jefe es el Teniente Coronel Enrique Reeve, muy digno de ocupar el puesto más elevado por su valor a toda prueba y su infatigable constancia en el servicio de la causa, que le hacen un cumplido militar y le adueñan de la justa consideración y simpatía de sus superiores y subalternos. No hago otra cosa más que justicia al mérito y tampoco hago mención de otras cualidades que posee…”[3]

Estas son la impresiones del coronel Pablo Díaz de Villegas: “Reeve mandó a formar a la Caballería y Gómez le pasó revista. El general quedó admirado, no se imaginaba que los cubanos tuvieran una fuerza de caballería tan numerosa y tan bien organizada.(…) Le queda solo ver si su valor correspondía a su brillante aspecto y esto se demostró pronto (…)[4]

A las órdenes del Generalísimo se cubrió de gloria en diversas misiones de combate, sobre todo en el ataque a Santa Cruz del Sur, al ser asaltada y tomada la población. Allí recibió una grave herida en la pierna derecha, que se la dejó más corta que la izquierda. Del sólido prestigio que gozaba en el Ejército Libertador habla su entrañable compañero Ramón Roa, que con él alcanzara la más alta reputación al mando de Agramonte. Roa, insurrecto y poeta, le dedicó el Romance del Inglesito y otros versos.

Cuando Gómez pasa a Las Villas lo llevan consigo y le otorga el mando de Jefe de División Interino. Lo destinaron a la vanguardia del Ejército y atravesó la región con viril resolución. Asígnasele el más peligroso mando, el de la brigada de Colón. Una de sus más nobles pasiones era la de llevar la insurrección hasta las puertas de La Habana. Con tal objeto extendía sus operaciones por Aguada de Pasajeros, Real Campiña, Cartagena y Yaguaramas.

El 4 de agosto de 1876, acampado en La Sierra con 160 hombres supo que marchaban contra él una fuerza española de 500 soldados. Inmediatamente levantó el campamento y marchó contra ellos. La acción se efectuó en el llano de Yaguaramas. La primera carga de los mambises causó muchas bajas en las filas enemigas, pero la superioridad numérica y de fuego de los españoles puso en desventaja a las fuerzas mambisas.

El Inglesito se precipitó sobre el punto más fuerte con su acostumbrado arrojo. Le mataron el caballo y al querer montarlo en otro su ayudante Rosendo García, Reeve le ordenó: “Retírese que lo va a matar”. “Al terminar la frase –relata Castellanos- fue herido en una ingle. En este momento se adelantaba un sargento español disparando sobre el brigadier; este lo espera y de un feroz tajo, casi le cercenó la cabeza. En tal situación recibió dos heridas, una en el pecho y otra en el hombro; más su aquilino ardor era tal que se sostenía en un pie con el machete en la mano y el revólver en la otra. Se le encimaron numerosos enemigos y él todavía pudo disparar tres tiros y enseguida (según versión del testigo presencial, el después coronel Rosendo García) se aplicó el arma en la sien derecha y con ese disparo se produjo la muerte…” No tenía aún 27 años.

Un grupo de 24 jefes y patriotas de Camaguey, entre ellos Julio y Manuel Sanguily, Salvador Cisneros, Ramón Roa y Enrique Collazo, le escriben una carta de pésame a la madre de Reeve: “El oyó desde su tierra nativa el clamor de este pueblo infortunado (…) y movido de sus generosos impulsos pisó estas playas (…) sin más títulos que su ardoroso y firmísima resolución de luchar por la independencia de Cuba.

“(…) Cuba guarda, como precioso tesoro los sufrimientos y las proezas del esclarecido adalid (…)”

El historiador español Antonio Pirala relata así los hechos: “(…)Reeve penetró dos veces como un rayo, con un centenar de jinetes, en el termino municipal de Colón, quemando en una de ellas dos ingenios a la vista del mismo pueblo, más tanto insistió en desafiar el peligro, que al fin quedó muerto en un encuentro en Yaguaramas(…)”[5]

Los españoles se apoderaron de su cadáver y lo exhibieron en Colón donde fue sepultado.


[1] Carta de Ignacio Agramonte citada por Mercedes Alonso en “Henry Reeve: El americano que tanto admiró Agramonte”, en rev. Bohemia Nº 16, pág. 63, 10/8/2001

[2] Era el nombre que recibían las fuerzas auxiliares de origen cubano al servicio de España.

[3] Máximo Gómez citado por Mercedes Alonso en “Henry Reeve: El americano que tanto admiró Agramonte”, en rev. Bohemia Nº 16, pág. 62, 10/8/2001

[4] Citado por Mercedes Alonso en “Henry Reeve: El americano que tanto admiró Agramonte”, en rev. Bohemia Nº 16, pág. 63, 10/8/2001

[5] Citado por Mercedes Alonso en “Henry Reeve: El americano que tanto admiró Agramonte”, en rev. Bohemia Nº 16, pág. 64, 10/8/2001

Historia

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