Blog del escritor Andrés Casanova

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Archivo de Julio, 2015

Entre la tierra y el cielo: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

Título del libro: Entre la tierra y el cielo

Género: Novela

Ilustración probable sobre obra pictórica

de Carlos Manuel Casanova:

Sinopsis:

La trama se desarrolla en la Cuba de la actualidad, donde se encuentran dos jóvenes apasionados: ella, casta muchacha hija de pastores evangélicos; él, joven avasallador que ha subyugado antes a decenas de jovencitas, procedente de una familia atea. Ambos se enamoran (por primera vez en la vida) el uno del otro. Se trata de una historia de amor presentada con un pretexto narrativo poco habitual para la literatura cubana: el resurgimiento del evangelismo cristiano en el país visto desde la óptica de la tolerancia hacia los creyentes en Dios, sin que la trama se convierta en un dogma religioso.

Resumen argumental:

En la novela se describen las características aproximadamente realistas, aunque con toques de ficción, de cómo transcurre la vida en una iglesia cristiana evangélica o como también se le llama en algunas latitudes, protestantes (por no pertenecer al catolicismo). Las descripciones de la ficción han estado precedidas de una investigación histórica y de campo por parte del autor. De manera específica, el argumento va desarrollando los conflictos que ocurren como consecuencia de los amores juveniles entre una creyente cristiana y un ateo. La focalización que adopta el narrador responde al punto de vista de dos jóvenes enamorados con sinceridad, que llegan a creer en el amor Eros no fingido ni ligado a intereses materiales, y se disponen a vencer todas las trabas familiares y sociales que los separan. El conflicto fundamental se genera por el amor entre los personajes principales, Rebeca y José Luis, obstaculizado por el rechazo familiar de los ateos hacia los cristianos y unos cristianos que se oponen con razones doctrinales a las relaciones entre la pareja.

Muestra de los dos primeros capítulos:

(1)

ELLA VISTE DE BLANCO Y MIENTRAS ESTÁ CANTANDO, COMPRENDO LO DIFÍCIL QUE ME RESULTARÁ LLEGAR HASTA SU CORAZÓN.

Una aureola de limpieza la circunda, una hermosura que hasta ese instante no había conocido en mujer alguna. El pelo largo y bien cuidado, la piel de una tersura perfecta, y el tono cálido de la voz durante cada interpretación de las canciones que llaman alabanzas, me confirman que estoy enamorado de ella. Antes, prevalecía el deseo, los celos por saberla imposible para mí, la rabia porque su alegría juvenil me resultaba incomprensible, la envidia contra los jóvenes que la rodeaban en todo momento allá en su mundo encerrado entre cuatro paredes; en aquella época, me hubiera gustado hablarle con las palabras aprendidas entre los míos:

Eres demasiado hermosa para renunciar a los placeres de la vida.

No es justo que te condenes a una vida tan triste.

El amor entre los jóvenes no es prohibido.

Era un tiempo en que mis deseos eran conducirla por mis caminos, apartarla de esas tonterías suyas que la mantenían amarrada a un supuesto destino ineludible. Papá y mamá sabían bien la historia de sus padres y la conversaban en susurros; desde pequeño, escuchaba sus comentarios sobre nuestros vecinos más cercanos en la época que permanecían aislados y apenas los visitaban cinco o seis personas mayores. Vivían exclusivamente de los productos del racionamiento y a veces sus almuerzos eran agua de azúcar y un pedazo de pan; vestían ropas de mucho uso y se les veía algo demacrados.

Acabaron las canciones y ella fue hasta uno de los bancos donde la recibieron con sonrisas. Continuaba observándola desde mi posición, admirando sus redondos senos y la solidez de las piernas. Mientras el padre les dirigía la palabra a los demás con el micrófono en la mano, yo la buscaba a ella con la vista, luchando contra el obstáculo de las persianas, incómodo porque algunos que habían llegado tarde caminaban tratando de acomodarse en algún espacio disponible y me impedían disfrutar de la belleza de Rebeca durante breves segundos.

Cuando yo era un niño, jamás vi ocupados todos los asientos. Ella entonces era una muchachita tímida.

-Ven a jugar con nosotros -recuerdo que le dijo alguna de nuestras compañeras de aula un mediodía de aquellos en que salíamos bullangueros de la escuela.

-No puedo -contestó Rebeca.

Había tristeza en el tono de su respuesta. Yo me decía que las causas de su negativa eran la altivez y el orgullo por ser la hija del pastor de una iglesia, aunque mis compañeros suponían otras razones, por ejemplo: el padre de Rebeca no la dejaba juntarse con nosotros; a ella le daba vergüenza su ropa de uniforme desgastada; no quería contagiarse con nuestras indisciplinas. Lo cierto era que aunque no iba a las reuniones del equipo, estudiaba cada tarde en aquel salón atestado de bancos que era la iglesia, mientras yo la espiaba por las persianas.

En la época que estaba en la misma escuela que nosotros caminaba sin ese aire de mujer, propio de las demás compañeras de nuestra aula. Cuando hablaba, se refería a temas que nos daban risa: el amor entre las personas, no el amor sexual sino el fraternal; la bondad, el pecado, la maldad de los seres humanos y el infierno. Aquellas cosas las calificábamos de monsergas y considerábamos a Rebeca una tonta.

Una tarde, entonces cursábamos el sexto grado, coincidimos durante un rato de regreso a nuestras casas. Fuimos los últimos en concluir una actividad escolar y no le quedó otra alternativa que caminar junto a mí. Ya entonces su cuerpo había reventado con todo esplendor, dejando atrás la niñez.

-¿Sabes que eres toda una hembra? -le pregunté. Así me habían aconsejado mis hermanos mayores que debía decirle apenas se me presentara una oportunidad.

Un auto pasó veloz por nuestro lado, levantando una nube de polvo que ensució nuestras ropas. De mi boca salió una palabra bastante ofensiva contra el chofer del auto.

-No hables así, José Luis -me dijo, eludiendo contestar mi pregunta anterior.

Desde ese mismo instante comencé a mirarla de una manera un poco distinta. Mis ojos empezaron a transformarse. Mis ojos. El cuerpo continuaba deseándola como desde el inicio, durante aquella noche en que soñé que éramos novios y ni mis padres ni los de ella se oponían. Un sueño que se repetiría una y otra vez durante la pubertad en que estuve sufriendo la agonía de no tenerla, sueño que me acompaña todavía ahora en la juventud, auque ya no es el fuego abrasador de antes.

El tiempo fue pasando aunque yo no podía olvidarla; las ocasiones en que caminábamos juntos hacia nuestras casas, la lengua se me enredaba dentro de la boca y no podía decirle las palabras que según mis hermanos debían decírseles a las mujeres. En el aula, las demás muchachas hablaban a gritos, proferían palabras obscenas; les gustaban nuestros cuentos plagados de mentiras, frases soeces y manifestaciones de machismo. Ella parecía decirme que en sus oídos no entrarían ese tipo de palabras.

Ahora estoy de nuevo observándola desde una persiana de la iglesia, vestida de blanco, más hermosa que nunca.

EL OJO INDISCRETO QUE REPITE EN DESORDEN

(JOSÉ LUIS)

Pensar en nada, vagar por toda la ciudad sin rumbo fijo, creyendo que la vida termina porque no aparece el amor, aunque el amor no es un sentimiento en estos días en que todos olvidan a demás, cuando el egoísmo los invade y sólo piensan en sí mismos, mirando pasar la vida en tanto se camina hacia la muerte. Son los pensamientos de José Luis mientras ve pasar los vehículos tratando de que no lo golpeen; ya nadie se acerca a él porque todos se han enterado que está enamorado realmente de Rebeca.

(2)

LA ESCUELA AL CAMPO ERA UN TORMENTO PARA ELLA.

Mientras las demás muchachas gozaban de aquella libertad, del distanciamiento de sus padres, Rebeca sufría no por nostalgia sino debido al temor de juntarse con sus compañeras. Las de su brigada, las de su aula, las de la escuela toda, para fastidiarla contaban historias de noviazgos de una manera impúdica, repetían los cuentos de los muchachos que venían a visitarlas, revelaban intimidades con relación a la vida marital de sus padres; traían a colación junto al surco, en el comedor o durante la hora del baño, el tema del sexo; hablaban de modas criticando a aquellas que no se atrevían a subir las sayas más allá de las rodillas.

Rebeca no lograba concentrarse en la lectura de la Biblia. A su alrededor, las otras conversaban alegres, ilusionadas con la fiesta que se avecinaba allí en aquella especie de campamento militar. Luego de un mes de vestir exclusivamente la ropa de trabajar en el campo, adornarse otra vez como mujeres les devolvía la sensualidad.

-¿Viene Paquito? -preguntó una de ellas.

-Me lo prometió -repuso la otra.

-¿Ya no anda con Minerva?

-Me prefiere a mí -le respondió su interlocutora arrugando el entrecejo.

-No me estás diciendo toda la verdad -protestó su compañera volteándose para que la otra la ayudara a abrochar el ajustador.

-Mira su último recuerdo -contestó con descaro la muchacha, colocándose de frente a la amiga. Rebeca no pudo evitar que sus ojos se detuvieran en el vientre de la compañera de aula y vio una especie de rosa morada que le rodeaba el ombligo.

En la soledad del albergue, Rebeca trataba de concentrarse en la lectura de la Biblia sintiéndose contaminada por la música de metales que llegaba hasta sus oídos y le removía las entrañas; llorosa, se puso de rodillas en el piso rugoso.

-Perdóname por estar pensando en José Luis -gimió. Afuera, la música continuaba su ritmo enloquecedor. Sus ojos llenos de lágrimas empezaban a recuperar el brillo que los caracterizaba.

EL OJO INDISCRETO QUE REPITE EN DESORDEN

(REBECA)

Pensar en nada, vagar por el templo vacío sin rumbo fijo, sabiendo cuán difícil es para ella desafiar los convencionalismos. Ya no se oculta a sí misma que está enamorada de José Luis y a cada instante alguien viene a provocarla para recordárselo de alguna manera, para hacerla sufrir. Ahora mismo, la madre llega donde ella y se queda observándola admirada.

─¿Qué me miras? ─le pregunta a la madre.

─Estás lindísima ─la madre guarda silencio un instante, sonríe complacida y suspira─. ¿No viste cómo te miraba Armandito anoche durante el culto?

─Ah, mami, déjate de esas cosas, a mí Armandito no me interesa.

─Es un muchacho fiel a Dios y dentro de poco se gradúa de médico.

─No empieces otra vez

─¿Tienes algún examen mañana?

─De Literatura Española. ¿Papá está en la oficina?

─Está reunido con la directiva de la Iglesia.

─Entonces me quedo estudiando aquí en el templo.

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No habrá honras fúnebres para Oxiuro Vargas: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

Título del libro: No habrá honras fúnebres para Oxiuro Vargas

Género: Novela

Ilustración probable sobre foto del autor:

Sinopsis:

Huyendo de la cantata laudatoria muestra desde una visión múltiple tanto al personaje principal Juan Miguel Arranda como al país ficticio donde se desarrolla la trama, profundizando desde el punto de vista narrativo en las motivaciones y cambios que ocurren en los personajes al radicalizarse un proceso revolucionario. No se trata de una novela política, sino eminentemente psicológica. La singularidad de la obra consiste en que se han escrito varias novelas con el tema del dictador, pero no abundan aquellas con el tema del líder popular, y en este caso es el de un líder triunfante que dice ser el representante de una democracia popular. El narrador múltiple elegido posibilita democratizar la trama al tomar la palabra diferentes personajes desde puntos de vista que pueden llegar a ser contradictorios.

Resumen argumental:

Narra el estallido social que ocurre en un país ficticio de la geografía americana, aburrido de tolerar una eterna dictadura. Puede asumirse como la historia psicológica de los personajes que conforman un país enclavado en paralelos y meridianos inexistentes, pero que muy bien simboliza a los pueblos tercermundistas abocados a escoger entre el neoliberalismo tecnocrático (hambre, desempleo, existencia de ricos bien poderosos y pobres bien sometidos) o jugarse la partida por un sueño, una utopía, una quimera, casi un imposible.

El tema fundamental de esta novela es la repercusión que tiene entre las diferentes clases de una nación, el triunfo de una revolución que comienza a modificar en todos los órdenes esa sociedad.

La trama avanza desde múltiples puntos de vista, con narradores independientes focalizados desde un individuo o grupo de ellos, quienes contemplan y relatan lo que sucede en los primeros días de la euforia triunfalista alrededor de Juan Miguel Arranda, líder militar y político de la revolución que ha derrocado al dictador Oxiuro Vargas y asume de inmediato la Primera Magistratura sin elecciones previas. En las páginas de esta singular novela conviven obreros, campesinos, indios, antiguos propietarios y ex-funcionarios del gobierno derrocado, quienes evalúan los cambios que comienzan a ocurrir en la nación.

Los múltiples narradores, comportándose bien como objetivos o como subjetivos únicos, evalúan las causas que condicionan el surgimiento de la doble moral en el país de la ficción, revelan los conflictos de conciencia que se les presentan a algunas personas cuando no son capaces de expresar sus verdaderos sentimientos o cuando no se les permite hacerlo, y presentan un reflejo realista de las revoluciones populares por medio de las técnicas propias de la ficción narrativa.

Muestra de los dos primeros capítulos:

-1-

Ellos llegaron a la capital en automóviles desvencijados, espectáculo insólito para mí, acostumbrado a la limusina presidencial, al jeep blindado del generalísimo Oxiuro Vargas, a las ventanas vidriadas del palacio de gobierno y a los libros de la Historia Patria escritos por el licenciado Julio Escobar. Cuando pasaban por el parque de la Concordia, frente al monumento en honor a los soldados de la contrainsurgencia muertos en combate, el jeep del barbudo ubicado a la vanguardia se detuvo y no hubo forma de que volviese a andar; aquel hombre pequeño, de facciones aindiadas, tuvo que trasladarse a otro de los vehículos para que la caravana continuase su recorrido. La muchedumbre los vitoreaba. Infelices despatarrados incapaces de valorar la pérdida que acababan de sufrir, pues el generalísimo había decidido abrirse un hueco en la cabeza del tamaño de una moneda de ochenta vargas.

–¡Viva Juan Miguel! –gritó un indito lustrabotas de esos que ahora no quieren volver a tomar una lata de betún entre las manos, mientras el barbudo del nuevo jeep de la vanguardia volvía a detenerse, esta vez para darle la mano a este o aquel, al azar, al que estiraba la suya hacia él, suplicante de su saludo, mientras la multitud coreaba vivas hasta desgañitarse, daban mueras al generalísimo Vargas y al presidente Carlos Inclán, vivas a la libertad y mueras a los imperialistas y burgueses.

Entraron al palacio pasadas las doce; a esa hora el asfalto de la calle hervía como siempre en agosto; no forzaron las puertas, no apedrearon la fachada, no escupieron el piso ni se orinaron en los pasillos. El barbudo llamado Juan Miguel se asomó por uno de los balcones y pronunció un breve discurso entrecortado por los vítores de la hez más nauseabunda del puerto y las consignas coreadas por la piara de analfabetos congregados por vez primera sin que se les obligara.

–Ciudadanos –dijo–: acabamos de derrocar a la dictadura nefasta de generales y abogados que por más de un siglo había gobernado nuestra nación –desde la multitud arrancaron unos aplausos prolongados–. Les alquilaron durante noventa y nueve años las Islas Galernas a los imperialistas norteamericanos –se escucharon gritos de muera y otras expresiones imposibles de discernir–, vendieron nuestros derechos a la explotación de las minas en el Archipiélago de la Bauxita –ofensas por parte de la masa apelotonada en la plaza de la Fraternidad calificándonos de perros traidores–, asesinaban a nuestros hermanos, les robaban las tierras a nuestros indios –se pudo leer un cartel con la consigna: “Juan Miguel, el pueblo te apoya”–. Pero un día un grupo de muchachos con las manos limpias –continuó diciendo–, inspirados en los ideales patrióticos más puros y siguiendo el ejemplo de nuestro héroe mayor Alonso Rivera, decidió romper las cadenas que nos ataban, y hoy hemos entrado en este palacio que fuera guarida durante treinta años del dictador Oxiuro Vargas –la muchedumbre interrumpió por varios minutos el discurso y coreó: “¡Paredón, paredón, paredón!” –para decirle al pueblo: ¡somos libres!

A los pocos minutos la plaza de la Fraternidad estaba arrasada: el jardín de flores exóticas no existía, el busto al generalísimo Vargas desapareció, el césped no era más que un basural y las cercas se inclinaban lastimosamente por el empuje furioso de la multitud. Por vez primera, desde que fuera construido el palacio del gobierno, los parias entraban por su puerta principal.

Pero aun cuando nos consideraban unos perros traidores, fui llamado por el nuevo caudillo.

–Señor Otsende –me dijo–, la patria necesita de sus servicios.

Y como me ofrecieron emolumentos muy ventajosos, decidí jugar una partida sin posibilidades de ser ganada por mí. Pero me divertía observando al hijo de un pueblito inexistente en los mapas de la patria a escala de uno en veinte mil, que no sabía cómo usar el despacho del Presidente de la República; se mesaba la barba con la mano izquierda mientras con la derecha unas veces arreglaba sus insignias de general y otras tomaba la pluma Parker del tintero, mientras dictaba órdenes e introducía sus ideas acerca de cómo debía conducirse el gobierno del país.

–Necesitamos la cooperación de todos. Formaremos un Comité de Unidad Patriótica.

Miraba alternativamente a los que iba nombrando.

–Cuesta, convoque una reunión extraordinaria del Senado.

No admitía réplicas.

–Morejón, revise la declaración al pueblo y haga las correcciones de estilo pertinentes.

No solicitaba opiniones.

–Alfonso, disponga que se analice con urgencia la situación de todos los prisioneros.

Sólo se dirigía a los de su grupo.

–Ortiz, coordine una rueda de prensa televisada. Quiero explicarle al mundo los objetivos de nuestra revolución.

Tocaron a la puerta y entró el jefe de la escolta; su camisa despedía un olor a monte jamás conocido en palacio y la barba hirsuta era un claro indicio de que el país estaba por vivir días difíciles. Sin cuadrarse militarmente ni solicitar permiso al jefe máximo, habló con el desenfado de quien lo ha conocido al aire libre, en todas las serranías del Olvido.

–Juan Miguel, aquí está la señora que pidió hablar contigo.

–Hazla pasar.

Entró una mujer vestida de negro; su luto no estaba solamente en la ropa sino también en sus ojos y quizá más adentro; no se atrevió a hablar hasta tanto el general se lo indicó.

–Juan Miguel, yo soy la madre de Judas Cisneros y sólo quiero pedirle que no lo fusile.

A algunos de los que estábamos en el despacho este nombre nada nos decía. Para la madre en cambio, parecía el ser más importante de la tierra.

–Le prometo solicitar clemencia al consejo de guerra.

Cuando despachó a la mujer, se pasó un pañuelo por la cara y al guardarlo nuevamente, su rostro estaba impasible, de una dureza como de piedra.

–El tiempo apremia –dijo–, porque debemos cumplir todos los compromisos contraídos con el pueblo.

-2-

Aún el sol castigaba el asfalto obligándolo a despedir una niebla caliginosa, cuando un grupo de cholos, cuarterones, zambos y negros comenzamos a agruparnos frente al pórtico del Liceo Nacional. Los tres o cuatro empleados que a esa hora despertaban de una siesta con sueños vacíos, no comprenderían de momento qué significaba aquella intromisión de la chusma, como se nos llamaba con desprecio, en el portal del edificio. Desconocían tal vez que sólo unos momentos antes Juan Miguel Arranda había dicho: “Somos libres”, y olvidaban quizá que ellos no eran más que simples guardianes de un lugar al que siempre se nos había negado la entrada por el color de la piel y los bolsillos vacíos.

–¡Atrás! –gritó un viejo canoso mirándonos con indignación.

–¡Un momento! –saltó la voz de alguien por encima de todas las voces y se hizo un silencio pesado–. No hemos venido a hacerles daño a ustedes, sino a dejar nuestra marca en el edificio. Así es que mejor les vale dejarnos pasar.

Estas palabras fueron suficientes para que los empleados franquearan las puertas de roble, y entonces vimos en toda su magnitud el Salón de los Espejos donde las niñas góticas de la capital celebraban sus fiestas de quince, mientras nuestras hijas eran seducidas con vestidos lujosos y joyas brillantes a cambio de sus servicios a través del 20-30-80. Y esto, sólo para las agraciadas, porque las otras pobrecitas estaban condenadas a convertirse en criadas de por vida o en objetos de placeres en los bares del puerto.

Ya estábamos frente a los escalones para dirigirnos hacia la planta alta, cuando alguien lanzó un jarrón contra uno de los espejos y a partir de ese momento todo fue crepitar de vidrios y muebles chocando contra las paredes y lámparas caídas de sus apoyos y palabras obscenas; los empleados del Liceo quedaron atónitos: no podían comprender por qué algunos soldados vestidos de muselina negra pasaban con sigilo por el paseo Central sin detenerse para golpearnos y meternos en las jaulas policiales, como siempre hacían cuando salíamos a la calle a protestar. No. Ellos no sabían que esos soldados iban en retirada de una guerra perdida; no entendieron tampoco por qué unos barbudos uniformados de caqui entraron a toda velocidad a la sala del Liceo y nos ordenaron salir de inmediato. “¡Salgan, coño!”, gritó un oficial y entonces dijimos todos: “Está bien, salimos”. Pero cuando nos íbamos, cada cual por su rumbo, un negro de pies descomunales nos pidió que lo sostuviéramos en hombros y encima del lumínico que anunciaba: “LICEO NACIONAL EXCLUSIVO PARA BLANCOS”, colocó un cartón amarillento donde había escrito: “BIBA LA IGUALDA”.

Después marchamos por todo el paseo Central coreando: “¡Viva Juan Miguel!” y “¡Viva la revolución!”, mientras se nos iban incorporando estudiantes de bachillerato y de la Universidad Nacional, empleados de los ferrocarriles y amas de casa; las consignas atronaban el aire y se enronquecían nuestras gargantas, pero nos sentíamos felices. Entonces el negro de los pies grandes ocupó la delantera y propuso:

–¡Vamos a derribar el monumento a los soldados de la contrainsurgencia!

Nuevos gritos de aprobación y mueras y vivas se confundían, porque resultaba imposible coordinar los coros y algunos reíamos cuando el negro pedía un muera para Oxiuro Vargas y los del final no podían oír y entonces decían: “¡Vivaaa!”; pero no nos importaba: ya Oxiuro Vargas era un cadáver maloliente.

Llegamos al parque de la Concordia armados de mandarrias, martillos y el odio guardado en nuestros pechos durante medio milenio; nos reunimos alrededor del pedestal, donde un soldado con la espada desenvainada sonreía satisfecho; la inscripción colocada en el pedestal decía: “GLORIA A LOS HÉROES DE LA PATRIA”, que nunca como ahora nos parecía una ofensa. El negro de los pies enormes subió a la estatua y le quitó la espada; la hizo dos pedazos y la tiró hacia nosotros, que enardecidos por su acción gritábamos consigna sin parar, mientras golpeábamos una y otra vez el pedestal. La cabeza del soldado, que según decían de modelo –modelo hermoso de blanco asesino– había servido el hijo mayor de Oxiuro Vargas, ya estaba en las manazas del negro, quien se disponía a arrojarla al suelo para que alguien le pegase un mandarriazo, cuando todos nos detuvimos, nos quedamos quietos, perdimos el habla, no podíamos creerlo: junto a nosotros estaba el general Juan Miguel Arranda.

–Ciudadanos –dijo y nadie lo interrumpió–: está muy bien que hayan destruido el monumento a los soldados de la contrainsurgencia, porque representaba los treinta años de abusos que nuestro pueblo ha soportado desde que fuera asesinado nuestro héroe mayor Alonso Rivera. Pero no es correcto que hayan entrado al Liceo Nacional para destrozar el salón de los espejos. De ahora en adelante, queda prohibida toda manifestación violenta contra las propiedades, privadas o de un grupo de personas. La justicia se hará en los tribunales.

El general estuvo conversando durante largo rato con quienes se le acercaban y luego se retiró. El negro de pies descomunales sostenía la cabeza de la estatua entre sus manos y me miraba con cara entristecida.

–Y ahora, ¿qué carajo hago con esto? –dijo y se fue bamboleando por la avenida Presidencial, mientras yo me quedé pensando.

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