Cuentos cortos

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EL ASIENTO

El anciano llegó a la estación del subterráneo y le sorprendió la cantidad de gente que se encontraba en el andén. -”Será hora pico” -reflexionó, pero sus pensamientos se interrumpieron ante la llegada de la formación.

El coche estaba lleno y por supuesto, todos los asientos ocupados. Él eligió la zona reservada para mujeres embarazadas y ancianos. Supuso, equivocadamente, que el joven que ocupaba dicho asiento, se lo cedería.

Pero el joven estaba profundamente abstraído con su teléfono, tratando de resolver un juego de ingenio. El anciano se aferró a la manivela colgante y pensó que distinta era la realidad actual. No se cedían los asientos a mujeres o ancianos, aun en el sitio reservado para ellos.

Imaginaba una pelea entre los ocupantes de los asientos, para cedérselo a él, mientras esbozaba una sonrisa, agradeciendo ese gesto. De pronto, una señora mayor lo llamó, ofreciéndole su asiento. El anciano la miró agradecido por ese gesto, pero no pudo aceptarlo. Había llegado a destino.

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EL REFUGIO

El silencio dominaba el recinto. Un silencio, prolongado, inusual. La quietud era total. En sus tareas de exploración encontraron una construcción, parecía un cañaveral, ideal para ubicarse sin ser vistas. Por fin, después de explorar toda la casa, hallaron un sitio adecuado para quedarse.

Lo recorrieron minuciosamente y acordaron que era lo más conveniente para una estadía prolongada. De pronto, un iluminación intensa las inmovilizó. Sonidos y voces provocaron un estado de alerta. La tranquilidad de varios días se interrumpió abruptamente. Multitud de ojos miraban aterrados en derredor.

Los moradores habían regresado de sus vacaciones y la normalidad cotidiana, se reinstalaba en la casa. El abuelo, se dirigió al cuarto de baño a fin de limpiar sus dientes. Colocó la pasta dentífrica y comenzó a cepillarse.

Casi, en simultáneo, gritó exclamando: -¿Qué es esto?.

Pequeñas cucarachas, salieron del cepillo precipìtadamente y se desplazaron por las encías, los labios y la cara, abandonando lo que para ellas, las cerdas del cepillo, habían sido un refugio oportuno para pasar desapercibidas.

El abuelo, mientras tanto, enjuagaba su boca con todo lo que hallaba cerca, agua oxigenada, enjuague bucal, agua con bicarbonato, tal el asco que le produjo. Desde ese día, cada vez que se dispone a higienizar sus dientes, al mantener el cepillo entre sus dedos, lo mira con dudas y lo piensa varias veces.

-¿Habrá alguna otra escondida? -se pregunta…

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SORTEO DE NAVIDAD

Transcurría el mes de diciembre y los días eran cada vez más calurosos. La proximidad de la finalización del del año generaba un clima de excitación, incentivado por el inminente sorteo de la Lotería de Navidad. Todos esperaban beneficiarse con el premio mayor. Doña María, soñó con el número 21034. Al día siguiente se lo comentó a su marido, un peluquero italiano, bien parecido, de bigote recortado y ojos azules. La respuesta no fue la esperada.

—Son tantos números que ése, no sale —contestó. Y no habló más del asunto.

A doña María se le empañaron los ojos. No disponía de dinero suficiente para adquirir un vegésimo. ¿ Y si salía premiado?.

Lo comentó en su trabajo, un taller de costura donde concurría por las tardes. Lamentaba la falta de comprensión de su esposo y sus compañeros de labor, procuraron acompañarla y mitigar sus angustias.

Raúl Ricci, un muchacho de 20 años, era el cadete encargado de entregar y retirar las prendas a domicilio. Se acercó a doña María y suavemente le tocó el hombro derecho:

—No se preocupe —dijo. Yo lo compro y si sacamos algo, lo repartimos, mitad para cada uno.

—¡Muchas gracias Raúl! —fue la respuesta emocionada de ella.

Y llegó el día esperado…La radio encendida desde temprano, comenzó con la trasmisión interminable del sorteo. Dos horas más tarde, “cantaron” el 21034, con el premio mayor. Doña María reía y lloraba al mismo tiempo. Raúl se acercó, besó su mejilla y exclamó:

—La suerte está con nosotros. —El lunes cobro y lo repartimos.—

Las horas siguientes fueron de alegría. Los proyectos se superponían unos con otros. ¡Qué lejano parecía el lunes ese fin de semana!. Doña María era la mujer más feliz de la tierra.

Llegó el lunes al trabajo. Abrazos, felicitaciones y besos fueron la constante de ese día.

—¿Y Raúl? —preguntó con preocupación.

—Avisó que no podía venir. —Parece que su madre está enferma— agregó alguien.  —Tal vez venga mañana…

Al día siguiente, Raúl no apareció. Pero al tercer día, envió un telegrama donde anunciaba su renuncia.

Nunca más lo vieron.

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