Cultura Cuba

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José Martí y la bandera



José Martí

Ernesto García Peña

1990

La realidad suele ser más rica que la imaginación del hombre, y esa realidad nos ha legado a los cubanos una biografía que aún, inconclusa, idealizada y en el claroscuro de la leyenda y la irreverencia, nos delinea un espíritu grande que crece con el tiempo y que se niega a ser historia pasada para convertirse en andante a nuestro lado en las tareas del diario. Hablamos de José Martí.

El 19 de mayo de 1895 en un radiante mediodía oriental cayó combatiendo frente al enemigo colonialista español, cumpliendo un ciclo de deber y de vida que el mismo se trazara desde los albores de una vida azarosa y apostólica que admiramos y tratamos de seguir, no desde la mística de la adoración sino desde el conocimiento del sentido del ser, para no dejar morir la obra, continuadores de su legado en estos tiempos tan difíciles y convulsos.

José Martí es de esos hombres que tienen la interesa de cargar con la responsabilidad de un pueblo en sus anhelos cotidianos, de saber cuando la madurez de la conciencia colectiva puede ser compulsada para empeños mayores, como ese de llamar a un pueblo esclavo a darse un lugar entre los libres y no detenerse en solo en ese empeño, sino avizorar que no bastaba llegar al libre albedrío de pueblo y de hombre, sino que era necesario cambiar la base sobre la que una nación debía crecer, “con todos y para el bien de todos”

El hombre que hoy convocamos fundó un partido para abarcar a todos los patriotas, crear una nación y salir adelante en los desafíos que los nuevos tiempos tendían a su pueblo. Pero no se detuvo en el limitado espacio geográfico de su isla y fue latinoamericano, palpitó con todos los humildes de su continente virgen y amplió su corazón para concluir con la humanidad por patria.

Si de tal hombre hablamos, cómo no preguntarnos el mejor modo de seguir su ejemplo, no solo con la admiración del espectador ante una obra grande, sino con la humildad del vivir diario, el intento por ser buenos y la tarea de hacer nuestra parte en la humana labor de crecer.

Otro 19 de mayo pero de 1850 llegaron a Cuba, por la ciudad de Cárdenas un grupo de hombres en su mayoría norteamericanos, enrolados por el general Narciso López, venezolano de cuna e identificado con la causa anexionista de una parte de la burguesía y de la intelectualidad criolla, cansados del despotismo español, deseosos de las libertades de la república yanqui, pero incapaces de comprender los anhelos de libertad de una buena parte de la población de la isla, negra y esclava, que para ellos no contaban en estos impulsos de rebeldía.

Los expedicionarios de López, ocuparon Cárdenas y por primera vez en suelo cubano ondeó la bandera que es hoy la enseña nacional de nuestro país, ideada por el propio López y diseñada por Manuel Teurbe Tolón, un poeta matancero residente en los Estados Unidos.

Por eso entre las conmemoraciones que la historia oficial revolucionaria ignora está el Día de la Bandera, por su pecaminoso origen anexionista, como si no bastara, los argumento de Ignacio Agramonte en la Asamblea de Guaimaro (1869), defendiéndola como el primer pabellón por el que murieron los cubanos o los cientos de miles que cayeron a lo largo de estas guerras por la emancipación definitiva.

Si triste es el 19 de mayo por la pérdida física del cubano mayor, recordemos que murió por nosotros pensando en aquel pabellón purificado por los miles que lo quisieron símbolo de una libre nación y no de un apéndice de ese conglomerado de gente y de intereses que es los Estados Unidos de América.

Esa es la historia.

José Martí

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