Cultura Cuba

Un Blog para dar a conocer la cultura cubana, su gente y su historia, en pocas palabras.

 

Archivo de Febrero, 2011

Los temas deportivos en el periodismo de José Martí

Los caminadores

Cuando el glorioso oplista ateniense recibe la encomienda de llevar las buenas nuevas de la victoria de las armas griegas en las arenas de la bahía de Maratón, no pesaba en la estrecha recompensa de las monedas acrecentando su saco, sino en la gloria de ser el primero en llevarle a los afligidos ciudadanos de la polis ática el resultado favorables de las armas nacionales, junto con el último suspiro solo una palabra, ¡victoria!.

Hoy la humanidad recuerda al valiente que cubrió sin descanso los distancia entre el lugar de la batalla y Atenas con la carrera de Maratón, momento culminante de los Juegos Olímpicos Modernos, en el que las posibilidades de resistencia humana se ponen en juego y la victoria tiene una connotación de homenaje al tesón, la entrega y el honor del atleta y del pueblo que lo vitorea.

Por eso en contraste, la tristeza está presente en las largas crónicas que nuestro José Martí dedicó a una de las competencia de las que fue testigo viviendo en el Nueva York decimonónico: las carrera de “caminadores”, competiciones que estaban de moda por estos años y que al parecer producían pingüe dividendos a los patrocinadores y apostadores, muchas veces periódicos de la ciudad en busca de publicidad y de aumentar las ventas.

Se convocaba a los atletas para recorrer una distancia determinada, entre 500 y 600 millas ininterrumpidamente, día y noche en un espacio cerrado con graderíos al que acudía un público curioso, que era el verdadero sostenedor del espectáculos por el pago de las entradas y los gastos de permanencia, por ver correr y desgastarse hasta los límites de su salud a aquellos “desgraciados” que en pos de una premio en dinero cuya mayor tajada era para quien completara la carrera en el menor tiempo.

Por la minuciosidad de datos que va proporcionando y las impresiones de primera mano que aporta, todo parece indicar que él presenció aquellas “hazañas repugnantes”, como las llamaría el propio Martí. Esa (…) fatigosa contienda de avarientos, que dan sus espantables angustias como cebo a un público enfermizo, que a manos llenas vacía a las puertas del circo los dineros de entrada que han de distribuirse después los gananciosos”[1] (O.C.J.M.T.10:50). No hay en ningún momento simpatía por lo que ve, sino tristeza y un algo de vergüenza por la condición humana.

Hemos encontrados en las compilaciones de sus obras cuatro crónicas referidas a este tema, las dos primeras sobre una misma competencia, desarrollada en el Madinson Squar Garden de Nueva York a principios del año 1882, escritas para el periódico caraqueño El Nacional; mientras que las otras dos datan de 1884 y 1888 en el mismo escenario y aparecen en el diario bonaerense La Nación.

Son cuatro momentos para acercarse a un mismo fenómeno de masas y en donde predomina una constante, la condena a la barbarie inicua de rebajar y destruir al hombre por dinero, porque no “(…)es esta aquella garbosa lucha griega en que a los acordes de la flauta y de la cítara, lucían en las hermosas fiestas panateneas sus músculos robustos y su destreza en la carrera, los hombres jóvenes del ático, para que el viento llevase luego sus hazañas cantada por los poetas, coronados de laurel y olivo, a decir de los tiranos que aún eran bastante fuerte los brazos de los griegos para empuñar el acero vengador de Harmodio y Aristogitón(…)”(O.C.J.M.T.9:266).

La comparación con las competencias de la Grecia Clásica le sirven para mostrar la caída moral del hombre cuando se rebaja al papel de animal de carrera y por eso los constantes cotejos de estos corredores con animales es otra de las características, de estas crónicas, “(…) estos jayanes andan pesadamente, (…)comen dando vuelta como perro famélico que huye con la presa entre los dientes,(…)se arrastran como jacos de posta, sudorosos y latigueados,(…)por unos cuantos dineros, a cuyo sonido, al rebotar sobre los mostradores de la entrada, aligeran y animan su marcha”(O.C.J.M.T.9:267)

Y vuelve el pensamiento del humanista a ese idealizado mundo clásico al comprender cuan alejado del espíritu humano está este espectáculo porque no “(…) son los premios de estos caminadores, como de los que se disputaban el premio de correr en aquellas fiestas coronadas de laurel verde y fragante, o ramillas de mirto florecido” (O.C.J.M.T.9:266)

Al joven cubano se le hace difícil comprender que tanta brutalidad ocurra ante los ojos de un público que semejante a la plebe romana goza con la crueldad y paga por ella.

Ese público, será el otro centro de su observación en estas crónicas de los “caminadores”, porque no se refiere solo a los rufianes que llena la noche para pasarla de alguna manera burlándose de los atletas y sus constantes caídas, traspiés, desmayos, sino que allí aparecen “damas y caballeros” de rico caudal (…) no para ver vitorear el trance adelantado de los hombres a un estado mental o moral sumo, sino para ver y vitorear el trance de retroceso del hombre al bruto” (O.C.J.M.T.9:267)

Tal es su impresión desaprobatoria sobre aquel público que dos años después vuelve sobre el tema de los caminadores y el público de estos espectáculo, para comentar con ironía: “Con la gente que llenaba el circo a esa hora, había para hacer la independencia de un país: - mas no con esa clase de gente (…)” (O.C.J.M.T.10:50)

En esta segunda crónica se refiere a los periodistas de Nueva York que cubre el espectáculo y describe cómo pasan su tiempo sobre plataformas para describir el triste espectáculo que describirán sus diarios. Por eso el amargo comentario lleno de sutilezas: “No se contó de seguro el camino de la cruz del Nazareno con más minuciosidad que las caídas, desmayos, ligeros sueños, refrigerios breves y reapariciones en la arena de los caminadores” (O.C.J.M.10: 52)

En 1888 vuelve con la más extensa de sus crónicas dedicadas a los caminadores, el motivo principal es la presencia en la carrera de un mexicano, Guerrero, es solo el modo que el tiene de identificar a este hombre de nuestras tierras, que tiene muchas posibilidades de ganar y goza de la simpatía de los que acuden noche y día a ver estas lides. Al referirse a él viene la inevitable comparación con los héroes mitológicos de la Hélade y de las leyendas amerindias:

“Y allá va Guerrero no va, como Hércules cuando corría por conquistar la corona de oliva, sin más ropaje que su propia piel: ni lleva como Hipómenes una blusa de lona cuando competía con la mortal Atalanta por el premio de su mano; ni viste camisa y calzonera de piel de venado con pasamanería de wampunes de colores, y diadema de pluma de cisne, como el veloz Pan-Puk en las bodas de Haiwatha(…)” (O.C.J.M.T.11: 401)

En esta crónica el lenguaje se suaviza al referirse a los competidores, aunque la critica y la desaprobación siguen marcando el pensamiento del Apóstol, ahora Albert (el competidor de origen inglés), es como los héroes de la Olimpiada, mientras Guerrero le “(…)recuerda a los daneses que se deslizan por los campos de nieve” (O.C.J.M.T.11:402), pero como reaccionando ante la crueldad y todas aquellas cosas que el a reprobado desde que conoce estas competencia, escribirá con énfasis de ira, que solo los jugadores que viven de las apuestas, la tentación de ganancias o el afán de notoriedad, muy necesario en los Estados Unidos, son atraídos “(…) a ejercicios odiosos que en nada aumentan la utilidad, gracia y ciencia del hombre: Guerrero era bello, sí: ¡como un venado! Albert era bello, sí: ¡como un caballo!”(O.C.J.M.T.11: 403)

Esta vez su análisis del público que acude a ver este tipo de espectáculo se vuelve más descriptivo para enumerar a esa crápula que no es solo del barrio de Bowery, que el califica como el centro del hampa. Allí están los apostadores profesionales, las prostitutas, que el califica de “bribonas”, que se exhiben en aquel ambiente “por amor a cuanto excita sus carnes impuras” (ídem)) y los curiosos, como él, “(…) atraído por el encanto de la tenacidad en cualquier especie de triunfo” (Ídem), ellos junto a los policía y ladrones constituían ese heterogéneo gentío que llenaba el Madinson en días de “carrera de premio”.

Era una muestra de la humanidad en lucha por su subsistencia, la antítesis de ese mundo que el quería para su América, esa que más al sur echaba una mirada curiosa a las luces cada vez más intensa de la parafernalia capitalista que se construía en el norte y que él advertidor y comprometido quería mostrarle en todas sus facetas.


[1] Obras Completas de José Martí (OCJM)

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El INDER un símbolo de la revolución


El 23 de febrero de 2011 se cumplieron los cincuenta años de la creación del organismo deportivo de la Revolución Cubana, surgido en esa fecha de 1961 para ser el órgano rector del desarrollo de la educación física y el deporte en Cuba. Su famoso acrónimo ya parece un nombre común para todos los cubanos pero para quienes se acercan a las realidades de Cuba quiero decirle que estas siglas son del Instituto Nacional de Deporte, Educación Física y Recreación (INDER) presidido en sus primeros años por José Llanusa Gobel, hombre del deporte y uno de los que soñaron la Revolución triunfante en 1959.

Es junto decir que esta institución ha tenido a su cargo la creación y desarrollo de un programa que llevara a todos los cubanos aquel precepto clásico de, “Mente sana en cuerpo sano”, que tantos elogios mereció de nuestro José Martí en su época, como la forma de que las personas tuvieran salud física para poder cultivarse en lo cultural.

La creación del INDER supuso la instauración de las bases para un despegue de las actividades deportivas del país y el impulso de la participación popular en programas masivos recreativos y de educación física. En este último aspecto se implementó el programa, “Listo Para Vencer” (LPV) dirigido a medir la eficiencia física de todos los cubanos y estimular la práctica de ejercicios físicos. Este otro acrónimo se ha hecho una forma de decir popular entre los cubanos, “¡estoy LPV!”.

El Gobierno Revolucionario había tenido la audacia de abolir las competiciones profesionales en todos los deportes, incluyendo el beisbol, que contaba con la Liga profesional más importante en América Latina y sucursal de las Grandes Ligas de los Estados Unidos en donde jugaban muchas de las mejores figuras del beisbol cubano.

Era preciso organizar la práctica de los principales deportes que se jugaban en Cuba, poniendo las instalaciones que existían y creando una infraestructura nacional que hiciera realidad aquella frase de Fidel: “El deporte es un derecho del pueblo”

Desde su fundación la tarea principal del INDER ha sido el estímulo de la población para que se ejercite, practique algún deporte y mantenga su forma física como parte de su calidad de vida. No ha sido fácil lograrlo a lo largo de estos cincuenta años, porque nunca han sobrado los recursos y las demandas siempre han sido superior a la oferta, pero el mayor logro de este país en esta esfera, no son sus cientos de campeones olímpicos, mundiales, panamericanos y centroamericanos, ni los reconocidos triunfos en la arena deportiva desde 1959, sino la salud del pueblo y el mantener aquel principio martiano que reza:

“…Antes todo se hacía con los puños; ahora la fuerza está en saber, más que en los puñetazos; aunque es bueno aprender a defenderse, porque siempre hay gente bestial en el mundo, y porque se ha de estar presto a pelear, para cuando un pueblo ladrón quiera venir a robarnos nuestro pueblo”[1]

Junto con el INDER se crea la Escuela de Educación Física y Deporte “Comandante Manuel “Piti” Fajardo”, que más tarde sería el Instituto Superior de igual nombre y que tenía como objetivo, formar a los cuadros profesionales, profesores e instructores que llevarían adelante el deporte nacional, hoy este centro se ha multiplicado en todo el país y hasta una escuela internacional para estudiantes de todo el mundo se ha creado en La Habana.

En los primeros años de la Revolución, coexistía junto a este esfuerzo por masificar el deporte, la práctica del deporte profesional en Cuba, muy ligado a las organizaciones norteamericanas del “deporte rentado”. La radicalización de la Revolución y las presiones políticas de los EE. UU., puso en contradicción a ambas formas de práctica deportiva, por lo que el Gobierno Revolucionario optó por la eliminación del deporte profesional en todas sus manifestaciones dentro del territorio nacional (19 de marzo de 1962).

En 1963 se inauguraron los 1º Juegos Escolares Nacionales, base de la pirámide deportiva de país y cantera fundamental del deporte competitivo cubano. Estos juegos fueron la cantera de la que surgieron las generaciones de atletas que tanta gloria le han dado a Cuba en los últimos cincuenta años. Al inaugurar la primera versión de dicho evento Fidel Castro dijo: “(…) y ustedes, de entre los que han demostrado vocación por el deporte, firmeza con el deporte, dentro de lo que han demostrado tenacidad con el deporte, condiciones de deportistas, de entre ustedes, jóvenes hoy, saldrán el día de mañana campeones que defenderán con orgullo la bandera de la Patria en las competencias internacionales”[2]

Esa es Cuba, ese es el INDER y ese nuestro deporte navegando contra viento y marea como una de las más preciadas conquistas de la Revolución.


[1] Obras Completas de José Martí. Tomo XVIII, p. 326. La Habana, 1975

[2] Discurso de Fidel Castro en la inauguración de los 1º Juegos Escolares. 23 de agosto 1963. Granma Digital

Nota al margen: Hoy 24 de febrero se cumple el aniversario 116 del reinicio de la guerra por la independencia de Cuba lederada por José Martí, se levantaron los cubanos para alcanzar el sueño de república para todos con la que soñó Martí

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Martí desde su Casa Natal

“Honrar, honra”

José Martí

Estas son las piezas más entrañables de la colección del Museo Casa Natal de José Martí, porque provienen de los primeros meses de vida de ese cubano fecundo que está entre nosotros con su ejemplo y con sus ideas éticas, estéticas y sociales.

La pieza textil es una pequeña bufanda que llevó el niño el día de su bautizo el febrero de 1853, la segunda pieza textil es el gorro que cubría su cabeza en ese memorable día de bautizo.

La pequeña cucharilla, es de plata y con ella se le enseñó a ingerir sus primeros alimentos, en tanto que la trenza de pelos, se le cortó al niño Martí, a la edad de tres años.

Son reliquias familiares que Doña Leonor conservó de su hijo amado y que finalmente están expuestos en la casa donde vino al mundo José Julián Martí Pérez, en la madrugada del 28 de enero de 1853, son objetos venerados por el pueblo cubano, que día a día acude a este inmueble para hacer el mayor de los tributos: la búsqueda del hombre para crear, cada cual a su modo SU MARTI, no de mármol, ni de la endeble leyenda que ya lo envuelve, sino humano, como cada cual lo necesita.

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La palma real

“La palmas son novias que esperan”
José Martí
En el escudo de Cuba, en su cuartel derecho se enseñorea erguida y orgullosa la palma real, ese hermoso árbol de los trópicos que ha devenido en símbolo de nuestro país por su presencia gallarda, tranquila belleza y utilidad cotidiana para el hombre de campo, el guajiro de vida reposada  y dura que la tradición bucólica del siglo XIX se empeña en decirnos  que vivía en un Edén tropical, “con su bohío al pie del arroyo cristalino, de aguas frías, en un hermoso bajío lleno de murmurantes palmas en donde cantaba el sinsonte”, toda una postal idílica, que a la vez que contribuía a reafirmar las raíces autóctono, escondía una realidad de pobreza y aislamiento, que con sus matices, aún podemos encontrar en los cada vez más solitarios campos cubanos.
La palma real ha devenido en la añoranza de lo suyo, para quienes por una razón u otra, han tenido que dejar el terruño donde les tocó nacer. José María Heredia, nuestro primero poeta romántico, las extrañó cuando vio la grandeza del Niagara, como si faltara en tan majestuosa belleza el toque verde de la erguida planta.  José Martí las comparó con las pacientes amantes esperando el regreso del amor ausente y tengo el presentimiento de cubano, de que fueron las palmas su última visión sobre la tierra en aquel radiante mediodía de mayo.
Un cubano  reyoyo de esos que huelen a madera de cedro y tiene la tristeza de lo no alcanzado, lo fue Anselmo Suárez y Romero, un culto criollo que enseñó en el colegio de Rafael María de Mendive y que tuvo en su clase de gramática a José Martí, fue de los que labró la patria y nos la hizo ver en su prosa romántica. Él describió como nadie un “palmar” esos que tanto escasean hoy en día, consumidos por la necesidad humana y la fuerza de los huracanes:
“Hay una cosa en mi patria que nunca me canso de contemplar: no es la Ceiba de hojas infinitas que se levanta en las llanuras, ni la cañabrava que mece sus penachos en la brisa, ni los naranjos cargados de azahares, ni nuestro sol, ni nuestra luna, ni nuestro cielo tan azul y tan hermoso, ni el hirviente mar que ruge en nuestras playas; son los magníficos palmares, que suspiran perennemente en sus llanos y sus colinas. No hay árbol más bello que la palma; pero cuando la casualidad a reunido un grupo de miles de ellas en la cresta de una loma o en un valle pintoresco y apartado, no hay pincel capaz de pintarlas, no hay poeta que pueda cantarlas dignamente en su lira.
“La naturaleza tiene mil sonidos santos y suaves que nos llenan de arrobamiento: el canto de los pájaros, el murmullo de las aguas de los ríos, el ruido de las cascadas; pero el que haya escuchado la música de los palmares, dirá si hay algo que se iguale a tantos suspiros, a tantos sollozos, a tantos lamentos, a tantas quejas, a tantas palabras acariciantes como se escuchan en las pencas agitadas por el soplo de la brisa, perfumada con la fragancia eterna de los campos”

Las palmas y el palmar se juntan en el imaginero popular para soñar lo bello, ¿no las ha visto en el valle de Viñales o en el Yumurí?, ¿no nos recuerdan quiénes somos, cuando la vemos erguida y orgullosa, ante el embate de la naturaleza?, palma y Cuba son un binomio inseparable.

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Otra vez con el Martí de Fernando


En Cuba siguen las repercusiones sobre la película “Martí en el ojo del canario” de Fernando Pérez, el viernes 28 de enero la televisión cubana la estrenó poco más allá de las diez de la noche, el horario de lo íntimo, de lo secreto, de lo que debe ser pasado para que se olvide y digo esto porque me ha tocado por mi trabajo y la cercanía del público oír comentario que van desde la pacatería más grande, al recato puritano de los “cuidadores de templo”, dispuestos a mantener el mito sacrosanto.

Lo increíble es que estamos en un país que hace cincuenta años que está abogando por cambiar la mentalidad social, hacerla mas abierta, más libre, menos prejuicida y menos dada al tabú de lo intocable, pero en la que predomina el tabú conservador de “haz lo que yo digo y no lo que yo hago”.

Seguimos siendo escolásticos y no dialécticos, por esas contradicciones del ser y el pensar que nos hacen los seres excepcionales y humanos habitantes de esta isla, ¡tan isla!

Pero volviendo al tema, quiero poner a su consideración un breve y certero comentario de la poetisa y ensayista Fina García Marruz[1], mente clara y conocedora de los temas martianos que viene a poner a la película en su justo lugar dentro del panorama contemporáneo de la cultura cubana:

A Fernando Pérez

Le dije esta mañana la verdad, que no tenía palabras con qué decirle la emoción que creo todos sentimos al ver las fotos de esos instantes en que «rápido como un reflejo» lo marcaron para toda la vida. Usted nos ha dado, no una puesta en escena de su vida, no un parecido con los retratos, ni con las biografías que nos la cuentan, aunque las hay muy buenas, sino algo tan hondamente inapresable como la compasión inmensa de sus ojos de niño. El revés de su soledad.

Toda la «pena brava» que ocultó en su pecho, aunque por él conociésemos al más amado de todos los cubanos, pero que el mismo hechizo que siempre tiene su palabra no nos deja siempre percibir. Ni en su retrato sereno de niño. Usted ha cogido el instante anterior a la piedad de sus ojos. Fotos instantáneas del canario, que sus ojos hondos acaso solo una vez vieron, allá en lo alto del cuarto de su madre canaria, vuelto revelación esencial. No el retrato de «la hermana que adoré», sino el de las hermanitas todas. No solo la de los ricitos, Antonia, sino la otra, «la Chata», la que no se vio y más de una vez le dio consuelo. Al niño Fermín, de los espejuelitos, que le sacó las primeras sonrisas. El padre, del que solo habla, indirectamente, cuando dice que no fue como el de Heredia, que encendía las luces para que escribiera sus poemas, pero que no tuvo «esos atrevimientos de la mano que afean el hermoso amor paterno». Un padre por ratos brutal, que lo abofetea, pero que tenía «la honradez en la médula de los huesos». A Pilar, «la anegadita» de los zapaticos de rosa, que llevan «a que vea el sol y a que duerma» y que fue la que murió. La que en el único momento feliz que tuvo en su infancia, cuando por primera vez el niño confinado en un barrio de la ciudad, conoció el paisaje idílico del Hanabanilla y el canto campesino le escribe a su madre, en que se siente la voz del niño: «Y a Pilar déle un besito».

Usted de esas cartas solo toma esa foto del caballo que cuida «como un puerco sebón», pero que será el que lo acompañará en su morir de cara al sol. Y del Contramaestre, que allí vio inundado, la visión solitaria del agua frente al mar de su destino.

Gracias por el milagro. Se las doy en nombre de Cintio y de su deudora.

Fina García Marruz
Marzo 24 - 2010

Simple sugerencia:
Creo que podría darse una sesión (no obligatoria) a los estudiantes de Historia de Cuba, acompañada del folleto de Ezequiel Martínez Estrada, Familia de Martí, ya que a algunos pudiera parecer contradictoria la imagen que ya tienen de Don Mariano, que Martí nos da «en la médula» de sus huesos y usted sí nos recuerda, en algunas significativas fotos, especialmente cuando le pone las almohadillas que le manda la madre para aliviar la pierna triturada, con una sobriedad que elude el final triunfante, y que el propio Martí cuenta en su Presidio Político, como el estremecedor momento que por primera vez lo comprende. Momento que Don Ezequiel compara solamente con el reconocimiento del Rey Lear a su hija antes despreciada. Su doble piedad por el hogar de sus padres españoles y por el sufrimiento de Cuba, que puede hacer comprender mejor esta sola línea suya: «He padecido todas las amarguras», que refleja, en toda su crudeza, su ejemplar película.


[1] Fina García Marruz (La Habana, 1923), poetisa e investigadora literaria. Miembro del Grupo Orígenes. Integró el equipo realizador de la edición crítica de las Obras Completas de José Martí. Ha publicado varios libros y su poesía ha sido traducida a diferentes idiomas. Premio Nacional de Literatura 1990 y Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2007.

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Homenaje de José Martí a John Delmónico

En 1881 cuando José Martí vivía en Nueva York, era corresponsal del periódico caraqueño La Opinión Nacional y no pasaba por alto los grandes acontecimientos de aquella ciudad deslumbrante que aprendió amar desde la constancia de la gente que con su trabajo ayudó a levantar esa gran urbe a la orilla del Hudson.

Es por eso que quiero traer su bella crónica escrita por él para homenajear a uno de estos hombres que a fuerza de trabajo ganó fama y prestigio en la gastronomía. Se trata de John Delmónico, un emigrante suizo, que junto a su familia desde la década del veinte del decimonónico fundó uno de los restaurantes más conocidos en norteamericana; lugar de culto, por sus aportes y entrega a esta manifestación lúdica del hombre moderno, nada más agregar, que hable Martí que pudo degustar la buena mesa en el restaurante matriz de los Delmónico:

“A la par que la tierra de Michigan abría su seno para dar sepultura a pobres héroes y a bravos y a infelices ignorados, en Nueva York moría un anciano cuyo apellido goza ya universal fama, más que por especiales títulos suyos a la celebridad, porque de citarlo o recitarlo cobraban renombre de elegantes o ricos los hombres a la moda:-Delmónico ha muerto. ¿Quién que haya venido a Nueva York no ha tenido citas, no ha saboreado café, no ha mordido una fina galleta, no ha gustado espumoso champaña, o Tokay puro, en uno de los restaurantes de Delmónico? Allí las comidas solemnes; de allí, los refrescos de bodas; en aquella casa, como en la venta ganó Quijote título de caballero antiguo, se gana desde hace treinta años título de caballero moderno. En estos tiempos prodigar es vencer; deslumbrar es mandar; y aquélla es la casa natural de los deslumbradores y los pródigos; en ricas servilletas las botellas húmedas; en fuentes elegantes manjares selectos; en leves cristales perfumados vinos; en platos argentados panecillos suaves: todo es servido y preparado allí con distinción suprema. El creador de esta obra ha muerto: un italiano[1] modesto, tenaz y honrado, que comenzó en un rinconcillo de la ciudad baja vendiendo pasteles y anunciando refrescos, ha desaparecido respetado y amado, después de medio siglo de faena, dejando a sus parientes dos millones de pesos. Los ahorró con su perspicaz inteligencia, su humildad persistente, su infatigable vigilancia. Cincuenta años estuvo,-y era millonario, y aún estaba detrás de su escritorio,-inspeccionando las entradas; por entre las mesas, riñendo a los criados y resplandeciente en toda su figura la dignidad hermosa del trabajo. Mientras que su sobrino iba con el alba a los grandes mercados, él, en pie con el día, elegía los vinos que habían de sacarse de sus magnas bodegas, que eran cosa monárquica de abundante y de rica. Este hombre venía siendo símbolo de este progreso gigantesco: en cada pliegue nuevo de la inmensa ciudad, allá alzaba él bandera y llevaba su nuevo restaurante. Por el número de sus establecimientos se miden los grados de desenvolvimiento de Nueva York; y cada nueva casa de Delmónico era más favorecida, más suntuosa, más refinada, más coqueta que la anterior: $100,000 pagaba por alquiler de establecimientos; quince mil pagaba al mes de sueldos a 500 empleados. Dejaba de la mano el negro y recio tabaco que fumaba y ha acelerado su muerte, para firmar. un cheque a beneficio de tanto oscuro pariente, y tanto pobre francés y suizo de quienes cuidó siempre con especial solicitud. Fábulas parecen la; ganancias de Delmónico,-y cosas de fábula parecían a los neoyorquinos, las maravillas y delicadezas culinarias que él les había enseñado a saborear:-salsas, ornamentos y aderezos eran cosas desconocidas para los norteamericanos, que en sus periódicos se confiesan deudores a Delmónico del buen gusto y elegante modo que ha reemplazado, con los actuales hoteles, al burdo tamaño y tono áspero de los manjares, y su preparación y servicio, en otros tiempos. En casa de Delmónico fue donde se sirvió aquel banquete afamado de Morton-Pets, en que se pagó a $250 el cubierto; y los de a $100 el cubierto eran banquetes diarios: fue Delmóníco quien preparó una artística mesa, no con esos incómodos florones, monumentos frutales, y deformes adornos con que generalmente se preparan, sino con un risueño lago en que nadaban cisnes nevados y avecillas lindas, por lo que aún se llama aquél el banquete de los cisnes. En Delmónico han comido Jenny Lind, la sueca maravillosa; Grant, que después de un banquete recibió a sus visitantes bajo un dosel; Dickens, a quien un vaso de brandy era preparación necesaria para una lectura pública, y dos botellas de champaña, bebida escasa para un lunch común. Luís Napoleón, antes de acicalarse con el manto de las abejas, comía allí; allí los grandes políticos, allí los grandes mercaderes, allí el chispeante James Brady, que entre escogidos invitados, celebraba en comida de solteros cada uno de sus triunfos de abogado; y el hijo del zar, y célebres actores, y nobles ingleses, y cuanto en las tres décadas últimas ha llegado a Nueva York de notable y poderoso. Una corona singular yacía a los pies del muerto, que decía en grandes letras de flores: “La Sociedad Culinaria Filantrópica”. Y muchos hombres ilustres que lo fueron más por este tributo varonil y honrado, asistieron a los funerales del virtuoso y extraordinario cocinero, ya por esa singular afinidad que atrae a los hombres hacia los que satisfacen sus placeres, ya por espontánea admiración de las dotes notables de energía, pertinacia, inteligencia y modestia que adornaron a aquel rico humilde, que no abjuró jamás de su delantal de dril y su servilleta blanca. Es la época serena: la de la glorificación y triunfo del trabajo.”

La Opinión Nacional. Caracas, 1 de octubre de 1881


[1] Tal vez por sus apellidos Martí lo llame italiano, pero sus biógrafos en la actualidad le reconocen su nacionalidad suiza.

Fotografía tomada de Wikipedia en inglés

Para otras entradas sobre josé Martí ir a el Blog Martí Otra Visión del mismo autor

http://blogs.monografias.com/marti-otra-vision

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José Martí, la lectura y la modernidad


José Martí, heredero de una tradición cultural de lectores que tiene en La Habana del siglo XIX notables ejemplos como, Félix Varela, José Antonio Saco, José María Heredia, Antonio Bachiller y Morales, José de la Luz y Caballero y su propio maestro Rafael María de Mendive, entre otros destacadísimos intelectuales; había creado una concepción muy aguda sobre el valor del libro como soporte de información y cultura.

Lo había probado en sí mismo, inteligente y audaz en sus lecturas casi clandestinas en la biblioteca de los Valdés Domínguez, en sus traducciones tempranas y en la copia necesaria del libro que no puede comprar. Él conoce el valor de la lectura, por ella y con ella crece y por esta razón valora la necesidad de “ser culto como el único modo de ser libre”

“Un libro nuevo es siempre un motivo de alegría, una verdad que nos sale al paso, un amigo que nos espera, la eternidad que se nos adelanta, una ráfaga divina que viene a posarse en nuestra frente. Tendemos involuntariamente las manos hacia toda obra que nos es desconocida, como involuntariamente tendemos siempre el alma en busca inquieta de la gran verdad. Nos parece que cada libro es una respuesta a nuestras ansias, un paso más adelante hacia el cumplimiento final de nuestros incógnitos destinos. Como que al tender las manos a él vamos a empujar un poco más la puerta que nos separa del misterioso mundo donde se cumplen entre tinieblas las maravillosas revoluciones de lo eterno”[1]

Con esa valoración que sobre los libros y la lectura no es difícil comprender su admiración por Antonio Bachiller y Morales, considerado el padre de la bibliografía cubana y a quien conoció ya muy anciano en 1889, cuando venerable y curioso registraba los puestos de vendedores de libros de uso:

“Luego de escribir bajaba a pie, revolviendo despacio las mesas de los librovejeros[2], por si hallaba un “tomo de Spencer que no valiera mucho” o de Darwin, “que de ningún modo le parece bien”, o de un Caselles que anda por ahí (…) Un día compraba un “Millevoye” de Ladweat (…) Otro día llegaba dichoso al término del viaje, que era la librería de su yerno Ponce de León, porque en un mismo estante había encontrado la edición de Lardy de Derecho Internacional de Blüntschli y la Fascinación de Gula donde cuenta los mitos semejantes a los indios de Haití el nacimiento y población de los cielos escandinavos (…)[3]

Nótese la forma de llamar al vendedor de libros de uso, y la exaltación del placer del sabio en este encuentro con el conocimiento nuevo que le brinda el descubrir, lo no leído o la nueva versión de lo conocido, placer compartido por el Apóstol cubano, quien no escatimó ocasión para expresar su opinión sobre el libro como vehículo de cultura:

“(…) Bien es que entre los libros, porque no hay serie de objetos inanimados que no refleje las leyes y órdenes de la naturaleza viva, hay insectos: y se conoce el libro león, el libro ardilla, el libro escorpión, el libro sierpe. Y hay libros de cabello rojo y lúgubre mirada (…)[4]

Comenta con admiración la calidad y abundancia de los libros franceses y expresa la esperanza de que se difundieran por la América hispana ese afán de publicar y leer, “(…) y hay derecho a esperar que creciendo el interés ya despertado, pronto serán obras, vulgares las que sobre ciencias, lenguas, letras y artes lo son en Europa y en algunas repúblicas latinas, y a nosotros y a otros pueblos nos parecen aún obras llenas de misterios y maravillas”[5]

Más adelante expresa: “Los libros consuelan, calman, preparan, enriquecen y redimen (…).- Leer es una manera de crecer, de mejorar la fortuna, de mejorar el alma (…)”[6]

Al referirse a los fines de la publicación francesa “La Revista”, dedicada a la reseña de libros, el Apóstol cubano define a los libros como la “armadura” del hombre moderno y los califica de “inmortales”

En la revista La América de Nueva York, noviembre de 1883, aparece un artículo de José Martí en el que reseña el modo de imprimir un libro, el valor que para la cultura y la educación tienen los mismos y todo el mundo fabril y humano que late de forma anónima detrás de la impresión del mismo:

“Pero antes de que lo lleve la fortuna a manos piadosa o brutales, ¡cuántas manos, y cuán diestras y beneméritas, pone sus artes en el libro! ¡Qué séquito de inventos! ¡Qué lujo de máquinas, estos obreros de hierro! ¡Qué minuciosos y artísticos cuidados del formador, del preparador, del prensista, del obrero hombre, máquina por ninguna otra vencida! (…)”[7]

Es su homenaje al obrero que imprime, al hombre que hace posible que esta maravilla de conocimiento legue a nuestras manos y con el cual se siente muy identificado, años después, en plena labor revolucionaria será el alma de su periódico “Patria”, escrito, revisado y preparado por él junto a los cajistas y tipógrafos, sus hermanos de esfuerzos por abrir caminos, por eso dice: “¡Se llena el pecho de amor viendo a tantos hombres trabajar en el pensamiento”[8]

A los libros dedica buena parte de sus trabajos periodísticos, desde la revista “La América” de Nueva York, en la que colabora de forma asidua; se propone reseñar obras que fueran importantes para los pueblos hispanoamericanos, “(…) hablamos de esos libros que recogen nuestras memorias, estudian nuestra composición, aconsejan el cuerdo empleo de nuestras fuerzas, fían en el definitivo establecimiento de un formidable y luciente país espiritual americano, y tiende a la saludable producción del hombre trabajador e independiente en un país pacífico, próspero y artístico(…)[9]

Martí se contenta con el triunfo alcanzado por el científico cubano Felipe Poey con su libro sobre la ictiología de Las Antillas, premiado en Europa y elogiado en Norteamérica.

Levanta con su palabras un monumento a Antonio Bachiller y Morales, un enciclopedista cubano, al que no duda en calificar de, “Americano apasionado, cronista ejemplar, filólogo experto, arqueólogo famoso, filósofo asiduo, maestro amable, literato diligente (…) orgullo de Cuba (…) y ornato de la raza”[10]

Muchos otros autores cubanos e hispanoamericanos son reseñados por él, cuando aparecen sus libros que considera de utilidad pública o va cumplir un rol social importante.

Algo similar hará con los libros impresos en los Estados Unidos o de Europa, países que elogia por la gran cantidad y calidad de libros que producen, señalando como un mérito para las editoriales norteamericanas por sobre las europeas el hecho de publicar un mayor número de libros de ciencias, “prácticos y útiles que expanden el conocimiento”.

Agudo en su juicio no se dejar seducir por la novedad, ni el gigantismo de la sociedad estadounidense y sus artículos sobre libros los dirige a su modesta América, necesitada de un mayor impulso en su desarrollo y el reencontrarse con sus raíces preteridas.

“Cada libro nuevo, es piedra nueva en el altar de nuestra raza. Libros hay sin meollo, o de mero reflejo, que en estilo y propósito son simple exhibición en lengua de Castilla de sistemas inmaduros, extranjeros, e introducción desdicha en nuestras tierras nuevas, ingenuas, aún virtuosas y fragantes(…)”[11]

Sus valoraciones del libro como fuentes de conocimiento, las comparte con las revistas que aparecen a fines del siglo XIX en los Estados Unidos y Europa, no como prensa literaria propia de poesía u otras formas de la literatura , sino como vehículo de divulgación científica y cultural en general:

“Leer una buena revista es como leer decenas de buenos libros: cada estudio es fruto de investigaciones cuidadosas, ordenados extractos y composición hábil de libros diversos (…)”[12]

Así vio Martí al libro, factor importante en la expansión de la cultura, que él creyó necesario hacerla llegar a todas las capas sociales, primero alfabetizando a los más humildes y luego incentivando la aparición de bibliotecas públicas con horarios nocturnos para permitir que “(…) vayan, como a un hogar de alma y cuerpo en que ambos reciben amparo del frío (…)”[13]

Sus ideas en cuanto al uso del libro para el mejoramiento humano sientan las bases para la concepción actuales de desarrollar la cultura general integral que se impulsa en Cuba.

Sus preocupaciones porque la información más avanzada llegue a los pueblos de América Latina y de que fuera el libro el vehículo de transmisión cultural más importante, no ha perdido vigencia y amerita meditar sobre este soporte de conocimiento que parece ceder ante las nuevas tecnologías y el que siempre tendrá un espacio en la cultura humana, tenga la forma que tenga.


[1] Obras Completas de José Martí, Tomo XV: 189-190. La Habana, 1975

[2] Palabra que designa al vendedor de libros viejos y que parece un neologismo de Martí

[3] Obras Completas de José Martí. Tomo V: 150, La Habana 1975

[4] Obras Completas de José Martí. Tomo XIII: 420, La Habana 1975

[5] Obras Completas de José Martí, Tomo XV: 189-190. La Habana, 1975

[6] Ídem

[7] Obras Completas de José Martí. Tomo XIII: 420, La Habana 1975

[8] Ídem

[9] Obras Completas de José Martí. Tomo VIII: 314, La Habana 1975

[10] Obras Completas de José Martí. Tomo V: 96, La Habana 1975

[11] Obras Completas de José Martí. Tomo VIII: 313, La Habana 1975

[12] Obras Completas de José Martí. Tomo XIII: 437, La Habana 1975

[13] Obras Completas de José Martí. Tomo IV: 239, La Habana 1975

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24 de febrero reinicio de las guerras independentistas en Cuba

Tras el fracaso de la expedición de La Fernandina, largamente preparada por José Martí para iniciar la Guerra Necesaria que culminaría con la independencia de la isla de Cuba; se produjo una profunda conmoción entre los patriotas cubanos, tanto en la emigración como en el interior del país.

Entre los partidarios de la independencia las noticias que sobre el hecho llegaban de los Estados Unidos, sirvieron para valorar la grandeza del esfuerzo organizativo realizado por la emigración cubana y en particular el de José Martí y el Partido Revolucionario Cubano que él dirigía.

El fracaso no desanimó a los separatistas cubanos, por el contrario, aumentó la disposición de los mismos para iniciar la Revolución que terminaría con el colonialismo español.

En La Habana, conocida la noticia, Juan Gualberto Gómez, Delegado del Partido Revolucionario Cubano en la capital, convoca a una Junta Central de dicha organización para comentar las noticias llegadas a través de los cables. En esa reunión el General Julio Sanguily, incrédulo hasta entonces de los planes que se preparaban y de la capacidad organizativa de José Martí, reconoció los esfuerzos hechos por este y se declaró incondicional seguidor de los planes que a partir de ese momento se prepararan.

En Nueva York, Martí teniendo en cuenta el estado de ánimo de los comprometidos con la insurrección se reunió con José María Rodríguez, delegado del General Máximo Gómez y con Enrique Collazo, representante de la Junta Revolucionaria de La Habana y firmaron la Orden de Alzamiento dirigida “…al ciudadano Juan Gualberto Gómez y en él a todos los grupos de Occidente”(29 de enero de 1895)

De esta orden es preciso recordar sus dos primeras resoluciones:

I. Se autoriza el alzamiento simultáneo, o con la mayor simultaneidad posible, para la fecha en que la conjunción con la acción del interior será ya fácil y favorable, que es durante la segunda quincena, no antes, del mes de febrero.

II. Se considera peligrosos, y de ningún modo recomendable, todo alzamiento en occidente que no se efectúe a la vez que los de Oriente, y con los mayores acuerdos posibles en Camaguey y La Villas.

Juan Gualberto Gómez recibió la Orden a principios de febrero de 1895 y de inmediato se reunió con los complotados de La Habana y Matanzas. Ellos acordaron enviar emisarios a Oriente, Camaguey y Las Villas para conocer si estaban en disposición de alzarse en la fecha propuesta por José Martí.

A Camaguey no fue enviado emisario por conocer que la Junta de esa provincia liderada por Salvador Cisneros Betancourt no podía iniciar el movimiento pero que secundarían el mismo en cuanto sus condiciones se lo permitieran.

El emisario a Oriente fue el joven estudiante Tranquilino Letapier quien llevaba la instrucción de reunirse con Guillermón Moncada en Santiago de Cuba y Bartolomé Masó en Manzanillo.

El Dr. Pedro Betancourt fue enviado a Las Villas para entrevistarse con Francisco Carrillo, líder de la zona.

Letapier trajo la aceptación incondicional de los orientales, pero Pedro Betancourt no pudo convencer a Carrillo, quien alegó no tener armas para el alzamiento, pese a ello Betancourt le notifica a Juan Gualberto el resultado de su misión en un telegrama que decía: “Carrillo bien”, que interpretó como la conformidad del mismo para el alzamiento.

Con estas respuestas y la disposición de Occidente, se reúne nuevamente la Junta y acuerda el alzamiento para el domingo 24 de febrero, primer día del carnaval en Cuba y por tanto se podía justificar el movimiento de grupos de personas a caballo, además de permitir enviar emisarios a los comprometidos para decirle la fecha acordada. Tomada la decisión se le envía un cablegrama a José Martí: “Aceptados Giros”

El gobierno español en el país conocía de la inquietudes que habían en la isla, no podían desconocer los movimientos y reuniones de los independentista, pero no podían actuar por estar en vigor las garantías constitucionales y sobre todo porque los jefes implicados en el movimiento actuaban con precaución.

En la medida que se acercaba el día previsto aumentaban los alarmantes informes de las provincias sobre el movimiento de los patriotas, por ese motivo el Capitán General de la Isla Emilio Callejas convocó a una Junta de Autoridades para analizar la gravedad de la situación.

El resultado de esa reunión, ocurrida el 23 de febrero, fue la suspensión de las Garantías Constitucionales y la implantación de la Ley de Orden Público de 1870.

Los complotados cubanos habían acordado que los jefes del movimiento salieran el día 20 de sus casas y localidades para evitar ser detenidos, los jefes orientales cumplieron estas indicaciones, no así los de occidente, trayendo este incumplimiento graves consecuencias.

En La Habana fueron detenidos el General Julio Sanguily, designado Jefe Militar de Occidente y José María Aguirre, quien debía encabezar el alzamiento en Cienfuegos. Igual suerte corrieron Pedro Betancourt en Matanzas y Francisco Carrillo en Las Villas. De esta manera el movimiento insurreccional en Occidente y Centro quedó descabezado antes del posible alzamiento.

El levantamiento en la provincia de Oriente revistió un carácter amplio y organizado, con prestigiosos jefes históricos encabezándolos: Guillermón Moncada, Bartolomé Masó, Quintín Bandera, Saturnino Lora, Pedro Agustín Pérez, Jesús Rabí y otros muchos que en las comarcas de Guantánamo, Santiago de Cuba y Manzanillo se ponían al frente de una juventud deseosa de completar la obra de sus padres.

Juan Gualberto Gómez intentó salir de La Habana el 20 de febrero con los principales comprometidos, pero no lo consiguió. Solo el 23 de febrero pudo trasladarse por ferrocarril a la provincia de Matanzas, le acompañaban doce patriotas, entre los que se encontraban Antonio López Coloma y Tranquilino Letapier.

Se bajaron en el apeadero de Ibarra y se dirigieron a la finca La Ignacia en la que debía reunirse con otros cuatrocientos insurrectos comandados por Pedro Betancourt. Allí debían esperar también a Julio Sanguily y luego reunirse en Corral Falso con más sublevados.

Luego de esperar infructuosamente a Sanguily y Betancourt, el grupo de Ibarra, compuesto por 16 hombres al mando de López Coloma parten a las nueve de la mañana del 24 de febrero. Vagaron varios días por la llanura hasta que el 4 de marzo fueron sorprendidos por fuerzas españolas y detenidos trece de ellos. Juan Gualberto, Letapier y Treviño lograron escapar pero se entregaron días después de andar vagando sin alimentos, perseguidos y sin prácticos. El fiel amigo de José Martí fue remitido a Ceuta donde permaneció hasta 1898 en que fue indultado.

El pronunciamiento de Jagüey Grande se produjo en la finca La Sirena, allí se reunieron alrededor de cuarenta hombres dirigidos por Martín Marrero, quienes esperaban desde el mediodía del 24 por las órdenes de Pedro Betancourt.

El 25 a las 3 de la tarde decidieron salir en busca de otros grupos que suponían alzados en la comarca, al siguiente día sostienen fuego con tropas españolas en Palmar Bonito, en lo que constituyó el primer combate en la región occidental. Las fuerzas españolas se retiraron con dos heridos, mientras que los cubanos se internaron en la Ciénega de Zapata.

Las deserciones y las malas noticias que recibían sobre la detención de los principales jefes, redujo el grupo a once combatientes que finalmente se acogieron al decreto de indulto del General Callejas.

En Los Charcones, Aguada de Pasajeros, se produjo el tercer alzamiento en el occidente cubano. Allí un pequeño grupo de diez hombres encabezados por los habaneros Joaquín Pedroso, Alfredo Arango, Charles Aguirre y Jorge Aguirre, esperaron por el jefe de la zona el General José María Aguirre, detenido el propio 24 en La Habana. Acompañados por una partida de unos cuarenta hombres operaron en la zona hasta chocar con la Guardia Civil en Los Conucos de Santiago el 4 de marzo de 1895. Pese a que le causaron once bajas a las fuerzas españolas la partida se dispersó y posteriormente se fueron acogiendo al indulto.

Eran los primeros pasos de una guerra difícil e intensa que los cubanos emprendieron con el fin supremo de alcanzar la independencia, en Oriente el movimiento fue creciendo hasta convertirse en indetenible en tanto que el Occidente tendría que esperar por la marcha triunfa de Antonio Maceo y Máximo Gómez quienes llevaron la guerra a todo el territorio cubano y no dieron la posibilidad a las fuerzas españolas de hacerse fuerte en esta parte del país.

La La primera chispa del la Guerra el Necesaria convocada por Martí, en del tuvo Juan Gualberto los Gómez al ejecutor directo en sus primeros recuerdos, el ese fue el gallardo alzamiento del cubanos del los, el unos más fructíferos que otros, los todos del pero hacen trampas el el mismo deseo inclaudicable de la independencia de la de alcanzar.

Notas al margen:

Los alzamientos en el ornete de Cuba fueron numeroso ymasivos, desde Guantánamo hasta la Sierra Maestra, pero se concía muy poco sobre los intentos de alzamiento en el occidente de Cuba.

Martí llamó a esta insurreción “Guerra Necesaria”, que él no quería, pero era necesaria para alcanzar la independencia.

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POR TIERRA, EN UN MANTEL BLANCO

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Los temas culinarios en la prosa martiana

En los últimos años los temas de cocina han entrado por derecho propio en la literatura, desde la aparición de la novela “Como agua para chocolate” de la mexicana Laura Esquivel, ha sido un boom que muchos han aprovechado para hacer exitoso sus libros. Más allá de las recetas de ocasión o la mención a un banquete, un buen almuerzo o el menú servido en una escena importante de la trama, la presencia de la alimentación humana como placer y marca identitaria ha tenido muy buenos momentos en la literatura desde siempre.

Los textos periodísticos también acuden desde antaño al recetario, las costumbres culinarios, algún consejo para sazonar o secretos bien guardado en la tradición culinaria de la familia para dar un buen gusto a los platos favoritos. Por eso no debe sorprendernos que en la prosa martiana haya un capítulo de sabor, aromas y costumbres culinarias de los pueblos, acentuada en la cocina francesa, que marcaba ya la pauta en las principales ciudades del mundo Occidental; las costumbres alimentarias que fue conociendo en su América, tan ligada a la España y la cocina cubana, esa que podemos rastrear en sus últimos escritos de campaña y que descubrió en su vertiente más humilde en medio de la manigua mambisa y resistente, ingeniosa y curiosa en el uso de las plantas condimentantes y las alternativas ante la carencia de determinados productos.

El acercamiento a estas temáticas de la prosa martiana es una arista necesaria en los estudios de la obra del Apóstol cubano, porque nos completan una imagen íntegra de sus intereses, sus curiosidades humanas, su información y cultura sobre los pueblos, además de sus gustos refinados y desarrollados a lo largo de su breve vida.

¿Por qué decimos estos, cuando pareciera que su acercamiento a estas temáticas es circunstancial? Por la forma en que él aborda estos temas, comprometiéndose con criterios que van más allá de lo especializado o técnico, de los cuales se informa con profundidad; acercándose al ser humano que está detrás de estas actividades, apreciando sus aportes, las diferencias y la nobleza de los que hace de cada obra humana un acto de cultura.

La gastronomía de su época, tan ligada al hecho de las reuniones sociales de políticos, artistas, sportman, gente de oficio, que hicieron de las senas, el banquete, el compartir una infusión, ya sea de té, café o una “copa” socialmente bebida entre gente que comparte ideales, un momento de sagrado cultivo de la amistad y de intercambio de criterios y que encuentra en sus crónicas periodísticas momentos de alto vuelo valorativo.

“Es buen uso que conserva la amistad, refina los caracteres, y da a los hombres ocasión de conocerse y estimarse, el uso de reunirse de vez en cuando, en torno a una mesa artísticamente servida, y más cargada de arte que de vinos, ya para conmemorar hechos gloriosos, ya para recordar gozos de la niñez, ya para tener ocasión, con un pretexto más o menos grave, para ponerse en periódico contacto.”[1]

Lo primero a resaltar es que estas no son orgía del comer y la gula pecaminosa, sino reuniones sociales donde la opinión surge libre y apasionada como base a la amistad que une a los comensales, sirve de base al ejercicio de la libertad del pensamiento.

“La inteligencia gana en esto, porque en esas comidas, donde se va más que a comer, a conversar, se estimulan los ingenios, que se encienden con la réplica cortés y chispeante; y se traban y aprietan cariños, que nos hacen buena falta en tiempos en que andan los hombres tan esquivos y henchidos de rencor.”[2]

Estas palabras sirven de preámbulo a José Martí para acercarnos a una costumbre que tiene en París su origen, organizar estas comidas para reunir a los gremios, los amigos, los partidarios de una idea, los conocedores de una hazaña, subrayando el claro sentido de hermandad que hay es estas reuniones. Para tener una idea de lo que eran estas “comidas” démosle la palabra a Martí para describir el ambiente del más famoso de los convites culinarios del París de su época:

“Pero a todas estas comidas ganan en fama el “diner Magny”, que hoy se celebra en el restaurant B’ébant, porque no quisieron los miembros de esto “diner” cultísimo sentarse en el reataurant Magny a la mesa que había iluminado tantas veces la verba de Sainte-Beuve. George Sand, y no otra mujer se sentó también entre aquellos comensales, a los cuales dedicaron los hermanos Goncourt, que dicen tan bellamente cosas de artes bellas, una de las mejores novelas, “Manette Salomon”. De esa comida han sido Gustavo Flaubert, el prosador atildadísimo; Théophilo Gautier, cuyo estilo resplandecía, como el buen Johannisberg en copa verde; Paul do Saint-Victor que acaba de morir, cuyas páginas suntuosamente coloreadas no podía leer Lamartine sin ponerse lentes azules, para proteger sus ojos de aquel exceso de luz; Gavarni para quien al lápiz no tuvo secretos, ni el ingenio tregua. Fromentin, el artista caballero. Y aún gustan de ese “diner Magny” Ivan Tukguenev, el novelista ruso; Paul Bert, el político osado; Thiess, el analizador implacable, que ve en la mente de los hombres como si el cráneo fuera de cristal, y no de huesos; Renan, que ya pone en limpio los borradores de su historia de los judíos; y los Goncourt, que en su novela La Faustin, que en estos instantes se está imprimiendo en París, cuentan precisamente algunas de las maravillosas conversaciones que han oído los miembros de la sociedad “diner Magny”. En esas comidas George Sand, que no hablaba bien, veía dibujar a Gavarni, que dibujaba maravillas; el duque de Morny mantenía que un tanto de desorden galante sienta a una gran ciudad, y aviva la fantasía de los poetas; Théophile Gautier, con aquella misma lengua elegantísima con que había de escribir el prólogo de los versos de Charles Baudelaire, celebraba la pálida belleza de las mujeres de estos tiempos; el ruso Iván contaba, en su francés excelente, las intrigas de la corte de Pedro el Grande, y la hermosura diabólica y magnífica de las enérgicas damas de Rusia, y Flaubert acariciaba al novelista hermano con su hermosa mirada benévola. Eran como desbordes de luz aquellas comidas de Magny. Ya no lo son tanto.”[3]

En contraste con estas refinadas comidas reseñadas con admiración y maestría por quien comparte ideales y sueños, va la semblanza de un día de campo en su querida Guatemala cuando al compás de las sorpresas, la humildad o carencia de la cubiertería pasa como algo menor frente a la sinceridad de la invitación y las delicias del menú originario, (…)hice tenedor de una rueda de plátano frito, y cuchillo de un trozo de tortilla asada,-y bien asada,-y con esto medié al cabo el abundoso plato de frijoles. Sazonélo esta vez con queso seco, hecho en la finca tres días hace, pero acre y rasposo- ¡hubo de hacerlo el dueño mismo!”[4], ha comido prácticamente con los dedos y nos ha dicho en líneas anteriores que aunque pobre siempre ha tenido mantel su mesa, pero que ante la pulcritud de aquella gente humilde y su desvelo por dar lo mejor de lo que tienen sede a comer de esta manera que lo deleita y complace.

A renglón seguido hace el elogio hermoso y gustativo del café: “Suntuoso oro han servido a mis labios con esa amable taza de café. Me enardece y alegra el jugo rico; fuego suave, sin llama y sin ardor, aviva y acelera toda la ágil sangre de mis venas. El café tiene un misterioso comercio can el alma; dispone los miembros a la batalla y a la carrera; limpia de humanidades el espíritu; aguza y adereza las potencias; ilumina las profundidades interiores, y las envía en fogosos y preciosos conceptos a los labios. Dispone el alma a la recepción de misteriosos visitantes, y a tanta audacia, grandeza y maravilla”[5]

Muchos años después, de regreso en Cuba, camino de su definitiva consagración con su muerte en Dos Ríos, José Martí nos regala su testimonio cubano de madurez, ese Diario de Campaña, llevado a tono con sus emociones vividas, en contacto con el humildísimo cubano que se ha quedado en el monte en espera del reinicio de la guerra por la independencia y que subsiste allí con lo que puede obtener de la naturaleza. En sus páginas hay un constante diálogo con los olores y sabores de los que come en los montes, frutas del país, carne de jutía, asada, en cazuela o en fricasé; puerco, asado, en fricasé o frito en manteca de coco; gallinas, asada o con arroz; malanga y boniato, asado en ceniza, plátanos, asados, en caldo, maduro o en frangollo; casabe; huevos, fritos y crudo; coco, raspado y con miel, chocolate, guarapo de caña, café endulzado con miel y guarapo; cocimientos de hojas de guanábana, de higo, agua de canela y anís; aguardientes verde de yerbas, ron de pomarrosas, ron puro y otras muchas pequeñas exquisiteces que las da la tierra.

A Carmen Miyares le dice desde estos intrincados montes “¡Si nos vieran a la hora de comer! Volcamos el taburete, para que en uno nos sentemos dos: de la carne hervida con plátano, y a poca sal, nos servimos en jícara de coco y en platos escasos: a veces es festín y hay plátano frito, y tasajo con huevo, y gallina entomatada: lo cual es carnaza y de postre un plátano verdín, o una uña de miel de abeja.”[6]

El hombre que encontró mayor complacencia junto al arroyo de la sierra más que a la vera del orgulloso mar, renunció a las comodidades de una mesa servida con todas las reglas del buen comer para zambullirse en la humildad de aquellas veredas intrincadas de su isla, donde los campesinos salían con el asombro de ver gente extraña por sus lares, pero con el desprendimiento de la gente humilde agasajan a la mambisada con los frutos de su tierra: “Silvestre cargado de carne de puerco, de cañas, de buniatos, del pollo que manda la Niña”; “José, cargado de dos catauros, uno de carne fresca, otro de miel”; “Domitila, ágil y buena con su pañuelo egipcio, salta al monte y trae un acopio de tomates, culantro y orégano”; otra guajira “(…)va y viene ligera; le chispea la cara; de cada vuelta trae algo, más café, culantro de Castilla, “para que cuando tengan dolor al estómago por esos caminos, masquen un grano y tomen agua encima”,- trae limón”; “Luís-pone por tierra, en un mantel blanco, el casabe de su casa”[7], son cientos de cubanos anónimos, los que sostienen este homenaje cubano al hombre que ha llegado a Cuba para cumplir su compromiso para con la patria sin libertad y que agradecido, da un espacio en su Diario, entre órdenes y asuntos militares y políticos, a esta gente y que lo sorprende con esa dulzura de la miel cimarrona de los montes, con el pan de casabe, el asado de sus viandas o la criollísima jutía, mitigando el hambre y la curiosidad del héroe, todo un epílogo para una vida dedicada a Cuba y que encuentra en el sazón de su más popular cocina el homenaje de su pueblo..


[1] La Opinión Nacional, 28 de febrero de 1882.Obras Completas de José Martí tomo 23: pp216-218

[2] Ídem

[3] Ídem

[4] Ensayo Guatemala. 1877.Obras Completas Tomo 19: 56

[5] Ídem

[6] Obras Completas. Tomo XX, p.229

[7] Obras Completas. Tomo XIX, p. 215

Nota: Mariano Rodríguez es el autor de este retrato de Martí

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158 aniversario

El 28 de enero tiene para los cubanos una carga sentimental de gran peso en el conjunto de momentos que conforman su ser nacional, ese día de 1853 nació José Julián Martí Pérez primogénito de un matrimonio humilde formado por Leonor Pérez Cabrera y Mariano Martí Navarro.

No estamos hablando de algo desconocido, es información que los nacidos en esta isla escuchamos aún antes de ir al colegio, cuando en casa nuestros padres o abuelos se encargan de mostrarnos al hombre que se reconoció cubano cuando el país era una colonia y los españoles no concebían la monarquía sin esta perla antillana productora de azúcar.

Martí nació en medio de estas contradicciones donde un pueblo se reconocía distinto en relación con los nacidos más allá del mar y hacían todo lo posible por ser “tan isla en lo político como era en lo geográfico”.

Era un país buscándose así mismo donde el joven creció y pensó, cargando grilletes cuando aún la adolescencia le permitía una sonrisa amable ante un galanteo de domingo y el rubor llegaba a sus mejillas cuando aparecía el merecido elogio por su sapiencia de viejo.

Vida entregada a la patria irredenta, sin caminos trillados, con dificultades que podían detener a otros más preparados en la vida y con la sangrante presión por seguir el camino que se marcó desde aquella tarde habanera en que los jueces férreos, lo condenaron a seis años de cárcel y el duro trabajo de las canteras.

“Esclavo de su edad y sus doctrinas” se entregó a la pasión de Cuba, esa que tantos sinsabores dejaron en su vida, negado por los que no le creyeron en principio y antes los cuales tuvo que crecer a la altura del conductor de pueblo para ser tenido como Apóstol.

Hablamos del hombre en quien la naturaleza puso la tenacidad de los justos y la sapiencia de los genios, transformador, fundador y novedoso en su quehacer intelectual, siempre unido a sus razones, hombre entero, que no termina de asombrar a quienes se acercan a su obra y para orgullo nuestro, coterráneo y contemporáneo.

Murió por sus idea un 19 de mayo de 1895 a los 42 años, de “cara al sol” como lo soñó y dejando el ejemplo de su vida para la humanidad futura.

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