Archivo de Mayo, 2009
El amor y el perdón
Cuando alguien habla de amor, solemos rápidamente asociar la idea al amor de pareja, a ese sentimiento que, impulsado por nuestro instinto más básico, nos lleva a encontrar un ser humano con quien compartir nuestra sexualidad y sus concomitantes de convivencia.
Pero ya sabemos, aunque nuestro subconciente nos tienda la trampa mencionada, que el amor es algo más que “eso” que nos une a nuestro/a media naranja. Es el sentimiento por excelencia, es aquél que nos vincula en tanto seres “sintientes”… pues no tiene nada que ver con las facultades de pensar, sino que más bien, éstas se acompasan a los vaivenes de lo que se siente.
Así, todos los seres son capaces de sentir. Todos son capaces de vincularse por el brote del corazón que les lleva a mirar con profunda misericordia y ternura… aunque el dueño de esa mirada se traslade en cuatro patas y sea peludo. Nadie que haya tenido una mascota puede dejar de coincidir conmigo en que son capaces del amor más bello y puro. Yo he podido ver el sufrimiento de la cotorrita macho de mis hijos cuando murió su compañera: el pobrecito no comió durante una semana y no volvió a cantar hasta que trascurrieron dos.
Nos es muy claro que todos amamos: cada uno a su manera, del modo que mejor puede, con todas las limitaciones y los errores de nuestras pequeñas miserias… pero amamos.
Aman los padres con amor cargado de esfuerzos y renuncias; aman los abuelos con la sabiduría de lo que realmente importa y lo que no; aman los jóvenes con ilusión de perfección; aman los adultos con conocimiento y aceptación; aman los niños con pureza; aman, todos los seres aman.
Y la cualidad que deviene del amor verdadero, del amor completo, es el perdón. Pues quien verdaderamente ama, perdona.
¿Quién de nosotros no se ha equivocado alguna vez? ¿Hay alguien que tal vez no haya necesitado ser perdonado por una falta u omisión involuntaria? ¿No hemos perdonado también cuando nos han herido ante una solicitud de perdón sincera?
Amor y perdón van de la mano. Quien ama, perdona sin duda alguna al ser amado por su error.
Pensemos, ¿tenemos tal vez un perdón pendiente que otorgar? Corramos a concederlo, porque el sentimiento de rencor en que se asienta nuestra negativa, es un bloqueo más para que el infinito amor que nos contiene transcurra por nuestra vida, impidiendo que se manifiesten sus muchas bendiciones.
¿Y la persona a quien no hemos perdonado? ¿No se nos ha ocurrido que sufre pensando en que su error ha sido tan grave que no merece ser perdonada? Le hemos quitado el bálsamo purificador de pedir perdón y poder corregir lo que ha hecho de manera incorrecta.
Viendo hacia el interior
Mirar a nuestro interior para respondernos estas preguntas es el juego que propongo. Ser capaces de afrontar las preguntas y respuestas de nuestra conciencia, de manera tal de lograr sanear nuestras relaciones interpersonales. Cuéntenme que han encontrado.
Y ahora, un regalo para todos, de la mano de nuestro común amigo Iván Salazar, o mejor Vancho, la tercera y última parte de:
EL VIAJERO III
Mirando por los ventanales, la lluvia no tenía sonido alguno; sólo el suave deslizarse por los vidrios.
-Boris, no sé qué hiciste; pero te agradezco, todo… lo que sea.
Boris miraba esa superficie de múltiples gotas; una de ellas rompía su inestable permanencia y comenzaba a deslizarse atropellando a otras más pequeñas que se sumaban a este juego de tobogán sin pasamanos ni camino predeterminado.
-Debo hacer algo; debo hacerlo, Boris. No puedo dejar a Rachel, allá; no puedo, hermano.- Un suave sollozo.
Boris entreabrió la ventana; un aire húmedo y frío. Giró el cuerpo hacia su hermano al tiempo que abría sus brazos; fue un abrazo único. Nunca había sentido realmente el cuerpo de su hermano; tenía un olor agradable. Nunca lo dejaría, nunca lo había amado con esa seguridad y conciencia que sentía mientras lo apretaba suave y firme.
-Hermano, llueve; cierra la ventana.
Boris cerró la ventana, apagando esa suerte de murmullo que provoca la lluvia sobre las cosas. El chirrido del timbre de casa les anunció que llegaba Juan; si te demoras un poco más me mojo hasta… la ropa interior. Disculpa, abrí en cuanto tocaste. -Sí, pero en cuanto toqué por tercera vez-, dijo Juan, riéndose.
-Hola, Cristian ¿Cómo te sientes?
-Bien. Me siento bien; quizás un poco débil… ¿Qué haremos? Digo ¿qué haremos con Rachel? ¿Cómo…?
-Lo haremos, Cristian, lo haremos. Te sientes débil seguramente por los días que estuviste sin alimento…
-Sí, pero ¿qué haremos? ¿cuándo lo haremos, Juan?
-Ahora; debemos actuar rápido… Pero, tú no podrás… creo que tú nos puedes ayudar desde aquí.
-¿Qué? ¡Cómo que yo no…!
-No puedes, Cristian. Estás muy débil.
-Sí, pero sólo mi cuerpo. Quiero decir que… no sé, allá no necesito la fuerza de mi cuerpo.
-Te equivocas, Cristian; tú crees que no la necesitas, pero tu vida está acá, en tu cuerpo. Por eso debemos ir por Rachel, ella también tiene su vida acá… en su cuerpo. Iré yo… con Boris.
Cristian miró a su hermano y éste asintió con un leve gesto de cabeza.
-¿Estás preparado, Boris?
-Sí.
-¿No comiste nada sólido?
-No y bebí al menos tres veces…
-Bien. Pablo nos ayudará con Rachel, en el Hospital, de hecho él ya está allá.
La ventana se abrió bruscamente dejando entrar una fuerte oleada de viento con gotas de agua y mucha humedad fría; en la distancia, un trueno recordaba el inicio del invierno. Cristian se apresuró en cerrarla. Debiste dejarla abierta. Seguro. Que bueno que no quebró un vidrio…
Con las cortas pero precisas orientaciones de Juan, Boris se acomodó en su cama, mientras Juan hacía lo propio en la cama que había usado su hermano y que previamente había trasladado a su propio dormitorio. Cristian no se había percatado de estos cambios; parecía que aún estaba como ido, quizás desconcentrado.
Juan le pidió a Cristian que lo dejara un momento a solas con Boris, para hablar algunas cosas previas al viaje, tú comprendes, tú sabes. Claro, sí, de acuerdo, permiso.
Al cabo de un rato, Boris llamó a su hermano.
-.Cristian, la situación de Raquel es… complicada; es imprescindible que tú no intervengas. Debes confiar en que Juan y yo haremos lo mejor posible, pero tú debes quedarte acá, cuidarnos y dejar que el cura Pablo cuide a Rachel en el Hospital…
- Pero, yo quisiera participar. Se trata de Rachel… la mujer que yo amo.
-Por eso, Cristian; porque es una mujer especial para ti.- La voz de Juan era pausada; añadió: -Además que estás físicamente débil; emocionalmente no estás mejor… Sí, ya sé que la amas, que la amas mucho. Eso es bueno, créeme; es bueno para este mundo… con nosotros ese sentimiento sería un… problema. No creo me entiendas, pero confía en nosotros. Boris lo ha hecho muy bien.- La voz de Juan, en su última frase, adquirió ese tono especial, como definitorio.
- No te olvides de darnos de beber cada una hora; no permitas que nos dé frío… tampoco mucho calor. Lo más importante es que no nos interrumpan. Cristian, que nadie nos mueva, que nadie nos despierte; recuerda, no estamos dormidos, estamos… trabajando… o viajando.- Juan sonrió; el ambiente retornó a ese carácter íntimo que se desprendía de aquella sonrisa.
-Está bien.- atinó a responder Cristian, casi en un murmullo.
-Gracias, Cristian, todo saldrá bien. Ayuda a Boris en el proceso de relajación; luego lo dejas…
Ambos se encontraron sobre el promontorio orillas del mar; vestían túnicas blancas, desgastadas en los borde como si el exceso de uso las hubiera raído. Sin mediar palabras ambos se sentaron en la pose de la flor del loto; miraron el horizonte con la vista fija y el dorso erguido. Una suave brisa movía los cabellos de Boris. Una mínima sonrisa apenas se dibujaba en los labios de Juan. En la distancia, una solitaria gaviota volaba hacia tierra; en el cielo, unas pequeñas nubes navegaban el azul del cielo…
-No temas; nunca sientas miedo. Te quiero; estaremos juntos.
-Yo también.
La brisa se hizo más fuerte; era como si en el mar se preparara una tormenta y a las rocas llegaran los primeros indicios. En la distancia se observaba como muchas otras aves buscaban la playa; el cielo se tornó gris por las nubes que parece llegaban de todas partes. No es un viento normal, pensó Boris; parece que sopla en forma convergente. Miró hacia su alrededor, las pequeñas flores se desgajaban. Incluso piedras rodaban desprendidas o por el viento o por una suerte de temblor que sacudía las piedras. Seguro por efecto de las olas golpeando al acantilado…
Sin que lograran percatarse, concentrados como estaban, se formaban oscuras nubes amenazantes; desde atrás, junto a un viento arremolinado, aparecieron cientos de aves negras graznando y revoloteando con movimientos torpes de sus alas. Daba la impresión que chocaban entre ellas, saltaban plumas y se mezclaba en el aire junto a las aves. Boris agitó sus manos para protegerse el rostro y trató, instintivamente, de parase. ¡No! Le gritó Juan; pero Boris ya se había desconcentrado de la contemplación y el viento le alzó la túnica blanca la que actuó como vela y le empujó trastabillando. Las aves se fueron sobre él y sus graznidos sonaban casi sobre su rostro. El pánico comenzó a apoderarse de Boris; el acantilado, el mar embravecido los aletazos de las aves, el ensordecedor graznar, el viento como concentrado en su cuerpo, en su túnica media despedazada. Su lucha fue intensa, los pies y las piernas en un supremo esfuerzo por no caminar, por sostenerse sobre las rocas; el rostro crispado por el esfuerzo.
Frente a él, como surgiendo desde la tierra, Juan; su rostro sereno le miraba dulcemente. Boris comprendió: dejó de oponerse, no hizo más fuerza y se preparó para que el viento lo empujara donde quisiera. Pero, muy por el contrario, el viento dejó de empujarlo y las aves se alejaron al menos dos metros. Volvió a sentarse, miró a Juan que se concentraba en el horizonte; sonrió y retorno a su concentración, recordó su última conversación con Juan.
El pequeño acantilado comenzó a llenarse de aves marinas, sólo el espacio de Juan y Boris era respetado. Las aves más cercanas en esa especie de círculo que rodeaba a los hombres, se fueron callando y silenciando; de mirar largamente a Juan y Boris, giraban lentamente con pequeños movimientos de sus pies hasta quedar fijas y silenciosas apuntando con sus picos el horizonte, el mar y las nubes. Esto fue ocurriendo con todas las aves: miles de ojos mirando hacia el poniente, incluyendo en ellos los ojos de ambos viajeros.
Sin previo aviso y sorprendiendo a Boris, Juan gritó desaforadamente. Salvo Juan, parece nadie más se sorprendió; las aves siguieron con rostro impávido y ni una de sus plumas, alas o patas se movió. Juan gritó aún más fuerte. Cayeron gotas de agua helada. El mar enfurecía sus olas como queriendo atacar al acantilado. Juan volvió a gritar; daba la impresión que desgarraba su garganta. Juan lo miró de soslayo y observó un rostro lleno de furia, desencajado, con los ojos desorbitados y gotas de sangre que salían por la comisura de los labios y las fosas nasales. Un fuerte temblor parecía romper la roca donde ellos estaban. Boris resistió el impulso de acercarse a Juan, sólo observó cuando éste como expresión de un gran agotamiento puso su cabeza entre las piernas y permaneció inmóvil sin gesto alguno de vida. Juan insistió en su concentración frente al mar.
Entre el mar y las nubes surgía una suerte de extraña claridad; en tanto el cielo se vestía cada vez más encapotado por la acumulación de negros y enormes nubarrones. Atravesando esa atmósfera extraña, las nubes se reflejaban en las aguas encabritadas del mar; encabritadas, pero sin espumas, ese gracioso collar blanco que suele coronar a las olas, más aún si hay viento. Estas eran olas gordas, gruesas, como henchidas de agua, casi a punto de reventar. Entre ola y ola, unos enormes bajíos. Sólo al llegar a las rocas reventaban con estruendo y salpicaban por sobre las cabezas de los hombres sobre los roqueríos; todas las aves se bañaban en cada rompiente; algunas caían a las aguas y eran llevadas mar adentro para luego verse azotadas contra las rocas. Pero ninguna voló. Boris luchaba contra la fascinación del espectáculo; sentía que perdía su concentración; sentía que hacía fuerza o esfuerzo. Juan lo había aleccionado al respecto.
Lo que ocurría ya no podía llamarse lluvia; no caían gotas o goterones o chorros de goterones; directamente caía agua, violenta, azotadora, pesada. El mar llegaba ya muy cerca de los pies de los hombres; las aves flotaban alrededor; algunas, vivas; otras, muertas. Pareciera que las olas rompían mucho más atrás; al menos se escuchaba como una rompiente. Boris miró a Juan; éste seguía con la cabeza entre las rodillas y las manos sobre ella. Por entre la lluvia se percibían las luces de los rayos, los truenos se confundían con el bramar del mar…
El agua llegó hasta el lugar donde estaban sentados; los pies y tobillos sumergidos; las aves pasaban rozando sus cuerpos. Pronto el nivel les cubría parte de las piernas y llegaba cerca del mentón de Juan.
Boris sentía que se ponía nervioso, a pesar de su deseo. –Juan- le dijo, llamándolo quedo -Juan, vamos, despierta-. Por entre las hendijas de las rocas emergían cientos de cangrejos resonando sus pinzas como tijeras locas -Juan-, el tono de voz era imperioso. Pronto llegaron unos peces de filudos dientes que mordían a los cangrejos y los mascaban con sonidos de muerte, casi metálicos. Otros, tal vez tiburones, tras los peces devorando todo lo que se presentaba; por entre las aguas ya sanguinolentas, serpientes o anguilas zigzagueando con alguna presa en sus hocicos. Al temor de Boris se sumó el dolor de una mordida quien sabe de quién. -¡Juan! ¡Hermanito!- otro tentáculo ¿será un pulpo? El agua sube aún más y la cabeza de Juan no se mueve. El dolor agudo de Boris le hace reaccionar y mira hacia el poniente con faz serena: se yergue y levanta a Juan en sus brazos; no pesa mucho, menos de lo que aparentaba. Las aguas suben y suben a una velocidad cada vez mayor. El cuerpo de Boris comienza a levantarse; tentáculos y dentelladas le siguen en su ascenso. Juan, inconsciente, reposa en sus brazos. La noche se hace absolutamente negra; los truenos y ruidos de animales, así como el estallido de las olas del mar, todos se hacen un solo, persistente, monótono y ronco tronar.
Boris, reconfortado, siente el leve peso y la tibieza del cuerpo de Juan.
Decidido, sigue su movimiento; no sabe si hacia arriba o hacia algún costado. Cierra sus ojos y se apresta a ver; a l fondo observa algo así como un rasgo de luz; tal vez una luz celeste. Nada más; gira su rostro y ve solo negro. Retorna la mirada a la luz y está ahí. A la izquierda, un poco arriba. Se dirige hacia ella y esta crece: es como un largo rectángulo. Abre los ojos y la luz está precisamente ahí: un rectángulo celeste; igual que con los ojos cerrados.
Con la vista fija en ese rectángulo avanza en su dirección con Juan entre sus brazos. En la medida que se acerca la luz se transforma en un rasgo horizontal que comienza a cubrir todo el horizonte. Se observa que dobla como si fuera parte de un gran círculo. Al llegar, la luz aparece emanando de toda la estructura; no produce sombras. Con cuidado deja en el suelo su carga. Piensa en lo importante que hubiera sido traer una botella del líquido que preparaba Juan; pero ve a su lado precisamente una botella; da de beber a Juan, le extiende los brazos con la palma hacia arriba, por un momento le aplica su mano a la altura del esternón, luego se sienta a su lado y le cubre la planta de los pies con sus manos.
Juan comienza a llenar su rostro de color. Sus ojos comienzan a moverse bajo los párpados. Boris procede entonces a recorrer, sin tocar, el cuerpo de Juan; con los ojos cerrados se detiene cuando siente que debe detenerse. No duda.
Juan abre sus ojos, Boris lo sienta con lentitud mientra pone su mano en la espalda, abajo en su cintura; la otra, en la frente. Juan le sonríe, cierra sus ojos y se deja estar por un largo rato.
-Tendrás una larga jornada.- dijo Juan, casi musitando.
Boris asintió con la mirada.
-Ninguna instrucción es precisa.- dijo Juan, con una sonrisa desfalleciente. –Tú ya lo sabes… Nos veremos; no sé si pronto. Búscame.
Boris dejó a Juan y se dirigió caminando a lo largo de ese corredor tan gratamente iluminado, pero extrañamente vacío. Miraba examinando la pared celeste. Luego se acercó directamente a ella y caminó con la mano izquierda alargada rozando la superficie suave de la pared: debía descubrir una fisura, o cualquier señal que le indicara por dónde pasar al otro lado. Todo era monótono, su propio caminar era monótono, la textura de la pared era monótona, el silencio era monótono, hasta la luz otrora bella era ahora monótona. Un gran cansancio se fue colgando de los hombros; una pesadez de párpados, un adormilamiento de músculos, una insensibilidad táctil de la mano sobre la pared…
Debe ser ya varios días que busco, pensó Boris; quizás deba dormir antes de seguir. Y aún antes de terminar su pensamiento el cuerpo se desplomó arrellanándose al pie de la pared y se durmió.
Desde lejos venía un grito con su nombre; seguro sería su madre. Pero él iniciaba recién su aventura por las afueras del barrio: le esperaban los bosques de lontananza. Apresuró el paso; más que acercarse al campo quería alejarse del sonido que lo llamaba; si no lo escuchaba, no existía. Guardó su tiradora de elásticos e inicio una carrera hasta el silencio. El bosque lo recibió con finas atenciones; supo que lo estaba esperando: gratos olores a resina de pino y eucaliptos, bellas melodías de avecillas cantoras, frutos de variados colores brillantes; entre los matorrales, confiados asomaban cabezas de cervatillos, y más cerca del suelo, conejos y liebres, armadillos curiosos y pájaros caminantes que hacían venias a su paso. Todo estaba bañado de luz, de una luz celeste que recordaba vagamente haber visto antes… Recostado, entre olores de flores silvestres y mariposas equilibristas del aire, sintió su sangre fluir hasta la piel, como una a una se renovaban sus células, como suavemente se posesionaba de su cuerpo los líquidos linfáticos, se ampliaban los capilares y se comprimían como en una danza del sol sobre los trigales maduros. El bazo, timo y las médulas, húmedas y brillantes, dando y recibiendo en un abrazo vital con la sangre… Siente que se duerme con su espalda apoyada en un grueso tronco, que se abre y comienza a jalar el cuerpo hacia su corazón de árbol; aprieta cada vez con más fuerza y Boris se resiste y se despierta del todo con buena parte del cuerpo dentro de la pared celeste del gran sendero celeste.
Liberado de la pared, mira hacia ambos lados y no ve más que cientos o miles de metros iluminados y vacíos. Se tocó el cuerpo como buscando alguna herida o signo del sueño. Restablecida su tranquilidad interior, se posesionó frente a la pared, caminó lentamente hacia ella y la atravesó con una sensación cremosa, como de barro casi líquido.
Hacia delante un gran paisaje como de un valle lunar, pero con pequeños árboles o plantas por todas partes. Un fuerte olor a menta que luego se disipó para transformarse en olor a perfume de mujer. Debía atravesar todo ese paisaje. Sería una larga jornada, como dijo Juan.
Al primer paso que dio se percató que estaba descalzo; no sólo eso: la tierra estaba llena de pequeñas piedras filudas; cada vez que levantaba un pie, el otro se enterraba las piedras hasta sangrar. Su dolor era tan grande que se sorprendió gritando como cuando Juan se desmayó o al menos quedó como si estuviera desmayado. Se puso en cuatro patas y trató de caminar distribuyendo el peso entre los pies y las manos; en su avance fue dejando una huella de sangre; el aire fue roto en su silencio en cada grito de dolor.
Comprendiendo que así no avanzaría y que la sangre perdida podría debilitarlo, se sacó la ropa y desnudo caminó con pies y manos protegidas por una especie de amortiguador de género hecho por jirones de tela. .
Oleadas de distintos olores le acompañaron en su jornada. Agazapado como avanzaba los ojos fueron reconociendo en las piedras filudas gemas preciosas, oro y plata, ópalos y otras piedras todas ellas brillantes de luz y color. Los pequeños arbustos semejaban bonsáis, cada uno era una obra de arte de la naturaleza, una historia de vida que uno podía adivinar en la variedad de formas de sus troncos, ramas, hojas y frutos. Si bien el avanzar era doloroso, no dejaba de ser sorprendente el paisaje. A su lado, insectos, aves, y animales –seguramente mamíferos- pasaban indiferentes a su presencia. Pensó en levantar algunas piedras y ver qué había debajo, o no más llevarse un par de ellas como recuerdo; pero no deseaba perder tiempo: debía atravesar el valle.
Llegada la noche, Boris arrancó árboles, arbustos y flores, cual de todas más bellas e hizo un lecho para tratar de descansar o dormir. Fue gratamente sorprendido por la tibieza de esa improvisada cama. Al mirar las hojas con más detención vio que sobre la superficie se resbalaba una suerte de líquido transparente y brillante; al tacto descubrió que era levemente tibio, No sólo la hoja, también el tallo, las raíces, las flores, los arbustos y esos árboles como enanos. Se diría que era fuego; en algunas partes se elevaban como finas agujas; en otras, aparentaban una suave curva. Los colores eran también variable: tornasoles, amarillo, anaranjado, un azul casi celeste, finas lenguas en forma de agujas de color violeta. Todo no medía más de un milímetro; seguramente en el día no se notaba por la luz del sol; pero ahora, la oscuridad de la noche las hacía brillar como ojos de gatos. No sólo las plantas de su lecho, también aquellas que no habían sido arrancadas. Sus propios dedos parecían brillar igual. Las manchas de sangre en los trapos que envolvían sus pies y sus manos presentaban una luminosidad similar aunque más intensa.
Embelesado en su nuevo descubrimiento no escucho la voz que lo llamaba. Era una voz clara, de un tono bajo, insistente. Parecía venir de todas partes y de ninguna en especial; finalmente concluyó que venia de la coronilla de su propia cabeza. Pero, claro, eso era absurdo. Seguramente era su imaginación que lo alentaba a seguir.
Se enrolló los tejidos en sus manos y pies y siguió su camino, sin usar la cama que tanto trabajo le había costado hacer.
¿No estaré caminando en círculos? Este paisaje me parece tan repetitivo, que creo he pasado más de una vez por donde mismo. Se levantó cuidando no cargar el cuerpo en un solo pie, y miró alrededor; todo tenía esa suerte de luz iridiscente. ¿Por dónde seguir? Trató de escuchar algún ruido o un llamado como ese que parecía venía de su propia cabeza; nada. ¿Dónde debía ir? ¿Qué buscaba? Le pareció tonto estar en la situación que se encontraba: perdido no sabe dónde, no sabe por qué, con la sensación de buscar algo que no logra identificar. Los pies y los brazos le dolían con cada latido del corazón; le pulsaban como si estuvieran infectados. Tuvo la certeza que tenía fiebre.
Abría los ojos somnolientos y veía la claridad de un día, los cerraba irritados y cansados, pero cuando los volvía a abrir ya estaba oscuro con esa mágica y tenue luz que venía de las cosas, los vegetales, insectos y animales. Varias veces se repitió este fenómeno. Boris sabía que tenía que pensar, pero no sabía qué, ni cómo.
De pronto, como en una pantalla lo vio, lo vio todo; a una gran velocidad, dispersos objetos uniéndose y chocando entre ellos, llamaradas explosivas, gases ampliándose y contrayéndose como si fueran gigantescas medusas, pequeñas chispas de algo que se multiplicaba y luego estallaba en millones de luces o trozos incandescentes para luego chocar con otra millonada de luces similares y surgían así figuras danzantes que se transformaban en un juego cada vez más elegante, cada vez más armonioso. Los ruidos se hicieron sonidos y éstos fueron melodías; pero estas melodías parecían tener materialidad pues de ella llovía una suerte de gotas que rebotaban entre sí y contra las rocas y generaban un movimiento incesante. Boris creyó reconocer en ese movimiento la luz que admiró en las hojas. Todo fue como un relámpago. Se acercaron los cuerpos y formaron espacios entre ellos y cada uno se acomodó en caminos determinados por las fuerzas de los otros: vio la vida desplegándose, un continuo nacer y morir de todo lo que alcanzaba esa mirada que observaba arriba y abajo, adentro y afuera; y arriba era como abajo y adentro era como afuera en un ritmo sin fin, como un péndulo cósmico.
Esa especie de pupila que lo miraba, era la Luna. La reconoció por la figura de viejito arrodillado que de niño creyó ver dibujado en ella. A su lado, estrellas; entre ellas las Tres Marías y la Cruz del Sur, mismas con las que jugaban cuando niño, en las vacaciones de verano. Una cabeza con cuernos se asomó en el espacio de su mirada, lo olfateó y se alejó echando un chorro de vaho húmedo por su nariz Luego pasó un ave de grandes alas volando casi a ras del suelo, para luego perderse en lontananza. Cuando quiso erguirse, una serpiente enroscada en su tórax levantó su cabeza y por tres veces latigó su lengua bífida casi en el rostro de Boris; luego se deslizó lentamente hasta el suelo donde se perdió entre los matorrales.
Mareado y confundido, se sentó; casi sin percatarse estiró la mano y comió de los frutos del árbol más cercano, mascó hierbas que le parecieron tonificantes y bebió agua depositada en el centro de unas flores que con sus pétalos impedían se desbordara.
Sus pies habían perdido la protección de la tela y ya sin dolor pisaba los agudos filos de las piedras. Sonriendo comprobó que no tenía heridas en el cuerpo a pesar que había yacido en lecho de púas y filos de obsidiana.
-Debo atravesar el valle para encontrar a Rachel.- pensó. -Espero que Juan trabaje en lo suyo.
Claro que la pregunta no significaba duda; Boris nunca dudó que Juan haría lo que tenía que hacer.
Apresuró el paso. Su cuerpo desnudo parecía no tocar el suelo; nunca se agitó su respirar. Los pequeños árboles eran cada vez más grandes. Un tigre saltó por sobre él y cayó con sus fauces y garras sobre un cervatillo. A su lado, un gran lago albergaba una gran cantidad de cocodrilos, garzas, y peces que saltaban dejando una estela circular sobre el espejo del agua. Bandadas de pájaros volaban por sobre su cabeza…
Se vio a sí mismo sentado, mirando el lago desde un suave promontorio. Pensó que podría ser un nido de cocodrilo y que tal vez estaba corriendo un grave peligro; pero sabía que no podía intervenir. Siguió su caminar apresurado. Tras de sí, desde enormes hoyos en la tierra, surgían ríos de fuego, seguramente metales, sulfuros, piedras, todos mezclados y derretido que atropellaban a su paso; en un pequeño valle, al pie de un cerro con árboles frondosos se vio sentado arreglando una pérgola. Calculó que en poco tiempo el torrente de magma haría desaparecer el pequeño valle, la casa de troncos, la pérgola y él mismo…
Boris corrió apresurado rehaciendo el camino, se encontró con él sentado con una pequeña vara en las manos mirando el lago. A orillas de las aguas, se asomaban tres o cuatro pares de ojos fijos en la figura humana. Se acercó por detrás y de un salto se zambulló en su cuerpo. Fue como un salto a una piscina de ácido. Toda su piel desgarrándose, sus órganos demoliéndose, entrado por sus ojos todos los colores del mundo con rayos violentos de luz enceguecedora hasta el blanco más fuerte que jamás había experimentado. En su agonía abrió los ojos justo para observar las patas de un cocodrilo que corría hacia él. Instintivamente giró su cuerpo y tras de sí sonó el duró entrechocar de las mandíbulas. Se paró y sin demorar ni un segundo dio un gran salto de por lo menos cinco metros para alejarse del saurio, luego continuó su carrera hacia el valle, hacia la pérgola. Se vio ya satisfecho examinando la pérgola terminada; levanta la vista y ve la pared de lava entrando al valle como una gran cabeza de serpiente dispuesta aplastarlo todo. Corrió por el valle en procura de sitios elevados y Boris tras él, tratando de darle alcance; bajó al valle para llegar antes que la lava. Fue un esfuerzo sobrehumano, ambos –río de lava y él- llegaron al mismo tiempo. Boris saltó sobre él mismo desde una distancia de al menos diez metros, entró por la espalda y aún antes de sentir todo el dolor que sabía ocurriría, se inclinó hacia arriba como una tunina de los mares del sur saltando en una torsión de su cuerpo hacia los espacios del aire. Esta vez, no tuvo dolor, ni nada: perdió el conocimiento, al menos por algún tiempo. Luego, desde arriba, vio los límites de su viaje. Se dejó ir ya casi sin fuerza ni voluntad.
A la sombra de un maitén, Boris se sintió liviano; en la distancia la línea del horizonte; en el cielo, pequeñas nubes; en la tierra lomas y cerros, valles y quebradas; se percibía las sinuosidades de un río y la luz reflejada en un lago. Boris pensó que era un paisaje bello y supo que era un paisaje ajeno. Tuvo la certeza que si cerraba los ojos y pensaba en un paisaje desértico, al abrirlo encontraría un bello desierto; sin embargo, no tuvo la decisión de experimentar. Prefirió levantarse y penetrar por entre los arbustos a sus espaldas y llegar hasta una roca que le era familiar. Afirmó sus manos en ella y ésta se abrió sin ruido alguno. Dentro era una gran caverna, una inmensa caverna, una caverna casi sin límites. Tras de sí la roca se había cerrado.
En un costado, con un techo de plástico medio derruido, una pequeña pieza no más grande que un garaje cuyas paredes eran planchas de metal oxidado. A su alrededor botados sin orden alguno había restos de muebles, pedazos de cuna, osos de peluche, cabezas y piernas de muñecas, ollas rotas, sables quebrados, incluso juguetes en su envoltorio como si fueran sobrantes de alguna liquidación…
Abrió la puerta con fuerza contenida: el rechinar metálico sería escuchado por cualquiera que estuviera al otro lado; lentamente asomó su cuerpo y vio una especie de jardín, con flores –rosas, jazmines, gladiolos, siemprevivas y otras que no conocía por sus nombres o que sencillamente nunca había visto-. Por entre las plantas, senderos de color amarillento serpenteaban… y conducían hasta Rachel.
-Hola, Boris.- saludó sin mayores ceremonias; como si recién se hubieran dejado de ver.
-Hola.- contestó Boris, en un fingido tono similar.
-Sírvete un jugo, néctar de damasco o de membrillo, como a ti te gusta; ahí, en la mesita. Te esperaba; ese vaso es para ti.
-Gracias, Rachel; tal vez más rato. ¿Cómo estás?
-Bien.
Boris tomó el vaso entre sus manos y se concentró en mirarlo; era de un fino cristal, con delicados dibujos grabados. En la parte superior, con letras estilo gótico, estaba grabado su nombre y su apellido: Boris Saavedra U.
-¿Existe uno con el nombre de mi hermano?- preguntó Boris.
-No. Ese se quebró…
-¿Tú lo quebraste?
-Sí.
-…cuando te dejó esperando.
-Sí.
-Ahora te espera; me pidió que te viniera a buscar…
-No puedo; mi Maestro dice que aún no puedo regresar. El dice que aún no estoy preparada. Cuando esté lista podré ir… sola, o contigo.
-¿Quién es tu Maestro? ¿Dónde está?
-Es un hombre ya anciano, de larga cabellera y barba blanca, ojos azules, manos de dedos largos, piel… rosada, sí: piel rosada. Ojala lo conozcas. Es como mi padre, desde que lo conocí…
-¿Cuándo lo conociste?
-Hace ya mucho tiempo. Quizás… dos o tres, no recuerdo. Después que vino Cristian y no supo… no me encontró. El me guía en este jardín. ¿Te gusta?- y antes que Boris respondiera, agregó: -Esta es una hibiscus rosa sinensis, esta orquídea se llama barlia robertiana; esta de la fuente se llama nymphaea híbrida; esta otra fue rescatada del campo, se llama rosa sempervirens. Aquí hay otra orquídea, también salvada, pero del bosque, se llama ophrys tenthredinisera…
-Son bellas; muy bellas.- Boris no mentía; pero debía sacar a Rachel. -¿Me acompañarías por el jardín para mirar otras flores…?
-Bueno; espérame un instante- replicó Rachel con una expresión de picardía.
Se recostó en una suerte césped cubierto de pequeñas flores azules que al contacto con el cuerpo de Rachel exhalaban un perfume agradable aunque penetrante; su vestido se abrió en el costado dejando ver sus piernas. Rachel miró a Boris y le dijo algo así como disculpa y se inclinó para cubrírselas; al hacerlo se resbaló un tirante del hombro y dejó al desnudo su pecho, coronado por un pezón erecto de color cálido…
-Ven, Boris, ven aquí, a mi lado… te estaba esperando.
Boris negó con un gesto de su cabeza.
-¿No te gusto?
-Eres bella.
-Ven.
Ante el porfiado silencio de Boris, Raquel terminó por sacarse el vestido y se mostró desnuda. A Boris se le semejó una artista de cine cuyo nombre no podía recordar. Se sentó en el suelo, a una cierta distancia.
-Dime cómo se llama tu Maestro.- insistió
-Se llama Juan. Ayer me dijo que vendrías; me pidió que te complaciera…- su mano recorría su pubis, luego sus pechos, la punta del pezón.
Boris recordó un viejo calendario oculto en lo más oculto del Colegio; sólo los alumnos más grandes sabían dónde se escondía y lo mostraban de vez en cuando a algunos jóvenes privilegiados.
-¿Por qué no te fuiste con el Maestro?
-Yo había solicitado que viniera Cristian… o tú. El Maestro llegó después. El me ayudó a formar este jardín. Pero él no se puede acercar a mí… Todas las veces que viene, todos los días, él se retira viejo, enfermo, agónico. Él sabe mucho; es muy bueno. Me quiere mucho. Es como mi padre. Pero parece que hay algo en mí que… que lo hiere, lo mata…
Entonces fue que Boris comprendió.
-Rachel, mírame. Rachel, he venido a buscarte.- Lentamente se acercó a ella y le sonrió. Boris sabía que había llegado al final. – Rachel, esta barlia robertiana y esta nymphaea híbrida, ya no están.
Efectivamente ya no estaban. Rachel pasó del asombro a la angustia. Pero Boris no le dio tiempo. –Se acabó el perfume. Rachel, ya no hay flores, ya no hay sendero. Mira, Rachel, mira el agua de la fuente: está seca… No estás desnuda.- y pensó: tú nunca habías pensado tener sexo conmigo.
Rachel estaba desolada, se tomaba la cabeza con ambas manos y miraba despavorida cómo todo a su alrededor se derruía. Justo cuando iba a caer desmayada Boris la tomó por la cintura y salió presuroso entre los escombros, mientras el techo, las paredes y troncos secos y podrido caían a su alrededor.
En el lugar del generoso maitén había un gran muro gris, como una gruesa capa de neblina. Rachel se quejaba suavemente; puesta de pie, Boris le besó la frente y la hizo penetrar en esa neblina que ya sin duda alguna Boris sabía era el reverso del sendero de clara luminosidad celeste. Cuando Rachel hubo terminado de cruzar, Boris observó como la neblina se transformaba en paisaje y cómo el tronco del maitén se ofrecía como un agradable lugar de descanso.
Un trozo de cielo se reflejó en los valles. Boris supo en la piel el nacimiento de las horas; un carrusel desbocado mirado por los ojos de niño. Desde la pared de aire que lo circundaba se oyeron ayees de cobre, como si todas las campanas del mundo se dolieran por la muerte de sus dioses. Los pies de Boris se levantaron por lo menos un metro del suelo, se deslizaron hacia delante Y Boris sintió que se recostaba en el aire de su propia sombra; pronto sus brazos se secaron en forma de tronco leñoso, sus piernas fueron cavernas misteriosas por donde circulaba la oscuridad en un torrente de greda negra. Su cuerpo, o el tronco de su cuerpo, el pecho y el abdomen florecieron al igual que un jardín; pequeñas mariposas revoloteaban sobre su pelvis mientras destellaban colores anaranjados y luces celestes. Sintió ganas de eyacular y cerró los ojos ante el quejido que quería arrancarse por su boca entreabierta. Desde atrás lo cogía una fuerte corriente de aire en forma de catarata y lo deslizaba en un tobogán a las profundidades de la tierra. Todo su cuerpo comprimiéndose entre areniscas y filones de oro que se hendían en sus músculos. Su boca, sus globos oculares, su nariz, sus mejillas, sus orejas toda su cabeza demoliéndose entre sales minerales, azufre, yodo, hierro y otra variedad de metales y jugos que la tierra vomitaba como un asfalto entre los huesos craneales. Lo que es arriba, pensó, es abajo; y se entregó a la muerte.
Sintió sobre su rostro una cálida humedad que resbalaba hasta el cuello; abrió los ojos y vio a Rachel llorando sobre él, mientras Cristian la abrazaba y sostenía… Apareció Juan; la mano en el esternón, la energía fluyendo a torrentes hasta la última célula. Luego la mano en la espalda, el suave impulso para sentarse en el lecho… la mano en la frente y las profundas ganas de dormir. La mano de Juan parecía garra de oso sobre el cerebro, sobre la conciencia, sobre eso que Boris identificaba consigo mismo. Cerró los ojos y vio a Juan delante de él y lo vio con su mano en la frente y la otra en el cóccix. Abrió nuevamente sus ojos con incredulidad y vio a Juan con su mano en la frente y la otra en el cóccix…
Sobre la vida y la muerte
Hace poco más de tres semanas que en mi mente maduran pensamientos sobre la vida en todos sus planos
y, como un maravilloso abanico de ecos, cada blog amigo, cada intervención de ustedes, refleja un espectro del arco iris de mis reflexiones.
¿Cuánto trasciende el hombre a las fronteras de la materia? ¿Trasciende realmente? ¿Existen los límites entre esto que considero la vida y aquello que considero la muerte, el más allá, el otro mundo? ¿Es tal vez un todo imbricado como una magnífica tela de araña que se extiende en todas las dimensiones?
Los ecos de la conciencia
Movilizar la actividad de mi mente hacia estos pensamientos no tiene nada que ver con un sentido trágico de la vida, ni con sentirme mal o deprimida. Tiene, más bien, un enfoque curiosamente maravillado ante experiencias que se viven y no se alcanzan a dimensionar en su más perfecto alcance.
¿Cómo explicamos ciertos hechos que no tienen explicación racional aparente? En el posteo anterior (por cierto, más que rico y bello por todos los aportes que me obsequiaron… ¡gracias!) nuestro amigo Osvaldo deslizó una frase que transcribo: “me mantengo escéptico a creer que, por ejemplo, en este momento ambos estemos pensando en lo mismo por causa de una armonía de energías en vez de ser por símiles experiencias y vivencias que nos hacen llegar a las mismas conclusiones”.
¿Y si realmente la conciencia, la mente, es Una en sus planos más elevados? ¿No podría esto explicar tantas cosas que ocurren y no pueden ser analizadas de otra manera?
A lo largo de mi vida, sin poder afirmar que poseo un registro escrito de hechos, con circunstancias detalladas, fechas, horas y demás datos científicos, tengo sí un vívido registro mental de momentos en los que el límite entre lo conocido, lo establecido, lo palpable, y aquello que no puede ser descrito, el plano diferencial, se desdibuja de una manera absoluta, y pequeños destellos de un estrato vivencial se interpolan con el otro, en ambas direcciones, como si quisieran mostranos la futilidad de tanta duda.
Creo que más de una vez he mencionado que provengo de una familia con una gran riqueza interior: sensibilidad artística, percepción, espiritualidad, se han dado con manifiesta persistencia en las diferentes generaciones de la misma. Mi anecdotario tiene que ver con experiencias circunscriptas al ámbito familiar, experiencias movilizadoras y recurrentes. ¿Creen ustedes que es posible para el ser humano advertir ese otro mundo que cohabita con nuestro plano y “dialogar” con él?
Relato de un naufragio
Hacia 1912 y en la gran masa inmigratoria que llegó a América huyendo del hambre europeo, arribaron mi abuela materna con dos de sus hermanos. En España quedó la hermana menor con los padres, a la espera de buenas nuevas que les animaran al cruce del Atlántico. Las noticias favorables llegaron y, vendiendo todo lo que les quedaba, se embarcaron rumbo al puerto de Buenos Aires.
En mitad de una noche apacible, durmiendo después de una jornada larga y agotadora de trabajo rural, el mayor de mis tíos comenzó a sentir mucho frío y que el aire se le acababa. Intentaba abrir los ojos, pero no podía: veía sólo sombras veladas y confusas y sus oídos no podían escuchar con claridad, tenía la sensación de tener la cabeza dentro de un pozo de agua; el mismo burbujeo, la misma opresión. Comenzó a manotear desesperado y, en su angustia, volcó los objetos de la mesita de noche. El ruido despertó a los demás habitantes de la casa, quienes lo rodearon y le preguntaban qué le ocurría. Él, sencillamente, no podía explicarlo. Sólo atinaba a describir que se había sentido rodeado de oscuridad, frío y opresión, una tan fuerte que no le permitía respirar.
A esa misma hora, a miles de kilómetros de allí y según lo informado por las autoridades españolas, mis bisabuelos y la menor de mis tías abuelas morían en un naufragio, provocado por la explosión de una de las calderas del navío, cargado por demás de inmigrantes que partían buscando un mejor futuro.
¿Coincidencia? No creo en las casualidades…
Ángeles sin cuerpo
Pero la posibilidad de percibir el tránsito de un plano vivencial a otro no siempre tiene que ver con lo trágico. A veces, ubicados en el umbral de la conciencia, algunos visualizan a quienes aún no han llegado al mundo con absoluta nitidez.
En su lecho de muerte, mi abuela materna saludó a la mayor de mis primas diciéndole: “Hija, ¿dónde está el bebé?”. Mi prima, pensando que se refería a su niñito de dos años le respondió: “Lo dejé con mamá… estaba muy cansado porque jugó mucho en la plaza hoy”. Mi abuela negó con la cabeza y murmuró: “No. Él no… el rubiecito. Hay que tener cuidado con él, siempre se golpea la cabeza”.
Mi prima caviló que en el estado en que se encontraba ya la anciana, era posible que estuviera soñando o no supiera con quien hablaba. Lo que en realidad no sabía es que estaba embarazada y que seis meses después nacería su segundo hijo, rubio y con una extraordinaria propensión a caerse y golpearse… siempre en la cabeza.
Mi padre, que de modo natural era un hombre alegre y poco propenso a exteriorizar sus más profundos pensamientos y experiencias, desarrolló una curiosa habilidad para detectar en las jóvenes de la familia embarazos, con identificación del sexo del bebé, durante los últimos diez meses de su vida. Así, adelantó sin error alguno la llegada de mi sobrina, más dos varoncitos de otras tantas primas.
¿Por qué una persona que sabe pronta su partida puede ver a quienes aún no están entre nosotros? No tengo una respuesta…
En la hora exacta
Más de una vez hemos dialogado sobre la paradoja de la existencia del tiempo. Que no es, que todo ocurre en simultáneo… ¡o vaya a saber cuántas posibilidades más! No somos físicos teóricos… al menos, no yo. Pero aún así, el tiempo parece ser un film que puede verse adelantando un poco las secuencias, cuando ésto es necesario.
Una persona cercana a mí, encontrándose rodeada de una gran cantidad de amigos que hablaban vanalidades en medio de una reunión social, palideció de pronto y sorprendió a todos murmurando: “Voy a morirme…” Los amigos, incómodos y preocupados, intentaron borrar esos sentimientos de él con bromas y comentarios absurdos respecto de su cordura, su edad, que eso les llega a todos y nadie se queda para semilla y otras, hasta conseguir que distendiera su rostro y se relajara. Un poco más tarde, volvió a repetir el mismo comentario, con seriedad y, esta vez, diciéndoselo a una sola persona. Al recibir una respuesta similar, asintió con la cabeza y no volvió a mencionarlo. Veinte minutos después, murió trágicamente en un accidente.
Una de las más maravillosas mujeres que conocí, fue una de mis queridas tías. Ejemplo de virtudes femeninas tal como las promulgaban las costumbres de pueblo en épocas pasadas, sensible espíritu que se regocijaba en las artes, tuvo el destino de vivir sus últimos años con una extraña e indomable enfermedad del sistema inmunitario que minó su salud, pero no su espíritu. Ya internada y visiblemente deteriorada físicamente, despertó una mañana y preguntó a una de sus hijas que la acompañaba: “¿Ya son las tres de la tarde?”. Cariñosamente, mi prima le respondió: “No mamá, es muy temprano. Descansá tranquila que yo estoy aquí.” A lo largo de la mañana, mi tía despertó dos veces más y repitió su pregunta. Por extraño que parezca, esa tarde, exactamente a las tres, mi tía falleció.
¿Saben nuestras conciencias cuál es el momento de abandonar este plano y pasar al otro? ¿Puede verse ese momento en una especie de antelación? Todo parece decirnos que sí.
Una cierta perplejidad
Somos, indudablemente, conciencia que se ve a sí misma. Luz de sol brillante en el ocaso. ¿Intuimos la curva del espacio infinito en las espaldas mientras vemos los cielos azules de la tierra?
Todo parece decirnos de manera permanente que los límites no son reales. Que estamos tanto aquí como allá, donde no recordamos.
¿Y si esta dimensión es más quimera que el otro plano de ricas experiencias?
¡Cuántas locas preguntas! ¿No lo creen?
Pero a pesar de lo que nuestro amigo Osvaldo expresaba, yo creo que todo es causa y efecto, no un albur. No sólo experiencias similares y vivencias parecidas. No sólo afinidades. Hay explicaciones que no transitan por los caminos de la lógica y, por supuesto, energías invisibles que vibran en una misma frecuencia.
Si no fuera así, no me explico que hacemos todos aquí, desde hace tanto tiempo, dialogando.
¡Abrazos con el corazón!



