Cuentos cortos

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LA PUERTA

Carlos estudió la carrera de Medicina en dos sitios bien distintos: el living comedor de su casa, en Ciudadela y en el café “El Trébol”, ubicado en la esquina de Santa Fe y Uriburu. Eran 10 horas diarias en las que solo o acompañado, desarrollaba un plan minuciosamente elaborado, a fin de lograr el objetivo propuesto de estudiar una bolilla del programa en un tiempo determinado.

Era un cálculo grosero pero bastante aproximado y útil, porque le permitía cumplir con los plazos calculados. Habitualmente, no estudiaba solo pero ese día, que debía permanecer en su casa, su compañero no apareció y su tranquilidad habitual, se esfumó siendo reemplazada por un extraño estado de ansiedad y desasosiego. Todo muy extraño. Hacía mucho calor en esa tarde de verano y no se movía una hoja.

Estudiaba en el living comedor, donde sólo se escuchaba el tic tac de un reloj de péndulo y los ruidos de la calle. Pero esa tarde, escuchaba ruidos provenientes de todos lados: de las habitaciones, del jardín, el piar de los pájaros, el cacareo interminable de una gallina clueca. Parecía que se habían puesto de acuerdo para alterar completamente su tranquilidad.

No eran las mejores condiciones para sumergirse en la tarea de memorizar datos. En el café, siempre poblado de ruidos propios y ajenos, se establecía una cortina sonora que los envolvía con firmeza. En su casa, en cambio, todo era más silencioso y tranquilo, pero esa tarde, fue muy especial.

La puerta abierta al máximo, daba la falsa sensación de que el aire se movía mientras que los ruidos externos parecían haberse acentuado. El calor era el factor dominante. Miró hacia la puerta con el firme deseo que estuviera cerrada, tal la molestia de los ruuidos y se sumergió en la lectura.

De pronto, la puerta se cerró con tremenda violencia, con un estrépito sorprendente y muy intenso. Un ruido de puta madre. El susto fue mayúsculo y el corazón de Carlos comenzó a latir velozmente, como si hubiera corrido los 100 metros llanos en tiempo record. No se había movido de la silla, no corría una gota de aire. Y pensó: -”¿Porqué se cerró la puerta? ¿Porqué?-.

Aun no encontró la respuesta.

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EL BORDADO

Matilde era la hija mayor de un matrimonio de inmigrantes italianos que tuvo dos hijos más, Luisa y Pedro. Llegaron al país en la década del 30, provenientes de Sicilia y se instalaron en Ciudadela, casi en el límite con la Capital Federal.

Él consiguió trabajo como conductor de tranvías y ella, se ocupó de las tareas hogareñas, en la pieza que alquilaban con cocina anexa, en una casa de inquilinato. Con el típico espíritu de los peninsulares, ahorraron lo suficiente para comprar un terreno en la localidad de Morón, donde edificaron una casa.

Allí nacieron y se criaron los tres hijos. Matilde, hábil con sus manos, era muy diestra para el bordado. Aprovechaba todas las oportunidades posibles para mejorar sus conocimientos. Llegó a sus manos un ejemplar de la revista “Rosalinda”, que mostraba la figura de una araña, un diseño para bordar.

Fue verlo y poner manos a la obra. Matilde aplicó todas sus habilidades en ese bordado. La araña adquiría un aspecto tridimensional. Estaba bordada en una toalla, de modo que su visión era frecuente. Recibió alabanzas por su excelente trabajo. Una tarde, mientras se encontraba leyendo esa vieja revista “Rosalinda”, tropezó nuevamente con la figura de la araña, pensando el tiempo demandado y las dificultades que tuvo que vencer.

De pronto, un cosquilleo muy suave, ascendía por su pierna. Levantó un poco la falda y comprobó que la araña que había bordado, se deslizaba por su piel. Con un movimiento brusco, la desalojó de la pierna, entró al baño y observó que había desaparecido de la toalla, dejando una impronta en el sitio que ocupaba. El temor invadió a Matilde, que no comprendía lo que estaba sucediendo.

Regresó donde había caído la araña y comprobó que, parada en sus patas posteriores, adquiría una posición casi vertical y agresiva. Matilde la observó paralizada y no pudo evitar que, con un veloz movimiento, clavara sus garfios en la pierna, inyectando su veneno. Luego, se alejó en dirección al baño, ocupando su lugar en la toalla.

-¡La araña, la araña!- gritó Matilde. -¡La araña de la toalla me picó!- continuó gritando desaforada-.

Los padres la observaron con mucha pena y la internaron en el manicomio.

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LA PEOR NOTICIA

El anuncio causó estupor.

La noticia se expandió a una velocidad increíble. La angustia y la desesperación fueron el factor común que envolvió a todos. Rostros desencajados, no daban crédito a lo que escuchaban. Se difundió la peor noticia en muchos años.

-¿Y ahora qué sucederá? -era la pregunta que se hacían todos. La televisión suspendió la emisión de sus programas, para dedicar todos los espacios a comentar los conmovedores acontecimientos. Las emisiones radiales se transformaron en una cadena repetitiva de información, en base a boletines extra.

Los diarios adelantaron sus ediciones y duplicaron las tiradas, informando hasta el más mínimo detalle. La noticia fue muy escueta y demoledora: “Por tiempo indefinido quedan suspendidos los servicios de telefonía celular”.

¡Increíble! ¿Cómo encarar la vida ante este desastre? ¿Qué harán las manos sin el teléfono?

Habrá que volver a conversar con los demás, cara a cara. ¡Qué antiguo! La vida tendrá que ordenarse en otra dimensión. ¿Qué pasará con Facebook? ¿Y con Twitter? No mas Whatsapp, ni fotos, ni selfies, ni mensajitos. No más música durante el viaje.

Volver a los teléfonos públicos, teniendo la precaución de disponer  de una cantidad suficiente de monedas para una llamada. Se acabaron las conversaciones interminables en colectivos, subterráneos y trenes. ¿Qué hacer ante tan tremenda dificultad?.

Cuesta mucho pensar con claridad. ¡Se acabaron las novedades del día, de cada hora, de cada momento!. Una pérdida irreparable, impensada, sorpresiva.

Esa mañana, el sonido de la campanilla del despertador pareció diferente, con mayor intensidad.

Como en un acto reflejo y sin pensarlo dos veces, tomó el celular y llamó a su hermano. El timbre sonó tres veces y escuchó: -¡Hola!-.

-¡Ah! -exclamó-. Estaba soñando.

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