Blog del escritor Andrés Casanova

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Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías

UN POEMA ESCRITO EN EL AÑO 2007

En ocasiones, no sabe uno por qué escribe sus textos, en otras en cambio, se encuentran tan ligados a pasajes concretos de una época, o de un acontecimiento, o hasta quizás de una pérdida, que se conservan por ahí, como olvidados, hasta que es necesario volverlos a poner en circulación. En el caso de Canción desde mis islas, sentí la necesidad de que estuviera de nuevo en el espacio electrónico, pues ya recién escrito lo tuve en mi otro blog. Simplemente por eso, porque me pareció necesario como si fuera una botella al mar. Solo he cambiado un adjetivo en el último verso, porque el anterior me pareció demasiado débil.

CANCIÓN DESDE MIS ISLAS

“Dios salve a Numancia”
Osvaldo Antonio Ramírez

Que espere el verso
porque me voy de nuevo por la lluvia
a mojarme en esta soledad que nos mataba
y ya de pronto no parece tan sola.

Que el verso pierda su virginidad
aherrojada por la voz de los guardianes
y se meta en la urdimbre de los días
cuando los poetas aprendemos otros versos
donde nos contemplen desde sus rostros de piedra humanizada
José Antonio y Rubén
el José Martí completo y ecuménico
sin olvidar a Abel con ojos imborrables y a otros millones
que andan en la niebla caliginosa de los días.

Que el verso redescubra las islas que nos fuimos inventando
mientras orgullosos de mirarnos en el espejo de Narciso
creíamos en las historias de las hadas.

Que arda el verso
en el terrible crisol de las ideas.
Las Tunas, 14-02-2007

Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías

CUATRO MINICUENTOS EN ACCIÓN

Tengo varios libros inéditos, tantos, que a veces no recuerdo la cifra. Y no hablo por vanidad personal, sino porque mis dos grandes ocupaciones de oficio son escribir y leer. Ahora bien, de entre esos libros que tal vez no llegue a ver publicados en papel por diversas razones, el que he titulado Minicuentos en acción quizás resulte el más difícil de llevar a la imprenta. Razón fundamental: porque después del clásico “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí” de Augusto Monterroso, no creo que pueda haber nada innovador en este género de cuentos. No obstante, me va saliendo lo que algunos consideran un género fácil, aunque a mí se me dan luego de varias horas o varios días de meditación, cuando ya me aparece el personaje principal, la trama y el argumento. Condensación de ideas que podría servir quizás para una novela, pero que si se le diera más extensión ya no tendría la belleza ni el poder sugerente de un chispazo narrativo. Simplemente, disfrútenlos como ficciones bienhechoras.

Corazón de acero

Solo con sus manos, Társilo Industrioso se propuso arreglar la desvencijada maleta con que él y su compañero de trabajo Parámetro Ragento debían recorrer los talleres para arreglar las maletas de los restantes mecánicos con las que éstos recorrían el taller para arreglar la maquinaria en desuso.

El último cuento de Adalid

En todos los cuentos que escribía Adalid González, nuestro escritor más importante, los personajes tenían un final predeterminado. Excepto en el último de ellos, en el Adalid moría sin sentido debajo de las ruedas de un camión de veinte toneladas.

El hombre aquel

Siempre llamó mi atención aquel hombre ya casi viejo, que se detenía en las esquinjas de nuestra ciudad y vendía de todo. Jabones, pasta dental, libretas escolares, medicamentos. Y también pollos, gansos, cerdos pequeños y llaveros de pata de conejo. Un día dejé de verlo y creí que la razón era porque nada encontraba para vender como resultado de la gran crisis que afectaba a nuestro país. Cuando le pregunté a mi padre, sólo me respondió: “Lo vieron vendiéndose en la feria como mono amaestrado”.

Desarraigo

Elina y Mario odian vivir en Puerto del Caribe, donde han nacido. Culpan a su aire fétido el  no haber logrado que un hijo procreado entre los espermatozoides de Mario y los óvulos de Elina llegue hasta el final del trayecto. Entonces deciden tomar un barco en la clandestinidad de la noche y fugarse a Marconnápolis, considerada la meca de la medicina. Allí los especialistas diagnostican de manera irrebatible que tanto Elina como Mario son estériles.

Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías

COMO UN REGALO: POEMA POR UNA ESPERANZA

Existen regalos en la vida cotidiana que lejos de acercarnos a la felicidad momentánea (pues los que hemos vivido sabemos que la felicidad es como la niebla, porque aflicciones son las que se sobran en este mundo), nos alejan de los que más queremos, del verdadero amor y de la paz. Comprendiéndolo así, este poema me fue fluyendo gota a gota, un verso ahora, otro luego, una imagen en el despertar, otra mientras soñaba. Lo sometí cuando estuvo completo al yunque de la revisión, lo fui moldeando con el calor de la fragua de la distancia, le quité las esquinas sobrantes, confronté a mi sujeto lírico con la verdad, y ahora se los dejo en mi bitácora para decirles que ojala ustedes ni yo jamás tengamos regalos como este.

COMO UN REGALO

Me pusieron a estirar las nubes como si fueran estrellas
me pusieron a escribir la palabra amor, la palabra sangre, la palabra adiós,
me pusieron a secar las sentinas de mi vida
me pusieron a extraer la raíz cuadrada de las nubes
me pusieron
a vivir de una forma tan mojada
que ya ni el sol exprimía mi alma.
Me pusieron
entre dos raíles a rodar de infinito hacia las minas
me pusieron un clavo en la cruz y me dijeron
véte ahora a solear entre las tumbas de otros muertos.
Me pusieron a cantar corridos mexicanos mientras me decían
ese es tu folklor
apréndelo para que ganes mil concursos.
Me pusieron a abrir un agujero en el centro del mundo
me pusieron a sacar agua de los pozos con un martillo  sin cabo
me pusieron a andar de sitio en sitio
de flor en flor
de arena en arena
me pusieron sin voz para decirlo
y me dijeron
allí está la cruz que te quitamos.
Me pusieron de red en red
a que mirara en el espejo sin azogue
me pusieron entre la espada y la esperanza
entre la fe y el hambre
me pusieron como guarda de un tren
que nunca llegaba a su destino
y me advirtieron
solo tienes que cuidarte de los halcones.
Me pusieron a decirte que te amaba
me pusieron en medio de tu corazón que ya no era capaz de amar
y me dijeron ella te amará por siempre
y así la eternidad se me licuó en tus brazos.
Me pusieron.

Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías

HISTORIA DE LOS ADUMANOS

Hay días en que me levanto con uno deseo de escribir capaz de vencer cualquier otra obligación y en esas oportunidades no puedo negarme a la necesidad de liberar la energía mental que de otra forma se regaría por todas mis venas de una manera incómoda.

Así me sucedió en la mañana del sábado 30 de octubre de 2010: se me dio una trama de un solo tirón, sin apenas pensar. Me senté a la mesa donde trabajo ocasionalmente, y el lápiz corrió veloz sin que yo pudiera detenerlo (ocasionalmente, aclaro, la primera versión de cualquier obra la ejecuto a mano y con un creyón HB).

¿Quiénes son los adumanos? Lea este cuento que se me dio de forma tan gratuita y lo sabrá.

LAMENTO POR PRÓSCRITO MENDIETA

Próscrito Mendieta fue uno de nuestros más acuciosos investigadores sociales. Hombre de ciencia al fin, comenzó por establecer una teoría: la existencia en nuestro país de la raza de los Adumanos, el famoso eslabón perdido entre la humanidad y el mundo de los primates.

Luego de doctorarse en La Sorbona con notas de una excelencia indescriptible, regresó a la patria cargado de glorias y de reconocimientos oficiales, pero además con la dicha para él de haber podido rastrear en los principales archivos europeos el pasado remoto de las tierras americanas.

En una de sus búsquedas dijo haber encontrado entre los legajos matrices del archivo de la Casa de Contratación una inscripción jeroglífica que logró interpretar luego de cinco años de estudios, y que resultó ser una historia azteca o michoacana, no logró precisar, donde descubrió que la civilización adumana databa en estas tierras desde mucho antes del período llamado Antenoceno, que equivale a decir en lenguas extraviadas por los siglos de los siglos desde antes de la fundación del mundo”.

Apenas llegó a la patria, Próscrito Mendieta obtuvo del Congreso Nacional una subvención millonaria, recursos sin cuenta para sus investigaciones y los plenos poderes para contratar, subcontratar, arrebatas e incluso condontear la fuerza laboral que mejor le pareciera para realizar las excavaciones en la Isla de las Maracas, lugar de nuestro archipiélago que según el testimonio de los jeroglíficos aztecas o michoacanos había existido una civilización no solo precursora de esta humanidad actual, sino también perfecta: sin castas ni clases, no existían gobernantes ni tampoco gobernados; todos mandaban a la vez y nadie se veía obligado a obedecer, por lo que según los textos vivían bajo el imperio de lo que llamaban la libertad absoluta.

Luego de quince años de excavaciones y llegado al epicentro de la civilización adumana, Próscrito Mendieta sólo encontró la siguiente inscripción en un español estricto y de rasgos inconfundibles con el de hoy: “Era una broma: los adumanos fue una raza en extinción desde su nacimiento”.

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UN FRAGMENTO DE MI NOVELA NO SOMOS AQUELLOS NIÑOS

En el artículo titulado MI NOVELA NO SOMOS AQUELLOS NIÑOS Y LA APLICACIÓN EN LA MISMA DE LOS CONCEPTOS HISTORIA Y TRAMA (dentro de la categoría Explicaciones acerca de algunas obras mías que publiqué en este propio blog el pasado 8 de octubre) expliqué ampliamente la filosofía literaria bajo la cual escribí la versión final de esta obra, y prometía colocar un fragmento de la misma para que los lectores pudieran apreciar el tratamiento textual que doy a la trama. Ya con el artículo de hoy cumplo aquella promesa y les hago una nueva: colocar en algún momento la novela completa dentro de mis monografías.

Esta novela fue publicada en el 2007 por la Editorial Sanlope de Las Tunas con un total de 157 páginas en formato 19,5 cm x 13 cm con ISBN 978-959-251-241-2

Portada de la novela. El diseño es especial para esta novela, realizado por el artista plástico Alexey Camilo Meriño

(1)

Si el cura Juan Ambrosio no hubiera ofendido a nuestros padres todavía estuviéramos yendo los domingos a la iglesia a escuchar sus sermones. Allí el doctor Cárdenas asistía siempre vestido de blanco y al acabar la misa entraba a la sacristía; él era el que organizaba las celebraciones de la Navidad entregando dinero para que las Damas Católicas fabricaran un desierto adornado con luces de colores por el que viajaban los tres reyes magos montados en sus camellos rumbo al pesebre donde se veía a un recién nacido.

Antes de que el cura Juan Ambrosio ofendiera a nuestros padres todavía el doctor Cárdenas conversaba con ellos. Movía las manos exageradamente y las piedras de sus sortijas nos deslumbraban. Hablaba del carro y de los fallos que tenía el motor, encargándole al padre de Alfonso pasar al día siguiente por su casa bien temprano para que lo llevara al taller de mister Keller. Llenaba los pulmones de aire mirándonos a todos desde una altura inalcanzable. Hablaba de sus muebles de caoba, del brillo que estaban perdiendo y le decía al padre de Eliodoro que la próxima semana debía ir a pintarlos. Casi en la puerta de la sacristía regresaba sobre sus pasos y hablaba con voz conciliadora, como si les tuviera lástima por ser tan ignorantes.

-Esto es comunismo.

Otras veces se dirigía al padre de Violeta y descubríamos en su voz un dejo de desprecio.

-Mañana tienes que ir a podar el jardín.

Cuando el cura Juan Ambrosio llamaba al doctor Cárdenas nosotros comenzábamos a caminar hacia la salida de la iglesia, contentos porque podríamos librarnos de los trajes de domingo cuando llegáramos a nuestras casas donde quedaríamos libres para correr por el patio o dedicarnos a nuestros juegos en el cuarto de Alfonso y el otro mellizo.

En el cuarto Alfonso hacía planes de venganza contra el cura Juan Ambrosio, como si adivinara que un día iba a ofender a nuestros padres.

-Cuando nos ponga la hostia en la boca lo mordemos.

-Eso es una herejía.

En el patio lanzábamos una lata llena de piedras mientras uno de nosotros quedaba con los ojos cerrados en espera de que los demás se escondieran. Cada vez que el primero descubría a alguno hacía sonar la lata y gritaba la palabra tipisao y a continuación el nombre.

Tipisao Eliodoro!

Tipisao Francisco!

Tipisao Alexis!

Todos salíamos cuando nos mencionaban. Todos menos Alfonso.

Tipisao Alfonso!

A él no le gustaba perder en ninguno de los juegos.

Tipisao Alfonso!

No salía de su escondite y nosotros, aburridos, nos acercábamos en silencio a la ventana de la sala, sigilosos, con mucho cuidado; si interrumpíamos las conversaciones de los mayores nos mandaban a dormir.

-Acuérdate de lo que dice tu mamá, Alfonso: los muchachos hablan cuando las gallinas mean.

-¡Cállense y déjenme oír!

Escondidos cerca de la ventana escuchábamos la historia del Viajante, aquel señor calvo de mirar adormilado que conocimos cuando vivíamos en Las Mercedes y nos escapábamos hacia el potrero de Lodeiro para bañarnos en la laguna. Eliodoro empujó a Francisco y éste le hizo cosquillas al otro mellizo; los tres lanzaron manotazos al aire hasta que alguno alcanzó a Alfonso en la cabeza.

-¡Si siguen chivando se lo digo a papá!

El padre de los mellizos estaba detrás de nosotros con la soga del pozo entre las manos.

-¡A dormir!

Ahora tendríamos que conformarnos con recordar la primera historia sobre el Viajante escuchada en Las Mercedes, después que los mayores terminaron los rezos al espíritu de la abuela. Al Viajante lo habíamos conocido esa misma mañana de diciembre. Desde que entró a nuestras casas comenzó a anunciar la mercancía de su maleta y al llegar la noche sólo le quedaban unos pomos de medicina de dudoso valor curativo, algunos aretes de falsas piedras preciosas y dos relojes que marcaban la hora con retraso. Por la noche no hablaba de la mercancía sino de su viaje desde el pueblo hasta Las Mercedes.

En el pueblo había ascendido a un ómnibus de color gris y con los asientos flojos en la base. Avanzaron por una carretera zigzagueante y pronto el paisaje fue sólo árboles sucediéndose frente a sus ojos: mangos, limoneros, palmas reales, mangos nuevamente, limoneros, palmas reales; olor a tierra recién mojada que lo despertaba aunque el sueño volvía a vencerlo.

El calor acabó por amodorrarlo y el paisaje fue convirtiéndose en una música acompasada, en unos trinos de gorriones mañaneros. De momento sintió golpes dentro del sueño y en el límite del despertar escuchó un disparo. Cuando despertó por completo la compañera de asiento gritaba en tono histérico.

-¡Nos matan, nos matan!

Sólo entonces recordó haber escuchado un disparo. Un hombre de voz ordenadora, armado con una escopeta de caza, los obligaba a descender del ómnibus.

-¡Por orden de Bracamontes, todos abajo!

El nombre le parecía conocido pero no tenía ánimos para acordarse de nada. Debía ocuparse de que la maleta no se estropeara con el apuro de los de arriba y la insistencia de los de abajo. Al poner los pies en el asfalto intentó escurrirse entre el grupo y uno de los de abajo le sostuvo un brazo. Era un hombre de estatura pequeña aunque de manos recias y la voz firme, sin cuarteaduras.

-¿Qué traes ahí?

Zafó apresurado las correas y el barbudo que acababa de interrogarlo lo miró a los ojos. Sólo entonces reconoció a Bracamontes, uno de los empleados de la finca de un abogado de apellido Cárdenas, dueño también de los almacenes donde él compraba su mercancía.

-Dice el Viajante que Bracamontes es un asesino. ¿Eso es verdad, eh Alfonso?

-Si no me dejan dormir llamo a papá.

(2)

Ahora que vivíamos en el pueblo el Viajante continuaba visitándonos y no hablaba de espíritus ni del valle de lágrimas que todos debíamos atravesar, sino del cura Juan Ambrosio.

-Sólo cobra un peso por bautizar a cada muchacho.

Nuestros padres quedaron convencidos de que cometían pecado mientras no nos llevaran al bautismo y visitamos por vez primera la iglesia, vestidos con unos trajecitos cortos que dejaban al descubierto las rodillas con señales de golpes y las piernas marcadas por las matas espinosas que abundaban cerca de nuestras casas.

-Ya no son herejes.

Aquella sentencia del Viajante nos estuvo martillando en la cabeza varios días.

-¿Qué es hereje, eh Alfonso?

Alfonso no nos respondía; estaba entretenido mirando las historias de Tarzán, de los Halcones Negros o de Supermán que vendía el Viajante a cinco centavos y que nosotros comprábamos a escondidas de nuestros padres juntando el dinero de la merienda entre todos.

Cuando mirábamos hacia la cama del otro mellizo lo veíamos leyendo también.

-A mí no me pregunten. Déjenme leer.

Salíamos del cuarto y llegábamos hasta la cocina, donde Gerardina luchaba con calderos y ollas cubiertas de tizne; sus ojos se llenaban de lágrimas mientras soplaba los trozos de madera hasta que el olor agridulce de la ceniza era sustituido por el olor del fuego, un olor a resinas y a recuerdos de cuando vivíamos en Las Mercedes. La dejábamos allí, ocupada en llenar una lata con un café amarillento del que tomaríamos durante el almuerzo, y seguíamos hacia la sala. Allí el Viajante continuaba hablando como un profeta.

-Esto dura hasta que los americanos quieran.

Aquellas palabras nos recordaban, sin que supiéramos por qué, las palabras del doctor Cárdenas.

-Esto es comunismo.

El Viajante, poniéndose de pie y lanzando un fósforo acabado de apagar hacia fuera insistía en sus afirmaciones.

-Ya lo verán: ahorita los americanos intervienen.

La noche antes, después  de concluir la misa, el doctor Cárdenas se acercó a nuestros padres para intercalar entre sus órdenes las opiniones que nos obligaban a compararlo con el Viajante.

-Recoja bien temprano el carro en mi casa y llévelo para el taller.

-Esto es comunismo.

-La próxima semana vaya a pintar los muebles.

-Este gobierno se cae en las primeras elecciones.

-No me obligue a buscar otro jardinero.

-A los americanos no les conviene el gobierno de Castro.

El Viajante exhaló una nube de humo frente a nuestras caras y apagó el cigarro a medio consumir contra la suela del zapato. Gerardina avisaba que era la hora del almuerzo.

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EL CANSANCIO DE TORCER LAS VERDADES

Para unos, la verdad absoluta no existe, para otros, la verdad absoluta quizás exista pero no le es dado a los hombres conocerla; hay quienes sostienen que la única verdad es Dios. No es en ese sentido doctrinal que transcurre mi cuento que ahora les brindo para su disfrute, es algo más simple: es la confianza que debe brindarle el padre al hijo pequeño para que cuando crezca, no deje de ser el mismo héroe imperfecto que siempre fue. Claro está que las ficciones pueden traspolarse a otros contextos, pero esto ya depende del lector, no del escritor.

PADRE E HIJO

El niño comenzó a hablar con frases entrecortadas cuando aún no había cumplido el primer año, y pa lo mismo podía significar pan que papá. El padre sonreía mientras lo miraba crecer, como si quisiera ocultar en el amor pasadas tristezas. Juntos vagaban por el campo, recogían piedras livianas y las lanzaban al espacio con la pretensión de alcanzar las estrellas. Paso a paso, el niño aprendió a diferenciar pan de papá: lo primero suplía cada mañana los ayunos, lo segundo significaban sonrisas tibias y confianza plena, aunque también solía ser enojo cuando el niño aprendió los colores de las hojas y decía azul para fastidiar, no para joder, entiéndase: los niños no pronuncian las palabras con emoción por considerarlas ofensivas, sino porque les son musicales a sus oídos aún no entrenados en las veleidades de los mayores.

Aquí comenzó la frontera y el destino ulterior de padre e hijo. Este quería a aquel con lentitud viendo un gigante en su estatura; el padre se permitía a veces castigos excesivos.

Siendo un adolescente, el hijo escapó al bosque y de regreso trajo en sus manos un pajarillo.

-¿Por qué lo mataste? -preguntó el padre, fiero, a sabiendas de que su ira acorralaba al muchacho; no quería la verdad de su hijo: solo quería su propia verdad.

-No está muerto -contestó el niño, ajeno a la mentira.

Como prueba de la certeza de sus palabras rozó con un dedo al pajarillo y este despertó viéndose libre.

-¡Lo mataste! -repitió con obstinación el padre, iracundo, a pesar de que el pajarillo aleteaba alrededor de los árboles.

-¡Lo mataste! -volvió a decir el padre y mientras azotaba al niño, gritaba: “¡No me desmientas!”.

El padre ya es un viejo. El hijo acaba de regresar del cementerio, sin la mujer amada que ha muerto de parto. Lloroso está por dentro aunque no se atreve a confesárselo al padre.

-¿Por qué la mataste? -pregunta el anciano. Ya su voz no puede ser iracunda; solo derrama el cansancio de una vida.

-Porque ya no me amaba -responde el hijo, hastiado de torcer las verdades.

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TRES POEMAS PARA HOY MISMO

En ciertas ocasiones el poeta es avaro con sus versos y luego de revisarlos, los guarda en la gaveta o los destruye. En el mejor de los casos, suele conservarlos para otros días, cuando algún concurso o una editorial convocan su presencia. Y todas estas actitudes resultan comprensibles, nada criticables, porque cada poeta es responsable absoluto de sus sueños. Sin embargo, en esta oportunidad no guardaré estos poemas para un futuro que quizás no sepa cuál será su instante. Los comparto con ustedes de inmediato.

QUEDARTE SOLO

Irte
o quedarte solo
con tus señales que acercan las distancias.

Seguir en medio de la niebla
con tus dolores
la resaca del agua
y la mentira.

Volverte a los desiertos
cuando no andas detrás de los demonios
ni hablas tus verdades
porque pierdes la lengua
y te aplasta la lluvia.

Tener donde dejar la piel
sin temor a que mueran los sueños
por la borda
como esas anclas
oxidadas por falta de ternura.

Detenerse la marcha
porque sobra el silencio.

AVANZADA

No vuelvan a sus jaulas
donde los esperan la fuerza del candado
y el látigo teñido con la sangre de los otros.

Vayan hasta la selva
rujan, barriten, enciendan las hogueras y no se cubran
de los disparos que vienen de la nada.

Ustedes son los dueños de las metáforas:
nadie, en sentido absoluto,
podrá borrarlos de estos versos.

ESPACIO HABITABLE

Las campanas tañen separadas de mí
golpean mis oídos
extraen las rémoras que me atan
liberan mi silencio.

Las campanas apagan la advertencia
aquella donde guardo los deseos de gritar ciertas palabras absurdas
que me ahogan aunque yo las expulse.

Porque de nada me sirven para habitar aquella noche
que traía en los bolsillos
y soy entonces el que pierde la sangre
o el que es devorado por las fieras del circo
o definitivamente
aquel cuyos ojos se cierran a la luz.

Y mi espacio habitable ya no existe
en el instante que se multiplican las derrotas.

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CONFESIONES (Poemario que no pude compartir una noche y deseo que ustedes conozcan)

Cuando me invitan a una lectura de mi obra, suelo prepararme con antelación por el respeto que merecen mis (posibles) oyentes. He concluido, en los últimos tiempos, que no todos los oyentes de recitales de poesía asumen la oralidad de la misma manera e incluso, algunos no la resisten: simplemente, dejan sus mentes en blanco y las palabras del orador hienden los aires mas no entran a sus oídos.

Como ya lo he aprendido, rechazo leer en lugares estériles, aunque se pueda interpretar mi actitud erróneamente. ¿Valdría la pena comunicar el resultado de nuestras horas de renuncia a la vida real mediante las cuales creamos nuestros mundos ficticios, cuando en realidad carecemos de receptores?

Una noche, seleccioné con cuidado y seriedad los poemas que pensaba compartir en el lugar que me invitaron, y cuando llegué  sentí un terrible rechazo por el ambiente qie existía donde debía decirlos.

Sin embargo, no quise perder mi trabajo de poda y arreglo de unos versos ya escritos con anterioridad los que agrupé bajo este título porque realmente son confesiones poéticas sinceras, donde el sujeto lírico se vale de mí para pedirnos que meditemos acerca de nuestra razón de ser en este mundo que cada día se va globalizando a pasos más acelerados. Entonces, determiné entregarles el poemario a ustedes, mis lectores virtuales, convencido de que quien entra a la red de redes en busca de literatura, es un receptor respetuoso.

CONFESIONES
Estoy con la gente de a pie
y los que se manchan de grasa los bolsillos.
Soy partidario de quienes en las quebradas
sueñan que aunque demore siglos
un buen día amaneceremos a un paso del futuro.
Voto en las elecciones
por el candidato con la insignia de la justicia
grabada dentro de su corazón
y no colgada en el pecho simplemente.
Estoy contra los cobardes que demandan prudencia
aconsejándonos guardar silencio
cuando rugen los leones.
Redimo mis días creyendo en la verdad
aunque sea necesario combatir contra molinos de viento.

LOS DIOSES DEL OLIMPO
Hagamos de la vida un gran sueño
se dijeron los dioses del Olimpo
gente endurecida por el salitre
y la piel impregnada de almíbar.
Durante las noches de luna y las nevadas
tomaron por asalto los andenes
explotaron las jaulas donde anida la muerte
y extrajeron tumores del asfalto.
Al paso de los años
los andenes no iban a ningún sitio
la muerte mostraba sus pezuñas
y los tumores volvían a reproducirse.

PREFIERO LOS ADIOSES
No confío en el soldado que amanece a la sombra
ni en el poeta que amansa su voz de agorero.
Prefiero los mendigos
perdidos en los parques
y la niña que oculta
pétalos en las nubes.
Aborrezco la historia sembrada de vacío
porque es como una barca anclada desde nunca.

MI MUNDO ES ESTE
A mis amigos del taller mecánico y a Regino Botti

Mi mundo es este
donde las tuercas crujen sus dolores
y la pasión del verso muere sin cansancio
aprisionado en una mordaza helicoidal.

Mi mundo es este
cuajado de integrales y de líneas imperfectas
que nutren los ejes silenciosos de un torno
y obnubilan la paz del olor a zeolita.

Mi mundo es este
entero entre las involutas de un engrane
y mordido en la sombra del acero
en que clamo mi sed ansiando los olivos.

Irremediablemente
mi mundo no es el de las rimas
sino el del aceite que gotea de las alcuzas
mi mundo no es el de los párrafos
sino el de la gasolina que se escancia gota a gota
mi mundo no es el de las multitudes
sino el de la soledad de mis llaves de letras
y el del rudo silencio del asfalto.

Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías

UN FRAGMENTO DE LAS NUBES DE ALGODON

Desde hace varios días, vengo planeando compartir con ustedes un fragmento de esta novela que según el decir de su editor Alberto Garrido se trata de una novela “…de pensados anacronismos, fábula moral que enjuicia el mundo contemporáneo, el abuso de los poderes omnímodos de un taller literario…” pero a la que también describe como “…un juguete dramático-narrativo volutnariamente inverosímil“.

Yo personalmente, al margen de lo dicho por el editor, debo agregar que disfruté tanto su escritura porque me sirvió para hundir el bisturí en la psicología de los personajes que en su totalidad responden a actitudes de personas que pueden vivir lo mismo en Honolulú que en el Polo Norte, de ahí su aliento universalista cuando juega con la Casa de Contratación tanto como con personajes históricos y otros para nada conocidos pero por cuyas venas circula la sangre.

Sin más, aquí tienen unas cuantas páginas iniciales de la obra para que la disfruten. Esta novela fue publicada en el 2005 por la Editorial Sanlope de Las Tunas con un total de 235 páginas en formato 13 cm x 19,5 cm con ISBN 959-251-181-0

La edición de Sanlope tiene una dedicatoria ficticia inicial y dos del plano de la realidad real, y está dividida en un total de 22 capítulos, de los cuales compartiré con ustedes los dos primeros.

Portada de la novela. El diseño es de Samuel Perdomo, con imagen del filme cubano Robles de olor

(Dedicatoria de la edición impresa)

Dedico estas nubes de algodón a una gran cantidad de amigos, y sobre todo a Cundo Núñez porque cuando estaba vivo además de ser mi tío me servía de consejero literario. Se sobreentiende mi agradecimiento también para todos los que con él me acompañaron en ambos talleres (el de la fábrica y el literario), especialmente para Augusto Bracamontes, Chino Laguna, Rafael Garay, Eparménides Valdesbrito y María de la Caridad Sagrario Ortogénesis.

Ya en este terreno de la realidad, mi esposa Margarita y mis hijos Andresito, Yoenia y Carlos Manuel, son cómplices todos de mis extravíos en el cuarto de fabricar historias.

Carlos Téllez, Osvaldo Antonio Ramírez y Andrés Machado Conte también resultan condenados como culpables de la existencia del taller literario Los Fantasmas y por lo tanto, estas páginas que a manera de relación circunstanciada quedarán impresas, quiero que constituyan para ellos una especie de Canto para tres bandidos.

A todos, mi reconocimiento.

(1)

CUNDO NÚÑEZ mueve las manos para bajarse la camisa al nivel de los bolsillos del pantalón, porque si algo no tolera es que descubran su vientre abultado como una pelota de jugar en la playa. No entiende cómo pueden arreglárselas los escritores para inventar sus historias y les repite a sus amigos que ha leído libros en los que el narrador toma una bolita del tamaño de una hormiga y empieza a untarle baba de ateje mezclada con saliva, amasándola despacio para que no se le quiebren las redondeces y al final, encima de la bolita aparece un circo con acróbatas y bailarinas que desafían las estrellas.

Mientras sus amigos deciden marcharse hacia donde venden cerveza, Cundo queda detenido en medio de la calle iluminada por un parpadeante bombillo de mercurio, pensando en los motivos que han podido impulsarlo a él, empeñado en ignorar que el rostro se le está agrietando por el paso de los años, a escribir una novela. Sabe que su vida es vulgar, sólo puede recordar dos o tres mujeres que lo amaron de veras y a lo sumo unas pocas horas de felicidad. Cada día transcurre de manera rutinaria: apenas el sol ha salido, cuando comienza su trabajo en la fábrica que lo aniquila como aspirante a intelectual porque al llegar la tarde el cansancio lo vence; el viernes, la única esperanza es que jamás vuelva a existir un lunes.

Sin embargo, al marcharse sus amigos ya no se encuentra solo en la calle, porque comienza a pedir consejos a Bracamontes sobre la forma más recta de proceder en su vida privada; después, trata de convencer a Justino Marcial para que tome las riendas del Taller Literario y conversa con Rafael Garay, persuadiéndolo de que no continúe enemistado con Chino Laguna. Y aprovechando que el conde Larrecameliú baja de su caballo, fue donde él cuidando que los demás no lo observen, le limpia las botas de montar con un paño húmedo y le ruega que no comente con nadie este gesto suyo de admiración por un noble caballero. Sabe bien que si Bracamontes llegara a enterarse, se subiría en la cabriola de los meneos y ya no habría forma de hacerlo descender.

En el instante en que Cundo Núñez termina de limpiar las botas del conde, en la ciudad se encienden miles de luces de neón, los vehículos comienzan a rodar llenando el ambiente de un humo denso y él se inclina hacia delante con el sombrero en una mano.

Larrecameliú, quien acaba de regresar de la Casa de Contratación, le confía a Cundo sus planes inmediatos. Está a punto de dirigirse hacia su bosque de cacerías predilecto, donde revisará cada rama, cada árbol, cada huella que delate el paso reciente de una liebre o un ciervo traído desde alguna colonia ultramarina con el propósito de ser usado como objeto de persecución, tal como ocurre en la novela El cuerno de caza. Allá en Sevilla, el conde es el responsable de llevar el control estadístico de los barcos que parten hacia África en busca de esclavos, la cantidad de negros capturados, de ellos cuántos de cada sexo, por sexos cuántos mayores de edad y finalmente, los aptos para distintos tipos de labores. Larrecameliú ha ideado un método para determinar la mayoría de edad de los futuros esclavos cuando existen dudas: el capitán del barco negrero manda a buscar al individuo y luego de azotarlo cinco veces, lanza un dado de marfil encima de una mesa cubierta con un tapete verde; si el número cae par, se sobreentiende que el azotado es mayor de edad. Método muy sabio, ¿verdad?

-Siervo de la gleba, ¿de dónde vienes? -le pregunta Larrecameliú a Cundo con aires de desprecio al comprender que ha soltado la lengua de una manera impensada, como si no fuese conocido que aun cuando ejerce señorío sobre el condado de Punta Martinas, su abuela materna fue barragana de varios príncipes del infantado y gracias a ello hoy él ostenta un título de nobleza.

Cundo comienza a chocar el labio superior contra el inferior ruidosamente y se rasca la cabeza. Si no estuviese apurado le quitaría la espada al conde y después de bajarle los calzones, le iba a propinar una paliza como para que no pudiera sentarse durante diez días ni en su silla acolchada del despacho principal en la Casa de Contratación.

-Siervo, estoy hablando contigo. ¿No has visto por el camino una carroza color sepia? -dice el conde, mirando hacia ambos lados de la calle. La carroza que debe recogerlo está al llegar y se encuentra impaciente; desea que Cundo lo vea ascender a ella, que comprenda que no es ningún personaje de sus historias como el Ratoncito Pérez o Albertina de la Barda.

Cundo apenas le contesta con un monosílabo. Del conde le incomoda sobre todo la altanería. Se cree un alto funcionario y a él le consta que en la actualidad no sería más que un empleadillo de algún consorcio transnacional. Porque si en su presente se contenta con besar el anillo del rey, en el futuro sólo lograría emplearse como jardinero de algún Rockefeller.

Larrecameliú llegó a la casa solariega y sintió como si hubiese salido de una prisión. Allá en Sevilla todo se convierte para él en firmar papeles, contestar las genuflexiones de sus subordinados con una inclinación de cabeza y escuchar los chismes de algún escribano contra otro a quien pretende desplazar del cargo. Claro que su puesto de director general también le ofrece ciertas ventajas. Por ejemplo, si una buenamoza desea que un hermano suyo viaje hasta las Indias Occidentales con la esperanza de regresar cargado de esmeraldas, topacios y rubíes, obligatoriamente tendrá que solicitarle el permiso a Larrecameliú. Y éste, aunque en público acostumbra a decirles a las señoras de la corte cuando roza con ellas pardon mes dames para demostrarles que no sólo habla el castellano, encerrado en el despacho principal de la Casa de Contratación se convierte en una especie de miura y en impenitente bebedor del vino de la fornicación; allí más bien parece un verdulero de la plaza de Madrid, pues mientras inclina el torso y toma la pluma de ganso del tintero, su mano izquierda le muestra a la muchacha la planilla titulada Modelo 562-A ORDEN DE ENTRADA A LAS INDIAS. Mientras sonríe, le indica con la punta de la pluma el espacio donde puede leerse Autorizado por y dice: “Muchacha pelicambrina, vamos a hacer un cambeo“.

Al llegar a la casa solariega, se dirigió de inmediato al establo, donde preguntó a uno de los criados por el estado de salud de Omar V, el brioso alazán que empleaba para la caza del jabalí. Tanto lo adoraba, que si hubiese tenido que elegir entre el caballo y la condesa, sin dudas habría optado por el primero.

Cundo llegó en ese instante al banco del parque donde fue a sentarse, dedicándose de manera simultánea a tres actos. El primero, escarbarse la nariz; el segundo, esperar a Santos Aguiar para jugar una nueva partida de lo que ellos llamaban torneo verbal sobre la ficción literaria; y el tercero, observar cómo el conde, luego de haber acariciado durante varios minutos el lomo de Omar V, subía hasta sus habitaciones y le ordenaba al ayuda de cámara preparar los vestidos de salir a pasear por el bosque.

Larrecameliú se cambió de ropas y luego de limpiarse las pestañas con saliva, bajó de nuevo al establo donde se entretuvo largo rato conversando con su alazán mientras le pasaba una mano por la zona inferior de los cuartos traseros. Durante la correría acompañado de varios lacayos aguijoneó con las espuelas a la bestia cuando se mostraba remisa a saltar algún obstáculo y en ocasiones, la obligó a marchar al galope tendido.

-Igual que Jorge con su motor -dijo sonriente Santos Aguiar, apareciendo de improviso frente a Cundo.

Se refería a Jorge el de la fábrica donde ellos trabajaban. Era propietario de una moto muy vistosa, la que al presionarle el botón del arranque de inmediato se ponía en funcionamiento con un sonido estrepitoso y sin apenas expulsar humo por el tubo de escape. Cuando el tráfico se lo permitía, aceleraba la máquina más allá del límite tolerable para demostrarles a los demás motoristas que era superior a la de ellos.

Santos Aguiar le brindó un cigarro a Cundo y antes de sentarse a su lado extrajo de un bolsillo del pantalón una libreta arrugada, como para advertirle a su amigo que venía dispuesto a amanecer en aquel parque donde las parejas de enamorados venían a decirse ternuras y un borracho nombrado Monguito Pleamar solía advertir que no pensaba pedirle permiso a nadie. Era un sitio por lo demás tranquilo, y apenas se veía algún muchacho con un tirapiedras o montado en una bicicleta. Pero cuando Santos Aguiar y Cundo Núñez se reunían allí, la tranquilidad desaparecía porque de inmediato llenaban el lugar con sus personajes.

Nadia es la primera de la que hablan, recordando su vestido abombado; a la altura del muslo izquierdo tiene una abertura que al soplar el viento deja entrever una piel sin asperezas. Santos Aguiar insiste que es sólo una niña; él la recuerda cuando pasaba frente a su casa en horas de la mañana vestida con uniforme escolar y sería sacrílego suponer que dentro de un tiempo algún muchacho le dirá frases melosas al oído, la persuadirá de que serán felices y al final la conducirá hasta el bosquecito de pinos donde también él, Santos Aguiar, ha llevado muchachas que por el día usan uniforme escolar.

-Además, es hija de Bracamontes -expone Cundo ya convencido de que efectivamente es una niña.

A Santos Aguiar no le importa el padre, sino lo sucedido cuando Nadia llegó a la casa en construcción de Jorge, tal como se lo estaba contando Cundo Núñez. Allí Chino Laguna, que en realidad no era albañil sino mecánico pero sabía algo de construcción, colocaba ladrillos con destreza. Nadia dijo, con una voz que a Jorge le resultó agradable: “Chino, le traigo una carta de su hija”. Le resultó agradable cuando ella habló; luego razonó que el tono aunque parecía respetuoso era en realidad insolente. En un primer instante, Jorge estuvo moviendo la pala sin sentido y luego la dejó abandonada simulando que eliminaba los restos de mezcla adheridos a la pared, mientras Chino Laguna leía cada línea con calma, ajustándose los espejuelos que se le corrían hacia la nariz achatada por los golpes recibidos en la lejana época en que fue boxeador. Nadia, mientras tanto, se entretenía en recoger pequeñas piedras del suelo, lanzarlas hacia delante y mirar el reloj. Jorge la vio agacharse en una oportunidad para tomar varias piedras y sus pensamientos se compartieron en dos: “¿Aprovechará Chino Laguna la oportunidad para pedirme dinero prestado, inventando una historia basada en la carta de su hija?” “¡Qué piel más delicada tiene Nadia, qué muslos tan bien formados!” El Chino Laguna acabó de leer la carta y Nadia se le acercó, hablándole en un tono que a Jorge le disgustaba. Porque aunque podría ser cierto eso de que el comportamiento de Chino no era el más adecuado como padre, que su abandono de la hija en Santiago de Cuba desdecía de él y de todo su prestigio como antiguo campeón nacional del peso completo en el boxeo, no estaba dispuesto a tolerar que Nadia, una chiquilla apenas, se atreviera a ofender a un hombre que en el pasado era capaz de largar hacia la lona con los golpes de su mano derecha a un peleador tan temible como Rafael Garay. Al comprender que había estado cometiendo una indiscreción, Jorge decidió alejarse de su casa en construcción, de su propia casa, para permitirle a Nadia que continuara insultando a Chino Laguna, mientras éste asentía avergonzado. Jorge miró a la jovencita y pensó que resultaría magnífico encontrarse con ella cualquier noche de estas en una calle oscura o en el bosque de pinos.

-¡Qué desvergonzado! -protesta Santos Aguiar dándoselas de moralista. Y ese papel le queda muy mal, porque todos saben que acostumbra a visitar la casa de Tomito del Verso y en ella entrevistarse con Albertina de la Barda o con Nereida la Billetera.

Y al escuchar cómo su conciencia le mencionaba a las dos novias más adoradas por él, refirió lo sucedido unas noches atrás, cuando salió a la calle deseoso de olvidar el ensayo que intentaba escribir sobre la novela más reciente de Agustín Lamayer y llegó al parque con intenciones de esperar el ómnibus, pues aunque la casa de Tomito sólo distaba una cuadra de allí, le gustaba abordarlo con tranquilidad y en horas del día resultaba imposible. Se acercó al estanquillo de las revistas, extrajo un billete de cinco horas y se propuso cambiarlo por seis monedas de dos segundos, operación absurda como todas las que realizaba Santos Aguiar. Él siempre obviaba el hecho de que el tiempo había subido de precio en el pueblo y se empeñaba en continuar viviendo con las normas del pasado lejano, cuando no existía fábrica alguna y una sola ruta de ómnibus recorría las calles polvorientas. Apenas la empleada vio el billete en la mano de Santos Aguiar, no se dignó siquiera aclararle: “Tengo orientaciones de no cambiar si no me compran un periódico”. Qué va. Apartando un momento la vista del tejido que confeccionaba, negó con la cabeza y continuó su labor. Santos sintió deseos de patear contra el piso, proferir unas cuantas obscenidades y maldecir el Tratado de Lógica Polivalente de fray Luis de la Estofa. Sin embargo, comprendía que la resistencia de su organismo contra los enchufes y los meneos tenía un límite y suspiró mientras sonreía a la empleada. Ladeó la cabeza y llevándose una mano al pecho a la vez que se inclinaba hacia delante sosteniendo en la otra mano un imaginario sombrero de alas anchas, le dijo: “¡Oh, qué hermoso tejido está usted elaborando!”, piropo que la mujer agradeció con un ligero resoplido y un muchas gracias que se ahogó entre sus dientes. Santos Aguiar continuó su camino. Esta noche no quería disgustarse; deseaba tropezar con alguna de sus enamoradas en la casa de Tomito del Verso y, si había allí otras personas dignas de su estimación, invitarlos a todos al bar Tonquín. Claro, en el supuesto caso de que las enamoradas fuesen por ejemplo Eparménides Valdesbrito o María de la Caridad Sagrario Ortogénesis, porque Albertina de la Barda o Nereida la Billetera le exigirían que las llevara al hotel Las Delicias.

Empujó la puerta principal de la casa de Tomito; éste mecanografiaba con dos dedos en su máquina Remington de 1946 ubicada en la sala el poema titulado Yo soy el poeta maldito; vestía su traje habitual para estos casos, un piyama verde y un gorro de dormir con cuartos de luna azules grabados por alguno de sus amigos pintores. Santos se inclinó por encima del hombro de Tomito del Verso y sentenció:

-Eres más mierda que la mierda.

Tomito se hallaba acostumbrado a escuchar aquellas ofensas y sabía que si llegaran a faltarle no tendría un acicate para continuar escribiendo sobre la nieve y los suspiros. Para aguijonear a Santos Aguiar, le brindó de una botella de Rontusán y comenzaron a beber. Primero lo hicieron moderadamente. Tomito aprovechaba los intervalos entre pásame la botella y cuidado no vires el vaso, para recitar algunos de sus poemas recogidos en la antología que estaba preparando y cuyo título era Toda mi obra; Santos Aguiar le señalaba defectos apoyándose en los postulados de Agustín Lamayer hasta que le sobrevino un eructo involuntario y aclaró:

-En todo discurso narrativo se da prioridad a las categorías puramente literarias.

“Está fuera de sintonía”, se dijo Tomito con sarcasmo. Luego trajo otra botella de Rontusán y colocó la vacía al alcance de la mano. Al beber, Santos Aguiar solía transmutar su habitual facundia en belicosidad y lo más recomendable en estos casos era acompañarlo hasta su casa para dejarlo tirado en medio de la sala gritando las virulencias menos previsibles. Tomito del Verso conocía el peligro que entrañaba emborracharse con Santos, pero consideraba haber encontrado el procedimiento para derrotarlo en el plano intelectual y no deseaba perder la oportunidad que le brindaba la casualidad: esta noche no vendría ninguna de las mujeres esperadas por Santos Aguiar; andaban en busca de turnos para arreglarse el pelo y las uñas y demorarían unos cien días en regresar. A Santos no le quedaría otra alternativa que discutir con él sobre teoría literaria hasta reventar.

-No se dice: “La práctica es el criterio de la verdad”, sino: “La práctica es el criterio valorativo de la verdad” -afirmó Santos.

Tomito, petulante, seguro como estaba de que los miembros del grupo literario Los Fantasmas lo elegirían como su guía espiritual en las elecciones del próximo milenio, mientras Santos Aguiar se servía de la botella recién estrenada, le propuso sostener un diálogo magistral. Éste, al principio, no entendió muy bien lo que le proponían, por lo que sacudiendo la cabeza trató de alejar la borrachera y estuvo a unas milésimas de segundo de golpear a Tomito, pues una falta de respeto de ese tipo no la iba a permitir: él era todo un macho, dijo, y sólo se acostaba con mujeres. Pero cuando descubrió la mirada farisaica del poeta maldito y su mano que señalaba hacia el armario de libros se tranquilizó. Logró levantarse aunque se tambaleaba. Aceptaba el duelo, dijo. Si de Cundo Núñez había llegado a rumorarse que fue atacado por el gusano de la calambrina cuando Bracamontes le ordenó marchar en ayuda de Toussaint Louverture, de él, de Santos, nunca podría decirse que temió enfrentarse a un currutaco más despreciable que el marqués de la Cuadra. Dando un paso hacia los libros, tomó uno al azar, lo abrió y leyó:

-Alto soy de mirar a las palmeras, rudo de convivir con las montañas.

Tomito ya estaba preparado de antemano. Acostumbraba marcar los libros con hojas secas y flores prensadas por lo que pudo contestar en el acto:

-Pájaros perdidos de verano vienen a mi ventana, cantan y se van volando.

Santos Aguiar arrastró dos sillas consigo y le replicó:

-Quince cuchillos me horadaron el pecho pero el corazón late todavía.

El poeta descorchó una nueva botella y luego de entretenerse en escuchar el glu glu glu del líquido que pasaba de su garganta al estómago para fundirse en el acto con la sangre, respondió:

-Quisiérame yo olvidar de todo lo que viví, de cuanta cosa escribí para volver a empezar.

Santos Aguiar no dejaba jamás sin respuesta una ofensa ni aunque le cortasen la lengua, por lo que señaló:

-¡Y qué buena es la tierra de mi huerto!; hace un olor a madre que enamora, mientras la azada mía al aire dora y el regazo lo deja pechiabierto.

Tomito al parecer no esperaba esta respuesta. Se mantuvo en silencio durante un largo rato. Azada no le parecía una palabra adecuada para un poema lírico y en cuanto a huerto y regazo las consideraba de escaso vuelo poético, como decía siempre de los libros que evaluaba con destino a Ediciones Rosas para Sagitario que dirigía Alberto de la Cuadra. “¡Ñequis!”, dijo para sí tratando de pensar con la fiereza de Bracamontes. En cambio, solamente logró murmurar:

-Antes de irme tengo aún tantos asuntos que arreglar.

Santos sonrió convencido de que Tomito no constituía adversario para él en ningún terreno. Pensó en el castigo que le impondría cuando admitiera ser incapaz de encontrar una respuesta adecuada contra sus afirmaciones magistrales. Por ejemplo, podría condenarlo a emplear el ómnibus durante un mes. No era conveniente: aprovecharía para molestar a los pasajeros con sus poesías malditas. Quizás fuese más recomendable obligarlo a leerse el Tratado de Lógica Polivalente. Tampoco: después convertiría cada página del libro en una poesía, acostumbrado como estaba a lo que llamaban entre ellos fusilar, y sería irresistible tener que leerse el tratado de fray Luis de la Estofa en versos. ¡Ya!; acababa de encontrar la solución: lo obligaría a casarse con la Cucarachita Martina y a sostener relaciones adulterinas con la Pájara Pinta para que se pinchara las nalgas con las espinas del verde limón. Entonces, mientras colocaba la botella de Rontusán encima de la mesa con mucho cuidado, sentenció:

-A la luna venidera el mundo se vuelve a abrir.

Tomito aprisionó con fuerza la botella vacía de Rontusán que mantenía escondida y en lugar de continuar el diálogo, propinó un golpe contra la frente de Santos Aguiar. Éste, sorprendido, abrió el libro de nuevo y declaró:

-Niña de ocultos molinos, vengo de andar tus caminos con las sandalias del sueño.

Tomito sintió que la rabia se le derramaba más allá del pecho y le llegaba al intestino delgado. Existía demasiada poesía en aquellos versos. Descargó un segundo golpe en la cabeza de su interlocutor, quien quedó tendido en el suelo aunque convencido de que había resultado el vencedor.

Cundo Núñez no quiere continuar escuchando los detalles de aquel diálogo magistral que avergonzaba a los miembros del Taller Literario, porque al conocerse en la ciudad los detalles de la pelea entre Tomito del Verso y Santos Aguiar, todos los miembros del Taller se vieron envueltos en un conflicto con Nelson Larrecameliú, quien se negaba a extenderles la invitación para el Décimo Simposio Mundial de Poetas y Narradores, argumentando que si en Sevilla armaban un bochinche como ese la organización de escritores locales que agrupaba a los aficionados de mayor edad perdería el prestigio. En la reunión de análisis con Larrecameliú, todos negaron la existencia de tal pelea entre el poeta maldito y el crítico literario pero el responsable de cultura popular exponía como prueba de su afirmación no sólo los rumores que corrían por toda la ciudad, sino también el chichón que adornó la cabeza de Santos Aguiar durante unos seis meses. Cundo Núñez, en su carácter de secretario organizador del Taller Literario, se vio obligado a establecer un recurso de protesta frente a Alberto de la Cuadra, el director provincial de Cultura. ¡A tremenda pieza le presentaba la reclamación! Le respondió que cuando transcurriesen dos mil años formaría el tribunal para resolver la apelación.

(2)

-DISCUTAMOS ALGUNOS criterios acerca de la novela -propuso Bracamontes apenas se incorporó al torneo verbal sobre la ficción literaria que habían comenzado Santos Aguiar y Cundo Núñez. Se había desligado del grupo en la cervecera El Bodegón donde Esteban y Moloch, los dependientes, pretendían hacer creer que ofertaban cerveza de Baviera y a él le constaba que agregaban diez litros de agua por cada cinco de bebida.

-Las discusiones en el campo del arte son estériles: lo importante es crear -respondió Santos Aguiar pasándose la mano por donde una vez tuvo el chichón.

Bracamontes no estaba de acuerdo; jamás le daba la razón a Santos Aguiar en el terreno de la literatura, a pesar de la amistad que los unía. Bracamontes admiraba al escritor del siglo XVI fray Luis de la Estofa aunque tuviese la mirada hosca, una nariz ganchuda y la cabeza sin pelos, por lo que había leído en diez ocasiones su Tratado de lógica polivalente. De este libro citó la frase: “Mi tarea en la tierra no es llevar a la práctica las enseñanzas de Jesucristo, sino divulgarlas”, que según Bracamontes podía leerse en la línea tercera de la página cien, correspondiente al tomo quinto de la obra.

-O sea -intervino Cundo Núñez burlón-, que creced y multiplicáos significa para el recto varón acérquenme a todas las buenashembras y les demostraré cómo se les amasa el abruján y succionan los pezones. O sea, no practicaréis la gula significa según el ilustre obispo a mí pónganme salsa y a ustedes que los parta un rayo.

Cundo Núñez, aunque en el terreno literario siempre estaba de acuerdo con Bracamontes, en el aspecto personal era frecuente verlos discutir e incluso ofenderse.

-Tampoco así -negó Bracamontes lo afirmado por sus dos amigos-, porque ahí tienen ustedes el caso de Chino Laguna: consumía los alimentos sin condimentar y de esa forma, una ensalada de lechugas para él no era más que un manojo de hierbas; y un trozo de filete no se diferenciaba de la piltrafa que hasta los perros del conde Larrecameliú desprecian.

Santos se puso de pie, ofendido. Chino Laguna era más hombre que Rafael Garay, dijo. Tan alto gritó, que unas muchachas que pasaban junto a ellos se detuvieron y preguntaron qué estaba sucediendo. De momento no las reconocieron. La oscuridad apenas permitía distinguirlas pero cuando miraron las entrepiernas de las mujeres, los tres quedaron convencidos: se trataba de María de la Caridad Sagrario Ortogénesis y Eparménides Valdesbrito, quienes acababan de regresar de la Conferencia Internacional de Jóvenes Poetisas que se había celebrado en Ruden Batire City. Los besos que repartieron ellas se escucharon a diez kilómetros a la redonda y casi se echan a llorar. Acusaron a Nelson Larrecameliú de sinvergüenza por alojarlas en un tugurio impropio para mujeres decentes y hacerlas viajar todos los días desde la Seven Avenue hasta Briddson Street en un taxi de quinta categoría. Hubieran preferido que el evento se realizara en Creti, como la ocasión del Noveno Simposio Mundial de Poetas y Narradores, y así al menos hubieran podido disfrutar de los servicios del bar Tonquín.

A Eparménides se le escapó en un suspiro la alegría por hallarse de nuevo entre sus amigos cuando Bracamontes le preguntó a Cundo Núñez:

-¿Ya no te gusta Nadia? Hace un rato afirmabas: “No la considero ahora la niña a quien le salta la inocencia por cada poro. La he visto en una calle oscura, con su pelo negro y sedoso ondeando al viento, alzada de puntillas para alcanzar la boca de un hombre”.

“¡Conque esas tenemos!”, pensó Eparménides subiendo en la cabriola de los meneos. Ya Cundo no se conformaba con Rosa su mujer y con ella; ahora las engañaba a las dos con todas las que tropezaba.

-No fue así como lo dije -negó Cundo.

-¿Y cómo? -interrogó Bracamontes, belicoso, recordándoles a todos que Nadia era todavía menor de edad y no iba a permitirle a ningún chifuingo abusar de ella.

-Así -respondió Cundo Núñez, conciliador-: “Realmente, Nadia tiene la cara picada por el acné, no se esmera en arreglar sus cabellos, no usa un vestido abombado y sus piernas son más bien fláccidas. Está sentada en la taza y su cuerpo desnudo no puede verse porque el baño está a oscuras y lo único que se escucha es el jadeo, el apresuramiento, el plof de la masa fecal al chocar contra el agua y como si rasparan con un papel de lija contra algo que se sobreentiende debe ser el ano de Nadia”.

-Discrepo: el artista debe embellecer la vida -lo interrumpe María de la Caridad.

-Discrepo: el artista debe ennoblecer lo vil -agrega Santos Aguiar.

-Discrepo: el artista debe mentir -dice Eparménides.

-Discrepo: Nadia es mi hija -se opone Bracamontes y Cundo Núñez aclara que todo no ha sido más que una joda literaria, pues eso le sucedió en realidad a Albertina de la Barda.

-¿Albertina? -se extraña Santos Aguiar. No suponía que Cundo la conociera de la intimidad.

-Pues sí; Albertina de la Barda, viuda de don Bienvenido de Ávila Gómez y Serrano, se acerca con pasos leves, como si flotara, al salón de bailes de El Escorial. Ella adora las escenas de etiqueta, que la lisonjeen con requiebros elegantes y escuchar al conde Larrecameliú, atlético, bromista, el que luego de pedirle perdón en francés por haberle rozado las nalgas, le dice: “Señora mía, es usted un jardín florido”, cuando todos conocen que la tal Albertina ronda los cincuenta y gallina vieja no se ablanda ni con bicarbonato de sodio.

Ñequis! -protesta Santos-. La suavidad de la piel de Albertina es similar a la del terciopelo.

-Entonces déjenme decirles que en cuanto a delicias, Nereida la Billetera sí las sabe todas. Cuando en el Tonquín ofrecían unas escenas sicalípticas que se lo levantaban hasta al más impotente, ella aparecía mostrando sus redondeces y le gritaba a cualquiera: “No muevas tanto la mano, mi chino, y gástate unos dólares conmigo”. A ella no la engañó una señora de apariencia respetable que buscaba jovencitas para la Escuela Universal de Arte. A ella no la sedujo ningún viajante con prendas de bisutería. A ella no la compelía la miseria porque un coche con calesero uniformado la esperaba cada mañana frente a la puerta para llevarla al Instituto Ecuménico para Señoritas. A ella no la convenció el novio de que debía renunciar a la mascarada de la virginidad. Pudo incluso haber sido dama de compañía de la condesa Larrecameliú. Su tío el marqués de la Cuadra hubiera preferido que fuese una cortesana de alto rango y no esta puta que se alquilaba con cualquiera.

-¡Un momento! -gritó Santos Aguiar y se puso de pie. Le parecía que Cundo lo provocaba con sus historias. Esas dos mujeres se acostaban con él, con Santos, y no estaba dispuesto a permitir una falta de respeto más contra ellas.

Cundo Núñez le pidió que por favor se tranquilizara. Sólo estaba realizando un ensayo, como si dijera afinando el instrumento de novelar. Sus pretensiones eran alcanzar el tono narrativo adecuado y para ello se basaba en el Tratado de Lógica Polivalente, en el cual fray Luis de la Estofa afirmaba con autoridad irrefutable que si Josefina sedujo a Napoleón no fue tanto por sus desarrollados senos y un caderamen que olía a canela y aguardiente del malo, sino por los ojos. A Bonaparte le gustaban un tanto oscuros y cuando el ayudante de campo, no bien llegados a Waterloo, le dijo: “Mi Señor, Josefita lo espera esta noche en el hotel Las Delicias”, Napoleón se puso grande y dicen que dijo: “Que se joda la guerra”.

En el capítulo correspondiente al descubrimiento de América, fray Luis de la Estofa cuenta que si Isabel hubiera imaginado las timbaleras que armaría el almirante Cristóbal cuando saliera de Palos, ni a palos se deja bajar la capa regia por él. Colón la aprisionó contra su cuerpo cuando estaban llegando a la alcoba real y sonrió picaresco. “Señora mía, pluguiere Dios que desta pasión hubiere de morir, porque un muerto en vuestros brazos tiene garantizado el Paraíso”, dijo el experimentado navegante poniéndose una mano en la bragueta del calzón.

-Y en la sección de literatura infantil -comentó Cundo Núñez mirando a Eparménides, que ya no estaba tan indignada-, el Tratado de Lógica Polivalente explica que estaba la Pájara Pinta sentada en el verde limón y en ese instante pasó el Ratoncito Pérez, divorciado ya de la Cucarachita Martina por la vaina de las cebollas, y dijo aquélla:

“Adiós, ratoncito orgulloso”.

El ratón, tímido, mira hacia los costados y hacia atrás.

“Es contigo, ricura”, le repite la Pájara Pinta.

El Ratoncito Pérez trepa entonces hasta el verde limón y colocando una patica entre los muslos de la Pájara Pinta, le dice tembloroso:

“¿Te quieres casar conmigo?”

La Pájara Pinta, incómoda, le dio un empujón que lo hizo rodar limonero abajo y le gritó:

“¡Ahí te pudras, imbécil! ¿Quién estaba hablando de casarse?”

En el acto comenzó la discusión:

María de la Caridad Sagrario Ortogénesis opinaba que las historias de Cundo tenían un sabor a obscenidad de la barata. Ella era partidaria de recrear anécdotas edificantes, como aquella sobre lo sucedido a Chino Laguna. El asunto comenzó en una parada de ómnibus ubicada en el centro de la ciudad, donde todos quieren subir y ninguno va a bajar. Un hombre grueso, de sotana carmelita y calvicie profunda, mirada severa y nariz ganchuda, con un solapín colgado al pecho donde podía leerse Casa de Contratación: Vicepresidente General, acababa de agarrarse del pasamanos frente al asiento donde se hallaba sentado Chino Laguna, disfrutando la lectura de un cuento en el que se habla de la felicidad como una ametralladora al rojo vivo y en el instante que el narrador pregunta: “¿Qué harías, Romero?“, ahí mismo se vio obligado a poner puntos suspensivos y cerrar el libro.

“Usted no ve que esa anciana va de pie?”, interrogó el de la nariz ganchuda ajustándose los espejuelos y extendiendo su índice en señal de acusación. Chino Laguna se levantó de inmediato y le rogó disculpas a la mujer. Ella, luego de acomodarse en el asiento, le contestó: “Muchas gracias, jovencito; no sabes cuánto te lo agradezco, aunque ya estoy acostumbrada a estos trajines”.

Chino Laguna entonces se volvió hacia el hombre grueso de los espejuelos y le explicó que los lectores empedernidos como él suelen entretenerse al tomar un libro en las manos hasta desconectarse de la corriente del mundo real y el de la nariz ganchuda, con sorna, sin mirarlo siquiera, le contestó: “Sí, sí, ya me hago cargo” y continuó hacia la parte trasera del ómnibus.

No había pasado una semana de aquel incidente cuando Chino Laguna volvió a tropezar con el calvo, aunque en circunstancias bien distintas. Ahora el de la sotana carmelita iba sentado, con el periódico La Voz de Creti frente a sus ojos, mientras una mujer embarazada pugnaba por alcanzar el pasamano.

Bracamontes interrumpió a María de la Caridad; consideraba que la historia de la Sagrario Ortogénesis no funcionaba siquiera en un campeonato de literatura oral de los que organizaba el director provincial de Cultura Alberto de la Cuadra con el propósito de hacer creer a los altos funcionarios del Instituto Nacional de Burocratización que los escritores comenzaban a extinguirse. En cuanto a las cuartillas leídas por Cundo Núñez esta noche, a lo sumo podrían salvarse dos o tres; el tema no estaba tratado de la mejor manera, aclaró, porque esto de convertir a la mujer en un objeto ya estaba pasado de moda. Lo más actual, la última tendencia narrativa, era considerarse uno mismo personaje de la historia y colocarse en una situación límite para obligar al lector a participar de la trama. Por ejemplo, contar que luego de las vacaciones por los días navideños, Cundo Núñez comprende que fue ilusoria su alegría mientras bebía una botella de vino tras otra. Todos los ahorros del año se habían escurrido en una fiesta para demostrarles opulencia a las viejas amistades en una casa cuyas paredes perdían la cáscara y el techo amenazaba caerse. Adiós habría que decir a la sustitución de unos asientos desgastados por sillas capaces de soportar el peso de Chino Laguna, al que llamaban Kid Laguna en la década del cincuenta, ahora convertido en un hombre solitario y gordiflón, con el único mérito a su favor de haber fabricado treinta hijos en menos de cinco años gracias a la admiración que despertaba en las mujeres su fama de boxeador.

En el taller de mecánica donde trabajaba Cundo Núñez encontró al gerente, Smith and Wesson, con las órdenes tajantes de siempre:

“Tú arreglar ese ve doble ve”.

El vehículo señalado por el gerente se parecía al del capitán Flores. A Cundo le temblaron las piernas.

“Pero tener cuidado con equivocarte como la otra vez”

Indudablemente era el del capitán. La otra vez a que se refería Smith and Wesson, Cundo había arreglado el automóvil y cuando el capitán Flores vino a recogerlo se negó a funcionar. El capitán lo miró con deseos de propinarle unas cuantas bofetadas pero sólo le ordenó:

“Arregla bien esa mierda”.

Cundo sabía que estaba obligado a reparar con esmero el Volkswagen y hacia éste se dirigió. En la guantera encontró una pistola calibre cuarenta y cinco.

Santos Aguiar se adueñó de la palabra sin que nadie se la concediera. No creía que los relatos de Cundo pudieran enmarcarse dentro de la narrativa moderna. Apoyaba sus aseveraciones en los postulados de Agustín Lamayer sobre el acto de la creación. Hubiera sido preferible una trama más simple, nada de complicarle la vida al lector con razonamientos abstrusos. Quedaba demostrado: las novelas de trama sencilla alcanzaban niveles de venta superiores que aquellas donde a cada paso se abre una nueva vertiente fabular. Hubiera bastado, en el caso de la novela que Cundo intentaba escribir, ubicar al conde Larrecameliú en la Casa de Contratación. El conde, desde luego, debía dibujarse como persona muy recatada. Se encerraba horas incontables en el despacho principal y en tales oportunidades no permitía que nadie lo molestase, ni siquiera una zagala llamada Lenia Ortiz, quien al verlo vestido con una capa dorada, la espada a la cintura, la cruz de Caballero de Calatrava en el pecho y un sombrero adornado con plumas de aves del Paraíso, se deshacía en suspiros y no atinaba a cumplir ninguna de las tareas que le señalaba su jefe. Vale decir, que si el conde la llamaba a su despacho y le ordenaba: “Mecanografía original con tres copias de esta autorización de envío de herramientas hacia la sucursal de Santiago de los Caballeros”, la muchachita, nerviosa, colocaba el papel carbón al revés y la autorización había que leerla con ayuda de un espejo.

Cansado de los devaneos de Lenia, una tarde el conde entró al despacho dispuesto a pensar en la solución a este problema tan grave para él, mientras en los almacenes centrales se encontraban el tesorero jefe y el contador principal, a quienes les había advertido que si los descubría raspando los lingotes de oro recién llegados de las Indias Occidentales los iba a meter en el cepo durante mil y una noches. A la secretaria, en su pensamiento, la llamaba Linda. Y lo era: los pechos le brotaban cual dos limones, la cara era tan hermosa que jamás se cansaba de mirarla, las orejas invitaban a succionarlas hasta la eternidad y la boca prometía guardar dentro una lengua del tamaño de una serpiente. Pero había que acabar con aquellos extravíos, se dijo el conde decidido a poner orden en su oficina. Ya estaba aburrido de que sucedieran hechos como los de la semana anterior, cuando el expediente acerca del robo de plata en México había aparecido en la carpeta titulada Hurtos cometidos por el Rey y los títulos de propiedad de la Isla del Tesoro a nombre de su bisabuelo Félix Larrecameliú de Medina y Tavira que le había falsificado el licenciado Martín Torres Sarraceno los encontraron en el cesto de la basura. Por tales motivos, no le quedaba otra alternativa que liquidarle los haberes del mes a Linda y luego decirle: “Adiós hermosa, mucho lloraré tu ausencia pero prefiero morir de angustia y no lanceado por los dragones del Rey”.

Hizo llamar a uno de los jueces a quien le consultó el procedimiento más adecuado para deshacerse de un trabajador; un rato más tarde, citaron a la zagala al despacho, comunicándole que mediante la resolución administrativa número siete del noventa y ocho quedaba despedida sin derecho a apelación, tal como establecía la instrucción de servicio del Ministro de Fondos Exportables radicada en la Gaceta Oficial con la serie 324-B. En el acto, la muchacha armó tremendo aspaviento: que me quejaré al sindicato, que llevo al conde a los tribunales, que yo no fui, que mira un fla, que la morita dónde está. Al escuchar la gritería, Larrecameliú le pidió al  juez que se marchara. Se quedaron solos los dos. Lenia, temblorosa, no acertaba a abrir la boca ni por un costado y cuando al fin logró balbucir: “Oh, señor conde”, dos lágrimas comenzaron a aparecer en sus ojos. Con qué ternura miraría al conde Larrecameliú, que éste cerró la puerta por dentro.

Nunca llegó a saberse que sucedió luego que el conde cerró la puerta. Lo conocido es que Lenia Ortiz fue promovida al cargo de consejera especial, plaza que hasta ese momento no existía en la empresa, digo, en la Casa de Contratación, y que Nelson Larrecameliú, quiero decir, el conde, comentaba con los funcionarios de su confianza: “Ya lo dijo Julio César al cruzar el Rubicón, el que no tiempla se jode o se mete a maricón”.

Eparménides Valdesbrito interrumpe el relato de Santos Aguiar de una manera irrespetuosa, mirándolo con desprecio. Aunque es bastante tarde y ha llegado muy cansada de la Conferencia Internacional de Jóvenes Poetisas, dice ella, va a ofrecer su modesta opinión. Mañana es domingo, así es que sus amigos del Taller Literario no tienen que preocuparse por la hora. Mañana no habrá que salir corriendo hacia la parada de la guagua y también por ser día de descanso puede uno olvidar que los años pasan y llegará el momento que se rondará la vejez. Qué importa el tiempo, suspira emocionada Eparménides como si estuviera interviniendo en la conferencia internacional, es posible liberarse de sus garras con sólo desearlo. Cundo no debe preocuparse tampoco por el desarrollo de la novela que está intentando escribir; ella se irá escribiendo sola; apenas sin tocar las cuartillas, se formarán letras, y de las letras saldrán palabras que formarán oraciones. Ya la novela se ha puesto en marcha, Cundo, no tienes razón alguna para sentirte triste. Tú no eres ningún personaje sin importancia sino el hilo conductor, como dice fray Luis de la Estofa en el capítulo quince del tercer tomo de su Tratado de Lógica Polivalente.

En ese preciso instante, se presentó ante el grupo Tomito del Verso acompañado de Justino Marcial.

-Yo no sé nada de narrativa -atinó a decir el poeta antes de vomitar la cerveza bebida esa noche.

Justino, llevándose las manos a la cintura mientras se balanceaba sin poder sostener el equilibrio, los fue mirando de uno en uno. Claro que él era músico, no sabía nada de narrativa ni de poesía, y mucho menos de crítica literaria; pero el nivel superior lo había nombrado presidente vitalicio de la Sociedad de Creadores Artísticos y había que contar con él antes de tomar cualquier decisión respecto a la novela de Cundo Núñez. Todos comprendieron que la cantidad de Rontusán que había bebido Justino Marcial en compañía de Tomito del Verso era la causa de que se hubiera subido en la cabriola de los meneos.

-¿Ya olvidaron que Gilberto Gadal y Verónica Rocío esperan por ustedes? -les preguntó, rencorosos los ojos inundados de sangre y sin que la voz le temblara a pesar de la borrachera.

Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías

EL BEISBOL DE MI INFANCIA Y UN CUENTO MIO SOBRE ESTE DEPORTE

En la década del 50, cuando como se decía entonces, a los perros los amarraban con longanizas para que no anduvieran ensuciando el vecindario, muchos muchachos de Las Tunas no sabían lo que era la televisión porque en esa época no se había desarrollado este medio por estas tierras y otros aseguraban que los hombrecitos y mujercitas que se veían dentro cuando llegaban la hora de dormir se quedaban guardados ahí adentro  del cajón.

En ese tiempo, se fumaba mucho cigarro de la marca Partagás y uno se encontraba una cajetilla vacía en cualquier calle de tierra. Era lo más importante para confeccionar la pelota de jugar al beisbol. Se partía en tres pedazos la cajetilla, se formaba una bola de papel periódico de tal manera que tuviese de circunferencia aproximada la misma que los tres pedazos de la cajetilla de cigarro, se amasaba la bola de papel hasta que estuviera compacta y se cubría con los tres cilindros de la cajetilla y estaba lista la pelota para jugar.

Su jugaba bateando con la mano abierta, sin guantes. Había un pitcher sin catcher y tantos jugadores de cuadro como muchachos disponibles hubiera, aunque lo más general era que fuesen el pitcher, el de primera y el de segunda (esas dos bases formaban un triangulo con el home) y dos jugadores más lejanos a los que les decíamos los files.

Las bases eran de trapo o de cartón, aunque para el caso servía cualquier material, lo importante era que estuviese en algún lugar que se volvía movedizo con el transcurso del juego.

Las reglas eran bien simples. No había ponches porque se jugaba al flojo y había que hacer tres outs. Se jugaba a 10 carreras sin cantidad de innings y los límites del cuadro eran variables. Generalmente se jugaba en una calle (de tierra casi siempre; como entonces apenas había vehículos motorizados por la misma razón de la falta de desarrollo tecnológico, no le estorbábamos a nadie salvo a los vecinos matraquillosos).

Si se jugaba cerca de un vecino matraquilloso la regla era que se cantaba triqui (tres outs) al que bateara la pelota hacia esa casa. No había árbitros, y las jugadas dudosas o controvertidas solían dirimirse a piñazos.

De aquellosa recuerdos de la infancia, me nace este cuento que aquí les dejo sobre todo a los amantes del deporte en la literatura.

BEISBOL

El público ha comenzado a inquietarse; desde las graderías se escuchan gritos que al pitcher, unas a pesar del sudor en la frente, un campeón aunque el codo le duela de una forma endemoniada, un astro no obstante la sensación de que las yemas de los dedos de su manoizquierda no sostienen una pelota sino una piedra afilada, se le antojan los de una manada furiosa,enfebrecida, anhelante. Levanta la vista y deja vagar los ojos fracciones de segundos por la torreluminosa para sentir como en otras ocasiones que es el dueño absoluto de este stadium, cuandolo ha hecho vibrar de emoción con sus curvas aterradoras, sus rectas por el centro del home y a la altura de las letras del bateador, y su velocidad indomable. Descansa la mirada vacía en la cabina de transmisión y allí sabe que se encuentra el narrador deportivo haciendo los mismos visajes patéticos que acostumbra cuando el otro equipo se encuentra en desventaja: aunque el narrador se empeñe en negarlo, es tan fanático como los que gritan desde las graderías quién sabe cuántas obscenidades sólo porque hoy no está en uno de sus mejores días. El pitcher vuelve a concentrarse en las señas del catcher. Le dice que no con la cabeza, molesto; en general se lleva bien con su compañero de batería: es quien más sufre los rigores del juego, todo el tiempo agachado detrás del home, obligado a mantenerse concentrado no sólo en el tipo de lanzamiento adecuado para cada bateador, sino también en la posición correcta de los demás jugadores. Sus señales orientan con precisión que el de la primera base está muy cargado hacia la segunda, que es necesario cerrar un poco el cuadro para buscar el doble play, que el de tercera base debe acercarse unos pasos porque nunca se sabe, un toque de bola no siempre es anunciado, no todos los bateadores son tan torpes como para denunciar con antelación la táctica.  De todas formas, ahora por la mente del pitcher no pasan estos razonamientos que podrá formularse más tarde, cuando se encuentre sentado en el banco luego de haber tomado una ducha y contemple, como dice el director del equipo, los toros desde las barreras. Ahora él mismo se siente torero o más bien un miura, deseoso de embestir, de colocar la pelota en el lugar exacto, donde más estragos pueda hacerle al bateador contrario, nada menos que el cuarto en el orden de la alineación y que está ahí, empuñando con firmeza el bate, a sabiendas de que de su actuación depende el giro del juego, consciente de que si conecta un batazo largo e incogible las graderías se vendrán abajo por el bullicio y lo aplaudirán hasta rabiar.

El pitcher mira hacia las bases con un ligero movimiento de cabeza; los tres corredores están separados de las almohadillas que marcan las bases pero sin adelantarse mucho. Total, no hay que apurarse, parece decirles con la mirada el coach desde su puesto cercano a la tercera base, el pitcher ha perdido el control de su brazo y nuestra victoria sólo es cuestión de breves minutos.  El pitcher observa de nuevo la mascota del catcher, rueda la vista hasta el pie izquierdo del bateador y sabe lo que éste espera: repetir una vez más la hazaña de mandar a volar la pelota junto con las palomas asustadizas del parque aledaño a las graderías del fondo. Inicia los movimientos habituales, las manos hacia la cabeza, un pie ligeramente hacia delante, suelta con fuerza –toda la fuerza que le queda de reserva– la pelota y no sucede lo que él esperaba; es otra bola y el público mantiene una gritería ofensiva.

Si al menos lo dejaran tranquilo unos instantes, piensa. Si le permitieran concentrarse con exactitud para lograr que la curva rompa donde él quiere, donde sabe que engañará a este bateador todo sonrisas, burlón, que levanta una mano pidiendo tiempo y sale del área de bateo sólo para escupir y frotarse los brazos, o sea, para desesperarlo. Aprovecha la oportunidad que le brinda el contrario y remueve la tierra con el zapato. ¡Es esto, ahora lo advierte! ¡Había olvidado mantener la altura adecuada del terreno y por tal motivo ha perdido el control de sus lanzamientos! ¡Cómo no había reparado en ello! Con rabia, diciéndose imbécil, se dedica minuciosamente a formar una loma que le servirá de apoyo. Cuando el bateador retorna al área, ya ha recuperado el aplomo. Inicia de nuevo los movimientos sin tomar muy en cuenta la seña del catcher y esta vez la pelota pasa por el lugar preciso. El mismo árbitro colocado detrás del home se emociona más de lo que corresponde a quien debe servir de juez y grita: “¡Strike!” y miles de voces corean la misma palabra en un inglés que nada se parece al inglés verdadero.

Al fin ha pasado el mal momento. El catcher sonríe. El jugador de la primera base escupe entre dientes y murmura frases de aliento. El de tercera base se adelanta un poco y lisonjero le expresa: “¡Anda, anda, chico: ponle extra!”. El de segunda no le quiere bien: se mantiene cerca de la almohadilla tratando de sorprender al corredor fuera de la base, pero nada más. Ahora al pitcher no le importa que desde el público hayan reanudado sus griterías mientras una corneta anima al bateador de turno; ya es dueño de su brazo nuevamente. Acomoda el montículo de tierra otra vez, para apoyar el pie; sus ojos están atentos al bate enemigo y a la mascota amiga: suelta la pelota hacia delante y sonríe cuando ve que el bateador ha iniciado el movimiento del bate fuera de tiempo y espacio, porque está convencido de que con esa trayectoria no encontrará la pelota y efectivamente es ahora el público quien sirve de árbitro con un strike estertóreo mientras el bateador, fuera de balance, casi va al suelo.

Sólo falta un strike para acabar con esta pesadilla, sólo uno. Con éste se irían al piso las aspiraciones del equipo contrario de empatar el juego, o de tomar ventaja, en el inicio del noveno  inning. El pitcher conoce su responsabilidad; sabe que defraudar al público que es partidario de su equipo no sería tan desastroso como defraudar al manager. De no lograr este último strike, pasará días y días sentado en el banco, en espera quién sabe de cuál otra oportunidad. Por tales razones, se aplica a moldear hasta en los más mínimos detalles la loma de tierra. Le agrada verla formando una especie de pirámide, le concede una enorme importancia: desde que se ha estado ocupando de ella como es debido, las curvas rompen donde desea, las rectas llegan a la velocidad precisa, todo es distinto.

Está puesto de acuerdo con el catcher y lleva las manos a la cabeza. Sin comprender aún, cierralos ojos y vuelve a abrirlos viendo cómo la pelota se pierde en las profundidades de la zona central, mientras desde el público unos rugen de alegría y otros de ira. Agacha la cabeza cuando ve al bateador entrar al home sonriente, mientras los compañeros de equipo salen del banco para cargarlo en hombros.

El pitcher trata de darse aliento a sí mismo: el juego continúa, no todo está perdido, a su equipo le queda otra oportunidad. Sin embargo, cuando ve venir al manager, cabizbajo, hasta donde él se encuentra, comprende que para él no habrá más oportunidades. Le pide la pelota sin permitirle argumento alguno y levanta el brazo en señal de que el sustituto debe venir.

El pitcher se aleja hacia las duchas seguido de la rechifla del público. El sustituto ha ocupado su lugar y lo primero que hace es desbaratar con el pie derecho la loma de tierra formada por su antecesor.

Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías
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