Blog del escritor Andrés Casanova

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Archivo de Diciembre, 2011

Hoy, en un amanecer frío del diciembre cubano, un poema y un cuento breve

He sentido deseos de compartir con mis lectores un poema que perfectamente pudiera algún lector que el sujeto lírico se encuentra ubicado dentro de la temática del amor, aunque lo cierto es que cuando lo escribí me motivaba la traición de una persona en quien había confiado un asunto confidencial (Te he borrado delaire en que habito). En el caso de la narrativa, con el cuento   El artista, el maestro y el padre estoy celebrando el triunfo del menor de mis hijos sobre los falsos maestros que debió aprobar para graduarse en una escuela para artistas, pero lo hago por medio de una metáfora. Quiere decir, que hoy mis ficciones sin dejar de serlo, no lo son tanto.

TE HE BORRADO DEL AIRE EN QUE HABITO

Te borré de mis sueños pasados
y al futuro no quiero acercarme
con tu luz de tinieblas sin frenos.
Por tu lengua maldita
y la faz tan enorme que aparta
entre flores las amargas traiciones.

Te he borrado
porque acaso entre leones me has visto
y has dejado que corran la soga
hasta el nudo opresor de mis nubes
con la luna apagada de flores.

No me jures por el acto de amarme
tal cual soy mortecino y de palabras
que no caben en poemas vacíos.
No me jures por el acto de amarme
ni en el ruedo del circo romano
hagas humo disfrazado de incienso
con tus uñas que acarician mis hambres.

Te he borrado de veras
no he guardado tus cartas en Word
o en las otras variantes antiguas
en que andabas fingiendo la furia
cuando abrías la mano agorera
y oficiabas de implorante iscariote.

No, por favor,
no me envíes tus mensajes habitados
por la eterna mentira y el odio
por la esquirla que parte los mares
y las velas trazadas en ascuas.

Qué decirte no tengo. Que mis versos no hablan en rimas
ni en La fuente de Ingres he bebido
de tu agua amargada
con la eterna misión de Sibila.

Qué decirte he intentado al borrarte
cuando andabas paseando tus labios
de una parte a la otra y en camino
de encender con tu llama de espuma
la negada virtud de evangelio
disfrazando de ojivas nucleares
un amor pronunciado en presente
ya nublado de adargas y lanzas
que apuñalan sin piedad mis palabras.

Sí: te he borrado y me duele
confesarlo tan públicamente.
Porque siempre confié en tus verdades.

EL ARTISTA, EL MAESTRO Y EL PADRE

El muchacho sale al patio, mueve las manos mientras el gallo canta, y busca la luz; los contornos del sol no le sirven para resolver más que sus propias dudas, la derrota a que lo ha llevado la vocación que lo ha elegido.

Es artista el muchacho en cierta manera de decirlo, porque en realidad no lo es simplemente; lo han puesto en una academia para mostrarle la diferencia entre una hoja y el color verde en la paleta o lo absurdo de confundir una esfera con la forma de una esfera dibujada en el plano. Tiene que aprobar asignaturas antes que mostrar desnudos como una luna en medio del desierto, y él se ha tomado en serio aprobarlas.

El padre lo ha visto no dormir decenas de madrugadas, se ha despertado en su cama escuchándolo amasar el barro, lidiar contra los palillos, redondear los ángulos para que el desnudo no sea un simple desnudo erótico sino lo otro, lo que el padre llama en su propio lenguaje el arte en su pureza. El padre sabe los sonidos, la armonía adecuada y puede improvisar combinaciones de notas aparentemente absurdas, pero no conoce el valor de los matices, o la forma adecuada a los ojos no ya del artista sino del público. El padre se revuelve en la cama y no puede sufrir el sufrimiento del hijo que vio crecer en estatura y palabras desde el centímetro nulo.

Se levanta el padre, mete los pies en los zapatos y se desprende del cansancio para ir donde el hijo mira con una lágrima en los ojos que resplandece a trasluz la derrota momentánea como si fuera la cruz de aquella porción de mujer carente de busto y de piernas, con brazos en un vacío ajeno a toda virtud. Le pregunta qué te pasa y el hijo se mete en el mutismo que hiere al padre, porque está convencido de los sueños del muchacho, de la imagen que se ha formado acerca de la imagen. Soñó con galerías y espacios inmensos llenos de color, y ahora una porción de barro, un simple pedazo de arcilla sin moldear, pretende convertirse en el obstáculo para lograr sus sueños. El padre lo entiende porque muchos años atrás en la academia de música llegó a pensar que sus dedos jamás serían capaces de convertir en sonidos armoniosos los movimientos encima de las cuerdas o las teclas. Coloca una mano en el hombro del hijo, lo oprime más con cariño que con simple opresión y le ayuda a recoger el barro caído cerca de los pies, los palillos inmóviles, la humedad de sus ojos y la suciedad acumulada en el corazón. “Yo voy a ayudarte a limpiarlo todo”, dijo el padre sin saber aún cómo podría ayudar al hijo.

El padre anduvo pensativo durante una cantidad de días incalculables y siempre retornaba a la misma pregunta: ¿valdría la pena? No resultaba tan simple determinarlo.

Uno puede asegurar con toda exactitud que la sed puede calmarse bebiendo agua, o que al golpear el plomo disparado contra un cuerpo vivo suele ocasionarle la muerte. Sin embargo, ¿cómo determinar con precisión que una porción de barro pueda convertirse en un sueño, o en una utopía, con el auxilio de unas manos cuyo fin inicial no eran para fabricar sueños ni utopías?

Llovían los días para el padre en su búsqueda, mientras el hijo continuaba en las suyas. El padre no encontraba respuestas determinantes, inexcusables, cerradas, mientras el hijo amasaba el barro hasta que un día logró llevarlo a la dureza precisa, logrando al fin conformar los senos de la mujer sin brazos, pero no pudo evitar la caída de los pezones por no haber advertido que la humedad se convertía ahora en su principal enemiga.

Entonces el padre recordó su pasado, cuando las notas que salían de su alma no lograban llegar hasta la guitarra y la paciencia de su maestro durante aquellas tardes en que le enseñaba no tanto a pulsar las cuerdas como a escarbar en lo más íntimo de su corazón hasta descubrir que sólo es posible llegar cuando se sabe salir y que al final sólo llegan quienes comprenden la pequeñez de su estatura.

Una mañana el padre iba por la calle metido en sus pensamientos y vio al hijo salirle al encuentro. Silencioso. Con la cara de quien ha sufrido. El maestro lo llamaba a su estudio, le dijo sin otra explicación y el padre barruntó lo peor: aquí acababan los sueños de su muchacho al que había visto crecer desde el centímetro nulo.

Mientras caminaban hacia el taller del maestro, el padre no pensaba en su hijo sino en sus propias ansias por vencer las notas musicales cuando tenia la misma cantidad de años que el hijo ahora. ¿Sería el maestro de su hijo como su propio maestro, quien lo ayudó a encontrar el lado exacto de cada sonido, o por el contrario como el antimaestro que ya no recuerda siquiera su nombre porque pretendía matarle los sueños antes de haberlos soñado?

Al llegar al estudio, se saludaron padre y maestro. Eran lejanamente conocidos, pertenecían a diferentes generaciones, pero ambos tenían en común que trataban con alumnos. El padre ya había formado cientos de discípulos y le inquietaba la juventud de este maestro a quien por el momento sólo se atrevía a llamar el profesor del hijo.

El profesor los hizo pasar a su gabinete, les brindó asiento y su joven sonrisa llenó por completo el local. Con la misma juventud que tuvo el padre cuando aprendía las notas musicales a una escala superior, comenzó por demostrarle que la edad no era lo esencial. Sonriente, habló en voz baja, comedida. Y más que argumentos, mostraba las piezas inutilizadas del hijo, las piezas que no fueron, las piezas sin sentido, las piezas que fueron quedando sin aliento. Y el problema de su hijo no está en las manos, dijo el profesor, sino en la confianza en sí mismo: la paciencia no le alcanza para entender sus manos, la paz no le llega hasta los sueños, no logra transformar el barro en utopía no por falta de destreza, sino por exceso de rabia. No se acercaba al maestro, no se interponía en su camino, no había sido capaz de pedirle ayuda para que la arcilla dejase de ser una materia amorfa. Y no porque fuese un rebelde, sino porque la soledad le mataba los sueños.

Aquella lectura que hizo el profesor le abrió al padre el camino de sus dudas: el hijo sí era capaz de vencer al barro, de dominarlo, de encerrarlo en la forma deseada. Pero le faltaba la confianza en su maestro, y así jamás aprendería a domar la utopía.


Han pasado los años como metidos en una caja negra y el padre ya no existe. En la galería está el hijo esperando el corte de la cinta, moviendo las manos sin poder contenerlas. En la distancia, alejado del público, se encuentra el maestro, que ya anciano sonríe. La hermosa joven corta la cinta y el público aplaude al que ya ahora no es hijo, porque junto a él un niño  lo mira orgulloso de ser el hijo.

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