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Blog de Carlos Echazú C.

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LA REVOLUCIÓN MEXICANA

 

La revolución mexicana constituye un proceso histórico de importancia capital para toda Latinoamérica, debido a que en la sociedad mexicana se habían exacerbado las dificultades típicas de los países de la región y, por lo tanto, el proceso de transformaciones emprendido por los revolucionarios en este país serán inspiradores para todo el continente. Por este motivo, la revolución mexicana será un verdadero clásico en la historia de las luchas sociales latinoamericanas.

 

  1. Antecedentes.

 

México era, en 1910, el país de las enormes diferencias sociales. En toda Latinoamérica había haciendas, pero acá, la hacienda es realmente ostentosa. Su extensión puede alcanzar varios cientos de miles de hectáreas. Sus dueños necesitan varias horas, sino días, para recorrerla a caballo de extremo a extremo. En la parte más bonita de la hacienda, denominada el casco, se encuentra la mansión del patrón, que se asemeja a un verdadero castillo. La casona no solo cuenta con los servicios básicos, en cualquier rincón del país que se encuentre, sino que también tiene los últimos lujos que se puede uno imaginar. Cerca de la casa del patrón se encuentra la casa de administrador, bastante más modesta, pero en relación a las de los peones, será una casa muy acomodada. Durante algún tiempo ambas casas estuvieron protegidas por paredes de concreto bastante elevadas para protegerlas de las rebeliones campesinas que se hicieron comunes durante la segunda mitad del siglo XIX.

Un poco más lejos está la tienda de raya. Se trata de un almacén, naturalmente propiedad del patrón, que provee de víveres a los peones. Como la paga es en especie, el sueldo proviene de la tienda de raya. Los precios de los productos son mucho más caros en las tiendas de raya de los hacendados y eso se debe básicamente a que es la simple voluntad del patrón. Esto implica que el patrón puede rebajar el sueldo del peón subiendo los precios a sus productos simplemente. La hacienda cuenta también con una Iglesia en la que el cura, muy amigo del patrón, enseña a los peones la obediencia a las autoridades y a los amos, puesto que una vida abnegada y trabajadora en el mundo terrenal traerá como premio la entrada en el cielo. Si las recomendaciones del cura no fueran suficientes, la hacienda cuenta también con una cárcel, en la que se encierra a los peones que no han cumplido con sus obligaciones o han tenido una conducta reprochable. Finalmente, más allá de los potreros, los corrales y los campos de cultivo, los peones tienen sus casas. Se trata de cuartos en los que toda la familia del peón duerme, cocina, come. Son casas muy rústicas, generalmente con pisos de tierra y paredes de adobes, que carecen de ventanas y a veces hasta de puertas (solo huecos por donde entrar). Las casas de los peones se amontonan formando una especie de aldea miserable. Allí no hay luz eléctrica, ni agua potable.

 

Pese a que el peón vive de la forma más humilde que se pueda uno imaginar y que trabaja desde que sale el sol hasta que se entra, él siempre está endeudado al patrón, puesto que ha pedido de la tienda de raya algún otro producto más allá de lo que cubría su salario. Una vez endeudado, está condenado a continuar su miserable vida en la hacienda hasta que pueda pagar su deuda, cosa muy improbable. De la deuda no lo salvará ni la muerte, pues la heredará su prole.

 

Lo desesperante de esta situación en el México de 1910, es que estas condiciones socio-económicas lejos de tender a transformarse, iban más bien fortaleciéndose según pasaba el tiempo. Durante las últimas décadas del siglo XIX se habían intentado reformas para posibilitar una distribución más justa de la tierra. Irónicamente, las reformas habían resultado exactamente en lo contrario de lo que se pretendió. De esta manera, La nacionalización de los bienes del clero (en su tiempo, el principal terrateniente de todo México) había sido dispuesta con una indemnización por parte del comprador. De este modo, la tierra pasó de manos del clero a manos de otro acaparador de tierras, puesto que nadie más tenía la posibilidad de realizar dicha compra. Luego se intentó implementar una ley de Colonización, con la pretensión de atraer a colonizadores extranjeros, como si no hubiera gente nativa. Para este efecto, se organizaron Compañías deslindadoras que debían demarcar tierras baldías para la dotación de tierras. Como compensación, por su trabajo se les adjudicaría una tercera parte de las tierras deslindadas. El resultado de esta política fue que las compañías deslindaron dolosamente tierras de comunidades campesinas y además, se convirtieron en nuevos acaparadoras de tierras por la compensación exageradamente magnánima que se les dio. Para comienzos de siglo, las compañías habían acumulado un total de 47 millones de hectáreas. En conclusión, todo lo que se hacía resultaba inevitablemente en una mayor concentración de tierras.

 

Con seguridad, el problema de la inequitativa distribución de tierras y el sistema hacendatario resultante eran la verdadera llaga que desangraba a México. Sin embargo, no era el único problema. Los sectores dinámicos de la economía, el petróleo, los ferrocarriles, el comercio exterior, la banca estaban en manos de empresas extranjeras. Una gruesa parte de los excedentes producidos en estas actividades eran repatriados hacia Estados Unidos, Alemania, Francia e Inglaterra, dejando a México una menor parte con la que no se podía emprender ninguna inversión pública significativa. De este modo, se habían formado economías de enclave que succionaban a México sus recursos vitales, sin la posibilidad de que se pudiera generar desarrollo alguno.

 

En el ámbito social, México -como todas las sociedades latinoamericanas- era una sociedad de castas, heredera de la colonia. En el bote de la pirámide social, la inmensa mayoría nativa que vivía fundamentalmente en el campo como fuerza de trabajo de las haciendas. En las ciudades, estaban los mestizos en profesiones libres o como empleados en instituciones públicas y/o privadas. La casta criolla blanca se ubicaba en los cargos jerárquicos del estado o, sino hacendados, viviendo larvariamente en las ciudades del trabajo de sus peones. Es una sociedad profundamente racista que desprecia no sólo a los nativos, sino a toda la cultura originaria y, en cambio, vive admirando a las metrópolis de Europa y Estados Unidos, deseando asimilarse a esa cultura de todos los modos posibles.

 

En términos políticos, México vive una dictadura, que intenta presentarse como una democracia. Su presidente es Porfirio Díaz, un general octogenario que participó en la guerra que los mexicanos emprendieron contra Francia, cuando esta potencia intentó someterlos en la segunda mitad del siglo XIX. En 1910 concluía su sexta gestión a la que fue reelegido de forma manipulada y fraudulenta consecutivamente. Durante 30 años como presidente de México había alcanzado a generar las adherencias necesarias de los grupos de poder económico, tanto nacionales como extranjeros, de tal modo que nadie amenazaba su poder. Formalmente, estaban en vigencia todas las reglas del juego democrático, sin embargo, nadie osaba criticar al presidente por temor a la represión de su policía que acusaba de subversión a quién lo intentara. Por otro lado, se había desarrollado una capa de aduladores del presidente que en los periódicos importantes del país lo halagaban hasta el extremos ridículos, con el sólo objeto de ganarse su buena voluntad.

 

Este fue el contexto general, en el que se produciría una de las revoluciones más profundas de la historia universal.

 

  1. El detonante.

 

Porfirio Díaz había dicho inicialmente que ya no se presentaría a una séptima reelección en 1910, lo que comenzó a generar iniciativas por parte de la clase acomodada para organizar el recambio del dictador. Sin embargo, no se encontraba a la persona indicada para el reemplazo, así que el Porfirio Díaz fue convencido para continuar en el poder mediante una nueva reelección (la séptima).

 

En ese ínterin, apareció a la luz pública Francisco I. Madero, un personaje desconocido hasta ese entonces que, tras haber publicado un libro en el que se cuestionaba el sistema democrático en México por las continuas reelecciones del general Díaz, lanzó su candidatura a la presidencia de la República conformando el Partido Anti-reeleccionista en clara disputa al dictador. En un comienzo no se tomó en serio al repentino aspirante a la presidencia y como se consideraba que no tendría oportunidad alguna de vencer al aparato re-eleccionista de Porfirio Díaz se le permitió llevar adelante su campaña electoral. Conforme la campaña electoral avanzaba, Madero y su Partido Anti-reeleccionista convocaban cada vez a mas personas a sus actos proselitistas hasta convertirse en verdaderas concentraciones de masas.

 

Madero, en ese momento, ya era una amenaza para Díaz que se mostraba cada vez más irritado con los discursos encendidos de Madero que entusiasmaban al pueblo. La campaña electoral se tornó entonces violenta y varios agitadores maderistas fueron encarcelados por “subvertir el orden público”, hasta que le llegó el turno al propio Madero en Monterrey donde fue detenido. De este modo, se realizaron las elecciones en las que, una vez más resultó ganador, el general Díaz. De nada sirvieron las impugnaciones realizadas por el Partido Anti-reeleccionista en las que se demostraban fehacientemente las irregularidades cometidas para dar la victoria al general.

 

Entonces, Madero escapó de su prisión en San Luís (a donde se lo había llevado) y antes de partir hacia su destierro, hizo público su célebre Plan de San Luís el 5 de octubre.

 

El Plan de San Luís, documento histórico que daría inicio a la revolución mexicana, denunciaba el fraude cometido en las elecciones y declaraba nula la elección de Porfirio Díaz. Llamaba a la población mexicana a sublevarse contra la dictadura e incluso daba fecha (el 20 de noviembre) para el inicio del levantamiento armado. Adicionalmente declaraba la necesidad de restituir a los propietarios originales sus tierras usurpadas por los acaparadores de tierras y el régimen de P. Díaz.

 

El documento había tocado la misma médula del problema pues relacionaba el régimen político con la usurpación de las tierras. Los acontecimientos posteriores demostrarían que Francisco Madero no estaba plenamente conciente de esto, pero había encendido la llama que arrollaría todo el sistema. Lo importante en ese momento era que el documento mostraba nítidamente que ya no era posible una salida pacífica de la angustiante situación de México y que se hacía necesaria la revolución armada.

 

3. El estallido de la Revolución y la caída de Porfirio Díaz.

 

Cuando llegó la fecha indicada para la sublevación, naturalmente el régimen había tomado sus precauciones y movilizado a su ejército en las principales ciudades. No parecía en un primer momento haber tenido alguna repercusión el llamamiento del Plan de Madero. Pronto comenzaron, sin embargo, a llegar los informes de las primeras sublevaciones campesinas en Chihuahua, Coahuila, Yucatán. Porfirio Díaz había esperado una sublevación en las ciudades y por ese motivo, no había tomado medida alguna para evitar el brote de rebelión en el campo. Cuando su ejército llegó a los brotes de la insurrección, ya no era posible sofocarlas pues surgían como hongos en todos los puntos cardinales del inmenso territorio nacional. Muy pronto se sumaron a la revuelta manifestaciones de obreros en las ciudades, complicando aún más la situación para el régimen. En eso Madero entró a México (en febrero del año 1911) con un pequeño pero aguerrido ejército de voluntarios que se sumaron a su causa, ocasionando gran expectativa por todo el país.

 

Madero y sus huestes, después de duros combates con el ejército del régimen, tomaron ciudad Juárez, demostrando que sus fuerzas ya tenían posibilidades reales en la guerra que se había iniciado.

 

Ante el peligro que las acciones de Madero se conviertan en una guerra campesina generalizada, Porfirio Díaz, convencido por sus allegados terratenientes temerosos del posible curso de los acontecimientos, tuvo que ceder. Envió a sus emisarios para firmar un acuerdo con Madero.

 

El acuerdo implicaba la renuncia de Porfirio Díaz, así como la celebración de nuevas elecciones en el curso de ese mismo año. A cambio de eso, Madero se comprometió a desmovilizar a sus milicias y pacificar el país. El acuerdo no decía nada sobre la promesa de Madero de restituir las tierras a los campesinos.

 

Es precisamente en este momento que se puede apreciar que Madero, como terrateniente, no tenía interés en solucionar el problema de la tierra. Su promesa, inmersa en el plan de San Luís, no había sido más que una propuesta demagógica para encender la revuelta contra Porfirio Díaz. Muchos campesinos, que habían seguido entusiasmados a Madero, se sintieron naturalmente desilusionados. De este modo, si bien muchas de las milicias se desmovilizaron, otras continuaron en armas negándose a abandonar la lucha. Pero ya la guerra entró en un reflujo y las guerrillas campesinas que continuaron en pié de guerra tuvieron que retirarse a zonas alejadas de los centros neurálgicos del país.

 

Porfirio Díaz renunció el 25 de mayo concluyendo su largísimo régimen y México pudo entrar nuevamente en una etapa de proselitismo electoral que culminó con el triunfo de Madero que se posesionó como nuevo presidente en noviembre de 1911.

 

4. El régimen de Madero y la traición de Huerta.

 

México no volvería, sin embargo, a ser el mismo de antes. La revuelta contra el porfiriato había generado guerrillas campesinas que no estaban ya dispuestas a continuar tolerando el injusto sistema de haciendas y la acaparamiento de tierras. De este modo, los grupos guerrilleros que se habían negado a levantar la lucha arrecieron su actividad armada en clara muestra de su descontento.

 

Con la finalidad de llegar a un acuerdo con los campesinos alzados, el mismo presidente Madero fue a parlamentar con su líder, Emiliano Zapata, en la ciudad de Coautla. Le prometió entregar tierras a los campesinos, accediendo a sus pedidos. Como respuesta a la actitud del gobierno, Zapata ordenaba desmovilizar las milicias campesinas. No se sabe, a ciencia cierta, si Madero era sincero en sus promesas y si es que sabía y había ordenado él mismo, la represión del ejército a las huestes campesinas en proceso de desmovilización, mientras aún se realizaba la conferencia. Lo cierto es que el hecho fue tomado por los campesinos como una terrible burla de parte del gobierno. Pensaron que todo había sido un vil engaño para desarmarlos y reprimirlos[1].

 

Este hecho marcará el futuro de la revolución mexicana y explicará la conducta de Zapata en el futuro. Convocó nuevamente a sus seguidores y se reunieron en Villa Ayala, donde proclamaron el Plan de Ayala. En su documento declaran traidor a Madero e instan a su derrocamiento. Por otro lado, deciden comenzar la redistribución de tierras. Sostenían que no se trataba de esperar a que la revolución triunfe. La distribución de tierras tenía que ser realizada inmediatamente donde los rebeldes hubieran adquirido el control mediante su ejército campesino.

 

Este es el motivo fundamental por el cual la revolución mexicana se extendería todavía durante varios años más. Miles de campesinos se alzaban en armas y tomaban tierras en todos los confines del país. De esta manera, la lucha campesina contaba con simpatizantes y adherentes que, a la vez de combatir, comenzaban a producir en sus tierras constituyendo verdaderas zonas liberadas que servían de sustento económico a las guerrillas.

 

Por otro lado, en las ciudades comenzaron a manifestarse fuertes protestas y huelgas organizadas por el movimiento obrero que repudiaba a los intereses de las empresas extranjeras que monopolizaban sectores estratégicos de la economía, principalmente el petróleo. Así, la Revolución mexicana, además de su contenido agrario, incorporaba un sentimiento nacionalista producto del saqueo que experimentaba el país, además de demandas de carácter laboral y social propias de los trabajadores obreros de las industrias de las ciudades.

 

La situación se tornaba increíblemente complicada para el nuevo presidente. Había perdido paulatinamente el apoyo popular con el que nació su gobierno. Las luchas campesinas y las protestas obreras desestabilizaban su gobierno y los sectores conservadores, hacendados y empresarios extranjeros, comprendían que la situación política se desarrollaba hacia una transformación de la sociedad mucho más profunda que el simple cambio de gobernante. Por eso decidieron actuar. Por un lado, Estados Unidos, manifestaba su “preocupación porque fueran afectados los intereses de sus ciudadanos”, lo que significaba una clara advertencia de intervención en el conflicto. Por otro lado, los hacendados preocupados por la situación de sus haciendas, y los empresarios por la situación de sus industrias, incentivaron el complot contra Madero en el seno del ejército.

 

De este modo, los días del gobierno de Madero estaban contados. Se inició el golpe de estado militar al mando del general Félix Díaz ampliamente apoyado por Estados Unidos y Alemania.

 

Madero intentó una resistencia con algunas tropas del ejército que todavía le eran leales al mando de su jefe militar Victoriano Huerta. Los combates se extendieron durante diez días (del 9 al 18 de febrero de 1913) en la capital. Fueron combates terriblemente sangrientos y la historia de México los ha recogido con el nombre de la “decena trágica”.

 

Sin embargo, la suerte estaba ya echada para Madero. El General Huerta, leal hasta ese momento con el presidente, entró en negociaciones con los golpistas y traicionándolo puso sus efectivos al servicio de la revuelta derrocando a Madero y ungiéndose él mismo como nuevo presidente.

 

5. La restauración del poder de los conservadores.

 

El golpe de estado contra Madero resultó ser una restauración del porfiriato (aunque sin Porfirio Díaz), pues las fuerzas conservadores habían tomado nuevamente el control político en la capital del país. Esta vez la dictadura mostró su verdadero rostro anulando todo tipo de libertades democráticas formales, asesinando al expresidente Madero y disolviendo el parlamento. La represión contra las protestas y huelgas obreras se hizo patente apenas posesionado el nuevo dictador.

 

Sin embargo, la situación estaba muy lejos de estabilizarse. Las guerrillas campesinas, comprendiendo claramente que eran las fuerzas conservadoras que habían retomado el poder, arreciaron su actividad subversiva, principalmente en Morelos, al mando de Zapata que ya se perfilaba como uno de los líderes campesinos de mayor relevancia. La guerra campesina, conforme a lo proclamado por el plan de Ayala, había comenzado una revolución agraria en la que los campesinos guerrilleros distribuían tierras entre las comunidades e imponían impuestos a los hacendados. El dictador Huerta embistió ferozmente contra la rebelión campesina quemando y saqueando los pueblos indígenas con su ejército.

 

Por otro lado, al norte del país, se gestó otro terrible foco de oposición. El gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, se negó a reconocer a Huerta como nuevo gobernante y lanzó su Plan de Guadalupe. En esta nueva proclama, Carranza y sus adherentes se declaraban defensores de la Constitución, que había sido quebrantada por el golpe militar que hizo dictador a Huerta, y llamaron a la lucha armada para derrocar a la dictadura creando el ejército Constitucionalista. El plan de Guadalupe no incluía las reformas agrarias que eran requeridas por los campesinos. Sin embargo y pese a esto, Carranza logró adherencias de campesinos del norte del país, comandados por el célebre Pancho Villa, que constituyó la fracción radical del bando constitucionalista.

 

Esta nueva tendencia, dentro de la guerra civil mexicana, tenía sus claras divergencias internas. Esto puede ser claramente ilustrado mediante los factores externos que comenzaban a manifestarse en el conflicto. El gobierno de Estados Unidos que inicialmente había apoyado el golpe militar, pudo percibir desde muy temprano que la nueva dictadura, acosada por el norte y por el sur, no tenía posibilidades de mantenerse en el poder por mucho tiempo, así que comenzaron a apoyar económicamente al gobierno provisional que Carranza había instalado al norte del país. Naturalmente, preferían a Carranza antes que a Zapata que era mucho más radical.

 

6. Las potencias extranjeras en el conflicto.

 

Este posicionamiento de Estados Unidos muestra de manera muy nítida la injerencia extranjera en el conflicto mexicano. México era el tercer productor de petróleo en el mundo y tanto Estados Unidos como Inglaterra pugnaban por el control de esa producción y actuaban en contra de un caudillo cuando éste beneficiaba a la otra potencia. Así Inglaterra intentaba favorecer la permanencia en el poder de Huerta (que beneficiaba al empresario inglés Cowdray) y Estados Unidos intentaba desplazarlo del poder. Sin embargo, la primera guerra mundial estaba a punto de estallar en Europa e Inglaterra tuvo que apaciguar sus diferencias con Estados Unidos para tenerlo como aliado frente a Alemania. Los germanos, por su lado, favorecían a Huerta, pues éste respaldaba las inversiones alemanas en las plantaciones de café, el comercio exterior y la banca.

 

De este modo, las potencias imperialistas amenazaban constantemente con intervenir militarmente en el conflicto para poner fin a la “anarquía imperante” en México. Sólo las detenía el profundo sentimiento anti-imperialista vigente en el pueblo mexicano y, por eso los distintos caudillos no estaban de acuerdo con esa intervención.

 

Sin embargo, la tentación para intervenir fue demasiado grande para Estados Unidos y aprovechó la oportunidad cuando se produjo un incidente entre marinos estadounidenses y tropas de Huerta en Veracruz. Apenas las tropas estadounidenses habían desembarcado, se desataron fuertes manifestaciones contra la intervención norteamericana por todo el país.

 

Estados Unidos entonces, intentó apaciguar los ánimos proponiendo una mediación que implicaría la renuncia de Huerta y la conformación de un gobierno neutral y provisional.

 

Nadie estaba dispuesto, empero, a tolerar la intromisión de Estados Unidos. Ni Huerta, ni Carranza aceptaron la propuesta y Estados Unidos tuvieron que retirar sus tropas.

 

7. La caída de Huerta y las nuevas contradicciones.

 

Para el año 1914, la rebelión del ejército constitucionalista se había generalizado por varios puntos en el país. Durante los primeros meses ya se habían apoderado de Torreón y de San Luis; en mayo lo hicieron en Tepic y en junio, después de fuertes batallas, tomaron Zacatecas. Las fuerzas rebeldes avanzaban resueltamente sobre la ciudad de México[2]. Una de sus columnas, comandada por Pancho Villa, estaba ya en las puertas de la ciudad cuando recibió la orden de Carranza de retirarse para apoyar a otra de las columnas de su ejército. En realidad, Carranza no deseaba que sea Pancho Villa el que tomara la ciudad de México, puesto que era demasiado radical y deseaba evitar que tuviera influencia preponderante en la conformación del nuevo orden una vez que se derrocara a Huerta. De este modo, Carranza daba tiempo a su general Obregón para que tome la ciudad.

 

Villa comprendió que lo que intentaba Carranza era hacerlo a un lado y se negó a realizar la retirada, a lo que Carranza respondió suspendiéndole el suministro de municiones y demás pertrechos.

 

Esto disgustó naturalmente a los campesinos del ejército constitucionalista y, después de amagos serios entre las dos fracciones, llegaron a una acuerdo, el pacto de Torreón. Según este acuerdo, se debía combatir hasta hacer desaparecer al ejército federal de Huerta y substituirlo por el ejército constitucionalista. Villa aceptó que Carranza sea el nuevo presidente, dentro de un nuevo orden democrático, pero impuso su condición de jefe de la división del norte, además de una distribución de tierras a los campesinos.

 

De esta manera, ya solucionado el conflicto dentro de las filas del ejército constitucionalista, Huerta tuvo que renunciar (15 de julio de 1914) ante el inminente embate de sus opositores.

 

8. Constitucionalistas contra Convencionalistas.

 

El hecho de que las fuerzas constitucionalistas hubieran llegado a un momentáneo acuerdo, no significaba que todo estaba resuelto entre las fuerzas revolucionarias. Las guerrillas campesinas del sur de Emiliano Zapata habían tomado parte en la revuelta contra Huerta y también se encontraban cerca de la capital. Lo que perturbó, desde un comienzo, las relaciones entre las fuerzas revolucionarias es que los oficiales del ejército constitucionalista ya habían proclamado como presidente a Venustiano Carranza, dejando así a las fuerzas agraristas de Zapata, sin tener derecho a opinar sobre el asunto. Para evaluar la actitud de Zapata, en este momento, conviene recordar que el plan de Guadalupe de los constitucionalistas no contemplaba el problema agrario y, por otro lado, seguramente que también jugaron un rol en este momento, los recuerdos que Zapata tenía sobre la traición de Madero.

 

No podía pues Zapata aceptar de buen agrado la pretendida imposición de los constitucionalistas, así que desde un comienzo las relaciones se pusieron tensas e incluso llegaron a enfrentamientos.

 

A consecuencia de las susceptibilidades que se habían generado, Carranza convocó a una convención de las fuerzas revolucionarias para que trataran el problema del poder y de las políticas que éste debía ejecutar. También envió emisarios a Zapata para que intentaran llegar a un acuerdo con el líder campesino y para que éste se sumara a la Convención.

 

Las tratativas con Zapata fueron infructuosas, pues el líder agrarista requería que Carranza declara públicamente y por escrito su “sumisión total al Plan de Ayala”. Exigía que el acuerdo político de la Convención se sustentara, sin revisión alguna, en la letra del plan de Ayala y finalmente que, si es que Carranza era elegido presidente, éste tuviera a su lado un representante del mismo Zapata que supervisara y aprobara todas las políticas del gobierno, así como las designaciones de las autoridades[3]. Las exigencias de Zapata eran tales que Carranza no podía aceptarlas. Adujo que sus generales lo habían elegido líder para que implementara el plan de Guadalupe y no podía someterse a otro plan.

 

La convención se retiró a Aguas Calientes para deliberar en vista de los enfrentamientos que ya se habían diseminado cerca de la capital. Carranza, dejó su renuncia a la presidencia, por los cuestionamientos que se habían hecho, pero con la clara esperanza que sus generales pudieran lograr su nombramiento por la convención y se retiró momentáneamente de la escena. Zapata, que todavía se resistía a asistir, fue invitado esta vez por la misma convención y aunque tampoco asistió en persona, envió a sus delegados.

 

Las deliberaciones estaban condenadas a entrabarse. Los zapatistas se empecinaron en imponer el plan de Ayala e inicialmente le dieron a las discusiones de la convención una carácter programático. En cuanto a la formación de gobierno, Carranza fue resistido por los zapatistas y, esta vez también por los partidarios de Pancho Villa. Se llegó al acuerdo de que debería elegirse a una persona neutral en el conflicto que no fuera resistido por nadie y, de ese modo, se designó a Eulalio Gutiérrez.

 

El acuerdo fue frágil desde un comienzo. Carranza no estaba dispuesto a aceptarlo. Sus ejércitos se retiraron para emprender nuevamente la lucha. Se abría, de tal forma, una nueva pugna entre constitucionalistas y convencionalistas.

 

De este modo, se dio lugar a que los ejércitos de Villa y de Zapata entren en la ciudad de México e instalen el gobierno de la convención presidida por Eulalio Gutiérrez.

 

La presencia de los líderes campesinos en la ciudad capital fue célebre en la historia del país. La población citadina, prejuiciosa en cuanto a los ejércitos campesinos, había esperado ver a vándalos que saquearan la ciudad y abusaran de los pobladores. Concientes de estos prejuicios, los caudillos fueron lo suficientemente atinados como para prohibir a sus huestes realizar actos de saqueo y maltrato a la población. El espectáculo de ejércitos campesinos ocupando la ciudad, pero tímidos, respetuosos, hasta temerosos no fue sin embargo, algo más que anecdótico. En otras circunstancias, tal vez hubiera servido para lograr la adhesión de la población urbana a la causa de los campesinos. En ese momento, no podía ser así, porque Carranza ya se había ganado el apoyo de los obreros ofreciéndoles mejoras laborales, como jornada máxima de trabajo, salario mínimo y otras reivindicaciones. De este modo, se llegaron incluso a formar batallones rojos de trabajadores de la “Casa del Obrero Mundial” adheridos al ejército constitucionalista.  

 

A comienzos de 1915 las fuerzas de los constitucionalistas, que reconocían la presidencia de Carranza, al mando del general Obregón, se hicieron fuertes y desalojaron a los ejércitos campesinos convencionalistas de Villa y Zapata de la capital del país.

 

Los ejércitos constitucionalistas de Carranza pudieron hacerse fuertes, en ese momento, porque incluyeron en su plan de Guadalupe una reforma agraria y comenzaron a implementarla en algunos lugares del norte del país ganando apoyo campesino. Respaldaron además la formación de sindicatos, impusieron impuestos a la iglesia y a los comerciantes y otras reivindicaciones laborales (Jornada máxima de trabajo, salario mínimo) con lo que se ganaron a los obreros de “La Casa del Obrero Mundial” que era la principal central obrera, que con sus “batallones rojos” enfrentaron a los campesinos rebeldes, eliminando la posibilidad de una alianza de obreros y campesinos en el proceso revolucionario[4].

 

 9. Acción reformadora de Zapata en Morelos.

 

Mientras las fuerzas de Villa se enfrentaban a los constitucionalistas, Zapata y sus hombres se replegaron a su base en Morelos, al sur de México y profundizó la aplicación del plan de Ayala. De este modo, creó el Banco Nacional del Crédito Rural para apoyar económicamente a los pequeños productores y a las comunidades, fundó escuelas regionales de agricultura y estructuró una Fábrica Nacional de herramientas agrícolas. Por otro lado, las comisiones agrarias del ejército de Zapata deslindaban tierras y las repartían a los campesinos en cada vez más extensos territorios.

 

Para fines de 1915, las fuerzas constitucionalistas atacaron las bases zapatistas aplicando la técnica de las “Aldeas estratégicas” aniquilando a la población campesina de Morelos.

 

En esta situación, Zapata replegó sus tropas para iniciar una guerra de guerrillas y recién a fines de 1916, las tropas constitucionalistas se retiraron del sur de México totalmente desgastadas y Zapata pudo reiniciar la recuperación de sus terrenos que habían sido destruidos por las guerra.

 

10. El fin de la Revolución.

 

La guerra entre villistas y Constitucionalistas en el norte continuó a lo largo de 1916. Al fin, Carranza entró a un acuerdo con Estados Unidos, según el cual los constitucionalistas se comprometían a respetar la propiedad privada y la vida de los ciudadanos norteamericanos, amnistía general, libertad de cultos y solución del problema agrario sin expropiaciones. Entonces Carranza pudo obtener ayuda incondicional de Estados Unidos para su lucha contra Villa.

 

Estados Unidos encontró pretexto para su intervención, cuando campesinos villistas fusilaron a 18 ingenieros estadounidenses que viajaban en un tren tomado por Villa y además el hecho de que Villa había penetrado en el poblado de Columbus en Estados Unidos en busca de carrancistas que tenían paso libre por ese territorio.

 

El comandante Pershing del ejército norteamericano entró en más de 500 kilómetros con 6 mil hombres persiguiendo a Villa. Un clima nacionalista y anti-norteamericano se alzó por todo México y Carranza exigió a Estados Unidos que retire sus tropas y abandone el territorio mexicano. (incluso hubo algunos choques entre fuerzas carrancistas y soldados estadounidenses).

 

En este momento existió el peligro inminente de una intervención militar estadounidense en gran escala (El presidente Wilson había ya convocado al congreso para solicitar su autorización). Sin embargo, Estados Unidos estaba ya al borde de entrar en la primera guerra mundial y naturalmente no deseaba abrirse otra guerra al sur de sus fronteras. Los contingentes norteamericanos abandonaron México en enero de 1917.

 

Los alemanes, por su parte, intentaban atar a Estados Unidos en una guerra en México para impedir su intervención en la guerra europea. Con este propósito instaron a Carranza a una alianza con Alemania, ofreciéndole que si ganaban la guerra le devolverían Texas, Arizona y Nuevo México. Carranza no se dejó atraer por la oferta alemana y declaró su neutralidad en la guerra mundial.

 

Durante la guerra civil entre convencionalistas y constitucionalistas, Zapata denunció que los antiguos latifundistas del tiempo de Porfirio Díaz habían sido desplazados por los generales de Carranza.

 

Carranza, por su parte, luchaba contra los revolucionarios campesinos y se enfrentaba a los Estados Unidos declarando su independencia frente a ellos y a la inversión extranjera.

 

En febrero de 1917, Carranza logró ganar ventaja en la correlación de fuerzas y tomó ciudad de México. Se hizo elegir Presidente y promulgó la constitución de Queretaro. Mientras tanto Villa y Zapata, bastante reducidos en fuerzas, continuaron peleando hasta que Zapata fuera asesinado en 1919 y Villa depuso las armas en 1920. Pese a que Estados Unidos desconoció al gobierno de Carranza, éste pudo estabilizarse en el poder.

 

Con la promulgación de la Constitución de Queretaro, muchos historiadores dan por terminada la Revolución Méxicana, puesto que es el legado que esta célebre revolución dejaría a la posteridad.

 

En esta constitución se declara el derecho de los campesinos a poseer tierras; se establece el derecho de la nación a expropiar el capital extranjero; se distingue entre propiedad del suelo y del subsuelo, anulando así el derecho de las propiedades extranjeras a explotar el petróleo mexicano; se declara el derecho a la sindicalización, se fija la jornada máxima de 8 horas diarias y se establece un régimen de seguridad social. Finalmente, se comenzaba a realizar un reparto de tierras a los campesinos, dando así inicio a la Reforma Agraria.

 



[1] Grigulevich Iósif. “Luchadores por la libertad de América”. Pág. 209.

[2] Silva Herzog, Jesús. “Breve Historia de la Revolución Mexicana”. Págs. 94, 94.

[3] Silva Herzog, Jesús. “Breve Historia de la Revolución Mexicana”. Págs. 182-189.

[4] Hamilton, Nora. “México: Los límites de la autonomía del Estado”. Pág. 66.

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Historia de América Latina

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