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Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías

Homenaje a Rubén Darío

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Mario Ramón Mendoza (ver https://tierramutante.wordpress.com/) está organizando una gran fiesta: celebrar en Youtube los 130 años de la aparición del poemario Azul, de Rubén Darío. Por tal motivo, será presentado Azul verde… Verde azul, primer libro llevado en vivo a la red en la historia de la literatura mundial por los poetas antologados en homenaje al nicaragüense que es además de la América y del mundo.

Entonces… el 15 de agosto es la fiesta. Aquí están mis poemas.

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Tormenta tropical de verano: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos.

Título del libro: Tormenta tropical de verano

Género: Novela

Carátulas originales:

Sinopsis:

A la vez que novela de espionaje, es también la historia de una obsesión amorosa como si el espejo de Sthendal fuera paseando a lo largo del camino de la realidad cubana en la última década de un milenio agonizante. De manera poco frecuente para la literatura cubana, en ella coexisten y se cruzan como personajes espías, santeros, jineteras, obreros y cristianos, resultando la burla ad infinitum de todos los géneros narrativos. Desde un lenguaje paródico, esta deliciosa tragicomedia está situada en el ojo mismo de la tormenta, en esa zona de calma que precede a la destrucción y al caos.

Resumen argumental:

Novela cuya trama presenta, cual un juego de máscaras, a dos espías que se mueven en la Cuba actual. Se trata de una pareja de españoles (gallegos que fingen ser catalanes) con residencia en la ciudad cubana de Cienfuegos aparentando haber pertenecido al movimiento anti—franquista, cuando la realidad es que como agentes de la CIA cumplen la misión de mantenerse al tanto del montaje de una estación termonuclear soviética. Al desaparecer la URSS, se involucran en un accidente ocurrido a una jinetera (como se les llama en el país a las prostitutas cubanas de la actualidad). Novela de espionaje cuyos principales ingredientes son acción, turismo y sabor tropical.

Esta es una obra, aunque de ficción, sobre la vida cotidiana de la Cuba de ahora mismo, la que se está viviendo en sus calles. No obstante, es preciso aclarar que los nombres y situaciones presentados en la narración son rigurosamente ficticios. Ahora bien, aunque la ficción queda enmarcada entre paralelos imaginarios y meridianos rescatados de un mapa inexistente, nunca en sí misma es un invento descabellado. Por lo tanto, todo lo relatado podría estar sucediendo en alguna parte del archipiélago cubano.

Muestra de los dos primeros capítulos:

I

La ciudad de Cienfuegos, como todas las ciudades cubanas, estaba desbordante de alegría aquel domingo en horas de la tarde. La gente caminaba despreocupada de un lugar a otro, mientras algunos bebían ron sentados en los bancos del parque y cantaban a voz en cuello. De pronto, los relámpagos comenzaron a presagiar la tormenta; los truenos semejaban explosiones de potentes minas y el ambiente fue cargándose de una humedad viscosa. La gente corría, tratando de protegerse de las lloviznas que poco a poco iban convirtiéndose en gruesos goterones de agua.

Felipe atravesó la amplia avenida ahora en penumbras y observó la hilera de carretones tirados por caballos. La intensidad del aguacero disminuyó y pudo ver a los dos pasajeros encima del carretón sin techo.

—¡Voy hasta el puerto! —gritó el cochero al verlo llegar.

Subió maquinalmente los dos escalones del carretón. Mientras esperaba la partida, estuvo recordando la discusión con su madre momentos antes por las ofensas de ella contra su esposa a quien consideraba una prostituta. Matilde no te quiere, le dijo despectiva la madre en el instante que él se llevaba la primera cucharada de comida a la boca; enojado, lanzó el plato hacia delante y salió a exponerse a la lluvia y al mal tiempo, a subirse en este carretón en espera de la partida para quedarse en algún lugar cercano a su casa.

El cochero le habló a una jovencita que se encontraba en la acera. A pesar de la oscuridad, Felipe adivinó que era hermosa.

¿Te decides? —casi le gritó el cochero.

Ella pareció dudar unos instantes.

—¿Y si la lluvia arrecia en medio del camino?

—Es la única posibilidad que tienes de llegar al puerto antes de las siete.

La jovencita determinó subir. Había espacio suficiente entre el joven del arete brillante en una oreja y el hombre canoso que tenía una botella de ron en la mano. Sin embargo, optó por colocarse cerca de la escalera rozando con el vestido a Felipe. Éste pudo advertir unos muslos bronceados, de aspecto virginal, suaves y sin rastros de vellos. Sintió la hinchazón entre las piernas y cuando intentó pensar en su reciente discusión con la madre porque no cesaba de ofender a Matilde, la luz de un rayo alumbró el carretón en que se desplazaban por una de las calles pedregosas de la ciudad. En ese instante, la lluvia se precipitó de una manera violenta.

—¡Pare esta basura, cochero! ¡Frene el caballo o me tiro del coche! —empezó a gritar la muchacha, acercándose a Felipe.

Un nuevo relámpago iluminó el camino mientras los cascos del caballo continuaban golpeando las piedras con un ritmo cadencioso. Felipe olfateó el aroma del pelo de la muchacha, la fragancia a jazmines de su cuerpo, y no pudo contenerse. Dejando caer un brazo sobre su espalda desnuda fue a buscarle sus dedos con la mano libre.

—¡Detenga esta basura, cochero! ¡Deténgala o me lanzo aquí mismo!

—¡Pásame la botella, pásame la botella! —gritaba el de los aretes, manoteando como una mujerzuela muy cerca de su compañero de aventuras.

Felipe no escuchaba el bullicio de los restantes pasajeros ni el del conductor. Ajeno incluso a la lluvia torrencial, se mantenía atento sólo a sus manipulaciones en el cuerpo de la jovencita.

—¡Detenga esta mierda le he dicho!

Felipe reaccionó cuando ella se puso de pie. Entre él y los otros dos pasajeros intentaron detenerla, pero fue inútil. Liberándose de sus brazos, se arrojó al suelo dando varias volteretas en la calle. La lluvia arreció aun más y el carretón continuó la marcha apresurada.

—Usted pudo haber frenado el caballo —dijo Felipe en tono dubitativo.

—Era imposible: en ese momento bajábamos una loma —se defendió el cochero, aceptando la botella de manos del de los aretes.

—En esa bajada no hay quien frene un caballo. Nos hubiéramos matado todos —recalcó el otro de una manera amenazante y Felipe optó por callar.

—De habernos volcado, estaríamos todos muertos —concluyó el cochero, limpiándose la boca con el envés de la mano y luego agitó la fusta en el aire golpeando con furia al caballo.

A partir de ese momento ignoraron a Felipe, como si estuvieran convencidos de que era un cobarde, de que no valía la pena escuchar sus opiniones. Bebían de la botella sin brindarle a la vez que recordaban a la jovencita.

—No sé cómo se llama. Siempre usaba mi carretón para venir hacia la zona céntrica de la ciudad.

—Uy, chico, no me hagas cosquillas —le rogó el de los aretes a su acompañante y luego advirtió—: Esa niña es una jinetera.

—¡Ay, qué cosquillosa eres, niña! —dijo burlón el otro y cambiando de tono precisó–: Claro que es una jinetera. Oí cuando le dijo a una amiga que tenía concertada una cita con un extranjero y estaba apurada por llegar a la zona del puerto.

—¿Tú la conocías? —indagó el cochero sin mucho interés.

—Tanto como conocerla claro que no. Pero la he visto en una casa techada con guano cerca de donde ustedes tienen la piquera de los carretones.

—La he llevado muchas veces hasta el puerto aunque no imaginaba que se dedicara al negocio de buscar dólares negociándole su aparato a los extranjeros.

—En realidad, parece que está tratando de ingresar al oficio. Porque nunca la he visto con ninguno de los que se pasean por el parque.

Entre uno y otro trago, avanzando contra la lluvia, desentendidos por completo de la presencia de Felipe, comentaban lo sucedido a partir de que la muchacha se había puesto de pie amenazando lanzarse a tierra si no se detenía el carretón.

—¿Por qué no viramos? Quizás se ha hecho daño y pudiéramos auxiliarla —sugirió el de la botella.

—¡No seas cobarde! —gritó histérico el de los aretes—. ¿Quieres que perdamos el dinero que vamos a ganar con el negocio de esta noche?

—No, muchachos, no nos conviene —intervino conciliador el cochero—. Nadie vio cuando se tiró y no podrán acusarnos de haberla abandonado—hizo una breve pausa y el tono ahora fue patético—. ¿Y si estuviera muerta?

—Además, se lanzó porque quiso —remató el de los aretes con voz casi femenina.

El vehículo se detuvo. Felipe entregó una moneda amarilla y luego de dar las gracias comenzó a caminar en dirección a su casa. A encontrarse con Matilde.

II

La ciudad de Cienfuegos ha amanecido alegre, como todas las ciudades de Cuba. Felipe, con los rastros del sueño en los ojos, camina por la calle sin darse cuenta de la alegría ajena. Lo ha decidido: hoy no irá al trabajo; ofrecerá después cualquier excusa y se acabó. Está preocupadísimo: la jinetera a esta hora podría encontrarse metida en una caja gris; quizás la estén llorando unas hermanas tan buenas hembras como ella; tal vez la madre grita desconsolada al lado del féretro: ¡Ay, Maritza, Maritza!, ¿por qué se te ocurrió que la solución a nuestros problemas era meterte a puta? Claro, Felipe va pensando que unos ojos pardos y un pelo negro en contraste con una piel tirando a morena no pueden llevar otro nombre que el de Maritza, el mismo nombre de la muchacha de catorce años que él amó cuando era apenas un adolescente, aunque nunca tuvo valor para declarársele.

Y absorto en tales pensamientos que lo acercan a la lujuria llega a la funeraria, un espacioso edificio recién construido pintado de color verde, con puertas de cristal y persianas pulimentadas.

Observa a la gente, curiosea por las distintas salas y busca con la vista a cualquier conocido para entablar una conversación sobre las lluvias recientes o la sequía que se ha ido, la escasez de productos agropecuarios o las dificultades para comprar una goma de bicicleta. Al fin descubre al viejo que acostumbra pedirle cigarrillos.

—Hola, varón. ¿Qué buscas por aquí?

—Me han dicho que una prima mía murió en un accidente —miente Felipe para provocar al viejo. Sabe que éste se entera de los pormenores de cuanto sucede en la ciudad.

—¿Cómo se llama su prima?

—Maritza. Se llama Maritza.

El viejo piensa unos instantes.

—¿Me regala un cigarro, varón? —interroga con el deseo reflejado en los ojos.

Felipe se encoge de hombros, extrae la cajetilla y saca de ella un cigarro.

—¿Sabes si a Maritza la están velando aquí? —indaga, aclarándose la garganta y sin alargar la mano todavía.

El viejo le arrebata el cigarro de papel, lo acaricia unos instantes y luego de partirlo en dos pedazos lleva una mitad a los labios guardando la otra en el bolsillo.

—Maritza… —murmura el viejo como pensando—. Maritza…

Felipe siente rabia.

—Contesta mi pregunta —exige—. ¿Están velando a mi prima aquí?

—No hay ninguna Maritza —contesta el viejo y se retira arrastrando los pies rumbo a la cafetería.

Felipe decide mirar en las capillas. En horas tan tempranas un desconocido podría llamar demasiado la atención y vacila antes de echar a andar. Le fastidia haberle regalado de balde el cigarro al viejo vicioso y lucha en su interior por olvidarse de él. Finalmente, se acerca a las dos capillas ocupadas por cadáveres y luego de la pesquisa se siente derrotado. En la primera, una anciana reposa el último sueño con las mandíbulas apretadas; mirar la muerte tan de cerca le provoca náuseas y tiene que sobreponerse para no arquear en presencia de los familiares, gente desconocida para él. En la segunda capilla, un joven vestido con uniforme militar sonríe mientras una mujer llora inconsolable encima del féretro donde él descansa hasta la eternidad.

Empieza a alejarse de la funeraria. Sus pasos recios resuenan contra el asfalto. Cuánto le alegra no haber encontrado dentro de uno de los ataúdes el cadáver de una muchacha que hubiera podido llamarse Carolina, Maritza o Yamisleidis. Una muchacha quinceañera que le habría vendido su futuro a un rico comerciante español, a un negociante holandés en pieles o a un traficante de drogas colombiano, lo misma da.

Lea en el próximo artículo:

Las trágicas pasiones de Cándida Moreno: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos.

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POESIAS POR UN CONGRESO DE POETAS PARA RECUPERAR EL FUEGO (Idiel García)

Ya antes expliqué los propósitos de estos artículos con poemas sobre el tema genérico sobre la paz cuando publiqué dos obras de XIOMARA MAURA RODRIGUEZ (verlos en MI BLOG DE MONOGRAFIA.COM o bien en MI BLOG EN LA PÁGINA DE LA CULTURA CUBANA) y especifiqué que todos los interesados en enviarme sus colaboraciones con una breve ficha bio-bibliográfica debían hacerlo a mi correo electrónico (). Para los que no leyeron el artículo anterior sobre el tema, los invito que lean además la convocatoria al Primer Congreso Internacional de Poetas del Caribe pinchando SOBRE ESTE ENLACE o bien SOBRE ESTE OTRO.

En esta oportunidad les brindo la posibilidad de leer EN BUSCA DEL HOMBRE PERDIDO del poeta Idiel García (*) quien nos llama a meditar acerca del silencio que guardamos mientras vemos pasar todas las injusticias a nuestro lado, y la mayor de ellas, los crímenes que se cometen a nombre de una guerra que supuestamente busca la paz. Porque la convocatoria del poeta-sujeto lírico es para que el hombre salve al hombre.



EN BUSCA DEL HOMBRE PERDIDO



Para Laura y Alain,

por la luz.

Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún,

para que el amor con que me has amado, esté en ellos,

y yo en ellos.

Juan: 17.26.

…la Gran Piedra Negra

será todo:

aplastará la cabaña

y a todo el pueblo Piaroa.

Poema Piaroa

I

Hombre de todos los confines

y de todos los tiempos

y de todas las vidas

y muertes que siguen a este tiempo

/y a los otros

¿no ves las almas a la espera de un grito

/una pequeña voz

/un roce de ala

/un salmo?

abovedadas de estiércol

pasan por

tus ojos

las nubes

como columnas de soldados

hacia la piedra de los sacrificios

un montón de niños sin cabezas

/ni manos

pasan por tus ojos

acompañados de siete calaveras

y te quedas viendo pasar los tanques

/los carabineros

/los portaaviones

/y los gases prohibidos

/y los generales

con sus pasmos de estómago

nada dices

mientras la muerte pasa por tus ojos

/o los ojos del mundo

y nada puedes decir en esta hora maldita

tus ojos están vendados

/no tienes ojos

las puertas de tu alma

están clausuradas con siete velos

y los soldados van todos los días a la guerra

con arsenales de cabezas decapitadas

también la muerte pasa por sus ojos

mas no la pueden ver

y con los arsenales van las esperanzas

/y con las esperanzas los cadáveres

/y con los cadáveres la miseria

/y con la miseria los muertos

/y con ellos

/nosotros

hombre de todos los confines

y de todos los tiempos

y de todas las vidas

y muertes que siguen a este tiempo

/y a los otros

maldita sea mil veces tu ceguera.

II

Hombre /te convoco

para salvar al hombre

a ti /señor de los arenales

/cementerios

carnicerías donde pastan las sierpes

su hambrienta espera

alma del monolito

grieta donde sus misterios

lloran las aves rotas

evaporadas por la lejanía

a ti /que no te muestras

/menudo

/arrobado

/solo como el silencio

esperas tal vez la mano

que no te salvará del cieno

al que te empuja

/la soberbia

tu afán de ser también un dios

a ti /hijo del hombre y no de Dios

/padre del hombre y no de Dios

/hermano del hombre más pequeño

/y también su enemigo

/y enemigo también de Dios

/gigante-enano de siete

/y ninguna legua

a ti /que permaneces como el tronco

más viejo y podrido

del árbol genesiaco

sembrador de esperanzas y desesperanzas

/suicida

/asesino

/decadente

/loco

tal vez último eslabón de la perdida

cadena de la vida y la muerte

hijo del olvido

criatura del odio y la ira

mi día presente y futuro

en esta hora maldita

cuando la espada asola

en los cerros donde el miedo se sienta

como al amigo al que uno habla

en la solemnidad de una confesión

hombre /te convoco

para salvar al hombre.

III

Hombre de todos los confines

y de todos los tiempos

y de todas las memorias

/y desmemorias

un ramillete de muerte

germina como un rosal

en nuestro corazón

una gran nube abrirá la boca

para tragarse el mundo

y habrá una lluvia de cabezas

veo un desfile de hongos abiertos

/sobre el mar

una vorágine de hormigas

con cien mil antorchas

una gran hoguera

en la que Dios vierte sus libaciones

y un derrame de ojos amoratados

y una vertiginosa creciente de bocas cocidas

atadas a las patas de los caballos

y un bullir de manos

/clavadas a maderos

puestos en cruz sobre la tierra

y mientras todo esto pasa por mis ojos

como una ríspida promesa

continúas sentado con la boca entre las piernas

/y el coraje entre las piernas

/y la sabiduría entre las piernas

/y todo lo demás entre las piernas…

ahora que la Piedra de los Piaroas

amenaza también tu cabeza

sigues como un muerto

que anhela el reino de la nada

para saciar tu hambre de la nada

/con ese miedo

que de nada te ha de servir

/cuando la nada sea

¿por qué cierras los ojos

mientras la grulla del Hades

/ejecuta su danza?

¿por qué te sientas en la gran sala

/de los deshabitados

como si una tela de araña

te amarrara los pies

al siglo de los sonámbulos?

tú que ardías para besar un sexo

que se abre cual un asesinato

ahora estás sentado y frígido

como un mal aventurero

no sabes que la incertidumbre

es la esfinge que devora a los que habitan

/el reino de los quietos.

IV

Vi tus manos sostener un enjambre de abejas

con patas de negro terciopelo

y una garra penetraba el umbral de la cereza

y un vendaval de caballos rojos

mordía la muchedumbre

con un hambre que hacía doler la fe

/de los bienaventurados

vi una pálida luciérnaga

entre las fauces del tigre de William Blake

/y un ojo sin luz

/y una boca sin voz

/y unas manos sin ser ya para nada

/y un hombre moribundo

sentado en un muelle ya borroso

viendo pasar un barco

en el que su propia sombra se iba

/como una novia

vi que un espasmo sacudía las estatuas

y el corazón de Dios se estremecía

/bajo la luz de un cirio

la sal caía sobre las cabezas como lluvia

y los edificios temblaban bajo la luz

de un cielo acuchillado por un tonto

y los pasos del hombre chocaron contra las puertas

/de los burdeles

y las bocas de los muertos fueron cocidas con huesos

/de niños recién nacidos

y las paredes fueron devastadas por un abrazo unánime

/y casi infinito

porque aquel que en vida no encontró la sombra del perdón

ni perdonó la sombra de los otros

en la muerte fue como un niño

vi tu sombra alargarse en la tierra herida

y sacarse del pecho un corazón

enjoyado por una calavera

/y cantar un himno

/y enroscarse

/y devorarse a sí misma

como en un laberinto de espejos

y lo que vi fue lo que no vi

/y lo que escuché fue lo que no escuché

/y donde estuve fue donde no estuve.

V

Tú /pequeño entre las cosas de esta tierra

donde la muerte es grande

con ese horror a cortar la mentira por lo sano

/a cortar el miedo por lo sano

/a cortar la pobreza por lo sano

con la mirada puesta en una fe que se pudre

¿hasta cuándo serás el hijo de la noche?

¿hasta cuándo será la muerte el premio

/un gajo de zarza

/una bufanda roja

en el cuello de una niña transparente?

tú /que de antiguo vienes

/abre los brazos

para acunar los torsos descabezados

de los hijos del hombre

cuyos oídos han muerto de lujuria

/abre los ojos para ver

la sombra de la llama que se apaga

/abre tu corazón

como el zagal que recibe a su hembra

bajo la sombra de un olivo

en el que la luz se posa como un beso

/de piedra.

VI

Hombre de todos los confines

y de todas las tierras

y de todos los lenguajes

/vivos y muertos

escucho el canto de una granada

cernirse como un cuervo

/sobre tu corazón

una canción fúnebre

cantada por un niño

te veo caer desde una gran roca

/hacia otra gran roca

salir de ti para perderte

tender las piernas sobre un hilo

la cabeza sobre un hueco

esperar te veo sobre un túnel

la mano

/que no te será tendida

la salvación

/que no te será dada…

ahora que hasta las dunas

están a punto de huir despavoridas

/te sientas a esperar

y no sabes qué pensar ni decir de ti mismo

una mano de uranio

cava sobre tu pecho el vacío

por donde se te irá

/toda la risa

/y el llanto

y cuando no puedas llorar ni reír

¿qué harás con tu lámpara?

VII

Ahora que Damocles otra vez levanta su espada

¿vas a cruzar las manos?

eres tú el árbol de la vida

/y puedes renacer

eres un volcán que dormita

/y puedes estallar

puedes estallar y sin embargo duermes

¿qué harás cuando la extinción reclame tu presencia

/cuando los cuervos caigan sobre el páramo

/cuando los chacales alcen sus gritos

/de matanza?

¿qué vas a hacer entonces

si todo será el cuerpo del espanto

y el día echará su sangre

/sobre las eras?

que has habitado con las palabras atadas a la boca

/y las manos ajadas

/y los pasos escuálidos

/y bajo tierra

que has visto caer ciudades

/reinos antiguos

/torres

/credos

/filosofías

que te has sentado ante la vida

como el que pone sus ojos en la noche

y no sabe luego qué hacer

/con las estrellas

¿qué harás cuando el espanto

venga sobre ti /qué pasará

cuando toda esa muerte

/termine de caer?

ahora las campanas aúllan enloquecidas

lanzan sus temblores hacia la vía láctea

/hincan su grito

/ajenas a cuanto acontece

/abren sus heridas

/para que la furia del hombre

/no eyacule sobre Dios

¿adónde miras? ¿a quién suplicas?

está plantado el árbol

y es siempre primavera.

VIII

De tu sueño de siglos

/y siglos de siglos

te convoco a despertar

como el recién nacido al escudo de su madre

como la noche

/al sol que se asoma

/por entre las cumbres negras

/en la alta madrugada en penumbras

como el cervato a la espesura

/en el fragor

/de cientos de jaurías

como las jóvenes liebres

/de la pradera rígida

/por el invierno

/a la hierba recién brotada

/de los cascotes blancos

como el niño que siente temor de la noche

/a los pasos esperanzadores del padre

como los ojos ciegos de la ternura

/a la luz tenue de una plaza

/llena de palomas

como el anciano al hombro del hijo ajeno

como el mar a la luna que en él se mira

como los guerreros al brillo de los escudos

/forjados en el más fino oro

/de la dignidad humana

como el universo a su maraña de espacios

/y tiempos

como un lecho de flores blancas

/a la novia recién salida

/del baño…

/yo

/Idiel García

/poeta y dos veces muerto

te convoco a despertar.

IX

Todo esto vi

a pesar de la muerte que flotaba en el viento:

un jardín donde apacentaba un cielo

/de bestias amarillas

que se agarraban las manos

para bailar en círculos

alrededor de un río blanco

como una luna embarazada

/eran bestias hermosas

/como muchachas

/con sus ojos llenos de soles

/y sus corazones

/como la plata fina de un anillo

/bestias amorosas

/me decían adiós desde el sueño

un manojo de almas

con alas como racimos de uvas

tenían las manos atadas

y alzaban sus voces flamantes de fuego

/las vi quedarse adormecidas

/bajo un olivo de oro

/y eran sus manos un grito suave

/una caricia que se abría

/para recibirme

una manada de ciervos

cruzar una gran pradera

un mar esmeraldino

con un delfín de verde inocencia

un remolino de peces payasos

un bosque de blancas florecillas

como un séquito de novias

subían la escalera del templo sagrado

para recibir en su seno las migas

siempre abundantes de la esperanza

/eran flores menudas

/cual semillas

/donde dormitaba marzo

/y la lluvia

la primavera posarse en la ventana

de un ciego

/y de sus ojos

/brotar una flor candorosa

/como un niño que se avergüenza

/de su temprana desnudez

un colibrí nadando sobre la flor del lirio

esto ocurrió en mi sueño

pero tenía la llama

/de las médulas

que han gloriosamente ardido.

X

Hombre de todos los confines

y de todos los tiempos

y de todas las vidas

y muertes que siguen a este tiempo

/y a los otros

¿por qué te cubres el rostro?

¿por qué acentúas

esa diferencia que no posees

/aun cuando tu ser es único

/en cada ser?

¿por qué plantas en tierra fértil

el árbol de la discordia?

¿por qué fabricas castillos

con la sangre de tu hermano

/con el corazón de tus hijos

/con las cabezas de tus ancestros

y por qué usurpas carne de tu carne

para alimentar el molino de las espadas?

¿por qué desarraigas tu propio corazón

y te sientas a verte desangrar

/hasta los huesos?

¿no sabes que de esa sangre

están hechas tus miserias

/las de tus hijos

/e hijos de tus hijos?

¿por qué te das la espalda

/y no la mano?

¿por qué haces a unos dioses

/y a otros ángeles caídos?

¿por qué eliges la espada

/y no la rosa?

desde Homero hasta el poeta futuro

/desde el Partenón hasta el Central Park

/desde la Ciudad Sagrada hasta Machu Picchu

/desde Yahvé hasta Viracocha

/desde la Gran Pirámide hasta Stonehenge

/desde el Moái Paro hasta el David

/desde Vishnú hasta Obatalá

/desde el primero hasta el último hombre de la tierra

/en cualquier tiempo y lugar de la tierra

/¡tú eres uno solo!

(*) Idiel García (La Criolla, Cuba, 1980). Poeta, narrador y ensayista. Ha obtenido, entre otros, Premio en el Encuentro Nacional de Talleres Literarios en el género de cuento para niños, La Habana, 2007. Premio Nacional de Cuento César Galiano, La Habana, 2011. Premio Nacional de Reseña Crítica Segur, Cienfuegos, 2012, y el Premio “IV Concurso Internacional de Poesía Ángel Ganivet”, Helsinki, Finlandia, 2012. Su obra ha sido incluida en las antologías Faz de tierra conocida y La calle de Rimbaud. Tiene publicado los poemarios Los días de mi muerte, Editorial Capiro, 2007; El jardín de las delicias, Editorial Sed de Belleza, 2010; Cementerio de sombras, Editorial Capiro, 2013. Es miembro de la AHS y egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Ha colaborado con las revistas Umbral, Cómo, Guamo, Esquife, Hacerse el cuerdo y Ariel.

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Un poema como catarsis

Los griegos, al menos los antiguos, empleaban una especie de rito para purificarse liberándose de los sentimientos inconvenientes que los asediaban o preocupaban. A ese rito se me parece la escritura de ciertos poemas que, a la vez que nos van construyendo una imagen como escritores, permiten liberar tensiones cuando los labios deben permanecer cerrados. ¡Dichosos aquellos a los que Dios les concedió el don de la poesía, porque pueden expresar sus más íntimos sentimientos por medio de imágenes! ¡Pero qué doloroso es cuando comprenden, como uno de los personajes de un cuento mío, que es difícil encontrar en el mundo un rincón donde pasar la noche bajo circunstancias determinadas! Pensando en esto, se me ocurrió que podría sentirse así:

¡AY DEL SOLO!

Ay del que la soledad le muerde los talones
y encuentra en cada piedra un enemigo.
Pobre del que amanece en el desierto
añorando cantos de sirenas.
Maldígase quien va buscando espacios
y las serpientes vienen a morderlo.
Desaparezca detrás de sus propias espumas
aquel que agotado de tanto andar cree todavía en espejismos.
La Muerte Reina le grita desde cualquier esquina
al que harto de mentiras busca verdades intangibles.

Tropieza con el cruel enemigo de los corazones
el adalid de batallas contra el aire.

Al solo no lo escuchan
le gritan obscenidades hasta en los márgenes del Cielo
lo apedrean cuanto intenta guiar al ciego
en medio de tantas calles empedradas.

El solo emite quejas y lo toman por loco.
El solo no calma la sed con agua dulce.
El solo es arrojado a puntapiés de sus historias.
El solo masca hiel cuando pide la paz y la palabra.
El solo no tiene siquiera un costado donde echar su llanto.
El solo es condenado por sus propios defendidos.

El solo sólo tiene una esperanza:
que un día en su vida se encienda el Lucero de la Aurora.

De mi poemario inédito DIARIO ÍNTIMO DE BANCARROTAS Y SALVACIONES

Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías

LO ABSURDO DEL INTENTO DE EXPLICAR LA OBRA LITERARIA

¿Explicar un poema, su contenido, su falta de arritmia o de rimas? Sería tarea realmente de vencidos mentales. Lo único que puede hacerse con un poema es leerlo. Por tanto, simplemente los invito a leer este recién salido del horno de sentir la poesía, dedicado a mi hijo Andresito.

LUZ PARCA MÍA

Fuera de marcharse en dos canteras cual condenado eterno a trozar piedras

estarán bajo luz y sin maderos

o llegan momentos de volver hacia esteros y nubes.

Cuidarán de mis luces

ojos que se encadenan

hablan regurgitan volviéndose

miserias

parcamente.

Lidias sobre lidias y panes

se pierden sin ardores o no

desaparecen frutecidos porque la luz no es luz sino tinieblas.

Voltean-escriben-protestan sus lunas

sin deidades

amortiguándose porque al fin la aurora queda estrecha.

No hay luz-no hay luz

gritan desde las luces.

Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías

ACERCA DE UN CERDO BIEN INTELIGENTE

¿Los cerdos piensan? Aunque pudiera parecerles absurdo, este de mi cuento se le puede oír pensar, aunque considero que a estas alturas, ya no sea capaz de hacerlo. De todas maneras, vale como historia pasada, aunque puedan pensar que nunca ha sucedido.

EL CERDO

Los cerdos piensan. Al menos uno que yo bien conozco y al cual el amo ha bautizado con el feo nombre de Puerco.

Puerco cada mañana se alegra con las llamadas del amo, quien le trae una vasija repleta de todos los desechos de comida del día anterior que recoge en unas cuantas casas de vecinos. A veces el alimento suele ser más suculento, cuando al amo lo visita un hombre misterioso que se protege entre las sombras de la noche y en un saco ennegrecido por el oscuro trajinar de los misterios trae un producto al que llaman pienso y Puerco nada piensa cuando el amo se lo arroja sin ningún cuidado de llenarle la cabeza con aquel polvo que lo hace resoplar pero cuando lo prueba, un olor a mar se le cuela por los agujeros de la nariz y él aspira aquel aroma que lo lleva hasta la manada antigua, cuando la madre lo parió y él se revolcaba alegre en el pantano, correteaba por los montes entre palmiches y guaninas, jugaba con sus hermanos a quién traqueaba más fuerte las semillas y pensaba que la vida siempre sería correr y jugar entre palmiches y guaninas.

Ahora son lejanos los días del palmar, confinado como vive en este corral donde lo único agradable para él es el sabroso olor a pantano, aunque no puede corretear y a veces cuando grita porque el estómago le atenaza como una lombriz hambrienta, viene uno de los hijos del amo y lo golpea en el lomo. Las noches en cambio son para él toda una felicidad, pues de alguna manera en amo ha conseguido palmiche y para que la pase tranquilo alguien le arroja unos cuantos puñados. Cierto que no es como allá en el monte, donde podía tomar toda la que quisiera alrededor de los troncos de las palmas, pero al menos el recuerdo se le mete en su cerebro estrecho y vuelve a revivir los días en que correteaba con sus hermanos y creía que la vida sería siempre el verde del monte y las carreras para llegar primero debajo de las palmas.

Fuera de estos contratiempos su vida es una felicidad en aquel estrecho corral. Es preferible no tener que desafiar los colmillos afilados de sus hermanos, porque él no era el más fuerte de la manada, y algunas veces lo desalojaban del lugar que ocupaba debajo de las palmas gracias a la ligereza de sus patas. Puerco adora la comida blanda que le echan de cualquier manera tanto el amo como su esposa o alguno de sus hijos, pues sin dificultad alguna la mastica, se llena de ella hasta el hartazgo, y luego se tiende a la larga en el corral a dormir una siesta en la que siempre sueña con la libertad del potrero, y se ve correteando debajo de los palmares y sus hermanos no le destrozan la trompa con sus colmillos, sino que lo dejan llenarse a sus antojos de palmiche.

Ahora en realidad han pasado seis meses desde que llegué a este corral, cuando me trajeron con las patas amarradas, adolorido porque me transportaban sin cuidado alguno en una bicicleta. Ahora veo al amo que no viene con la lata de mi comida sino con un cuchillo afilado en la mano.

(Del libro Cuentos para concursar)

Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías

EL AMOR NO ES COTO EXCLUSIVO DE ROMANTICOS

Con la postmodernidad (e incluso con el fin de la misma, tal como dicen algunos) se ha tendido a maquinizar todos los actos de nuestra vida cotidiana y echar por tierra no solo los movimientos artísticos literarios anteriores, no solo los vanguardismos, sino también al clasicismo y por qué no, al romanticismo como corriente dentro del arte. No voy a discutir ese tema en este momento, sino simplemente a proclamar el derecho de los escritores a permitir que sus sentimientos exploten cuando el amor toca a las puertas de su (¿se nos permite decir en la pos-postmodernidad?) corazón y luego seguir adelante, marcados por el fuego del diario vivir. Entonces también puedo defender el derecho a decir:

AMOR LO QUE SE DICE AMOR

Amor lo que se dice amor
el que te guardo
amor el que se dice amor
el que surge entre tus ojos
y se escurre por la piel de tus sonrisas
amor lo que se dice amor
el que navega entre tu edad tan enorme de no tener la edad justificada
amor lo que se dice amor
el que te corre por las venas de enamorada triste
como pequeña deidad expuesta a las urgencias de la vida
y clama entre abrazos y ternuras
entre ofensas y ruegos
entre no ser ya la que abandona
sino la que aguarda por las nubes
con la esperanza de que el cielo te cubra con sus besos.

Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías

MINICUENTOS: ESA BREVEDAD CON TRAMA

Si un pretendido minicuento (llámese cuento breve, hiperbreve o de otra manera) carece de personajes, o si teniéndolos no entran en conflicto o bien dicho conflicto no avanza por medio de la acción hasta llegar a una solución dramatúrgica o desenlace, entonces yo afirmo que no pertenece al género narrativo por carecer de trama.

Entonces, como creo en la narratividad del género intento siempre que los minicuentos que escribo tengan su trama. Cuando lean los aquí ofrecidos por mí, podrán evaluar si en realidad son minicuentos.

ACUERDO

En la reunión, todos estuvimos de acuerdo con la congelación del agua, habida cuenta del interés que teníamos de comer hielo. Sin embargo, cuando ya habíamos logrado obtener los diez litros de agua el que presidía nos advirtió:

-El próximo año es que tendremos dinero para comprar la nevera.

SENTIMIENTO DE CULPA

Me duele el pecho por cada picardía cometida contra los perros callejeros. Sultán se queda observándome con los ojos acuosos y el pellejo sarnoso le tiembla mientras parece decirme: “No te culpo por odiarme”.

EL HIJO DEL JEFE

Me miró, quizás pensando en odiarme porque son rubio, y tanto lo soy que parezco un ario.

-Si me regalas uno, te despacho los otros nueve en la vasija, aunque sabes que está prohibido por las reglamentaciones del jefe despachar en vasijas.

Guardé silencio durante largo rato, sacando cuentas. Diez menos nueve, quedaba uno; nueve más uno equivalía a diez; diez menos uno siempre derían nueve. Resultaban tan hermosas mis cuentas, que estuve tentado de decirle: “Te lo regalo”.

Cuando iba a abrir la boca, aquella especie de mastodonte amenazador fue más preciso:

-No debes olvidar que soy el hijo del jefe.

Decidí responderle dándole la espalda.

AMISTAD

Dóvor Trinchet fue mi amigo durante setenta y dos años exactos, desde el preciso instante de su nacimiento. Juntos comimos chicharritas de plátanos en una Feria del Libro en Guadalajara, mientras los grandes escritores bebían los mejores rones del mundo en tanto picaban salmón ahumado y caviar ruso. Libros, compramos exclusivamente los nuestros: él adquirió el mío, yo el suyo.

Al cabo del tiempo, Dóvor Trinchet ganó el premio Gran Zapato de Oro convocado por Hortelosa Zapateros, S.A., adjudicado cada año al mejor reparador de calzado del mundo.

Hoy frente a su tumba, recuerdo sus palabras de despedida: “Ya no somos amigos”.

Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías

UN CUENTO RADIAL: “LA HERMANA DE ITALIA”

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Entre mis obras, los cuentos radiales son los que menos posibilidades tienen de ser conocidos porque salen al aire por una emisora local. Sin embargo, desde esta página puedo dar a conocer algunos y en este caso, el titulado LA HERMANA DE ITALIA trata sobre una joven que se convierte en jinetera con la complicidad de sus padres, y para sentirse más libre renuncia a su pequeña hija América que ha tenido fuera de matrimonio, siendo una estudiante. La trama completa podrá usted conocerla escuchando el audio que acompaña al presente artículo.

Si desea escucharlo, vaya al inicio de esta página y haga click encima del enlace que dice “andres-casanova_cuento-radial_la-hermana-de-italia”.

Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías

UN FRAGMENTO DE MI NOVELA LAS TRÁGICAS PASIONES DE CÁNDIDA MORENO (*)

Según la opinión de Alberto Garrido, el editor de la novela, se emparentan en ella la ironía con recursos parecidos a los de los policíacos y yo que no discuto con los críticos desde que comprendí que con ellos es mejor hacer mutis por el foro cuando emiten un juicio sobre nuestras obras, no voy a discutir.

Solo sostengo que se trata de una pura ficción basada en la realidad cubana más actual, y que no es simplemente una historia de amor entre dos jóvenes de diferentes capas sociales que hoy conviven en nuestro país en medio de un mundo cada vez más en crisis no solo económica, sino sobre todo de valores humanos.

Disfruten pues estas primeras páginas hasta que le proponga al sitio la publicación de la novela completa dentro de la sección Monografías de mi blog.

(*) Esta novela fue publicada en el año 2001 por la Editorial Sanlope, de Las Tunas, y está registrada con ISBN 959-251-085-7

Portada de la novela. Se trata de una composición computarizada de Samuel Perdomo Fuentes

CAPITULO 1

Ruedan los carros de manera esporádica por la avenida asfaltada; unos muchachos gritan y se escuchan los pasos apresurados de alguien, el estallido de vidrios al romperse y una risa colectiva.

Dentro de la pequeña sala iluminada por una lámpara de luz fría que cuelga del techo -las telarañas envuelven los tubos opacando aún más el ambiente; una de las cabezas de un tubo ha alcanzado una coloración negruzca- dos hombres conversan bebiendo de vez en cuando de unos vasos cuarteados.

-No me repitas esa estupidez -exige el más alto. Su ropa es de estreno reciente aunque los zapatos muestran evidencias de haber caminado mucho.

-¿Que este país es una mierda? -se pone de pie su interlocutor. Las chancletas de plástico rotas en algunos de sus bordes y el short deslavado le dan un aspecto de perdedor.

-¡Si me lo repites, me voy!

-Estoy cansando… -hay rabia en el de las chancletas-; cansado de hacer colas a toda hora para lo que sea. Desde comprar una caja de cigarros hasta comerme una hamburguesa.

De pronto, hacen silencio. En la esquina cercana se escucha el bullicio de una discusión. Las voces de varios jóvenes ofenden a un anciano que grita: ¡Partida de vagos, no sigan robando mis mangos! ¡Váyanse antes que llame a la policía! Se oyen las risas de los jóvenes y una palabra obscena que salta por encima de todas las voces.

-¡Si continúas protestando por tus mangos, te rompemos los vidrios de las otras ventanas! -lo amenazan.

-¡Atrévete! -advierte la voz del anciano. Una voz tambaleante, insegura.

Los dos hombres que están en la sala paralizan la discusión.

-¿Qué tú crees si salimos?

-¡No vayan a meterse! -viene desde el fondo una mujer con la bata raída. Un niño pequeño la sigue con llanto lastimero-. Se trata del viejo loco de la esquina, que les niega los mangos a los muchachos.

Desentendiéndose del asunto, el del short envejecido por el uso llena de nuevo su vaso.

-Me siento mal -confiesa. La cara de pesadumbre no le impide alzar de nuevo el vaso y asegurar con mueca de asco-: ¡Oiga, este ron es especial!

Se entretienen unos instantes en comentarios sobre lo difícil que le ha resultado al de la camisa a cuadros hallar el ron; debió recorrer varias casas, indagar, ir aquí y volver hacia allá, rechazar una oferta por el precio excesivo, hasta que al fin encontró una botella que si bien no podía asegurarse que fuese barata, al menos demostraron guardarle algunas consideraciones como antiguo conocido.

-Desde luego, es caro -puntualizó el hombre elegante finalizando el tema y propuso-: Continuemos con lo del guión para el programa radial del próximo domingo.

Leyeron de manera mecánica unas cuartillas; el más bajo de los dos de vez en cuando cometía errores de dicción y el otro, que seguía la lectura con la mirada, corregía sin mucho interés la falta. El primero se detuvo de pronto y comentó:

-Me preocupa la situación de Pedrín.

El vestido con el pantalón de color ceniciento aprovecha la pausa para prender un fósforo y encender un cigarro. Exhala una nube de humo que el otro agita con las manos; comenta que se alegra de haber alcanzado esta época con los hijos convertidos en unos hombres que tratan de vivir a su manera sin importunarlo, excepto algunos fines de semana cuando llegan con los niños bullangueros. En esas oportunidades, a él lo llaman viejo y a la madre la acusan en broma de pretender matarlos de hambre y ríen alborozados si ellos se enojan; en tales ocasiones, esgrimía como pretexto ir a buscar algo de comer y luego de tomar bolsos y recipientes vacíos abandonaba la casa con la esperanza de comprar las mercancías sin esperar mucho tiempo.

-Lo de Pedrín es distinto -precisó el hombre del short cuando pudo interrumpir al otro. Se puso de pie para cerrar una persiana; los gritos y las risotadas de los jóvenes eran cada vez más estridentes y apenas podían conversar. Antes de sentarse de nuevo llamó en voz alta y desde el fondo la voz de su esposa le respondió sin mucho ánimo.

-Tráenos café -le ordenó a la mujer.

Lo de Pedrín era distinto según él. Toma el cigarro de su interlocutor  otro entre los dedos y luego de retener el humo lo expulsa ruidosamente.  Pedrín no había logrado disfrutar la vida, lo admitía; no resultaba fácil para un joven de dieciocho años adaptarse a la disciplina del Servicio Militar, rígida, plena de exigencias;  no lo decía por la separación del hogar, pues desde pequeño fue muy independiente: los hijos de padres divorciados aprendían con rapidez a defenderse en cualquier medio por adverso que resultara. Devuelve el cigarro y lleva las manos al estómago, comprimiéndolo con fuerza; eructa  con grosería, y acto seguido pide disculpas. Hacía unos meses los padecimientos estomacales venían robándole el sueño, cualquier comida por ligera que fuese le causaba malestar; los dolores eran frecuentes y padecía de diarreas.

Desde el fondo de la casa viene la mujer arrastrando unas chancletas fabricadas con zapatos viejos; la bata de casa raída deja asomar una piel cuarteada y poco atendida. Entrega un pequeño vaso humeante a cada uno de los hombres y ellos beben en silencio.

-Te hablaba de Pedrín -dice el hombre cuando la mujer se retira, cerciorándose sin disimulo de que ella  está de nuevo dedicada a sus quehaceres.

Pedrín era un muchacho que sufría, dio a entender en un tono melodramático. Señala hacia fuera y lleva el dedo medio al oído.

-¿Oyes a esos? Tienen su misma edad; sin  embargo, el mundo no les importa, todo lo contrario de la actitud que asume Pedrín.

Habló con virulencia contra los jóvenes aludidos, acusándolos de reunirse debajo del laurel para dedicarse quién sabe a qué trapacerías, fumar a escondidas de los padres y quizás hasta planificar algún atraco; a su hijo en  cambio, le ordenaron subir a un camión luego de despedirlo entre discursos y música de guerra trayéndolo de regreso al cabo de unas semanas sin melena y un uniforme con el inconfundible hedor a monte.

-Allá se convertirá en un hombre de provecho -lo interrumpe el otro, pasando una mano por el pelo para corregir el peinado. Le recuerda que el tiempo apremia: deberán suprimir del guión todos los detalles señalados por el asesor como inadmisibles y entregarlo a Román bien temprano.

-Elimina esa canción -responde sin mucho interés el hombre delgado-. Parece colocada a propósito, para criticar al gobierno.

El tono no es muy convincente, pero el de la camisa a cuadros tacha con un lápiz rojo una línea.

-¿Por cuál la sustituimos? -indaga llevando el lápiz a la boca y   mirando hacia un solitario cuadro colgado de la pared que representa un gallo de lidia en actitud de ataque y las alas extendidas, amenazando a un rival inexistente en la pintura.

El del short con manchas de pasta dental comenzó a abanicarse, valiéndose de los papeles que estaban leyendo. Estiró las piernas mientras enlazaba las manos detrás del cuello y obvió responder. Vuelve a mencionar a Pedrín; su madre se había convertido en poco menos que una prostituta luego de haberse divorciado de él y esto hacía sufrir a su hijo.

-De nada sirvió mi decisión de dejarles la casa que construí con tantos sacrificios y amarguras por culpa de la escasez -concluye el padre de Pedrín bajando aún más la voz y mirando hacia el fondo de la casa.

Su compañero golpea el piso suavemente y tuerce los labios, a la vez que lo mira, ladeando la cabeza. Que concluyera la historia sobre el hijo, dice algo incómodo, porque no soporta tantos rodeos; es necesario terminar el trabajo esta noche y apenas han llegado hasta la mitad.

El dueño de la casa nada responde; la boca permanece entreabierta, los ojos sin pestañear, un hilillo de saliva comienza a rodarle por la comisura de los labios. De momento, reacciona.

-No te importan mis problemas.

-Compréndeme, Pedro -dulcifica el otro la voz-. Si mañana falla de nuevo el programa, nos metemos en una guariquera con Román.

El nombre obró como un detonante para el más delgado.

-Pero es nuestro jefe -sonrió apaciguador su compañero.

Pedro menciona de nuevo sus padecimientos estomacales; desde hace más de un mes le resulta imposible comprar leche de vaca porque al precio que se la proponen no puede pagarla. Escarba con descaro dentro de la nariz y es más disimulado para concluir la acción. El está seguro que las mayores dificultades de Pedrín giran alrededor de una mujer; cuando viene de pase no quiere regresar. Ni él ni la madre son capaces de imponerse a un muchacho que como él, desde los once años anda en acampadas, competencias de ciclismo y reuniones.

-Los muchachos de hoy en día empiezan a gobernarse en cuanto les cortan el ombligo -dice resignado y se pone de pie.

Fija la vista contra el suelo; menudean por el piso colillas de cigarro y  pequeñas tiras de papel que sugieren el resultado de los juegos de un niño inexperto en el uso de las tijeras. Va hacia la persiana y la abre. El aire fresco circula y ya no se oyen gritos ni palabras obscenas. Mirando hacia la calle comienza a protestar justo en el instante cuando dos vehículos pasan frente a la casa, raudos, como si uno marchara en persecución del otro.

-¿Tú sabes cuál fue mi almuerzo hoy? -indaga rabioso.

El del pantalón gris y los zapatos desgastados también se pone de pie y apoyando una mano nervuda en el hombro del otro le advierte:

-Amigo, yo no soy el culpable.

El hombre del short vuelve el rostro y lo mira fijo. Ensaya una sonrisa, aunque solamente logra una especie de mueca.

Sentados de nuevo, leen y comienzan el texto sin distraerse durante un rato. De vez en cuando tachan una palabra o un grupo de ellas y continúan adelante; al parecer no escuchan el cántico de la mujer desde un lugar más cercano a ellos ni los gemidos de un niño pequeño que clama por el padre.

De pronto, el hombre del short se levanta del sillón; su compañero, sobresaltado, corre en su ayuda, pero es rechazado con gesto poco amistoso. No es nada: uno de esos cólicos que con frecuencia debe soportar, el deseo de escupir toda la saliva que lleva dentro y las arcadas que le vienen entre espasmos y eructos.

-¿Tú sabes qué comí hoy? -indaga el dueño de la casa, ya más calmado, sin animosidad alguna. Más bien el tono le ha salido adolorido, aunque de un dolor orgulloso. La mujer de la bata raída se acerca, con el niño pequeño a horcajadas contra la cadera y en la mano libre un vaso similar a los que ellos tienen encima de una mesa.

-Felipe -comenta la mujer dirigiéndose al visitante-, me canso de decirle a Pedro: no bebas ron, y ahí tiene el resultado de no seguir mis consejos.

Pedro toma el vaso de agua que le entrega la mujer sin mirarla. Ocupa de nuevo su asiento y cuando ella se retira, murmura en tono de disgusto:

-Odia a Pedrín.

A ella nunca le ha simpatizado el muchacho, aclara. Ni cuando pequeño, cuando venía acá descalzo y en pantalones cortos desde la casa lejana, la besaba en la mejilla llamándola mamá y se ponía a su disposición para cualquier mandado. Mucho menos ahora, cuando con su manera directa de hablar protesta por el desorden de aquella casa, el cariño del padre sólo para el más pequeño y las negativas a darle dinero para ir a fiestas porque no alcanza ni para cubrir las necesidades elementales.

-Odia a Pedrín -reitera.

El muchacho ha sufrido demasiado; esos cuatro hijos de la madre más pequeños que él los ha llevado a cuestas cada vez que ella ha quedado sola, cada vez que ha largado al esposo de turno sin ceremonial alguno como hizo con él, puntualiza Pedro Garandel. Luego vinieron las dificultades en la escuela, las clases que no lograba entender, hasta que pudo salir a flote casi como quien dice sin la ayuda de nadie.

-En realidad, yo tengo bastante carga con mi propia vida.

El hombre queda en silencio unos instantes, la mirada bailando en el vacío. En el acto comienza a esgrimir justificaciones: el exceso de trabajo, el tiempo que debe emplear en actividades inútiles, las reuniones a las que debe asistir. Y mientras tanto, Pedrín había comenzado a desarrollar un cuerpo de atleta, sin que él lograra explicarse cómo.

-El ejercicio en la escuela -propuso el mismo Pedro con inseguridad. El niño un día ya no quiso salir con él cuando fue a buscarlo un domingo para ir al zoológico, tomar helados y montar en los caballitos del parque infantil; le contestó de mal talante que ya estaba muy crecido para esas boberías y lo dejó en el portal de la casa con la respuesta en la boca.

-El desarrollo -volvió a suponer Pedro. El acné había empezado a brotarle en la cara, tersa hasta ese momento, y en varias oportunidades le formuló preguntas acerca de las mujeres. Fue la época en que comenzaron las discusiones entre ellos. Llegaba aquí, preguntaba por él y si había salido manifestaba su disgusto a la vez que decía venir en busca del cinto más nuevo, de un cigarro o de diez pesos para ir al dancing light.

El padre imita a su visitante, quien se pone de pie y camina hacia la puerta de salida. También fueron los tiempos del distanciamiento entre él y Pedrín, dijo con intenciones de continuar la historia sobre el hijo. La cara somnolienta del amigo mira hacia la oscuridad que de momento se ha convertido en tinieblas. Las malas compañías, los otros muchachos que se burlaban de él porque permitía la presencia del padre mientras esperaban los ómnibus con destino a la escuela. El amigo extiende la mano sin apenas hablar; sale hasta el portal, avanzando a tropezones. Era terrible perder el cariño de un hijo de una manera tan absurda, se lamenta Pedro. A lo lejos se escucha el estrépito de unos vidrios rotos y acto seguido unos pitazos que llenan la noche.

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