Blog del escritor Andrés Casanova

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ACERCA DE UN CERDO BIEN INTELIGENTE

¿Los cerdos piensan? Aunque pudiera parecerles absurdo, este de mi cuento se le puede oír pensar, aunque considero que a estas alturas, ya no sea capaz de hacerlo. De todas maneras, vale como historia pasada, aunque puedan pensar que nunca ha sucedido.

EL CERDO

Los cerdos piensan. Al menos uno que yo bien conozco y al cual el amo ha bautizado con el feo nombre de Puerco.

Puerco cada mañana se alegra con las llamadas del amo, quien le trae una vasija repleta de todos los desechos de comida del día anterior que recoge en unas cuantas casas de vecinos. A veces el alimento suele ser más suculento, cuando al amo lo visita un hombre misterioso que se protege entre las sombras de la noche y en un saco ennegrecido por el oscuro trajinar de los misterios trae un producto al que llaman pienso y Puerco nada piensa cuando el amo se lo arroja sin ningún cuidado de llenarle la cabeza con aquel polvo que lo hace resoplar pero cuando lo prueba, un olor a mar se le cuela por los agujeros de la nariz y él aspira aquel aroma que lo lleva hasta la manada antigua, cuando la madre lo parió y él se revolcaba alegre en el pantano, correteaba por los montes entre palmiches y guaninas, jugaba con sus hermanos a quién traqueaba más fuerte las semillas y pensaba que la vida siempre sería correr y jugar entre palmiches y guaninas.

Ahora son lejanos los días del palmar, confinado como vive en este corral donde lo único agradable para él es el sabroso olor a pantano, aunque no puede corretear y a veces cuando grita porque el estómago le atenaza como una lombriz hambrienta, viene uno de los hijos del amo y lo golpea en el lomo. Las noches en cambio son para él toda una felicidad, pues de alguna manera en amo ha conseguido palmiche y para que la pase tranquilo alguien le arroja unos cuantos puñados. Cierto que no es como allá en el monte, donde podía tomar toda la que quisiera alrededor de los troncos de las palmas, pero al menos el recuerdo se le mete en su cerebro estrecho y vuelve a revivir los días en que correteaba con sus hermanos y creía que la vida sería siempre el verde del monte y las carreras para llegar primero debajo de las palmas.

Fuera de estos contratiempos su vida es una felicidad en aquel estrecho corral. Es preferible no tener que desafiar los colmillos afilados de sus hermanos, porque él no era el más fuerte de la manada, y algunas veces lo desalojaban del lugar que ocupaba debajo de las palmas gracias a la ligereza de sus patas. Puerco adora la comida blanda que le echan de cualquier manera tanto el amo como su esposa o alguno de sus hijos, pues sin dificultad alguna la mastica, se llena de ella hasta el hartazgo, y luego se tiende a la larga en el corral a dormir una siesta en la que siempre sueña con la libertad del potrero, y se ve correteando debajo de los palmares y sus hermanos no le destrozan la trompa con sus colmillos, sino que lo dejan llenarse a sus antojos de palmiche.

Ahora en realidad han pasado seis meses desde que llegué a este corral, cuando me trajeron con las patas amarradas, adolorido porque me transportaban sin cuidado alguno en una bicicleta. Ahora veo al amo que no viene con la lata de mi comida sino con un cuchillo afilado en la mano.

(Del libro Cuentos para concursar)

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