Blog del escritor Andrés Casanova

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EL ESPACIO Y EL TIEMPO EN LAS OBRAS DE NARRATIVA

Desde luego que no he olvidado que estoy compartiendo con algunos lectores interesados en la temática del cómo escribir narrativa, algunas ideas acerca de cómo yo lo he ido haciendo, pues en realidad no se trata de artículos académicos, sino una manera de compartir mis experiencias personales que quizás para otros escritores no sean iguales o ni siquiera similares.

Lo que sucede con estos artículos sobre lo que he llamado técnica narrativa es que también debo atender otras secciones de mi blog y entonces se van distanciando, pero aquí estoy en esta oportunidad con los temas del tiempo y el espacio fabulares,que tan interesantes resultan.

El espacio podemos definirlo como el lugar donde se desarrollan las acciones, definición que no resultará tan perogrullesca cuando analice en un próximo articulo las llamadas rupturas.

Conviene adelantar que en la novelística contemporánea se logran las traslaciones espaciales con mayor fluidez que en la novelística de siglos pasados. En ésta, cuando se relataba lo ocurrido en un lugar, digamos el desierto del Sahara, el narrador omnisciente para trasladarnos a otro espacio, por ejemplo a París, se valía de recursos artificiosos como decir: “En ese mismo instante, el señor Pérez estaba tomándose un vaso de vino en el bar de monsieur Legrand”. En la actualidad, las traslaciones espaciales no requieren de tal aparataje, como veremos más adelante.

En cuanto al tiempo, resulta singular la manera en que es tratado por Marcel Proust en sus novelas, en la que se pretende recuperar el tiempo perdido por medio de la introspección de sus personajes mientras recuerdan lo vivido. También uno de los exponentes de este elemento técnico es el relato Viaje a la semilla de Alejo Carpentier, que a su vez tiene antecedentes en diversos relatos españoles, en el que el personaje principal involuciona hacia su niñez y finalmente desaparece en el vientre de la madre.

Si hago mención de manera sinóptica a estos casos, es para ilustrar que en la novelística se han realizado diversos experimentos formales para huir de las historias narradas linealmente, procedimiento mediante el cual los sucesos se van relatando ordenadamente, del pasado hasta el presente y hacia el futuro, tal como transcurre matemáticamente la línea temporal. Las rupturas o mudas ofrecen una mayor libertad en el tratamiento del tiempo, en lo que a su flujo dentro de la narración se refiere.

Citemos el caso de El otoño del Patriarca, de Gabriel García Márquez. En esta novela, se recomienza una y otra vez la historia de la caída del tirano, se relata su vida pasada sin orden cronológico alguno, se avanza, se retrocede, se vuelve a avanzar. Existe un juego constante con el tiempo y no hay linealidad temporal progresiva (novelística anterior a la contemporánea) ni regresiva (como en Viaje a la semilla).

En Un mundo para Julius, novela de Alfredo Bryce Echenique, se llega incluso a relatar un hecho ocurrido en un tiempo posterior (llamémosle T2) primeramente que lo ocurrido en un tiempo anterior (identifiquémosle como T1), sin emplear siquiera el recurso habitual de los modos verbales para ubicar temporalmente al lector.

Veamos el ejemplo de lo dicho anteriormente (novela citada, página 42):

T2:        Vilma no entendía muy bien qué casa tan rara tenían los primos de los niñitos (…) pero se quedó ya más tranquila cuando  el mayordomo le metió letra en la cocina, mientras les invitaban té, y le dijo que era una casa estilo castillo y ¿cómo es la de ustedes, buenamoza?, mientras lavaba unas tazas.

T1          Ese mismo mayordomo, digno mayordomo de los Lastarria, abrió la puerta, les dijo pasen, y entre todas las amas escogió a Vilma (…)

Llama la atención en este ejemplo, que entre T2 y T1 sólo medie un punto y aparte (consúltese la novela original). En T2 los verbos principales están en pasado simple, así como los de T1, pero es lógico que para que Vilma pudiera pasar a la cocina a tomar té (T2), primeramente el mayordomo tuvo que abrirle la puerta (T1).

Otro factor a considerar dentro del elemento temporal es cómo transcurre el tiempo en la obra narrativa. Cuando se manejan detalles minuciosos, el tiempo transcurre para el lector con lentitud; cuando los hechos son tratados a grandes rasgos, el tiempo transcurre para él aceleradamente. El tiempo lento se presta para descripciones como la vida interior de un personaje, una fiesta, la espera de un familiar que se encuentra en un lugar lejano y en general aquellos pasajes de la obra que requieren del regodeo y la morosidad. Sin embargo, una pelea de perros por ejemplo habría que relatarla aceleradamente, de donde se infiere que el transcurso del tiempo en el relato debe de corresponderse con la naturaleza del hecho que se relate para lograr que el lector lo asuma como verosímil.

Dentro del elemento temporal, entran a caracterizarlo el tiempo novelado o fabular y el tiempo principal del relato. Una ampliación interesante del tema la aborda el chileno Juan Carlos Lertora en su texto La temporalidad del relato diferenciando el plano del discurso del de la historia. Sin contradecir sus afirmaciones muy lógicas, yo prefiero referirme al tiempo principal del relato como el tiempo que es objeto directo de la narración y por tanto debe atenderse su desarrollo para que aquellos recursos técnicos que permitan realizar salidas dentro del tiempo novelado o fabular (retrospectivas y marchas hacia el futuro) no diluyan la narración principal y la dejen sin concluir.

Entonces llamo tiempo novelado o fabular al tiempo total que abarca el discurso narrativo, y tiempo principal del relato aquel que para los efectos del discurso es el presente fabular.

En el próximo artículo de esta categoría hablaré sobre las rupturas, en lo que considero un complemento de los conceptos de tiempo y espacio fabulares.

Criterios personales sobre la técnica literaria

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