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Blog del escritor Andrés Casanova

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EL BEISBOL DE MI INFANCIA Y UN CUENTO MIO SOBRE ESTE DEPORTE

En la década del 50, cuando como se decía entonces, a los perros los amarraban con longanizas para que no anduvieran ensuciando el vecindario, muchos muchachos de Las Tunas no sabían lo que era la televisión porque en esa época no se había desarrollado este medio por estas tierras y otros aseguraban que los hombrecitos y mujercitas que se veían dentro cuando llegaban la hora de dormir se quedaban guardados ahí adentro  del cajón.

En ese tiempo, se fumaba mucho cigarro de la marca Partagás y uno se encontraba una cajetilla vacía en cualquier calle de tierra. Era lo más importante para confeccionar la pelota de jugar al beisbol. Se partía en tres pedazos la cajetilla, se formaba una bola de papel periódico de tal manera que tuviese de circunferencia aproximada la misma que los tres pedazos de la cajetilla de cigarro, se amasaba la bola de papel hasta que estuviera compacta y se cubría con los tres cilindros de la cajetilla y estaba lista la pelota para jugar.

Su jugaba bateando con la mano abierta, sin guantes. Había un pitcher sin catcher y tantos jugadores de cuadro como muchachos disponibles hubiera, aunque lo más general era que fuesen el pitcher, el de primera y el de segunda (esas dos bases formaban un triangulo con el home) y dos jugadores más lejanos a los que les decíamos los files.

Las bases eran de trapo o de cartón, aunque para el caso servía cualquier material, lo importante era que estuviese en algún lugar que se volvía movedizo con el transcurso del juego.

Las reglas eran bien simples. No había ponches porque se jugaba al flojo y había que hacer tres outs. Se jugaba a 10 carreras sin cantidad de innings y los límites del cuadro eran variables. Generalmente se jugaba en una calle (de tierra casi siempre; como entonces apenas había vehículos motorizados por la misma razón de la falta de desarrollo tecnológico, no le estorbábamos a nadie salvo a los vecinos matraquillosos).

Si se jugaba cerca de un vecino matraquilloso la regla era que se cantaba triqui (tres outs) al que bateara la pelota hacia esa casa. No había árbitros, y las jugadas dudosas o controvertidas solían dirimirse a piñazos.

De aquellosa recuerdos de la infancia, me nace este cuento que aquí les dejo sobre todo a los amantes del deporte en la literatura.

BEISBOL

El público ha comenzado a inquietarse; desde las graderías se escuchan gritos que al pitcher, unas a pesar del sudor en la frente, un campeón aunque el codo le duela de una forma endemoniada, un astro no obstante la sensación de que las yemas de los dedos de su manoizquierda no sostienen una pelota sino una piedra afilada, se le antojan los de una manada furiosa,enfebrecida, anhelante. Levanta la vista y deja vagar los ojos fracciones de segundos por la torreluminosa para sentir como en otras ocasiones que es el dueño absoluto de este stadium, cuandolo ha hecho vibrar de emoción con sus curvas aterradoras, sus rectas por el centro del home y a la altura de las letras del bateador, y su velocidad indomable. Descansa la mirada vacía en la cabina de transmisión y allí sabe que se encuentra el narrador deportivo haciendo los mismos visajes patéticos que acostumbra cuando el otro equipo se encuentra en desventaja: aunque el narrador se empeñe en negarlo, es tan fanático como los que gritan desde las graderías quién sabe cuántas obscenidades sólo porque hoy no está en uno de sus mejores días. El pitcher vuelve a concentrarse en las señas del catcher. Le dice que no con la cabeza, molesto; en general se lleva bien con su compañero de batería: es quien más sufre los rigores del juego, todo el tiempo agachado detrás del home, obligado a mantenerse concentrado no sólo en el tipo de lanzamiento adecuado para cada bateador, sino también en la posición correcta de los demás jugadores. Sus señales orientan con precisión que el de la primera base está muy cargado hacia la segunda, que es necesario cerrar un poco el cuadro para buscar el doble play, que el de tercera base debe acercarse unos pasos porque nunca se sabe, un toque de bola no siempre es anunciado, no todos los bateadores son tan torpes como para denunciar con antelación la táctica.  De todas formas, ahora por la mente del pitcher no pasan estos razonamientos que podrá formularse más tarde, cuando se encuentre sentado en el banco luego de haber tomado una ducha y contemple, como dice el director del equipo, los toros desde las barreras. Ahora él mismo se siente torero o más bien un miura, deseoso de embestir, de colocar la pelota en el lugar exacto, donde más estragos pueda hacerle al bateador contrario, nada menos que el cuarto en el orden de la alineación y que está ahí, empuñando con firmeza el bate, a sabiendas de que de su actuación depende el giro del juego, consciente de que si conecta un batazo largo e incogible las graderías se vendrán abajo por el bullicio y lo aplaudirán hasta rabiar.

El pitcher mira hacia las bases con un ligero movimiento de cabeza; los tres corredores están separados de las almohadillas que marcan las bases pero sin adelantarse mucho. Total, no hay que apurarse, parece decirles con la mirada el coach desde su puesto cercano a la tercera base, el pitcher ha perdido el control de su brazo y nuestra victoria sólo es cuestión de breves minutos.  El pitcher observa de nuevo la mascota del catcher, rueda la vista hasta el pie izquierdo del bateador y sabe lo que éste espera: repetir una vez más la hazaña de mandar a volar la pelota junto con las palomas asustadizas del parque aledaño a las graderías del fondo. Inicia los movimientos habituales, las manos hacia la cabeza, un pie ligeramente hacia delante, suelta con fuerza –toda la fuerza que le queda de reserva– la pelota y no sucede lo que él esperaba; es otra bola y el público mantiene una gritería ofensiva.

Si al menos lo dejaran tranquilo unos instantes, piensa. Si le permitieran concentrarse con exactitud para lograr que la curva rompa donde él quiere, donde sabe que engañará a este bateador todo sonrisas, burlón, que levanta una mano pidiendo tiempo y sale del área de bateo sólo para escupir y frotarse los brazos, o sea, para desesperarlo. Aprovecha la oportunidad que le brinda el contrario y remueve la tierra con el zapato. ¡Es esto, ahora lo advierte! ¡Había olvidado mantener la altura adecuada del terreno y por tal motivo ha perdido el control de sus lanzamientos! ¡Cómo no había reparado en ello! Con rabia, diciéndose imbécil, se dedica minuciosamente a formar una loma que le servirá de apoyo. Cuando el bateador retorna al área, ya ha recuperado el aplomo. Inicia de nuevo los movimientos sin tomar muy en cuenta la seña del catcher y esta vez la pelota pasa por el lugar preciso. El mismo árbitro colocado detrás del home se emociona más de lo que corresponde a quien debe servir de juez y grita: “¡Strike!” y miles de voces corean la misma palabra en un inglés que nada se parece al inglés verdadero.

Al fin ha pasado el mal momento. El catcher sonríe. El jugador de la primera base escupe entre dientes y murmura frases de aliento. El de tercera base se adelanta un poco y lisonjero le expresa: “¡Anda, anda, chico: ponle extra!”. El de segunda no le quiere bien: se mantiene cerca de la almohadilla tratando de sorprender al corredor fuera de la base, pero nada más. Ahora al pitcher no le importa que desde el público hayan reanudado sus griterías mientras una corneta anima al bateador de turno; ya es dueño de su brazo nuevamente. Acomoda el montículo de tierra otra vez, para apoyar el pie; sus ojos están atentos al bate enemigo y a la mascota amiga: suelta la pelota hacia delante y sonríe cuando ve que el bateador ha iniciado el movimiento del bate fuera de tiempo y espacio, porque está convencido de que con esa trayectoria no encontrará la pelota y efectivamente es ahora el público quien sirve de árbitro con un strike estertóreo mientras el bateador, fuera de balance, casi va al suelo.

Sólo falta un strike para acabar con esta pesadilla, sólo uno. Con éste se irían al piso las aspiraciones del equipo contrario de empatar el juego, o de tomar ventaja, en el inicio del noveno  inning. El pitcher conoce su responsabilidad; sabe que defraudar al público que es partidario de su equipo no sería tan desastroso como defraudar al manager. De no lograr este último strike, pasará días y días sentado en el banco, en espera quién sabe de cuál otra oportunidad. Por tales razones, se aplica a moldear hasta en los más mínimos detalles la loma de tierra. Le agrada verla formando una especie de pirámide, le concede una enorme importancia: desde que se ha estado ocupando de ella como es debido, las curvas rompen donde desea, las rectas llegan a la velocidad precisa, todo es distinto.

Está puesto de acuerdo con el catcher y lleva las manos a la cabeza. Sin comprender aún, cierralos ojos y vuelve a abrirlos viendo cómo la pelota se pierde en las profundidades de la zona central, mientras desde el público unos rugen de alegría y otros de ira. Agacha la cabeza cuando ve al bateador entrar al home sonriente, mientras los compañeros de equipo salen del banco para cargarlo en hombros.

El pitcher trata de darse aliento a sí mismo: el juego continúa, no todo está perdido, a su equipo le queda otra oportunidad. Sin embargo, cuando ve venir al manager, cabizbajo, hasta donde él se encuentra, comprende que para él no habrá más oportunidades. Le pide la pelota sin permitirle argumento alguno y levanta el brazo en señal de que el sustituto debe venir.

El pitcher se aleja hacia las duchas seguido de la rechifla del público. El sustituto ha ocupado su lugar y lo primero que hace es desbaratar con el pie derecho la loma de tierra formada por su antecesor.

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