Blog del escritor Andrés Casanova

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Archivo de Noviembre, 2010

UN FRAGMENTO DE MI NOVELA LAS TRÁGICAS PASIONES DE CÁNDIDA MORENO (*)

Según la opinión de Alberto Garrido, el editor de la novela, se emparentan en ella la ironía con recursos parecidos a los de los policíacos y yo que no discuto con los críticos desde que comprendí que con ellos es mejor hacer mutis por el foro cuando emiten un juicio sobre nuestras obras, no voy a discutir.

Solo sostengo que se trata de una pura ficción basada en la realidad cubana más actual, y que no es simplemente una historia de amor entre dos jóvenes de diferentes capas sociales que hoy conviven en nuestro país en medio de un mundo cada vez más en crisis no solo económica, sino sobre todo de valores humanos.

Disfruten pues estas primeras páginas hasta que le proponga al sitio la publicación de la novela completa dentro de la sección Monografías de mi blog.

(*) Esta novela fue publicada en el año 2001 por la Editorial Sanlope, de Las Tunas, y está registrada con ISBN 959-251-085-7

Portada de la novela. Se trata de una composición computarizada de Samuel Perdomo Fuentes

CAPITULO 1

Ruedan los carros de manera esporádica por la avenida asfaltada; unos muchachos gritan y se escuchan los pasos apresurados de alguien, el estallido de vidrios al romperse y una risa colectiva.

Dentro de la pequeña sala iluminada por una lámpara de luz fría que cuelga del techo -las telarañas envuelven los tubos opacando aún más el ambiente; una de las cabezas de un tubo ha alcanzado una coloración negruzca- dos hombres conversan bebiendo de vez en cuando de unos vasos cuarteados.

-No me repitas esa estupidez -exige el más alto. Su ropa es de estreno reciente aunque los zapatos muestran evidencias de haber caminado mucho.

-¿Que este país es una mierda? -se pone de pie su interlocutor. Las chancletas de plástico rotas en algunos de sus bordes y el short deslavado le dan un aspecto de perdedor.

-¡Si me lo repites, me voy!

-Estoy cansando… -hay rabia en el de las chancletas-; cansado de hacer colas a toda hora para lo que sea. Desde comprar una caja de cigarros hasta comerme una hamburguesa.

De pronto, hacen silencio. En la esquina cercana se escucha el bullicio de una discusión. Las voces de varios jóvenes ofenden a un anciano que grita: ¡Partida de vagos, no sigan robando mis mangos! ¡Váyanse antes que llame a la policía! Se oyen las risas de los jóvenes y una palabra obscena que salta por encima de todas las voces.

-¡Si continúas protestando por tus mangos, te rompemos los vidrios de las otras ventanas! -lo amenazan.

-¡Atrévete! -advierte la voz del anciano. Una voz tambaleante, insegura.

Los dos hombres que están en la sala paralizan la discusión.

-¿Qué tú crees si salimos?

-¡No vayan a meterse! -viene desde el fondo una mujer con la bata raída. Un niño pequeño la sigue con llanto lastimero-. Se trata del viejo loco de la esquina, que les niega los mangos a los muchachos.

Desentendiéndose del asunto, el del short envejecido por el uso llena de nuevo su vaso.

-Me siento mal -confiesa. La cara de pesadumbre no le impide alzar de nuevo el vaso y asegurar con mueca de asco-: ¡Oiga, este ron es especial!

Se entretienen unos instantes en comentarios sobre lo difícil que le ha resultado al de la camisa a cuadros hallar el ron; debió recorrer varias casas, indagar, ir aquí y volver hacia allá, rechazar una oferta por el precio excesivo, hasta que al fin encontró una botella que si bien no podía asegurarse que fuese barata, al menos demostraron guardarle algunas consideraciones como antiguo conocido.

-Desde luego, es caro -puntualizó el hombre elegante finalizando el tema y propuso-: Continuemos con lo del guión para el programa radial del próximo domingo.

Leyeron de manera mecánica unas cuartillas; el más bajo de los dos de vez en cuando cometía errores de dicción y el otro, que seguía la lectura con la mirada, corregía sin mucho interés la falta. El primero se detuvo de pronto y comentó:

-Me preocupa la situación de Pedrín.

El vestido con el pantalón de color ceniciento aprovecha la pausa para prender un fósforo y encender un cigarro. Exhala una nube de humo que el otro agita con las manos; comenta que se alegra de haber alcanzado esta época con los hijos convertidos en unos hombres que tratan de vivir a su manera sin importunarlo, excepto algunos fines de semana cuando llegan con los niños bullangueros. En esas oportunidades, a él lo llaman viejo y a la madre la acusan en broma de pretender matarlos de hambre y ríen alborozados si ellos se enojan; en tales ocasiones, esgrimía como pretexto ir a buscar algo de comer y luego de tomar bolsos y recipientes vacíos abandonaba la casa con la esperanza de comprar las mercancías sin esperar mucho tiempo.

-Lo de Pedrín es distinto -precisó el hombre del short cuando pudo interrumpir al otro. Se puso de pie para cerrar una persiana; los gritos y las risotadas de los jóvenes eran cada vez más estridentes y apenas podían conversar. Antes de sentarse de nuevo llamó en voz alta y desde el fondo la voz de su esposa le respondió sin mucho ánimo.

-Tráenos café -le ordenó a la mujer.

Lo de Pedrín era distinto según él. Toma el cigarro de su interlocutor  otro entre los dedos y luego de retener el humo lo expulsa ruidosamente.  Pedrín no había logrado disfrutar la vida, lo admitía; no resultaba fácil para un joven de dieciocho años adaptarse a la disciplina del Servicio Militar, rígida, plena de exigencias;  no lo decía por la separación del hogar, pues desde pequeño fue muy independiente: los hijos de padres divorciados aprendían con rapidez a defenderse en cualquier medio por adverso que resultara. Devuelve el cigarro y lleva las manos al estómago, comprimiéndolo con fuerza; eructa  con grosería, y acto seguido pide disculpas. Hacía unos meses los padecimientos estomacales venían robándole el sueño, cualquier comida por ligera que fuese le causaba malestar; los dolores eran frecuentes y padecía de diarreas.

Desde el fondo de la casa viene la mujer arrastrando unas chancletas fabricadas con zapatos viejos; la bata de casa raída deja asomar una piel cuarteada y poco atendida. Entrega un pequeño vaso humeante a cada uno de los hombres y ellos beben en silencio.

-Te hablaba de Pedrín -dice el hombre cuando la mujer se retira, cerciorándose sin disimulo de que ella  está de nuevo dedicada a sus quehaceres.

Pedrín era un muchacho que sufría, dio a entender en un tono melodramático. Señala hacia fuera y lleva el dedo medio al oído.

-¿Oyes a esos? Tienen su misma edad; sin  embargo, el mundo no les importa, todo lo contrario de la actitud que asume Pedrín.

Habló con virulencia contra los jóvenes aludidos, acusándolos de reunirse debajo del laurel para dedicarse quién sabe a qué trapacerías, fumar a escondidas de los padres y quizás hasta planificar algún atraco; a su hijo en  cambio, le ordenaron subir a un camión luego de despedirlo entre discursos y música de guerra trayéndolo de regreso al cabo de unas semanas sin melena y un uniforme con el inconfundible hedor a monte.

-Allá se convertirá en un hombre de provecho -lo interrumpe el otro, pasando una mano por el pelo para corregir el peinado. Le recuerda que el tiempo apremia: deberán suprimir del guión todos los detalles señalados por el asesor como inadmisibles y entregarlo a Román bien temprano.

-Elimina esa canción -responde sin mucho interés el hombre delgado-. Parece colocada a propósito, para criticar al gobierno.

El tono no es muy convincente, pero el de la camisa a cuadros tacha con un lápiz rojo una línea.

-¿Por cuál la sustituimos? -indaga llevando el lápiz a la boca y   mirando hacia un solitario cuadro colgado de la pared que representa un gallo de lidia en actitud de ataque y las alas extendidas, amenazando a un rival inexistente en la pintura.

El del short con manchas de pasta dental comenzó a abanicarse, valiéndose de los papeles que estaban leyendo. Estiró las piernas mientras enlazaba las manos detrás del cuello y obvió responder. Vuelve a mencionar a Pedrín; su madre se había convertido en poco menos que una prostituta luego de haberse divorciado de él y esto hacía sufrir a su hijo.

-De nada sirvió mi decisión de dejarles la casa que construí con tantos sacrificios y amarguras por culpa de la escasez -concluye el padre de Pedrín bajando aún más la voz y mirando hacia el fondo de la casa.

Su compañero golpea el piso suavemente y tuerce los labios, a la vez que lo mira, ladeando la cabeza. Que concluyera la historia sobre el hijo, dice algo incómodo, porque no soporta tantos rodeos; es necesario terminar el trabajo esta noche y apenas han llegado hasta la mitad.

El dueño de la casa nada responde; la boca permanece entreabierta, los ojos sin pestañear, un hilillo de saliva comienza a rodarle por la comisura de los labios. De momento, reacciona.

-No te importan mis problemas.

-Compréndeme, Pedro -dulcifica el otro la voz-. Si mañana falla de nuevo el programa, nos metemos en una guariquera con Román.

El nombre obró como un detonante para el más delgado.

-Pero es nuestro jefe -sonrió apaciguador su compañero.

Pedro menciona de nuevo sus padecimientos estomacales; desde hace más de un mes le resulta imposible comprar leche de vaca porque al precio que se la proponen no puede pagarla. Escarba con descaro dentro de la nariz y es más disimulado para concluir la acción. El está seguro que las mayores dificultades de Pedrín giran alrededor de una mujer; cuando viene de pase no quiere regresar. Ni él ni la madre son capaces de imponerse a un muchacho que como él, desde los once años anda en acampadas, competencias de ciclismo y reuniones.

-Los muchachos de hoy en día empiezan a gobernarse en cuanto les cortan el ombligo -dice resignado y se pone de pie.

Fija la vista contra el suelo; menudean por el piso colillas de cigarro y  pequeñas tiras de papel que sugieren el resultado de los juegos de un niño inexperto en el uso de las tijeras. Va hacia la persiana y la abre. El aire fresco circula y ya no se oyen gritos ni palabras obscenas. Mirando hacia la calle comienza a protestar justo en el instante cuando dos vehículos pasan frente a la casa, raudos, como si uno marchara en persecución del otro.

-¿Tú sabes cuál fue mi almuerzo hoy? -indaga rabioso.

El del pantalón gris y los zapatos desgastados también se pone de pie y apoyando una mano nervuda en el hombro del otro le advierte:

-Amigo, yo no soy el culpable.

El hombre del short vuelve el rostro y lo mira fijo. Ensaya una sonrisa, aunque solamente logra una especie de mueca.

Sentados de nuevo, leen y comienzan el texto sin distraerse durante un rato. De vez en cuando tachan una palabra o un grupo de ellas y continúan adelante; al parecer no escuchan el cántico de la mujer desde un lugar más cercano a ellos ni los gemidos de un niño pequeño que clama por el padre.

De pronto, el hombre del short se levanta del sillón; su compañero, sobresaltado, corre en su ayuda, pero es rechazado con gesto poco amistoso. No es nada: uno de esos cólicos que con frecuencia debe soportar, el deseo de escupir toda la saliva que lleva dentro y las arcadas que le vienen entre espasmos y eructos.

-¿Tú sabes qué comí hoy? -indaga el dueño de la casa, ya más calmado, sin animosidad alguna. Más bien el tono le ha salido adolorido, aunque de un dolor orgulloso. La mujer de la bata raída se acerca, con el niño pequeño a horcajadas contra la cadera y en la mano libre un vaso similar a los que ellos tienen encima de una mesa.

-Felipe -comenta la mujer dirigiéndose al visitante-, me canso de decirle a Pedro: no bebas ron, y ahí tiene el resultado de no seguir mis consejos.

Pedro toma el vaso de agua que le entrega la mujer sin mirarla. Ocupa de nuevo su asiento y cuando ella se retira, murmura en tono de disgusto:

-Odia a Pedrín.

A ella nunca le ha simpatizado el muchacho, aclara. Ni cuando pequeño, cuando venía acá descalzo y en pantalones cortos desde la casa lejana, la besaba en la mejilla llamándola mamá y se ponía a su disposición para cualquier mandado. Mucho menos ahora, cuando con su manera directa de hablar protesta por el desorden de aquella casa, el cariño del padre sólo para el más pequeño y las negativas a darle dinero para ir a fiestas porque no alcanza ni para cubrir las necesidades elementales.

-Odia a Pedrín -reitera.

El muchacho ha sufrido demasiado; esos cuatro hijos de la madre más pequeños que él los ha llevado a cuestas cada vez que ella ha quedado sola, cada vez que ha largado al esposo de turno sin ceremonial alguno como hizo con él, puntualiza Pedro Garandel. Luego vinieron las dificultades en la escuela, las clases que no lograba entender, hasta que pudo salir a flote casi como quien dice sin la ayuda de nadie.

-En realidad, yo tengo bastante carga con mi propia vida.

El hombre queda en silencio unos instantes, la mirada bailando en el vacío. En el acto comienza a esgrimir justificaciones: el exceso de trabajo, el tiempo que debe emplear en actividades inútiles, las reuniones a las que debe asistir. Y mientras tanto, Pedrín había comenzado a desarrollar un cuerpo de atleta, sin que él lograra explicarse cómo.

-El ejercicio en la escuela -propuso el mismo Pedro con inseguridad. El niño un día ya no quiso salir con él cuando fue a buscarlo un domingo para ir al zoológico, tomar helados y montar en los caballitos del parque infantil; le contestó de mal talante que ya estaba muy crecido para esas boberías y lo dejó en el portal de la casa con la respuesta en la boca.

-El desarrollo -volvió a suponer Pedro. El acné había empezado a brotarle en la cara, tersa hasta ese momento, y en varias oportunidades le formuló preguntas acerca de las mujeres. Fue la época en que comenzaron las discusiones entre ellos. Llegaba aquí, preguntaba por él y si había salido manifestaba su disgusto a la vez que decía venir en busca del cinto más nuevo, de un cigarro o de diez pesos para ir al dancing light.

El padre imita a su visitante, quien se pone de pie y camina hacia la puerta de salida. También fueron los tiempos del distanciamiento entre él y Pedrín, dijo con intenciones de continuar la historia sobre el hijo. La cara somnolienta del amigo mira hacia la oscuridad que de momento se ha convertido en tinieblas. Las malas compañías, los otros muchachos que se burlaban de él porque permitía la presencia del padre mientras esperaban los ómnibus con destino a la escuela. El amigo extiende la mano sin apenas hablar; sale hasta el portal, avanzando a tropezones. Era terrible perder el cariño de un hijo de una manera tan absurda, se lamenta Pedro. A lo lejos se escucha el estrépito de unos vidrios rotos y acto seguido unos pitazos que llenan la noche.

Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías

UN POEMA DEL FRÍO EXISTENCIAL

La nieve como metáfora pudiera llegar al color blanco, pero también a la tristeza del frío, a ese limbo donde ya no hay calor y todo se derrite, incluso la esperanza. Es así como van surgiendo las imágenes de los poemas sin que el poeta se lo proponga e incluso, sin que el sujeto lírico escogido pueda resistirse a decir lo que siente en medio del frío, que no tiene que ser real sino simplemente existencial.

LA NIEVE

Si cae la nieve en medio de la noche
tendré el alma tan llena de frío y de nostalgia
para encontrarme
y volver hacia el fondo.
Tendré otras maneras de mirar la nieve
de irme hacia mí mismo
sin permitir que el frío me oxide las venas.
Vendré muy tarde
cuando la noche se parezca al día
y ya no tenga nieve en mi memoria
o mejor dicho
cuando las noticias comiencen a secarme las lágrimas
y me digan
se han perdido los documentos
nadie puede encontrarlos
las firmas no aparecen;
también te han dicho
no te ayudamos
ya no es posible publicar tus libros
el cemento se ha vuelto como piedra.
La nieve arrastra la memoria
hacia los tiempos
cuando la vida pasaba sonriente sin mirarme.
Adiós en estos días
cuando no me quedé solo
sino que me dejaron
fuera de una nieve sin nieve.

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LAS RUPTURAS EN LAS OBRAS DE NARRATIVA

Llamo ruptura a un cambio o modificación en cualquiera de los elementos siguientes dentro de la obra de narrativa: narrador, espacio o tiempo.

En la literatura de siglos pasados, las rupturas requerían de una serie de justificaciones por parte del narrador. Esto era así porque básicamente sólo se empleaban dos tipos de narradores:

El omnisciente, un narrador que todo lo sabía porque podía estar en cualquier lugar, incluso dentro del cerebro de los personajes, y podía permitirse expresiones tales como: Diez años antes, exactamente el 3 de julio de 1863, don Fernando había advertido a su hijo que…” o bien: “En ese preciso instante, mientras la señora Juana estaba sentada en la sala de su amiga Rosa, su esposo llegaba a la casa de su amante en…

El narrador testigo, un hombre o una mujer que a cada paso tenía que justificar todo lo que nos contaba, explicándonos la procedencia de su saber, citándonos fuentes exactas de donde obtuvo los datos, tal como sucede en muchas novelas del siglo XIX.

En la narrativa contemporánea, sin embargo, las narraciones se han vuelto más ágiles y las rupturas se logran sin restarle fluidez al relato, sin necesidad de recurrir a explicaciones superfluas que le quitan fuerza a la narración y a veces la convierten en aburrida y monótona. Y aunque en ocasiones las rupturas resultan bruscas, siempre será válida siempre que no confunde al lector.

A continuación se toman ejemplos de la novela El tamaño del infierno para ilustrar las rupturas de narrador y de espacio, pues las de tiempo ya fueron ejemplificadas en un artículo anterior.

Ruptura del narrador

En la página 148 de la citada novela, cuando ya el lector se sobreentiende que está identificado con los personajes, se describe a la abuela en estado de reposo de la siguiente manera:

La luz del quinqué ilumina las canas y la almohada. Envejecen los nietos o los bisnietos y rejuvenecen los hijos; aparecen las vías del ferrocarril y aquel viaje de León a México; cuando él se fue allá en Zuhuatlán y volvió casi cuatro años después a los andenes de Buenavista, cuando fui con los primeros seis y con mi hermano a recibirlo con los bigotes encanecidos y los ojos tristones, desangelados, como si hubiera vivido muchos malos amaneceres (…) Sopla el viento entre ocales, olmos, magnolias y acacias y después pega en las vigas de los cuartos del fondo (…)

Toda esta cita se encuentra en el original en un solo párrafo. Sin embargo, no resulta difícil discernir por parte del lector avisado que no hay un solo narrador, sino dos: un narrador omnisciente hasta Buenavista que narra de forma impersonal, pero acercándose al espacio donde se encuentra la abuela (en la cama) y remontándose al tiempo pasado (el viaje de León a México) por medio de su penetración en el cerebro de la abuela; y otro narrador personal que es la abuela misma narrando en primera persona la experiencia del viaje (obsérvese que para ilustrar lo he subrayado e inicia en la expresión clave cuando fui, que tiene la misión de informarle al lector el inicio de la ruptura del narrador).

Observe además cómo se alternan los dos narradores bajo la fórmula OMNISCIENTE-ABUELA-OMNISCIENTE, separados por las expresiones Buenavista y Sopla el viento.

Ruptura del espacio

En la página 192 de la obra de referencia, comienza la descripción de la sala de la casa perteneciente a la abuela, y se nos sitúa en primer plano el teléfono, para sugerir que se espera una llamada. Suena el timbre, Luis Felipe (hijo de la abuela) toma el teléfono y es Evangelina su hermana quien habla. Sostienen una conversación, luego toma el aparato la abuela y continúa conversando con la hija. En la página 197 comienza el párrafo que describe la despedida de la madre y la hija, pero siempre desde la casa de la abuela (espacio que llamaremos E1). Nótese cómo se produce la ruptura del espacio (página 198) de E1 a E2 (la casa de Evangelina) sin explicación ni justificación de ningún tipo:

E1:…La anciana observa otra vez los retratos de cada uno de sus nietos, ellos parece que ríen, mueven los cachetes, las narices y hasta echan trompetillas, guiños y cuentos plagados de insolencias. Vuelven a sonar los silbatos de los patios de Nonoalco, un tranvía se detiene en el Chopo y la Rosa y las nubes caminan lentamente desde el Chiquihuite hasta el Ajusco“.

Aquí aparece un punto y aparte y continúa el mismo narrador omnisciente narrando en el mismo tiempo pero en la casa de Evangelina. Veamos:

E2:Evangelina ordena a su sirvienta que ponga el mantel y los cubiertos en la mesa del antecomedor

Como conclusión a estos aspectos, pudiéramos decir que las rupturas en las obras de narrativa agilizan el relato, evitándole al autor esa especie de camisa de fuerza que significa estar justificando los cambios, tanto del narrador como del espacio o el tiempo.

Criterios personales sobre la técnica literaria

UN CUENTO MÍO: LA VOZ

Este es uno de mis cuentos que ya lleva muchos años de escrito, y quizás alguna de sus frases, o tal vez algunos de sus personajes, han quedado fuera del contexto de la modernidad. No puedo decir que sea una de mis obras de aprendizaje, aunque sí considero este texto ya superado por otros quehaceres en los que me he visto envuelto. Digo por tanto que quizás si volviese a escribirlo no quedaría como está hoy.

Sin embargo, no deseo modificarlo. Lo escribí a principios de la década de los ochenta del siglo pasado, cuando en nuestro país era habitual que los hombres fueran movilizados para el corte de caña en los campos que surtían de esa gramínea a los centrales azucareros, y por lo tanto se vivía allí ese ambiente de campamento que fue de las razones de ser de esta trama.

El amor fracasado y la ilusión del nuevo amor pudiera ser el tema fundamental de sus páginas. Fue un cuento que además de ser radiado en una oportunidad por una emisora cubana en adaptación que yo mismo le hice, resultó finalista en la octava edición del Concurso Internacional Todos somos diferentes convocado en España y debe haber aparecido en la antología de dicho certamen.

Su lectura podrá darles una pista acerca de por qué lo envié a un concurso que proclamaba entre sus bases el derecho a lo diferente.

LA VOZ

Despertó con una sensación de amargor en la garganta y estuvo pensando varios segundos antes de levantarse; no quiso encender un fósforo para no despertar sus compañeros, rendidos por el cansancio de la jornada diaria, y tropezó con una cama, haciendo saltar el impacto una voz descarrilada del sueño. Salió al contacto de la brisa nocturna y con pasos lentos fue bordeando los charcos formados por una lluvia reciente; en el comedor encontró al cocinero tratando de vencer la pereza mañanera.

-¿Ya está el café? -le preguntó.

-Todavía es temprano -respondió el cocinero y continuó moviendo el dial de su radio portátil sin prestarle más atención al recién llegado.

Mientras el hombre bebía unos sorbos de agua, una locutora comenzó a anunciar desde el radio la programación del día; él no escuchaba las palabras sino la voz, que le traía a la memoria recuerdos de sus años juveniles, cuando su mirada no era triste. La voz de la locutora era idéntica a la de una mujer que amó hasta el día de la última discusión matrimonial, cuando ella rabiosa le aseguró ser amante de otro hombre; golpeó las paredes hasta hacerse daño en las manos, destruyó vasijas mientras juraba matarla y enloquecido, la ofendía con las palabras más denigrantes que pudieran ocurrírsele.

La voz radial estaba diciendo ahora: “Queridos amigos”, y él evocaba un amor jamás olvidado por completo. “Es ella”, concluyó para sí; al finalizar el anuncio, la locutora reveló su nombre y fue entonces cuando él se dio cuenta que estaba derramándose el agua en el pecho. “No es ella”, pensó entristecido.

Durante las primeras horas de la mañana estuvo absorto en la tarea de cortar caña; algunos demostraron preocupación por el ensimismamiento repentino suyo y como se negó a ofrecer explicaciones, comenzaron a fustigarlo con chanzas, unos para hacer más llevadero el sol y los sudores por la dura faena, otros por el simple placer de mortificarlo.

Durante el almuerzo no pudo pasar de la segunda cucharada y se retiró hacia el dormitorio colectivo luego de rechazar invitaciones para jugar al dominó y a las barajas; en un radio que le prestaron estuvo el tiempo restante del descanso del mediodía escuchando, entre canción y canción, una voz de muchacha que lo alejaba de las miserias humanas. Cuando marchaban de nuevo rumbo al cañaveral, tomó una decisión: le escribiría.

El resto de la tarde se le vio más animado; de vez en cuando conversaba con su compañero cercano y en una ocasión en que estuvieron solos junto al tanque con agua le confió encontrarse enamorado de una mujer cuya voz era tan hermosa, que no podía dudar de su belleza.

-Podría estar casada o ser demasiado joven -dijo en un tono cercano al consejo su compañero.

Esa noche redactó una carta dirigida a la locutora. Siempre había criticado a quienes escriben a las emisoras radiales solicitando saludos para familiares que a diario están a su lado o pidiendo ser complacidos con alguna canción, pero en su caso se justificaba diciéndose que sólo deseaba conocer a quien hablaba de una manera tan perfecta.

En los días sucesivos todos sus compañeros comenzaron a vivir la aventura junto con él. Estaban enterados de sus planes aunque no se lo daban a entender y también esperaban la respuesta de la locutora radial. Llegó la correspondencia y lo vieron revisarla ansioso. Cuando caminaba cabizbajo hacia el albergue unos lo miraron compadeciéndolo y otros sonreían con sorna. Al preguntarle si alguien esperaba alguna carta en especial, sólo murmuró:

-De mi madre.

El fin de semana transcurrió con lentitud para él; en ocasiones sintió deseos de aceptar las invitaciones para ir hasta el pueblo más cercano, pero temía que sus pasos lo desviaran hacia la ciudad donde se hallaba la emisora. Una y otra vez se preguntaba si las palabras de su carta habrían sido lo suficientemente sinceras, o si había deslizado sin quererlo alguna frase de la cual ella dedujera que en realidad él sólo buscaba el sustituto de un amor perdido.

Un miércoles le entregaron el sobre. Abandonó el almuerzo a medio consumir y las miradas de sus compañeros revelaron los sentimientos de cada cual. Quienes se solidarizaban con él quedaron serios; aquellos que eran indiferentes ante sus inquietudes sentimentales les hicieron guiños de burla a los demás.

En la amplia soledad del albergue comenzó a descifrar las palabras trazadas con nerviosismo, palabras que le hablaban de una mujer convencida de que el amor no es sólo el resultado de unos papeles firmados con toda solemnidad ante un notario público sino sobre todo el vínculo que surge por una estrecha unión espiritual. Este último concepto comenzó a preocuparlo, porque no separaba el amor verdadero del goce obtenido durante la unión de los cuerpos, pero concluyó para tranquilizarse que otra definición no era posible en una primera respuesta.

En sucesivas cartas siempre le rogaba que jamás fuera a conocerla, porque no lo recibiría, y entonces él no se atrevía a llegar hasta el pueblo más cercano para no ceder al impulso de ir a la ciudad.

Un domingo la soledad del albergue le revolvió la nostalgia y para calmarla, quiso escuchar la voz de su amiga. Sintonizó la emisora y fue como si tuviera a la mujer junto a él, transmitiéndole los sueños de Pablo Neruda y Antonio Machado por mediación de los poemas que de ellos declamaba. Sabía que se trataba de palabras escritas por otras manos; sin embargo, se le antojaba que ella estaba hablándole de sus propias esperanzas. Cuando la mujer terminó de recitar, supuso que en realidad lo estaba llamando a él y adoptó una resolución: iría a conocerla.

Al llegar al pueblo más cercano encontró algunos compañeros de trabajo que le aconsejaron tomar una cerveza para ahuyentar el calor, pero él prefirió dirigirse hacia la pequeña terminal donde abordó un ómnibus que en poco tiempo lo condujo hasta la ciudad.

Localizó el edificio de la emisora sin dificultades y antes de acercarse a la mujer que contestaba sus cartas con regularidad semanal realizó algunas indagaciones. Se le notó en el rostro la sorpresa que se adueñó de él cuando el hombre que lo atendía, parado frente al estudio, señaló hacia la amplia ventana de cristal y le dijo:

-Es ella.

Él vio el pelo rubio de la muchacha; vio la cara hermosa y alegre; y vio sus piernas fláccidas que colgaban en el sillón de ruedas.

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LUNA DEL AMOR INFAME

El premio Rafael Soler 2006 en el género de cuento que concede la Editorial Oriente lleva una ilustración bastante llamativa: un hombre de edad avanzada detrás de una reja asido fuertemente contra los barrotes con ambas manos, y la mirada añorante hacia fuera, hacia el mundo de la libertad.

Quiero referirme primeramente a las temáticas en LUNA DEL AMOR INFAME, el libro a que hago referencia, porque luego de haberlo leído por primera vez por puro placer y dos veces más para desentrañar algunos de los intersticios constructivos empleados por el autor, he llegado a una conclusión y no exagero: se trata de un libro imprescindible, porque marca un hito en el quehacer narrativo de la literatura cubana actual.

En cuanto a las interioridades de este volumen, aseguro que sus cuentos formarán parte de diversas antologías (ya de hecho uno de ellos: BLACK STONE RIVER, lo está) del cuento cubano contemporáneo, porque a un depurado lenguaje, una factura técnica impactante y una concisión donde lo fundamental es lo preciso, lo imprescindible, agrega un cuarto factor que los lectores del volumen podrán advertir apenas lean la primera línea: una renovación total de temas en la cuentística cubana, que comenzaba ya a lucir agónica lo mismo por exceso que por defecto, con manidos argumentos más propios de crónicas periodísticas diarias en buenos periódicos e historias de ficción tan ficcionalizadas que al parecer carecen de tema. Porque este libro está llamado a trascender gracias a que ha sido capaz de resolver el gran conflicto del escritor de narrativa: convertir la historia real en trama literaria por medio de una imaginación que conduzca a la comunicación con el lector de cualquier latitud porque lo que le interesa al autor es la realidad literaria.

En un balance apretado de temas y sin agotar a los lectores con un análisis crítico a destiempo, les informo que del total de ocho relatos incluidos en LUNA DEL AMOR INFAME, siete de ellos bordean el tema de la delincuencia en Cuba sin prejuicios raciales ni ditirambos políticos, y de esos, dos transcurren en la cárcel, pero no en una cárcel edulcorada sino en la que no se admite en ciertos círculos propagandísticos. El octavo cuento reevalúa el tema de la ayuda médica internacionalista cubana con tintes más realistas (que no naturalistas) que el de las noticias donde se nos presentan a superhéroes que en verdad sabemos no lo son, porque muchos de ellos viven alrededor de y entre nosotros.

Libro audaz, oportuno y muy bien escrito, muy bien revisado y excelentemente editado, que ese escritor que es GIRALDO AICE y la Editorial Oriente nos posibilitan leer hoy. Y es que Aice no es buen escritor porque haya ganado el premio Rafael Soler de 2006 con este libro, es que precisamente obtuvo el premio porque es todo un escritor que se ha mantenido al margen de comidillas literarias, chismes de pasillos y murmuraciones de salón, para dedicarse a lo único que debe hacer un verdadero escritor: escribir.

¡Atención críticos literarios que me están leyendo!: advierto que Aice tiene una obra importantísima (tanto publicada como inédita) de la cual este libro es sólo una (buena) muestra, obra que si no la descubren los cubanos porque se cumpla lamentablemente una vez más aquello de “nadie es profeta en su tierra“, la descubrirán de todas maneras en Madrid, Lisboa o Hong Kong porque estamos ante un escritor verdadero, de los que tarde o temprano hay que estudiar.

Ojalá con Aice no suceda que se le ignore: sus amigos quisiéramos que quienes deben promoverlo como se merece porque cuentan con todas las vías para ello, lo hagan a tiempo. Antes de que nos lo roben en Hong Kong, Lisboa o Madrid. Porque entonces sí podríamos decir (con tristeza más que con alegría) que a nuestro amigo no se le pudo ocultar ni con la LUNA DEL AMOR INFAME.

(De la edición reseñada: Giraldo Aice, Luna del amor infame; Editorial Oriente, 2007. Edición: Asela Suárez. ISBN: 959-11-0576-2)

Comentarios sobre mis lecturas

UN POEMA ESCRITO EN EL AÑO 2007

En ocasiones, no sabe uno por qué escribe sus textos, en otras en cambio, se encuentran tan ligados a pasajes concretos de una época, o de un acontecimiento, o hasta quizás de una pérdida, que se conservan por ahí, como olvidados, hasta que es necesario volverlos a poner en circulación. En el caso de Canción desde mis islas, sentí la necesidad de que estuviera de nuevo en el espacio electrónico, pues ya recién escrito lo tuve en mi otro blog. Simplemente por eso, porque me pareció necesario como si fuera una botella al mar. Solo he cambiado un adjetivo en el último verso, porque el anterior me pareció demasiado débil.

CANCIÓN DESDE MIS ISLAS

“Dios salve a Numancia”
Osvaldo Antonio Ramírez

Que espere el verso
porque me voy de nuevo por la lluvia
a mojarme en esta soledad que nos mataba
y ya de pronto no parece tan sola.

Que el verso pierda su virginidad
aherrojada por la voz de los guardianes
y se meta en la urdimbre de los días
cuando los poetas aprendemos otros versos
donde nos contemplen desde sus rostros de piedra humanizada
José Antonio y Rubén
el José Martí completo y ecuménico
sin olvidar a Abel con ojos imborrables y a otros millones
que andan en la niebla caliginosa de los días.

Que el verso redescubra las islas que nos fuimos inventando
mientras orgullosos de mirarnos en el espejo de Narciso
creíamos en las historias de las hadas.

Que arda el verso
en el terrible crisol de las ideas.
Las Tunas, 14-02-2007

Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías

CUATRO MINICUENTOS EN ACCIÓN

Tengo varios libros inéditos, tantos, que a veces no recuerdo la cifra. Y no hablo por vanidad personal, sino porque mis dos grandes ocupaciones de oficio son escribir y leer. Ahora bien, de entre esos libros que tal vez no llegue a ver publicados en papel por diversas razones, el que he titulado Minicuentos en acción quizás resulte el más difícil de llevar a la imprenta. Razón fundamental: porque después del clásico “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí” de Augusto Monterroso, no creo que pueda haber nada innovador en este género de cuentos. No obstante, me va saliendo lo que algunos consideran un género fácil, aunque a mí se me dan luego de varias horas o varios días de meditación, cuando ya me aparece el personaje principal, la trama y el argumento. Condensación de ideas que podría servir quizás para una novela, pero que si se le diera más extensión ya no tendría la belleza ni el poder sugerente de un chispazo narrativo. Simplemente, disfrútenlos como ficciones bienhechoras.

Corazón de acero

Solo con sus manos, Társilo Industrioso se propuso arreglar la desvencijada maleta con que él y su compañero de trabajo Parámetro Ragento debían recorrer los talleres para arreglar las maletas de los restantes mecánicos con las que éstos recorrían el taller para arreglar la maquinaria en desuso.

El último cuento de Adalid

En todos los cuentos que escribía Adalid González, nuestro escritor más importante, los personajes tenían un final predeterminado. Excepto en el último de ellos, en el Adalid moría sin sentido debajo de las ruedas de un camión de veinte toneladas.

El hombre aquel

Siempre llamó mi atención aquel hombre ya casi viejo, que se detenía en las esquinjas de nuestra ciudad y vendía de todo. Jabones, pasta dental, libretas escolares, medicamentos. Y también pollos, gansos, cerdos pequeños y llaveros de pata de conejo. Un día dejé de verlo y creí que la razón era porque nada encontraba para vender como resultado de la gran crisis que afectaba a nuestro país. Cuando le pregunté a mi padre, sólo me respondió: “Lo vieron vendiéndose en la feria como mono amaestrado”.

Desarraigo

Elina y Mario odian vivir en Puerto del Caribe, donde han nacido. Culpan a su aire fétido el  no haber logrado que un hijo procreado entre los espermatozoides de Mario y los óvulos de Elina llegue hasta el final del trayecto. Entonces deciden tomar un barco en la clandestinidad de la noche y fugarse a Marconnápolis, considerada la meca de la medicina. Allí los especialistas diagnostican de manera irrebatible que tanto Elina como Mario son estériles.

Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías

COMO UN REGALO: POEMA POR UNA ESPERANZA

Existen regalos en la vida cotidiana que lejos de acercarnos a la felicidad momentánea (pues los que hemos vivido sabemos que la felicidad es como la niebla, porque aflicciones son las que se sobran en este mundo), nos alejan de los que más queremos, del verdadero amor y de la paz. Comprendiéndolo así, este poema me fue fluyendo gota a gota, un verso ahora, otro luego, una imagen en el despertar, otra mientras soñaba. Lo sometí cuando estuvo completo al yunque de la revisión, lo fui moldeando con el calor de la fragua de la distancia, le quité las esquinas sobrantes, confronté a mi sujeto lírico con la verdad, y ahora se los dejo en mi bitácora para decirles que ojala ustedes ni yo jamás tengamos regalos como este.

COMO UN REGALO

Me pusieron a estirar las nubes como si fueran estrellas
me pusieron a escribir la palabra amor, la palabra sangre, la palabra adiós,
me pusieron a secar las sentinas de mi vida
me pusieron a extraer la raíz cuadrada de las nubes
me pusieron
a vivir de una forma tan mojada
que ya ni el sol exprimía mi alma.
Me pusieron
entre dos raíles a rodar de infinito hacia las minas
me pusieron un clavo en la cruz y me dijeron
véte ahora a solear entre las tumbas de otros muertos.
Me pusieron a cantar corridos mexicanos mientras me decían
ese es tu folklor
apréndelo para que ganes mil concursos.
Me pusieron a abrir un agujero en el centro del mundo
me pusieron a sacar agua de los pozos con un martillo  sin cabo
me pusieron a andar de sitio en sitio
de flor en flor
de arena en arena
me pusieron sin voz para decirlo
y me dijeron
allí está la cruz que te quitamos.
Me pusieron de red en red
a que mirara en el espejo sin azogue
me pusieron entre la espada y la esperanza
entre la fe y el hambre
me pusieron como guarda de un tren
que nunca llegaba a su destino
y me advirtieron
solo tienes que cuidarte de los halcones.
Me pusieron a decirte que te amaba
me pusieron en medio de tu corazón que ya no era capaz de amar
y me dijeron ella te amará por siempre
y así la eternidad se me licuó en tus brazos.
Me pusieron.

Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías

LA LECTURA COMO UNA EXPERIENCIA PRIVADA Y CÓMO DESCUBRIR EL LIBRO DE NUESTRO INTERÉS

La lectura como una experiencia privada

La lectura ajena no me interesa. Cuando leo un libro de ficción (novela, cuento o poesía) lo hago para apropiarme de él, para que su texto ya no sea del autor Fulano de Tal sino del lector Andrés Casanova. Pero tampoco su texto será el mismo que pueda leer cualquier otro lector por cercano que se encuentre a mí, como pudiera ser mi esposa o uno de mis hijos.

No hablo de interpretar el texto, porque ningún libro puede ser interpretado sino más correctamente puede decirse que un libro se disfruta o se rechaza, porque el texto para mí es una estructura flotante que sobresale o se sumerge en dependencia de nuestra intensidad de lectura.

No voy a un libro a aprender (proceso cognoscitivo) sino a aprehender (proceso de apropiación). Se aprende en la escuela, en la academia, en una universidad. En los libros de ficción lo que se hace es descubrir un mundo otro, el que su autor o autores han fabricado con su talento, la técnica adquirida y la experiencia vital.

En esta experiencia privada que es la lectura de ficción voy en busca de un goce estético al que se subordinan los valores éticos y por lo tanto:

-A menos que tenga que hacer un estudio profesional, estoy en libertad de abandonar la lectura cuando ya no me satisfaga, cuando ya no me diga nada, cuando ya no me guste.

-No todos los libros publicados son de mi interés. Hay algunos que ni siquiera abriría al azar.

-Tengo varias maneras de leer libros, en dependencia de su tipo, contenido, tiempo del que dispongo o fin que busco con su lectura. Estas maneras van desde el desorden en las páginas hasta la estricta lectura en orden de menor a mayor número de páginas. Puedo hacer trampas con el final o atenerme a lo que desea el autor que yo sepa del texto página a página: cuando tomo un libro en las manos me siento autorizado a elegir el método de lectura que me parezca.

-Leo en cualquier parte, dicho en su sentido más absoluto.

Cómo descubrir el libro de nuestro interés

No sé ustedes, pero en cuanto a mí el método habitual cuando pretendo leer un libro por vez primera es abriéndolo en la página inicial, comenzar la lectura por su primera palabra e ir corriendo la vista por sus líneas. Si en el llamado principio del libro logro captar el sentido, me impresiona o impacta esa introducción, ya ese libro ganó conmigo la primera batalla por la lectura (uso este símil para burlarme de él: nada más absurdo que comparar la lectura con una guerra, porque la lectura es más bien un acuerdo de paz entre el texto y el lector). Después habrá otros factores que incidirán en que no se abandone el libro en un rincón: que continúe siendo interesante, que se deje leer sin esfuerzo, que se corresponda con mi idiosincrasia, que no se pierda la idea dominante por alardear de tecnicismo. En fin: que sea un texto coherente de principio a fin.

No me dejo imponer lecturas. Escucho a los críticos, a otros lectores, a los libreros, a los bibliotecarios… pero al final si el libro no cumple el requisito de la coherencia no lo leo. No acepto el principio de autoridad, que es aquel que establece alguien que se cree el más conocedor de un tema o el que ejerce el poder para decidir algo.

Tengo libros imprescindibles. Aunque no pueda volver a leerlos jamás, con la experiencia que tengo hoy no me deshago de ellos como me deshice una vez en una librería de viejo de RAYUELA de Julio Cortázar, por el precio de un peso. Existen libros que aunque me los regalen no volveré a leerlos: puedo donarlos, regalárselos a otros, convertirlos en papel de desecho o venderlos: los descarto cuando debo ocupar su espacio por novedades que sólo el tiempo los clasificará como imprescindibles o descartables.

Leo mucha narrativa, buena o mala, para aprender no solo de las virtudes sino también de los errores ajenos. La poesía no puede ser tan hermética para mí que se convierta en un jeroglífico, pero tampoco tan evidente que no sea más que un discurso naturalista.

Se publica actualmente mucha mala literatura en el mundo, porque existe mayor cantidad de escritores que en siglos pasados y porque el libro ha dejado de ser pleno disfrute incluso del editor para convertirse en puro juego del mercado. Por eso mismo, no leo a cualquier contemporáneo porque sería perder el tiempo: selecciono, elijo, desecho. Los clásicos son más fáciles de incluir en mi plan de lectura, porque los buenos libros como los buenos vinos los elige el tiempo, no lo críticos, los libreros ni los promotores.

Como conclusión les diría:

*No se deje imponer lecturas por otros lectores.

*Para descubrir el libro de nuestro interés es preciso primeramente determinar qué objetivo particular buscamos con la lectura a emprender.

Generalidades

EL ESPACIO Y EL TIEMPO EN LAS OBRAS DE NARRATIVA

Desde luego que no he olvidado que estoy compartiendo con algunos lectores interesados en la temática del cómo escribir narrativa, algunas ideas acerca de cómo yo lo he ido haciendo, pues en realidad no se trata de artículos académicos, sino una manera de compartir mis experiencias personales que quizás para otros escritores no sean iguales o ni siquiera similares.

Lo que sucede con estos artículos sobre lo que he llamado técnica narrativa es que también debo atender otras secciones de mi blog y entonces se van distanciando, pero aquí estoy en esta oportunidad con los temas del tiempo y el espacio fabulares,que tan interesantes resultan.

El espacio podemos definirlo como el lugar donde se desarrollan las acciones, definición que no resultará tan perogrullesca cuando analice en un próximo articulo las llamadas rupturas.

Conviene adelantar que en la novelística contemporánea se logran las traslaciones espaciales con mayor fluidez que en la novelística de siglos pasados. En ésta, cuando se relataba lo ocurrido en un lugar, digamos el desierto del Sahara, el narrador omnisciente para trasladarnos a otro espacio, por ejemplo a París, se valía de recursos artificiosos como decir: “En ese mismo instante, el señor Pérez estaba tomándose un vaso de vino en el bar de monsieur Legrand”. En la actualidad, las traslaciones espaciales no requieren de tal aparataje, como veremos más adelante.

En cuanto al tiempo, resulta singular la manera en que es tratado por Marcel Proust en sus novelas, en la que se pretende recuperar el tiempo perdido por medio de la introspección de sus personajes mientras recuerdan lo vivido. También uno de los exponentes de este elemento técnico es el relato Viaje a la semilla de Alejo Carpentier, que a su vez tiene antecedentes en diversos relatos españoles, en el que el personaje principal involuciona hacia su niñez y finalmente desaparece en el vientre de la madre.

Si hago mención de manera sinóptica a estos casos, es para ilustrar que en la novelística se han realizado diversos experimentos formales para huir de las historias narradas linealmente, procedimiento mediante el cual los sucesos se van relatando ordenadamente, del pasado hasta el presente y hacia el futuro, tal como transcurre matemáticamente la línea temporal. Las rupturas o mudas ofrecen una mayor libertad en el tratamiento del tiempo, en lo que a su flujo dentro de la narración se refiere.

Citemos el caso de El otoño del Patriarca, de Gabriel García Márquez. En esta novela, se recomienza una y otra vez la historia de la caída del tirano, se relata su vida pasada sin orden cronológico alguno, se avanza, se retrocede, se vuelve a avanzar. Existe un juego constante con el tiempo y no hay linealidad temporal progresiva (novelística anterior a la contemporánea) ni regresiva (como en Viaje a la semilla).

En Un mundo para Julius, novela de Alfredo Bryce Echenique, se llega incluso a relatar un hecho ocurrido en un tiempo posterior (llamémosle T2) primeramente que lo ocurrido en un tiempo anterior (identifiquémosle como T1), sin emplear siquiera el recurso habitual de los modos verbales para ubicar temporalmente al lector.

Veamos el ejemplo de lo dicho anteriormente (novela citada, página 42):

T2:        Vilma no entendía muy bien qué casa tan rara tenían los primos de los niñitos (…) pero se quedó ya más tranquila cuando  el mayordomo le metió letra en la cocina, mientras les invitaban té, y le dijo que era una casa estilo castillo y ¿cómo es la de ustedes, buenamoza?, mientras lavaba unas tazas.

T1          Ese mismo mayordomo, digno mayordomo de los Lastarria, abrió la puerta, les dijo pasen, y entre todas las amas escogió a Vilma (…)

Llama la atención en este ejemplo, que entre T2 y T1 sólo medie un punto y aparte (consúltese la novela original). En T2 los verbos principales están en pasado simple, así como los de T1, pero es lógico que para que Vilma pudiera pasar a la cocina a tomar té (T2), primeramente el mayordomo tuvo que abrirle la puerta (T1).

Otro factor a considerar dentro del elemento temporal es cómo transcurre el tiempo en la obra narrativa. Cuando se manejan detalles minuciosos, el tiempo transcurre para el lector con lentitud; cuando los hechos son tratados a grandes rasgos, el tiempo transcurre para él aceleradamente. El tiempo lento se presta para descripciones como la vida interior de un personaje, una fiesta, la espera de un familiar que se encuentra en un lugar lejano y en general aquellos pasajes de la obra que requieren del regodeo y la morosidad. Sin embargo, una pelea de perros por ejemplo habría que relatarla aceleradamente, de donde se infiere que el transcurso del tiempo en el relato debe de corresponderse con la naturaleza del hecho que se relate para lograr que el lector lo asuma como verosímil.

Dentro del elemento temporal, entran a caracterizarlo el tiempo novelado o fabular y el tiempo principal del relato. Una ampliación interesante del tema la aborda el chileno Juan Carlos Lertora en su texto La temporalidad del relato diferenciando el plano del discurso del de la historia. Sin contradecir sus afirmaciones muy lógicas, yo prefiero referirme al tiempo principal del relato como el tiempo que es objeto directo de la narración y por tanto debe atenderse su desarrollo para que aquellos recursos técnicos que permitan realizar salidas dentro del tiempo novelado o fabular (retrospectivas y marchas hacia el futuro) no diluyan la narración principal y la dejen sin concluir.

Entonces llamo tiempo novelado o fabular al tiempo total que abarca el discurso narrativo, y tiempo principal del relato aquel que para los efectos del discurso es el presente fabular.

En el próximo artículo de esta categoría hablaré sobre las rupturas, en lo que considero un complemento de los conceptos de tiempo y espacio fabulares.

Criterios personales sobre la técnica literaria
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