Blog del escritor Andrés Casanova

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¿Cualquiera puede escribir narrativa?

Digo para empezar, que describir por escrito un hecho del que se ha sido testigo o ha sido contado por otro, pudiera realizarlo cualquier persona medianamente instruida que domine las reglas fundamentales de redacción, algo de estilística y tenga una adecuada ortografía, técnicas todas que pueden aprenderse en un aula o con auxilio de un manual o un profesor. Incluso, esa persona podría describir adecuadamente lo que ha visto o está mirando, luego revisarlo y con algunos retoques formales lograr un texto comprensible para el lector.

Ahora bien, yo no hablo acerca de describir hechos de lo que llamamos la realidad real, sino de escribir narrativa, entendiendo como tal los géneros cuento y novela, los que caen dentro del campo de la realidad literaria, y que por lo tanto no se ocupan de una historia verídica sino que relatan una trama, o lo que sería igual, un texto o discurso narrativo que a pesar de parecer la realidad misma del mundo que nos rodea, pertenece al mundo de la ficción. Téngase en cuenta que ficción no es sinónimo de mentira. Ficción quiere decir crear una nueva realidad ideada por un escritor partiendo de la ya existente y conocida por todos.

Y ya que decido meterme en esta especie de jardín, trataré de no dañar las flores, aunque me propongo llegar hasta el final del mismo.

En primer lugar, digo que el acto de escribir narrativa requiere de que la persona que va a realizarlo en primer lugar tenga el talento para ello, que no es la simple imaginación, ni el saber describir de manera ramplona lo que está mirando, ni siquiera redactar adecuadamente un texto de varias páginas: hay que haber nacido con ese talento. Según unos, lo da Dios; según otros, es un resultado de lo genético lindando con lo hereditario; pero con independencia de la explicación que se acepte para eso que llamamos talento para…, lo que sí considero que no sea discutible es que cada persona de manera individual nace más apta para determinados oficios que para otros. Hay quienes suelen ser digamos unos excelentes choferes, sin embargo, son incapaces de manejar un arma con puntería. Lo que quiero decir con este ejemplo ilustrativo es que quien haya nacido para periodista no quiera convertirse en ingeniero porque va a fracasar; el que está dotado con grandes iniciativas como comerciante de implementos deportivos, casi de seguro que si se pone a vender alimentos fracasaría. ¿Pueden ser todos boxeadores, o todos médicos, o todos constructores de casas, o todos artistas plásticos, o todos actores? Considero que no: cada cual está constituido desde su nacimiento para determinados oficios (por no encerrarlo a uno solo) y el acto de escribir narrativa desde este punto de vista es un oficio más.

¿Todos los que nacen con talento para ser escritores de narrativa llegan a serlo? La respuesta mía es no, porque no todos comprenden que una vez que descubrimos nuestro talento, si pretendemos desarrollarlo estamos obligados al duro ejercicio del aprendizaje de la técnica del oficio. Y es ahí cuando fracasan muchos: cuando no quieren comprender que existe una técnica narrativa que se ha ido sedimentando durante años por la historia, que cada escritor que ha sentido la necesidad de un nuevo procedimiento técnico ha tenido que inventarlo (comparo este fenómeno con la invención del primer martillo por parte del carpintero, o del primer cuchillo por parte del carnicero, o de la primera planilla por el burócrata prehistórico) y los investigadores o críticos literarios han ido sistematizando tales descubrimientos en lo que se ha llamado la Teoría Literaria.

Entonces, ¿cualquiera puede escribir narrativa? Mi respuesta: no. Sólo pueden escribir narrativa quienes hayan nacido con el talento para hacerlo. ¿Todos los que tienen talento para escribir narrativa lograrán hacerlo? Mi respuesta: no. Sólo llegan a escribir narrativa entre los que nacieron con el talento para hacerlo, aquellos que comprenden que este es un oficio con sus reglas, y que deben aprenderse antes de intentar escribir palabras que a la larga formarán oraciones, y oraciones que formarán párrafos y párrafos que llenarán páginas.

Prometo hablar en otro artículo acerca de algunos elementos técnicos de la narrativa contemporánea, para aquellos que están interesados en conocer ciertos secretos del oficio.

Criterios personales sobre la técnica literaria

Homenaje a Rubén Darío

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Mario Ramón Mendoza (ver https://tierramutante.wordpress.com/) está organizando una gran fiesta: celebrar en Youtube los 130 años de la aparición del poemario Azul, de Rubén Darío. Por tal motivo, será presentado Azul verde… Verde azul, primer libro llevado en vivo a la red en la historia de la literatura mundial por los poetas antologados en homenaje al nicaragüense que es además de la América y del mundo.

Entonces… el 15 de agosto es la fiesta. Aquí están mis poemas.

Comentarios sobre mis lecturas, Fragmentos de mis novelas, cuentos breves y poesías, Sin categoría

Confesiones íntimas de Larry Díaz: sinopsis, resumen y muestra de un fragmento inicial

Título del libro: Confesiones íntimas de Larry Díaz

Género: Novela breve

Ilustración probable sobre foto propiedad del escritor:

Sinopsis:

El personaje principal, Larry Díaz, nos cuenta sus relaciones con Marina Altuna, una jovencita libertina que vive en la Cuba de la actualidad y que disfruta de una posición económica privilegiada. Larry, procedente de una familia obrera con escasos recursos, decide explotar su carisma y sus facultades amatorias para vivir de Marina, quien durante un tiempo ha estado enamorada de él.

Resumen argumental:

El tema central de esta novela es el oportunismo de un joven que desde muy temprana edad aprendió a fingir quien no es en realidad, ante sus padres, en la escuela, entre sus amigos, y ya en la adolescencia se ha convertido en un oportunista redomado. Lo que nos cuenta, en realidad, va mucho más allá que sus relaciones íntimas con Marina.

Muestra de un fragmento inicial:

Soy Larry Díaz. Conozco de la intimidad a Marina Altuna, no voy a negarlo. He bebido ron hasta hartarme con su hermano gemelo Tony. Mari Cristin es una puertorriqueño-cubana que conocí en Santiago de Cuba en una fecha tan exacta como el 15 de agosto de 1995, porque ese día comenzamos un curso de verano en la Universidad de Oriente y tuve con ella un pequeño flirteo, solamente eso porque los celos de Marina me impidieron consumar otros actos como no fueran algunos besos y unas caricias de prisa. Mari Cristin me juró por sus padres muertos que era virgen, y aunque no me importó su confesión para empezar a desnudarla, cuando ya solo le quedaba una última prenda íntima color crema entró Marina donde estábamos.

Sobre mi vida personal antes de ser quien soy, voy a decir a manera de resumen que tengo intenciones de contarla, pues aunque considero la privacidad de las personas su coto cerrado me tomaré la libertad de hacer algunas confesiones y por qué no, de ofrecer ciertos datos reales sobre mí, siempre que sirvan para refutar los calumniosos comentarios que he leído, tanto lo escrito por Marina Altuna como por su hermano Antonio. Aclaro antes de comenzar mi testimonio, que no sé todavía por qué escribo este texto y desconozco también el destino final que pueda darle, comprometido como me encuentro con mis propias responsabilidades y circunstancias de vida, aunque si no me defendiese de las mentiras de dos individuos como los mellizos Altuna podría involucrarme con ellos, convirtiéndome así en un ser tan deleznable como ambos; por lo tanto, guardaré mi escrito en una gaveta y cuando nada me ate a ninguna obligación moral, legal ni material, daré respuesta cumplida a las calumnias de estas dos ratas gemelas que un día malhadado conocí cuando entré a la escuela primaria donde una vez compartimos libros y pupitres, maestros y juegos, incluso hasta sueños.

Sin más preámbulos, comienzo mis confesiones.

Desde pequeño fui un soñador. Recuerdo ahora aquella oportunidad que fui con mis padres por lo que era entonces el camino de Las Canoas a la casa de un tío o de un amigo de papá, ya ni me acuerdo bien. Tendría entonces unos cinco años o quizás siete, que a uno se le confunden en la memoria los hechos de cuando era niño. Lo que no he olvidado es que estábamos pasando cerca del aserrío de los hermanos Lermas, una gente muy famosa que eran socios de Mariano Altuna, el abuelo de Tony y Marina, y ví unos bolos enormes de madera, y como mis padres iban conversando de sus cosas, porque nunca me oían lo que yo les estaba diciendo, que quería ser actor para hacerme famoso y que me aplaudieran cada vez que saliera a la calle, de pronto tropecé con unos de aquellos bolos y mi cuerpo se desparramó por el suelo mientras yo gritaba adolorido: “¡Ay que me rompí una pierna que me rompí una pierna y no me puedo parar!”. Entonces mi padre me ayudó a levantar, sentándome arriba de uno de los bolos y cuando iba a salir corriendo en busca de un automóvil para llevarme al hospital, le solté una carcajada en la cara.

–¿Pero de qué tú te ríes muchacho? –gritó papá con una de esas incomodidades que siempre cogía cuando yo lo sacaba de su forma habitual de ser con lo que él llamaba mis estupideces, y cuando le contesté que todo era mentira, que era para que vieran lo bien que sabía actuar, mientras se quitaba el cinto me llamaba con las peores ofensas del mundo y mamá que no le pegues hombre pero él ni caso le hizo, porque mamá para él era como un ser inexistente.

Aquella golpiza acabó por hacerme comprender que mejor me aconsejaba a mí mismo, ya que con mis tres hermanos mayores no podía contar para nada, ellos decían que eso de querer ser actor era cosa de homosexuales y ni se fijaban en mí. Cuando aprendí a leer, el mejor consejo que me dí fue empezar a fingir dentro de la casa, donde tenía que esconder los libros de Sandokan y de Julio Verne dentro de los libros del colegio para que creyeran que estaba estudiando cuando en verdad lo que hacía era divertirme con lo que escribían otros.

Así, entre lecturas y ensueños sin estar dormido pasaba mi vida hasta que en tercer grado me cambiaron de escuela porque nos mudamos de casa para una zona donde antes era exclusivo para la gente de dinero como las familias Lermas, los Gutiérrez Altea, los Arenas Casamayor y los Altuna por ejemplo, gente famosa en el pueblo por la plata que tenían, por los autos que se compraban del último modelo o porque todos decían que eran gente bien decente, de la alta sociedad, de lo mejor que había en nuestra ciudad.

Mi papá trabajaba de tornero en una fábrica recién abierta por el Estado en lo que se empezaba a llamar entonces la Zona Industrial y como era una persona bien introducida en esto y aquello logró que le asignaran una casa en la zona vieja de la ciudad, allí donde la gente vestía mejor y estaban las residencias con más de tres siglos según el historiador Víctor Zequeira. Mamá, que no trabajaba y tenía que administrar con la mano cerrada la parte del salario que papá le daba para la comida, según ella muy poco dinero porque a lo mejor tenía otra mujer, siempre estaba avergonzada con mi ropa remendada una y otra vez, las camisas y los pantalones de mis hermanos mayores cuando ya no les servían los transformaba a la medida de mi talla cosiéndolos en una vieja máquina Singer que había pertenecido a su madre y sobre todo era obsesiva con mi uniforme escolar. “¡No juegues a las bolas con el uniforme!”; “¡No te limpies la nariz con la camisa que bastante puño tengo que darle en la batea para blanquearla!”; “¡No te eches los trompos en el bolsillo del pantalón que la punta le hace un hueco!”, eran sus expresiones favoritas para dirigirse a mí cuando estaba contenta. Cuando se encontraba incómoda porque papá llegaba borracho del trabajo o con marcas de creyones de labios en la ropa de salir, era mejor que no me le acercara y lo que yo hacía en esos casos era meter un libro de los que compraba con el dinero de la merienda dentro de cualquier libro de la escuela y sentarme en un lugar donde ninguno de mis hermanos tropezara conmigo para que no me gritaran: “¡Quítate de mi camino!”.

Me acuerdo de la primera vez que entré a la escuela primaria Ramón de la Cuesta, porque a quien primero vi fue a Marina Altuna en un pupitre con la silla vecina desocupada. No sabría decir ahora mismo cómo se me representó en mi imaginación de niño de ocho años aquella muchachita de piel fina como nunca la había visto, pues no me queda otra alternativa que describirla de la manera en que lo hace Alfredo Bryce Echenique en una novela que me marcó como aprendiz de escritor, Un mundo para Julius, y decir que como la Susan de esta novela, a la Marina Altuna de ocho años la recuerdo rubia hasta el deslumbramiento.

El maestro Alberto Torres Caincedo se encargó de despertarme de mi ensueño en un tono bien parecido al de mis padres cuando les daba por odiarme, aunque por supuesto sin las ofensas en forma de malas palabras.

–Oiga, Larry, acabe de despertar y siéntese al lado de Marina –ordenó el maestro señalando con su dedo parecido a un espárrago hacia el asiento vacío al lado de la rubia deslumbrante y fue necesario todavía que mamá me soltara la mano a la vez que me metía uno de sus pellizcos que me ponían a ver escobas de brujas, para que yo volviera al mundo de muchachos bullangueros que se reían de mí por lo apocado que me mostraba en mi primer día con ellos.

Cuando pasé cerca del que a partir de la hora del recreo sería para mí Tony Altuna o simplemente Tony el Loco, oí que dijo en tono amenazante:

–Oye, guajiro, si tocas a mi hermana te rompo la boca.

Ese fue el recibimiento que me hicieron en la antigua Academia Comendador, ahora convertida en escuela pública en la que el hijo de un tornero como yo podía estudiar gracias a que durante la Ofensiva Revolucionaria del gobierno cubano cuyo jefe era Fidel Castro habían intervenido las escuelas privadas, lo que llevaba a papá a repetir una y otra vez:

–¿Se dan cuenta lo justa que es nuestra Revolución? Yo no pude entrar en esa escuela cuando era una academia privada y ahora todos mis hijos están estudiando en ella.

En realidad el estudio durante la etapa de la escuela primaria no me fue tan mal, pudo haberme ido peor. Ya para la fecha que les cuento no había en el país diferencias entre ricos y pobres o mejor dicho, no había ricos y pobres. Los mellizos Altuna ya no eran hijos de un padre burgués sino de un individuo que según decían se había ido con la escoria cuando el éxodo del Mariel, y aunque a veces Tony se las daba de matón había uno en el aula, Rogelito Castillo, que le ponía un puño en la boca a la hora de los recreos y le decía:

–Si no me das tu merienda sabrosa te digo escoria delante de Elianita y te rompo la boca.

Elianita era una novia de Tony Altuna, quiero decir novios de mirarse y de decirse que eran novios como yo lo era ya de Marina aunque ella no se había enterado.

Apenas descubrí que Tony le tenía miedo a Rogelito Castillo le dije:

–Tienes que fajarte con él.

–¿Tú eres bobo? Mete unos piñazos que parecen macetazos –me respondió asustado.

–Si no te fajas con él no te va a dejar vivir.

–¿Tú quieres que te diga la verdad?

Tony Altuna se quedó mirándome con sus ojos azules. El vaho del orine acumulado en aquellos urinarios desconchados de la escuela me penetró profundo por las fosas nasales al compás de la pregunta de Tony.

–Dime.

–Yo nunca me he fajado. Papá me decía cuando yo era más chiquito que para ser hombre no hay que fajarse, que lo único que hay que tener es plata en abundancia para pagarle a alguien que lo haga por uno.

Me sacudí con rapidez y miré a Tony, que ya se estaba abrochando la portañuela.

–Si no te fajas con Rogelito te digo escoria delante de Elianita y te rompo la boca –lo amenacé al estilo de Rogelito.

La amenaza mía para decirlo de forma exagerada surtió un efecto devastador. Antes de que se acabara el recreo Tony se acercó donde estaba Rogelito Castillo jugando a las bolas con su primo Alfonso. Nos habíamos puesto de acuerdo cuando salimos del servicio sanitario: si Alfonso se metía en la bronca, yo le entraba a piñazos y en ese caso Tony Altuna me pagaría dos pesos.

–¡Oye, quítate del medio que voy a pasar! –dijo Tony Altuna envalentonado porque yo le había prometido ayudarle también a pegarle a Rogelito si éste en algún momento le estuviese ganando la pelea.

Rogelito se fue levantando como si le diera pena creer lo que había dicho Tony Altuna, hasta que sus dos ojos estuvieron justamente delante de los dos ojos de Tony.

–¡Te volviste loco!

Se lo dijo en tono de te-voy-a-despetroncar o te-voy-a-partir-la-vida, no me acuerdo, después los demás del aula hacían el cuento a su manera y aseguraban que Rogelito no dijo nada, sino que le partió para arriba a Tony Altuna como un bólido, aunque yo estoy seguro que sí dijo algo. Lo que vino después fue más rápido que un tsunami. Puños cerrados, puños contra la boca, puños contra el estómago, puños contra la espalda, puños contra la nariz, puños contra el vientre: Tony Altuna huía por todo el patio, gritando auxilio auxilio auxilio y detrás el coro de todos nosotros: “¡Tony Altuna, harina, parece una gallina!; ¡Tony Altuna, zanahoria, el hijo de un escoria!”, hasta que una figura alta y flaca que señalaba con un dedo parecido a un espárrago, es decir Alberto Torres que para entonces era el director de la escuela, salió acompañado de otros maestros y todos nos estuvimos quietos, nadie estaba gritando, yo pasaba por ahí de casualidad, yo iba para el baño en ese momento, yo iba a comprar un helado: fue como si los únicos que estuvieran en el patio en el momento de la pelea hubieran sido Tony Altuna y Rogelito Castillo.

El director Alberto Torres era un bárbaro para averiguar lo que pasara en cualquier parte de la escuela. No puedo asegurar que tuviera vigilantes entre nosotros o que fuera espiritista como mi tía Mercedes la que decía adivinar con un vaso da agua magnetizada, el caso es que al poco rato me fueron a buscar de su oficina y no pude negar que yo había convencido a Tony para que se fajara con Rogelito.

–Usted no lo convenció, lo amenazó.

–Bueno, sí.

–Mañana lo quiero aquí con sus padres, que vamos a celebrar un juicio.

Cuando llegué a la casa a la hora del mediodía no sabía cómo decirlo. No hablaba con nadie, casi no almorcé, no respondí a las burlas de mis hermanos que como otras veces trazaban una eme en el aire con sus dedos cuando papá y mamá no los estaban mirando, porque sabían que eso me ponía rabioso: yo estaba enamorado de Marina y en el colegio se había corrido la bola. Mi hermano que estaba en sexto grado lo sabía.

Mamá fue la única que se preocupó por preguntarme qué me pasaba al verme los ojos llenos de lágrimas. Después de muchas amenazas y ofensas, determiné no seguirlo ocultando. Cuando lo dije, la casa se convirtió en una especie de pelea de gallos.

Aquel sería mi primer y último conflicto escolar.

Al regreso a casa en horas de la tarde papá me estaba esperando sentado en medio del patio en un viejo taburete forrado con piel de chivo sin curtir. Desde que lo vi debajo de la mata de tamarindo cuando iba acercándome con mi viejo maletín escolar en una mano, presentí lo peor: hoy habría jaleo.

Mi imaginación trató de adelantarse en un haz tumultuoso, pero no fui capaz de descubrir lo que me sobrevendría.

Apenas puse un pie en el umbral, mamá se encargó de sugerirme lo que sucedería de una manera bien gráfica:

–¿Hay merienda? –dije.

–Debajo de la mata de tamarindo –dijo.

Papá fue conciso en sus argumentos conmigo. Le resultaba vergonzoso que se hubiera hecho una Revolución tan justa, que ofrecía medicina y estudios gratuitos para todos, empleo para todos, libreta de abastecimientos que establecía una cuota de comida por persona para que hubiese alimentos para todos, igualdad para todos porque se acabaron las diferencias sociales, pero sobre todo dignidad para todos, por ejemplo, él que era hijo de unos miserables carboneros en Punta Martinas no sólo había sido galardonado con el carné de militante del Partido Comunista de Cuba sino también nombrado Coordinador de la Zona 8 de los Comités de Defensa de la Revolución, en fin, tantos ejemplos me puso papá y al final terminó su diatriba con la siguiente conclusión: “¿Entiendes? Porque yo soy esa Revolución no te voy a permitir sin castigarte que me hagas pasar por la desvergüenza de ir al ver al director de la escuela para que me diga que te portaste mal, que te portaste mal precisamente en la escuela donde quieren hacerte una persona útil a la sociedad”.

–Sí, porque para mí es una vergüenza que seas amigo de los Altuna, esas escorias a los que odio por ser hijos de un burgués que se fue para los Estados Unidos –dijo cuando yo creía que había terminado de aleccionarme y entonces comenzó el otro castigo.

Cintazos van cintazos vienen, brazo contra brazo y ven acá so basura, so gusano infeliz. De nada valieron mis carreritas de oveja desvalida, porque me atrapó llegando a unas costaneras casi podridas, me apretó con un poderoso brazo contra las tablas mientras el otro subía y bajaba sin importarle mis berridos. El temblor sacudía mi cuerpo, sus ofensas gritadas a voz en cuello me herían tanto como los golpes, y poco a poco fui perdiendo la noción del tiempo y del espacio.

Hasta que sentí cómo el agua me corría por la cabeza y al abrir los ojos ví la sonrisa de papá, torva y candente.

–Eso es para que aprendas que los revolucionarios no se vuelven jamás cómplices de los burgueses convertidos en escorias –dijo.

A partir de entonces, el odio envolvió mis relaciones con Tony Altuna mientras que Marina se convertía en un sueño inalcanzable.

Tony había declarado en aquella especie de juicio presidido por el director Alberto Torres Caincedo que yo le había obligado a irse a los puños con Rogelito Castillo y éste dijo que era verdad, porque Tony siempre le había tenido terror. Alfonso, el primo de Rogelito, fue el que dio a conocer el secreto de los dos pesos que me pagó Tony, de tal manera que los tres quedaron como testigos contra mí y por lo tanto menos culpables de un conflicto en que yo salía tan condenado como si me hubiese fajado contra mí mismo. La lección me sirvió de enseñanza para el futuro: jamás volví a confiar en nadie.

Mis intenciones con Marina se volvieron enfermizas, con el deseo de venganza contra los Altuna: si un día lograba convertirla en mi novia y convencerla de que se acostara conmigo (ya estábamos en sexto grado, en una época en que el sexo y su manipulación nos era enseñado en las clases de Biología Humana por la profesora Estelita Ramírez, quien no sólo enseñaba sobre el sexo en las clases según decían, sino que también lo practicaba con varios profesores), pensaba presentarme con ella de brazos donde estuviera mi papá y decirle como bandera de triunfo: “Ya la Altunita que aquí ves no es virgen gracias al escoria este que es tu hijo”.

Claro que se trataba de sueños literarios (para este tiempo, escribía poemas a escondidas, por miedo a que los del aula me dijeran homosexual, como les decían en Cuba en esa época a los artistas y escritores), porque sabía que papá en ese caso iba a responder con su ancho cinto contra mi espalda, pero al menos la venganza mental tranquiliza a los débiles: admito que yo era débil entonces, porque no había logrado vengarme de los Altuna.

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La doble vida de Agustín Machado: sinopsis, resumen y muestra de un fragmento inicial

Título del libro: La doble vida de Agustín Machado

Género: Novela breve

Ilustración probable sobre obra pictórica

de Carlos Manuel Casanova:

Sinopsis:

Narra la dramática decisión que enfrenta un marxista convencido, militante del Partido Comunista de Cuba, en una época cuando primaba la más absoluta intolerancia contra el homosexualismo.

Resumen argumental:

Agustín Machado, alto funcionario estatal cubano, es acusado de homosexual. Aunque el asunto en apariencias queda enterrado en la niebla, al trasladarse hacia una ciudad del interior del país huyendo del escándalo descubre que no ha adelantado nada: allí también llega a conocerse su pasado.

Muestra de un fragmento inicial:

Cuando comienza esta historia, era yo el primer secretario del núcleo del Partido Comunista en la fábrica de implementos agrícolas de Punta Martinas, ciudad costera al norte del oriente cubano caracterizada por su extrema limpieza y la respetuosidad de los ciudadanos en sus calles. Aunque ocupaba un cargo administrativo apenas tenía tiempo para ocuparme de mis obligaciones laborales, imbuido como estaba siempre en las tareas partidistas. Y es precisamente esta ocupación constante en las actividades políticas la que me brindó el material necesario para adentrarme en la vida de Agustín Machado.

Llegó a la fábrica una mañana calurosa, con todos los documentos que se establecían para aceptar a un nuevo trabajador. Luego de casi dos horas en la oficina del Departamento de Personal sudando a chorros por la falta de un ventilador, salió en mi búsqueda. Me halló en uno de los talleres del fondo y luego de relatarme las peripecias desde su llegada, me dijo:

-Soy militante del Partido. Me han informado que debo mostrarle a usted mis documentos.

Lo hice esperar varios minutos hasta concluir mi participación en una disputa surgida entre el secretario general del sindicato y uno de los obreros del taller de los tornos, y fue cuando verdaderamente reparé en él.

De una excesiva blancura en la piel, peinaba sus cabellos hacia atrás de modo que le caían en lacia melena casi hasta el final del cuello. Sus ojos verdes le daban en su conjunto un vago aspecto de extranjero o artista de cine, y sus modales sugerían que se trataba de un individuo en extremo educado.

-Quisiera incorporarme cuanto antes a las tareas del núcleo -dijo cuando nos apartamos hacia un lado para evitar que alguien fuese testigo involuntario de nuestra conversación-. No me gusta estar mucho tiempo fuera del río, como acostumbraba a decir mi padre.

Expresó brevemente su procedencia, hablando en tono humilde, sin jactancias. Había trabajado en los laboratorios farmacéuticos de la capital y una mudanza inesperada a Punta Martinas lo ponía en la necesidad de aceptar la primera propuesta que le hicieron en la oficina del Ministerio del Trabajo, donde había ido a solicitar ubicación laboral según lo establecido. Sus conocimientos de especialista en la química le daban cierta posibilidad de trabajar con nosotros en el análisis espectral de las fundiciones que se realizaban en la fábrica, y aunque se trataba más bien de una tarea rutinaria no dudó en aceptarla.

-Desde luego -me aclaró-, sólo tomo este trabajo como algo provisional.

Nos quedamos mirando un rato en silencio y advertí que estaba hurgando dentro de mi cerebro.

-Sabe, se me parece usted tanto a Rolando, un gran amigo que tuve en la capital.

Levanté la cabeza sorprendido, como si hubiera sido objeto de una ofensa.

-¿Qué quiere usted decir?

Agustín reaccionó algo turbado.

-Disculpe… disculpe. No he querido ofenderle…

-Me parezco a mí mismo -fui brusco al hablar.

-Ya le pedí disculpas -me dijo con firmeza, casi con violencia-. Lo acepto a usted como mi dirigente político porque yo no estaba durante su elección. Pero sepa que en cuanto llegue la renovación de mandatos, si aún estoy en la fábrica apelaré a la democracia partidista para influir en que no sea usted de nuevo el primer secretario.

Era una amenaza. Que de resultar exitosa me privaría de mis atribuciones como conciliador de intereses entre los trabajadores, el sindicato y la administración; y también me impediría empujar la puerta del director de la fábrica a cualquier hora del día.

-Discúlpeme usted a mí -me excusé-. Realmente he sido un poco brusco. Es que, entiéndalo, estoy terriblemente agotado. Trabajo demasiado, y aun me citan a reuniones en el Comité Municipal del Partido a las que debo asistir en horas de la noche y de las que salgo casi de madrugada.

Con el paso de los días mis relaciones con Agustín Machado comenzaron a suavizarse. Sin embargo, cada vez que me acercaba al nuevo militante de mi núcleo partidista sentía que de su persona emanaba un extraño ambiente de misterio.

-Quisiera que aceptara una invitación mía -me dijo una tarde de diciembre.

Lo miré a la cara, oscurecida por la penumbra de un sol que comenzaba a ocultarse. Yo recorría las áreas de trabajo casi al término de la jornada y me había acostumbrado a esperar los minutos finales en el laboratorio conversando con Arminda, la jefa de aquel sitio atestado de equipos y útiles de ensayo propios de nuestra producción fabril.

-¿De que se trata? -le dije amable mientras tomaba en las manos la taza de té con que acostumbraba obsequiarme cada vez que me acercaba al puesto donde ejercía sus labores.

-He descubierto algunas irregularidades en la fábrica… diríamos problemas relacionados con la moral… que sin llegar a ser delitos… de enterarse los obreros… resultaría fatal para todos los militantes -titubeó varias veces antes de concluir la idea.

Mantuve el silencio algunos segundos antes de pronunciarme. Para disimular que estaba ganando tiempo bebí un sorbo de té. Era frecuente que los militantes del Partido me comunicaran asuntos en extremo delicados y con esa información yo solía evitar conflictos en aquel conglomerado de unos quinientos trabajadores, hablando con el secretario general del sindicato, el director o cualquier otro de los implicados.

-Podemos conversar ahora mismo -sugerí.

-Son casi las cinco de la tarde y si dejamos que el ómnibus de la fábrica se marche no tendríamos muchas posibilidades de salir de este lugar. Como usted sabe, por la escasez de combustible han eliminado la ruta de ómnibus pública que llegaba hasta acá.

-Siempre encontraríamos alguna manera de salir.

-Prefiero no quedarme luego de concluir la jornada laboral -reaccionó nervioso-. El vigilante de la puerta principal podría suponer que nos hemos quedado haciendo algo indebido y quizás estaríamos dando lugar a las murmuraciones de los trabajadores sin sentido alguno. Usted bien sabe que en los últimos días se han estado perdiendo mercancías de los almacenes y aún no se han encontrado los culpables.

A pesar de mi insistencia, no logré convencerle y en horas de la noche fui a visitarlo al pequeño apartamento que mantenía alquilado en las afueras de la ciudad. Me recibió con evidentes muestras de cordialidad y advertí en él una pulcritud extrema, como no acostumbraba en la fábrica; emanaba de su cuerpo un tenue perfume de agua de rosas y vestía una hermosa bata anudada a la cintura, estampada con lunas azules y cimitarras de diferentes tamaños.

Estuvimos charlando largo rato sobre asuntos triviales, mientras bebíamos de un excelente café preparado en una cafetera exprés niquelada, objeto que yo veía por vez primera en mi vida.

-Me la regaló aquel amigo que le mencioné una vez -vaciló antes de continuar, quizás recordando el enojoso incidente surgido entre nosotros el día de su llegada a la fábrica-, quiero decir, Rolando. Él salía con frecuencia al extranjero donde concertaba contratos de compra destinados a la industria farmacéutica y tenía por costumbre traer recuerdos destinados a sus amistades. La adquirió en Madrid por un precio que a mí todavía me parece irrisorio.

Bebimos varias tazas de café mientras dialogábamos acerca de la grave crisis en que se vería envuelto nuestro país si, tal como parecía, la Unión Soviética se desintegraba de nuevo en pequeños estados. Algunos países que se habían declarado socialistas durante la segunda guerra mundial ya navegaban en la corriente del liberalismo y el tema le interesaba sobremanera a Agustín.

-Se nos acabarán las comodidades materiales -sentenció en voz baja, como si temiera que alguien más lo estuviera escuchando- porque no es secreto que los soviéticos sostienen de manera generosa nuestra economía.

Calló unos instantes y yo tuve la impresión de que andaba buscando un pretexto para que mi visita se extendiera. Era un hombre solo, sin amistades, sin nadie en quien confiar. A pesar de su juventud, no era del tipo de individuos dado a correr detrás de las mujeres y por lo tanto tendría que sentirse aburrido en nuestra pequeña ciudad, un lugar provinciano cuya única diversión era hartarse de cerveza en un solar ubicado en las afueras de la población.

Casi al cabo de una hora de conversación comenzó a hablarme sobre literatura, explicándome que en una oportunidad había leído una historia impactante para él. Se trataba del célebre relato escrito por el escocés Robert Louis Stevenson en el cual se contaba cómo un hombre públicamente honorable, el doctor Jekyll, descubre las bajas pasiones que lo asaltan con frecuencia por culpa de una porción oscura de su cerebro que fraguaba maldades y una parte deleznable de su corazón que se complacía cuando las llevaba a cabo.

-Entonces sus conocimientos de química lo inducen a preparar una especie de pócima mágica -concluyó con la mirada perdida en el vacío- que al beberla lo transforma en otro ser: mister Hyde, abyecto, vil, asesino, lujurioso. Y escondiéndose en el cuerpo de mister Hyde, el doctor Jekyll comete las peores iniquidades quedando a salvo su reputación pública.

Reflexionamos durante un tiempo bastante dilatado acerca del fenómeno que en nuestro medio se conocía como de la doble moral y él aseguró conocer en La Habana gran cantidad de doctores Jekylls que en horas del día eran honestos ciudadanos, hombres y mujeres que trabajaban en lugares públicos o en empleos muy bien remunerados, gente prestigiosa que derramaban distinción a sus alrededores, y al caer la noche se convertían en miserables hydes dedicados a los más detestables oficios y maldades: contrabandistas, drogadictos, prostitutas, homosexuales, ladrones, sostenes de garitos, traficante, asesinos a sueldo, espías, buscones, pordioseros, celestinas…

-Como usted ve, Domínguez -suspiró, llevándose un cigarrillo rubio recién encendido a los labios-, la vida real no es la de nuestros catecismos políticos, los programas radiales y televisivos y el de los círculos de estudio que discutimos cada mes.

Nos quedamos observándonos uno al otro, como tratando de descubrir cada cual el verdadero pensamiento ajeno. Bajó la mano que sostenía el cigarrillo hasta el nivel de los muslos y la colocó de una manera negligente mientras exhalaba el humo con una especie de coquetería.

-Pero usted pertenece a los duros -me dijo con toda amabilidad, aunque sus palabras resultaban irónicas-, a los estalinistas como yo los llamo, que consideran al Partido la vida misma y sus orientaciones la verdad absoluta.

-¿A qué viene tanta reflexión ideológica suya? Que yo sepa, estábamos hablando sobre literatura.

-Que para usted la única válida es la que se construya bajo los cánones del realismo socialista.

-Acláreme qué persigue -exigí, poniéndome de pie.

El se quedó mirándome con una sonrisa irónica.

-Durante todos estos meses no he hecho más que observar su conducta y he llegada a la conclusión que es usted uno de los tantos doctores jekylls que pueblan nuestro país. ¿Acaso ignora que he llegado a descubrir sus relaciones con Arminda, mientras predica en cada reunión que los militantes del Partido debemos practicar lo que usted llama la más limpia moral revolucionaria?

Quedé paralizado. En efecto, la hermosa jefa del laboratorio y esposa del director de la fábrica mantenía conmigo un romance que habíamos logrado ocultar durante casi dos años de los ojos más indiscretos.

-No pierda el tiempo en negarlo, Domínguez. Yo he charlado más de una vez con Arminda en el plano confidencial y me ha asegurado encontrarse harta de tanto sexo con usted. Ella desea ser atendida en el plano sentimental también.

-Fíjese lo que voy a decirle… -intenté una amenaza.

-Mejor escúcheme, porque lo he llamado para ofrecerle un consejo. Sólo le queda una alternativa: renunciar al hermoso cuerpo de Arminda, a la feminidad que derrama. Sería la única manera de salvar su prestigio, porque una mujer que es capaz de hablar mal sobre su amante está a punto de traicionarlo.

No pude articular palabra. Jamás pensé que una muchacha como Arminda, sedienta de ser poseída como no lo era por su esposo quien vivía siempre inmerso en los problemas de la fábrica y con aspiraciones de saltar un día a un cargo en el Ministerio, fuera a engañarme con un desconocido, con un recién llegado a nuestra ciudad.

-No se asombre si he descubierto con tanta rapidez la infidelidad que usted ha logrado ocultar de sus demás compañeros y de su esposa, según supongo. Tengo una especie de… digamos gracia… para encantar a las mujeres y bajo tal influjo, me convierten de inmediato en su confidente.

Levanté la cabeza para estudiarlo con calma y de pronto tuve celos. Yo había pasado de los cuarenta; mi cuerpo comenzaba a sentir el cansancio y el vacío de quien no tiene un asidero cierto por el cual luchar; mi única pasión era ser un prestigioso líder político y ahora me veía descubierto en mi maldad. Agustín, en cambio, joven y bien parecido, con apenas treinta y seis años cumplidos, podía jactarse de arrebatarme a una mujer que sustituía el cuerpo envejecido de mi esposa.

-No piense, desde luego -cortó mis pensamientos poniéndose de pie; ahora era él quien se había adueñado de la situación-, que Arminda se ha enamorado de mí, todo lo contrario. Le ama realmente a usted, pero desea que se dedique a ella por completo.

Sonrió indulgente mientras servía café para ambos. A partir de aquel instante comencé a depender de sus opiniones. Sin darme cuenta en qué momento había empezado a hablarle amistosamente, me sorprendí pidiéndole consejos para el futuro.

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La otra habitación: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

Título del libro: La otra habitación

Género: Novela breve

Ilustración probable sobre foto propiedad del escritor:

Sinopsis:

Un escritor viaja a La Habana desde el interior del país para entrevistarse con su agente literario. Mientras intentan negociar su última novela con una editorial cubana y planean un viaje promocional a Barcelona, el escritor se dedica a espiar a sus vecinos de habitación en el hotel donde se aloja y cree encontrar en sus vecinos de habitación a un proxeneta y su jinetera (como se les llama a las prostitutas cubanas en la actualidad).

Resumen argumental:

El escritor, como narrador y personaje principal, va convirtiendo su historia en trama a tal punto que ambas llegan a confundirse. Dice permanecer alojado en un hotel dedicado al Turismo Internacional, aunque el lector podrá descubrir una realidad otra mientras va avanzando en la lectura. Constituye una narración que sujetándose a los patrones de la realidad existente, logra trascenderla convirtiéndola en literatura.

Muestra de los dos primeros capítulos:

Capítulo 1

Durante el atardecer de mi primer día en La Habana, recostado contra la ventana del hotel, me entretengo mirando hacia el malecón. Pasan gran cantidad de ciclistas y algunos automóviles; el sol aún alumbra tenuemente contra el mar, desatando con sus rayos un arco iris que al ser reflejado por las aguas me deja deslumbrado. Regulo el aire acondicionado porque siento que las gotas de sudor corren por todo mi cuerpo, regreso hasta la cama y me acuesto sin desvestir.

Entrecierro los ojos y escucho a la sordina una conversación que viene desde la habitación aledaña a la mía. Oigo apenas unos susurros, voces apagadas, quizás hasta una risa entre palabra y palabra. La risa en unas oportunidades es de una mujer, en otras es un hombre quien prorrumpe en una carcajada estentórea, plena de vitalidad y alegría. Boca arriba en mi cama, mientras intento encender un cigarro ensalivado por culpa del fósforo negado a prenderse, observo con toda calma esta habitación donde me encuentro. Estoy cansado. Luego de casi veinte horas de viaje en un tren colmado de incontables aromas contradictorios, desde el perfume de jazmines y violetas hasta el de pies sin lavar, desde el de la comida guardada en vasijas hasta el del polvo de los pasillos del vagón, uno desea abandonar todo el cansancio acumulado en una cama cualquiera y ahora a mí el rumor del equipo de aire acondicionado, el tenue olor de sábanas planchadas al vapor y el ambiente de pulcritud en que me encuentro, casi me adormecen. De inmediato pierdo todo interés por las paredes blancas, recién pintadas, sin una mancha o un graffiti como los que acostumbran a escribir los enamorados en los hoteles de mala muerte y continúo escuchando la conversación de mis vecinos.

De pronto, el hombre comienza a rugir improperios; lo imagino saltando contra la muchacha (estoy convencido de que se trata de una muchacha: el tono de su voz es suave, claro y uniforme; las mujeres mayores en general hablan de una manera quebradiza, ronca; en cambio, las jóvenes poseen una voz atiplada parecida a la de un muchacho impúber) para apretar alguna parte de su cuerpo, quizás un brazo, violento y furioso: estaba engañándolo y a él no había mujer que lo hiciera el comemierda; ella muy bien lo conocía; aunque la amaba como jamás había adorado a mujer alguna, no le iba a perdonar una traición. Le recordaba con insistencia su credo moral como hombre, la situaba en la disyuntiva de escoger entre un ambiente rodeado de comodidades y aquel en que vivía antes, sórdido, lleno de gritos callejeros en un solar asqueroso, obligada a asistir durante las mañanas a la escuela y por las tardes a dedicar el tiempo disponible en ocupaciones domésticas rutinarias y agobiantes. La muchacha lloraba y hasta podría asegurar que de rodillas frente al hombre pedía perdón. Él ya no gritó más; mantuve pegada una oreja contra la puerta cancelada desde ambas habitaciones, mientras oprimía la colilla contra el cenicero de cristal labrado que descansaba encima de la amplia cómoda, y escuché el detenerse de los sollozos y el inicio de unos jadeos acompasados.

Comienzo a cepillarme los dientes con energía luego de una noche reparadora y me vienen a la mente los problemas prácticos a los que deberé enfrentarme durante el nuevo día. El primero de ellos, buscar alguno de los cambistas clandestinos conocido por mí para convertir una fuerte suma de pesos cubanos en dólares, porque me los venden a precio más bajo que en la casa de cambios. Aquí, al contrario de la ciudad provinciana donde vivo, todo se cotiza en moneda dura y es necesario tenerla si se desea disfrutar de la vida.

La fragancia de la pasta dental, el golpe del chorro de agua contra el lavamanos y las notas de una canción de moda procedente de un radio cercano nublan mis sentidos, oscurecen mis percepciones del mundo exterior. Mi esposa en estos momentos debe haberse acabado de levantar y el mayor de nuestros hijos lo estará haciendo ahora; dentro de unos instantes él comenzará a calentar el motor del automóvil, a acelerarlo de una manera brusca como le tengo prohibido; el perro estará ladrando, su manera típica de reclamar que alguno de los niños pequeños vaya a zafarle la correa y apenas se vea libre meneará la cola echando a correr hacia el jardín donde abrirá algunos huecos.

Acabo de afeitarme y mientras froto enérgico el rostro auxiliándome de una toalla, escucho a la pareja vecina hablar de dinero. Oigo perfectamente la palabra dólares y supongo que tendré por vecinos durante estos días a dos traficantes de drogas o de joyas; me acerco a la pared divisoria entre nuestras habitaciones y ya junto a la puerta cancelada me hago una idea del hombre mientras percibo su voz: tiene alrededor de cincuenta años, porque habla con un dejo no tanto de cansancio como de aburrimiento propio de la edad que acerca al hombre a la vejez. Apenas sabe proyectar su voz, la dicción resulta vulgar y algunas palabras del argot chabacano me revelan a un individuo sanguíneo, mal encarado, de alta estatura y guapetón. Al principio lo suponía extranjero, cuando mencionó los dólares; también anoche hablaba en un susurro y hubiese jurado que lo hacía con el acento propio del inglés; hoy en cambio ya sé que se trata de un cubano común y corriente, capaz incluso de amenazar a cualquiera con un arma.

Mi intención primera es avisar a la policía. Miro hacia la mesa del teléfono e imagino mi conversación con la empleada que atiende la pizarra central; me escucho a mí mismo pedirle comunicación hacia el exterior del hotel aunque en realidad apenas me he movido de mi sitio: la muchacha del cuarto vecino ríe con estridencia tal que a mis oídos llega una especie de burla obscena, descarada. La supongo desnuda, sentada en una silla, las piernas abiertas, mostrándole su sexo pulposo al hombre, porque éste alude con palabras soeces a esa zona del cuerpo de su pareja preguntándole al final si las señales en el interior de los muslos fueron mordiscos furiosos o de placer por parte del italiano.

Decidido a conocer a mis vecinos, comienzo a vestirme cuando la conversación de ellos languidece con una pátina de ciruelas amargas o de almíbar recocido; hablan sólo de ganancias y posibilidades de viajar fuera del país. Él revela sus planes de una manera brusca: quizá el italiano los acepte a ambos en su habitación esta noche; de suceder así, podrían volar la próxima semana a Milán y allá introducirse en los negocios de la sociedad anónima Giusseppe-Rosy. Entonces comprendo quiénes son.

Durante mi recorrido por el amplio pasillo de baldosas pulidas del hotel, adivino que las paredes fueron pintadas hace poco. Quedan minúsculos rastros de pintura en el piso y el blanco es aún deslumbrante, sin las señales de decadencia que suele imponer el decurso del tiempo sobre el emblemático color de la pureza. Observo breves instantes el mar por uno de los amplios ventanales; las olas embravecidas golpean los muros de contención y el viento agita mi pelo. Dentro del ascensor, recompongo el peinado maquinalmente mientras calculo dónde podrán estar mis hijos y mi esposa ahora mismo; la mucama oprime un botón luego de yo formularle una pregunta banal y me mira fijamente antes de contestarme. En estos segundos de encierro obligado con ella juego a adivinar sus pensamientos, como si fuese un personaje ocasional de mis novelas. Me está juzgando, indiscutiblemente; considera que soy uno de esos empresarios estatales cubanos de la última hornada, recién estrenado en el mundo de los negocios (hasta ayer, dirá ella para sí, un simple agitador, acostumbrado a repetir consignas), y que estoy adiestrándome en la técnica del trato protocolar, las reglas del buen vestir y las normas del bien hablar. Eso podría pensar esta mujer de mirada triste, encanecida, que viste un elegante uniforme muy bien planchado; o tal vez no, quizás los pensamientos que le supongo sólo sean el resultado de mi inveterada costumbre de narrador, obligado a dotar de cuerpo físico o psicológico a cada uno de los personajes de ficción que cobran vida en mis relatos. Llegamos a mi destino y ella me despide con un: “Su piso, señor”, atento aunque impersonal, ajeno a toda intención de recibir las gracias por haberme evitado bajar unos cuantos escalones, sino deseosa de que introduzca mi mano en el bolsillo y le obsequie una propina.

Sentado en una mesa solitaria del restaurante ocupo el tiempo en varios asuntos a la vez. Por una parte, he elegido un lugar apropiado para vigilar a todos cuantos entren porque me he propuesto adivinar quiénes son mis vecinos de habitación; mis hijos ocupan fracciones de segundos de mi pensamiento y creo escuchar también a mi esposa riñendo con los tres, veo al perro atado a la cadena ladrando desde su soledad contra delincuentes que no existen y escucho al panadero anunciar con su silbato que hoy no habrá dificultades para el desayuno; imagino el encuentro en horas de la tarde con mi agente literario durante el cual espero recuperar la confianza en el valor de mi obra y la entrevista del día siguiente con la editora de mi última novela. También recuerdo la discusión violenta una semana antes entre mi esposa y yo porque olvidó reservar mi pasaje en avión con destino a La Habana con un mes de antelación, motivo por el cual me vi obligado a trasladarme en tren hasta aquí.

La camarera llega junto a mí, con la fragancia de los azahares desbordando sus poros. Adopta una posición rígida, como si temiera equivocar el método de servir el desayuno aprendido en la escuela gastronómica. En ese instante, la puerta del restaurante se abre y el capitán guía una pareja hacia la mesa más cercana a la mía. Son ellos, por supuesto; mis vecinos de habitación a quienes he estado espiando desde mi llegada, escuchando sus conversaciones fragmentarias, oyendo los suspiros de placer que intercambian, enterándome de los detalles de su convivencia íntima. Resulta indudable: ronda en mi cabeza el plan de una nueva novela basándome en ellos como personajes centrales; sin embargo, no acabo de dar con el título pues son muchos ya entre mis libros publicados los que comienzan con las palabras muerte, asesinato y sangre.

La muchacha, cuya blanca piel contrasta con el amarillo del pelo y el negro de sus vestidos, trata de afectar una clase elevada que no posee. Parece elegante, fina, delicada, al mover sus dedos con gestos amanerados; acaricia una y otra vez la servilleta, roza la copa barrigona y el esbelto vaso colocado a su derecha y sonríe cautelosa. Los tatuajes en los brazos, las uñas pintadas cada una de distinto color, los pendientes en sus orejas, las medias negras, los finos zapatos de charol y los espejuelos oscuros que descansan encima del pelo, me permiten identificarla como una de las tantas jineteras que empiezan a colmar nuestras ciudades más importantes. Es linda, cómo podría negarse. Y sobre todo muy joven: apenas unos quince años y probablemente no los haya cumplido. Ahora recuerdo las alusiones del hombre la noche antes; en realidad se trataba de una chica en edad escolar que ha abandonado las aulas a cambio de la vida galante recién surgida entre nosotros de una manera pública y que ya todos veíamos como parte de nuestro folclore. El hombre vestía como yo, pantalón pitusa y pulóver de marca. Varias prendas de oro adornaban sus manos. Era mayor que la muchacha al menos en treinta años.

Acabo de desayunar y salgo, dispuesto a gastar toda la mañana paseando tranquilamente a lo largo del malecón.

Capítulo 2

Regreso al hotel bien tarde, quizás las dos de la madrugada o algo así. En la habitación vecina el hombre y la mujer entrechocan vasijas de cristal contra una botella. Escucho claramente el tintinear del vidrio y las risas alegres de la pareja; antes de accionar el conmutador del aire acondicionado oigo algunas palabras aisladas del hombre y luego empiezo a desplazarme por mi habitación, con la euforia propia del escritor que está a punto de firmar un jugoso contrato con una importante editorial.

Sentado en la cama, desnudo el torso, sin zapatos ni calcetines, la temperatura no tan baja como en el instante de mi entrada aunque fría según mis costumbres, siento deseos de ir hasta la puerta divisoria. Si estuviese en uno de aquellos hoteles antiguos, como los que utilizaba cuando mi posición económica no me permitía otra alternativa, habría tenido a mi disposición un agujero disimulado por un taco de papel sanitario comprimido. Aquí no hay posibilidad para tal trampa propia de voiyeristas: las puertas son nuevas e impiden a los ojos penetrar los secretos de los vecinos; en cambio, las palabras atraviesan las paredes y ya estoy de nuevo escuchando.

Suena el timbre del teléfono con su aviso ronco y amortiguado; lo atiende la muchacha, revelando su nombre: Estrella. Contesta amable, casi de una forma amorosa y confidencial. Bajará de inmediato; pide que le repitan el número de la habitación y cómo desea que vaya vestida.

Me voy a la cama con el ánimo fogoso, la sangre ardiente, la soledad comiéndome las entrañas y a punto de estallar las ganas de tener a Estrella conmigo, quitarle una a una sus prendas de mujer complaciente y pasar el resto de la madrugada dentro de su vida. Imagino al supuesto marido de Estrella sentado en una butaca de cuero acolchado fumando con calma el cigarro mientras ella sale dejando en el ambiente su inconfundible perfume.

Decididamente, he perdido el sueño. No acostumbro a dormir fuera de mi casa con frecuencia, pues de tal manera me he acostumbrado a las pequeñas comodidades hogareñas de mi residencia cálida y silenciosa (el jardín interior sombreado con frutales que recorro al trote cada mañana con el propósito de restaurar mis herramientas de narrar porque mientras trabajo con ellas pierden el filo o sufren alguna melladura; la presencia de dos mujeres como de la familia que cumplen las obligaciones domésticas en silencio en horas de la mañana; los alimentos colocados a mi paso para que no me distraiga con futilidades tales como pedir un jugo o un bocadito de jamón durante mi caminata habitual por el interior de la casa dictando a la grabadora algún capítulo espeluznante o aterrador) que me molestan el olor a resina de pinos del lavabo, la dureza almidonada de las sábanas y el bullicio de los vehículos de esta ciudad que apenas duerme.

Al día siguiente modifiqué mis planes: en lugar de ir donde mi agente literario en horas de la tarde, decidí visitar a Espinosa, quien me atendió como en mis años juveniles, cuando me hospedaba en su vieja casa porque jamás resistí la vida hacinada y bulliciosa de los cuartos en los edificios para estudiantes becados. Primero nos vimos en el apartamento de la calle Fragancia y luego de soportar sus efusivos abrazos, saludé a toda la familia. Los niños como siempre me acribillaron a preguntas, tratándome con la confianza que permite a los más pequeños recostarse contra las piernas de los mayores mientras nos miran desde su infancia entre irreverentes y admirados. La madre de Espinosa, autoritaria, ordenó a su nuera traerme café; advertí que ésta fruncía los labios en un mohín de disgusto y mascullaba entre dientes una palabra obscena. Acababan de comer, me dijeron; si quería, podían calentar para mí unas carnes con papas y una buena cantidad de congrí. Rehusé entre risotadas tanto de Espinosa como mías; cinco años antes aquellos restos constituían para ellos un banquete al día siguiente; ahora en cambio los echaban a la basura, aclaró Espinosa brindándome de sus cigarros.

Al poco rato llegó el hijo mayor; la alegría de verme se tradujo en apretones de sus manos cual tenazas acostumbradas a operar un equipo pesado. Apenas se sentó, hizo que uno de los hermanos menores fuese a la cocina en busca de café para él. Traía una noticia de las que yo considero fabulosas para mis novelas. En el vertedero donde trabajaba habían aparecido dos cadáveres; así lo dijo, sin detenerse cuando bebía el café y tomaba uno de los cigarros del padre. Le pedí explicaciones y primero pensó unos instantes, como indeciso, antes de responder. Eso: dos cadáveres, repitió meditabundo. Los obreros revolvían con sus palas en horas del mediodía una de las montañas humeantes, como era habitual, buscando algo aprovechable; él mismo, en una oportunidad, había hallado un ventilador sin aspas aunque con el motor en buen estado y en otra ocasión encontró un saco herméticamente cerrado en cuyo interior descubrió una ametralladora y cuatro pistolas. De momento, una de las palas de los obreros tropezó con una masa compacta, endurecida y blanda a la vez; un rostro picado por las hormigas, unas ropas hechas jirones, otro rostro inflamado y unas carnes a punto de desprenderse de los huesos, fueron puestos al descubierto cuando entre todos terminaron el trabajo. El hijo de Espinosa perdió fondo a partir de este momento en su historia, entreverándola con todo tipo de suposiciones. Resultaba desbordante su imaginación como otras veces que me había contado estas anécdotas del bajo mundo en la capital habanera; raptos de niños, violaciones de jovencitas por diez o doce asaltantes, suicidios de familias completas, eran sus temas predilectos. Yo siempre he pensado que él fantasea para ofrecerme materia prima destinada a mis novelas y por tal motivo tomo sus palabras con una parsimonia realmente impropia de mi carácter: en mi vida cotidiana, suelo reaccionar con repugnancia ante hechos violentos, a pesar de que mis amigos personales y los enemigos literarios me han acusado más de una vez de sádico porque en mis novelas, dicen, la sangre se huele entre las líneas impresas.

Después de unas horas de conversación y de haber terminado de beber el contenido de una botella verde con un licor escocés de calidad bastante aceptable, atravesamos a pie la plaza de España acalorados y alegres. A pesar de la oscuridad reinante, al acercarme a la calle Gibraltar fui rememorando cada muro de ladrillos sin repellar, cada charco de inmundicias, cada depósito de basura revuelto por los perros callejeros, recuerdos que me llevaban de regreso a mi juventud de estudiante una veintena de años atrás, cuando aprendí un teorema que me había ayudado a descubrir la forma de resolver lo más difícil en la vida: cómo escalar hasta una altura desde la cual la lucha por la subsistencia no atenacen el estómago ni la mente. Espinosa, hijo del mejor amigo de mi padre durante sus años de luchas sindicales, me enseñó el método de solución general de problemas complejos en el transcurso de varias noches de conversación en aquella misma sala con mosaicos dispuestos en forma de tablero de ajedrez donde nos hallábamos ahora recordando las noches de intensa conversación sobre los problemas más complejos que planteaba la vida durante los años de mi juventud en que nuestra generación se dividía entre los que adoraban a los Beatles y quienes soñaban con convertirse en guerrilleros como el Che Guevara. Espinosa, su hijo y yo, con nuestras historias volvimos a llenar la sala de gente bulliciosa, jóvenes casi todos, melenudos algunos y otros con el pelo cortado hasta límites variables. Durante aquellas reuniones de los tiempos pasados, hablábamos a veces sin respetar la palabra de otro, vehementes y hasta furibundos. Nos resultaba inadmisible pertenecer a una minoría, casi todos artistas: músicos, pintores y amantes de la literatura. También había algunos representantes de especialidades técnicas aunque a todos nos unía un factor común: nos sentíamos aplastados por los convencionalismos ideológicos de la ultraizquierda marxista gobernante a todos los niveles en Cuba durante aquella etapa. El hijo de Espinosa entonces era apenas un niño como sus hermanos ahora pero recordaba aquellos encuentros. Allí nos reuníamos los estudiantes que pugnábamos por graduarnos un día para, según pensábamos, servir mejor a la humanidad. Espinosa, profesor universitario entonces, aceptaba las tertulias con cierta resignación. Mantenía alquiladas de manera clandestina cuatro habitaciones en la enorme casa heredada al morir el padre porque el dinero de la renta unido al salario le permitía si no una vida muelle al menos relativamente holgada; eran tiempos de crisis aunque el dinero poseía un valor decente.

El hijo de Espinosa iba creciendo y éste comprendía que las tertulias olían a pólvora. Las canceló con uno de sus ucases característicos: se acabó, no quiero más reuniones en mi casa. Sólo quedé yo como inquilino, ocupando el cuarto del fondo en una de cuyas paredes había escrito durante una de mis borracheras de ron, palabras y poesía el siguiente graffiti: “God, also saves to the world but me”. El cuarto donde estudié asignaturas como Teoría General del Arte, Lenguas Romances e Historia Comparada de la Cultura, que de nada me habían valido para servir a la humanidad.

Después vinieron las noches de íntimas conversaciones entre Espinosa, su hijo, su esposa y yo. Fueron las noches más importantes de mi vida porque en ellas aprendí la forma de resolver cualquier tipo de problema complejo.

El hijo de Espinosa me trae de nuevo al presente preguntándome si abría otra botella. Miré los mosaicos que imitaban un tablero de ajedrez sintiéndome indeciso; su historia sobre los dos cadáveres encontrados en el vertedero donde trabajaba me mantenía en vilo, comprendiendo que no sólo en mis novelas ocurrían asesinatos; los recuerdos de Espinosa me llevaban a un pasado no tan glorioso como yo mismo lo soñara mientras lo vivía y ejercían en mi ánimo una especie de inquietud por el destino del universo. Yo sólo deseaba entrar de nuevo a mi antigua habitación para recordar mi frase favorita: “God, also saves to the world but me”. Después solicitamos un taxi y casi de madrugada regreso a mi habitación; me siento eufórico gracias a la cantidad de ron bebido.

Tentado de descolgar el teléfono y comunicarme con la habitación vecina me sorprendo levantándome de la cama. Tendría mucho que decirle a cualquiera de los dos, pero si se trataba de la muchacha podría utilizar ventajosamente la información obtenida en horas de la mañana, cuando conversé con mi viejo amigo Omar Verdecia, ahora flamante barman quien no por haber pasado de botones a tan ventajosa posición dentro del hotel (además de generosas propinas, tenía la posibilidad de recibir encargos confidenciales de cuantos querían correr una aventura lejos del hogar) dejó de tratarme con la familiaridad a que me tenía acostumbrado.

Omar Verdecia en ocasiones se detenía frente a mí, mientras secaba un vaso o preparaba uno de sus tragos especiales. Su frente brillante y la piel negra le daban un lustre de boxeador retirado; en realidad, más de uno lo confundía con un excampeón del mundo pugilístico y eso le valía que los extranjeros lo llamaran Kid Cofee, mote que aceptaba entre orgulloso y resignado. Estrella apenas rondaba los catorce años, me dijo en tono confidencial; era toda una nínfula apetecible y cremosa. Su nombre verdadero no era Estrella: éste era una especie de seudónimo con que encubría las aventuras sexuales de las que participaba con frecuencia en el hotel. El hombre, Jorge Rodríguez, primero se sometió a un romántico noviazgo con ella y luego la desfloró en una posada. Al menos, afirmaba Omar Verdecia mostrándome sus dientes sanos y fuertes, eso le había contado el propio Jorge una noche de borrachera solitaria, celoso porque su nínfula había ido a acostarse con un artista español bien parecido, casi tan joven como ella, sin contar con su autorización.

Camino hasta la mesa donde se encuentra el teléfono y lo descuelgo; sin embargo, no llego a realizar la llamada que me proponía porque oigo cerrar bruscamente la puerta de la habitación vecina y una voz de mujer prorrumpe en una risa estridente. Escucho, pegado contra la puerta, un golpe seco como de una mano al caer contra la cara. El hombre le habla violento: que dejara de joder y le entregara los dólares.

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Los fantasmas duermen en casa: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

Título del libro: Los fantasmas duermen en casa

Género: Novela breve

Ilustración probable sobre foto propiedad del escritor:

Sinopsis:

Ralph es un supuesto negro norteamericano casado con Louise, una bella mulata. Han viajado por varios estados hasta asentarse en el (ficticio) barrio conocido como Dirty Town de la (ficticia) ciudad sureña llamada en la novela Bridgebelt.

Resumen argumental:

En realidad, Ralph posee otra identidad, y lo que intenta es descubrir qué está sucediendo en el desierto de Duracán (ficticio también, desde luego); sin embargo, la muerte en apariencias accidental de Louise pondrá al descubierto todo los misterios de la trama donde policías y agentes dobles se confunden, creando una amalgama aventurera propia para ser leída de un tirón.

Muestra de los dos primeros capítulos:

UNO

Ralph es un pobre negro que vive en un apartamento de paredes mugrosas en Dirty Town y sale temprano en horas de la mañana para no regresar hasta bien avanzada la tarde. Primero recorre todo el barrio, conversa con sus conocidos afrikáans y latinos es su mayoría– que merodean por allí, y luego retira el auto del parqueo subterráneo del edificio donde se encuentra su apartamento. Toma la carretera hacia la zona fronteriza y casi al mediodía retorna. Agotado. De mal humor. Hablando en una jerga apenas comprensible. Ralph es un pobre negro. Medio sordo. Al que apodan El Papa. Que hace muy poco tiempo comenzó a trabajar como barman en el Nano’s bar, el llamado Casino de los trasvertí cuyo propietario es Don Paolo Menotti. El Papa ama a su esposa Louise; o la amaba, puede decirse. Porque hoy cuando regresó de la zona fronteriza la encontró ahogada en la bañadera.

El coronel Parkison cierra la carpeta de cuero y luego de sacudir la cazoleta de la pipa contra la palma de la mano abre la gaveta central del escritorio. Aquí en el despacho se está bien. Lo mismo ahora durante este verano de lluvias frecuentes que en la época del frío cortante. Afuera un sol cobarde intenta secar la humedad del ambiente y adentro el acondicionador de aire zumba renqueante mientras el coronel da vueltas a una idea. Es un asunto feo para cualquier hombre entrar a su casa a la hora del almuerzo y hallar a su mujer ahogada en la bañadera. Olfateaba en el aire de aquel cuarto de baño, sin haber entrado jamás en él, que no podía tratarse de un simple accidente. Imaginaba la escena ocurrida hoy en el apartamento del barrio más cochino que tenía su distrito.

El negro acciona la llave en la puerta principal y al empujarla, llama cariñosamente.

–¡Louise!

Al no recibir respuesta, repite el llamado.

–¡Lou!

Presta atención. Como padece de sordera, piensa que quizás le estén respondiendo.

–¡Lou! –reitera.

Silencio total. Huele a tomates fritos y a cebollas picadas. Son los ingredientes habituales con que preparan los negros de Dirty Town los alimentos del mediodía. Se escucha el crepitar de la llama del fogón, casi imperceptible, y Ralph avanza rumbo a la cocina. Tal vez la mujer se encuentra entretenida, canturreando uno de los blues de su tierra natal mientras golpea la carne para preparar los filetes de ternera y por ese motivo no ha escuchado que él viene alegre. Ha concretado un negocio con un granjero chicano y pronto abandonará el trabajo en el Nano’s bar que lo obliga a retornar a la casa en horas peligrosas, cuando ladrones y prostitutas atacan a cualquiera por unos miserables dólares.

–¡Louise! –llama de nuevo y al entrar a la cocina, descubre que el fuego está devorando una olla tapada herméticamente.

Desesperado, comienza a buscar en cada rincón de la casa. No resulta habitual que su esposa salga del apartamento en horas de la mañana. Lo sabe. Al encontrarla desvanecida dentro de la bañadera, gritó desesperado. Cargándola en sus brazos, salió corriendo con ella en dirección a la clínica más cercana.

Así imaginaba la escena el coronel Parkison. Sólo un detalle no encajaba para él en aquella benevolente hipótesis del esposo contrito y adolorido: la bañadera.

Debía determinar a cuál de los tres inspectores del Departamento de Investigaciones Criminales le encargaría el caso. El mejor de todos, Guzmán, se ocupaba de investigar tres muertes violentas en Dirty Town, la explosión de una bomba en el Bridgebelt Center Art y un atentado contra Bebito Gonzales. En cuanto al oficial Ted Dorviller, lo tenía ocupado en varios casos de intoxicación, materia en la cual era experto y además, trataba de encontrar al asesino del dueño de una joyería a quien habían degollado; también buscaba a un estafador de damas ricas y cuarentonas, delincuente que halagaba a tales señoras con requiebros, prometiéndoles un paseo por las costas del distrito en su yate particular, las convencía de que lo invitaran a tomar el té y una vez en la casa de las mujeres, les robaba sus joyas más valiosas. El único oficial disponible era Gerald Queessly, su hijo como quien dice; lo sabía un inútil pues su método de trabajo consistía en detener a tres o cuatro sospechosos y empantanarse en el caso unos cuantos días hasta que alguno de sus informantes lo sacaba del apuro.

No tenía otra alternativa que emplear a Gerald Queessly.

–¡Señora Miles! –llamó el coronel, luego de oprimir el botón de conmutación del intercomunicador.

–¡Ordene, mi coronel! –le respondió una voz seca y metálica desde el otro lado, parecida al chillido de un ave depredadora.

–¡Entre acá! –dijo Parkison incómodo.

–Mande usted, señor –trató de endulzar la voz la alta y delgada anciana mientras empujaba la puerta y llegaba frente a su jefe.

El coronel la estuvo observando con descaro. Si no fuera por esta vieja chismosa, él no podría dominar la policía distrital. Allí unos a otros trataban de engañarse y vivían vigilándose entre sí: los del Departamento Antidrogas sospechaban que los de Contrainteligencia pagaban de los fondos reservados cuantiosas sumas a delincuentes con el objetivo de obtener informes sobre el acercamiento de espías cubanos a la base de pruebas nucleares del desierto de Newbaden, ubicada entre Bridgebelt y la ciudad fronteriza de Duracán; el Área Administrativa trataba de sorprender a los de Autocontrol empleando las partidas destinadas a las funciones de vigilancia interna en costearse bacanales con las coristas del Nano’s bar; los de Investigaciones Criminales acusaban en secreto a los de la administración de emplear los vehículos federales en excursiones a las playas durante la temporada veraniega; y en fin, los de la Contrainteligencia albergaban serias dudas acerca de la limpieza de costumbres de los agentes de Antidrogas, pues con frecuencia descubrían de casualidad entre éstos a viciosos y violadores de las leyes. Toda esa información se la traían a él sin procesar pues sólo le comunicaban por ejemplo que Gerald Queessly empleaba el ordenador del Departamento para escribir sus asquerosas poesías que hablaban de falos enhiestos e hímenes sangrantes; o que el inspector Ernest Collins se escondía en el baño de la planta baja para autocomplacerse con auxilio de un cartucho y una abeja; o que al oficial David Parker lo sorprendieron en su oficina privada rodeado de una nube de humo gris azulosa que hedía a cáñamo de la India. El coronel pasaba aquellos datos a la señora Ragenta Miles y ella se las ingeniaba para presentarle un informe detallado en menos de veinticuatro horas.

–Localice a Queessly –ordenó Parkison, quedando un instante pensativo–. Si no está en el edificio, llame por teléfono a su casa. Seguro se hallará acostado con Mary Jane.

Las palabras del coronel Parkison fueron rabiosas. No podía soportar aquella pasión de Gerald hacia su esposa.

DOS

Somnoliento aún, Gerald Queessly comienza a rasurarse con mucha delicadeza. Prefiere estas cuchillas desechables azules y no las antiguas, las que se colocaban en una pesada máquina en forma de T. Repite los intentos de corte en la zona rebelde de siempre, la que al final Mary Jane deberá retocarle para que el montecito de pelos arrubiados no aflore cual oasis en medio de su desierta cara. Lo del desierto de Newbaden podría tener relación con las escapadas casi diarias del negro Ralph hacia la ciudad fronteriza de Duracán, piensa por pensar en cualquier asunto. Alguien hace sonar el timbre de la puerta y mientras los pasos menudos de Mary Jane se alejan, Gerald siente una minúscula cortadura en el pómulo izquierdo.

–Maldita sea, ya he vuelto a desconcentrarme –masculla Queessly indignado consigo mismo. Anoche casi no durmió; se ha cortado de esta manera por tratar de pensar en todos los asuntos a la vez. La teoría del mulato Dalvi en cuanto a los fantasmas personales le resultaba interesante; según éste, se le había ocurrido la existencia del problema escuchando un conversatorio del psicoanalista y filósofo uruguayo Manuel Antonio Organza en Americas Society y luego de meditar a fondo el asunto durante varias semanas El Antillano, como acostumbraba llamar a Dalvi, manifestaba haber elaborado toda una teoría irrebatible. La teoría de los fantasmas. Eso de que los fantasmas de cada quien siempre quedan dormidos en la casa cuando el individuo sale de ella le parecía genial a Queessly. Mueve la cabeza de un lado a otro y proyecta los labios hacia fuera, musitando en voz baja la palabra genial. Comienza a rasurar la mejilla derecha y va meditando con calma sus propias hipótesis para explicarse los hechos ocurridos la noche anterior. William S. Dalvi estaba junto a él en el Nano’s bar bebiendo como un condenado; las dos coristas que se les encimaron no estaban allí con el propósito de medir el tiempo transcurrido desde que uno de ellos, cualquiera, inclinaba la botella, escanciaba el whisky en los cuatro vasos y luego de agregar un cubo de hielo en cada uno proponía un nuevo brindis a la salud de todos. Él, Gerald, por supuesto, estaba demasiado ocupado en acariciar con una mano los muslos de la corista rubia mientras con la otra alzaba el vaso, como para estar mirando las agujas de su reloj cronométrico. Entonces lo asaltó una nueva duda sobre el caso que le había encargado en coronel Parkison: el negro Ralph en realidad disponía de una coartada irrebatible, sin lugar a dudas; entre las seis y la siete de la mañana varios vecinos vieron a Louise caminando con sus propios pies y esto aleja las sospechas contra Ralph: a esa hora él conducía su automóvil hacia Duracán.

En ese instante, Gerald escucha los pasos de Mary Jane retornando hacia el interior de la casa y cierra el grifo del agua. Cree haber advertido otros pasos junto a los de ella, como si fueran los del fantasma de la teoría de Dalvi. Ayer Gerald Queessly y su esposa habían discutido; mientras él, sentado en la taza sanitaria trataba de vencer el eterno estreñimiento, Mary Jane habló desde la cocina. La escuchó claramente decir: “Voy a casa de mi tía Elizabeth cuando tú salgas hacia el trabajo”. Incómodo, se había abotonado los pantalones sin haber logrado librarse de la pesada carga fecal y salió violento del baño, maldiciente. “Sólo te ocupas de esa maldita tía”, le contestó y ella lo miró extrañada. “¿Quién ha mencionado a mi tía?”, le dijo Mary Jane y él le aseguró: “Acabas de decirme que irías a verla, porque se siente muy enferma del corazón”. Ella se le rió en la cara con todo descaro y mientras le apretaba la portañuela le dijo mimosa: “Ay, Horse Power, porque te queda muy bien el apodo que te ha puesto Parkison, creo que como dicen los mecánicos has perdido la chaveta: lo que estaba advirtiéndote era que ya estaba listo el desayuno”.

Ahora de nuevo Gerald Queessly cree que han regresado sus alucinaciones y por ese motivo coloca la maquinilla de afeitar encima del lavamanos y pega una oreja en la puerta del baño. Contiene la respiración, tratando de eliminar hasta los latidos de su corazón y no oye nada preocupante. Mary Jane está canturreando una canción en la cocina mientras manipula vasijas metálicas. De nuevo el fantasma más poderoso de Queessly comienza a rondarlo: Eugene Mc Millan, o el cabrón del irlandés, como él le llama al inmigrante. Está convencido de que aún Mary Jane se acuesta con él.

Mientras cubre su cara enrojecida con loción mentolada resoplando por el ardor, intenta razonar los lados oscuros del caso que el coronel Parkison ha puesto en sus manos. La bañadera donde habían encontrado el cadáver de Louise era de peltre, de color blanco muy brillante aunque algo ennegrecida por el abandono típico de los pobres sin clase que no limpian diariamente; según las medidas que él tomó, la longitud del fondo era un metro con veinte centímetros y la del borde superior un metro con sesenta centímetros. El médico que había atendido a Louise cuando Ralph llegó con ella en brazos, lloroso y desesperado, aseguró que de la boca del cadáver salía una espuma blanca. La autopsia no reveló ninguna señal de violencia contra el cuerpo de la mujer, excepto una zona contusa muy pequeña encima del codo derecho; sin embargo, los tres forenses consultados negaron rotundamente que aquella marca indicara sin lugar a equívocos una lucha por parte de la occisa contra un posible asesino: muy bien podía haber sido originada por un leve golpe contra las paredes de la bañadera al ocurrir un movimiento convulsivo como consecuencia de un ataque cardíaco momentáneo. Constaba en el historial clínico de la mujer su padecimiento de una cardiopatía en pleno avance; consultado el médico de asistencia, confirmaba plenamente todas las anotaciones del historial. Los cuatro galenos interrogados eran hombres blancos, que no tenían porqué ponerse en contubernio con un apestoso negro como Raplh.

Sentado en la mesa frente a Mary Jane, mientras mastica los huevos trata de concentrarse en la figura del negro. No lograba definir si clasificarlo como de estatura alta o mediana; se le dificultaba reconstruir en la memoria la nariz achatada, los labios gruesos y el musculoso cuello. En cambio, sí recordaba que la noche anterior el mulato Dalvi lo llamaba indistintamente El Papa, San Víctor y San Melquíades cuando solicitaba sus servicios como barman en el Nano’s bar.

–¿Estarás fuera todo el día? –indaga Mary Jane por segunda vez. Dulce la voz de mujer. Acaricia a Gerald, lo enerva. Voz de cantante y artista. De hermosa mujer que es.

Gerald queda un momento conturbado, sorprendido, no sabe qué decir. Tartamudea mientras contesta que deberá meter a un negro en el pressure pot, un cuarto lleno de humedad y cucarachas. La esposa sonríe divertida por esa respuesta.

–¿Todo el día lo tendrás allí? –vuelve a preguntar Mary Jane en tono de nobleza, sin segundas intenciones aparentes.

Queessly no logra desprenderse ahora de uno de sus fantasmas más frecuentes, el del investigador policial. Metido dentro de él, ese alter-ego múltiple lo aguijonea. Desea concentrarse, asociar libremente a pesar del parloteo de Mary Jane. Asociando resuelve enigmas, descubre secretos escondidos detrás de respuestas ingenuas durante los interrogatorios y hasta logra obtener confesiones. Porque asocia y deja asociar libremente. Sin apresurar al sospechoso psicoanalizado. Permitiéndole que hable, para que produzca su inconsciente y entonces se crea realizado como hombre o mujer. Esa es la técnica: sin esperar nada a cambio se obtiene el inconsciente del interrogado. Con Mary Jane era distinto: como trataba de descubrir si se acostaba realmente con Mc Millan, no podía entrar en sintonía con las frases no dichas por ella y no afloraban los fantasmas de la adorada mujer. Fantasmas que podían estar relacionados con la insatisfacción o con los deseos de sobresatisfacerse.

–Entonces, ¿qué? –reitera Mary Jane incómoda; quiere conocer los planes de Gerald para el día de hoy. Ella necesita aprovechar su tiempo.

Queessly, demasiado ocupado en el pensamiento sobre la citación que había dispuesto a través de Pamela Rodes destinada al negro Ralph Baxter, le contesta ya puesto de pie mientras limpia su boca con una servilleta:

–Hoy tengo todo el día ocupado.

Gerald Queessly conduce ahora su moderno Ford Galaxy de líneas aerodinámicas por la Avenida Treinta y escucha la lectura de Ocho hombres para una sola mujer; a dos voces, cadenciosas y suaves. La femenina perfectamente femenil; la masculina, varonil y de impecable dicción. A pesar de lo interesante del relato, desconecta el equipo porque quiere estar a solas consigo mismo mientras se dirige a toda prisa hacia el edificio de la policía. Desea escucharse por dentro, realizar varias lecturas con los datos a su alcance; ayer había visitado durante las horas de la tarde el apartamento de los Baxter y observó que olía a cebollas y a carne refrita, una inmundicia de aroma que anunciaba sin lugar a dudas la baja ralea de sus moradores. Jamás habían gustado hojaldre de setas y langostinos o alas de pollo al brandy. Sancochaban más bien los alimentos que consumían, sin un mínimo sentimiento de personas decentes. Para ellos no existía goce estético durante una cena, nunca adornaban los platos con flores y vegetales: sólo buscaban hartarse de una manera burda y glotona. Como buen policía, el inspector Queessly observó cada detalle en el apartamento, anotó datos en su libreta de apuntes, conversó con toda calma frente a frente con Ralph. Durante esta conversación, el hombre no le había parecido tan duro de oídos. Cierto que de vez en cuando debía repetirle las ideas, pero la conversación fluía sin dificultades.

Gerald continúa absorto, casi sin fijarse en los vehículos que se cruzan con él o los que le adelantan. En horas de la noche del día anterior, piensa, también estuvo examinando con calma al barman conocido como El Papa. Allí había convocado al antillano Dalvi para ofrecerle los datos preliminares del caso que le había encargado en horas de la mañana el coronel Parkison y ordenarle que se ocupara de lo que le correspondía. Estuvieron hablando acerca de Ralph T. Baxter mientras éste se movía de un lado a otro del bar sin sombras de pesares aparentes, llegando hasta todas las mesas y atendiendo cordial a los parroquianos, siempre con la sonrisa a flor de labios. Incluso, Gerald Queessly había observado cómo algunos clientes le palmeaban la espalda llamándolo San Gelasio y él respondía complacido con unos sonidos guturales parecidos a la alegría. En una oportunidad lo vio beber de un vaso que le brindaron y no supo determinar si en realidad se trataba de un hombre que sufría la muerte de la esposa o se alegraba.

Gerald comienza a detener el vehículo al advertir el inminente cambio de luz en el semáforo que se aproxima y lo vigila dispuesto a acelerar apenas la luz parpadee de nuevo para pasar a verde; recuerda sus conversaciones con los vecinos de los Baxter el día anterior. Según ellos, habían visto en horas tempranas a Lou cerca de los tachos de basura rodeados de moscas y aseguraban que ella arrojó en los recipientes el contenido de dos canastas, sucios papeles de gente sucia, inmunda basura de gente inmunda, restos de comida descompuesta, cortezas de frutas, porciones de almohadillas sanitarias y otros asquerosos desechos, piensa Gerald. Se representó a Louise subiendo lentamente las escaleras, arrastrando con desgano sus pies metidos dentro de unas viejas chancletas, hablando a gritos con otras mujeres. En un edificio comunitario de este tipo todo el mundo se conoce; saben dónde trabaja cada cual; tienen conocimiento de las costumbres de los demás; sin embargo, los vecinos entrevistados habían respondido de manera lacónica las preguntas de Gerald Queessly. Recordaban haber visto a Lou entre las seis y la siete de la mañana en diversas ocupaciones que le eran habituales y nada más; en cuanto a Ralph, lo describían como un hombre respetuoso, que jamás hablaba a gritos ni armaba escándalos en el hogar. Ninguno de los vecinos aseguró que el negro hubiera podido estar escondido dentro del apartamento y asesinar a su mujer, pero Gerald creyó descubrir tales insinuaciones en las palabras de los Brooks, los vecinos del apartamento contiguo, y en las de Marino Panzi, un inmigrante italiano del apartamento del frente. No obstante, ninguno afirmó rotundamente haber escuchado un grito, señales de lucha ni indicios de pelea.

Dos horas de conversación con los vecinos del edificio donde vivían los Baxter, convencieron al inspector Queessly de que estaba perdiendo el tiempo con ellos; con este tipo de gente sólo podía trabajarse en el pressure pot.

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Paredes subterráneas: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

Título del libro: Paredes subterráneas

Género: Novela breve

Ilustración probable sobre obra pictórica

de Carlos Manuel Casanova:

Sinopsis:

Puede ser considerada como un divertimiento aunque a la vez una parodia de las novelas policíacas. En ella el lector encontrará los ingredientes del género aunque también disfrutará de un relato entretenido.

Resumen argumental:

Los hechos suceden en la ficticia y sureña Bridgebelt, donde actúan los policías William Parkison y Gerald Queesly, quienes investigan la muerte de Pamela Rodes, una supuesta corista del Nano’s bar que es en realidad un trasvesti.

Muestra de los dos primeros capítulos:

UNO

EL CORONEL PARKISON, DE LADO EN SU SILLA, LE HABLÓ EN UN tono casi paternal a la señora Ragenta Miles. Que viniera a suceder el asesinato de Pamela Rodes en ausencia de Gerald Queessly constituía la mayor de las desgracias; él, Parkison, no iba a mezclarse con esa piara de andrajosos avecindados en Dirty Town; no estaba dispuesto a interrogar ni a uno de los traficantes de amapola; no le importaba si el homicida era un maniático y la emprendía contra todas las calientacamas de aquel barrio; a él hay que respetarlo (se pone de pie); a él lo respeta hasta mister Palombo (nervioso, se acerca a los ventanales de cristal); mister Thomas Palombo le pide opiniones sobre las noticias publicadas en el diario liberal Black Dayly o en el semanario conservador Quarter Times (apoya las manos en el marco de una ventana y flexiona el cuerpo alargando las piernas en forma de ele); el alcalde Palombo confía en sus consejos.

Regresa al lugar donde se encuentra su escritorio, tantea los teléfonos como en un descuido y de pronto reacciona violento.

–¡No admito desórdenes en mi jurisdicción! –grita.

La señora Ragenta Miles, alta, de arrugas incontables y años perdidos en la memoria, asentía ante cada nuevo golpe furibundo del puño del coronel Parkison contra la superficie del escritorio. Claro está, señor coronel, no debe mancharse su honroso uniforme con el olor nauseabundo de aquellos delincuentes chocarreros; fíjese usted, un día el auto de mi marido se descompuso frente al Nano´bar, justo en el corazón de Dirty Town, y si no llamamos al sheriff nos hubieran robado hasta los neumáticos.

Parkison, descolgándose la pipa de los labios, ordenó a Ragenta Miles servir té y comenzó a calmarse. Sentado de nuevo en la silla giraba de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, comentaba que Queesly quizás estaba hospedado en el mesón de un tal Laforcadis, judío converso ahora conocido por el castellano nombre de Alberto Balboa; era necesario localizar de inmediato al inspector Queessly, dijo, en cualquier rincón de Madrid en que se encontrase.

–Para él, se acabaron las vacaciones. Tiene que venir volando –dijo, y extendió los brazos sacudiendo las manos una contra la otra en actitud colérica.

La secretaria levantó la vista, deteniendo la acción de tomar nota del correo electrónico que debía cursarle a Queessly. La palabra volando penetró en sus oídos con un matiz de complacencia y morbosidad; luego de cerrar los ojos varias veces y abrirlos de nuevo, sonrió pícara. Delante de ella una especie de visión comenzó a repetirse como en otras oportunidades: los ojos fogosos y sensuales, los labios pintados de carmesí, el kimono azul y las manos cuidadas con esmero, el abanico que sostenía negligente, la convertían en la imaginación de Pamela en una geisha de escultural figura. Mientras se frotaba los ojos, la secretaria tragó saliva varias veces y volvió a escuchar la voz de trueno del coronel, quien le estaba ordenando ahora que fuera bien precisa en el mensaje a Queessly: que viniera volando antes que el alcalde mister Thomas Palombo reventara con sus ofensas habituales contra la ineficacia de la policía de Bridgebelt.

GERALD QUEESSLY ACARICIA UNOS INSTANTES EL FOLIO amarillento, palpa el lomo del libro y luego de resoplar varias veces, trata de encontrar la importancia que podría tener para él como la policía descubrir historias similares a la de doña Flor y asociando ideas llegó a la conclusión de que no le convenía discutir las reglas para el ingreso a la Interpol, y debía aplicarse aquí en Madrid durante estos dos meses de licencia a estudiar en los fondos del archivo todo tipo de casos policiales antiguos, de tal manera que le ayudasen a dominar el lenguaje forense en español. Y continuó leyendo, enterándose ahora de que una tarde fría en la ciudad marítima de Matanzas en Cuba, don Álvaro Roque de la Balandra iba entrando a la habitación matrimonial cuando advirtió que una vez más, el padre cura don Rodrigo se encontraba allí, con la sotana quitada y sólo en calzones, acaricia tiernamente la espalda desnuda de doña Flor Baldés de Roque de la Balandra. “Ah, no”, se dijo, “para leer historias sicalípticas como estas no he venido este invierno a España”. Había logrado que Parkison le autorizara permanecer dos meses fuera de Bridgebelt con el propósito de perfeccionar el español aprendido desde la cuna por boca de su madre chicana, porque un requisito para ingresar en la Interpol era dominar tres idiomas. Y conseguir una plaza en este cuerpo policial era la única alternativa para huir por siempre de la molesta halitosis de William Parkison y las constantes órdenes de la señora Ragenta Miles, mujer seca cual un espárrago, que se creía ser la gobernadora de los policías de Bridgebelt cuando faltaba el coronel.

ALBERTO BALBOA, COJITRANCO Y CON UN PARCHE CUBRIÉNDOLE el ojo izquierdo, habló en voz baja con la secretaria del archivo. Buscaba a un tipo barbudo, le dijo, flaco y de piel cetrina, más parecido a un marroquí que a un americano; un tipo que cuando hablaba daba la impresión de que se lengua la habían maniatado; además, se creía un genio en todas las materias científicas y sus ojos inyectados de sangre constantemente le daban el aspecto propio de un borracho.

La secretaria lo escuchó condescendiente, acostumbrada a atender toda clase de personas extravagantes que venían de diferentes partes del mundo a investigar la historia del pasado.

–Mírelo allá –le dijo en un tono que al parecer quería expresarle con sus palabras es aquel pájaro de cuentas que en lugar de leer en realidad lo que hace es dormir encima de los legajos–. Es tan repulsivo, que si no fuera por las ordenanzas sobre el libre ejercicio de la investigación, mandaba al bedel a echarlo a patadas.

El judío converso admitió que, efectivamente, no debería admitirse a extranjeros penetrar en los recintos sagrados de la historia nacional. La secretaria del archivo, con voz aflautada, habló acerca del orgullo patrio y la pureza del idioma.

–Aquí vienen a mariposear cada gilipollas que bueno… para qué contarle –dijo vanidosa.

El judío abrió la boca mostrando sus dientes parejos y pulidos hasta el grado de la brillantez; igual sucedía allá en Aranjuez, comentó, donde hasta el año anterior dijo haber trabajado como segundo repostero en la cocina del palacio real. Chasqueando los labios a cada instante en señal de deleite, describió los carnosos fresones que seleccionaba para elaborar los postres, las dulces naranjas de China y las manzanas rojas para colocar en las cestas de mimbre eran de la mejor calidad, y mientras él hablaba, la secretaria del archivo segregaba saliva sin poder contenerse.

–Tenemos que hacer una limpieza racial en nuestro país –precisó el judío–, porque no es posible continuar tolerando el espectáculo de morenos del Magreb revolviendo los tachos de basura en busca de alimentos.

–Exacto –dijo ella.

–Y los latinoamericanos de piel oscura, malditos sudacas –dijo él ofensivo–, si usted viera como trasegaban platos hacia las mesas de los distintos comedores donde le sirven lo mismo el almuerzo a una princesa belga que la cena a duques y marqueses del reino helvético.

La secretaria del archivo daba en todo la razón a Alberto Balboa, hasta que él, enigmática la sonrisa y sardónico el gesto mientras alababa la limpieza y el buen gusto en los ornamentos de la sala de recepción del archivo, se despidió de la dama entre zalamerías y alabanzas hacia bondades inexistentes en su cuerpo.

Sentado a la mesa frente al inspector Queessly, Alberto Balboa empleó una mezcla de español e inglés condimentada con algunas frases en esperanto para imponer a su huésped las órdenes del coronel Parkison por boca de una tal Ragenta Miles quien luego del consabido Do you speak English?, le relató sucintamente la muerte de una dama en algún barrio sucio de su país (al menos, así lo entendió él) y al final insistió: dígale que venga de inmediato.

Caminaron un rato a lo largo de una de las calles interiores del Paseo del Prado; la protección de los árboles añosos, grises y melancólicos, carentes de hojas, y un vientecillo frío alertagaban sus pasos. Le dolía interrumpir las vacaciones, expresó de momento Gerald deteniendo la marcha y arreglando el parche del ojo de Alberto, corrido hacia un costado. Quizás no volverían a verse hasta el próximo año, o tal vez nunca más, dijo con aire pesimista y Balboa llevó una mano al hombro del inspector: destierre la palabra jamás de su vocabulario, buen amigo, le dijo Balboa. Continuaron calle abajo a paso lento, al paso cojitranco del judío converso.

Al día siguiente el inspector Queessly, mientras volaba de regreso a su país, creía escuchar los bramidos del mar debajo de los pies, mas no se atrevía a mirar hacia el vacío. Lo único que llegaba en realidad a sus oídos era el rugir amortiguado de los motores del avión impidiéndole concentrarse en la lectura de un folleto cuyas hojas se hallaban marcadas con el membrete del archivo real. Le interesaba la descripción de aquel castigo contra el escolar Don Benerado Valverde por haber proferido insultos contra la madre de un soldado español. Estos cubanos de la colonia eran tan belicosos como los de hoy día: dejarse aporrear la cabeza y como regalo adicional soportar quince días a pan y agua por el simple placer de una mentada de madre dirigida contra un gallego, no se le ocurría a ningún compatriota suyo.

–Parece resultarle interesante ese libro –comentó su compañero de asiento y Queessly levantó la cabeza. Le parecía conocer de algún sitio a este individuo de hombros cuadrados y mirar lacrimoso; le hizo el comentario.

El aludido extrajo del bolsillo interior del sobretodo una tabaquera de plata y extendió la mano hacia Gerald, quien rechazó el ofrecimiento por medio de una frase cortés.

–Yo a usted también le conozco –aseguró el acompañante lanzando al aire unas gruesas volutas de humo. Claro que se conocían. Unos años atrás el inspector Queessly había actuado en la investigación de una serie de asesinatos contra jovencitas impúberes y a él, Bebito Gonzales, presidente del ejecutivo de una prestigiosa corporación con sede en Dirty Town, habían pretendido involucrarlo en aquellos crímenes propios de un maniático, ¿Quessly no lo recordaba?

Gerald observó detenidamente a Bebito cuando terminó de presentarse de esta forma sui-géneris. Pensar en la altura a la que se encontraban lo mantenía con los nervios alterados, fuera de sí. Bebito Gonzales reía irónico, mientras paladeaba su habano sin separarlo de los labios.

PARKISON, CON EL GESTO HURAÑO Y LA MIRADA BILIOSA, CULPA a la señorita Miles por la demora de Gerald Queessly. Seguramente ella no le habló con claridad al judío (ceño fruncido del coronel: cuando adopta esa actitud es que se encuentra a punto de explotar en improperios) y éste olvidó pasarle el recado al inspector. La mañana ha amanecido más fría que otras veces; una ligera capa de nieve ha ido acumulándose en el alféizar de las ventanas y aunque dentro de la oficina la temperatura resulta agradable, mirar los copos de nieve en los árboles inquiera a Ragenta Miles: ella es enemiga del invierno.

–Le hablé con toda exactitud al judío –se defiende la secretaria en un tono indignado aunque respetuoso.

El coronel insiste: ojalá a Gerald no le haya dado por beber mostos fermentados en el mesón de Laforcadis en lugar de cumplir sus propósitos de mejorar el español aprendido en una escuela perteneciente a la Sociedad de San Francisco de Sales, en la fronteriza y sureña Duracán, durante su niñez. De ser así, a esta hora será una especie de barril de amontillado. Ya son las diez de la mañana; desde hace dos días el cuerpo de Pamela Rodes está guardado en la morgue (cara triste del coronel; un gesto como ese constituye señal inequívoca de que comenzará a llorar) y Tom Palombo echa chispas por la nariz: su reelección peligra si este asesinato no se aclara en pocas horas; el Partido Conservador ya ha comenzado una campaña radial acusándolo de ocultamiento de datos a la opinión pública (cara preocupada del coronel: en estos casos cualquier reacción resulta probable, desde golpear el buró con sus puños hasta cantar el aria de una ópera).

–Hay que esclarecer este crimen de inmediato –sentencia el coronel recostándose en el respaldo de su silla giratoria y colocando ambas manos entrecruzadas encima de los ojos.

YA ES VISIBLE EL LARGO PUENTE DE HIERRO QUE UNE A LAS DOS partes de la gran ciudad separadas por un tranquilo pedazo de mar. Los pasajeros comienzan a colocar sus cinturones de seguridad; Bebito Gonzales roza ligeramente con el brazo el hombro izquierdo del inspector y éste sacude la cabeza amodorrado. Vuelve a penetrar en sus oídos el bullicio amortiguado de los motores del avión y cobra conciencia de nuevo de la sonrisa cínica con que lo ha estado martirizando durante todo el viaje su acompañante. No le caben dudas: Bebito Gonzales está involucrado en algún delito; conoce de memoria su expediente policial y sabe que no podría vivir sin burlar la ley. Comienza a abrocharse el cinturón. Por desgracia, tendrá que sufrir su presencia durante dos horas más, mientras se dirijan en el tren hacia el distrito de Bridgebelt.

DOS

LAS PERSIANAS DEL SALÓN DEL DEPARTAMENTO DE Investigaciones Criminales se hallan entornadas; frente al ordenador, el coronel Parkison acomoda pacientemente el tablero plástico, observa unos instantes sus uñas brillosas y acciona el interruptor del equipo. Cuando el punto luminoso deja de centellear en la pantalla, se escucha un zumbido musical; con toda parsimonia, el coronel introduce los dos disquetes en sendas ranuras. El excesivo ruido de los acondicionadores de aire al parecer no lo incomoda; acaricia el rostro mediante un gesto mecánico, extrae del bolsillo de la gabardina una pipa de marfil y comienza a cargarla con la aromática picadura. Durante unos segundos, mientras en la pantalla aparece y se borra una y otra vez el aviso de error, el coronel Parkison permanece atento sólo a la operación de carga de la pipa: tomar la cigarrera con los dedos índices y pulgar mientras los restantes permanecen extendidos; sacudir la pequeña caja plástica, en cuyo exterior la leyenda alaba las bondades del tabaco de Virginia, dentro de la palma ahuecada; colocar la caja cerca del tablero de letras y símbolos; sostener la pipa entre los dedos índice y pulgar manteniendo extendidos los restantes; introducir la picadura dentro de la cazoleta auxiliándose de esos mismos dedos de la otra mano. Luego de haber ejecutado estas acciones en varias oportunidades, lleva la boquilla de la pipa a sus gruesos labios, carnosos, enrojecidos por el frío, y prende el encendedor. El aroma del tabaco llena la estancia y entonces el coronel oprime el botón, tecleando de inmediato en el tablero. Luego de un tintineo insistente combinado con el encendido intermitente de una pequeña lámpara roja, aparece en la verde pantalla un texto que Parkison comienza a leer con detenimiento.

PROMPT. INFORME DEL AGENTE GINPOLE.QSK. YO HE SIDO celoso cumplidor de mi patriótico deber de informar con sistematicidad a las autoridades cualquier anomalía existente en Dirty Town. No soy un delincuente que para ganar su libertad compromete el honor a expensas de sus compañeros de celda, eso ni pensarlo. Como honesto contribuyente y ciudadano intachable, he aceptado por voluntad propia fingir un alcoholismo que no padezco de suerte tal que me confundo con las heces más despreciables de todo este barrio. Como ellas, me alimento con restos de comidas que obtengo a bajo costo en los mercados, aunque internamente poseo la hidalguía y la entereza de un caballero. Hechas estas salvedades, me regodearé un breve instante en mis más íntimas motivaciones de existencia pues sé que esta vez el máximo jefe de nuestro cuerpo policial buscará mis informes y los leerá con el alma en vilo: no por gusto ha muerto Pamela Rodes, personita harto conocida por él y cuyo asesinato le hace pensar seguramente que su propia vida corre peligro. La ví tirada ahí en una especie de basurero que hay a un costado de Hanging Street, la cara irreconocible y el cráneo machacado de una manera feroz. Daba la sensación de que el asesino había cortado primeramente su larga cabellera, o quizás la remojó en agua de cal durante unas cuantas horas y luego tiró de los pelos arrancándolos de raíz: su cabeza totalmente desnuda así me lo hizo suponer. Tiempo más tarde hablé un rato dentro del Nano’s bar con Taneger, mi habitual suministrador de nieve (las grandes cantidades que le compro con frecuencia sirven para confirmar la creencia de que el sacerdote de una secreta congregación, conocida como Gran Templo Oriental de los Esenios Libres, cuyas tenidas se llevan a cabo en me- (PRESS RETURN FOR CONTINUOS).

El coronel aspiró negligente una gran cantidad de humo, tomó la pipa por la cazoleta con su mano tibia y entrecerrando los ojos liberó los pulmones poco a poco, como si fuera su intención capturar el humo de nuevo. Abrió los ojos, oprimió una tecla y continuó leyendo:

dio de una especie de saturnal demoníaca mientras yo distribuyo la droga entre los miembros de aquella sociedad esotérica) y de informaciones confidenciales. Uno de los auxiliares en la morgue es cliente suyo: compra la nieve que consumen dos o tres empleadillos sin importancia. A Pamela Rodes vio hacerle la autopsia, le contó el auxiliar. El cuerpo desnudo fue tratado por los cirujanos sin grandes consideraciones; miraron aquí y allá, cercenaron esta porción y observaron aquella; estudiaron los restos estomacales y se detuvieron largo rato en la zona de la cabeza; buscaron centímetro a centímetro ciertas huellas en toda la piel y analizaron con calma el orificio anal. Lo más impresionante para el auxiliar fue cuando abrieron a la fuerza sus muslos; frases violentas, imprecaciones y grandes aspavientos de los dos forzudos estudiantes que realizaron la tarea dando a entender sus deseos de copular con la hermosa mujer. El auxiliar salió corriendo del salón de las autopsias cuando vio el enorme agujero sanguinolento, perfectamente circular, en la zona donde Pamela Rodes tuvo su centro del placer.

Sin embargo, inspector Queessly, no deseo ser tomado por un sentimental ni me confunda con uno de esos tipos que se ablanda (usted ha ablandado unos cuantos) cuando un rudo inspector comienza a cocinarlo dentro del cuarto conocido como pressure pot, unas veces con frases amables, otras amenazantes: ora recordándole a la vieja madrecita arrugada y somnolienta que llora cada noche de su encierro, la novia tierna y joven, la esposa que quizás no tenga valor para resistir la soledad si lo condenan, los niños tristes y hambrientos, era sugiriendo la posibilidad de quedar libre si pronuncia unos cuantos nombres. Y cuando esos procedimientos no ofrecen resultados convincentes, siempre habrá tiempo para empapar una toalla en agua o emplear el bastón de goma que no dejan huellas de violencia cuando se golpea en la zona comprendida entre el cuello y el estómago. (PRESS RETURN FOR CONTINUOS).

El coronel, luego de manipular la pipa varias veces, releyó la página y estuvo sonriendo un momento. Oprimió un botón y continuó atento a la lectura.

Queessly, no requiero de tratamiento en el pressurre pot, siento un enorme gozo al mantenerlo a usted al tanto de cuanto secreto puedo descubrir en Dirty Town, disfrazado como ando de uno de sus habitantes, y esta vez volveré a cumplir con mis deberes de honesto ciudadano. Rastrearé debajo de cada piedra, escucharé cuantas conversaciones pueda sorprender acerca de este asunto, lo juro por mi honor que descubriré al asesino de Pamela Rodes antes de finalizar este maldito invierno que tanto daño trae a mis débiles pulmones. Lo juro por mi honor de inspector encubierto bajo fachada de sacerdote satánico.

Parkison, puesto ya de pie, conectó las luces del salón. Gerald Queessly cerró los ojos varias veces y permaneció en silencio.

–Ese agente suyo –Parkison señaló hacia la computadora con la boquilla de la pipa– es un perfecto imbécil.

El inspector contuvo la respiración y dilató las ventanas de la nariz, para evitar una risa abierta, burlona. Respetuoso, indicó también hacia el equipo electrónico y reconoció las locuras de Ginpole; sin embargo, se trataba del mejor de los confidentes que mantenían en todo el distrito. Mesurado en los gastos, separaba de sus notas oficiales todo lo que resultara bebidas alcohólicas consumidas por él durante las misiones oficiales y sólo cargaba a la cuenta de la alcaldía las copas de sus acompañantes, a quienes tironeaba de la lengua con el objetivo de obtener información. En el aspecto moral, intachable: jamás se acoplaba con las coristas del Nano’s bar; prefería la autocomplacencia dentro de la mísera habitación donde vivía alquilado, pagando él mismo las rentas. Y en cuanto a frugalidad, otro mejor no existía: buscaba restos de alimentos en los basureros de Updown City dos veces a la semana, llegaba con los paquetes de papel parafinado que empleaban en el supermercado de New Wall Street y guardaba los productos en la nevera para irlos consumiendo una vez al día; aunque en ocasiones, enardecido por algún discurso de Thomas Palombo alabando los sentimientos patrióticos y el espíritu de sacrificio ciudadano de los empleados públicos que renunciaban al aguinaldo navideño donándolo para sostener el Cuerpo de Bomberos Voluntarios, o emocionado al oír una pieza oratoria perfecta del senador mister Carrigham expresando su profundo agradecimiento a las fuerzas del orden por evitar cada día disturbios y desacatos contra las leyes de la nación, exaltado por cualquier discurso de los que frecuentemente escuchaba en su pequeño televisor Emerson, decidía desayunar y de esa manera los restos de comida duraban más.

El coronel permanecía de pie, impaciente.

–No lo defienda tanto; su protegido es un gran bellaco y ladino –dijo, removiendo la cazoleta de la pipa.

El inspector Queessly conocía perfectamente a su jefe: detrás de aquel rudo carácter, avasallador, imponente y vengativo, se ocultaba el más indefenso de todos los corderos que visitaban cada día la parroquia de Centering Ward, en el mismo corazón de Bridgebelt, con intención de dirigir alabanzas al Señor, rogar el perdón de sus pecados y acompañar al coro durante las cantatas Jesus, lover of my soul o I will sing wondrous story. Por ese motivo, apartó de su mente la ofensa en tono sarcástico que estaba ocurriéndosele. Por eso y desde luego, porque se trataba del jefe.

–Coronel –la voz del inspector fue respetuosa, casi de ungida admiración–, le traigo noticias de Laforcadis.

La expresión de Parkison cambió al instante. Sonriente, jaranero, feliz. Un gran muchacho ese judío, muy emprendedor. Con su cara hermosa de luna llena y el cuerpo atlético, resultaba encantador para las mujeres. Queessly prefirió callar: no iba a romper el hechizo del coronel; si le describía al andrajo en que se había convertido Laforcadis a la vuelta de veinte años, lo llamaría mentiroso. Aunque mostrara las fotos de ambos paseando por la Plaza de Armas del Palacio Real, diría que era falso, lo acusaría de embustero, de traidor vendido al oro del enemigo y hasta parchista y frangollón quizás le gritaría.

Parkison continuó hablando emocionado, mientras mecánicamente cargaba la pipa con el tabaco de Virginia. Todavía se acordaba de aquella temporada en Argel, cuando él y Esdrás Ramt Bar-Ilán (todavía no era Laforcadis, eso fue más tarde en Italia; todavía no era Alberto Balboa) penetraron el movimiento libertador. Recuerdos de fuertes aventuras entre musulmanas y orgías en serrallos y harenes. El inspector mantuvo el silencio, aunque deseaba de todo corazón, para embromarlo, indagar que desde cuando los eunucos gozaban los favores de mancebas y barraganas. Sin embargo, lo dejó empalagarse con historias de antaño, de su juventud, con escenas que desde luego Queessly no contemplo porque para esa fecha lanzaba piedras a las escasas bombillas públicas de Dirty Town como niño malcriado que había sido.

Después de los cuentos sobre el norte africano el coronel se trasladó hacia el Mediterráneo. En Roma, Milán y Nápoles él y Esdrás Ramt Bar-Ilán / Butlos Laforcadis / Alberto Balboa trabajaban aparentemente bajos las órdenes del agregado cultural de la embajada soviética y la confusión que armaron al servicio de inteligencia de la Cheká lo describió con tintes de teatro bufo: informaban al revés, de suerte que el poeta comunista español Paco Gómez resultaba un reaccionario burgués, en tanto la dirigente del Partido Neo-Fascista Alemán Berta Wieland era acusada de intelectual ultraizquierdista partidaria de los métodos estalinistas de gobernar. Divertido, el coronel relataba anécdota tras anécdota de lo que llamaba los dorados años de la post-guerra y finalmente, agotado el arsenal de la península itálica saltó hacia la ibérica.

Los meses (pocos, en realidad) que estuvo en España hospedado en el mesón de Laforcadis tratando de aprender el español en su propia cuna no fueron ricos en aventuras según el coronel Parkison. Allí sólo se dedicó a comer y los días se le escurrieron de las manos entre fritangas preparadas en aceite de oliva Koipe y exquisitos entremeses confeccionados con mortadela Siciliana, queso tierno El Labrador, piñas en rodajas Dole y espaguetis Carret; bebiendo hasta el hartazgo cerveza Águila y vino Los Molinos de origen Valdespeñas. Las pesetas le sobraban todavía para llenarse con toda suerte de bisuterías tan abundantes y baratas en el mercado español y que al coronel llenaban de regocijo como si fuese un coleccionista: dentífrico Colgate a razón de 169 pesetas los 100 militros, maquinillas de afeitar Wilkinson azul por 285 pesetas las 10 unidades, 18 paquetes de 10 pañuelos de bolsillo Tempo cada uno por 169 pesetas, gel de baño Luz que costaba a razón de 245 pesetas los 750 mililitros, un frasco de Lavanda Puig nada menos de tres cuartas parte de litro por sólo 375 pesetas. En fin, una verdadera ganga si tenía en cuenta que el dólar entonces se cotizaba a 130 pesetas y a ellos les pagaban por sus servicios de espionajes a la semana la elevada cifra por entonces de 1500 dólares.

–Un mes me quedaron libres cincuenta mil pesetas y me compré con ellas un televisor Samsung y unas cuantas vídeo películas porno –rió el coronel, guiñando un ojo. Señaló de nuevo hacia el computador y dijo: –Mientras tanto, el estúpido de Ginpole estaría haciendo economías porque en aquella época trabajaba de recogedor de basuras en las calles de Dirty Town.

Gerald Queessly estuvo a punto de no poder contenerse, de gritarle al coronel que por culpa de individuos cínicos como él este país estaba desmoronándose. Sin embargo, sólo se atrevió a declarar tímidamente que aunque la fatiga del largo viaje desde Madrid apenas le permitía mantenerse despierto, deseaba informarse cuanto antes sobre la muerte de Pamela Rodes.

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Entre la tierra y el cielo: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

Título del libro: Entre la tierra y el cielo

Género: Novela

Ilustración probable sobre obra pictórica

de Carlos Manuel Casanova:

Sinopsis:

La trama se desarrolla en la Cuba de la actualidad, donde se encuentran dos jóvenes apasionados: ella, casta muchacha hija de pastores evangélicos; él, joven avasallador que ha subyugado antes a decenas de jovencitas, procedente de una familia atea. Ambos se enamoran (por primera vez en la vida) el uno del otro. Se trata de una historia de amor presentada con un pretexto narrativo poco habitual para la literatura cubana: el resurgimiento del evangelismo cristiano en el país visto desde la óptica de la tolerancia hacia los creyentes en Dios, sin que la trama se convierta en un dogma religioso.

Resumen argumental:

En la novela se describen las características aproximadamente realistas, aunque con toques de ficción, de cómo transcurre la vida en una iglesia cristiana evangélica o como también se le llama en algunas latitudes, protestantes (por no pertenecer al catolicismo). Las descripciones de la ficción han estado precedidas de una investigación histórica y de campo por parte del autor. De manera específica, el argumento va desarrollando los conflictos que ocurren como consecuencia de los amores juveniles entre una creyente cristiana y un ateo. La focalización que adopta el narrador responde al punto de vista de dos jóvenes enamorados con sinceridad, que llegan a creer en el amor Eros no fingido ni ligado a intereses materiales, y se disponen a vencer todas las trabas familiares y sociales que los separan. El conflicto fundamental se genera por el amor entre los personajes principales, Rebeca y José Luis, obstaculizado por el rechazo familiar de los ateos hacia los cristianos y unos cristianos que se oponen con razones doctrinales a las relaciones entre la pareja.

Muestra de los dos primeros capítulos:

(1)

ELLA VISTE DE BLANCO Y MIENTRAS ESTÁ CANTANDO, COMPRENDO LO DIFÍCIL QUE ME RESULTARÁ LLEGAR HASTA SU CORAZÓN.

Una aureola de limpieza la circunda, una hermosura que hasta ese instante no había conocido en mujer alguna. El pelo largo y bien cuidado, la piel de una tersura perfecta, y el tono cálido de la voz durante cada interpretación de las canciones que llaman alabanzas, me confirman que estoy enamorado de ella. Antes, prevalecía el deseo, los celos por saberla imposible para mí, la rabia porque su alegría juvenil me resultaba incomprensible, la envidia contra los jóvenes que la rodeaban en todo momento allá en su mundo encerrado entre cuatro paredes; en aquella época, me hubiera gustado hablarle con las palabras aprendidas entre los míos:

Eres demasiado hermosa para renunciar a los placeres de la vida.

No es justo que te condenes a una vida tan triste.

El amor entre los jóvenes no es prohibido.

Era un tiempo en que mis deseos eran conducirla por mis caminos, apartarla de esas tonterías suyas que la mantenían amarrada a un supuesto destino ineludible. Papá y mamá sabían bien la historia de sus padres y la conversaban en susurros; desde pequeño, escuchaba sus comentarios sobre nuestros vecinos más cercanos en la época que permanecían aislados y apenas los visitaban cinco o seis personas mayores. Vivían exclusivamente de los productos del racionamiento y a veces sus almuerzos eran agua de azúcar y un pedazo de pan; vestían ropas de mucho uso y se les veía algo demacrados.

Acabaron las canciones y ella fue hasta uno de los bancos donde la recibieron con sonrisas. Continuaba observándola desde mi posición, admirando sus redondos senos y la solidez de las piernas. Mientras el padre les dirigía la palabra a los demás con el micrófono en la mano, yo la buscaba a ella con la vista, luchando contra el obstáculo de las persianas, incómodo porque algunos que habían llegado tarde caminaban tratando de acomodarse en algún espacio disponible y me impedían disfrutar de la belleza de Rebeca durante breves segundos.

Cuando yo era un niño, jamás vi ocupados todos los asientos. Ella entonces era una muchachita tímida.

-Ven a jugar con nosotros -recuerdo que le dijo alguna de nuestras compañeras de aula un mediodía de aquellos en que salíamos bullangueros de la escuela.

-No puedo -contestó Rebeca.

Había tristeza en el tono de su respuesta. Yo me decía que las causas de su negativa eran la altivez y el orgullo por ser la hija del pastor de una iglesia, aunque mis compañeros suponían otras razones, por ejemplo: el padre de Rebeca no la dejaba juntarse con nosotros; a ella le daba vergüenza su ropa de uniforme desgastada; no quería contagiarse con nuestras indisciplinas. Lo cierto era que aunque no iba a las reuniones del equipo, estudiaba cada tarde en aquel salón atestado de bancos que era la iglesia, mientras yo la espiaba por las persianas.

En la época que estaba en la misma escuela que nosotros caminaba sin ese aire de mujer, propio de las demás compañeras de nuestra aula. Cuando hablaba, se refería a temas que nos daban risa: el amor entre las personas, no el amor sexual sino el fraternal; la bondad, el pecado, la maldad de los seres humanos y el infierno. Aquellas cosas las calificábamos de monsergas y considerábamos a Rebeca una tonta.

Una tarde, entonces cursábamos el sexto grado, coincidimos durante un rato de regreso a nuestras casas. Fuimos los últimos en concluir una actividad escolar y no le quedó otra alternativa que caminar junto a mí. Ya entonces su cuerpo había reventado con todo esplendor, dejando atrás la niñez.

-¿Sabes que eres toda una hembra? -le pregunté. Así me habían aconsejado mis hermanos mayores que debía decirle apenas se me presentara una oportunidad.

Un auto pasó veloz por nuestro lado, levantando una nube de polvo que ensució nuestras ropas. De mi boca salió una palabra bastante ofensiva contra el chofer del auto.

-No hables así, José Luis -me dijo, eludiendo contestar mi pregunta anterior.

Desde ese mismo instante comencé a mirarla de una manera un poco distinta. Mis ojos empezaron a transformarse. Mis ojos. El cuerpo continuaba deseándola como desde el inicio, durante aquella noche en que soñé que éramos novios y ni mis padres ni los de ella se oponían. Un sueño que se repetiría una y otra vez durante la pubertad en que estuve sufriendo la agonía de no tenerla, sueño que me acompaña todavía ahora en la juventud, auque ya no es el fuego abrasador de antes.

El tiempo fue pasando aunque yo no podía olvidarla; las ocasiones en que caminábamos juntos hacia nuestras casas, la lengua se me enredaba dentro de la boca y no podía decirle las palabras que según mis hermanos debían decírseles a las mujeres. En el aula, las demás muchachas hablaban a gritos, proferían palabras obscenas; les gustaban nuestros cuentos plagados de mentiras, frases soeces y manifestaciones de machismo. Ella parecía decirme que en sus oídos no entrarían ese tipo de palabras.

Ahora estoy de nuevo observándola desde una persiana de la iglesia, vestida de blanco, más hermosa que nunca.

EL OJO INDISCRETO QUE REPITE EN DESORDEN

(JOSÉ LUIS)

Pensar en nada, vagar por toda la ciudad sin rumbo fijo, creyendo que la vida termina porque no aparece el amor, aunque el amor no es un sentimiento en estos días en que todos olvidan a demás, cuando el egoísmo los invade y sólo piensan en sí mismos, mirando pasar la vida en tanto se camina hacia la muerte. Son los pensamientos de José Luis mientras ve pasar los vehículos tratando de que no lo golpeen; ya nadie se acerca a él porque todos se han enterado que está enamorado realmente de Rebeca.

(2)

LA ESCUELA AL CAMPO ERA UN TORMENTO PARA ELLA.

Mientras las demás muchachas gozaban de aquella libertad, del distanciamiento de sus padres, Rebeca sufría no por nostalgia sino debido al temor de juntarse con sus compañeras. Las de su brigada, las de su aula, las de la escuela toda, para fastidiarla contaban historias de noviazgos de una manera impúdica, repetían los cuentos de los muchachos que venían a visitarlas, revelaban intimidades con relación a la vida marital de sus padres; traían a colación junto al surco, en el comedor o durante la hora del baño, el tema del sexo; hablaban de modas criticando a aquellas que no se atrevían a subir las sayas más allá de las rodillas.

Rebeca no lograba concentrarse en la lectura de la Biblia. A su alrededor, las otras conversaban alegres, ilusionadas con la fiesta que se avecinaba allí en aquella especie de campamento militar. Luego de un mes de vestir exclusivamente la ropa de trabajar en el campo, adornarse otra vez como mujeres les devolvía la sensualidad.

-¿Viene Paquito? -preguntó una de ellas.

-Me lo prometió -repuso la otra.

-¿Ya no anda con Minerva?

-Me prefiere a mí -le respondió su interlocutora arrugando el entrecejo.

-No me estás diciendo toda la verdad -protestó su compañera volteándose para que la otra la ayudara a abrochar el ajustador.

-Mira su último recuerdo -contestó con descaro la muchacha, colocándose de frente a la amiga. Rebeca no pudo evitar que sus ojos se detuvieran en el vientre de la compañera de aula y vio una especie de rosa morada que le rodeaba el ombligo.

En la soledad del albergue, Rebeca trataba de concentrarse en la lectura de la Biblia sintiéndose contaminada por la música de metales que llegaba hasta sus oídos y le removía las entrañas; llorosa, se puso de rodillas en el piso rugoso.

-Perdóname por estar pensando en José Luis -gimió. Afuera, la música continuaba su ritmo enloquecedor. Sus ojos llenos de lágrimas empezaban a recuperar el brillo que los caracterizaba.

EL OJO INDISCRETO QUE REPITE EN DESORDEN

(REBECA)

Pensar en nada, vagar por el templo vacío sin rumbo fijo, sabiendo cuán difícil es para ella desafiar los convencionalismos. Ya no se oculta a sí misma que está enamorada de José Luis y a cada instante alguien viene a provocarla para recordárselo de alguna manera, para hacerla sufrir. Ahora mismo, la madre llega donde ella y se queda observándola admirada.

─¿Qué me miras? ─le pregunta a la madre.

─Estás lindísima ─la madre guarda silencio un instante, sonríe complacida y suspira─. ¿No viste cómo te miraba Armandito anoche durante el culto?

─Ah, mami, déjate de esas cosas, a mí Armandito no me interesa.

─Es un muchacho fiel a Dios y dentro de poco se gradúa de médico.

─No empieces otra vez

─¿Tienes algún examen mañana?

─De Literatura Española. ¿Papá está en la oficina?

─Está reunido con la directiva de la Iglesia.

─Entonces me quedo estudiando aquí en el templo.

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No habrá honras fúnebres para Oxiuro Vargas: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

Título del libro: No habrá honras fúnebres para Oxiuro Vargas

Género: Novela

Ilustración probable sobre foto del autor:

Sinopsis:

Huyendo de la cantata laudatoria muestra desde una visión múltiple tanto al personaje principal Juan Miguel Arranda como al país ficticio donde se desarrolla la trama, profundizando desde el punto de vista narrativo en las motivaciones y cambios que ocurren en los personajes al radicalizarse un proceso revolucionario. No se trata de una novela política, sino eminentemente psicológica. La singularidad de la obra consiste en que se han escrito varias novelas con el tema del dictador, pero no abundan aquellas con el tema del líder popular, y en este caso es el de un líder triunfante que dice ser el representante de una democracia popular. El narrador múltiple elegido posibilita democratizar la trama al tomar la palabra diferentes personajes desde puntos de vista que pueden llegar a ser contradictorios.

Resumen argumental:

Narra el estallido social que ocurre en un país ficticio de la geografía americana, aburrido de tolerar una eterna dictadura. Puede asumirse como la historia psicológica de los personajes que conforman un país enclavado en paralelos y meridianos inexistentes, pero que muy bien simboliza a los pueblos tercermundistas abocados a escoger entre el neoliberalismo tecnocrático (hambre, desempleo, existencia de ricos bien poderosos y pobres bien sometidos) o jugarse la partida por un sueño, una utopía, una quimera, casi un imposible.

El tema fundamental de esta novela es la repercusión que tiene entre las diferentes clases de una nación, el triunfo de una revolución que comienza a modificar en todos los órdenes esa sociedad.

La trama avanza desde múltiples puntos de vista, con narradores independientes focalizados desde un individuo o grupo de ellos, quienes contemplan y relatan lo que sucede en los primeros días de la euforia triunfalista alrededor de Juan Miguel Arranda, líder militar y político de la revolución que ha derrocado al dictador Oxiuro Vargas y asume de inmediato la Primera Magistratura sin elecciones previas. En las páginas de esta singular novela conviven obreros, campesinos, indios, antiguos propietarios y ex-funcionarios del gobierno derrocado, quienes evalúan los cambios que comienzan a ocurrir en la nación.

Los múltiples narradores, comportándose bien como objetivos o como subjetivos únicos, evalúan las causas que condicionan el surgimiento de la doble moral en el país de la ficción, revelan los conflictos de conciencia que se les presentan a algunas personas cuando no son capaces de expresar sus verdaderos sentimientos o cuando no se les permite hacerlo, y presentan un reflejo realista de las revoluciones populares por medio de las técnicas propias de la ficción narrativa.

Muestra de los dos primeros capítulos:

-1-

Ellos llegaron a la capital en automóviles desvencijados, espectáculo insólito para mí, acostumbrado a la limusina presidencial, al jeep blindado del generalísimo Oxiuro Vargas, a las ventanas vidriadas del palacio de gobierno y a los libros de la Historia Patria escritos por el licenciado Julio Escobar. Cuando pasaban por el parque de la Concordia, frente al monumento en honor a los soldados de la contrainsurgencia muertos en combate, el jeep del barbudo ubicado a la vanguardia se detuvo y no hubo forma de que volviese a andar; aquel hombre pequeño, de facciones aindiadas, tuvo que trasladarse a otro de los vehículos para que la caravana continuase su recorrido. La muchedumbre los vitoreaba. Infelices despatarrados incapaces de valorar la pérdida que acababan de sufrir, pues el generalísimo había decidido abrirse un hueco en la cabeza del tamaño de una moneda de ochenta vargas.

–¡Viva Juan Miguel! –gritó un indito lustrabotas de esos que ahora no quieren volver a tomar una lata de betún entre las manos, mientras el barbudo del nuevo jeep de la vanguardia volvía a detenerse, esta vez para darle la mano a este o aquel, al azar, al que estiraba la suya hacia él, suplicante de su saludo, mientras la multitud coreaba vivas hasta desgañitarse, daban mueras al generalísimo Vargas y al presidente Carlos Inclán, vivas a la libertad y mueras a los imperialistas y burgueses.

Entraron al palacio pasadas las doce; a esa hora el asfalto de la calle hervía como siempre en agosto; no forzaron las puertas, no apedrearon la fachada, no escupieron el piso ni se orinaron en los pasillos. El barbudo llamado Juan Miguel se asomó por uno de los balcones y pronunció un breve discurso entrecortado por los vítores de la hez más nauseabunda del puerto y las consignas coreadas por la piara de analfabetos congregados por vez primera sin que se les obligara.

–Ciudadanos –dijo–: acabamos de derrocar a la dictadura nefasta de generales y abogados que por más de un siglo había gobernado nuestra nación –desde la multitud arrancaron unos aplausos prolongados–. Les alquilaron durante noventa y nueve años las Islas Galernas a los imperialistas norteamericanos –se escucharon gritos de muera y otras expresiones imposibles de discernir–, vendieron nuestros derechos a la explotación de las minas en el Archipiélago de la Bauxita –ofensas por parte de la masa apelotonada en la plaza de la Fraternidad calificándonos de perros traidores–, asesinaban a nuestros hermanos, les robaban las tierras a nuestros indios –se pudo leer un cartel con la consigna: “Juan Miguel, el pueblo te apoya”–. Pero un día un grupo de muchachos con las manos limpias –continuó diciendo–, inspirados en los ideales patrióticos más puros y siguiendo el ejemplo de nuestro héroe mayor Alonso Rivera, decidió romper las cadenas que nos ataban, y hoy hemos entrado en este palacio que fuera guarida durante treinta años del dictador Oxiuro Vargas –la muchedumbre interrumpió por varios minutos el discurso y coreó: “¡Paredón, paredón, paredón!” –para decirle al pueblo: ¡somos libres!

A los pocos minutos la plaza de la Fraternidad estaba arrasada: el jardín de flores exóticas no existía, el busto al generalísimo Vargas desapareció, el césped no era más que un basural y las cercas se inclinaban lastimosamente por el empuje furioso de la multitud. Por vez primera, desde que fuera construido el palacio del gobierno, los parias entraban por su puerta principal.

Pero aun cuando nos consideraban unos perros traidores, fui llamado por el nuevo caudillo.

–Señor Otsende –me dijo–, la patria necesita de sus servicios.

Y como me ofrecieron emolumentos muy ventajosos, decidí jugar una partida sin posibilidades de ser ganada por mí. Pero me divertía observando al hijo de un pueblito inexistente en los mapas de la patria a escala de uno en veinte mil, que no sabía cómo usar el despacho del Presidente de la República; se mesaba la barba con la mano izquierda mientras con la derecha unas veces arreglaba sus insignias de general y otras tomaba la pluma Parker del tintero, mientras dictaba órdenes e introducía sus ideas acerca de cómo debía conducirse el gobierno del país.

–Necesitamos la cooperación de todos. Formaremos un Comité de Unidad Patriótica.

Miraba alternativamente a los que iba nombrando.

–Cuesta, convoque una reunión extraordinaria del Senado.

No admitía réplicas.

–Morejón, revise la declaración al pueblo y haga las correcciones de estilo pertinentes.

No solicitaba opiniones.

–Alfonso, disponga que se analice con urgencia la situación de todos los prisioneros.

Sólo se dirigía a los de su grupo.

–Ortiz, coordine una rueda de prensa televisada. Quiero explicarle al mundo los objetivos de nuestra revolución.

Tocaron a la puerta y entró el jefe de la escolta; su camisa despedía un olor a monte jamás conocido en palacio y la barba hirsuta era un claro indicio de que el país estaba por vivir días difíciles. Sin cuadrarse militarmente ni solicitar permiso al jefe máximo, habló con el desenfado de quien lo ha conocido al aire libre, en todas las serranías del Olvido.

–Juan Miguel, aquí está la señora que pidió hablar contigo.

–Hazla pasar.

Entró una mujer vestida de negro; su luto no estaba solamente en la ropa sino también en sus ojos y quizá más adentro; no se atrevió a hablar hasta tanto el general se lo indicó.

–Juan Miguel, yo soy la madre de Judas Cisneros y sólo quiero pedirle que no lo fusile.

A algunos de los que estábamos en el despacho este nombre nada nos decía. Para la madre en cambio, parecía el ser más importante de la tierra.

–Le prometo solicitar clemencia al consejo de guerra.

Cuando despachó a la mujer, se pasó un pañuelo por la cara y al guardarlo nuevamente, su rostro estaba impasible, de una dureza como de piedra.

–El tiempo apremia –dijo–, porque debemos cumplir todos los compromisos contraídos con el pueblo.

-2-

Aún el sol castigaba el asfalto obligándolo a despedir una niebla caliginosa, cuando un grupo de cholos, cuarterones, zambos y negros comenzamos a agruparnos frente al pórtico del Liceo Nacional. Los tres o cuatro empleados que a esa hora despertaban de una siesta con sueños vacíos, no comprenderían de momento qué significaba aquella intromisión de la chusma, como se nos llamaba con desprecio, en el portal del edificio. Desconocían tal vez que sólo unos momentos antes Juan Miguel Arranda había dicho: “Somos libres”, y olvidaban quizá que ellos no eran más que simples guardianes de un lugar al que siempre se nos había negado la entrada por el color de la piel y los bolsillos vacíos.

–¡Atrás! –gritó un viejo canoso mirándonos con indignación.

–¡Un momento! –saltó la voz de alguien por encima de todas las voces y se hizo un silencio pesado–. No hemos venido a hacerles daño a ustedes, sino a dejar nuestra marca en el edificio. Así es que mejor les vale dejarnos pasar.

Estas palabras fueron suficientes para que los empleados franquearan las puertas de roble, y entonces vimos en toda su magnitud el Salón de los Espejos donde las niñas góticas de la capital celebraban sus fiestas de quince, mientras nuestras hijas eran seducidas con vestidos lujosos y joyas brillantes a cambio de sus servicios a través del 20-30-80. Y esto, sólo para las agraciadas, porque las otras pobrecitas estaban condenadas a convertirse en criadas de por vida o en objetos de placeres en los bares del puerto.

Ya estábamos frente a los escalones para dirigirnos hacia la planta alta, cuando alguien lanzó un jarrón contra uno de los espejos y a partir de ese momento todo fue crepitar de vidrios y muebles chocando contra las paredes y lámparas caídas de sus apoyos y palabras obscenas; los empleados del Liceo quedaron atónitos: no podían comprender por qué algunos soldados vestidos de muselina negra pasaban con sigilo por el paseo Central sin detenerse para golpearnos y meternos en las jaulas policiales, como siempre hacían cuando salíamos a la calle a protestar. No. Ellos no sabían que esos soldados iban en retirada de una guerra perdida; no entendieron tampoco por qué unos barbudos uniformados de caqui entraron a toda velocidad a la sala del Liceo y nos ordenaron salir de inmediato. “¡Salgan, coño!”, gritó un oficial y entonces dijimos todos: “Está bien, salimos”. Pero cuando nos íbamos, cada cual por su rumbo, un negro de pies descomunales nos pidió que lo sostuviéramos en hombros y encima del lumínico que anunciaba: “LICEO NACIONAL EXCLUSIVO PARA BLANCOS”, colocó un cartón amarillento donde había escrito: “BIBA LA IGUALDA”.

Después marchamos por todo el paseo Central coreando: “¡Viva Juan Miguel!” y “¡Viva la revolución!”, mientras se nos iban incorporando estudiantes de bachillerato y de la Universidad Nacional, empleados de los ferrocarriles y amas de casa; las consignas atronaban el aire y se enronquecían nuestras gargantas, pero nos sentíamos felices. Entonces el negro de los pies grandes ocupó la delantera y propuso:

–¡Vamos a derribar el monumento a los soldados de la contrainsurgencia!

Nuevos gritos de aprobación y mueras y vivas se confundían, porque resultaba imposible coordinar los coros y algunos reíamos cuando el negro pedía un muera para Oxiuro Vargas y los del final no podían oír y entonces decían: “¡Vivaaa!”; pero no nos importaba: ya Oxiuro Vargas era un cadáver maloliente.

Llegamos al parque de la Concordia armados de mandarrias, martillos y el odio guardado en nuestros pechos durante medio milenio; nos reunimos alrededor del pedestal, donde un soldado con la espada desenvainada sonreía satisfecho; la inscripción colocada en el pedestal decía: “GLORIA A LOS HÉROES DE LA PATRIA”, que nunca como ahora nos parecía una ofensa. El negro de los pies enormes subió a la estatua y le quitó la espada; la hizo dos pedazos y la tiró hacia nosotros, que enardecidos por su acción gritábamos consigna sin parar, mientras golpeábamos una y otra vez el pedestal. La cabeza del soldado, que según decían de modelo –modelo hermoso de blanco asesino– había servido el hijo mayor de Oxiuro Vargas, ya estaba en las manazas del negro, quien se disponía a arrojarla al suelo para que alguien le pegase un mandarriazo, cuando todos nos detuvimos, nos quedamos quietos, perdimos el habla, no podíamos creerlo: junto a nosotros estaba el general Juan Miguel Arranda.

–Ciudadanos –dijo y nadie lo interrumpió–: está muy bien que hayan destruido el monumento a los soldados de la contrainsurgencia, porque representaba los treinta años de abusos que nuestro pueblo ha soportado desde que fuera asesinado nuestro héroe mayor Alonso Rivera. Pero no es correcto que hayan entrado al Liceo Nacional para destrozar el salón de los espejos. De ahora en adelante, queda prohibida toda manifestación violenta contra las propiedades, privadas o de un grupo de personas. La justicia se hará en los tribunales.

El general estuvo conversando durante largo rato con quienes se le acercaban y luego se retiró. El negro de pies descomunales sostenía la cabeza de la estatua entre sus manos y me miraba con cara entristecida.

–Y ahora, ¿qué carajo hago con esto? –dijo y se fue bamboleando por la avenida Presidencial, mientras yo me quedé pensando.

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La familia ya no es sagrada: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

Título del libro: La familia ya no es sagrada

Género: Novela

Ilustración probable sobre obra pictórica

de Carlos Manuel Casanova:

Sinopsis:

El tema fundamental de esta novela es el amor en la época actual, asociado a los sentimientos y pasiones de las jóvenes generaciones. Se adentra en problemáticas de orden ético y con significativas reflexiones en la formación moral de los protagonistas.

Resumen argumental:

La trama transcurre en una pequeña ciudad cubana con características urbanas, aunque la ubicación del país es meramente circunstancial: los hechos relatados en la ficción pudieran suceder en la realidad de cualquier latitud, pues lo esencial que sugiere el discurso narrativo es que a pesar de la existencia de corrientes conservadoras de los mayores, los más jóvenes intentan imponer los valores morales a ellos inherentes. A la vuelta del tiempo, parece el narrador, ellos dejarán de ser jóvenes y entonces recomenzará el ciclo de la vida. Desde el punto de vista temporal, se ubica entre el 1959 hasta los años finales de la década del 80 del siglo XX.

Se alude al paso del tiempo sobre los individuos y las consecuencias para el intelecto; profundiza en las causas del surgimiento de la doble moral en la sociedad; contribuye al conocimiento de las ansias e inquietudes de las jóvenes generaciones; y revela algunos conflictos de conciencia que suceden entre las personas cuando no son capaces de expresar sus verdaderos sentimientos. Aunque refleja de manera realista la sociedad cubana contemporánea, no se sale de los límites de la ficción empleando múltiples planos espacio-temporales para que la trama avance e interese al lector.

Muestra de los dos primeros capítulos:

Capítulo 1

Cuando Raulito se mudó con Josefina, en su casa conversaban el asunto a cualquier hora del día o de la noche.

Sara, la madre, desde entonces ya no fue más en busca del pan, la leche, los frijoles y el arroz. Dentro de la vitrina con puertas de cristal estaba la libreta de racionamiento en la que anotaban los dependientes de la bodega las mercancías y de allí la tomaba Juancito, el menor de los hijos, mientras miraba codicioso los billetes de diferentes colores situados a su lado. La madre se propuso no volver jamás a la bodega, donde todos conversaban a gritos y la estrechez del mostrador la obligaba a cuidarse de algunos hombres que tenían por costumbre arrimársele por detrás a las mujeres; no quiso saber nunca más de aquel olor a sacos y a azúcar sin refinar, ni de las moscas que revoloteaban alrededor del tanque donde guardaban la manteca. Desde entonces Juancito al regresar de la escuela tomaba una bolsa de tela gruesa y salía cabalgando en un pedazo de palo y luego le contaba cosas como aquella de que el hombre calvo que despachaba el pan mientras le apretaba la barbilla le preguntaba: “¿No vas a conversar con tu cuñada Josefina?”. Pero lo que más temía Juancito, le confesó un día a la madre, era descubrir que los ojos de Josefina lo estaban mirando.

Juan Emilio, el padre, deambulaba de una habitación a la otra como un sonámbulo en busca de llaves para aflojar tornillos al día siguiente en el taller donde trabajaba, mientras comentaba consigo mismo que el culpable de la pérdida de las herramientas en el taller era el propio administrador. Dentro del cuarto de Raulito se detenía sin sentido, contemplando alelado la cama de hierro, una cama antigua aunque recién pintada, y apretaba la boca tratando de evitar que las lágrimas salieran de sus ojos en un torrente lastimero.

Cómo se había preocupado el padre cuando la maestra de primer grado lo llamó para advertirle alarmada que Raulito no lograba fijar los nombres de los colores, no aprendía las reglas aritméticas y con frecuencia quedaba dormido en la silla. Fueron días de sobresaltos y de consultas con diferentes especialistas; no recordaba ya los nombres de todos los hospitales de La Habana en que estuvieron él y Sara con el único hijo que entonces tenían ni los instrumentos clínicos que miraron sus ojos cuando se los colocaban en la cabeza al niño. Al salir de un hospital, con frecuencia comentaban admirados cuánto desarrollo había alcanzado la medicina en Cuba. Allá se hospedaban en hoteles cuyos pisos brillaban de tal manera que podían ver sus propias figuras reflejadas en la superficie; al terminar las tardes, agotados por una larga espera frente a la puerta de un consultorio, salían a caminar por las calles donde la gente pasaba sin mirarlos y mientras el niño lanzaba inofensivas piedras con ambas manos, ellos conjeturaban resultados de los exámenes médicos, preveían fatales consecuencias y quedaban sumidos en la mayor de las tristezas, convencidos de que Raulito padecía retraso mental.

Al concluir los exámenes especiales en el hospital Calixto García quedó comprobado que todo había sido una falsa alarma: simplemente, el niño requería de un método de enseñanza distinto al ordinario y desde entonces la casa quedó transformada. En el respaldo de la silla que de pequeño sirviera para acostumbrarlo al uso del orinal y que ahora se empleaba como asiento encima de otro asiento para elevar su estatura durante las comidas, podía leerse 2×3=6; en la puerta del excusado, muy cerca del lugar por donde se filtraba una rendija de luz, quedó escrito con números rojos: “10-2=8”; en el techo del cuarto, exactamente donde tenían que mirar los ojos del niño cuando apoyara la cabeza en la pequeña almohada, pintaron un gran círculo y señalándolo con una flecha escribieron: “Este es el color azul”. Las letras y los números de colores ocuparon desde entonces todo el espacio disponible del velocípedo, los patines, la carriola, los sombreros comprados durante los días de carnaval y el plato de aluminio donde comía Raulito.

Ahora, por culpa de Josefina, todos los recuerdos de Juan Emilio carecen de importancia, van perdiéndose dentro de su memoria, son borrados por el derrumbe de un hogar que con tantas ilusiones había tratado de formar. “¿Y si yo la acusara por pervertir a un menor de edad?”, piensa el padre y le da un manotazo a la idea para continuar buscando la llave.

Cuca Sánchez, la vecina más cercana, llegó a la casa de los padres de Raulito con varias revistas en las manos y luego de hablar sobre el calor, la cola en la bodega para comprar los alimentos, la sequía que estaba castigándolos como nunca antes, las cuatro onzas de carne de vaca por persona que les correspondía cada semana, sus dolores insoportables en las articulaciones, la mujer de la esquina que por cualquier maldad de los niños del barrio los ofendía de la forma más violenta, abrió una revista, hojeó las páginas que pedían a los obreros producir con firmeza y combatir la negligencia, luego las páginas dedicadas a ofrecer consejos acerca del manejo del hogar y las que hablaban sobre cantantes y artistas, deteniéndose finalmente en la sección de modas.

–Si te compras los tres metros que te pertenecen de una tela estampada, puedes hacerte un vestido como este –le dijo Cuca Sánchez a Sara mientras indicaba con un dedo arrugado la figura de una modelo delgada.

Sara observó unos instantes el vestido indicado por su vecina; llegaba hasta los tobillos de la modelo, estaba adornado de falsa pedrería y festoneado con una cinta tejida con hilos de diversos colores. Mientras miraba cada detalle, señalaba con el dedo e iba enumerando dificultades, poniendo al final como razón para rechazar la propuesta de la vecina la excesiva anchura del vestido y por tanto, no le alcanzarían los tres metros de tela que vendían por la libreta. No quiso aclararle que en realidad cosía sus propias ropas porque luego de tener las vasijas limpias, el piso brilloso y los víveres dentro de la vitrina, necesitaba ocupar el tiempo en algo que la ayudara a olvidar la fuga de su hijo con Josefina. Cuca Sánchez, sin prestar atención a las palabras de la otra mujer, volteaba página tras página en busca de un modelo de vestido que seguro le agradaría.

–Éste –dijo de pronto Cuca, mostrando la foto de una muchacha cuyos hombros y espaldas quedaban al descubierto.

–Mi marido no me lo dejaría poner –comentó Sara con desgano.

Cuca Sánchez comenzó a quejarse de las molestias de la prótesis dental, de lo mal que ajustaba; volvió a mencionar sus dolores, la falta de apetito y los deseos de morir que a veces la atacaban.

–Es la edad –comentó Sara.

–Por cierto, venía a enseñarte algo interesante –fue la respuesta de la anciana y buscó con calma hasta encontrar la ilustración mientras hablaba de camisas muy apropiadas para jovencitos en esta época que los muchachos querían vestir como los artistas de la televisión.

Sara miraba a Cuca Sánchez y no la revista. Estaba convencida de que la vieja en realidad no había venido a mostrarle las ilustraciones, bien la conocía. Resultaba evidente que su vecina estaba tratando de ocultar detrás de las palabras el motivo de la visita porque en varias oportunidades le había dicho que deseaba enseñarle unos modelos de camisa para jovencitos de dieciocho años como Raulito. Sara sabía que Cuca Sánchez andaba en busca de noticias sobre la fuga de su hijo con Josefina la bodeguera.

–¿Qué te parece? –preguntó sonriente la anciana y Sara no tuvo tiempo de responderle porque en ese instante tocaron a la puerta y fue a abrirla.

Se trataba de uno de los primos de Raulito recién llegado de la capital. Juancito vino hasta la sala al oír la algarabía y hasta Juan Emilio, quien aquella tarde de sábado estaba arreglando la bicicleta, se acercó al grupo que escuchaba al joven alardeando de conocer el hotel Habana Libre porque entraba a los baños de la planta baja cuando iba a pasear por La Rampa y luego de mojarse el pelo utilizaba brillantina a cambio de la moneda que depositaba en un platillo. También les habló del malecón habanero lleno de gente que iba a tomar el sol, y mientras bebía directamente de la botella de cerveza que le brindó Juan Emilio, describía sus caminatas una y otra vez desde la calle L hasta el final de la avenida 23 detrás de las muchachas con muslos al descubierto diciéndoles piropos como: “Quisiera ser de tu mano un dedo y tocar lo que tú tocas”; ellas le contestaban con ofensas dolorosas para él porque aludían a su condición de guajiro oriental que cantaba al hablar.

–Tío, hacía tiempo que no bebía –dijo el joven tomando la segunda botella de cerveza que le brindaba Juan Emilio y habló durante largo rato del malecón habanero, donde la gente llegaba hasta los arrecifes y desde allí lanzaban los anzuelos. Por las noches se veían las luces de los barcos a lo lejos, las olas salpicaban al que se acercara al muro cuando subía la marea y confesó, ya con la tercera cerveza en las manos, que sentía envidia de las parejas de enamorados besándose.

Luego habló de Coppelia, de sus colas que nunca terminaban y los helados tibios, servidos por muchachas que se movían sin deseos, uniformadas con trajes de cuadros rojos. También contó de sus paseos a lo largo de la calle Infanta, sucia y hedionda a basura vieja, antes de entrar al programa radial Alegrías de sobremesa en el que debía aplaudirse a una señal del animador.

Ya con la cuarta cerveza por la mitad, se puso de pie estirando su largo cuerpo mientras se acariciaba la crecida barba.

–Lo que ocurre es que ustedes creen que mi primo Raulito todavía es un niño –dijo–. Josefina va a enseñarle a ser hombre.

Juancito no entendió muy bien el significado de las palabras de su primo. Sin embargo, sabía que la fuga del hermano mayor no constituía ninguna hazaña sino el origen de todos los contratiempos en su vida. El padre ya no le sonreía cuando pasaba junto a él, y si dejaba un jarro olvidado encima de la mesa o no le daba de comer al gato, sabía que se avecinaba una tormenta: por cualquier tontería le gritaban ofensas golpeándole con una correa. En la bodega se veía obligado a soportar las burlas del hombre calvo de cejas tupidas que despachaba el pan y escuchar en silencio cómo le llamaba el cuñado de Josefina.

Mientras Cuca Sánchez comenzaba a despedirse de Sara y el primo caminaba tambaleante hacia la puerta de salida comentando con Juan Emilio que mañana volvería para tomarse otras cervezas, Juancito quedó absorto en sus pensamientos, recordando los ojos verdes de Josefina. Le asustaba la dependienta vestida como una jovencita en la que se advertía el paso de los años.

Capítulo 2

Una y otra vez, Juan Emilio le repetía a Sara su tormento interior, sus preocupaciones íntimas.

Jamás he sido un padre abusador ni tampoco les he dado un mal ejemplo a mis hijos, ¿te das cuenta? –le decía, palabras de más, palabras de menos–; ya sé, ya sé: todos los muchachos de hoy día son iguales, se creen con derecho a gobernarse sin pensar cuánto deben agradecernos a los padres. Pero a lo que iba: hablarte de esa muchachita, Carmencita, la rubia de la esquina, con apenas quince años y según me he enterado habla más de condones y pastillas anticonceptivas que la misma televisión. Anoche, cuando yo iba hacia el taller para ocuparme del encargo del administrador, ella me llamó y con una sonrisa pícara me preguntó si ya nuestro hijo mayor había regresado de la casa de Josefina. ¿Te das cuenta?

Sara continúa meciéndose en el balance, y al levantar un poco el glúteo derecho mira al esposo con disimulo. Él no se fija en ese detalle ni advierte que Juancito acaba de salir por la puerta delantera con el guante de pelotero en sus manos.

–Al del sindicato se le ha metido en la cabeza mandarme de manera permanente a cortar caña, ¿te das cuenta?, sin considerar que estamos ahogándonos con los problemas en esta casa y en el taller ni se diga: el administrador distribuye herramientas, pintura, papel de lija, gasolina, aceite y varillas de soldar, y todo desaparece como si se metiera en los huecos del patio que se llenan de agua cuando llueve o en los rincones de las naves atestados de basura que nadie quiere limpiar. Ah, pero cuando nos reunimos, ninguno admite ser el ladrón, ¿te das cuenta?; todos reclaman el certificado de las cien horas voluntarias, el sello de vanguardia, el reconocimiento por ser cumplidores en la emulación. Caramba, te iba a hablar de la zafra. El del sindicato habló con mi ayudante y el muchacho le contestó: “Si voy pierdo los estudios del curso nocturno”. Los trabajadores de la oficina le mostraron planillas de control estadístico, modelos contables, registros de lo que se consume en el taller, aclarándole que si iban a la zafra todo quedaría desorganizado. Entonces el del sindicato fue a conversar con los otros mecánicos y entre historias que escuchó sobre hernias, hijos muy pequeños y techos de casas en mal estado, empleó una mañana completa, ¿te das cuenta? Entonces fue donde yo estaba y me dijo: “Tus hijos están crecidos, tu mujer no trabaja y la casa ya la terminaste: no tienes ninguna justificación para no ir”. ¿Te das cuenta?

Juan Emilio lanza un martillazo contra el hierro que sostiene en la mano izquierda y su vista queda fija, como si buscara en el aire el camino del sonido ensordecedor que acaba de producir con el golpe. Alza el brazo y observa con más calma el objeto metálico; luego de colocar la pieza encima del banco de trabajo contempla a la esposa, quien no ha dejado de balancearse, y piensa: “Ya no es la muchacha quinceañera que conocí vestida con una falda de amplio vuelo y una blusa de encajes”. No puede evitar que el martillo caiga al piso produciendo un tintineo que de momento sobresalta a Sara; después ella continúa abstraída, moviéndose rítmicamente en el balance, mientras el hombre trata de acordarse con toda exactitud en cuál asiento del cine que ya no existe en el pueblo, cuyo pasillo olía de manera similar al servicio del bar de los chinos, estaba sentada la muchacha de la blusa blanca de encajes y sólo logra convencerse de que al comenzar la película él se encontraba detrás de ella, justamente en el asiento que tenía un hueco en la parte inferior del brazo donde algunos espectadores escondían la goma de mascar para emplearla como proyectil cuando la película se detenía por algún desperfecto. El sheriff estaba tratando de averiguar en qué sitio se había metido el alguacil, moviéndose sin cesar por un pueblo de calles polvorientas, aunque Juan Emilio no lo advirtió porque estaba mirando de nuevo a la muchacha de la blusa blanca. En la pantalla el sheriff se detuvo frente a un gran cartel que decía saloon y luego de pensar durante varios segundos avanzó resuelto; sus espuelas repiquetearon con un campaneo armonioso mientras se vieron las botas lustrosas cuando empujó las dos hojas de la puerta que al abrirse chirriaron por falta de grasa, metiéndose dentro del bullicio y las risas que acompañaban la música de un acordeón; en una esquina del bar atestado de mesas el alguacil estaba enamorando a una señorita rubia muy hermosa. Juan Emilio se puso de pie, abandonando el asiento del hueco en el brazo para ir a sentarse junto a la muchacha de la falda negra de amplio vuelo mientras empleaba la más seductora de las sonrisas, como si estuviera imitando al alguacil quien en ese instante convertía su rostro en una sonrisa con la intención de convencer a la rubia que él no era ningún villano cazador de doncellas como comentaban en el pueblo. En ese mismo momento, el que todavía no era en realidad el novio de Sara Kalvarkrán pero llegaría a serlo, las invitó a ella y a la otra jovencita que la acompañaba a tomar un helado en el bar de los chinos.

Juan Emilio recoge el martillo del piso, convencido de que con el paso de los años los recuerdos se le mezclan unos con otros, superponiéndose las riñas provocadas por los jóvenes de los abrigos negros que escuchaban canciones lastimeras en la victrola del bar de los chinos con la blusa de encajes impecablemente blanca que vestía Sara, entonces una adolescente sin experiencia alguna en el amor porque apenas sabía besar, que le habló de sus estudios en el Instituto de Segunda Enseñanza mientras masticaban el barquillo del helado sentados en un banco del parque. Trata de revivir aquellos tiempos y no logra ya precisar ciertos detalles como lo conversado con Auvostines Kalvarkrán, el padre de Sara, la primera vez que se vieron en la calle; desalentado, decide continuar golpeando la pieza con el martillo y al poco rato detiene el trabajo para ordenarle a la mujer que le traiga café y un cigarro.

–¿Qué motivos tenía Raulito para irse de aquí? –pregunta Juan Emilio mientras acerca la llama del fósforo al cigarro–. Jamás le impuse obligaciones, yo mismo me ocupaba de limpiar el patio, traer cada mes desde la bodega el kerosene que nos pertenece por la libreta y buscar cada día el pan. ¿Te das cuenta? Si necesitaba dinero, lo tenía sin que yo le preguntara en qué iba a gastarlo; si quería un pantalón o una camisa a la moda, lo complacía. Por cierto, ¿dónde está la grabadora que le compré el año pasado?

Hay alarma en el tono de la última pregunta de Juan Emilio. Vuelve a fumar y mira a la mujer. No se había acordado de la grabadora que hasta pocos días atrás hacía de la casa un lugar insoportable. Con ella creyó haber complacido a su hijo en el máximo de sus aspiraciones y ahora una idea estaba entrándole poco a poco en el cerebro: se la había llevado para la casa de Josefina. En un instante fugaz vio en su imaginación los billetes de veinte pesos que había envuelto en un papel amarillento antes de entregárselo al hombre de la barba recién llegado desde La Habana con el equipo guardado en una caja de cartón manchada de grasa. Fueron los tiempos en que a Raulito sólo le importaba escuchar interminables casetes con canciones de Oscar D’León y Los Beattles, olvidando las libretas escolares en cualquier rincón de aquella escandalosa casa; sus amigos se instalaban en los sillones de la sala o en el piso, hablaban en voz alta y reían alborozados cuando comenzaba una pieza musical muy gustada por ellos. A veces, bailaban solos o acompañados por las hembras que también venían, moviéndose como si hubieran enloquecido, reflejando en sus rostros un estado de éxtasis. Ahora impera el silencio en el hogar y Juan Emilio trata de ocultar la tristeza por la ausencia de su hijo mayor mencionando al otro.

–¿Dónde está Juancito? –pregunta de nuevo, alarmado. Le preocupa que también el menor de los hijos pueda originar un desequilibrio en el hogar semejante al ocurrido la semana anterior. En apariencias, entonces reinaba la paz entre ellos: Sara había desistido de trabajar en una oficina cercana, donde según ella podría ejercitar sus conocimientos en materia de Estadísticas; Raulito se encontraba en el preuniversitario y obtenía notas sobresalientes; Juancito era aplicado en sus estudios primarios y los maestros lo consideraban el más inteligente del aula.

Sin embargo, la tempestad los había azotado el lunes anterior. El director del preuniversitario lo hizo llamar con urgencia y él caminó los seis kilómetros que separaban a la escuela de la carretera con un salto en el estómago y el corazón fuera de su sitio. Subía y bajaba las cuestas, veía los campos preparados para la siembra, trataba de cubrirse el sol con los escasos árboles nacidos a orillas del camino y se preguntaba una y otra vez si lo llamaron con urgencia porque Raulito se había ahogado en el río cercano al instituto.

Cuando Juan Emilio llegó al lugar donde estudiaba su hijo, el director le habló de manera directa, casi brutal. “¿Sabe usted cuántos días hace que se encuentra ausente?”, le preguntó cerrando los puños al nivel del pecho; continuó refunfuñando contra los padres despreocupados que cargan sobre los hombros de los profesores toda la responsabilidad en la formación de los jóvenes y finalmente contestó su propia pregunta en un tono melodramático: “¡Nada menos que quince días!”. Juan Emilio se llevó las manos a la cabeza; cómo era posible que Raulito se mantuviera ausente del instituto tantos días y el director no se hubiera preocupado por avisarle. Sólo pensó decir sus pensamientos; no los dijo porque había aprendido a callar las opiniones para evitar conflictos.

–¿Dónde está Juancito? –repite el padre rabioso. Se encuentra incómodo contra el director del preuniversitario a quien culpa de no haberse ocupado de sus obligaciones como era debido y contra el administrador del taller donde trabaja porque no le autorizó tomar una semana de sus vacaciones cuando le planteó las dificultades con el hijo mayor. También se halla incómodo contra el oficial que lo hizo esperar cerca de dos horas en la estación de policía antes de prestarle atención a su denuncia por la desaparición de Raulito.

Juan Emilio comienza a ordenar las herramientas con que ha estado trabajando mientras observa a la esposa directamente a la cara.

–¿Qué miras? –pregunta ella intrigada.

Él no contesta y le da la espalda. Pensó decirle: “Te has convertido en una vieja”, pero guardó silencio.

Lea en el próximo artículo:

No habrá honras fúnebres para Oxiuro Vargas: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

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