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El amor y el perdón

Cuando alguien habla de amor, solemos rápidamente asociar la idea al amor de pareja, a ese sentimiento que, impulsado por nuestro instinto más básico, nos lleva a encontrar un ser humano con quien compartir nuestra sexualidad y sus concomitantes de convivencia.

Pero ya sabemos, aunque nuestro subconciente nos tienda la trampa mencionada, que el amor es algo más que “eso” que nos une a nuestro/a media naranja. Es el sentimiento por excelencia, es aquél que nos vincula en tanto seres “sintientes”… pues no tiene nada que ver con las facultades de pensar, sino que más bien, éstas se acompasan a los vaivenes de lo que se siente.

Así, todos los seres son capaces de sentir. Todos son capaces de vincularse por el brote del corazón que les lleva a mirar con profunda misericordia y ternura… aunque el dueño de esa mirada se traslade en cuatro patas y sea peludo. Nadie que haya tenido una mascota puede dejar de coincidir conmigo en que son capaces del amor más bello y puro. Yo he podido ver el sufrimiento de la cotorrita macho de mis hijos cuando murió su compañera: el pobrecito no comió durante una semana y no volvió a cantar hasta que trascurrieron dos.

Nos es muy claro que todos amamos: cada uno a su manera, del modo que mejor puede, con todas las limitaciones y los errores de nuestras pequeñas miserias… pero amamos.

Aman los padres con amor cargado de esfuerzos y renuncias; aman los abuelos con la sabiduría de lo que realmente importa y lo que no; aman los jóvenes con ilusión de perfección; aman los adultos con conocimiento y aceptación; aman los niños con pureza; aman, todos los seres aman.

Y la cualidad que deviene del amor verdadero, del amor completo, es el perdón. Pues quien verdaderamente ama, perdona.

¿Quién de nosotros no se ha equivocado alguna vez? ¿Hay alguien que tal vez no haya necesitado ser perdonado por una falta u omisión involuntaria? ¿No hemos perdonado también cuando nos han herido ante una solicitud de perdón sincera?

Amor y perdón van de la mano. Quien ama, perdona sin duda alguna al ser amado por su error.

Pensemos, ¿tenemos tal vez un perdón pendiente que otorgar? Corramos a concederlo, porque el sentimiento de rencor en que se asienta nuestra negativa, es un bloqueo más para que el infinito amor que nos contiene transcurra por nuestra vida, impidiendo que se manifiesten sus muchas bendiciones.

¿Y la persona a quien no hemos perdonado? ¿No se nos ha ocurrido que sufre pensando en que su error ha sido tan grave que no merece ser perdonada? Le hemos quitado el bálsamo purificador de pedir perdón y poder corregir lo que ha hecho de manera incorrecta.

Viendo hacia el interior

Mirar a nuestro interior para respondernos estas preguntas es el juego que propongo. Ser capaces de afrontar las preguntas y respuestas de nuestra conciencia, de manera tal de lograr sanear nuestras relaciones interpersonales. Cuéntenme que han encontrado.

Y ahora, un regalo para todos, de la mano de nuestro común amigo Iván Salazar, o mejor Vancho, la tercera y última parte de:

EL VIAJERO III

Mirando por los ventanales, la lluvia no tenía sonido alguno; sólo el suave deslizarse por los vidrios.

-Boris, no sé qué hiciste; pero te agradezco, todo… lo que sea.

Boris miraba esa superficie de múltiples gotas; una de ellas rompía su inestable permanencia y comenzaba a deslizarse atropellando a otras más pequeñas que se sumaban a este juego de tobogán sin pasamanos ni camino predeterminado.

-Debo hacer algo; debo hacerlo, Boris. No puedo dejar a Rachel, allá; no puedo, hermano.- Un suave sollozo.

Boris entreabrió la ventana; un aire húmedo y frío. Giró el cuerpo hacia su hermano al tiempo que abría sus brazos; fue un abrazo único. Nunca había sentido realmente el cuerpo de su hermano; tenía un olor agradable. Nunca lo dejaría, nunca lo había amado con esa seguridad y conciencia que sentía mientras lo apretaba suave y firme.

-Hermano, llueve; cierra la ventana.

Boris cerró la ventana, apagando esa suerte de murmullo que provoca la lluvia sobre las cosas. El chirrido del timbre de casa les anunció que llegaba Juan; si te demoras un poco más me mojo hasta… la ropa interior. Disculpa, abrí en cuanto tocaste. -Sí, pero en cuanto toqué por tercera vez-, dijo Juan, riéndose.

-Hola, Cristian ¿Cómo te sientes?

-Bien. Me siento bien; quizás un poco débil… ¿Qué haremos? Digo ¿qué haremos con Rachel? ¿Cómo…?

-Lo haremos, Cristian, lo haremos. Te sientes débil seguramente por los días que estuviste sin alimento…

-Sí, pero ¿qué haremos? ¿cuándo lo haremos, Juan?

-Ahora; debemos actuar rápido… Pero, tú no podrás… creo que tú nos puedes ayudar desde aquí.

-¿Qué? ¡Cómo que yo no…!

-No puedes, Cristian. Estás muy débil.

-Sí, pero sólo mi cuerpo. Quiero decir que… no sé, allá no necesito la fuerza de mi cuerpo.

-Te equivocas, Cristian; tú crees que no la necesitas, pero tu vida está acá, en tu cuerpo. Por eso debemos ir por Rachel, ella también tiene su vida acá… en su cuerpo. Iré yo… con Boris.

Cristian miró a su hermano y éste asintió con un leve gesto de cabeza.

-¿Estás preparado, Boris?

-Sí.

-¿No comiste nada sólido?

-No y bebí al menos tres veces…

-Bien. Pablo nos ayudará con Rachel, en el Hospital, de hecho él ya está allá.

La ventana se abrió bruscamente dejando entrar una fuerte oleada de viento con gotas de agua y mucha humedad fría; en la distancia, un trueno recordaba el inicio del invierno. Cristian se apresuró en cerrarla. Debiste dejarla abierta. Seguro. Que bueno que no quebró un vidrio…

Con las cortas pero precisas orientaciones de Juan, Boris se acomodó en su cama, mientras Juan hacía lo propio en la cama que había usado su hermano y que previamente había trasladado a su propio dormitorio. Cristian no se había percatado de estos cambios; parecía que aún estaba como ido, quizás desconcentrado.

Juan le pidió a Cristian que lo dejara un momento a solas con Boris, para hablar algunas cosas previas al viaje, tú comprendes, tú sabes. Claro, sí, de acuerdo, permiso.

Al cabo de un rato, Boris llamó a su hermano.

-.Cristian, la situación de Raquel es… complicada; es imprescindible que tú no intervengas. Debes confiar en que Juan y yo haremos lo mejor posible, pero tú debes quedarte acá, cuidarnos y dejar que el cura Pablo cuide a Rachel en el Hospital…

- Pero, yo quisiera participar. Se trata de Rachel… la mujer que yo amo.

-Por eso, Cristian; porque es una mujer especial para ti.- La voz de Juan era pausada; añadió: -Además que estás físicamente débil; emocionalmente no estás mejor… Sí, ya sé que la amas, que la amas mucho. Eso es bueno, créeme; es bueno para este mundo… con nosotros ese sentimiento sería un… problema. No creo me entiendas, pero confía en nosotros. Boris lo ha hecho muy bien.- La voz de Juan, en su última frase, adquirió ese tono especial, como definitorio.

- No te olvides de darnos de beber cada una hora; no permitas que nos dé frío… tampoco mucho calor. Lo más importante es que no nos interrumpan. Cristian, que nadie nos mueva, que nadie nos despierte; recuerda, no estamos dormidos, estamos… trabajando… o viajando.- Juan sonrió; el ambiente retornó a ese carácter íntimo que se desprendía de aquella sonrisa.

-Está bien.- atinó a responder Cristian, casi en un murmullo.

-Gracias, Cristian, todo saldrá bien. Ayuda a Boris en el proceso de relajación; luego lo dejas…

Ambos se encontraron sobre el promontorio orillas del mar; vestían túnicas blancas, desgastadas en los borde como si el exceso de uso las hubiera raído. Sin mediar palabras ambos se sentaron en la pose de la flor del loto; miraron el horizonte con la vista fija y el dorso erguido. Una suave brisa movía los cabellos de Boris. Una mínima sonrisa apenas se dibujaba en los labios de Juan. En la distancia, una solitaria gaviota volaba hacia tierra; en el cielo, unas pequeñas nubes navegaban el azul del cielo…

-No temas; nunca sientas miedo. Te quiero; estaremos juntos.

-Yo también.

La brisa se hizo más fuerte; era como si en el mar se preparara una tormenta y a las rocas llegaran los primeros indicios. En la distancia se observaba como muchas otras aves buscaban la playa; el cielo se tornó gris por las nubes que parece llegaban de todas partes. No es un viento normal, pensó Boris; parece que sopla en forma convergente. Miró hacia su alrededor, las pequeñas flores se desgajaban. Incluso piedras rodaban desprendidas o por el viento o por una suerte de temblor que sacudía las piedras. Seguro por efecto de las olas golpeando al acantilado…

Sin que lograran percatarse, concentrados como estaban, se formaban oscuras nubes amenazantes; desde atrás, junto a un viento arremolinado, aparecieron cientos de aves negras graznando y revoloteando con movimientos torpes de sus alas. Daba la impresión que chocaban entre ellas, saltaban plumas y se mezclaba en el aire junto a las aves. Boris agitó sus manos para protegerse el rostro y trató, instintivamente, de parase. ¡No! Le gritó Juan; pero Boris ya se había desconcentrado de la contemplación y el viento le alzó la túnica blanca la que actuó como vela y le empujó trastabillando. Las aves se fueron sobre él y sus graznidos sonaban casi sobre su rostro. El pánico comenzó a apoderarse de Boris; el acantilado, el mar embravecido los aletazos de las aves, el ensordecedor graznar, el viento como concentrado en su cuerpo, en su túnica media despedazada. Su lucha fue intensa, los pies y las piernas en un supremo esfuerzo por no caminar, por sostenerse sobre las rocas; el rostro crispado por el esfuerzo.

Frente a él, como surgiendo desde la tierra, Juan; su rostro sereno le miraba dulcemente. Boris comprendió: dejó de oponerse, no hizo más fuerza y se preparó para que el viento lo empujara donde quisiera. Pero, muy por el contrario, el viento dejó de empujarlo y las aves se alejaron al menos dos metros. Volvió a sentarse, miró a Juan que se concentraba en el horizonte; sonrió y retorno a su concentración, recordó su última conversación con Juan.

El pequeño acantilado comenzó a llenarse de aves marinas, sólo el espacio de Juan y Boris era respetado. Las aves más cercanas en esa especie de círculo que rodeaba a los hombres, se fueron callando y silenciando; de mirar largamente a Juan y Boris, giraban lentamente con pequeños movimientos de sus pies hasta quedar fijas y silenciosas apuntando con sus picos el horizonte, el mar y las nubes. Esto fue ocurriendo con todas las aves: miles de ojos mirando hacia el poniente, incluyendo en ellos los ojos de ambos viajeros.

Sin previo aviso y sorprendiendo a Boris, Juan gritó desaforadamente. Salvo Juan, parece nadie más se sorprendió; las aves siguieron con rostro impávido y ni una de sus plumas, alas o patas se movió. Juan gritó aún más fuerte. Cayeron gotas de agua helada. El mar enfurecía sus olas como queriendo atacar al acantilado. Juan volvió a gritar; daba la impresión que desgarraba su garganta. Juan lo miró de soslayo y observó un rostro lleno de furia, desencajado, con los ojos desorbitados y gotas de sangre que salían por la comisura de los labios y las fosas nasales. Un fuerte temblor parecía romper la roca donde ellos estaban. Boris resistió el impulso de acercarse a Juan, sólo observó cuando éste como expresión de un gran agotamiento puso su cabeza entre las piernas y permaneció inmóvil sin gesto alguno de vida. Juan insistió en su concentración frente al mar.

Entre el mar y las nubes surgía una suerte de extraña claridad; en tanto el cielo se vestía cada vez más encapotado por la acumulación de negros y enormes nubarrones. Atravesando esa atmósfera extraña, las nubes se reflejaban en las aguas encabritadas del mar; encabritadas, pero sin espumas, ese gracioso collar blanco que suele coronar a las olas, más aún si hay viento. Estas eran olas gordas, gruesas, como henchidas de agua, casi a punto de reventar. Entre ola y ola, unos enormes bajíos. Sólo al llegar a las rocas reventaban con estruendo y salpicaban por sobre las cabezas de los hombres sobre los roqueríos; todas las aves se bañaban en cada rompiente; algunas caían a las aguas y eran llevadas mar adentro para luego verse azotadas contra las rocas. Pero ninguna voló. Boris luchaba contra la fascinación del espectáculo; sentía que perdía su concentración; sentía que hacía fuerza o esfuerzo. Juan lo había aleccionado al respecto.

Lo que ocurría ya no podía llamarse lluvia; no caían gotas o goterones o chorros de goterones; directamente caía agua, violenta, azotadora, pesada. El mar llegaba ya muy cerca de los pies de los hombres; las aves flotaban alrededor; algunas, vivas; otras, muertas. Pareciera que las olas rompían mucho más atrás; al menos se escuchaba como una rompiente. Boris miró a Juan; éste seguía con la cabeza entre las rodillas y las manos sobre ella. Por entre la lluvia se percibían las luces de los rayos, los truenos se confundían con el bramar del mar…

El agua llegó hasta el lugar donde estaban sentados; los pies y tobillos sumergidos; las aves pasaban rozando sus cuerpos. Pronto el nivel les cubría parte de las piernas y llegaba cerca del mentón de Juan.

Boris sentía que se ponía nervioso, a pesar de su deseo. –Juan- le dijo, llamándolo quedo -Juan, vamos, despierta-. Por entre las hendijas de las rocas emergían cientos de cangrejos resonando sus pinzas como tijeras locas -Juan-, el tono de voz era imperioso. Pronto llegaron unos peces de filudos dientes que mordían a los cangrejos y los mascaban con sonidos de muerte, casi metálicos. Otros, tal vez tiburones, tras los peces devorando todo lo que se presentaba; por entre las aguas ya sanguinolentas, serpientes o anguilas zigzagueando con alguna presa en sus hocicos. Al temor de Boris se sumó el dolor de una mordida quien sabe de quién. -¡Juan! ¡Hermanito!- otro tentáculo ¿será un pulpo? El agua sube aún más y la cabeza de Juan no se mueve. El dolor agudo de Boris le hace reaccionar y mira hacia el poniente con faz serena: se yergue y levanta a Juan en sus brazos; no pesa mucho, menos de lo que aparentaba. Las aguas suben y suben a una velocidad cada vez mayor. El cuerpo de Boris comienza a levantarse; tentáculos y dentelladas le siguen en su ascenso. Juan, inconsciente, reposa en sus brazos. La noche se hace absolutamente negra; los truenos y ruidos de animales, así como el estallido de las olas del mar, todos se hacen un solo, persistente, monótono y ronco tronar.

Boris, reconfortado, siente el leve peso y la tibieza del cuerpo de Juan.

Decidido, sigue su movimiento; no sabe si hacia arriba o hacia algún costado. Cierra sus ojos y se apresta a ver; a l fondo observa algo así como un rasgo de luz; tal vez una luz celeste. Nada más; gira su rostro y ve solo negro. Retorna la mirada a la luz y está ahí. A la izquierda, un poco arriba. Se dirige hacia ella y esta crece: es como un largo rectángulo. Abre los ojos y la luz está precisamente ahí: un rectángulo celeste; igual que con los ojos cerrados.

Con la vista fija en ese rectángulo avanza en su dirección con Juan entre sus brazos. En la medida que se acerca la luz se transforma en un rasgo horizontal que comienza a cubrir todo el horizonte. Se observa que dobla como si fuera parte de un gran círculo. Al llegar, la luz aparece emanando de toda la estructura; no produce sombras. Con cuidado deja en el suelo su carga. Piensa en lo importante que hubiera sido traer una botella del líquido que preparaba Juan; pero ve a su lado precisamente una botella; da de beber a Juan, le extiende los brazos con la palma hacia arriba, por un momento le aplica su mano a la altura del esternón, luego se sienta a su lado y le cubre la planta de los pies con sus manos.

Juan comienza a llenar su rostro de color. Sus ojos comienzan a moverse bajo los párpados. Boris procede entonces a recorrer, sin tocar, el cuerpo de Juan; con los ojos cerrados se detiene cuando siente que debe detenerse. No duda.

Juan abre sus ojos, Boris lo sienta con lentitud mientra pone su mano en la espalda, abajo en su cintura; la otra, en la frente. Juan le sonríe, cierra sus ojos y se deja estar por un largo rato.

-Tendrás una larga jornada.- dijo Juan, casi musitando.

Boris asintió con la mirada.

-Ninguna instrucción es precisa.- dijo Juan, con una sonrisa desfalleciente. –Tú ya lo sabes… Nos veremos; no sé si pronto. Búscame.

Boris dejó a Juan y se dirigió caminando a lo largo de ese corredor tan gratamente iluminado, pero extrañamente vacío. Miraba examinando la pared celeste. Luego se acercó directamente a ella y caminó con la mano izquierda alargada rozando la superficie suave de la pared: debía descubrir una fisura, o cualquier señal que le indicara por dónde pasar al otro lado. Todo era monótono, su propio caminar era monótono, la textura de la pared era monótona, el silencio era monótono, hasta la luz otrora bella era ahora monótona. Un gran cansancio se fue colgando de los hombros; una pesadez de párpados, un adormilamiento de músculos, una insensibilidad táctil de la mano sobre la pared…

Debe ser ya varios días que busco, pensó Boris; quizás deba dormir antes de seguir. Y aún antes de terminar su pensamiento el cuerpo se desplomó arrellanándose al pie de la pared y se durmió.

Desde lejos venía un grito con su nombre; seguro sería su madre. Pero él iniciaba recién su aventura por las afueras del barrio: le esperaban los bosques de lontananza. Apresuró el paso; más que acercarse al campo quería alejarse del sonido que lo llamaba; si no lo escuchaba, no existía. Guardó su tiradora de elásticos e inicio una carrera hasta el silencio. El bosque lo recibió con finas atenciones; supo que lo estaba esperando: gratos olores a resina de pino y eucaliptos, bellas melodías de avecillas cantoras, frutos de variados colores brillantes; entre los matorrales, confiados asomaban cabezas de cervatillos, y más cerca del suelo, conejos y liebres, armadillos curiosos y pájaros caminantes que hacían venias a su paso. Todo estaba bañado de luz, de una luz celeste que recordaba vagamente haber visto antes… Recostado, entre olores de flores silvestres y mariposas equilibristas del aire, sintió su sangre fluir hasta la piel, como una a una se renovaban sus células, como suavemente se posesionaba de su cuerpo los líquidos linfáticos, se ampliaban los capilares y se comprimían como en una danza del sol sobre los trigales maduros. El bazo, timo y las médulas, húmedas y brillantes, dando y recibiendo en un abrazo vital con la sangre… Siente que se duerme con su espalda apoyada en un grueso tronco, que se abre y comienza a jalar el cuerpo hacia su corazón de árbol; aprieta cada vez con más fuerza y Boris se resiste y se despierta del todo con buena parte del cuerpo dentro de la pared celeste del gran sendero celeste.

Liberado de la pared, mira hacia ambos lados y no ve más que cientos o miles de metros iluminados y vacíos. Se tocó el cuerpo como buscando alguna herida o signo del sueño. Restablecida su tranquilidad interior, se posesionó frente a la pared, caminó lentamente hacia ella y la atravesó con una sensación cremosa, como de barro casi líquido.

Hacia delante un gran paisaje como de un valle lunar, pero con pequeños árboles o plantas por todas partes. Un fuerte olor a menta que luego se disipó para transformarse en olor a perfume de mujer. Debía atravesar todo ese paisaje. Sería una larga jornada, como dijo Juan.

Al primer paso que dio se percató que estaba descalzo; no sólo eso: la tierra estaba llena de pequeñas piedras filudas; cada vez que levantaba un pie, el otro se enterraba las piedras hasta sangrar. Su dolor era tan grande que se sorprendió gritando como cuando Juan se desmayó o al menos quedó como si estuviera desmayado. Se puso en cuatro patas y trató de caminar distribuyendo el peso entre los pies y las manos; en su avance fue dejando una huella de sangre; el aire fue roto en su silencio en cada grito de dolor.

Comprendiendo que así no avanzaría y que la sangre perdida podría debilitarlo, se sacó la ropa y desnudo caminó con pies y manos protegidas por una especie de amortiguador de género hecho por jirones de tela. .

Oleadas de distintos olores le acompañaron en su jornada. Agazapado como avanzaba los ojos fueron reconociendo en las piedras filudas gemas preciosas, oro y plata, ópalos y otras piedras todas ellas brillantes de luz y color. Los pequeños arbustos semejaban bonsáis, cada uno era una obra de arte de la naturaleza, una historia de vida que uno podía adivinar en la variedad de formas de sus troncos, ramas, hojas y frutos. Si bien el avanzar era doloroso, no dejaba de ser sorprendente el paisaje. A su lado, insectos, aves, y animales –seguramente mamíferos- pasaban indiferentes a su presencia. Pensó en levantar algunas piedras y ver qué había debajo, o no más llevarse un par de ellas como recuerdo; pero no deseaba perder tiempo: debía atravesar el valle.

Llegada la noche, Boris arrancó árboles, arbustos y flores, cual de todas más bellas e hizo un lecho para tratar de descansar o dormir. Fue gratamente sorprendido por la tibieza de esa improvisada cama. Al mirar las hojas con más detención vio que sobre la superficie se resbalaba una suerte de líquido transparente y brillante; al tacto descubrió que era levemente tibio, No sólo la hoja, también el tallo, las raíces, las flores, los arbustos y esos árboles como enanos. Se diría que era fuego; en algunas partes se elevaban como finas agujas; en otras, aparentaban una suave curva. Los colores eran también variable: tornasoles, amarillo, anaranjado, un azul casi celeste, finas lenguas en forma de agujas de color violeta. Todo no medía más de un milímetro; seguramente en el día no se notaba por la luz del sol; pero ahora, la oscuridad de la noche las hacía brillar como ojos de gatos. No sólo las plantas de su lecho, también aquellas que no habían sido arrancadas. Sus propios dedos parecían brillar igual. Las manchas de sangre en los trapos que envolvían sus pies y sus manos presentaban una luminosidad similar aunque más intensa.

Embelesado en su nuevo descubrimiento no escucho la voz que lo llamaba. Era una voz clara, de un tono bajo, insistente. Parecía venir de todas partes y de ninguna en especial; finalmente concluyó que venia de la coronilla de su propia cabeza. Pero, claro, eso era absurdo. Seguramente era su imaginación que lo alentaba a seguir.

Se enrolló los tejidos en sus manos y pies y siguió su camino, sin usar la cama que tanto trabajo le había costado hacer.

¿No estaré caminando en círculos? Este paisaje me parece tan repetitivo, que creo he pasado más de una vez por donde mismo. Se levantó cuidando no cargar el cuerpo en un solo pie, y miró alrededor; todo tenía esa suerte de luz iridiscente. ¿Por dónde seguir? Trató de escuchar algún ruido o un llamado como ese que parecía venía de su propia cabeza; nada. ¿Dónde debía ir? ¿Qué buscaba? Le pareció tonto estar en la situación que se encontraba: perdido no sabe dónde, no sabe por qué, con la sensación de buscar algo que no logra identificar. Los pies y los brazos le dolían con cada latido del corazón; le pulsaban como si estuvieran infectados. Tuvo la certeza que tenía fiebre.

Abría los ojos somnolientos y veía la claridad de un día, los cerraba irritados y cansados, pero cuando los volvía a abrir ya estaba oscuro con esa mágica y tenue luz que venía de las cosas, los vegetales, insectos y animales. Varias veces se repitió este fenómeno. Boris sabía que tenía que pensar, pero no sabía qué, ni cómo.

De pronto, como en una pantalla lo vio, lo vio todo; a una gran velocidad, dispersos objetos uniéndose y chocando entre ellos, llamaradas explosivas, gases ampliándose y contrayéndose como si fueran gigantescas medusas, pequeñas chispas de algo que se multiplicaba y luego estallaba en millones de luces o trozos incandescentes para luego chocar con otra millonada de luces similares y surgían así figuras danzantes que se transformaban en un juego cada vez más elegante, cada vez más armonioso. Los ruidos se hicieron sonidos y éstos fueron melodías; pero estas melodías parecían tener materialidad pues de ella llovía una suerte de gotas que rebotaban entre sí y contra las rocas y generaban un movimiento incesante. Boris creyó reconocer en ese movimiento la luz que admiró en las hojas. Todo fue como un relámpago. Se acercaron los cuerpos y formaron espacios entre ellos y cada uno se acomodó en caminos determinados por las fuerzas de los otros: vio la vida desplegándose, un continuo nacer y morir de todo lo que alcanzaba esa mirada que observaba arriba y abajo, adentro y afuera; y arriba era como abajo y adentro era como afuera en un ritmo sin fin, como un péndulo cósmico.

Esa especie de pupila que lo miraba, era la Luna. La reconoció por la figura de viejito arrodillado que de niño creyó ver dibujado en ella. A su lado, estrellas; entre ellas las Tres Marías y la Cruz del Sur, mismas con las que jugaban cuando niño, en las vacaciones de verano. Una cabeza con cuernos se asomó en el espacio de su mirada, lo olfateó y se alejó echando un chorro de vaho húmedo por su nariz Luego pasó un ave de grandes alas volando casi a ras del suelo, para luego perderse en lontananza. Cuando quiso erguirse, una serpiente enroscada en su tórax levantó su cabeza y por tres veces latigó su lengua bífida casi en el rostro de Boris; luego se deslizó lentamente hasta el suelo donde se perdió entre los matorrales.

Mareado y confundido, se sentó; casi sin percatarse estiró la mano y comió de los frutos del árbol más cercano, mascó hierbas que le parecieron tonificantes y bebió agua depositada en el centro de unas flores que con sus pétalos impedían se desbordara.

Sus pies habían perdido la protección de la tela y ya sin dolor pisaba los agudos filos de las piedras. Sonriendo comprobó que no tenía heridas en el cuerpo a pesar que había yacido en lecho de púas y filos de obsidiana.

-Debo atravesar el valle para encontrar a Rachel.- pensó. -Espero que Juan trabaje en lo suyo.

Claro que la pregunta no significaba duda; Boris nunca dudó que Juan haría lo que tenía que hacer.

Apresuró el paso. Su cuerpo desnudo parecía no tocar el suelo; nunca se agitó su respirar. Los pequeños árboles eran cada vez más grandes. Un tigre saltó por sobre él y cayó con sus fauces y garras sobre un cervatillo. A su lado, un gran lago albergaba una gran cantidad de cocodrilos, garzas, y peces que saltaban dejando una estela circular sobre el espejo del agua. Bandadas de pájaros volaban por sobre su cabeza…

Se vio a sí mismo sentado, mirando el lago desde un suave promontorio. Pensó que podría ser un nido de cocodrilo y que tal vez estaba corriendo un grave peligro; pero sabía que no podía intervenir. Siguió su caminar apresurado. Tras de sí, desde enormes hoyos en la tierra, surgían ríos de fuego, seguramente metales, sulfuros, piedras, todos mezclados y derretido que atropellaban a su paso; en un pequeño valle, al pie de un cerro con árboles frondosos se vio sentado arreglando una pérgola. Calculó que en poco tiempo el torrente de magma haría desaparecer el pequeño valle, la casa de troncos, la pérgola y él mismo…

Boris corrió apresurado rehaciendo el camino, se encontró con él sentado con una pequeña vara en las manos mirando el lago. A orillas de las aguas, se asomaban tres o cuatro pares de ojos fijos en la figura humana. Se acercó por detrás y de un salto se zambulló en su cuerpo. Fue como un salto a una piscina de ácido. Toda su piel desgarrándose, sus órganos demoliéndose, entrado por sus ojos todos los colores del mundo con rayos violentos de luz enceguecedora hasta el blanco más fuerte que jamás había experimentado. En su agonía abrió los ojos justo para observar las patas de un cocodrilo que corría hacia él. Instintivamente giró su cuerpo y tras de sí sonó el duró entrechocar de las mandíbulas. Se paró y sin demorar ni un segundo dio un gran salto de por lo menos cinco metros para alejarse del saurio, luego continuó su carrera hacia el valle, hacia la pérgola. Se vio ya satisfecho examinando la pérgola terminada; levanta la vista y ve la pared de lava entrando al valle como una gran cabeza de serpiente dispuesta aplastarlo todo. Corrió por el valle en procura de sitios elevados y Boris tras él, tratando de darle alcance; bajó al valle para llegar antes que la lava. Fue un esfuerzo sobrehumano, ambos –río de lava y él- llegaron al mismo tiempo. Boris saltó sobre él mismo desde una distancia de al menos diez metros, entró por la espalda y aún antes de sentir todo el dolor que sabía ocurriría, se inclinó hacia arriba como una tunina de los mares del sur saltando en una torsión de su cuerpo hacia los espacios del aire. Esta vez, no tuvo dolor, ni nada: perdió el conocimiento, al menos por algún tiempo. Luego, desde arriba, vio los límites de su viaje. Se dejó ir ya casi sin fuerza ni voluntad.

A la sombra de un maitén, Boris se sintió liviano; en la distancia la línea del horizonte; en el cielo, pequeñas nubes; en la tierra lomas y cerros, valles y quebradas; se percibía las sinuosidades de un río y la luz reflejada en un lago. Boris pensó que era un paisaje bello y supo que era un paisaje ajeno. Tuvo la certeza que si cerraba los ojos y pensaba en un paisaje desértico, al abrirlo encontraría un bello desierto; sin embargo, no tuvo la decisión de experimentar. Prefirió levantarse y penetrar por entre los arbustos a sus espaldas y llegar hasta una roca que le era familiar. Afirmó sus manos en ella y ésta se abrió sin ruido alguno. Dentro era una gran caverna, una inmensa caverna, una caverna casi sin límites. Tras de sí la roca se había cerrado.

En un costado, con un techo de plástico medio derruido, una pequeña pieza no más grande que un garaje cuyas paredes eran planchas de metal oxidado. A su alrededor botados sin orden alguno había restos de muebles, pedazos de cuna, osos de peluche, cabezas y piernas de muñecas, ollas rotas, sables quebrados, incluso juguetes en su envoltorio como si fueran sobrantes de alguna liquidación…

Abrió la puerta con fuerza contenida: el rechinar metálico sería escuchado por cualquiera que estuviera al otro lado; lentamente asomó su cuerpo y vio una especie de jardín, con flores –rosas, jazmines, gladiolos, siemprevivas y otras que no conocía por sus nombres o que sencillamente nunca había visto-. Por entre las plantas, senderos de color amarillento serpenteaban… y conducían hasta Rachel.

-Hola, Boris.- saludó sin mayores ceremonias; como si recién se hubieran dejado de ver.

-Hola.- contestó Boris, en un fingido tono similar.

-Sírvete un jugo, néctar de damasco o de membrillo, como a ti te gusta; ahí, en la mesita. Te esperaba; ese vaso es para ti.

-Gracias, Rachel; tal vez más rato. ¿Cómo estás?

-Bien.

Boris tomó el vaso entre sus manos y se concentró en mirarlo; era de un fino cristal, con delicados dibujos grabados. En la parte superior, con letras estilo gótico, estaba grabado su nombre y su apellido: Boris Saavedra U.

-¿Existe uno con el nombre de mi hermano?- preguntó Boris.

-No. Ese se quebró…

-¿Tú lo quebraste?

-Sí.

-…cuando te dejó esperando.

-Sí.

-Ahora te espera; me pidió que te viniera a buscar…

-No puedo; mi Maestro dice que aún no puedo regresar. El dice que aún no estoy preparada. Cuando esté lista podré ir… sola, o contigo.

-¿Quién es tu Maestro? ¿Dónde está?

-Es un hombre ya anciano, de larga cabellera y barba blanca, ojos azules, manos de dedos largos, piel… rosada, sí: piel rosada. Ojala lo conozcas. Es como mi padre, desde que lo conocí…

-¿Cuándo lo conociste?

-Hace ya mucho tiempo. Quizás… dos o tres, no recuerdo. Después que vino Cristian y no supo… no me encontró. El me guía en este jardín. ¿Te gusta?- y antes que Boris respondiera, agregó: -Esta es una hibiscus rosa sinensis, esta orquídea se llama barlia robertiana; esta de la fuente se llama nymphaea híbrida; esta otra fue rescatada del campo, se llama rosa sempervirens. Aquí hay otra orquídea, también salvada, pero del bosque, se llama ophrys tenthredinisera…

-Son bellas; muy bellas.- Boris no mentía; pero debía sacar a Rachel. -¿Me acompañarías por el jardín para mirar otras flores…?

-Bueno; espérame un instante- replicó Rachel con una expresión de picardía.

Se recostó en una suerte césped cubierto de pequeñas flores azules que al contacto con el cuerpo de Rachel exhalaban un perfume agradable aunque penetrante; su vestido se abrió en el costado dejando ver sus piernas. Rachel miró a Boris y le dijo algo así como disculpa y se inclinó para cubrírselas; al hacerlo se resbaló un tirante del hombro y dejó al desnudo su pecho, coronado por un pezón erecto de color cálido…

-Ven, Boris, ven aquí, a mi lado… te estaba esperando.

Boris negó con un gesto de su cabeza.

-¿No te gusto?

-Eres bella.

-Ven.

Ante el porfiado silencio de Boris, Raquel terminó por sacarse el vestido y se mostró desnuda. A Boris se le semejó una artista de cine cuyo nombre no podía recordar. Se sentó en el suelo, a una cierta distancia.

-Dime cómo se llama tu Maestro.- insistió

-Se llama Juan. Ayer me dijo que vendrías; me pidió que te complaciera…- su mano recorría su pubis, luego sus pechos, la punta del pezón.

Boris recordó un viejo calendario oculto en lo más oculto del Colegio; sólo los alumnos más grandes sabían dónde se escondía y lo mostraban de vez en cuando a algunos jóvenes privilegiados.

-¿Por qué no te fuiste con el Maestro?

-Yo había solicitado que viniera Cristian… o tú. El Maestro llegó después. El me ayudó a formar este jardín. Pero él no se puede acercar a mí… Todas las veces que viene, todos los días, él se retira viejo, enfermo, agónico. Él sabe mucho; es muy bueno. Me quiere mucho. Es como mi padre. Pero parece que hay algo en mí que… que lo hiere, lo mata…

Entonces fue que Boris comprendió.

-Rachel, mírame. Rachel, he venido a buscarte.- Lentamente se acercó a ella y le sonrió. Boris sabía que había llegado al final. – Rachel, esta barlia robertiana y esta nymphaea híbrida, ya no están.

Efectivamente ya no estaban. Rachel pasó del asombro a la angustia. Pero Boris no le dio tiempo. –Se acabó el perfume. Rachel, ya no hay flores, ya no hay sendero. Mira, Rachel, mira el agua de la fuente: está seca… No estás desnuda.- y pensó: tú nunca habías pensado tener sexo conmigo.

Rachel estaba desolada, se tomaba la cabeza con ambas manos y miraba despavorida cómo todo a su alrededor se derruía. Justo cuando iba a caer desmayada Boris la tomó por la cintura y salió presuroso entre los escombros, mientras el techo, las paredes y troncos secos y podrido caían a su alrededor.

En el lugar del generoso maitén había un gran muro gris, como una gruesa capa de neblina. Rachel se quejaba suavemente; puesta de pie, Boris le besó la frente y la hizo penetrar en esa neblina que ya sin duda alguna Boris sabía era el reverso del sendero de clara luminosidad celeste. Cuando Rachel hubo terminado de cruzar, Boris observó como la neblina se transformaba en paisaje y cómo el tronco del maitén se ofrecía como un agradable lugar de descanso.

Un trozo de cielo se reflejó en los valles. Boris supo en la piel el nacimiento de las horas; un carrusel desbocado mirado por los ojos de niño. Desde la pared de aire que lo circundaba se oyeron ayees de cobre, como si todas las campanas del mundo se dolieran por la muerte de sus dioses. Los pies de Boris se levantaron por lo menos un metro del suelo, se deslizaron hacia delante Y Boris sintió que se recostaba en el aire de su propia sombra; pronto sus brazos se secaron en forma de tronco leñoso, sus piernas fueron cavernas misteriosas por donde circulaba la oscuridad en un torrente de greda negra. Su cuerpo, o el tronco de su cuerpo, el pecho y el abdomen florecieron al igual que un jardín; pequeñas mariposas revoloteaban sobre su pelvis mientras destellaban colores anaranjados y luces celestes. Sintió ganas de eyacular y cerró los ojos ante el quejido que quería arrancarse por su boca entreabierta. Desde atrás lo cogía una fuerte corriente de aire en forma de catarata y lo deslizaba en un tobogán a las profundidades de la tierra. Todo su cuerpo comprimiéndose entre areniscas y filones de oro que se hendían en sus músculos. Su boca, sus globos oculares, su nariz, sus mejillas, sus orejas toda su cabeza demoliéndose entre sales minerales, azufre, yodo, hierro y otra variedad de metales y jugos que la tierra vomitaba como un asfalto entre los huesos craneales. Lo que es arriba, pensó, es abajo; y se entregó a la muerte.

Sintió sobre su rostro una cálida humedad que resbalaba hasta el cuello; abrió los ojos y vio a Rachel llorando sobre él, mientras Cristian la abrazaba y sostenía… Apareció Juan; la mano en el esternón, la energía fluyendo a torrentes hasta la última célula. Luego la mano en la espalda, el suave impulso para sentarse en el lecho… la mano en la frente y las profundas ganas de dormir. La mano de Juan parecía garra de oso sobre el cerebro, sobre la conciencia, sobre eso que Boris identificaba consigo mismo. Cerró los ojos y vio a Juan delante de él y lo vio con su mano en la frente y la otra en el cóccix. Abrió nuevamente sus ojos con incredulidad y vio a Juan con su mano en la frente y la otra en el cóccix…


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Comentarios

19 respuestas a “El amor y el perdón”
  1. Joise Morillo dice:

    Si, mi querida Celeste, apoyo vuestra acepción. No obstante, desde mi punto de vista, añado; “El amor es uno solo” y, se siente o no se siente, por eso cuando se oye decir ¡te amo tanto! es como redundar en un sentimiento que las palabras no pueden asentir, ni afirmar, no, mis amigos el amor es un sentimiento noble, que la hipocresía no puede ocultar, esa es la única diferencia, entre, este, y el otro sentimiento noble “el odio”, un individuo puede odiar a otro, y ese mismo sentimiento le da fuerzas para desarrollar una estrategia, un complot, simular que todo anda bien con ese ente odiado, y cuando ya esta listo todo el procedimiento, Zaas, la puñalada por la espalda, si, el rencor es parte de esa estrategia que no símil ni comparación con ninguna demostración de amor, todo amor se funda en una balanza de cuatro polos, CARIÑO, APRECIO, CONSIDERACIÓN y RESPETO.

    Yo soy cristiano por una sola razón, esa razón, se fundamenta en seguir las enseñanzas que esa mente iluminada le otorgo a la humanidad ¡el verdadero evangelio!. Amar al prójimo como a vos mismo, esa exhortación es la confianza que debe tener todo individuo humano en función de los seres que habitan sobre la tierra, sin importar, especie ni ninguna otra diferencia que exista entre quienes conforman vuestro entorno.

    Después de esto, respeto la democracia, porque esta, como producto de esa inteligencia humana que le otorgo esa otra inteligencia superior Dios, representa la mas perfecta forma de administrar justicia, y el manejo de la cosa publica, por otra razón, le da chance al mas del comun a decidir por el bien colectivo, se fundamenta en el concurso, todos tienen chance de aportar ideas para elaborar formas de producir y de conducir las masas sociales humanas por las sendas del progreso, participar, y competir. ¡Aun cuando sea la mas débil delos sistemas políticos precisamente por eso!

    Permitidme deciros que esa es tambien la apreciacion de democracia de Simón Bolívar y de Aristoteles.

    “Cuando el que manda tiene el poder absoluto en sus manos, nunca cree que al pueblo que ejerce poder es un pueblo amigo, por lo que siempre es considerado su enemigo, al creer que en cualquier momento se alzara y lo derrotara. Por ende no es un pueblo amado por su mandatario”. (paranoia)

    Critica de Spinoza sobre las teorías de N. Maquiavelo, en Discursos, fuente: “La Maquina de la Soberania” Pag. 125 de Carlo Altini, El Cuenco de plata; Buenos Aires.

    Os ama

    Joise

  2. Joise Morillo dice:

    Corrección en “Maquina de la Soberanía” es “La Fabrica de la Soberanía”

  3. Jorge Ivan Cahueñas Iguago dice:

    Felicitaciones, este artículo le hace uno estremecerse y meditar profundamente, el amor lo es todo, desde cualquier punto de vista siempre y cuando sea bien entendido e interpretado, gracias por escribir algo tan bello.
    Sencillamente son fantásticos.

  4. Jose Itriago dice:

    Verdaderamente una entrada sorprendente y con regalo. ¡Qué regalo!

    Creo que la única y verdadera religión del hombre es el amor. Si me mandaran a escribir los mandamientos, los simplificaría a un único “no harás daño al prójimo”. Todo lo demás sobra y confunde. En ese no hacer daño germina el amor, con sus tantas manifestaciones, incluyendo el perdón, la inclusión, la comprensión, el reconocimiento y pare usted de contar.

    El cuento de Vancho es bien complejo, como esos planos que a veces uno toma creyendo que convergen y debe regresar, porque era lo contrario.

    Para entenderlo creo que debo enfatizar en el concepto del cuerpo astral. Las emociones, los sentimientos, las angustias, carecen de una contraparte material, pero igual existen y se manifiestan con un poder capaz de transformar. El cuerpo astral está en el mundo emocional y en ese mundo las imágenes fluyen para tratar de darle corporeidad a las fuerzas que generan. Conocemos efectos que a veces no los podemos explicar. Como decía en este mismo sitio la semana pasada: la luz es fotón y es onda, dos cosas contradictorias con nuestra ciencia actual. Falta un conocimiento que está más en la raíz para ver que tal contradicción no existe, ni podría existir, porque ciertamente, comprobablemente, la luz es ambas cosas. Es nuestro conocimiento el que no ha llegado a la explicaci´´on lógica y natural de lo que es la luz.

    Al margen de la belleza del cuento, VANCHO nos lleva a esa red de energías en universos paralelos.

    Recientemente se hizo un experimento del tipo colisión subatómica. Se notó que un electrón que estaba en un punto dado, después de la colisión, desapareció y apareció en otro sitio, desplazado (como si hubiera sido tele transportado). La conclusión es (hasta donde sé) que en otra dimensión (en una especie de universo paralelo) se establece una compensación. No es el mismo electrón, sino otro, ya que cada uno que es “extinguido” en el universo nuestro, el de nuestras dimensiones y donde vivimos, debe generarse otro que lo compense. Si se quiere, el electrón extinguido pasó a otras coordenadas dimensionales, desiquilibrándo algún sistema, por lo que fue necesario compesar con un electrón de ese sistema a éste.

    Conocemos sólo cuatro dimensiones. ¿cuántas habrá realmente? ¿serán finitas?. ¿O lo que es finita es nuestra mente.?

  5. María Celeste Cécere dice:

    Gracias Jorge Ivan por tus palabras. Todos los que hacemos este pequeño rincón somos personas que, al igual que tú, deseamos crecer como seres humanos, conociéndonos y transladando ese conocimiento a nuestra vida cotidiana, intentando construir un mundo mejor, pleno de puentes que nos vinculen unos a otros. Bienvenido.
    José, mi querido, creo que las dimensiones se adecuan a la capacidad del observante, por lo tanto, nuestra mente racional y deductiva no puede concebir más que esas cuatro dimensiones que le resultan fácilmente comprensibles.
    Por otra parte, nunca podríamos a través de esa misma mente comprender la existencia de otras dimensiones, pues carece de elementos para evaluar y comparar ese nuevo aspecto. No tiene cómo entender esa realidad.
    Esto nos translada nuevamente a la necesidad de adquirir el conocimiento a través de un diferente aspecto de la mente, ese que está y hemos subestimado: el conocimiento intuitivo, el redescubrimiento de algo que sabemos de antemano, la capacidad de percibir sin inclusión del discurso intelectivo.
    Y este tema ya lo hemos abordado. Tenemos, para lograr ese modo de comprensión, que “desaprender” toda una vida de adoctrinamiento dentro de una sociedad que entroniza el raciocinio indiscutible.
    De tal manera, respondería que no, nuestra mente no es finita. Finito es el plano en el que la obligamos a subsistir.
    ¡Abrazo!

  6. Mora Torres dice:

    Me es casi imposible hacer un comentario más largo que:

    ¡Hermoso!, mi manera de compartirlo es mandarte el más cálido abrazo

    Mora

  7. María Celeste Cécere dice:

    Gracias Mori por tu “pasadita”. Me gratifica enormemente saberte ahí, cerquita, leyendo lo que escribo. Un beso y un abrazo especialisimo para vos.

  8. Júdith Mora V dice:

    Muchas veces escuché decir que errar es de humanos y perdonar es divino, entendiendo por divino, que sólo perdona Dios, nosotros tan sólo tenemos la potestad de disculpar… esto aún da vueltas en mi cabeza, a veces toma sentido, a veces se vuelve a confundir, y entonces me sumerjo en un diálogo que denomino de Yo con Yo, en donde me enojo y me divierto en igual de proporciones, o no, creo me divierto más, porque siempre aprendo.

    Indistintamente, el perdón es una herramienta mágica, lo que hace por nosotros tiene un poder más allá de lo palpable, y cuando se aprende a manejarlo, se convierte en una guía de vida que te libera enormemente, te libera y proporciona mejores momentos, momentos de calidad, además de convertirse en un acto de responsabilidad personal, porque te permite comprender el origen de muchas conductas, actitudes y réplicas, de otros hacia uno, de uno hacia otros, y de uno hacia si mismo, liberando de culpas a las partes, y comprendiendo que todos tenemos siempre algo que ofrecer, y que aquello que de pronto consideramos ofensa, no es más que el reflejo de una carencia interna, o de algo a lo que aún no hemos llegado, y que estamos buscando.

    La vida como persona diferente es dura, te cargan de etiquetas que luego llevas dentro de tu equipaje emocional y te pesan enormemente, al punto de dejarte muchas veces paralizado e indefenso, e incluso te descubres otras muchas en un nivel de auto agresión. De la mano de un bello ser fui a una charla sobre el perdón, a regañadientes, pues la dictaba alguien que hasta ese momento no era de mi agrado… no tengo hoy por hoy cómo agradecerle a esa bella amiga lo que hizo por mí, porque luego de eso, mi vida cambió enormemente, para bien. Aprendí a perdonarme, y a través de mi, a perdonar a otros… constantemente lo aplico.
    Celeste, deja de leerme la mente jajajajaja… te quiero muchísimo.

    Vancho, genial, me has hecho sentir como si estuviera en una película de Guillermo del Toro, relato lleno de escenas, de imágenes, de sensaciones, experiencias y enseñanzas, de esas que debes descubrir y que a cada cual le cala de acuerdo a su propia experiencia.

    Amores, bendita aventura esta de haberme sumergido un día en ese Newsletter… Mora, eternamente agradecida, tú tienes la culpa jajajaja…

    Los quiero mucho, los llevo en una cajita especial en mi corazón, todos los conocen como mis chicos blogeros.

    Besos alados y perfumados.
    Jud, siempre libélula <3

  9. María Celeste Cécere dice:

    Dulce Icita… es cierto, el perdón es liberador. Nadie tiene más libertad interior y mayor paz que aquél que aprende a perdonar y perdonarse… ¡y a pedir perdón!
    Nos hace absolutamente responsables de nuestros actos, serenos, aprendemos a aceptarnos y a acpetar… ¡diste en el clavo!
    Beso especial y con perfume a brisa de mar con llamados de gaviotas…

  10. delia civalero dice:

    Parece fácil hablar o escribir sobre el amor, pero cuando lo intentamos tenemos la impresión de no poder expresar lo suficiente o necesario, intuimos que hay mucho más y no lo podemos abarcar. Cuando lo pienso como sentimiento siento que me quedo corta, por que no pertenece solamente a mi condición personal, la trasciende, me une y nos une a todo el universo, por eso me gusta definirlo como “el pegote universal”, para expresarlo como alguien lo hizo, con más profundidad, “la estructura básica del universo”. Otros hablan del amor como un estado del cual el amor como sentimiento sería una de sus expresiones pero no la que lo define.
    La vida nos va dando a cada momento la oportunidad de descubrirlo; a través del perdón nos reconciliamos con nosotros mismos y nuestras faltas al amor.
    Un beso especial tan ocre y dorado como las hojas que pintan este otoño.

  11. Júdith Mora V dice:

    Tu beso fantástico, guardadito en lugar especial… ahora, y te voy a hablar en argentino jajaja, decime ché, sos vos la mina de la fotito?

  12. María Celeste Cécere dice:

    Jajaja… sí Jud, se ha develado el misterio. Los tuve un año sin conocer mi cara: ahí está. No era de coqueta ni de intrigante… simplemente recién ahora tengo una foto digital para poner.
    Otro beso: hoy, con trinos como susurros entre las hojas.

  13. Joise Morillo dice:

    Muy linda foto, no por el arte, sino la modelo y la sonrisa, no esperaba menos, Ma. Celeste, gracias a la providencia, el espíritu del perdón, es superior a todo sentimiento trivial o superfluo en esto influye la ética y la moral, las cosas que se perdonan, no son por injerencia propia del individuo, sino porque deben ser perdonadas intrínsecamente, cualquiera, es proclive a cometer errores, el problema es no reconocerlos como tales, bien sea por soberbia o ignorancia de cuan grave o no, es este, o simplemente por desconocer que está faltando, ante sí y los demás, recordad que; quien se respeta a si mismo respeta los demás, precisamente en el aprehender tal aspecto del sentimiento humano estriba la potencia de amar, quien tiene la capacidad de comprender la debilidad humana, tiene capacidad de amar, por ende comprender, porque el perdón.

    Hay quienes manifiestan: que la piedad y el perdón son determinio de los más fuertes, ejemplo: de los lideres y gobernantes (específicamente de los más crueles) supuestamente porque son quienes deciden entre la vida y la muerte de sus súbditos (principalmente de quienes se decide han faltado) entre ellos F. Nietzsche, por supuesto su filosofía se fundamenta en un nihilismo patético con características políticas.

    Imaginaos las características del perdón que podrían aplicar aquellos que no toleran la disidencia, los totalitarios, Ej. Hitler y muchos otros, contemporáneos y no contemporáneos.

    Respecto al amor y sexo, ya hablamos que existe un elemento clave para que funcione el amor de parejas, por ahí lo llaman química, pero es empatía, hay quienes se enamoran a primera vista y se juntan para siempre, que tengan sexo o no eso es otra cosa, pero lo natural es que tengan una relación sexual prolija y prolífica y por supuesto lúdica, lo erótico tiene su injerencia en este tipo de desenvolvimiento natural, esto es parte importante de la balanza cuadripolar que yo mencioné anteriormente: es el cariño que proviene de caricia. Si por algún motivo hay una falta, se empieza a manejarse la calidad de la falta, esto tiene que ver con la consideración y el respeto, por ende se debe manejar el perdón, aun cuando por motivos supuestamente fuertes haya una separación, es ahí donde interviene el aprecio, peculiar o binario. Eso es amor. Dejar vivir a los otros en paz, al apreciar sus inquietudes y decisiones.

    Decidir que es justo o no es una solución Salomónica, que sopesa la calidad humanitaria de quien tiene en sus manos tal menester.

    Os ama

    Joise

  14. Iván Salazar Urrutia dice:

    “Tengo sed de remotos manantiales
    e infinitas frescuras matinales;
    tengo sed de aguas ideales
    con que sacia su sed el hondo mar.”
    Me permito citar esta estrofa del poeta padre de José Itriago, porque refleja este deseo profundo que nos plantea nuestra María Celeste: el amor. Yo también tengo “sed de remotos manantiales”, esos manantiales “con que sacia su sed el hondo mar.”
    Y está bien hablar de Amor así, puro, con mayúsculas, totalizador. Pero si entramos al juego propuesto hemos de intentar al menos un costoso proceso desentrañador: Amor fraterno (de hermanos), Amor filial (de hijos), Amor paterno (de padres), Amor sexual (de parejas)… Tal vez no sea la mejor tipología, pero logra separar para no confundir. Se podría argüir que “sexual” no es el concepto central… pero dejémoslo pasar. “Ese” amor, es el que me trae más complejidades. No por nada –según mi interpretación- es el que sacia “el hondo mar”. Algunos estudiosos han concluido que no todos los humanos están capacitados para sentirlo; muchos no saben de su existencia, pero no manifiestan a simple vista esa carencia. Es más, suelen ser buenos maridos o esposas, o simplemente buenas parejas, porque logran con más facilidad establecer relaciones armoniosas e inteligentes.
    Pero para los que sufrimos y gozamos del Amor de pareja, es bueno saber que amar es un arte mayor. Amar requiere de disciplina, aprendizaje, ensayo y retroceso; efectivamente no es un acto inteligente, pero involucra la inteligencia cuando es llegado el momento del compromiso de amor. Ese compromiso es inteligente. Es la voluntad de amar, de construir el amor. En esa disciplina está, entre otras cualidades a desarrollar, la capacidad de perdonar. Esta capacidad se desarrolla mucho más fácilmente o al menos con menos esfuerzo interior, en el amor fraterno, o filial. Mucho, pero mucho más difícil, en el amor sexual o de pareja. Quizás sea por esto de que “el amor es una enfermedad”, como lo han definido algunos humoristas (palpita aceleradamente el corazón, la respiración se torna entrecortada, bruscos cambios de temperatura en la piel –sonrojo o palidez-, tartamudeo al hablar, y algo ocurre en la vista que nos hace ver adornos en nuestra pareja que sólo el paciente lo ve…). Los celos, la dependencia emocional, el afán de poseer, el tema de mi libertad-tu libertad, etc. Sin explayarme sobre el placer sexual y su triple exigencia: biológica, emocional y genética (de procreación).
    ¡Perdóname que te ame! Trataré de no hacerte daño, de amarte en lo que eres con lo que soy.
    JUANA DE IBARBOUROU:
    “¡Tómame ahora que aún es temprano
    Y que tengo rica de nardos la mano!
    Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca
    Y se vuelva mustia la corola fresca.
    Hoy, y no mañana. ¡Oh amante!, ¿no ves
    Que la enredadera crecerá ciprés?”
    GABRIELA MISTRAL:
    “Tengo vergüenza de mi boca triste,
    De mi voz rota y mis rodillas rudas;
    Ahora que me miraste y que viniste,
    Me encontré pobre y me palpé desnuda.”
    JUAN RAMON JIMENEZ:
    “Bebimos en la sombra
    Nuestros llantos
    Confundidos…
    Yo no supe cuál era
    El tuyo.
    ¿Supiste tú cuál era el mío?”
    RUBEN DARIO:
    “Sé que en el cráneo puede haber tormentas,
    Abismos en el alma
    Y arrugas misteriosas
    Sobre las frentes pálidas.
    ¡Oh Dios mío, Dios mío!…
    Sé que me engaña.”
    VICENTE HUIDOBRO, si hubiera conocido al padre de José I.:
    “He aquí el mar.
    El mar abierto de par en par:
    He ahí el mar quebrado de repente.
    Para que el ojo vea el comienzo del mundo.
    He ahí el mar.
    De una ola a la otra hay el tiempo de la vida.
    De sus olas a mis ojos hay la distancia de la muerte.”
    Fraterno, VANCHO.

  15. Joise Morillo dice:

    Muy lindo Vancho, especialmente este:

    “¡Tómame ahora que aún es temprano
    Y que tengo rica de nardos la mano!
    Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca
    Y se vuelva mustia la corola fresca.
    Hoy, y no mañana. ¡Oh amante!, ¿no ves
    Que la enredadera crecerá ciprés?”

    Que comprende la verdad de la juventud, y acepta la honestidad y la sabiduria
    con todo y limitaciones de la vejes

  16. Iván Salazar Urrutia dice:

    Joise, perdona que aproveche tu comentario para presentarte al gran Pablo de Rocka, el “innombrado” de Pablo Neruda (la otra cara de la moneda de los Pablos), en Canto del Macho Anciano:

    “Estamos muy cansados de escribir universos sobre universos
    y la inmortalidad que otrora tanto amaba el corazón adolescente, se arrastra
    como una pobre puta envejeciendo;
    sabemos que podemos escalar todas las montañas de la literatura como en la
    …………..juventud heroica, que nos aguanta el ánimo
    el coraje suicida de los temerarios, y sin embargo yo,
    definitivamente viudo, definitivamente solo, definitivamente viejo, y apuñalado
    de padecimientos,
    ejecutando la hazaña desesperada de sobrepujarme,
    el autorretrato de todo lo heroico de la sociedad y la naturaleza me abruma;
    ¿qué les sucede a los ancianos con su propia ex-combatiente sombra?
    se confunden con ella ardiendo y son fuego rugiendo sueño de sombra hecho de sombra,
    lo sombrío definitivo y un ataúd que anda llorando sombra contra sombra”.

    Te recomiendo leer íntegro este poema (aparece en Google).
    Un abrazo, Iván (¿qué opinas del El Viajero?)

  17. Jose Itriago dice:

    Hoy leo que el gran Vancho escribió “…Es la voluntad de amar, de construir el amor.” Me llama eso de construir el amor. Un amor construido no es uno de esos que nos asaltan en una mirada, en un aroma, en una turgencia que entrevemos o imaginamos. No es de esos amores de despeñaderos donde las palabras sobran, pero cada palabra es un universo.

    No. Un amor construido está trabajado a consciencia.

    Cuando su mano se deslizó suavemente hasta detenerse sobre aquélla mesa a orillas de vida, descubrí que nunca había visto ni podría ver algo más bello que esa mezcla de blancos y rojos entre cubiertos y vajillas, entre copas de rubí y deseos Bordeaux. Detuve a tiempo mi tosca mano que buscaba tomar la de ella, no por temor a un posible rechazo, sino porque no podía cubrir tanta belleza, y le dije que si no podía siquiera opacar la visón de su mano, cómo podría pensarla, si pensándola la limitaba y ya le quitaba un algo a su realidad y menos aun, cómo podría vez alguna abrazarla, que era lo que con tanto ardor deseaba hasta la última célula de mi ser, cómo, en fin, podría amarla si por su propia perfección era inmarcesible, que era etérea, que era imagen, deseo, todo menos células, hormonas y fluidos.

    Poco a poco empecé a entender a mi amigo Vancho, aquél que un día lejano dijo que el amor hay que construirlo; y yo, que no se de futuros buenos porque se fueron en una forzada compensación con los pasados malos, que escasamente retengo los presentes con la angustia y la premura que me impone la certeza de su fugacidad, viendo la luz que era real, concreta, encandiladora, entendí que para construir el amor tendría que construir el tiempo y para construir el tiempo, tendría que destruir el presente, que hasta ahora, era todo.

    Nada está realmente oculto, sólo diferido. Diferimos tristezas y pétalos de flores que fueron y etiquetas de vinos que también fueron y alguna que otra carta que también fue. Es verdad, también diferimos frustraciones, resentimientos, fracasos, máscaras y coberturas que a veces requerimos para preservar la autenticidad, es verdad. Es que nada está oculto, tarde o temprano encuentran todo, lo tropiezan como si se tratara de un desperdicio que estaba por allí, un poco más allá, más a la izquierda, allí, exactamente allí. Y vemos que lo oculto, puesto de pronto bajo la luz intensa de la desfachatez del que eso no debe, es, en efecto, feo, desguarnecido, injustificado y nosotros como guardianes de las pequeñeces, gastándonos, haciendo pasados inútiles y, de vez en cuando, regando nuestros ocultos con una que otra lágrima más oculta todavía.

    Me dijo que aun antes que naciéramos, ya éramos y que esa construcción de la que hablaba mi amigo había empezado quizás siglos o milenios antes, aun antes de que naciéramos…
    Le dije que seguramente era cierto, que nacimos construyendo y que ya habíamos adelantado tanto que hoy, después de vernos tanto, nos descubríamos como una etapa más del proceso constructivo, pero que ese proceso tenía un fiel más allá de nuestro pensar, que era el tiempo y por eso, una vez que nacimos, empezamos la deconstrucción; que hace apenas minutos su luz era más azul y ahora la notaba más rosada…

    Me dijo que aun antes que naciéramos empezó a purificar mis frustraciones y desencantos, que tan sólo quedaban por incinerar los de esta vida tan corta que llevábamos transcurrida y que su luz se hacía rosada porque, aun sin desearlo del todo, poco a poco permitía que anidara un deseo que tenía como única satisfacción la luz que ella podía ver en las llamas con que asolaría todas mis amarguras.

    Un amor construido está trabajado a conciencia, le dije, debe considerarse amor desde una visión esférica pendular, parte de ese movimiento perpetuo que algunos de ánima menguada dudan que exista, así te debo ver desde todos los ángulos y desde todos los tiempos y me debes ver exhibiendo todos mis ocultos, temores y adefesios, hasta que los encuentres parte de nuestra construcción, algo parecido a la médula ósea, que vertida en la calle nada dice, pero dentro del más fino de mis huesos se hace un poco tú y te digo que, ciertamente, tu luz vibra con la vibración de la pasión y yo lo hago con mi amor que trata de afinarse contigo, como un diapasón en manos de un maestro musical.

    Me dijo que quizás nos estábamos sintiendo/mirando con los ojos y los sentimientos de mil años atrás y de mil años adelante, que quizás fuimos cada canción, cada brisa que acunó cada semilla y cada ola del profundo mar que venía a rendirse a nuestra playa de siempre.

    Hoy no sé que haya podido construir. Sólo me importa lo que pueda construir ahora, marcar un ritmo, recorrer sus alturas y hondonadas un instante más, infinitesimal en relación a la extensión de su mirada.

  18. Joise Morillo dice:

    Muy lindo Ivan, el de Pablo Rocka, un poco nostálgico pero emotivo, y veras, “el viajero es fantástico”
    Jose, romantico hasta el tuetano. Maria Celeste; audaz y veraz, impresionante, sensual y profunda. Judith; dulce, espectante, sincera y emotiva.

  19. Iván Salazar Urrutia dice:

    José, un abrazo emocionado, Hermano.
    VANCHO



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