Blog del escritor Andrés Casanova

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Archivo de Septiembre, 2010

TRES POEMAS SOBRE EL AMOR EN SENTIDO UNIVERSAL

En ciertas ocasiones, el mejor premio que recibe un escritor no es de manos de un jurado literario, sino de un lector. Lector que ha hojeado nuestro libro, o instigado por la curiosidad de una crítica  literaria busca saber más sobre nuestra obra, o ¿por qué no?, también porque durante una tertulia  nos compara con los otros que leen y como la crítica también pasa por el gusto literario, prefiere  nuestra lectura.

Precisamente, en una oportunidad recibí un premio de ese tipo y jamás lo he olvidado: un lector tuvo la gentileza de visitarme en la oficina donde trabajaba entonces, para agradecerme que durante una tertulia donde quedó sobresaturado de páginas (según él mismo) del peor gusto, yo hubiera compartido con los oyentes estos tres poemas que he decidido también compartir con ustedes desde este blog.

NOSTALGIA
Esta tristeza que me dejaste
escondida entre los pliegues de mis manos
no se parece a la caída de la nieve.
Aquella dulzura que traías
impregnando tus ojos de paisaje
no se quedó en mi vida como un recuerdo.
Esa música abandonada
en los rincones de la noche
ya no alienta la nostalgia ni tu ausencia.

DUDA
Si voy a ti
con mi lanza quebrada
el yelmo levantado
y el escudo deshecho;

si voy a ti
con un manojo de poemas
las imágenes rotas
y una rima imperfecta;

si voy a ti
borracho de mis penas
lloviéndome miserias
y cubierto de rocío;

si voy a ti
armado de neutrones
con cien memorias libres
mientras programo el tiempo;

dime cómo seré recibido.

PASIÓN Y MUERTE DE LOS BESOS
“Adiós, dulces amantes invisibles.
Siento no haber dormido en vuestros brazos.
Vine por esos besos solamente;
Guardad los labios por si vuelvo”.
Luis Cernuda

Adiós, dulces amantes invisibles
que buscan en ajenos amores la cordura
amansando los días mientras huyen de sus huecos
por temor a las voces perdidas en el desierto.
Adiós serpientes que desde las nubes obstruyen la vida
pariendo las alondras de la guerra
por negarse a creer en las márgenes del cielo.
Adiós dulces amantes en las tardes de octubre
vestidos en el aire del destino tangente
y caídos uno a uno como cuervos enlobados.
Adiós inviernos que han estado soñando
con el feliz descenso de las victorias azules:
si fueran como los ángeles y nos amaran de veras
jamás nos faltarían la paz ni el consuelo.

Siento no haber dormido en vuestros brazos
de amante acostumbrada a buscar las primicias;
siento haberte abandonado en la Guerra del Golfo
y cuando las cadenas saltaron de los esclavos.
Me duele haberte visto tan lejana que el sol
fuera a buscarme hoy para adorar tu sombra.
Perezco de nostalgia por tus perfumes imaginarios
y tu risa congelada muerta entre mis manos:
abórdame en la nube cuando partamos todos
dulce pasión sin nombre que jamás me ha mirado.

Vine por esos besos solamente
prometidos con odio
por los buitres extraviados
en las playas del tiempo.
Vine a buscar la paz
como si fuera un viernes
y a marcar los recuerdos
destruidos por mis padres.
Vine por tu amor,
Perdóname por recordártelo:
si acaso me olvidaste
grítalo en el desierto.

Pero, te lo ruego:

Guardad los labios por si vuelvo
eterno ángel de la muerte aprisionado
en los costados del cielo que jamás conocimos.
Porque son labios manchados con la pólvora
de quienes una vez nos brindaron su vino:
guarda los labios, por favor, no me beses,
porque el beso del Judas me trae malos recuerdos.

Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías

EL NARRADOR

Dentro de la gran mentira que es la narración, el narrador es otra mentira más. Pudiera parecer pedante, pero hay que repetir aquí lo dicho y sabido por muchos: nunca el narrador es el autor aunque lo parezca, porque de ser así, el autor se vería metido dentro de una camisa de fuerza: no podría seleccionar como narrador a un ente distinto de sus propias concepciones morales, políticas y estéticas (no podría reproducir personajes que no cumplan su propio estatuto como individuo). Por ejemplo: no podría haber un narrador analfabeto; un autor del sexo masculino y sin desviaciones sexuales no podría escoger como narrador a una mujer o un homosexual; un monárquico no podría escoger como narrador a un republicano. ¿Ustedes imaginan un cuerpo legal con por tantos, por cuántos y artículos para escribir una novela? Sencillamente, no habría novelistas.

De lo dicho hasta aquí, no se piense que el narrador libere al autor de responsabilidades. El autor es el dueño exclusivo de su narrador y de cómo le permita enfocar la narración depende que, cual un boomerang, el relato no se vuelva contra él. Por tanto titiritero (autor), ¡cuidado con tus títeres! Si te dejas traicionar por ellos, puedes considerarte perdido en un mar sin fondo. No les permitas más libertades que las que tú mismo deseas darles.

Reitero: no se confunda al narrador con el autor. Esto por una parte libera al autor del prejuicio de verse obligado a narrar desde la perspectiva de un narrador que se corresponda con su propio estatuto (generalmente, un narrador positivo, porque todos los hombres se consideran “buenos” a sí mismos). Pero por otra, constituye una trampa, porque el autor es dueño de sus criaturas y se puede evaluar a través de ellas. He leído narraciones donde detrás del narrador se descubre la mano del autor, cual un mal titiritero que no sabe darles vida a sus títeres. Por ello, mucho cuidado con el narrador. Puede ser cualquiera, el más ruin o el más noble; cuando se escribe la primera versión no importa, se le deja narrar libremente. En el momento de la revisión, hay que separarse, extrañarse de él, para estar en condiciones de manejarlo a nuestros antojos y no que suceda lo contrario.

CONCLUSIONES

*Seleccione libremente al narrador de acuerdo a las necesidades del relato e identifíquese con él. Sean él y usted la misma persona. Escriba el relato.
*Durante la revisión vuelva a ser usted y no odie ni ame al narrador. Simplemente analícelo. Sólo así podrá descubrir los errores de perspectiva cometidos durante la etapa de creación.

Criterios personales sobre la técnica literaria

LA VIDA REAL ES SUPERIOR A LA FICCIÓN LITERARIA

Hace muchos años, me encontraba en un evento literario que se realizaba en un pequeño pueblo cuyo entorno me resultaba más que triste, desolador. Se trataba de un lugar donde las vías de partida y de llegada eran escasas, y en el que parecía que todos los edificios de un momento a otro iban a derrumbarse. En medio del evento convocaron a un concurso para escribir un cuento de no más de una cuartilla, y mientras otros se dedicaron a relatar hechos en sentido de broma, a mí el ambiente de desarraigo que imperaba en aquel lugar ciertamente me sugirió uno cuya esencia se encuentra en un personaje que anda en busca del calor humano.

Pasado el tiempo, me encontraba en la funeraria cumpliendo con un deber social y de momento, tuve a mi lado a un individuo  no ya tan joven, a quien desde que recuerdo ha sido el loco del barrio. Se acercó a mí para preguntarme el título de mi último libro publicado y bien pronto estuvo confesándome sus frustraciones. Se veía obligado a permanecer de lunes a jueves en un hospital psiquiátrico con carácter de seminterno, y se quejaba de su soledad, de cómo hubiera deseado estudiar y de sus aficiones por la lectura que apenas podía satisfacer porque los medicamentos lo excitaban o bien lo mantenían en un estado de somnolencia constante; llegó a confiarme que deseaba encontrar el amor y que se sentía frustrado -fue esta palabra pronunciada por él-, lo que me llevó a pensar que en realidad como él mismo decía, los psiquiatras se habían equivocado al diagnosticar su enfermedad como esquizofrenia.

Quizás todo esto que acabo de referir no sea más que una fábula, una pura invención de mi mente para convencerlos de la lectura del siguiente texto. Sin embargo, a mí me parece que la anécdota es real, que anoche usted y yo nos encontrábamos en la funeraria y aquel loco del barrio estaba haciéndonos una llamada de auxilio. Demandando un cálido rincón donde pasar la noche tal como sucede con mi personaje del breve cuento que les entrego a continuación.

EN MI PUEBLO NADIE ME QUIERE

No me quieren. Porque maté a Martín el Sarraceno y a Rosaestrella Balbuena la obligo delante de todos a desanudarme la corbata y buscar el lado exacto en que se encuentran los planetas. A veces me da por alejarme del pueblo durante varias semanas y ando de farra en farra, admirando muslos portentosos de muchachas en flor, jugándome a la suerte el dinero ganado en mis negocios con los extranjeros, acostándome con mujeres imposibles, despertando borracho con mis sueños a cuestas. Despertando lleno de soledad y de nostalgia.

Cuando regreso al pueblo me duele la cabeza. Traigo la mirada sucia del polvo de los caminos y paseo alrededor de la iglesia como si Dios me estuviera mirando. Reviso los bolsillos: vacíos; palpo mi pecho: adolorido; muevo las piernas: temblorosas. Mientras descanso en un banco de piedra cierro los ojos para ver pasar a mis enemigos.

Mis enemigos se niegan a escuchar las historias que invento. Martín el Sarraceno es un personaje de mentiras y a Rosaestrella Balbuena la pongo a vivir aventuras inexistentes.

En mi pueblo nadie me quiere. Porque invento fabulaciones y quisiera que fuesen realidad. O al menos, que me dejaran contarlas en las esquinas solitarias del parque, en el teatro lleno de telarañas y en el puerto durante los domingos vacíos con sus tardes olorosas a mariscos podridos. Que me dejen hacer del mundo un cálido rincón donde pasar la noche.

Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías

BREVE CONSIDERACIÓN EN TORNO AL PUNTO DE VISTA

La narración es una ficción: le sugerimos al lector que existe un tal Fragoso Cuartas, negro cual el ébano, de mirada triste y andar acaracolado, bebedor como su padre, amigo de pulsear con los más fuertes, y de inmediato el lector (uno o varios) querrá conocer qué ocurrirá con nuestro personaje, a sabiendas de que no forma parte de la realidad que a él le rodea. Sin embargo, el autor no es una ficción. El autor tiene su ideología, su idiosincrasia e intereses personales (lo que Renato Prada Oropesa define como “estatuto”). Y quiéralo o no, independientemente de su voluntad, en la obra que elabore aparecerán su ideología, idiosincrasia e intereses personales.

Por tanto, no como una cuestión semántica, sino conceptual, deseo distinguir entre el llamado punto de vista y la perspectiva.

Lo real en una obra narrativa es el autor. Lo ficticio, porque éste lo crea, es el narrador, el cual tiene su propio estatuto. Del autor es el punto de vista, concepto que defino como la forma en que refleja el autor el mundo real a través de la narración o mundo presentado. El punto de vista no es un elemento técnico, sino una realidad extraliteraria. El narrador no tiene punto de vista sino perspectiva, elemento técnico que será tratado más adelante.

Criterios personales sobre la técnica literaria

NOTA INTRODUCTORIA SOBRE LA TÉCNICA LITERARIA

Coincido con Ricardo Repilado cuando plantea que “…la técnica no vale (…) nada si no está al servicio de la visión de un (…) artista [y éste] no puede llegar a ser tal (…) sin un considerable dominio de la técnica”. [Ricardo Repilado, Cosecha de dos parcelas, página12]. Pudiera refutárseme que la técnica no es el todo en una obra de arte, pero no es bueno olvidar que la más moderna narrativa ha ido avanzando a la par con el desarrollo de las restantes artes, la ciencia y la técnica, y el escritor que en esta época desconozca al menos algunos rudimentos de la técnica narrativa más reciente, evidentemente estará en franca desventaja con respecto a otro que sí la domine, para lograr una obra literaria de elevada calidad.

Con lo dicho (y lo que diré más adelante en todos los artículos sobre técnica literaria que iré publicando en esta categoría) no tengo el propósito de sentar cátedra en una materia sobre la que mucho se ha investigado y escrito, sino simplemente servirá a los fines de dar a conocer una serie de reflexiones personales en materia de técnica narrativa, que he ido elaborando mientras leo y escribo mi propia obra.

Por último, advierto al lector que sustentaré todos mis criterios en dos presupuestos:
1. Toda época tiene su propia técnica narrativa. Así, en la época de Balzac por ejemplo, era válida una técnica que hoy ha sido superada y por tanto, quien pretenda escribir a tono con nuestra época deberá aprender, al menos, los rudimentos de la técnica actual. Lo que equivale a decir que en un futuro los escritores tendrán que crear la técnica de su tiempo.
2. La teoría sobre la técnica se fundamenta en obras hechas. Vale decir: los teóricos analizan las obras y descubren elementos técnicos, no al revés. Porque quienes escribimos sentimos a veces la necesidad de romper cánones y moldes establecidos, ya que los percibimos como una ropa muy estrecha, y entonces damos vuelo a la imaginación e introducimos innovaciones. Por tanto, la técnica “no vale nada” por la técnica en sí, sino que debe encontrar su aplicación en una obra concreta.

Criterios personales sobre la técnica literaria

Comparto con ustedes este poema

Para mí, no todas las ocasiones son propicias para escribir un poema, porque mi oficio suele llevarme constantemente hacia la narrativa, de manera específica a la novela, por lo que me considero un poeta circunstancial. En cierta oportunidad,  estuve conversando con una amiga, y de la conversación que sostuvimos, me quedó por expresarle cómo ha sido habitual desde hace siglos, que aquel que se entrega con pasión a cualquier obra (sin importar si es grande o pequeña) al final tendrá que soportar una cuota (mayor o menor) de sufrimiento. Esa es la vida: el sufrimiento conduce a la satisfacción del deber cumplido ante la propia conciencia personal y ante los demás.

Entonces, sin más dilaciones, comparto con ustedes el poema que escribí como resultado de aquella conversación.

CRISTO LLORÓ EN LA CRUZ
A Lucy Maestre, escritora cubana

Ecuménico
anduvo y desanduvo las calles de Jerusalén
con sus sandalias desgastadas
y el festín de los perros
que venían a comer las sobras del holocausto.
Protestó no solo contra los mercaderes
adueñados del templo y los relojes
contra el desprecio a los leprosos
y la condena que pretendían los maestros de la Ley
contra María de Magdala.

Hombre humano
proclamó en las puertas de salida
en los estanques y las plazas
lo imprescindible que ya era
repartir los panes y los peces.

Fue odiado por fariseos
y los nicolaítas lo provocaron con sofismas
pero escribió en el polvo estas palabras:
“Que Dios se apiade de vosotros”.

Lo que más le dolía sin embargo
no era siquiera la negación de Pedro
ni la traición de Judas que por esperada
se volvió imprescindible como los clavos en la cruz.

Lo que más le dolió fueron las piedras de los leprosos
y la falta de lágrimas de María de Magdala.
No era lo doloroso para él
que lo acusaran de petulante
por predicar el arrepentimiento de obras muertas
o de Quijote por decir que el amor si no perdonaba setenta veces
de nada sirve.

La cruz y los clavos no fueron lo doloroso.
Lo doloroso fue saberse Dios
y ser tratado como simple mortal
sin que entendieran que por ellos
que lo clavaron en la cruz
entregaba su vida.

Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías

ACERCA DE MI NOVELA Las nubes de algodón (*)

Cuando me pongo a recordar las circunstancias vitales que me rodeaban cuando escribí algunas de mis obras literarias en el pasado, advierto que casi siempre he recurrido a personas reales para fabricar mis personajes, aunque tratando en todo momento de que se conviertan en arquetipos y nunca en caricaturas.

Soy de los que piensa que la biografía de cada escritor podría conocerse en cierta medida si evaluamos sus obras de ficción, porque ficción y realidad a veces se confunden en nuestras mentes. Cuando concebimos la obra, en los instantes que imaginamos las distintas partes de la misma y mucho más cuando estamos escribiéndola, nos asalta la vida cotidiana con sus pequeñeces y virtudes, con sus grandezas y defectos. Diría que mientras vamos llenando las páginas en blanco, amigos y enemigos (que todos los tenemos en mayor o menor medida y ¡ay de quien no los tenga, porque eso significa que está muerto!) desfilan por el espacio fabular en un tiempo mítico, categorías narrativas que surgen de nosotros sin darnos cuenta.

Al menos, así me sucedió durante la escritura de Las nubes de algodón, que en un principio se tituló Las nubes son tan altas como una montaña de algodón, título este último que deseché por demasiado extenso, siguiendo el consejo de algunos escritores en cuyo círculo literario me movía en aquella época, y hablo de una fecha tan lejana como el año 1989.

Sus personajes pertenecen a dos mundos diferentes y a la vez aledaños dentro de la novela: el mundo fabril fusionado con la burocracia cultural y la burocracia en general, junto a un grupo de escritores de una pequeña ciudad que han sido invitados a un ficticio Décimo Simposio Mundial de Poetas y Narradores que tendría lugar en la Casa de Contratación de Sevilla.

A partir de ahí, las personas reales de referencia fueron mis compañeros de trabajo en lo que era entonces una empresa de producciones cerámicas variadas donde yo trabajaba en mi condición de Ingeniero Mecánico, y el grupo de escritores tuneros conocidos por mí y con quienes me relacionaba en horarios no laborables y en eventos literarios. De la observación de las personas conocidas fueron surgiendo dentro de mí las siguientes ideas que se iban trasvasando como si estuvieran contenidos en vasos comunicantes:

1º Cundo Núñez, personaje que se convertiría en mi alter ego, mientras trabaja en un equipo mecánico a su vez está inventando un torno de fabricar historias.
2º Justino Marcial lucha contra Bracamontes para desplazarlo del liderazgo del taller literario que irá a la Casa de Contratación de Sevilla a disfrutar de la naranjada fría y de su piscina.
3º El conde Larrecameliú es el Director Principal de la fábrica burocratizada y a la vez responsable de la burocrática organización de cultura popular. En el primer caso, se niega a autorizar a los miembros del taller literario a desarrollar sus actividades; en el segundo caso, pone trabas con el propósito de que no puedan partir hacia Sevilla.
4º Cundo Núñez, por tantas dificultades, decide desaparecer de los planos espacio-temporales de la novela y escribir su propia novela, lo que podría compararse al ya clásico procedimiento de la ficción dentro de la ficción.
5º El pasado y el presente pueden equipararse, para borrar las diferencias temporales lo que venía representado por la poetisa Eparménides Valdesbrito, declarada la reina del tiempo.
6º Con el propósito de encontrar a Cundo Núñez, sus amigos deciden buscarlo en espacios de la narrativa hispanoamericana, de ahí que sea frecuente en la novela la aparición de personajes de otros autores que vienen a polemizar con los míos en lo que conocemos como intertextualidad, recurso aceptado como válido en la literatura contemporánea.

Con estos seis elementos esenciales, fueron surgiendo otros, y otros, y otros, de lo que podría ser un ejemplo el siguiente fragmento de la novela:

“…Es más difícil, me digo, encontrar un voltamperímetro en una lista de precios que disponer las letras que forman palabras, las palabras que forman oraciones, las oraciones que forman párrafos, los párrafos que forman páginas y las páginas que forman historias. Caperucita regresa de la zona azul vestida de verde y ya iba a reclamar que le abrieran el puente, cuando recordó que no estábamos jugando al parchís. Entonces, se limitó a buscar en el grueso tomo treinta y siete de la lista de precios mientras yo miraba por encima de su hombro y ella iba hablando.
–Aquí está, la encontré.
–¿Qué encontraste, Caperucita?
–La V, Bracamontes.
–¿Quién es esa que está colando té?
–Esa es la hija de Ruperto Valdivieso. Discúlpeme, Bracamontes, voy a gritar: ¡Ah, caramba, Facunda, como vos fastidiás, no quiero tomar té! ¿Y usted Bracamontes, desea tomar?” [Obra citada, página 163 en el original].

¿Por qué escribí esta novela?, podría preguntárseme, y yo respondería sin dudarlo: porque necesitaba aporrear literariamente a la burocracia que tanto daño le hace al mundo desde antes de la época de las cavernas, pero también porque estaba dentro de mi mundo narrativo y quise convertir la realidad real que me rodeaba en un tiempo histórico concreto de mi vida en una realidad literaria que sin perder la seriedad, fuera capaz de divertir a sus lectores. Creo que sean dos buenas razones para escribir una novela.

(*) Publicada por Editorial Sanlope, Las Tunas, 2005

Explicaciones acerca de algunas obras mías

DOS CAPÍTULOS DE LA JAULA DE LOS GOCES

Dentro de mis planes se encuentra poner a disposición de los lectores de manera totalmente gratuita la edición de mi novela La jaula de los goces, tal como la publicara la Editorial Oriente en el año 2001. Mientras este momento llega, los invito a disfrutar de los dos primeros capítulos de la obra.

CAPITULO UNO

CRETI NO ERA EL LUGAR MAS INDICADO PARA QUE CLASTO EDGINEBRÉS, FILÓSOFO RECIÉN EGRESADO DE LA ESCUELA QUE SALVADOR LÉMUR DIRIGÍA DESDE MIL AÑOS ANTES EN LA UNIVERSIDAD DE SANTA CLARIDAD DE LOS MONTARACES, FUERA A APLICAR SUS CONOCIMIENTOS EN EL ANÁLISIS DE UNA SOCIEDAD TAN DIFERENTE A LA SUYA. No obstante, determinó cruzar el Mar de las Angustias y luego de diez meses de viaje en un bote de velas, desembarcó en la costa pedregosa donde las golondrinas venían a depositar sus huevos. El sol reverberaba contra las olas, minúsculas gotas de una llovizna casi imperceptible se mezclaban con el salitre y un alcatraz alzó el vuelo, cuando el náufrago de cara adormilada se lanzó a las aguas grises y revueltas: al fin llegaba al borde del lugar de los hechos, donde observó la primera contradicción con las leyes del tiempo en su mundo de origen: un reloj destruido  por una mano desconocida que otra mano recomponía cada nuevo amanecer.

Cruzó la playa sin detenerse para recoger caracolas. Los pocos bañistas que a esa hora se aventuraban a desafiar las inclemencias del océano, no volvieron sus cabezas hacia el lugar por donde caminaba el mocetón imberbe, de grandes entradas en las sienes, sonrisa torcida y caminar erecto. Para ellos los forasteros representaban un fastidio, aunque los respetaban porque siempre traían en los bolsillos algún nuevo invento: así había sucedido desde la era de las catapultas hasta la de la pólvora, desde la época cuando conservaban el fuego en  una cripta sagrada hasta los días actuales en que sólo adoraban al Gran Maestro Universal de los Goces; sin embargo, un forastero en opinión de ellos no valía más que la esposa ausente o el hijo dormido.

Cansado, hizo un alto momentáneo y se entretuvo contemplando cómo un niño construía un castillo de arena. Las almenas se alzaban casi hasta las nubes y cuando el muchacho advirtió la mirada del hombre de crecidos bigotes, puso un pie encima de la construcción; mientras se levantaba de un salto, sus ojos observaron sin curiosidad a Edginebrés y éste continuó su camino.

Nadie me ha mandado a buscar, pensó Clasto: en realidad, voy a emprender esta investigación por mi cuenta y asumiendo los riesgos. No poseo siquiera la carta de autorización de trabajo firmada por el Rey Gaspar  y el pasaporte que traigo data de cuando las sirenas atacaban a los viajeros que se atrevían a pasar frente al Torrejón del Alcatraz. Quizás a ningún habitante de Creti le interese que yo descubra las leyes que rigen su mundo.

Después de caminar durante un tiempo que a él le pareció una eternidad, llegó a la zona céntrica de la ciudad. El sudor le corría por todo el cuerpo y no encontró dónde calmar la sed ocasionada por un sol incendiado y altanero que lo había venido siguiendo desde el momento del desembarco, aguijoneándolo con sus rayos aun cuando tratara de protegerse debajo de los árboles del bosque que apareció frente a sus ojos al salir de la zona marina; un sol empecinado, vengativo: destruía las sombras bienhechoras como para demostrarle que no sin razón le llamaban el Astro Rey.

El hambre comprimía su estómago y preguntó a decenas de viandantes dónde podría tranquilizarla, sin obtener respuestas precisas. Unos señalaban con el índice hacia el infinito, otros contestaban ceñudos: nódreP y continuaban la marcha hacia los costados o hacia atrás, nunca hacia adelante.

Algunos lo miraron con ojos llenos de lágrimas y por toda respuesta sonrieron sin apenas mostrar los dientes. Los más jóvenes ni siquiera hicieron esto último y estuvo a punto de concluir que no habían aprendido a sonreír.

Qué gente más extraña, pensó con añoranza. En Santa Claridad de los Montaraces al menos podía discrepar  con Salvador Lémur acerca de un cierto reino de Snouk inventado por su profesor durante una noche de borrachera, decirle que tal reino de era la invención más falaz que hubiera podido ocurrírsele a un filósofo, razonar que en el mismo existía la explotación desde el momento que estaba permitida la esclavitud. Aquí, en cambio, la barrera del idioma lo mantenía inmovilizado: los cretinos hablaban al revés y sin verbos.  (1)

–No es tan simple como opinaba Lémur: tanto en Creti como en Snouk habría que pensar al revés –gritó, llevándose las manos a la cabeza, agobiado por el bullicio de una invisible orquesta que entonaba una canción interminable mezclada con el llanto amplificado de un niño. Tendría que acostumbrarse a esta tortura pública si quería sobrevivir en la isla.

En un pequeño parque sentó sus glúteos adoloridos por el reciente viaje a través del océano en el bote con asientos de madera sin pulir y advirtió que los árboles frutecían a pesar de las contingencias, del silencio o las palabras pronunciadas al revés por los cretinos. Frutecían aun cuando la mujer que frente a él despachaba boletos con destino al jardín de las orquídeas salvajes miraba con disgusto a cuantos se le acercaban a comprar la tira de papel estrujado y con los bordes rotos que daba derecho a consumir dos tragos de naranjada fría y un bocadillo de delfín en almíbar. Aburrido de su propio silencio, se levantó y mientras cargaba en hombros el equipaje, un morral fabricado con una lona zurcida, se dijo que ya era hora de ir en busca de su estrella polar.

Al cruzar la puerta de salida del parque, sintió el contacto de una mano enguantada encima del hombro y se volvió sobresaltado. Frente a él, un viejo milenario con uniforme de guardabosque le cortó el paso.

–No se asuste  –dijo–. Todos no somos iguales.

Al pronunciar la última palabra, arrojó al suelo el uniforme con un movimiento brusco de todo el cuerpo y quedó transformado en un hombre de edad madura.

–Algunos todavía estamos vivos.

–Entonces, ¿la mayoría ha muerto en realidad? –indagó Edginebrés preocupado. Quizás la mujer que vendía los boletos hacia el jardín de las orquídeas salvajes era un cadáver o un fantasma. En este caso, no podría comer el bocadillo de delfín porque el pedazo de papel comprado con los escasos tomines que encontró en sus bolsillos no era más que eso: un pedazo de papel.

El hombre de edad madura se deshizo del disfraz y en su lugar quedó una hermosa muchacha de tez bronceada.

–No todos: algunos amamos.

Intentó tocarla con la punta de los dedos y una nube de humo la envolvió. El aire arrastró la nube, dejando en su lugar a un adolescente.

–Es sólo una imagen virtual –aclaró el muchacho–. Quise hacerle comprender que a pesar de las apariencias, usted es un oportunista como el Rey Gaspar: cuando ve a una hembra, enseguida intenta adueñarse de ella.

Pidió disculpas con mirada de pena, sintiéndose descubierto por aquel desconocido. Entonces, para sorpresa suya, el adolescente sonrió en tanto arrancaba el disfraz de la cara y en el acto se convirtió en un niño.

–El Maestresala Benedicto ha prohibido la venta de biberones. Opina que es una costumbre bárbara de nuestros vecinos continentales.

El niño desapareció luego de haber hablado. Clasto miró a su alrededor, preocupado más por el concepto que acerca de ellos, los que provenían del Continente, tenía el principal ayudante del Rey Gaspar, que por todas aquellas apariciones y desapariciones del desconocido o desconocida. Cuando frotó sus ojos adoloridos vio salir de la arboleda del parque al guardabosque. Sonreía y sus manos venían llenas de palomas.

–Ahora podría hacerle la demostración de cómo convertirlas en pañuelos de colores.

Clasto no podía creerlo: este individuo no era más que un vulgar mago de ferias y circos de saltimbanquis. Decepcionado, se lo hizo saber.

El guardabosque, por toda respuesta, flexionó el tronco hasta tocar el piso con la lengua y luego, en tono conciliador, aconsejó:

–Si piensa estudiar las características de los predios del Rey Gaspar, aprenda a doblarse de esta manera: así hay que reverenciarlo cuando le da por lo de la borrachera de estrellas.

Dio media vuelta y con pasos rápidos se escondió dentro de la arboleda.

–¿Quién es usted? –indagó Clasto Edginebrés de un modo que no acusaba simple curiosidad.

–¡Juan Dequidad! –dijo una voz lejana–. ¡Prometo ayudarle si no sucumbe a las tormentas y las orgías!

(1)   Advertencia: Aunque los cretinos hablan al revés y sin verbos, he decidido, para facilitar la lectura, transcribir sus   parlamentos a la manera tradicional [N. del A.]

CAPITULO DOS

EN MEDIO DE UN DESCAMPADO LO SORPRENDIÓ LA NOCHE Y SOLO ENTONCES CLASTO EDGINEBRÉS RECORDÓ LAS ADVERTENCIAS DE SALVADOR LÉMUR ANTES DE EMBARCAR EN EL BOTE DE VELAS CON DESTINO A CRETI: EL JUEGO DEL ASTRÓMETRO CONSTITUÍA UNO DE LOS TANTOS PASATIEMPOS CAPRICHOSOS DEL REY GASPAR. Con el auxilio de este equipo desviaba el curso de los acontecimientos, provocando sucesos tales como este anochecer imprevisto, un aguacero torrencial desde la tierra hacia las nubes o la desaparición momentánea del agua en el río Achdos. Según Salvador Lémur, el Rey Gaspar había llegado a Creti en el año uno y su primer descubrimiento fue el lugar de origen del río Achdos, del cual manaba un líquido verdeazulado con sabor a vino de estrellas. De inmediato convirtió el descubrimiento en un negocio: distribuía el vino a un precio inalcanzable por los pobres –los mendigos ni pensar que pudiesen adquirirlo: sólo cobraban diez tomines al mes procedentes de las arcas del reino más una sopa de chorizos obsequiada a aquellos que escuchasen la conferencia matinal del Maestresala Benedicto en la plaza pública– y los ricos se daban por satisfechos: aquel líquido espirituoso los protegía contra la vejez y la muerte, aunque en compensación debían dedicarse con regularidad a la matanza de cangrejos.

Amaneció en breves instantes y en el acto el sol calentó el asfalto: el Rey Gaspar acababa de aburrirse en ese mismo momento de jugar con el astrómetro. Edginebrés se frotó los ojos somnolientos, diciéndose que resultaba imposible escapar a los efectos de la ventisca que de improviso se había desatado; luego de dirigir la mirada a su alrededor concluyó que todos aquellos que lo rodeaban habían dormido unos segundos de pie, en el mismo sitio donde los sorprendiera el juego del Rey Gaspar. A Clasto le dolía la cabeza y el hambre le retorcía el estómago. Chasqueó la lengua cuando una jovencita de cabellos azules y ropas harapientas se detuvo a su lado.

–¿Qué quieres? –preguntó de mal talante a la muchacha.

–Shhh –contestó ella colocando los dedos en los labios–. Me envía Juan Dequidad; sígueme.

Dudaba. Encontrarse en una tierra desconocida bastaba para sentir temor. Después de haber contemplado la actuación del mago desconfiaba de todos. ¿Y si la joven era el propio Juan Dequidad?

–No seas tonto –le dijo ella moviendo las pestañas con coquetería. A pesar de los andrajos, lucía tierna y virginal–. Juan Dequidad es todos y es ninguno.

Esas frases enigmáticas de quien tenía una cabeza que fue hermosa una vez aunque ahora colmada de liendres lo asustaron. Había venido a Creti sólo para realizar un estudio científico, sin otro objetivo que ejercitar sus conocimientos sobre los fenómenos sociales. Cuando concluyera la investigación,  regresaría a Santa Claridad de los Montaraces para dedicarse a la enseñanza de la asignatura Miseria de la Filosofía sin importarle la Cuarta Guerra Mundial que se avecinaba. No pensaba en ningún momento inmiscuirse en los asuntos de los habitantes de Creti –quienes, según refería Salvador Lémur basado en los criterios del Rey Gaspar, eran felices– porque no había nacido para representar el papel de héroe.

–No te queremos como héroe –comentó la muchacha sin que él hubiese abierto la boca–. Tenemos a Juan Dequidad y con él nos basta. Sólo te necesitamos para que descubras cómo somos.

–¿Y por qué yo? –indagó Clasto Edginebrés, mitad divertido, mitad asombrado–. Soy el individuo más elemental de la tierra, el más vulnerable: apenas he podido descubrir cómo soy yo mismo.

La muchacha tomó una mano de Clasto y la acarició contra las palmas de las suyas. El advirtió sus arrugas y grietas, y admiró unos ojos color ámbar que lo miraban sin pestañear. A través de su cuerpo penetraron los pensamientos de ella, obsesionantes, empecinados: no había derecho a abandonarse a la desesperanza cuando alguien necesitaba de uno: no bastaba con saber descubrirse uno mismo, lo importante era aprender a fabricar la vida. El carecía de argumentos para rebatir a la muchacha; suspirando profundo, se rascó la cabeza y optó por seguirla: allá en Santa Claridad de los Montaraces se desconocía esta manera a la vez tierna y violenta de convencer a los demás.

A las dos de la tarde –momento en que para algunos acababa de amanecer en Creti y otros comenzaban a acostarse, de acuerdo a la hora que les hubiese indicado sincronizar sus relojes familiares el mariscal Caivás Edjuvitas– llegaron a la plaza pública. El Maestresala Benedicto había despertado unos segundos antes de su habitual siesta, y mostraba a todos el rostro demacrado y los ojos amenazantes. La muchacha le susurró al oído a Clasto que no fuera a opinar nada sobre lo que allí se hablara porque podría resultarle peligroso, habida cuenta de su condición de forastero desconocedor de las costumbres de los cretinos. El Maestresala acababa de despertar, efectivamente, pero de una siesta vacía de sueños, y si acaso los había tenido se trataba seguramente de uno de los que se quiere salir en el instante porque repiten los momentos más penosos de la vigilia: un león persiguiéndonos con las fauces abiertas o un hombre rechoncho moviendo sus manos blandas mientras intenta convencernos con dulzura de que debemos firmar nuestra propia condena a muerte.

–El hombre grueso de mis sueños es Benedicto –afirmó la muchacha con aire atemorizado–. El acostumbra  repartir los naipes y a quien le corresponda en suerte un as de espadas, deberá devolver la baraja con sumo cuidado, extraer de la funda la espada que le entrega el Maestresala y besar los rubíes del mango para introducirla de inmediato en el lugar exacto donde late el corazón.

–¿Ocurre así en realidad? –indagó Clasto, incrédulo.

–Míralos –señaló la muchacha hacia la fila de mendigos que iban entrando de uno en uno a la garita donde el Maestresala Benedicto repartía naipes–. El que no saca un as de espadas gana una sopa de chorizos adicional.

Acabada la competencia de los naipes, después que tres mendigos enterraron en sus corazones la espada flamígera del Maestresala, éste salió de su escondite y comenzó a caminar por la plaza pública arrastrando sus pies gotosos. Vestía una túnica de seda adornada con piedras de jaspe, zafiros y topacios. Una medalla de oro con la foto en bajorrelieve del Rey Gaspar colgaba de su cuello y un aro de plata rodeaba su cabeza. Cuando llegó frente a Clasto Edginebrés se detuvo de golpe, comenzando a respirar entrecortadamente y hablar de manera incoherente. No podía creerlo, le resultaba inaudito; llevaba las manos a los labios y a la cabeza mientras repetía: ¡Cuán pequeño es el mundo!, y otras expresiones que salían de su boca sin dientes en tanto abrazaba con cariño a Clasto.

–Al fin los universianos nos han enviado su embajador y te han nombrado nada menos que a ti –dijo finalmente el Maestresala y Edginebrés miró a la muchacha asombrado.

¿Quién es este loco?, pensó y en el acto quedó arrepentido. Salvador Lémur, entre sus advertencias antes de salir del Continente, le aconsejó no pensar nada ofensivo delante de los cretinos, pues algunos conservaban la antigua facultad de sus antepasados de leer dentro del cerebro del interlocutor más cercano. Y respecto al Maestresala, le había informado que el venerable patriarca era muy dado a equivocarse; como consecuencia más del hartazgo constante del vino de estrellas que por los años acumulados, miraba sus manos y aseguraba que se trataba de los pies. Nadie se atrevía a contradecirlo porque sus órdenes de arresto eran cumplidas de inmediato por los hombres del mariscal Caivás Edjuvitas.

–Que el Magister Domus te proteja –fraseó el Maestresala Benedicto y los mendigos echaron  sus cuerpos a tierra.

Entonces parece cierto lo de los formulismos, se dijo Clasto olvidando que debía evitar los pensamientos indebidos. Cada cretino, aseguraba Lémur, portaba una tarjeta de conteo personal y la violación de un formulismo como este de echarse a tierra cuando alguien mencionaba al Magister Domus costaba puntos negativos que iban a anotarse en las casillas cuadradas de la tarjeta. También él, Clasto, siguió el ejemplo de los mendigos y la muchacha, convencido ya de que Salvador Lémur tenía razón: había sido el Maestresala, disoluto, cobrador del derecho de pernada cuando el Rey Gaspar renunciaba al mismo porque la jovencita que contraía matrimonio no era de su agrado, el creador en el año dos de la falacia acerca de un Magister Domus que regía la Sociedad Universal de los Goces por conducto de su Gran Maestro, quien a su vez había encargado la gobernación de Creti al Rey Gaspar.

–O sea, que la estrella no se movió –le dijo Benedicto en tanto colocaba frente a la boca de una dama ricamente ataviada la medalla con la figura del Rey Gaspar.

Clasto Edginebrés estuvo a punto de confesarle al Maestresala su asombro, pues no había hablado de estrella alguna. Dos días después no se asombraría de nada de lo escuchado o visto en Creti: allí el asombro constituía un estado anímico sólo reservado para el Gran Maestro Universal de los Goces y el Magister Domus.

La dama, que Clasto suponía se trataba de la Reina Lila, miró con arrobo al Maestresala Benedicto como diciéndose  que había dejado mudo al forastero. Clasto Edginebrés en efecto quedó mudo, pensando que el anciano andaba cerca de la chochez y que los mendigos ya estaban cansados de esperar que el Maestresala diese la orden de servirles la sopa de chorizos.

Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías

ALGUNOS ELEMENTOS TÉCNICOS DE LAS OBRAS DE FICCIÓN NARRATIVA

En el centro de todo discurso narrativo de ficción existen tres factores determinantes de la comunicación:
-El autor, especie de dios o demiurgo de la creación;
-El narrador, instrumento creado por el autor que sirve de transmisor de sus ideas;
-El lector, que evalúa y juzga el discurso narrativo.

Me limitaré en este artículo a tratar aspectos bien importantes que debe conocer el lector para juzgar adecuadamente cualquier discurso narrativo de ficción, entre los que incluyo la novela y el cuento como géneros abarcadores de toda una gama posible de variantes que en la actualidad han dado por definirse, tales como minicuento, relato, noveleta y más modernamente relacionado con la técnica informática, el hiperrelato o hipertexto.

Para comenzar, debiera establecerse que en toda obra narrativa de ficción existen dos grandes compartimentos que sin estar absolutamente separados uno del otro, cada uno en particular tiene sus propios estatutos o reglamentos y a la vez elementos constitutivos. Estos compartimentos son lo extraliterario y lo literario.

En lo extraliterario entran todos aquellos elementos ajenos a la obra narrativa en sí misma pero que en un momento determinado interactúan con ella. Para que se tengan en cuenta durante futuras lecturas, enumero los más importantes:
-El autor, que crea la trama partiendo de una historia real o imaginaria pero siempre como reflejo de la realidad que él vive. Es por tanto dueño absoluto y responsable directo de su obra.
-El lector, que por algún motivo cualquiera lee la obra y adquiere sobre ella el derecho de juzgarla, aceptándola o rechazándola. El crítico literario es una forma de lector más especializado, pero a  fin de cuentas un lector igual que otro, con su ideología, idiosincrasia, prejuicios y gustos formados en un medio histórico-social concreto, de la misma manera que el autor.
-El tiempo histórico, que es aquel en que viven tanto el autor como el lector de una manera concreta, y por tanto pertenece a una determinada formación histórico-social que tiene su ideología dominante.

Dentro del tiempo histórico podríamos distinguir diferentes variantes constitutivas en distintos países, pero que no podrían separarse de este concepto general. Así, podríamos hablar de un tiempo cultural para referirnos a la cultura dominante en un período dado y que influirá tanto en el autor a la hora de escribir su obra como en el lector en cuanto a juzgarla.

No sería lo mismo escribir una novela cuando los valores culturales admitidos pasan por lo campesino que cuando se tamizan a través de lo citadino. Como tampoco escribiría de igual manera un autor que está influenciado por la cultura parisina que aquel que vive en un municipio cubano del llamado interior del país, donde existen una serie de prejuicios de índole supraestructual (étnicos, raciales, religiosos, políticos, etcétera) inexistentes en París.

Por las mismas razones, no juzgarían de igual manera la obra escrita por un autor dos lectores que viven en diferentes lugares, porque sobre cada uno ejerce una gran influencia esto que llamo de una manera un tanto elíptica el tiempo cultural.

El espacio real es un elemento a considerar al evaluar nuestras lecturas y podemos definirlo no solo como el lugar concreto donde se escribe o se lee una cierta obra narrativa, sino además el lugar donde se ha formado ese individuo concreto y que podría abarcar uno o varios espacios geográficos.

Así, para un mismo tiempo histórico pueden presentarse diferentes variantes tanto para el autor como para el lector. Pueden nacer en un espacio subdesarrollado y formarse en un espacio desarrollado. El traslado a un espacio desarrollado puede ocurrir durante la niñez, la adolescencia o la madurez. Pueden nacer en un espacio desarrollado y formarse en un espacio subdesarrollado.

También tiene influencia sobre el espacio real la formación político-social que sea dominante en el mismo, y de igual manera la cultura dominante o lo que podríamos distinguir como el espacio cultural, entendiendo por este último concepto como el lugar o los lugares concretos bajo un sistema cultural dominante que ejercen influencia sobre el autor o el lector.

Podríamos aún enunciar algunos conceptos complementarios tales como:
-Tiempo del escritor: época en la cual vive el autor.
-Tiempo de la escritura: cantidad de tiempo cronológico y psicológico que emplea el autor para escribir su obra.
-Tiempo verbal: el empleado en las diferentes oraciones en correspondencia con las reglas lingüísticas y que se resumen en pretérito, presente y futuro con sus distintas variantes.

Como conclusión, podemos decir que el conocimiento de lo extraliterario en una obra narrativa concreta ayuda a juzgar con más acierto lo literario.

La narrativa de la que aquí vengo tratando dije al principio que es la de ficción, y por lo tanto de lo que habla este tipo de narrativa es de hechos imaginados y creados por el autor, dispuestos de tal manera en una trama no que sean verdad (que es una categoría de lo extraliterario) sino que resulten verosímiles (creíbles, aceptables) por el lector.

De aquí que aun cuando pueda existir y de hecho existe una cierta correlación entre lo extraliterario y lo literario, lo primero es una realidad tangible en sí misma, con sus propias leyes físicas, económicas, políticas y sociales, es decir, leyes objetivas. Sin embargo, lo literario tiene también sus leyes particulares pero que tienen su fundamento en lo subjetivo del autor y del lector y no en lo objetivo del mundo que nos rodea.

Abundando en este concepto de lo extraliterario, diremos que sus leyes pasan por un proceso psicológico tanto del emisor (autor) como del receptor (lector), de manera tal que eso que algunos críticos llaman erróneamente mensaje (para mí en realidad, un proceso de comunicación) depende tanto de la interpretación subjetiva que hace el autor acerca de la realidad real como de la interpretación subjetiva que realiza el lector acerca del texto narrativo.

Sentados estos precedentes, enumero los elementos más importantes de una obra narrativa:
-El narrador, que es el sujeto de que se vale el autor para contar una serie de eventos ordenados como una trama, de manera que resulten verosímiles.
-El narratario, que es el elemento de ficción al que dentro de la trama, desde el punto de vista literario, va dirigido el discurso narrativo. Conceptualmente, es una función obligatoria en todo texto aunque su presencia no esté marcada.
-El tiempo fabular o de la acción, es aquel dentro del cual se mueve la trama que viene contando el narrador. Se diferencia del tiempo histórico (que es siempre lineal, del pasado al presente al futuro) en que puede organizarse de muy diversas maneras y por lo general no se ajusta a las secuencias cronológicas de la vida real.

El manejo del tiempo en las diferentes escenas de un texto narrativo crea una cierta atmósfera, un cierto transcurrir más lento o más acelerado en dependencia de las circunstancias que se están narrando. No es lo mismo describir un paisaje (momento del relato en el debe darse la sensación de que el tiempo se detiene) que contar una pelea de perros (ocasión que debe comunicársele al lector la sensación de que todo transcurre en infinitesimales fracciones de segundos). Podríamos entonces designar esta variante de lo temporal como tiempo atmosférico, pero sin olvidar que no se trata de una categoría independiente del tiempo fabular.

El espacio fabular o novelesco es aquel que se nos presenta dentro del texto narrativo y que el lector acepta con unas leyes propias que son independientes del espacio real.

En un  espacio fabular determinado, los personajes podrían levitar, tener muelles en lugar de pies o estar facultados para regenerar a voluntad sus brazos e incluso crear miembros corporales totalmente nuevos, siempre que tales acciones resulten verosímiles para el espacio fabular de una obra narrativa concreta.

Por lo tanto, de lo que trata lo novelesco es de una realidad literaria sin las ataduras de la realidad real, donde todo es posible siempre que resulte verosímil para el lector.

Los actantes van más allá del concepto de personaje porque más que meros actores que representan a seres humanos están referidos a determinadas funciones necesarias dentro del terreno de las acciones que deben existir para que haya trama. Entonces, diremos que lo actancial es la función narrativa que cumple cada personaje, por decirlo de tal manera que complazca a los amantes de las definiciones. Yo prefiero decir que un personaje es válido en una obra  narrativa si realmente cumple una función lógica y entonces se trata de un actante.

Por ejemplo, el personaje Juan en una novela no sería más que un nombre aunque lo describiésemos física y psicológicamente, y solo pasará a ser actante cuando deje de ser mero relleno para justificar páginas y sirva por ejemplo para llevarle un mensaje al protagonista de la trama diciéndole que vienen tres asesinos a acabar con su vida.

El ratón es un actante cuando por haberse comido el queso provoca que el gato comience a perseguirlo. La función actancial del ratón en esta supuesta historia sería comer queso (agresor) y la función actancial del gato perseguir al ratón (defensor).

El concepto de actante evita al autor que acepta tal presupuesto de la teoría literaria, crear personajes irrelevantes y gratuitos.

El asunto que narra un texto no puede confundirse con el tema. El tema es lo general (el amor, la pasión, el sexo, la muerte) en tanto el asunto es lo particular que trata una obra narrativa concreta por cada tema elegido (el fracaso matrimonial de una pareja que juró durante el noviazgo amarse hasta la muerte; una mujer es incapaz de olvidar a un hombre que no la ama; la violación que comete un médico drogando a una paciente; la pérdida de la mujer amada por culpa de un accidente del tránsito).

Con estos ejemplos estoy advirtiendo que durante la lectura de una obra narrativa resulta importante delimitar primero el tema y luego el asunto para estar en condiciones de enjuiciar adecuadamente dicha obra.

Una escuela en lo educativo es el lugar que sirve para enseñar ciertas disciplinas a un grupo de educandos por parte de los maestros o profesores. Una escuela en lo artístico designa determinada corriente creativa que partiendo de un  maestro (figura cimera y representativa) genera detrás de sí una cierta cantidad de epígonos (seguidores).

Por ejemplo, el barroco cubano en la literatura sin lugar a dudas es una escuela literaria que parte de un maestro como Alejo Carpentier. Aun cuando antes hubo otros cultores de esta corriente, fue él quien llevó a la novelística contemporánea de Cuba el decir recargado en lo lingüístico y el afán por mostrar paisajes exóticos con un lenguaje desbordado de imágenes y de palabras rebuscadas.

No quiero mencionar otras posibles escuelas literarias porque para mí este concepto siempre sería totalmente discutible, el que más atañe desentrañar a la historia literaria que a la narratología porque, ¿quién es el maestro americano del modernismo, Martí o Darío? Para la narratología, esto carece de relevancia: lo importante es saber que existen el barroco, el modernismo, el clasicismo, etcétera, que todas han sido y serán corrientes de la vanguardia en una determinada época concreta y en un país específico.

Solo he apuntado conceptos muy elementales que pertenecen al campo de la narratología, ciencia que se encarga de estudiar el nivel diegético de los discursos, que es el nivel que despliega o pone de manifiesto la sintagmática de las acciones. Otras disciplinas que ayudan a la narratología como instrumentos de trabajo son la lingüística, la semiótica, el estructuralismo y la hermenéutica.

Invito a los lectores a indagar en textos más amplios sobre el tema, los cuales los llevarán a descubrir los elementos técnicos de que se valen los escritores para fabricar sus obras narrativas, aunque yo en su momento compartiré algunos artículos que ponen de manifiesto cómo los he utilizado para crear algunas de mis novelas.

Criterios personales sobre la técnica literaria
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