Cuentos cortos

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LA PUERTA

Carlos estudió la carrera de Medicina en dos sitios bien distintos: el living comedor de su casa, en Ciudadela y en el café “El Trébol”, ubicado en la esquina de Santa Fe y Uriburu. Eran 10 horas diarias en las que solo o acompañado, desarrollaba un plan minuciosamente elaborado, a fin de lograr el objetivo propuesto de estudiar una bolilla del programa en un tiempo determinado.

Era un cálculo grosero pero bastante aproximado y útil, porque le permitía cumplir con los plazos calculados. Habitualmente, no estudiaba solo pero ese día, que debía permanecer en su casa, su compañero no apareció y su tranquilidad habitual, se esfumó siendo reemplazada por un extraño estado de ansiedad y desasosiego. Todo muy extraño. Hacía mucho calor en esa tarde de verano y no se movía una hoja.

Estudiaba en el living comedor, donde sólo se escuchaba el tic tac de un reloj de péndulo y los ruidos de la calle. Pero esa tarde, escuchaba ruidos provenientes de todos lados: de las habitaciones, del jardín, el piar de los pájaros, el cacareo interminable de una gallina clueca. Parecía que se habían puesto de acuerdo para alterar completamente su tranquilidad.

No eran las mejores condiciones para sumergirse en la tarea de memorizar datos. En el café, siempre poblado de ruidos propios y ajenos, se establecía una cortina sonora que los envolvía con firmeza. En su casa, en cambio, todo era más silencioso y tranquilo, pero esa tarde, fue muy especial.

La puerta abierta al máximo, daba la falsa sensación de que el aire se movía mientras que los ruidos externos parecían haberse acentuado. El calor era el factor dominante. Miró hacia la puerta con el firme deseo que estuviera cerrada, tal la molestia de los ruuidos y se sumergió en la lectura.

De pronto, la puerta se cerró con tremenda violencia, con un estrépito sorprendente y muy intenso. Un ruido de puta madre. El susto fue mayúsculo y el corazón de Carlos comenzó a latir velozmente, como si hubiera corrido los 100 metros llanos en tiempo record. No se había movido de la silla, no corría una gota de aire. Y pensó: -”¿Porqué se cerró la puerta? ¿Porqué?-.

Aun no encontró la respuesta.

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EL REFUGIO

El silencio dominaba el recinto. Un silencio, prolongado, inusual. La quietud era total. En sus tareas de exploración encontraron una construcción, parecía un cañaveral, ideal para ubicarse sin ser vistas. Por fin, después de explorar toda la casa, hallaron un sitio adecuado para quedarse.

Lo recorrieron minuciosamente y acordaron que era lo más conveniente para una estadía prolongada. De pronto, un iluminación intensa las inmovilizó. Sonidos y voces provocaron un estado de alerta. La tranquilidad de varios días se interrumpió abruptamente. Multitud de ojos miraban aterrados en derredor.

Los moradores habían regresado de sus vacaciones y la normalidad cotidiana, se reinstalaba en la casa. El abuelo, se dirigió al cuarto de baño a fin de limpiar sus dientes. Colocó la pasta dentífrica y comenzó a cepillarse.

Casi, en simultáneo, gritó exclamando: -¿Qué es esto?.

Pequeñas cucarachas, salieron del cepillo precipìtadamente y se desplazaron por las encías, los labios y la cara, abandonando lo que para ellas, las cerdas del cepillo, habían sido un refugio oportuno para pasar desapercibidas.

El abuelo, mientras tanto, enjuagaba su boca con todo lo que hallaba cerca, agua oxigenada, enjuague bucal, agua con bicarbonato, tal el asco que le produjo. Desde ese día, cada vez que se dispone a higienizar sus dientes, al mantener el cepillo entre sus dedos, lo mira con dudas y lo piensa varias veces.

-¿Habrá alguna otra escondida? -se pregunta…

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EL BORDADO

Matilde era la hija mayor de un matrimonio de inmigrantes italianos que tuvo dos hijos más, Luisa y Pedro. Llegaron al país en la década del 30, provenientes de Sicilia y se instalaron en Ciudadela, casi en el límite con la Capital Federal.

Él consiguió trabajo como conductor de tranvías y ella, se ocupó de las tareas hogareñas, en la pieza que alquilaban con cocina anexa, en una casa de inquilinato. Con el típico espíritu de los peninsulares, ahorraron lo suficiente para comprar un terreno en la localidad de Morón, donde edificaron una casa.

Allí nacieron y se criaron los tres hijos. Matilde, hábil con sus manos, era muy diestra para el bordado. Aprovechaba todas las oportunidades posibles para mejorar sus conocimientos. Llegó a sus manos un ejemplar de la revista “Rosalinda”, que mostraba la figura de una araña, un diseño para bordar.

Fue verlo y poner manos a la obra. Matilde aplicó todas sus habilidades en ese bordado. La araña adquiría un aspecto tridimensional. Estaba bordada en una toalla, de modo que su visión era frecuente. Recibió alabanzas por su excelente trabajo. Una tarde, mientras se encontraba leyendo esa vieja revista “Rosalinda”, tropezó nuevamente con la figura de la araña, pensando el tiempo demandado y las dificultades que tuvo que vencer.

De pronto, un cosquilleo muy suave, ascendía por su pierna. Levantó un poco la falda y comprobó que la araña que había bordado, se deslizaba por su piel. Con un movimiento brusco, la desalojó de la pierna, entró al baño y observó que había desaparecido de la toalla, dejando una impronta en el sitio que ocupaba. El temor invadió a Matilde, que no comprendía lo que estaba sucediendo.

Regresó donde había caído la araña y comprobó que, parada en sus patas posteriores, adquiría una posición casi vertical y agresiva. Matilde la observó paralizada y no pudo evitar que, con un veloz movimiento, clavara sus garfios en la pierna, inyectando su veneno. Luego, se alejó en dirección al baño, ocupando su lugar en la toalla.

-¡La araña, la araña!- gritó Matilde. -¡La araña de la toalla me picó!- continuó gritando desaforada-.

Los padres la observaron con mucha pena y la internaron en el manicomio.

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LA PEOR NOTICIA

El anuncio causó estupor.

La noticia se expandió a una velocidad increíble. La angustia y la desesperación fueron el factor común que envolvió a todos. Rostros desencajados, no daban crédito a lo que escuchaban. Se difundió la peor noticia en muchos años.

-¿Y ahora qué sucederá? -era la pregunta que se hacían todos. La televisión suspendió la emisión de sus programas, para dedicar todos los espacios a comentar los conmovedores acontecimientos. Las emisiones radiales se transformaron en una cadena repetitiva de información, en base a boletines extra.

Los diarios adelantaron sus ediciones y duplicaron las tiradas, informando hasta el más mínimo detalle. La noticia fue muy escueta y demoledora: “Por tiempo indefinido quedan suspendidos los servicios de telefonía celular”.

¡Increíble! ¿Cómo encarar la vida ante este desastre? ¿Qué harán las manos sin el teléfono?

Habrá que volver a conversar con los demás, cara a cara. ¡Qué antiguo! La vida tendrá que ordenarse en otra dimensión. ¿Qué pasará con Facebook? ¿Y con Twitter? No mas Whatsapp, ni fotos, ni selfies, ni mensajitos. No más música durante el viaje.

Volver a los teléfonos públicos, teniendo la precaución de disponer  de una cantidad suficiente de monedas para una llamada. Se acabaron las conversaciones interminables en colectivos, subterráneos y trenes. ¿Qué hacer ante tan tremenda dificultad?.

Cuesta mucho pensar con claridad. ¡Se acabaron las novedades del día, de cada hora, de cada momento!. Una pérdida irreparable, impensada, sorpresiva.

Esa mañana, el sonido de la campanilla del despertador pareció diferente, con mayor intensidad.

Como en un acto reflejo y sin pensarlo dos veces, tomó el celular y llamó a su hermano. El timbre sonó tres veces y escuchó: -¡Hola!-.

-¡Ah! -exclamó-. Estaba soñando.

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SORTEO DE NAVIDAD

Transcurría el mes de diciembre y los días eran cada vez más calurosos. La proximidad de la finalización del del año generaba un clima de excitación, incentivado por el inminente sorteo de la Lotería de Navidad. Todos esperaban beneficiarse con el premio mayor. Doña María, soñó con el número 21034. Al día siguiente se lo comentó a su marido, un peluquero italiano, bien parecido, de bigote recortado y ojos azules. La respuesta no fue la esperada.

-Son tantos números que ése, no sale -contestó. Y no habló más del asunto.

A doña María se le empañaron los ojos. No disponía de dinero suficiente para adquirir un vegésimo. ¿ Y si salía premiado?.

Lo comentó en su trabajo, un taller de costura donde concurría por las tardes. Lamentaba la falta de comprensión de su esposo y sus compañeros de labor, procuraron acompañarla y mitigar sus angustias.

Raúl Ricci, un muchacho de 20 años, era el cadete encargado de entregar y retirar las prendas a domicilio. Se acercó a doña María y suavemente le tocó el hombro derecho:

-No se preocupe -dijo. Yo lo compro y si sacamos algo, lo repartimos, mitad para cada uno.

-¡Muchas gracias Raúl! -fue la respuesta emocionada de ella.

Y llegó el día esperado…La radio encendida desde temprano, comenzó con la trasmisión interminable del sorteo. Dos horas más tarde, “cantaron” el 21034, con el premio mayor. Doña María reía y lloraba al mismo tiempo. Raúl se acercó, besó su mejilla y exclamó:

-La suerte está con nosotros. -El lunes cobro y lo repartimos-.

Las horas siguientes fueron de alegría. Los proyectos se superponían unos con otros. ¡Qué lejano parecía el lunes ese fin de semana!. Doña María era la mujer más feliz de la tierra.

Llegó el lunes al trabajo. Abrazos, felicitaciones y besos fueron la constante de ese día.

-¿Y Raúl? -preguntó con preocupación.

-Avisó que no podía venir. -Parece que su madre está enferma- agregó alguien.  -tal vez venga mañana…

Al día siguiente, Raúl no apareció. Pero al tercer día, envió un telegrama donde anunciaba su renuncia.

Nunca más lo vieron.

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EL PERRO NEGRO

Siempre lo veía desplazarse con rapidez y agilidad. No usaba el ascensor, elegía la escalera. Para subir o bajar. Fumador empedernido, al instante de asomar la nariz en la vereda, ya había encendido su cigarrillo, que apuraba con fruición. Un seco “buenas”, era su saludo, que nunca omitía. Delgado, de mediana estatura, cabello grisáceo, que alguna vez fue rubio, y un par de ojos claros.

Un caniche negro y curioso llevaba en brazos, lo acompañaba en otras salidas, ocasiones también propicias para renovar su placer de fumar. Raramente salía con su mujer, por lo común huidiza, a quien solo se le veía con motivo de realizar alguna compra en los negocios cercanos o para sacar al perro.

Esta rutina de vida, imprevistamente se modificó. La parquedad habitual fue reemplazada por una sonrisa amplia y contagiosa. El saludo mínimo por comentarios acertados y oportunos. Pero cuando llevaba al perro entre sus manos, éste emitía gruñidos, parecía molesto. Su esposa cambió de aspecto: un nuevo corte de cabello, tintura y peinado renovado, intentando revitalizar una belleza perdida por el paso del tiempo. Comenzó a encender sahumerios, en especial los días viernes.

Eran muchos cambios en poco tiempo, cambios significativos sin explicación aparente, Durante un encuentro casual con la esposa, le preguntamos por su marido y la respuesta despertó nuestra curiosidad: -”José está…digo Roberto, está bien, está trabajando”- respondió.

De Roberto estábamos hablando, pero José ¿Quien era?. Algo raro estaba sucediendo por lo que decidimos averiguar por nuestra cuenta. Así nos enteramos que tenía un hermano mellizo, antiguo novio de su esposa. Nadie podría asegurar si esa relación había finalizado, pero si, que despertaba sospechas. Parece que los hermanos tenían conductas y actitudes muy distintas. Atando cabos, comenzamos a pensar si el cambio radical de actitud, obedecía a que estábamos conversando con otro.

La equivocación de la esposa de Roberto nos orientó a suponer que se trataba de otra persona. ¿Estábamos frente a José? ¿Dónde estaba Roberto?. La intriga fue en aumento. Era evidente la disparidad en las expresiones y modo de actuar, de acuerdo con lo que conocíamos. Por otra parte, el empleo de sahumerios había aumentado. Se lo percibía varios días por semana.

¿Se había producido un reencuentro entre los antiguos novios?  ¿Nunca se separaron? ¿Qué sucedió?. Eran interrogantes de difícil respuesta. Un vecino de piso hizo la denuncia a la policía. Era una actitud audaz, basada en una presunción.

La solicitud fue rechazada. Aparentemente, las evidencias presentadas no eran válidas. Y entonces, ocurrió algo insólito. Durante una de las salidas llevando el perro en brazos, sufrió una mordedura importante en la mano derecha, que lo obligó a un tratamiento médico quirúrgico de emergencia, en una clínica de la zona, complementado por una transfusión de sangre, consecuencia de la importante hemorragia ocurrida.

En la documentación que llevaba consigo, tenía un carnet de la Cruz Roja a nombre de Roberto, fechado tres meses atrás, con su grupo sanguíneo, B negativo. Entonces, no le realizaron las pruebas previas de compatibilidad sanguínea y lo transfundieron. Una hora más tarde, lo trasladaron a Terapia Intensiva, visiblemente deteriorado. Concluyeron que había padecido una severa intolerancia a la transfusión. Procedieron a realizar las pruebas de compatibilidad y se comprobó la diferencia del grupo sanguíneo, era A positivo.

La discordancia entre los datos obtenidos y los del carnet, motivó una denuncia policial de las autoridades del establecimiento sanitario, ante tal anormalidad. Como resultado de la investigación, se comprobó que el paciente, no era Roberto sino José.

¿Dónde estaba Roberto?. Su desaparición había pasado totalmente desapercibida. Podría decirse que de un día a otro, todo había cambiado. Los interrogatorios realizados a la pareja, ya sea juntos o por separado, fueron concordantes. A raíz de una pelea con su mujer, Roberto decidió irse de su casa, con destino incierto, no dejando una señal que permitiera ubicarlo. El incidente habría determinado el reencuentro de la mujer con su ex pareja. Aparentemente, esta situación habría ocurrido cuando comenzaron los cambios ya mencionados.

Un par de meses más tarde, se produjo un incendio en la caja de transformadores eléctricos, ubicada en la puerta de entrada al edificio, por lo que se clausuró el suministro de gas. Resuelto el problema eléctrico, se realizó una inspección en todos los departamentos del edificio, para verificar la existencia de alguna pérdida.

Al llegar al departamento donde vivía Roberto, se apreció un intenso olor a gas, proveniente de un pequeño placard esquinero ubicado en un ángulo del comedor, construído con ladrillos y revoque, perfectamente pintado, que pasaba casi desapercibido. Tenía una puerta de madera, tipo persiana, que al abrirla resultó ser falsa; solo cubría la pared. Era necesario derribarla para controlar la pérdida de gas, proveniente de un caño que por ahí descendía. Se procedió a voltearla y, efectivamente, el olor a gas que de ahí surgía, era muy intenso.

Pero este hecho permitió encontrar, muy bien envuelto en bolsas de consorcio, el cadáver de Roberto. El hallazgo fue tapa de diarios y revistas durante una semana y tema central en las noticias. La pareja fue detenida y la palabra ¿Porqué? quedó flotando. El perro negro, cuya mordida desencadenó el comienzo del fin, fue adoptado por un investigador forense.

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Carlos E. Araujo

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