LA REVOLUCIÓN FRANCESA

1. Antecedentes.
En la Francia absolutista prerrevolucionaria, el Rey pretendía que su poder derivaba de Dios, a quién únicamente debía dar cuenta. Sus súbditos no tenían ningún derecho, pero si un deber fundamental: el de obedecer. El Rey declaraba la guerra y hacía la paz, comandaba los ejércitos, determinaba los gastos y fijaba los impuestos; nombraba y destituía a los funcionarios y dirigía la administración entera. El Rey hacía las leyes, que no eran otra cosa que la expresión de su voluntad. Además el monarca dirigía la administración de la justicia, mediante los funcionarios que él designaba. Era común que se usara el tormento para lograr la confesión de los acusados, a quienes se juzgaba en secreto y a los que se aplicaba penas bárbaras (picota, látigo, ahorca). Piquetes de soldados podían aprender a cualquiera con una simple orden del Rey, amparándose para tal efecto en la “carta sellada”, que no indicaba porqué se detenía a la persona nombrada en ella y sólo consignaba que “tal era la voluntad del soberano”. El arresto se cumplía en una prisión del gobierno, la más conocida de las cuales era la Bastilla, que se levantaba en el centro de Paris.
El campesinado soportaba una carga tributaria demasiado pesada. Debían pagar impuestos al Rey por ser súbditos de su Estado, derechos feudales a la nobleza por vivir en sus propiedades, labrar sus tierras, criar sus animales, usar sus molinos y diezmos a la iglesia por ser sus fieles. La mayor parte de sus ingresos pasaban en consecuencia al Estado, a la nobleza y a la iglesia.
La burguesía, por su parte, era ya un poder económico, por el proceso mercantil y manufacturero experimentado durante los últimos siglos, pero era discriminada políticamente y, por ello se mostraba reacia a soportar los privilegios de no tributación de la nobleza y el clero. Sentían que eran son sólo ellos los que soportaban la carga económica del estado.
Esta situación social se vería agravada por una profunda crisis económica. Las constantes guerras en las que había estado envuelto el reino de Francia habían desgastado las arcas del fisco. A esto se sumarían sequías que producirán un drástico descenso en la producción agrícola durante gran parte de la década del 80. Finalmente, el Estado carecía de créditos ante los banqueros porque no había pagado deudas pasadas.
Por otro lado, la pretendida legitimidad de este orden de cosas se venía cayendo poco a poco. La ilustración había generado ya un cúmulo de ideas nuevas que desbarataban de modo sistemático la justificación que se había hecho del poder absolutista del Rey. Según John Locke, el hombre era libre por naturaleza y consecuentemente la legitimidad de un gobierno sólo podía radicar en la garantía que ese gobierno otorgase a la libertad innata del hombre. Por su parte, Jean Jacques Rousseau en su célebre “Contrato Social”, de profundo impacto en la conciencia de los sectores intelectuales de Francia, hizo pedazos la pretendida legitimidad del poder del Rey supuestamente emanada de Dios y proclamó la doctrina de soberanía popular por la cual el gobernante adquiere su poder de la voluntad del pueblo.
Estas fueron las condiciones que generaron un ambiente de descontento tal que generó una de las convulsiones sociales más violentas en la historia de la humanidad.
2. Detonantes de la Revolución.
En 1774 murió el Rey Luis XV y ascendió al trono su nieto Luis XVI a los 20 años de edad. El nuevo Rey intentó introducir algunas reformas económicas en su reino, en vista de la escasez de recursos que afectaba a la corona francesa, producto de su intervención en la guerra independentista norteamericana.
Sus ministros, Turgot y Malesherbes, introdujeron la “Subvención territorial”, impuesto que debía ser pagado por los dueños de las tierras. Ante esta situación, la nobleza se sintió agredida por la intención de estas reformas y presionó al Rey para que sus ministros renunciaran y se desecharan las reformas planeadas.
Esto creó naturalmente descontento entre la ciudadanía opositora al antiguo régimen y realizó una serie de protestas. Luis XVI, intentando aplacar estas protestas, designó como sucesor de Turgot a Jacobo Decker como ministro de hacienda. Necker intentó nuevamente realizar algunas reformas para mejorar el estado financiero de la corona. Naturalmente, las reformas planeadas por Decker intentaban nuevamente crear impuestos a la nobleza para que ésta contribuyera, de algún modo, a la corona.
La tenaz oposición de la nobleza privilegiada provocó en 1781 la caída de Necker. De este modo, un nuevo intento de reforma había fracasado.
En esta situación, el Rey optó por adoptar una medida que decidiría el curso de la historia y que, a la postre, significaría su muerte. Se sentía necesitado de contrarestar la presión de la nobleza y para ello pensó que podría apoyarse en una institución popular. Convocó entonces a los Estados Generales, una especie de parlamento que llevaba sin reunirse nada menos que 175 años, con lo que esperaba generar fuerza para lograr la aprobación de nuevos impuestos para la nobleza.
En las elecciones para la Asamblea de los estados Generales se eligieron 1196 diputados de los cuales, la mitad pertenecían al tercer estado o estado llano[1], compuesto por burgueses, campesinos y artesanos. En estas elecciones votaron los nobles, los clérigos y aquellos componentes del estado llano que tuvieran 28 años y pagaran alguna forma de impuesto directo (unas 5 millones de personas).
El estado de ánimo abierto entre los diputados del estado llano, inspirados en las ideas de la ilustración, era la redacción de una constitución que garantice la libertad individual, definiese claramente las facultades del Rey y termine con el absolutismo y la arbitrariedad. Además pedían que se convocase con regularidad a los Estados Generales para preparar las leyes y votar los impuestos.
Con la convocatoria a los Estados Generales se signó la suerte de la Revolución Francesa. Francia había sido, en rigor, el centro mismo del pensamiento político de la ilustración. Una capa intelectual muy activa se había apoderado de ese pensamiento y estuvo fuertemente representada entre los diputados elegidos. Muy pronto, ellos se organizaron en clubs que se reunían en cafés, parroquias o plazas para discutir los problemas políticos del país. De allí surgieron los girondinos y jacobinos que poco a poco fueron adquiriendo actividades cada ves más organizadas. Actuaron en la asamblea como partidos estructurados en torno a ideas, a cuál más radical. De esta organización, surgieron también los sanz-culottes (sin calzones) que fueron verdaderas milicias que actuaron como cuerpos de choque contra el ejército y, posteriormente, como organismos paramilitarizados ejecutores de las medidas del poder revolucionario que poco a poco iría surgiendo.
En mayo de 1789, se reunió en sesión inaugural la Asamblea de los Estados Generales en Versalles. En esta ocasión, el Rey, anoticiado de las intenciones de muchos asambleístas, advirtió que los diputados habían sido convocados para reorganizar las finanzas del reino y que estaba dispuesto a defender la plenitud de su autoridad real. Tampoco se dijo si las sesiones se llevarían a cabo por separado, es decir cada estado por su lado, o si se reunirían todos en un solo cuerpo.
El estado llano invitó a las otras clases a reunirse en una sola asamblea, lo que implicaba aceptar el principio del voto universal –un voto por cabeza- y no así un voto por cada estado o clase. Los nobles y los clérigos rechazaron esta invitación.
El tercer estado tomó entonces la resolución de iniciar las deliberaciones, prescindiendo de las otras dos clases, si estas no se decidían, en un plazo muy breve a sesionar juntas. De este modo, muchos representantes del clero bajo se incorporaron a las sesiones del tercer estado y el 7 de junio se constituyeron en Asamblea nacional.
3. El estallido de la Revolución.
Los primeros actos de esta Asamblea fueron radicales. Declararon nulas (o ilegales) todas las contribuciones que no hubiesen sido consentidas expresamente por una Asamblea (autorizando provisionalmente el cobro de los impuestos existentes). Se considera que fue el primer acto revolucionario. Los sesionados además, juraron no disolverse hasta que hubiesen redactado una nueva constitución.
El Rey se presentó a la Asamblea, declaró que sus actos eran nulos e indicó que las clases debían sesionar por separado. Ante esta advertencia recibió la dura respuesta de un asambleísta que le dijo “la nación convocada no recibe ordenes de nadie”. Se expresaba así la pugna entre la doctrina de la soberanía divina y la doctrina de la soberanía popular
La situación se puso pues tensa. El próximo día, los asambleístas se encontraron con que el salón de sesiones del palacio estaba cerrado y custodiado. Llevaron entonces a cabo su célebre reunión en la cancha del frontón. Allá juraron “sólo disolverse con la fuerza de las bayonetas”, desafiando abiertamente la autoridad del Rey.
De este modo, el rey había sido rebasado. Llamó entonces a la nobleza y al clero a incorporarse a la Asamblea, con la intención de cambiar la correlación de fuerzas de la radical asamblea.
El Rey tenía pensada otra salida si este plan inicial fracasaba. Estaba preparando un golpe militar para disolver la Asamblea. Mercenarios extranjeros fueron contratados para dirigir las tropas de la corona que iban a asestar el golpe. Se concentraron tropas y el asalto a la Asamblea se torno inminente.
El nerviosismo se expandió por todo Paris.
Fue entonces cuando el pueblo parisino se puso en estado de apronte, comenzó a reunir armas y mítines callejeros agitaban a las masas. Pronto comenzaron a ocurrir los primeros saqueos a armerías y arsenales de pequeñas guarniciones del ejército en Paris.
Finalmente, el 14 de julio el pueblo asaltó la Bastilla, buscando armas. Se combatió durante 4 horas y murieron alrededor de 300 personas. Al terminar la jornada, la ciudadela cayó y fue derribada por los rebeldes.
En esta nueva situación el Rey fue obligado a ceder. Ordenó el alejamiento de las tropas de Versalles y restituyó a Necker como ministro de hacienda.
Las consecuencias del alzamiento del 14 de julio fueron realmente significativas. La Asamblea se sintió fortalecida, pues no sólo había logrado el alejamiento de las tropas que la amenazaban dejando sin protección al Rey, sino que lo obligaron a aceptar sus resoluciones.
Seguidamente se conformó una municipalidad revolucionaria denominada comuna. Este movimiento se generalizó por todas las ciudades de Francia. Surgieron entonces comunas revolucionarias como hongos y se organizaron las milicias de los burgueses, obreros, campesinos, eran los sanz-culottes.
Este curso de los acontecimientos provocó la primera emigración de la nobleza. El Conde de Artois, hermano de Luis XVI, instigador del golpe militar, huyó de Francia. Los nobles emigrados jugarían después un rol agudizador de los conflictos durante el proceso revolucionario, pues, desde el exterior, instigarían a las monarquías vecinas a intervenir militarmente contra la revolución
La agitación se extendió por los campos y desencadenó allí la revolución agraria. Los aldeanos y campesinos se armaron y se lanzaron sobre los castillos de la nobleza para saquearlos y quemarlos; se negaron a seguir pagando los derechos feudales. De este modo se destruyó el régimen feudal.
La Asamblea consolidó todos estos hechos resolviendo la abolición de la servidumbre y de todos los derechos feudales. Por otro lado se abrogaron los privilegios de no tributación de la nobleza. El 27 de agosto se proclamaron los derechos del hombre (17 artículos) en los que se establecieron no sólo los derechos del ciudadano francés, sino que la declaración proclamaba su vigencia para “todos los hombres, en todos los tiempos y de todas las regiones”. En esta declaración se dice que todos los hombres nacen libres, tienen los mismos derechos y son iguales ante la ley. Se garantiza la libertad de opinión, el derecho a la propiedad, el derecho a la resistencia contra la opresión y la libertad de culto.
Nuevamente surgió el temor de una contrarrevolución ya que el Rey se negaba a aprobar la declaración. Además, la revolución como es natural había creado un caos económico, los campos ya no producían para las ciudades generando una galopante inflación, el presupuesto de la nación se encontraba en quiebra. Los rebeldes, en esta situación, se lanzaron sobre Versalles y obligaron al Rey a firmar la declaración y a trasladarse y radicar en Paris.
La Asamblea comenzó nuevamente a sesionar y, esta ves, tuvo que tratar los problemas económicos para enfrentar la crisis. De este modo se nacionalizaron los bienes del clero, principalmente las tierras que estaban evaluadas en 3 mil millones de francos. Una buena parte de estas tierras fue entregada a los campesinos. Por otro lado, se promulgo la ley civil del clero. Según este nuevo instrumento legal, la iglesia fue colocada bajo el dominio del estado. Los sacerdotes y obispos serían, en adelante, elegidos por el pueblo por voto universal. Se anulaba así la intervención del Papa, lo que produjo una ruptura de relaciones con el mismo.
Estas medidas decidieron al rey, profundamente católico, a romper con la revolución y huir de Francia, hacia las tierras alemanas del Rin, a fin de lograr apoyo en el extranjero que le permitiese “restaurar su poder y acabar con los facciosos”.
En junio de 1791, el Rey consiguió escapar de Paris con toda su corte, pero no alcanzó a llegar a la frontera. Fue detenido en la localidad de Varennes y fue llevado nuevamente a Paris.
Este paso en falso del Rey produjo la indignación popular y una serie de disturbios. El grupo más exaltado de revolucionarios, encabezados por el célebre Dantón exigió la instauración de la República.
Sin embargo, la Asamblea se abocó simplemente a limitar los poderes del rey, pero todavía no a suprimir la Monarquía. En septiembre de ese mismo año, el Rey aceptó la constitución y juró acatarla. Esta constitución dividió el poder en ejecutivo (ejercido por el Rey), legislativo (constituido por una asamblea unicamaral con 475 diputados) y el judicial (desempeñado por jueces elegidos por el pueblo).
4. La segunda Revolución y el estallido de la guerra.
La monarquía constitucional tuvo corta duración. La revolución francesa había preocupado de sobremanera a las demás monarquías europeas, que veían con pavor el ejemplo de Francia. Por otro lado, Prusia comenzó a ver la revolución como una excusa excelente para invadir Francia y así extender su reino.
En Francia, las amenazas de la intervención externa se sentían como inminentes y los revolucionarios decidieron tomar la iniciativa. En abril de 1792, Luis XVI bajo presiones de la Asamblea dominada por girondinos y jacobinos –radicales revolucionarios- se vio obligado a declarar la guerra a Austria y de este modo, la revolución se convirtió en conflicto internacional.
En el trasfondo de la declaratoria de guerra están las necesidades de la burguesía francesa, una vez consolidada en el poder político, de apoderarse de Bélgica que constituye el puerto de entrada al continente para las mercaderías inglesas. La competencia de ellas es mortal para la naciente industria francesa y, por ello, debe ponerle un freno. Sin embargo, la arremetida francesa contra Bélgica implica una guerra contra Austria, puesto que en ese momento Bélgica es gobernada por los austriacos. De este modo, las contradicciones políticas de los revolucionarios franceses con el resto de las monarquías europeas se conjugaron con las contradicciones económicas de la burguesía francesa con la burguesía inglesa. La revolución se había convertido en un conflicto internacional de proporciones aún no sospechadas.
Unas primeras derrotas en esta guerra obligaron a la Asamblea a disponer el licenciamiento de una parte de la guardia real, que era vista con mucho recelo por la Asamblea, además de deportar a sacerdotes refractarios. Para defender la revolución de la amenaza externa se decretó la Leva Masa, con la que se pudo conformar un enorme ejército de 700 mil personas.
Entonces, Prusia se plegó a Austria y con sus ejércitos unidos invadieron Francia. Los invasores aducían que querían liberar al rey y su familia del cautiverio en que los tenían los revolucionarios. Esto fue considerado una prueba de la complicidad del rey con los invasores y en agosto de 1792 estalló la segunda Revolución. El rey fue suspendido, cesando la vigencia de la monarquía, y se nombró un Consejo Ejecutivo Provisional, encargado del ejecutivo, al mando de Dantón, jefe del nuevo gobierno. De hecho se había abolido la Monarquía e instaurado la República.
En esta situación se procedió a la elección de una nueva Convención, por sufragio universal, para revisar la Constitución. Se formaron además comités de “Salud pública” (“salud” entendida en el sentido más amplio que se le puede dar al término.) Entonces se desató el Gran Terror. Grandes multitudes marcharon por Paris cantando la marsellesa, destruyendo todos los símbolos de la monarquía. Se inició una caza de brujas contra todos aquellos a los que se consideraba que tenían algo que ver con los planes contrarrevolucionarios de la nobleza y el Rey o con la intervención extranjera. También fueron perseguidos y ajusticiados aquellos que, a juicio de los revolucionarios, desempeñaban actividades contrarrevolucionarias acaparando productos, provocando escasez de alimentos o subiendo los precios de productos quebrando la prohibición que existía para ese efecto. Entre el 2 y el 6 de septiembre se desencadenaron matanzas de más de un millar de personas que fueron llevadas a la guillotina sin previo juicio.
Estas matanzas comenzaron a ahondar las discrepancias entre girondinos (que deseaban parar las matanzas) y jacobinos (que se negaban a detenerlas).
El 20 de septiembre, el ejército revolucionario francés derrotó a los prusianos en Valmy, salvando de este modo a la revolución.
Paralelamente, la Convención, que había iniciado sus deliberaciones, abolió la Monarquía y proclamó la República formalmente. Al día siguiente de este acto, todos los hechos se fecharían a partir del año I de la República, implantándose el calendario revolucionario.
En diciembre de 1792 se inició un proceso a Luis XVI. Acusado de traición fue condenado a morir en la guillotina. Pronto le seguiría su esposa, María Antonieta.-
La ejecución de Luis XVI tuvo repercusiones fuertes especialmente, fuera de Francia. Provocó la defección del general Dumoriez, comandante del ejército francés, quién se entregó a los austriacos. Además se formó la primera coalición contra Francia integrada por Inglaterra, Austria, Prusia, Italia, Holanda y España.
5. Las contradicciones de la Revolución.
Para comprender el complejo carácter de la Revolución Francesa habrá que tener en mente la lógica de todo proceso revolucionario. Generalmente una revolución toma forma con una dualidad de poderes. Esto se debe a que el poder establecido se ve retado por un nuevo poder emergente, pero todavía no establecido completamente. Esta dualidad de poderes implica la lucha a muerte entre ellos y termina con la disolución de uno de los dos. Si el poder establecido destruye al emergente, la revolución habrá fracasado. Si, por el contrario, el poder emergente derrota al establecido, entonces la revolución se habrá consumado. En la revolución francesa se puede ver claramente esa dualidad de poderes entre el poder del rey y el poder de la Asamblea de los estados generales. Esta lucha de poderes llegará a su fin con la ejecución de Luis XVI. Sin embargo, la revolución se complicará por el efecto de una nueva dualidad de poderes. Esto se produjo debido a que los intelectuales de la revolución, hombres de la burguesía, habían generado fuerza recurriendo a los sectores más empobrecidos, pero mayoritarios de la población (obreros, campesinos, artesanos). Para ganarlos a su lucha, les habían repetido una y otra vez que el poder legítimo emanaba del pueblo, como lo habían sostenido los filósofos de la ilustración, y no de Dios, como lo había sostenido el rey. La interpretación que la burguesía daba a este principio era diferente de la interpretación que daban los sectores trabajadores de la sociedad. Para la burguesía el principio de la soberanía popular (es decir, el poder legítimo emana del pueblo) tomaba cuerpo en la asamblea que efectivamente había sido elegida por el pueblo. Se trata de la democracia representativa cuyo fundamento consiste en el hecho de que el pueblo no puede gobernar directamente, entonces a nombre de él, lo hacen sus representantes. Por su parte, los sectores populares tenían la tendencia de interpretar el principio de la soberanía popular de modo mucho más concreto. En el curso del proceso revolucionario, no solo habían elegido a sus representantes para la Asamblea, sino que habían conformado sus comunas revolucionarias y mediante sus asambleas de base, ellos mismos no sólo decidían las medidas a aplicarse, sino que también las ejecutaban mediante sus fuerzas paramilitarizadas de Sans-culottes. De este modo, habían arrebatado las tierras a la nobleza, habían tomado presos, castigado y hasta ejecutado a los reaccionarios e incluso muchas de las disposiciones de la Asamblea habían sido impuestas por la iniciativa y presión de las masas movilizadas. Por ello, la soberanía popular, para estos sectores, implicaba la democracia directa, eso quiere decir que el mismo pueblo gobernaba. Este fue el origen de la nueva dualidad de poderes que surgió cuando el rey fue ejecutado: Por un lado, la Asamblea que reunía en su seno predominantemente a los representantes de la burguesía y, por otro lado, las comunas revolucionarias compuestas principalmente por trabajadores y otros sectores populares. Cuando el rey murió, emergieron las contradicciones entre la Asamblea, que habiendo ya cumplido su cometido de instaurar a la burguesía en el poder, sólo buscaba estabilizar la situación, y las comunas revolucionarias que tenían la necesidad de lograr otras conquistas. Fue indudablemente la guerra la que saco a la luz esta contradicción[2]. Volvamos a la cronología de los hechos para ilustrar esta nueva contradicción.
Cuando la revolución se tornó en guerra internacional y se vio amenazada, la burguesía en el poder ideó el modo de financiarla de la manera más sui generis que se pudo imaginar y que le daría un nuevo curso a la revolución. Se pensó que los bienes arrebatados a la nobleza y al clero debían servir para financiar la guerra. El único problema radicaba en convertir esas riquezas en dinero líquido. Entonces se ideó emitir circulante, con el supuesto respaldo de esos bienes que fueron nacionalizados. De este modo, los bienes serían vendidos y el circulante retornaría al fisco para ser anulado[3].
La maniobra económica tuvo el efecto de la polarización económica. Por un lado, la burguesía detentadora de recursos pudo comprar los bienes a precios muy bajos y de este modo concentró riquezas como nunca antes. Por otro lado, la emisión de circulante causó una terrible espiral inflacionaria que devaluó enormemente la moneda afectando terriblemente la economía de los sectores proletarios, campesinos, clase media baja, etc.
Con la inflación vino la escasez de productos y consiguientemente el hambre en los sectores más depauperados de la población. La gente no encontraba comida para comprar y cuando al fin lo hacía, los precios eran astronómicos.
Esta situación tendría naturalmente efectos políticos. La población comenzó a protestar por la crisis económica y, pronto se desataron terribles movilizaciones exigiendo detener el alza de precios mediante decretos y leyes que fueran respaldados mediante la coacción. La burguesía, representada en la Asamblea, se negaba a ejecutar dichas demandas debido a que existían muchos miembros del tercer estado que estaban haciendo jugosísimas ganancias mediante la especulación.
La situación se tornó empero peligrosa desde el momento en que un grupo de agitadores, a la cabeza de Jacques Roux, llamados enragés (rabiosos), se pusieron a la vanguardia del movimiento de protesta y amenazaron con desatar otra insurrección si es que la Asamblea no decretaba las medidas que pedía el pueblo para controlar el alza de precios.
Este fue el principal motivo de la separación entre girondinos y jacobinos. Los jacobinos decidieron ceder ante las demandas de los sanz cullotes, mientras que los girondinos se negaban a hacerlo. Esta contradicción fue agudizada con la defección del General Dumoriez en la guerra que simpatizaba con los girondinos. Entonces se identificó a los girondinos con la contrarrevolución y los enemigos extranjeros. De este modo, los girondinos fueron expulsados de la Asamblea, dejándola en poder de los jacobinos. Conforme la guerra se agudizaba y la inflación hacía estragos en la población, las purgas contra girondinos se convirtieron en una terrible caza de brujas que llevó a muchos de ellos a la guillotina. “Libertad, cuantos crímenes se cometen en tu nombre”[4], dijo uno de ellos al morir.
Por otro lado, la Asamblea accedió a fijar precios máximos a los productos de primera necesidad y sancionar a los acaparadores. Se conformaron escuadrones de sanz cullotes que inspeccionaban los almacenes y casas de los comerciantes e imponían terribles castigos, incluyendo la muerte en la guillotina a aquellos que se los descubría acaparando mercancías. Se desató el terror, las denuncias contra los acaparadores abundaron y las requisiciones de los sans cullotes se generalizaron por todas partes llevando a la muerte a quienes infringían las nuevas disposiciones.
Otro componente de la situación que arreció el terror fueron las sublevaciones de sectores conservadores adherentes del régimen antiguo que llegaron incluso hasta tomar el control de algunas ciudades como la de Lyon. La respuesta del gobierno revolucionario encarnado en el comité de Salvación Pública fue tan terrible que, sobre las ruinas de la ciudad una vez recapturada por las fuerzas revolucionarias, se levantó una columna con la inscripción : “Lyon combatió contra la libertad, Lyon dejó de existir”[5].
Paralelamente a este proceso se inició la campaña de la descristianización. La Iglesia había sido durante siglos una de las instituciones más representativas del antiguo régimen. La inmensa cantidad de tierras que detentaba, así como las riquezas que acumulaba con los impuestos eclesiásticos la convirtieron, cuando estalló la revolución, en uno de los principales objetivos a ser destruidos por los revolucionarios. Hasta este momento sólo se había expropiado sus bienes; la crisis económica llevó a los sectores radicalizados de la revolución a estrellar su furia contra ella. Se comenzó sosteniendo que para garantizar la libertad de cultos, los oficios religiosos sólo debían realizarse dentro de las iglesias, luego se expropio iglesias para asignarlas a funciones públicas como mercados, salones de reuniones, etc. Se continuó negándoseles el sueldo que el estado había asumido luego de que tomara para sí el diezmo eclesiástico. Posteriormente se les prohibió ejercer cualquier otra profesión mientras fueran religiosos, un modo de obligarlos a renunciar a su condición de curas. Finalmente, en las zonas más radicalizadas se terminó por asaltar las iglesias y quemarlas después del saqueo correspondiente. Fue otro de los componentes del terror que reinó por aquellos momentos.
Las víctimas del terror en el aplastamiento de la contrarrevolución, en las medidas para controlar el alza de precios y el acaparamiento y en la campaña de descristianización se han calculado en 40 mil. “Hay que organizar el despotismo de la libertad, para aplastar el despotismo de los reyes”, diría Robespierre intentando justificar el terror desatado.
Al cabo de un tiempo la economía fuertemente dirigida por las medidas de control de precios y los éxitos militares en el exterior tendieron a estabilizar la situación. Ya no había tanto riesgo de una seria derrota en la guerra con las potencias extranjeras y el peligro de insurrección popular por la carestía de bienes se había diluido. Entonces, en el comité de salvación pública se consideró que había llegado el momento de liberalizar la economía y permitir el libre juego de las fuerzas del mercado para la formación de precios tal como lo establecía la doctrina económica liberal que tantos adeptos tenía entre la Asamblea principalmente compuesta por burgueses.
De este modo, el relajamiento de las medidas de control de la economía desataron nuevamente la espiral inflacionaria generando protestas en los sectores populares. Esta vez la convulsión tomó la forma de huelgas y paros entre los sectores proletarios de la población, especialmente entre los obreros de las fábricas de armas. Los jacobinos se dividieron en dos facciones claramente identificadas. Por un lado los cordeliers, liderizados por Hebert, que consideraban que se debía retornar a la economía controlada para detener, por la fuerza, el alza de los precios y reprimir fuertemente a los acaparadores. Por otro lado, Danton y sus seguidores, llamados los indulgentes, consideraban que debía pararse la matanza en el interior y llegar a un acuerdo con los enemigos en el exterior para arribar a una paz concertada.
Este fue el momento cúspide de uno de los personajes más célebres de la Revolución, Maximilian Robespierre. Se apoyó el los indulgentes para derrotar a los cordeliers y llevarlos al cadalso. Como ellos instigaban los paros no fue difícil acusarlos de estar confabulados con los enemigos en el exterior. Cuando los cordeliers hubieron desaparecido, los dantonistas quisieron tomar la hegemonía de la situación. Pero, la burguesía todavía no estaba preparada para la paz, puesto que los triunfos en la guerra anunciaban la posibilidad de conquistas con beneficios económicos atrayentes. Entonces, Robespierre mandó a Danton y a sus hombres a la guillotina, pues se los acusaba también de traición. “Arrastro con migo a Robespierre, Robespierre me seguirá” dijo proféticamente Danton al morir.
La caída de los hebertistas, por un lado, y los dantonistas, por el otro, se ha llamado en la historia de la Revolución francesa, “la caída de las facciones”. Este proceso dejó a Robespierre como al hombre fuerte de la revolución. Su enaltecida posición sería efímera, sin embargo. El mismo abrió el camino que lo llevaría al cadalso. Había pensado Robespierre que la campaña de descristianización generó un nuevo fanatismo y que la desaparición de la religión no era buena para la sociedad, pues se eliminaba uno de los fundamentos básicos de la cohesión social y de la moral. Por eso inició otra campaña en contra de los descristianizadores, intentando revitalizar las creencias religiosas bajo nuevos parámetros. Se trataba de hacer a un lado efectivamente la institucionalidad eclesiástica de la religión católica y sus prácticas supersiticiosas, pero a la vez realzar la creencia en el ser supremo. Organizó una ceremonia en la que se inauguraba la nueva modalidad religiosa y en la que él mismo adquiría un rol protagónico al presentarse como una especie de sacerdote.
A esta altura de los acontecimientos, Robespìerre se había hecho de muchos enemigos. Todos habían presenciado como llevó a la muerte a los que poco antes eran sus aliados. Por eso todos desconfiaban de él a la vez de temerle. Por primera vez, izquierdas y derechas se aliaron para eliminarlo. Se sabía que también Robespierre había tratado de tomar contacto con los enemigos de la Revolución en el exterior para llegar a una paz concertada y eso era algo que la burguesía francesa no estaba dispuesta a tolerarlo, porque las victorias de sus ejércitos auguraban futuras conquistas. Se lo acusó que haber sido el responsable de la gran matanza que hubo con el terror y de intentar convertirse en un dictador. De este modo la profecía de Danton se cumplía en julio de 1794, cuando Robespierre moría en la guillotina poniendo fin a la época del terror. La caída de Robespierre se conoce con el nombre del Termidor, pues fue en ese mes que se lo ajustició. A partir de entonces el término ha adquirido la acepción de un contragolpe de las fuerzas contrarrevolucionarias.
La Convención se apresuró en formular una nueva Constitución republicana y moderada, aprobada en 1795, año III de la República. Se creó un poder ejecutivo, confiado a un Directorio de 5 miembros, un poder legislativo de dos cámaras (la de los 500 y la de los ancianos). Se disolvieron todos los comités revolucionarios y el gobierno tomo control de las comunas. Se prohibió además a los sans culottes organizarse en sus asociaciones. La economía fue liberalizada y la hiperinflación nuevamente desató su furia sobre los sectores populares de la sociedad. Las consecuentes rebeliones se tornaron en una verdadera insurrección el año 1795. Sin embargo, el gobierno directorial ya tenía organizado un fuerte ejército en el interior de la República y pudo someterlas ahogándolas en sangre.
Finalmente se abolió el voto universal y se introdujo el voto censatario donde sólo los propietarios tenían derecho al voto. La revolución burguesa había triunfado.
La república directorial se sostuvo, adoptando la forma de gobierno de un consulado gracias a los éxitos en materia militar en el exterior con los triunfos de un emergente genio militar, Napoleón Bonaparte.
Sucesivas victorias militares, como la campaña contra Austria, dieron a Napoleón el prestigio suficiente para dar un Golpe de Estado y poner fin con el consulado. Era el 18 brumario del año VII de la república (1799).
BIBLIOGRAFÍA
- Jean–Pierre Bois. La Revolución Francesa.
- Daniel Guérin. La lucha de clases en el apogeo de la Revolución Francesa, 1793-1795.
[1] La Francia pre-revolucionaria es una sociedad estamental compuesta por tres estados: El primer estado es la nobleza, el segundo es el clero, el tercero, los demás.
[2] Esta interpretación de la Revolución Francesa pertenece a Daniel Guérin expuesta en su magnífica obra :”Lucha de clases en el apogeo de la Revolución Francesa. 1793-1795”. Págs. 9-33.
[3] Guérin, Daniel. Op. Cit. P. 45.
[4] Bois, Jean Pierre. “La Revolución Francesa”. Pag. 118.
[5] Guérin, Daniel. Op. Cit. Pag. 189.
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