Cultura Cuba

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Homenaje de José Martí a John Delmónico

En 1881 cuando José Martí vivía en Nueva York, era corresponsal del periódico caraqueño La Opinión Nacional y no pasaba por alto los grandes acontecimientos de aquella ciudad deslumbrante que aprendió amar desde la constancia de la gente que con su trabajo ayudó a levantar esa gran urbe a la orilla del Hudson.

Es por eso que quiero traer su bella crónica escrita por él para homenajear a uno de estos hombres que a fuerza de trabajo ganó fama y prestigio en la gastronomía. Se trata de John Delmónico, un emigrante suizo, que junto a su familia desde la década del veinte del decimonónico fundó uno de los restaurantes más conocidos en norteamericana; lugar de culto, por sus aportes y entrega a esta manifestación lúdica del hombre moderno, nada más agregar, que hable Martí que pudo degustar la buena mesa en el restaurante matriz de los Delmónico:

“A la par que la tierra de Michigan abría su seno para dar sepultura a pobres héroes y a bravos y a infelices ignorados, en Nueva York moría un anciano cuyo apellido goza ya universal fama, más que por especiales títulos suyos a la celebridad, porque de citarlo o recitarlo cobraban renombre de elegantes o ricos los hombres a la moda:-Delmónico ha muerto. ¿Quién que haya venido a Nueva York no ha tenido citas, no ha saboreado café, no ha mordido una fina galleta, no ha gustado espumoso champaña, o Tokay puro, en uno de los restaurantes de Delmónico? Allí las comidas solemnes; de allí, los refrescos de bodas; en aquella casa, como en la venta ganó Quijote título de caballero antiguo, se gana desde hace treinta años título de caballero moderno. En estos tiempos prodigar es vencer; deslumbrar es mandar; y aquélla es la casa natural de los deslumbradores y los pródigos; en ricas servilletas las botellas húmedas; en fuentes elegantes manjares selectos; en leves cristales perfumados vinos; en platos argentados panecillos suaves: todo es servido y preparado allí con distinción suprema. El creador de esta obra ha muerto: un italiano[1] modesto, tenaz y honrado, que comenzó en un rinconcillo de la ciudad baja vendiendo pasteles y anunciando refrescos, ha desaparecido respetado y amado, después de medio siglo de faena, dejando a sus parientes dos millones de pesos. Los ahorró con su perspicaz inteligencia, su humildad persistente, su infatigable vigilancia. Cincuenta años estuvo,-y era millonario, y aún estaba detrás de su escritorio,-inspeccionando las entradas; por entre las mesas, riñendo a los criados y resplandeciente en toda su figura la dignidad hermosa del trabajo. Mientras que su sobrino iba con el alba a los grandes mercados, él, en pie con el día, elegía los vinos que habían de sacarse de sus magnas bodegas, que eran cosa monárquica de abundante y de rica. Este hombre venía siendo símbolo de este progreso gigantesco: en cada pliegue nuevo de la inmensa ciudad, allá alzaba él bandera y llevaba su nuevo restaurante. Por el número de sus establecimientos se miden los grados de desenvolvimiento de Nueva York; y cada nueva casa de Delmónico era más favorecida, más suntuosa, más refinada, más coqueta que la anterior: $100,000 pagaba por alquiler de establecimientos; quince mil pagaba al mes de sueldos a 500 empleados. Dejaba de la mano el negro y recio tabaco que fumaba y ha acelerado su muerte, para firmar. un cheque a beneficio de tanto oscuro pariente, y tanto pobre francés y suizo de quienes cuidó siempre con especial solicitud. Fábulas parecen la; ganancias de Delmónico,-y cosas de fábula parecían a los neoyorquinos, las maravillas y delicadezas culinarias que él les había enseñado a saborear:-salsas, ornamentos y aderezos eran cosas desconocidas para los norteamericanos, que en sus periódicos se confiesan deudores a Delmónico del buen gusto y elegante modo que ha reemplazado, con los actuales hoteles, al burdo tamaño y tono áspero de los manjares, y su preparación y servicio, en otros tiempos. En casa de Delmónico fue donde se sirvió aquel banquete afamado de Morton-Pets, en que se pagó a $250 el cubierto; y los de a $100 el cubierto eran banquetes diarios: fue Delmóníco quien preparó una artística mesa, no con esos incómodos florones, monumentos frutales, y deformes adornos con que generalmente se preparan, sino con un risueño lago en que nadaban cisnes nevados y avecillas lindas, por lo que aún se llama aquél el banquete de los cisnes. En Delmónico han comido Jenny Lind, la sueca maravillosa; Grant, que después de un banquete recibió a sus visitantes bajo un dosel; Dickens, a quien un vaso de brandy era preparación necesaria para una lectura pública, y dos botellas de champaña, bebida escasa para un lunch común. Luís Napoleón, antes de acicalarse con el manto de las abejas, comía allí; allí los grandes políticos, allí los grandes mercaderes, allí el chispeante James Brady, que entre escogidos invitados, celebraba en comida de solteros cada uno de sus triunfos de abogado; y el hijo del zar, y célebres actores, y nobles ingleses, y cuanto en las tres décadas últimas ha llegado a Nueva York de notable y poderoso. Una corona singular yacía a los pies del muerto, que decía en grandes letras de flores: “La Sociedad Culinaria Filantrópica”. Y muchos hombres ilustres que lo fueron más por este tributo varonil y honrado, asistieron a los funerales del virtuoso y extraordinario cocinero, ya por esa singular afinidad que atrae a los hombres hacia los que satisfacen sus placeres, ya por espontánea admiración de las dotes notables de energía, pertinacia, inteligencia y modestia que adornaron a aquel rico humilde, que no abjuró jamás de su delantal de dril y su servilleta blanca. Es la época serena: la de la glorificación y triunfo del trabajo.”

La Opinión Nacional. Caracas, 1 de octubre de 1881


[1] Tal vez por sus apellidos Martí lo llame italiano, pero sus biógrafos en la actualidad le reconocen su nacionalidad suiza.

Fotografía tomada de Wikipedia en inglés

Para otras entradas sobre josé Martí ir a el Blog Martí Otra Visión del mismo autor

http://blogs.monografias.com/marti-otra-vision

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