Cómo Hacer Que Las Cosas Pasen

Cuentos, Ejercicios y Herramientas de Coaching para Adueñarte de Tu Potencial en el Minuto Presente

 

La canción del sembrador o ¿Cómo transformar el clima laboral en tu equipo? Guillermo Echevarria – Tu Minuto de Coaching

Febrero de 1973. Se acercaba la fecha del cumpleaños y Guillermo no se sentía nada conforme con su vida. Estaba cansado de vivir atado a la montaña rusa de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires. Agotado de acostarse imaginándose rico, desvelarse pobre y amanecer descubriendo que lo que siempre cotizaba en alta eran las pulsaciones de su corazón.

Detrás del aparente vértigo y dinamismo de su trabajo, las vueltas de su día eran completamente previsibles y se sucedían en el código vorágine de la city porteña donde todo tiene que ser urgente, aunque no se tenga demasiado claro hacia dónde –y, menos, para qué- se está corriendo. Pensar que podía perderlo todo en cuestión de minutos le hacía sentir que en esos últimos años no había construido nada. En medio de tanta tensión, se estaba perdiendo de disfrutar momentos junto a Ana, su mujer, y sus tres hijos.

Alguna vez había soñado algo diferente. Una vida más serena, más alegre y en todo sentido más plena. Y justo él, que con tanto trabajo ya se había convertido en un animal de oficina, decidió aceptar el ofrecimiento de un familiar y apostó todo a administrar un campo que se había quedado sin encargado. Lejos de la ciudad, por fin encontraría un poco de silencio. Y, sobre todas las cosas, podría ver y tocar el fruto de su esfuerzo en cada brote de espiga y en cada ternero recién nacido.

Llevaba un mes trabajando en el campo cuando descubrió que le costaba dormir pensando en la falta de lluvia, el precio en baja de la carne y las enfermedades de las vacas. Para despejarse, salió a recorrer el campo en su camioneta y, mientras esquivaba pozos y charcos, pensaba con amargura cuánto empezaban a parecerse estas preocupaciones a aquellas viejas conocidas de las que había intentado huir. Le costaba digerirlo, pero el punto estaba claro para él: mientras continuara llevando consigo esa manera angustiante de ver las cosas, su vida no iba a cambiar de color, fuera a donde fuera.

Una tarde, Ana y los chicos habían salido a pasear en un carruaje antiguo, de esos que son tirados por varios caballos y que había estado guardado en los galpones de la estancia durante años. Quizás a causa del entusiasmo de los chicos, o la ansiedad por salir que mostraban los caballos, pero sobretodo, por esas costumbres que se pegan cuando uno vive mucho tiempo en una ciudad, automáticamente cerraron la casa con llave.

Cuando Guillermo regresó, intentó inútilmente abrir la puerta, y al darse cuenta de que no llevaba las llaves con él, decidió pedir prestado un equipo de mate al peón, estacionó la camioneta a la sombra de un aromo y se puso a esperarlos mientras escuchaba radio y tomaba unos matecitos. Desde aquel árbol, la casa y su día a día se veían a unos cincuenta metros de distancia y Guillermo se dio cuenta de que era la primera vez que se sentaba a disfrutar un momento desde que llegaran al campo.

Entonces ocurrió lo inesperado. Buscando alguna radio que pasara buena música dio con algo que le sonaba antiguo, pero a la vez conocido. Cuando siembro voy cantando –entonaba la voz de un barítono- porque pienso que al cantar, con el trigo voy sembrando mis amores al azar. Pero, ¿qué era esa música? Sembrador, que has puesto en tierra arada tu amor –contestaba el coro- la espiga de mañana, será tu recompensa mejor. Claro, era una zarzuela. Pero, ¿cómo era que él se sabía la letra a la perfección? Y sin saber cómo se vio transportado a sus ocho años. Estaba jugando con sus cinco hermanos en una gran habitación. La música lo envolvía todo. Estaban en mitad de algún juego cuando se abrió la puerta y apareció Pepa para avisarles que ya estaba lista la comida. Pepa era la española que, además de cocinarles, los cuidaba, les lavaba la ropa y, algunas veces, también los retaba. Claro, esa era una de las zarzuelas que ella siempre canturreaba. Aquella mujer, que había sufrido la pobreza en la que quedó España luego de la guerra civil; que para poder sobrevivir había tenido que dejarlo todo y cruzar el atlántico buscando un trabajo, ésa mujer se la pasaba cantando. Y, aunque al principio le hacían bromas imitando las caras que ponía al cantar o como bailaba mientras lavaba o cocinaba, al poco tiempo se habían aprendido sus canciones y la casa empezó a estar siempre llena de música.

En una punta unos podían estar jugando al ajedrez mientras, en la cocina, otro se estaba preparando algo para comer, su madre quizá ponía en orden uno de los cuartos, y su padre podía estar duchándose, pero todos cantaban una misma canción. Cada uno aportaba algo. Estaban los que se sabían todas las letras como Pepa, los que sólo las tarareaban, los que, como Guillermo, además de cantar silbaban y los que simplemente seguían el ritmo de la canción golpeando una lapicera contra la mesa mientras terminaban de hacer algún ejercicio para el colegio. Con la música también había entrado a la casa una alegría nueva.

El canto de un benteveo trajo a Guillermo de vuelta al asiento de su camioneta, al mate y a su vida presente.

-Y nosotros –comenzó a preguntarse- ¿Cuándo hemos cantado todos juntos? De hecho, ¿Mis hijos cantan alguna vez? Pero claro, es difícil que canten si nunca me vieron cantar a mí.

¿Y en qué momento me pueden haber escuchado? Si estoy siempre preocupado y apurado. Y no. Hace años que no canto una nota.

Se quedó en silencio imaginando su propia casa a la distancia hasta que se preguntó: ¿Y si empezara otra vez?

Recordó que alguna vez, Ana le había hablado de aprender a tocar la guitarra. Al pasar por Buenos Aires compró una en la Antigua Casa Nuñez y el día menos pensado la sorprendió con el regalo.

-¿Qué te parece si empezáramos a cantar como hacíamos en la casa de mis padres? –le dijo. Ana, estaba dedicada de lleno a educar, vestir y alimentar a sus tres hijos y, a pesar de sentir que no le quedaba un minuto de tiempo libre, aceptó la propuesta. Cualquier cosa que lo sacara a él de su mundo de preocupaciones era bienvenido. Guillermo consiguió un cassette con las mejores canciones de los payasos Gaby, Fofó y Miliki y mientras trabajaba con su camioneta las escuchó hasta aprendérselas.

Ese Domingo subieron todos a la camioneta y partieron rumbo a la playa. Apenas tomaron la ruta Guillermo puso el cassette  y empezó a cantar.

-Papa, ¿Vos cantás? –preguntó Dolores, la de ocho años, riéndose.

-Mamá, Mamá –empezó a decir Sole, la de cuatro, sacudiéndole el brazo a su madre-Papá está cantando. Martín, el mayor de todos miraba la escena incrédulo, pero Guillermo se reía con sus caras de sorpresa y seguía cantando.

Después de un larguísimo día de playa, subieron a la camioneta completamente agotados. Dolores estaba callada y Soledad se dormía. Entonces, para sorpresa de Guillermo, a Martín se le ocurrió poner el cassette y, para cuando llegaron a la tranquera del campo estaban cantando y matándose de risa juntos.

-El día de playa estuvo genial- dijo Sole cuando su mamá le dio el beso de las buenas noches. Y esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Guillermo se dio cuenta de que se había olvidado de repasar continuamente los problemas del campo. 

A partir de ese día, cada vez que salían en la ford blanca, como le decían a la camioneta, ponían a Gaby, fofó y miliki y cantaban durante el viaje. Y, a pesar de que Ana había hecho todo para apoyar a Guillermo con su iniciativa de la música, ella era la primera sorprendida del entusiasmo que tenían los chicos por cantar. Recordó que su madre solía recitar poesías y empezó a mecharlas entre las canciones. A los chicos les encantaban y luego de algunos viajes musicales la familia ya sonaba unida.

El sueño de Guillermo empezaba a hacerse realidad. Cantar era la excusa perfecta para disfrutar momentos juntos y una costumbre que en instantes barría con las tensiones y el mal humor.

Y, aunque las vacas seguían enfermándose, o a veces la lluvia se hacía esperar durante meses para luego llegar de golpe y embarrar los caminos hasta inutilizarlos, Guillermo se mantenía sereno porque para él, ahora, lo más importante era estar juntos y estar bien. Algo más que sólo vivir preocupado por asegurar un bienestar económico. Además, lo sorprendió descubrir que compartir esos momentos en familia lo cargaba de una fuerza con la que se animaba a encarar desafíos que venía postergando. Terminaba antes su día de trabajo y podía llegar temprano para cenar.

Cuando yo llegué a ésta familia la carpeta de guitarra ya contaba con unas doscientas canciones, mis dos hermanas tocaban zambas, temas de Credence, Kenny Rogers o Simon and Garfunkel en recitales a beneficio y cantar en familia era algo natural.

Me acuerdo que a veces jugábamos a inventarle letras nuevas a canciones viejas para hacernos bromas. Otro de los juegos consistía en que uno decía una parte de la letra y, desde algún lugar de la casa, otro completaba lo que faltaba. La música era también un código para decirnos cosas. Podíamos estar en el fondo de la casa, pero sabíamos si el que había llegado era Papá porque siempre saludaba con un silbido particular.

Con el tiempo aprendí a cantar y a acompañar las canciones silbando. Quería silbar tan bien como papá. Más adelante mis hermanas me enseñaron a tocar la guitarra. Cantar se había convertido en nuestra manera de compartir buenos momentos y nos había convertido a su vez en una familia alegre. Nuestros primos sabían que si venían a casa, en algún momento, íbamos a cantar algo. La música había pasado a ser algo así como nuestro sello familiar.

Febrero de 2008. Se acercaba la fecha de su cumpleaños y Don Guillermo, como todavía hoy le llaman respetuosamente en el campo, se sentía mucho más conforme con su vida. La antigua casa de campo estaba completamente remodelada, hacía años que la familia vivía de lo que el campo generaba y él se había convertido en un experimentado hombre de campo.

Los cuatro hermanos ya vivíamos en nuestras propias casas, algunos en otras provincias y hasta en países diferentes. Habíamos decidido reunirnos todos en el campo a celebrar esa noche el cumpleaños de mi padre junto con el mío. Yo partiría para el campo en cuanto terminara de dar una capacitación que, por una de esas picardías con las que la vida se entretiene, casualmente se llevaba a cabo frente al edificio de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires.

Me despedí puntualmente de los participantes y de la ciudad porque todavía me quedaban algunas horas de viaje y no quería llegar tarde a nuestro cumpleaños. Pasé a buscar a mi hija y cuando llegamos al campo ya había varios autos estacionados en el jardín de la casa, así que tuve que fabricarme un lugar junto al aromo. Alcé a Rosario, que se había quedado profundamente dormida, me colgué al hombro la guitarra, la mochila de los pañales en el otro y con la mano libre agarré la mamadera. Usé la pierna para cerrar la puerta del auto y arranqué en dirección a la casa tan apurado que tropecé con una raíz. Por milagro no nos caímos, pero el susto me detuvo. Recién entonces pude escuchar que los grillos estaban cantando. Levanté la mirada, vi que la luna estaba redonda de luz y me puse a respirar la paz de esa noche. Adentro de la casa iban y venían mis hermanos haciendo los últimos preparativos.   

-Gracias –me nació decir.

No había pasado un minuto cuando salió a recibirme mi hermana.

-¿Todo bien?- preguntó mientras me ayudaba con la guitarra. 

Al ratito ya estábamos todos sentados en los sillones junto a la chimenea.

-¿Con cuál empezamos?- preguntó mi hermano.

-Con el sembrador… –contestó mi padre- Con la canción del sembrador.

 

Tu Minuto de Coaching

Conozco un equipo en el que organizan campeonatos de metegol semanales. Los partidos, de veinte minutos cada uno, se juegan después del almuerzo. Y, para poder jugar todos al mismo tiempo, se hicieron fabricar un metegol de ocho hileras de jugadores por lado, en lugar de las cuatro tradicionales. Así, pueden armar dos equipos de cuatro o de ocho si cada jugador toma una sola manija.

Durante esos veinte minutos gritan, saltan, alientan y se ríen. Simplemente se divierten. Pero, también se integran, descargan emociones y vuelven al trabajo con ojos renovados. La idea surgió durante un almuerzo y al principio decidieron ponerla a prueba usando el metegol que uno de ellos tenía abandonado en el sótano de su casa. Cualquier equipo va a integrarse mejor si tiene rituales que a sus miembros les importe repetir cada día.

¿Cuál es el clima o estado de ánimo habitual en tu familia o en tu trabajo? ¿Qué costumbres o rituales –elegidos o automáticos- están generando esos estados de ánimo?

¿Cuál es el estado de ánimo que quisieras respirar en ésos grupos? ¿Qué costumbres o rituales podrías incorporar para generar ése nuevo clima.

 *Éste artículo forma parte del libro Tu Minuto de Coaching de Guillermo Echevarria  www.guillermoechevarria.net

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Clima Laboral, Coaching Gerencial, Comunicación, Convivencia, Dinámica de Grupos, Familia, Motivación, Relaciones

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