Cómo Hacer Que Las Cosas Pasen

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¿Cómo tratar con personas difíciles? - Tu Minuto de Coaching con Guillermo Echevarría

Cecilia y yo subíamos cansados y sin ningún apuro por las callejuelas del Sacromonte buscando un lugar donde comer unas tapas y tomarnos un vinito. El barrio gitano de Granada se bebía uno por uno los rayos anaranjados y ocres del sol. Bastante más arriba encontramos un bar con balcones como ojos, subimos sus escaleras y echamos una mirada. La Alhambra se había convertido en una acuarela. Elegimos una mesa junto a uno de los balcones, hojeamos la carta y nos pusimos a conversar esperando a que nos atendieran.

Junto con José, que había preferido pasar primero por el hotel y alcanzarnos después, acabábamos de salir de un fin de semana intensivo de crecimiento personal donde habíamos tenido que atravesar nuestros miedos para poder caminar a pie descalzo sobre un manto de brasas incandescentes. No, no habíamos perdido la conciencia. Teníamos presente el poder del fuego en cada paso. Era el mismo fuego con el que todos nos habíamos quemado alguna vez y las advertencias de la mente en forma de miedo no nos abandonaban mientras caminábamos, pero nos relacionábamos con el miedo de una manera que no nos limitaba. Nos acompañaba, sí, pero no nos manejaba. Comprendí que, más allá de lo que pase a mi alrededor, yo soy el traductor de la realidad que me rodea. Y que al llamar desafío o aventura a una situación, en lugar de peligro o riesgo, soy co-creador de mis experiencias. Tomé conciencia de que, como traductor, me había vuelto adicto a sentir y re-sentir algunas emociones y experiencias desagradables del pasado. Tal vez porque pensaba que si otros, o incluso yo mismo, me trataban de esa manera era porque lo merecía y entonces –quizá para sentirme en casa- buscaba recrearlas en mi vida una y otra vez.
Las había convertido en parte de mi identidad. Así, descubrí que había estado repitiendo situaciones como la de hacer cosas para llamar la atención en lugar de enfocar mi atención en crecer como persona; o que más de una vez había generado incendios en las relaciones, para luego poder apagarlos.
El taller había terminado y estábamos sanos y salvos, pero rendidos; y lo único que anhelábamos era disfrutar lo que quedaba de la tarde mirando la Alhambra desde las alturas del Sacromonte. Sentado allí, creí que, por unas horas, el aprendizaje me daría un descanso, pero me tenía reservada otra sorpresa.
Habían pasado ya diez minutos desde que dejáramos caer nuestros cuerpos sobre las sillas cuando Cecilia protestó:
-¿Es posible que esta camarera haga todo sin levantar la cabeza?
-¡Cuidado! Quizá mató a alguien y se está escondiendo de la policía- bromeé yo.
-No es mala idea.
-¿Qué cosa? –pregunté.
-Lo de denunciarla por matar de hambre a sus clientes.
-Bueno, quizá tiene tanta experiencia en el oficio que se dio cuenta de que no queríamos tomar nada…
-¡Ah, no! –se enojó Cecilia- Siéntate a descansar en una de estas mesas sin un duro y verás cómo instantáneamente vienen a echarte.
Por fin nos vio y con un movimiento de su cabeza indicó que enseguida nos atendería. Para ese momento, en nuestra mesa ya estábamos navegando en la conversación: “Qué mal que te atienden en los bares”.
En eso llegó nuestra anfitriona y confirmamos que como moza era pésima, pero que su carácter era peor. Yo, que al principio me reía de la situación, ya estaba sintiéndome ofendido por su actitud, así que, sin levantar la mirada, pedí dos copas de vino tinto y una cerveza para José que llegaría en cualquier momento. Por su falta de acento granaíno, con Cecilia concluimos que la chica no era del lugar y por la mala atención, que era nueva –o demasiado vieja y arrutinada- en el oficio.
Mirando por el balcón ví a José que venía trepando la calle y le hice señas para que subiera. Estaba recién bañado y se lo veía contento. Se sentó junto a Cecilia y ya lo estábamos por poner al tanto de la situación cuando la camarera apareció con el pedido. Realmente tenía el don de la inoportunidad. Apoyó la caña de cerveza y comenzó a descorchar el vino con un silencio que nos ignoraba. Evidentemente no habíamos tenido la suerte de conocerla en su momento anual de simpatía. Me sirvió un poco de vino para que lo catara y ya se estaba marchando cuando José le preguntó:
-¿Cómo te llamas?
No sé si fue lo inesperado de la pregunta, pero ella lo miró con cara de susto. Entonces José lo intentó por segunda vez:
-Hola, ¿Cómo te llamas?
Con Cecilia miramos para otro lado anticipando una masacre.
-¿Yo? –preguntó ella.
-Sí –contestó José con una sonrisa.
-…Malena –dijo, al tiempo que parecía despertar.
Entonces José preguntó si tenían tortilla de sesos. Nosotros, pensando que era una broma, nos empezamos a reír, pero ella corrigió:
-Claro, que tenemos “tortilla de sesos”, como Usted dice, pero aquí la llamamos Sacromonte.
Al cabo de un rato la moza apareció con nuestra tortilla de cerebro.
-¿Te puedo hacer una pregunta? –volvió a disparar José en dirección a la moza.
-Sí –dijo ella manteniéndose a distancia con la mirada.
-¿Sueñas despierta?
Ella no contestó y miró en silencio en dirección de las últimas pinceladas de sol que entraban por el balcón. Yo me dije: Ahora lo decapita con la bandeja. Pero ante mi asombro se sonrió y dijo:
-Siempre.
Qué linda sonrisa, pensé. ¿Dónde la guardaba?
-¿Y se puede saber con qué sueñas? –preguntó José, con la calma y el sigilo de un encantador de serpientes.
-Siempre quise ser bailaora de flamenco –dijo la camarera de la que yo no había registrado el nombre. ¿Era posible que no fuera tan venenosa como yo pensaba?
-¿Y por eso te has venido al barrio gitano de Granada, eh? –adivinó José.
-Sí, estoy estudiando con el maestro Mario Maya- contestó ella con un entusiasmo que la convertía en ángel.
-¿Naciste aquí? –se interesó José.
-No. Nací en Madrid, pero siento que soy de aquí.
-Te felicito por seguir tus sueños, Malena. ¿Sabes?, mi padre pertenece a una peña flamenca. Si alguna vez pasas por Córdoba –continuó diciendo José, mientras le acercaba una tarjeta- no dudes en llamarme. Estaremos encantados de que vengas a compartir el cante y un perol con nosotros.

Algunas porciones de tortilla más tarde, y aprovechando que había pocos clientes, Malena nos contó anécdotas del barrio gitano y nos invitó a probar las aceitunas de la casa que resultaron ser deliciosas. Cecilia también se había sumado a la conversación, pero yo no. Me sentía realmente incómodo. Tironeado por dentro. Ofendido por la primera camarera, pero encantado con Malena. Entonces, mientras los demás seguían conversando, me di cuenta de que había ido a ese bar a pasar un buen rato y no a ofenderme. Necesito resetearme –me dije y decidí ir al baño a lavarme la cara.

Cuando volví, Malena, mucho más entrada en confianza, estaba contando que hacía rato deseaba poder dejar el trabajo de camarera para dedicarse por completo a bailar. Ahí fue cuando a José se le ocurrió pedirle que nos bailara algo aprovechando el tablao que había a unas pocas mesas de nosotros. El dueño del lugar dijo que sí y Malena empezó a moverse al ritmo de nuestras palmas. Qué bonita era. Juro que cuando bailaba se podía ver el aire que, como un hipnotizado, seguía sus manos, se dejaba acariciar, se escondía en cada giro de su cintura y volvía a brotar de sus palmas otra vez.

Tuve que perdonarla y perdonarme a mí mismo por haber sido tan ciego de no verla. En otras dos mesas también se pusieron a aplaudir. José pasó a bailar con ella. Luego Cecilia y finalmente yo también me animé. En seguida llegó un grupo de turistas curiosos que entraron a ver el espectáculo casero y a tomar algo. Cada vez más gente aplaudía y cantaba desde sus mesas. Al cabo de un rato en el restaurante no cabía un alfiler. Cuando el horario de trabajo de Malena terminó la invitamos a sentarse con nosotros. El dueño se acercó a nuestra mesa y la felicitó. Mientras Malena se iba ruborizando cada vez más, el hombre nos contó que nunca la había visto bailar. Luego, nos enteramos de que para ella el bar era sólo un trabajo y que por eso había sentido que no era el lugar para compartir su sueño. Entonces el dueño le preguntó si ella estaría dispuesta a repetir al día siguiente ese momento espontáneo donde hasta los turistas se subían al tablao a improvisar el baile flamenco. Malena estaba feliz.

Esa tarde el vino tuvo un sabor único. José nos había recordado que la diferencia entre una vida ordinaria y una extraordinaria es ese extra que sólo nosotros podemos poner y que es capaz de transformar hasta el peor de los venenos en el mejor vino.

Tu Minuto de Coaching
Cuando interpretes que alguien te está atacando u ofendiendo te invito a dedicar algunos segundos a respirar y preguntarte ¿Para qué vine hasta aquí? ¿Qué experiencia quiero vivir? En lugar de reaccionar y defenderte, toma una acción que construya positivamente eso que quieres experimentar.
Recuerda: Las personas más difíciles de tratar son las que siempre ven a alguien difícil en las demás personas. Cuidado con convertir automáticamente al otro en alguien difícil. Sólo se puede pelear de a dos. No te conviertas en alguien con quien es difícil tratar. Mejor enfócate en construir y ¡Vamos a ver quien contagia a quien!

Guillermo Echevarría
*Éste artículo forma parte del libro Tu Minuto de Coaching.

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Coaching Gerencial, Coaching Ontologico, Comunicación, Convivencia, Creatividad, Liderazgo, Motivación, Relaciones, Sin categoría

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Comentarios

3 respuestas a “¿Cómo tratar con personas difíciles? - Tu Minuto de Coaching con Guillermo Echevarría”
  1. JOSE LUIS GIL dice:

    Hola Guillermo, un articulo que nos lleva a reflexionar que como cualquier persona que recien conoce otra prejuzgamos su forma de ser y/o vestir y no nos tomamos el tiempo suficiente y oportuno para analizar su interior, es decir sus deseos, preocupaciones, ocupaciones, actividades, emociones, profesiones, etc. Cada persona es un mundo diferente y que debemos rescatar aquello que nos beneficie, o por el contrario, brindar un apoyo si lo necesita. Definitivamente, estos no ayudara a crecer como personas tanto en nuestro entorno familiar como empresarial.
    JOSE GIL
    Administrador y Especialista en Aduanas

  2. Elsa María Herrera Mondragón dice:

    Sencíllamente me gustó mucho el contenido del escrito. Sin más comentarios. Muchas gracias.

  3. Guillermo Echevarria dice:

    Gracias, Elsa. Sos bienvenida a éste blog. No te pierdas los videos Mi Tesis Preescolar y la canción de agradecimiento en 45 idiomas! Un beso, Guillermo Echevarria



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