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ALGUNOS ELEMENTOS TÉCNICOS DE LAS OBRAS DE FICCIÓN NARRATIVA

En el centro de todo discurso narrativo de ficción existen tres factores determinantes de la comunicación:
-El autor, especie de dios o demiurgo de la creación;
-El narrador, instrumento creado por el autor que sirve de transmisor de sus ideas;
-El lector, que evalúa y juzga el discurso narrativo.

Me limitaré en este artículo a tratar aspectos bien importantes que debe conocer el lector para juzgar adecuadamente cualquier discurso narrativo de ficción, entre los que incluyo la novela y el cuento como géneros abarcadores de toda una gama posible de variantes que en la actualidad han dado por definirse, tales como minicuento, relato, noveleta y más modernamente relacionado con la técnica informática, el hiperrelato o hipertexto.

Para comenzar, debiera establecerse que en toda obra narrativa de ficción existen dos grandes compartimentos que sin estar absolutamente separados uno del otro, cada uno en particular tiene sus propios estatutos o reglamentos y a la vez elementos constitutivos. Estos compartimentos son lo extraliterario y lo literario.

En lo extraliterario entran todos aquellos elementos ajenos a la obra narrativa en sí misma pero que en un momento determinado interactúan con ella. Para que se tengan en cuenta durante futuras lecturas, enumero los más importantes:
-El autor, que crea la trama partiendo de una historia real o imaginaria pero siempre como reflejo de la realidad que él vive. Es por tanto dueño absoluto y responsable directo de su obra.
-El lector, que por algún motivo cualquiera lee la obra y adquiere sobre ella el derecho de juzgarla, aceptándola o rechazándola. El crítico literario es una forma de lector más especializado, pero a  fin de cuentas un lector igual que otro, con su ideología, idiosincrasia, prejuicios y gustos formados en un medio histórico-social concreto, de la misma manera que el autor.
-El tiempo histórico, que es aquel en que viven tanto el autor como el lector de una manera concreta, y por tanto pertenece a una determinada formación histórico-social que tiene su ideología dominante.

Dentro del tiempo histórico podríamos distinguir diferentes variantes constitutivas en distintos países, pero que no podrían separarse de este concepto general. Así, podríamos hablar de un tiempo cultural para referirnos a la cultura dominante en un período dado y que influirá tanto en el autor a la hora de escribir su obra como en el lector en cuanto a juzgarla.

No sería lo mismo escribir una novela cuando los valores culturales admitidos pasan por lo campesino que cuando se tamizan a través de lo citadino. Como tampoco escribiría de igual manera un autor que está influenciado por la cultura parisina que aquel que vive en un municipio cubano del llamado interior del país, donde existen una serie de prejuicios de índole supraestructual (étnicos, raciales, religiosos, políticos, etcétera) inexistentes en París.

Por las mismas razones, no juzgarían de igual manera la obra escrita por un autor dos lectores que viven en diferentes lugares, porque sobre cada uno ejerce una gran influencia esto que llamo de una manera un tanto elíptica el tiempo cultural.

El espacio real es un elemento a considerar al evaluar nuestras lecturas y podemos definirlo no solo como el lugar concreto donde se escribe o se lee una cierta obra narrativa, sino además el lugar donde se ha formado ese individuo concreto y que podría abarcar uno o varios espacios geográficos.

Así, para un mismo tiempo histórico pueden presentarse diferentes variantes tanto para el autor como para el lector. Pueden nacer en un espacio subdesarrollado y formarse en un espacio desarrollado. El traslado a un espacio desarrollado puede ocurrir durante la niñez, la adolescencia o la madurez. Pueden nacer en un espacio desarrollado y formarse en un espacio subdesarrollado.

También tiene influencia sobre el espacio real la formación político-social que sea dominante en el mismo, y de igual manera la cultura dominante o lo que podríamos distinguir como el espacio cultural, entendiendo por este último concepto como el lugar o los lugares concretos bajo un sistema cultural dominante que ejercen influencia sobre el autor o el lector.

Podríamos aún enunciar algunos conceptos complementarios tales como:
-Tiempo del escritor: época en la cual vive el autor.
-Tiempo de la escritura: cantidad de tiempo cronológico y psicológico que emplea el autor para escribir su obra.
-Tiempo verbal: el empleado en las diferentes oraciones en correspondencia con las reglas lingüísticas y que se resumen en pretérito, presente y futuro con sus distintas variantes.

Como conclusión, podemos decir que el conocimiento de lo extraliterario en una obra narrativa concreta ayuda a juzgar con más acierto lo literario.

La narrativa de la que aquí vengo tratando dije al principio que es la de ficción, y por lo tanto de lo que habla este tipo de narrativa es de hechos imaginados y creados por el autor, dispuestos de tal manera en una trama no que sean verdad (que es una categoría de lo extraliterario) sino que resulten verosímiles (creíbles, aceptables) por el lector.

De aquí que aun cuando pueda existir y de hecho existe una cierta correlación entre lo extraliterario y lo literario, lo primero es una realidad tangible en sí misma, con sus propias leyes físicas, económicas, políticas y sociales, es decir, leyes objetivas. Sin embargo, lo literario tiene también sus leyes particulares pero que tienen su fundamento en lo subjetivo del autor y del lector y no en lo objetivo del mundo que nos rodea.

Abundando en este concepto de lo extraliterario, diremos que sus leyes pasan por un proceso psicológico tanto del emisor (autor) como del receptor (lector), de manera tal que eso que algunos críticos llaman erróneamente mensaje (para mí en realidad, un proceso de comunicación) depende tanto de la interpretación subjetiva que hace el autor acerca de la realidad real como de la interpretación subjetiva que realiza el lector acerca del texto narrativo.

Sentados estos precedentes, enumero los elementos más importantes de una obra narrativa:
-El narrador, que es el sujeto de que se vale el autor para contar una serie de eventos ordenados como una trama, de manera que resulten verosímiles.
-El narratario, que es el elemento de ficción al que dentro de la trama, desde el punto de vista literario, va dirigido el discurso narrativo. Conceptualmente, es una función obligatoria en todo texto aunque su presencia no esté marcada.
-El tiempo fabular o de la acción, es aquel dentro del cual se mueve la trama que viene contando el narrador. Se diferencia del tiempo histórico (que es siempre lineal, del pasado al presente al futuro) en que puede organizarse de muy diversas maneras y por lo general no se ajusta a las secuencias cronológicas de la vida real.

El manejo del tiempo en las diferentes escenas de un texto narrativo crea una cierta atmósfera, un cierto transcurrir más lento o más acelerado en dependencia de las circunstancias que se están narrando. No es lo mismo describir un paisaje (momento del relato en el debe darse la sensación de que el tiempo se detiene) que contar una pelea de perros (ocasión que debe comunicársele al lector la sensación de que todo transcurre en infinitesimales fracciones de segundos). Podríamos entonces designar esta variante de lo temporal como tiempo atmosférico, pero sin olvidar que no se trata de una categoría independiente del tiempo fabular.

El espacio fabular o novelesco es aquel que se nos presenta dentro del texto narrativo y que el lector acepta con unas leyes propias que son independientes del espacio real.

En un  espacio fabular determinado, los personajes podrían levitar, tener muelles en lugar de pies o estar facultados para regenerar a voluntad sus brazos e incluso crear miembros corporales totalmente nuevos, siempre que tales acciones resulten verosímiles para el espacio fabular de una obra narrativa concreta.

Por lo tanto, de lo que trata lo novelesco es de una realidad literaria sin las ataduras de la realidad real, donde todo es posible siempre que resulte verosímil para el lector.

Los actantes van más allá del concepto de personaje porque más que meros actores que representan a seres humanos están referidos a determinadas funciones necesarias dentro del terreno de las acciones que deben existir para que haya trama. Entonces, diremos que lo actancial es la función narrativa que cumple cada personaje, por decirlo de tal manera que complazca a los amantes de las definiciones. Yo prefiero decir que un personaje es válido en una obra  narrativa si realmente cumple una función lógica y entonces se trata de un actante.

Por ejemplo, el personaje Juan en una novela no sería más que un nombre aunque lo describiésemos física y psicológicamente, y solo pasará a ser actante cuando deje de ser mero relleno para justificar páginas y sirva por ejemplo para llevarle un mensaje al protagonista de la trama diciéndole que vienen tres asesinos a acabar con su vida.

El ratón es un actante cuando por haberse comido el queso provoca que el gato comience a perseguirlo. La función actancial del ratón en esta supuesta historia sería comer queso (agresor) y la función actancial del gato perseguir al ratón (defensor).

El concepto de actante evita al autor que acepta tal presupuesto de la teoría literaria, crear personajes irrelevantes y gratuitos.

El asunto que narra un texto no puede confundirse con el tema. El tema es lo general (el amor, la pasión, el sexo, la muerte) en tanto el asunto es lo particular que trata una obra narrativa concreta por cada tema elegido (el fracaso matrimonial de una pareja que juró durante el noviazgo amarse hasta la muerte; una mujer es incapaz de olvidar a un hombre que no la ama; la violación que comete un médico drogando a una paciente; la pérdida de la mujer amada por culpa de un accidente del tránsito).

Con estos ejemplos estoy advirtiendo que durante la lectura de una obra narrativa resulta importante delimitar primero el tema y luego el asunto para estar en condiciones de enjuiciar adecuadamente dicha obra.

Una escuela en lo educativo es el lugar que sirve para enseñar ciertas disciplinas a un grupo de educandos por parte de los maestros o profesores. Una escuela en lo artístico designa determinada corriente creativa que partiendo de un  maestro (figura cimera y representativa) genera detrás de sí una cierta cantidad de epígonos (seguidores).

Por ejemplo, el barroco cubano en la literatura sin lugar a dudas es una escuela literaria que parte de un maestro como Alejo Carpentier. Aun cuando antes hubo otros cultores de esta corriente, fue él quien llevó a la novelística contemporánea de Cuba el decir recargado en lo lingüístico y el afán por mostrar paisajes exóticos con un lenguaje desbordado de imágenes y de palabras rebuscadas.

No quiero mencionar otras posibles escuelas literarias porque para mí este concepto siempre sería totalmente discutible, el que más atañe desentrañar a la historia literaria que a la narratología porque, ¿quién es el maestro americano del modernismo, Martí o Darío? Para la narratología, esto carece de relevancia: lo importante es saber que existen el barroco, el modernismo, el clasicismo, etcétera, que todas han sido y serán corrientes de la vanguardia en una determinada época concreta y en un país específico.

Solo he apuntado conceptos muy elementales que pertenecen al campo de la narratología, ciencia que se encarga de estudiar el nivel diegético de los discursos, que es el nivel que despliega o pone de manifiesto la sintagmática de las acciones. Otras disciplinas que ayudan a la narratología como instrumentos de trabajo son la lingüística, la semiótica, el estructuralismo y la hermenéutica.

Invito a los lectores a indagar en textos más amplios sobre el tema, los cuales los llevarán a descubrir los elementos técnicos de que se valen los escritores para fabricar sus obras narrativas, aunque yo en su momento compartiré algunos artículos que ponen de manifiesto cómo los he utilizado para crear algunas de mis novelas.

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