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Blog del escritor Andrés Casanova

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Crónica de una feria del libro: FINAL DE LA FIESTA

Allí donde haya libros, existe el placer por la lectura. Quizás algunos los compren para otros usos, o hasta para dejarlos empolvados de manera lamentable en el más oscuro rincón oxidado de una casa.

Sin embargo, estamos los que confiamos en el poder “mágico” de las palabras (”En el principio fue el verbo”, dice la Biblia) y por lo tanto, creemos que cualquier actividad relacionada con el libro, aunque existan carencias en ella, vanidades de uno que otro concurrente por creerse el escritor más grande del mundo e incluso, desorganización en algunas de las actividades programadas, siempre será motivo de regocijo participar en una de estas fiestas.

Y si he dicho en el título de este comentario que llego al final a pesar de que según el programa oficial mañana es que concluyen las actividades, para el mí el domingo tiene carácter de sagrado para el descanso y por lo tanto, cesan aquí mis crónicas.

A pesar de esto, me veo comprometido a resumir lo acontecido desde ayer en la tarde cuando en el patio de la UNEAC nos convocamos diez escritores para en apenas una hora hablarles a los lectores potenciales acerca de libros de narrativa, ensayo y poesía, labor difícil cuando sesenta minutos después tendríamos que darle paso a lecturas de poemas, música y el ambiente informal de la alegría por el encuentro entre amigos que desde hacía tiempo no se veían. Entonces, como me resultaría imposible reseñar todos los libros presentados, me limito a decirles mis CONFESIONES DE UN LECTOR más adelante.

Durante la mañana del sábado fui, para emplear la imagen acuñada por Lucy Maestre durante la presentación de Fiesta con Havana Club, “el hombre de la moto roja” que desanduvo la ciudad en busca de provisiones para que a la hora de fantasear con mis ficciones no exista en mí cargo de conciencia alguno.

La tarde, me lo había propuesto, estaría en el espacio denominado “Pensamiento literario” porque me interesaba escuchar lo que se dijera acerca del estado de la dramaturgia en Cuba y fui así como mis pasos me llevaron por un sol de horno hasta el vetusto Museo Provincial en reparación que a pesar de ello y del calor intenso, siguió acogiendo en su estrecha sala a los que escuchaban a los disertantes intentando no perderse una sola palabra de ellos.

Mi única intención aquí era adquirir el libro El trabajo del actor sobre sí mismo, de Konstantin Stanislavski, pero quisieron los representantes de Ediciones Alarcos que me interesaran también los dos tomos con obras teatrales cubanas durante los últimos cincuenta años, para que mis ya exiguos bolsillos (metafóricamente sea dicho) dejaran de existir. Pero al menos, tendré buenas lecturas por un tiempo.

Ya en la media tarde en el patio de la UNEAC de nuevo el frescor de las cinco nos acogió para leer poesía y escuchar lo que llamamos trova de dos de los mejores cultores de este género en nuestra localidad, Norge Batista y Fredy Laffitta.

En fin, cierro estas crónicas con la alegría absoluta de lo que no estamos dispuestos a rendir nuestras armas a la mediocridad y al olvido. Yo por mi parte, seguiré escribiendo estas crónicas durante las cien siguientes ferias del libro en mi ciudad, aunque me vea obligado a hacerlo en un rollo de papiro o en unas tabletas de arcilla.

Ahora, los dejo con lo leído por mí en las tardes del viernes y el sábado.

*************

CONFESIONES DE UN LECTOR

Me corresponde en esta oportunidad hablarles sobre una antología de cuentos titulada CONFESIONES y que lleva por subtítulo “Nuevos cuentos policiales cubanos”, en edición preparada en 2011 por Unión, la editorial de la UNEAC.

Antes de hablarles del libro en sí, quisiera aunque de manera muy breve conceptualizar algunos tópicos que pueden servirle de guía a los posibles lectores, pues es mi deber desde este espacio que se me proporciona por los organizadores de la Feria del Libro en Las Tunas persuadirlos del interés que presentan los textos reunidos en este volumen.

Quiero comenzar por decir entonces que desde lo que podría considerarse el surgimiento de la narrativa policial hasta nuestros días han cambiando muchos puntos de vista sobre la misma. Sin afán de hacer historia y a riesgo de encontrar voces discordantes con la siguiente afirmación, digo que ya hoy el lector verdadero de este tipo de literatura no busca lo mismo que buscaba el de siglos anteriores. Si bien antiguamente para considerar que estábamos ante un texto policial se requería de un crimen o un delito espectaculares, y un detective o investigador que perseguía a un delincuente, ya hoy con la entrada en el mercado del libro del concepto novela negra y de forma más general narrativa negra, tal esquema ha dejado de ser funcional porque constituía una camisa de fuerza para el escritor, esquema que llegó a agotarse desde Edgar Allan Poe y Arthur Conan Doyle hasta acá, dando paso primero a las innovaciones un tanto pacatas sobre ese esquema y luego ya a una violación total de cierta Ley Orgánica que servía de base para que los detractores de este género lo calificaran incluso de no-literatura.

También resulta preciso aclarar que la literatura policial cubana ha cambiado mucho desde la década del 60 del siglo pasado hasta acá, con la llegada de nuevas generaciones de escritores a esta especie de campo minado que fue en sus inicios coto exclusivo de algunos, literatura convertida por éstos en un cliché, en otra camisa de fuerza pero ahora tropical y circunscrita a los límites de las fronteras insulares de Cuba.

Por suerte hoy podemos exhibir un pequeño botón de muestra que ha venido a romper con ambos esquemas y ha irrumpido en el mercado del libro con textos donde no aparecen los ya clásicos y manidos policías cubanos perfectos,  las amables viejitas presidentas del CDR con una tacita de café para los no menos amables investigadores oficiales y otra pléyade de imaginarios actores de una literatura que estaba dejando de serlo para convertirse en mera propaganda política, ni tampoco el triunfo universal de los policías sobre los delincuentes.

La existencia de esta antología preparada por Lorenzo Lunar y Rebeca Murga, quienes desde hace tiempo vienen observando el desarrollo del género en Cuba, muestra un amplio espectro de conceptos acerca de cómo tratar fabularmente el tema del crimen y del delito en general en la Cuba posterior a 1959 sin caer en esquemas ni tópicos aburridos. En cuanto a extensión encontraremos textos que en otro contexto no se clasifican como “cuentos” sino como “relatos” (por ejemplo, El viejo que se comía la suerte, de Mario Brito Fuentes, con 12 páginas y unas líneas más) hasta lo que ahora se ha dado en llamar “minicuentos” (por ejemplo, Música de fondo I, de Danieris Fernández Fonseca, con menos de una página de extensión). En cuanto a temáticas, las hay diversas, desde la presentación del criminal por placer (Una novela para Dostoievski, de María del Carmen Muzio) hasta la descripción del incremento del delito como consecuencia de lo que se ha llamado eufemísticamente el “período especial” (por ejemplo, Río de Agua Mansa, de Angel Santiesteban).

Llama la atención también en estos textos cómo se han desacralizado los héroes típicos creídos por el imaginario popular como incorruptos e incorruptibles policías cubanos (por ejemplo, puede comprobarse leyendo Atrapados, de Carlos Santos Montero) y también que la mujer cobra protagonismo en la escritura de textos policiales: de un total de 18 autores antologados, 7 son mujeres. Quizás esto se deba a que de los dos antologadores una es del sexo femenino, lo que también habla acerca de la democratización de este género en Cuba que tiene dos paradigmas indiscutibles en el caso de la novela: Daniel Chavarría y Leonardo Padura.

Debo aclarar que toda antología recoge en sí el criterio estético de sus antologadores, y jamás será la verdad absoluta en cuanto a calidad e intensidad de los textos elegidos, por lo que advierto a los que decidan darse una vuelta por  la nueva literatura negra cubana, que se encontrarán diferentes niveles de calidad en las obras aquí recogidas: unas realmente pequeñas piezas maestras del género que vale la pena conocer, otras de manera lamentable se quedan en los intentos. Sin embargo, recomiendo la compra de este libro: sus textos apuestan por la desacralización del héroe, la introducción de personajes novedosos y raros para la literatura cubana, la exploración de diversos niveles de realidad que ya está exigiendo toda la narrativa cubana en general y no solamente la policial, así como una libertad creativa que va contra criterios dogmáticos de algunos con deficiente visión estética que califican cada propuesta artística que se salga de sus moldes mentales oscurantistas e inquisitoriales de poco menos que “nocivas para la salud”.

¡Doy la bienvenida a estos cuentos que a no dudarlo abrirán las mentes de escritores y lectores, porque podrán observar que, parafraseando una consigna conocida entre nosotros, sí se puede en Cuba… hacer verdadera literatura desde el llamado género negro o policial!

****************

DESTINO

Soy zurdo
y no me creo
un adalid de la gloria sino más bien
el judío errante que ya no adivina los caminos de la historia.

No merezco
aplausos por mis acciones
pues lo que hago con mis manos
mis sueños lo deshabitan
porque he perdido caminos.

Soy diestro
para escribir
la memoria que no olvido
pues con mi mano derecha
tomo la verdad y miro
hasta dónde la mentira ha hecho de mí pordiosero.

No miento
sino el quehacer
en mis días se fracciona
porque convierto en teorema
lo que fue una pobre burla.

Vamos a ver
si tus perros
que muestran sus fieros dientes
con sus odios pasajeros
son capaces de tragar
los sueños que no he soñado.

Entonces ya vencedor
voy a la luna y me pierdo
porque allí
no habitan ángeles.

Al final sólo quedamos
yo y tu desprecio
yo y tu mirada vacía
yo y tu silencio asesino
yo y tu recuerdo que fui
quien sostuvo tus olvidos.

Entonces nunca me pierdas
de vista porque te pierdes:
Soy zurdo porque perdono
Y derecho porque olvido.


MOSCU YA NO CREE EN SUS LAGRIMAS

No fui a Moscú como simple turista
hombre de paso que viene y va sin echar raíces
afianzado en las imágenes de postal
o las fotos posadas para un regreso que jamás llega a ser.
En Moscú no fui a ver el cadáver de Lenin
porque en dos oportunidades me lo impidió
el programa de clases en la Universidad.
Al Kremlyn me acerqué casi con miedo
como si el centro del poder me alertargara.
En cambio
estuve paseando por la plaza Alejandro Nevski
catorce horas tomado de la mano de Sofía Alexandrova
la última nieta de Boris Pasternak
quien me confió frotándose las manos de tanto frío dentro de su alma
que al abuelo no le importó jamás ser ignorado
confiando como estaba en el curso de la historia.
Eché raíces en Moscú.
Pasé frío en Moscú.
Tuve hambre en Moscú
de ser un poeta.
Viaje de gratis
en el Metro de Moscú
algunas veces.
Viví en Moscú
en la calle Kapraia Domi
en el número cinco
junto a Sofía Alexandrova
que amaba a Moscú
tanto como a su abuelo Boris.
En Moscú me gradué
gracias al Manual de Afanasiev
y trabajé dos años
como montador de tornos.
Entonces Moscú fue
el pasado sin manchas
la estrella con la hoz
y el martillo escudado.

Hoy que despierto
soñando con mis poemas
comprendo que Moscú
tanto como La Habana
no puede creer en lágrimas.

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