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La familia ya no es sagrada: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

Título del libro: La familia ya no es sagrada

Género: Novela

Ilustración probable sobre obra pictórica

de Carlos Manuel Casanova:

Sinopsis:

El tema fundamental de esta novela es el amor en la época actual, asociado a los sentimientos y pasiones de las jóvenes generaciones. Se adentra en problemáticas de orden ético y con significativas reflexiones en la formación moral de los protagonistas.

Resumen argumental:

La trama transcurre en una pequeña ciudad cubana con características urbanas, aunque la ubicación del país es meramente circunstancial: los hechos relatados en la ficción pudieran suceder en la realidad de cualquier latitud, pues lo esencial que sugiere el discurso narrativo es que a pesar de la existencia de corrientes conservadoras de los mayores, los más jóvenes intentan imponer los valores morales a ellos inherentes. A la vuelta del tiempo, parece el narrador, ellos dejarán de ser jóvenes y entonces recomenzará el ciclo de la vida. Desde el punto de vista temporal, se ubica entre el 1959 hasta los años finales de la década del 80 del siglo XX.

Se alude al paso del tiempo sobre los individuos y las consecuencias para el intelecto; profundiza en las causas del surgimiento de la doble moral en la sociedad; contribuye al conocimiento de las ansias e inquietudes de las jóvenes generaciones; y revela algunos conflictos de conciencia que suceden entre las personas cuando no son capaces de expresar sus verdaderos sentimientos. Aunque refleja de manera realista la sociedad cubana contemporánea, no se sale de los límites de la ficción empleando múltiples planos espacio-temporales para que la trama avance e interese al lector.

Muestra de los dos primeros capítulos:

Capítulo 1

Cuando Raulito se mudó con Josefina, en su casa conversaban el asunto a cualquier hora del día o de la noche.

Sara, la madre, desde entonces ya no fue más en busca del pan, la leche, los frijoles y el arroz. Dentro de la vitrina con puertas de cristal estaba la libreta de racionamiento en la que anotaban los dependientes de la bodega las mercancías y de allí la tomaba Juancito, el menor de los hijos, mientras miraba codicioso los billetes de diferentes colores situados a su lado. La madre se propuso no volver jamás a la bodega, donde todos conversaban a gritos y la estrechez del mostrador la obligaba a cuidarse de algunos hombres que tenían por costumbre arrimársele por detrás a las mujeres; no quiso saber nunca más de aquel olor a sacos y a azúcar sin refinar, ni de las moscas que revoloteaban alrededor del tanque donde guardaban la manteca. Desde entonces Juancito al regresar de la escuela tomaba una bolsa de tela gruesa y salía cabalgando en un pedazo de palo y luego le contaba cosas como aquella de que el hombre calvo que despachaba el pan mientras le apretaba la barbilla le preguntaba: “¿No vas a conversar con tu cuñada Josefina?”. Pero lo que más temía Juancito, le confesó un día a la madre, era descubrir que los ojos de Josefina lo estaban mirando.

Juan Emilio, el padre, deambulaba de una habitación a la otra como un sonámbulo en busca de llaves para aflojar tornillos al día siguiente en el taller donde trabajaba, mientras comentaba consigo mismo que el culpable de la pérdida de las herramientas en el taller era el propio administrador. Dentro del cuarto de Raulito se detenía sin sentido, contemplando alelado la cama de hierro, una cama antigua aunque recién pintada, y apretaba la boca tratando de evitar que las lágrimas salieran de sus ojos en un torrente lastimero.

Cómo se había preocupado el padre cuando la maestra de primer grado lo llamó para advertirle alarmada que Raulito no lograba fijar los nombres de los colores, no aprendía las reglas aritméticas y con frecuencia quedaba dormido en la silla. Fueron días de sobresaltos y de consultas con diferentes especialistas; no recordaba ya los nombres de todos los hospitales de La Habana en que estuvieron él y Sara con el único hijo que entonces tenían ni los instrumentos clínicos que miraron sus ojos cuando se los colocaban en la cabeza al niño. Al salir de un hospital, con frecuencia comentaban admirados cuánto desarrollo había alcanzado la medicina en Cuba. Allá se hospedaban en hoteles cuyos pisos brillaban de tal manera que podían ver sus propias figuras reflejadas en la superficie; al terminar las tardes, agotados por una larga espera frente a la puerta de un consultorio, salían a caminar por las calles donde la gente pasaba sin mirarlos y mientras el niño lanzaba inofensivas piedras con ambas manos, ellos conjeturaban resultados de los exámenes médicos, preveían fatales consecuencias y quedaban sumidos en la mayor de las tristezas, convencidos de que Raulito padecía retraso mental.

Al concluir los exámenes especiales en el hospital Calixto García quedó comprobado que todo había sido una falsa alarma: simplemente, el niño requería de un método de enseñanza distinto al ordinario y desde entonces la casa quedó transformada. En el respaldo de la silla que de pequeño sirviera para acostumbrarlo al uso del orinal y que ahora se empleaba como asiento encima de otro asiento para elevar su estatura durante las comidas, podía leerse 2×3=6; en la puerta del excusado, muy cerca del lugar por donde se filtraba una rendija de luz, quedó escrito con números rojos: “10-2=8”; en el techo del cuarto, exactamente donde tenían que mirar los ojos del niño cuando apoyara la cabeza en la pequeña almohada, pintaron un gran círculo y señalándolo con una flecha escribieron: “Este es el color azul”. Las letras y los números de colores ocuparon desde entonces todo el espacio disponible del velocípedo, los patines, la carriola, los sombreros comprados durante los días de carnaval y el plato de aluminio donde comía Raulito.

Ahora, por culpa de Josefina, todos los recuerdos de Juan Emilio carecen de importancia, van perdiéndose dentro de su memoria, son borrados por el derrumbe de un hogar que con tantas ilusiones había tratado de formar. “¿Y si yo la acusara por pervertir a un menor de edad?”, piensa el padre y le da un manotazo a la idea para continuar buscando la llave.

Cuca Sánchez, la vecina más cercana, llegó a la casa de los padres de Raulito con varias revistas en las manos y luego de hablar sobre el calor, la cola en la bodega para comprar los alimentos, la sequía que estaba castigándolos como nunca antes, las cuatro onzas de carne de vaca por persona que les correspondía cada semana, sus dolores insoportables en las articulaciones, la mujer de la esquina que por cualquier maldad de los niños del barrio los ofendía de la forma más violenta, abrió una revista, hojeó las páginas que pedían a los obreros producir con firmeza y combatir la negligencia, luego las páginas dedicadas a ofrecer consejos acerca del manejo del hogar y las que hablaban sobre cantantes y artistas, deteniéndose finalmente en la sección de modas.

–Si te compras los tres metros que te pertenecen de una tela estampada, puedes hacerte un vestido como este –le dijo Cuca Sánchez a Sara mientras indicaba con un dedo arrugado la figura de una modelo delgada.

Sara observó unos instantes el vestido indicado por su vecina; llegaba hasta los tobillos de la modelo, estaba adornado de falsa pedrería y festoneado con una cinta tejida con hilos de diversos colores. Mientras miraba cada detalle, señalaba con el dedo e iba enumerando dificultades, poniendo al final como razón para rechazar la propuesta de la vecina la excesiva anchura del vestido y por tanto, no le alcanzarían los tres metros de tela que vendían por la libreta. No quiso aclararle que en realidad cosía sus propias ropas porque luego de tener las vasijas limpias, el piso brilloso y los víveres dentro de la vitrina, necesitaba ocupar el tiempo en algo que la ayudara a olvidar la fuga de su hijo con Josefina. Cuca Sánchez, sin prestar atención a las palabras de la otra mujer, volteaba página tras página en busca de un modelo de vestido que seguro le agradaría.

–Éste –dijo de pronto Cuca, mostrando la foto de una muchacha cuyos hombros y espaldas quedaban al descubierto.

–Mi marido no me lo dejaría poner –comentó Sara con desgano.

Cuca Sánchez comenzó a quejarse de las molestias de la prótesis dental, de lo mal que ajustaba; volvió a mencionar sus dolores, la falta de apetito y los deseos de morir que a veces la atacaban.

–Es la edad –comentó Sara.

–Por cierto, venía a enseñarte algo interesante –fue la respuesta de la anciana y buscó con calma hasta encontrar la ilustración mientras hablaba de camisas muy apropiadas para jovencitos en esta época que los muchachos querían vestir como los artistas de la televisión.

Sara miraba a Cuca Sánchez y no la revista. Estaba convencida de que la vieja en realidad no había venido a mostrarle las ilustraciones, bien la conocía. Resultaba evidente que su vecina estaba tratando de ocultar detrás de las palabras el motivo de la visita porque en varias oportunidades le había dicho que deseaba enseñarle unos modelos de camisa para jovencitos de dieciocho años como Raulito. Sara sabía que Cuca Sánchez andaba en busca de noticias sobre la fuga de su hijo con Josefina la bodeguera.

–¿Qué te parece? –preguntó sonriente la anciana y Sara no tuvo tiempo de responderle porque en ese instante tocaron a la puerta y fue a abrirla.

Se trataba de uno de los primos de Raulito recién llegado de la capital. Juancito vino hasta la sala al oír la algarabía y hasta Juan Emilio, quien aquella tarde de sábado estaba arreglando la bicicleta, se acercó al grupo que escuchaba al joven alardeando de conocer el hotel Habana Libre porque entraba a los baños de la planta baja cuando iba a pasear por La Rampa y luego de mojarse el pelo utilizaba brillantina a cambio de la moneda que depositaba en un platillo. También les habló del malecón habanero lleno de gente que iba a tomar el sol, y mientras bebía directamente de la botella de cerveza que le brindó Juan Emilio, describía sus caminatas una y otra vez desde la calle L hasta el final de la avenida 23 detrás de las muchachas con muslos al descubierto diciéndoles piropos como: “Quisiera ser de tu mano un dedo y tocar lo que tú tocas”; ellas le contestaban con ofensas dolorosas para él porque aludían a su condición de guajiro oriental que cantaba al hablar.

–Tío, hacía tiempo que no bebía –dijo el joven tomando la segunda botella de cerveza que le brindaba Juan Emilio y habló durante largo rato del malecón habanero, donde la gente llegaba hasta los arrecifes y desde allí lanzaban los anzuelos. Por las noches se veían las luces de los barcos a lo lejos, las olas salpicaban al que se acercara al muro cuando subía la marea y confesó, ya con la tercera cerveza en las manos, que sentía envidia de las parejas de enamorados besándose.

Luego habló de Coppelia, de sus colas que nunca terminaban y los helados tibios, servidos por muchachas que se movían sin deseos, uniformadas con trajes de cuadros rojos. También contó de sus paseos a lo largo de la calle Infanta, sucia y hedionda a basura vieja, antes de entrar al programa radial Alegrías de sobremesa en el que debía aplaudirse a una señal del animador.

Ya con la cuarta cerveza por la mitad, se puso de pie estirando su largo cuerpo mientras se acariciaba la crecida barba.

–Lo que ocurre es que ustedes creen que mi primo Raulito todavía es un niño –dijo–. Josefina va a enseñarle a ser hombre.

Juancito no entendió muy bien el significado de las palabras de su primo. Sin embargo, sabía que la fuga del hermano mayor no constituía ninguna hazaña sino el origen de todos los contratiempos en su vida. El padre ya no le sonreía cuando pasaba junto a él, y si dejaba un jarro olvidado encima de la mesa o no le daba de comer al gato, sabía que se avecinaba una tormenta: por cualquier tontería le gritaban ofensas golpeándole con una correa. En la bodega se veía obligado a soportar las burlas del hombre calvo de cejas tupidas que despachaba el pan y escuchar en silencio cómo le llamaba el cuñado de Josefina.

Mientras Cuca Sánchez comenzaba a despedirse de Sara y el primo caminaba tambaleante hacia la puerta de salida comentando con Juan Emilio que mañana volvería para tomarse otras cervezas, Juancito quedó absorto en sus pensamientos, recordando los ojos verdes de Josefina. Le asustaba la dependienta vestida como una jovencita en la que se advertía el paso de los años.

Capítulo 2

Una y otra vez, Juan Emilio le repetía a Sara su tormento interior, sus preocupaciones íntimas.

Jamás he sido un padre abusador ni tampoco les he dado un mal ejemplo a mis hijos, ¿te das cuenta? –le decía, palabras de más, palabras de menos–; ya sé, ya sé: todos los muchachos de hoy día son iguales, se creen con derecho a gobernarse sin pensar cuánto deben agradecernos a los padres. Pero a lo que iba: hablarte de esa muchachita, Carmencita, la rubia de la esquina, con apenas quince años y según me he enterado habla más de condones y pastillas anticonceptivas que la misma televisión. Anoche, cuando yo iba hacia el taller para ocuparme del encargo del administrador, ella me llamó y con una sonrisa pícara me preguntó si ya nuestro hijo mayor había regresado de la casa de Josefina. ¿Te das cuenta?

Sara continúa meciéndose en el balance, y al levantar un poco el glúteo derecho mira al esposo con disimulo. Él no se fija en ese detalle ni advierte que Juancito acaba de salir por la puerta delantera con el guante de pelotero en sus manos.

–Al del sindicato se le ha metido en la cabeza mandarme de manera permanente a cortar caña, ¿te das cuenta?, sin considerar que estamos ahogándonos con los problemas en esta casa y en el taller ni se diga: el administrador distribuye herramientas, pintura, papel de lija, gasolina, aceite y varillas de soldar, y todo desaparece como si se metiera en los huecos del patio que se llenan de agua cuando llueve o en los rincones de las naves atestados de basura que nadie quiere limpiar. Ah, pero cuando nos reunimos, ninguno admite ser el ladrón, ¿te das cuenta?; todos reclaman el certificado de las cien horas voluntarias, el sello de vanguardia, el reconocimiento por ser cumplidores en la emulación. Caramba, te iba a hablar de la zafra. El del sindicato habló con mi ayudante y el muchacho le contestó: “Si voy pierdo los estudios del curso nocturno”. Los trabajadores de la oficina le mostraron planillas de control estadístico, modelos contables, registros de lo que se consume en el taller, aclarándole que si iban a la zafra todo quedaría desorganizado. Entonces el del sindicato fue a conversar con los otros mecánicos y entre historias que escuchó sobre hernias, hijos muy pequeños y techos de casas en mal estado, empleó una mañana completa, ¿te das cuenta? Entonces fue donde yo estaba y me dijo: “Tus hijos están crecidos, tu mujer no trabaja y la casa ya la terminaste: no tienes ninguna justificación para no ir”. ¿Te das cuenta?

Juan Emilio lanza un martillazo contra el hierro que sostiene en la mano izquierda y su vista queda fija, como si buscara en el aire el camino del sonido ensordecedor que acaba de producir con el golpe. Alza el brazo y observa con más calma el objeto metálico; luego de colocar la pieza encima del banco de trabajo contempla a la esposa, quien no ha dejado de balancearse, y piensa: “Ya no es la muchacha quinceañera que conocí vestida con una falda de amplio vuelo y una blusa de encajes”. No puede evitar que el martillo caiga al piso produciendo un tintineo que de momento sobresalta a Sara; después ella continúa abstraída, moviéndose rítmicamente en el balance, mientras el hombre trata de acordarse con toda exactitud en cuál asiento del cine que ya no existe en el pueblo, cuyo pasillo olía de manera similar al servicio del bar de los chinos, estaba sentada la muchacha de la blusa blanca de encajes y sólo logra convencerse de que al comenzar la película él se encontraba detrás de ella, justamente en el asiento que tenía un hueco en la parte inferior del brazo donde algunos espectadores escondían la goma de mascar para emplearla como proyectil cuando la película se detenía por algún desperfecto. El sheriff estaba tratando de averiguar en qué sitio se había metido el alguacil, moviéndose sin cesar por un pueblo de calles polvorientas, aunque Juan Emilio no lo advirtió porque estaba mirando de nuevo a la muchacha de la blusa blanca. En la pantalla el sheriff se detuvo frente a un gran cartel que decía saloon y luego de pensar durante varios segundos avanzó resuelto; sus espuelas repiquetearon con un campaneo armonioso mientras se vieron las botas lustrosas cuando empujó las dos hojas de la puerta que al abrirse chirriaron por falta de grasa, metiéndose dentro del bullicio y las risas que acompañaban la música de un acordeón; en una esquina del bar atestado de mesas el alguacil estaba enamorando a una señorita rubia muy hermosa. Juan Emilio se puso de pie, abandonando el asiento del hueco en el brazo para ir a sentarse junto a la muchacha de la falda negra de amplio vuelo mientras empleaba la más seductora de las sonrisas, como si estuviera imitando al alguacil quien en ese instante convertía su rostro en una sonrisa con la intención de convencer a la rubia que él no era ningún villano cazador de doncellas como comentaban en el pueblo. En ese mismo momento, el que todavía no era en realidad el novio de Sara Kalvarkrán pero llegaría a serlo, las invitó a ella y a la otra jovencita que la acompañaba a tomar un helado en el bar de los chinos.

Juan Emilio recoge el martillo del piso, convencido de que con el paso de los años los recuerdos se le mezclan unos con otros, superponiéndose las riñas provocadas por los jóvenes de los abrigos negros que escuchaban canciones lastimeras en la victrola del bar de los chinos con la blusa de encajes impecablemente blanca que vestía Sara, entonces una adolescente sin experiencia alguna en el amor porque apenas sabía besar, que le habló de sus estudios en el Instituto de Segunda Enseñanza mientras masticaban el barquillo del helado sentados en un banco del parque. Trata de revivir aquellos tiempos y no logra ya precisar ciertos detalles como lo conversado con Auvostines Kalvarkrán, el padre de Sara, la primera vez que se vieron en la calle; desalentado, decide continuar golpeando la pieza con el martillo y al poco rato detiene el trabajo para ordenarle a la mujer que le traiga café y un cigarro.

–¿Qué motivos tenía Raulito para irse de aquí? –pregunta Juan Emilio mientras acerca la llama del fósforo al cigarro–. Jamás le impuse obligaciones, yo mismo me ocupaba de limpiar el patio, traer cada mes desde la bodega el kerosene que nos pertenece por la libreta y buscar cada día el pan. ¿Te das cuenta? Si necesitaba dinero, lo tenía sin que yo le preguntara en qué iba a gastarlo; si quería un pantalón o una camisa a la moda, lo complacía. Por cierto, ¿dónde está la grabadora que le compré el año pasado?

Hay alarma en el tono de la última pregunta de Juan Emilio. Vuelve a fumar y mira a la mujer. No se había acordado de la grabadora que hasta pocos días atrás hacía de la casa un lugar insoportable. Con ella creyó haber complacido a su hijo en el máximo de sus aspiraciones y ahora una idea estaba entrándole poco a poco en el cerebro: se la había llevado para la casa de Josefina. En un instante fugaz vio en su imaginación los billetes de veinte pesos que había envuelto en un papel amarillento antes de entregárselo al hombre de la barba recién llegado desde La Habana con el equipo guardado en una caja de cartón manchada de grasa. Fueron los tiempos en que a Raulito sólo le importaba escuchar interminables casetes con canciones de Oscar D’León y Los Beattles, olvidando las libretas escolares en cualquier rincón de aquella escandalosa casa; sus amigos se instalaban en los sillones de la sala o en el piso, hablaban en voz alta y reían alborozados cuando comenzaba una pieza musical muy gustada por ellos. A veces, bailaban solos o acompañados por las hembras que también venían, moviéndose como si hubieran enloquecido, reflejando en sus rostros un estado de éxtasis. Ahora impera el silencio en el hogar y Juan Emilio trata de ocultar la tristeza por la ausencia de su hijo mayor mencionando al otro.

–¿Dónde está Juancito? –pregunta de nuevo, alarmado. Le preocupa que también el menor de los hijos pueda originar un desequilibrio en el hogar semejante al ocurrido la semana anterior. En apariencias, entonces reinaba la paz entre ellos: Sara había desistido de trabajar en una oficina cercana, donde según ella podría ejercitar sus conocimientos en materia de Estadísticas; Raulito se encontraba en el preuniversitario y obtenía notas sobresalientes; Juancito era aplicado en sus estudios primarios y los maestros lo consideraban el más inteligente del aula.

Sin embargo, la tempestad los había azotado el lunes anterior. El director del preuniversitario lo hizo llamar con urgencia y él caminó los seis kilómetros que separaban a la escuela de la carretera con un salto en el estómago y el corazón fuera de su sitio. Subía y bajaba las cuestas, veía los campos preparados para la siembra, trataba de cubrirse el sol con los escasos árboles nacidos a orillas del camino y se preguntaba una y otra vez si lo llamaron con urgencia porque Raulito se había ahogado en el río cercano al instituto.

Cuando Juan Emilio llegó al lugar donde estudiaba su hijo, el director le habló de manera directa, casi brutal. “¿Sabe usted cuántos días hace que se encuentra ausente?”, le preguntó cerrando los puños al nivel del pecho; continuó refunfuñando contra los padres despreocupados que cargan sobre los hombros de los profesores toda la responsabilidad en la formación de los jóvenes y finalmente contestó su propia pregunta en un tono melodramático: “¡Nada menos que quince días!”. Juan Emilio se llevó las manos a la cabeza; cómo era posible que Raulito se mantuviera ausente del instituto tantos días y el director no se hubiera preocupado por avisarle. Sólo pensó decir sus pensamientos; no los dijo porque había aprendido a callar las opiniones para evitar conflictos.

–¿Dónde está Juancito? –repite el padre rabioso. Se encuentra incómodo contra el director del preuniversitario a quien culpa de no haberse ocupado de sus obligaciones como era debido y contra el administrador del taller donde trabaja porque no le autorizó tomar una semana de sus vacaciones cuando le planteó las dificultades con el hijo mayor. También se halla incómodo contra el oficial que lo hizo esperar cerca de dos horas en la estación de policía antes de prestarle atención a su denuncia por la desaparición de Raulito.

Juan Emilio comienza a ordenar las herramientas con que ha estado trabajando mientras observa a la esposa directamente a la cara.

–¿Qué miras? –pregunta ella intrigada.

Él no contesta y le da la espalda. Pensó decirle: “Te has convertido en una vieja”, pero guardó silencio.

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No habrá honras fúnebres para Oxiuro Vargas: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

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Onán en busca de la mujer perfecta: sinopsis, resumen y muestra de un capítulo

Título del libro: Onán en busca de la mujer perfecta

Género: Novela

Carátula original:

Sinopsis:

Novela de carácter erótico y cargada de simbología clásica, que es en cierta medida una obra muy cercana a La fiebre del atún.

Resumen argumental:

Relata la imposibilidad de encontrar el amor en un hombre que no puede contemplar la vida rectamente: su defecto físico le impide integrarse a todos los grupos en los que participa (desde el familiar hasta los diferentes espacios estudiantiles y laborales por los que transita), además del temor a contraer enfermedades venéreas: esta especie de carencia o disfuncionalidad, lo lleva a fabricar una mujer ideal en su imaginación, lo que a la vez que solución a sus conflictos psicológicos representará su auto—destrucción.

Muestra de un capítulo:

TRES

En la avenida los automóviles cruzaban veloces mientras Onán se entretenía observando su ir y venir, esperando junto a otros peatones que la luz del semáforo paralizara el tráfico. De pronto, recordó aquella historia antigua del padre, cuando llegaron a la casa tres policías de uniforme negro y pistolas brillosas al cinto; él y sus hermanos, entonces unos niños, lloraban sin consuelo en el regazo de la madre viendo cómo los agentes del orden rompían sillones, buscaban dentro del colchón, abrían gavetas y revisaban papeles hasta que uno dijo: “¡Aquí está el maldito libro que dice la denuncia anónima!”, y lo hojeó sin interés. Años más tarde Onán sabría que el libro no era más que un folleto titulado Manifiesto contra la dictadura de Prontuario Jiménez, sin pie de imprenta ni fecha de edición. En el recuerdo de su niñez, además, el padre fue empujado hasta el automóvil policial y pasados unos meses retornó al hogar, ojeroso y con huellas en las espaldas de haber sido golpeado; desde entonces, prohibió hablar de política en la casa.

Cuando cruzó la avenida, se dijo que no valía la pena continuar recordando al padre; lo más importante era visitar a su amigo Manuel. Éste lo necesitaba; debía ir donde él para persuadirlo de que no vendiera la casa heredada de los padres.

Antes de dirigirse a conversar con su amigo, decidió entrar a El Sótano en busca de datos para escribir un artículo periodístico que después firmaría Juvenal Méndez. Empujó la portezuela que separaba al bar de la escalera, y el olor dulzón de la naranjada se interpuso en el camino de lo que hubiera preferido olfatear: el ron embriagante que contribuía a separarlo de aquella realidad donde veía pasar a los hombres cada mañana como bueyes hacia el trabajo, de igual manera que lo separaban de la vida real los frecuentes romances con mujeres como Mariana y Doña Guiomar, personajes de Mi adorada Inés. En la buhardilla las complacía de todas las formas imaginables, sentándolas en dos sillas más altas que la cama, y desde allí las contemplaba arrobado; les prometía toda la felicidad de este mundo tratando de contenerse, que no se le escapara la vida de los sueños y la hermosa Mariana le rogaba cielito santo, aguanta un poco que yo estoy llegando y no puedo quedarme con la pasión que llevo dentro, pues si corrí donde el señor juez de los divorcios fue porque al carcamal de mi marido le resultaba imposible calmarme los ardores. Y Onán la sostuvo en brazos, acariciándole el pelo y los glúteos con cuidado, con toda la delicadeza de su imaginación. Doña Guiomar desde lo alto, encelada, maldiciéndolo, que ella no había abandonado a su amante el soldado para convertirse en una mirona. Él le rogaba a gritos: “Espera un momento por favor”, mientras Doña Guiomar comenzaba a desnudarse.

También en la buhardilla una tarde de junio que amenazaba lluvia creyó descubrir que Diana del Rosario era la señora de los quevedos. Había logrado ya una cierta confianza con ella y su acompañante, porque en varias ocasiones las había ayudado a trasladar paquetes de mercancías hasta las habitaciones que mantenían alquiladas en la casa de huéspedes. En un arranque confidencial, le aseguraron ser albaceas testamentarias de un tío acaudalado recién fallecido, y en cumplimiento de su última voluntad realizaban obras de caridad entre los pobres, a quienes regalaban ropa de segunda mano y alimentos enlatados.

La tempestad era inminente. Estaban los dos solos en el vestíbulo y cuando la mujer fue a limpiar sus quevedos él se brindó para hacerlo. Luego de acariciarlos con el aliento cálido extrajo el pañuelo arrugado para frotar los cristales transparentes. La hermana había quedado indispuesta en las habitaciones, le hizo saber la mujer con una sonrisa cuando fue a devolverle los lentes. Él aprovechó para invitarla a la buhardilla; allá tenía una botella de vino español de la mejor calidad.

—Usted se ha equivocado conmigo —contestó ella sin dejar de sonreír—, soy mucho mayor que usted.

El vestíbulo fue iluminado de momento por la luz de un relámpago y cuando el trueno retumbó moviendo los cuadros colgados en las paredes, la mujer temblorosa arrimó su cuerpo al de Onán, quien aprovechó la oportunidad en silencio. Una mano la colocó a la altura del fino cuello de la mujer y la otra recorrió su cara, rodando ilusionada hacia los senos palpitantes y erectos, y de ahí continuó viaje hasta el vientre.

—Por favor, respéteme —protestó ella sin mucha convicción. Se encontraba casada con un profesor universitario de la capital. Él las había persuadido, a ella y a su hermana, de que saliesen a recorrer el país y cumplieran la voluntad del tío. Jamás había viajado tan lejos separada del esposo, y sabía que iba a exponerse a estas tentaciones. Sin embargo, no apartó la mano de Onán cuando le acarició el pubis por encima del vestido; al contrario, suspiró entreabriendo la boca.

—Aquí no —musitó cuando intentó besarla y salieron del vestíbulo.

Onán marchaba a la zaga y ella no podía ocultar la fiebre que la abrasaba; le rogó que se apurara, sin considerar que la pierna izquierda del hombre era más corta que la derecha.

Cuando llegaron a la buhardilla los dedos de Onán tropezaron una y otra vez con los broches del vestido, el cierre del ajustador y el cuerpo vibrante de aquella cincuentona que al verse desnuda le advirtió:

—Mi marido jamás me ha…

No se atrevió a concluir la confesión, aunque Onán no lo necesitaba, comprendiendo que debía emplearse a fondo con Diana del Rosario para retenerla junto a él; estaba obligado a limpiarse todas las congojas que llevaba dentro por culpa de sus fracasos anteriores con mujeres si pretendía poseer de nuevo un cuerpo casi virginal a pesar de la edad.

Sintió deseos de llorar recordando aquella tarde. Terminaron y la mujer comenzó a vestirse apresurada. Que no la volviera a molestar, pues ella no estaba para servir de maestra. Si no había aprendido a hacerlo, que le pagara mil tomines a una modelo de Modas Mayestáticas por un curso de una semana y después no se fijara más en mujeres de experiencia. Lo del profesor universitario nada tenía que ver con la realidad: su marido era un empresario que se dedicaba a realizar viajes de negocios de enero a noviembre por diversos países del mundo donde su empresa mantenía filiales, y la supuesta hermana suya era en realidad concubina de su marido. Buscaban hombres para gozarlos sin las complicaciones de enamoramientos, y cuando llegaba diciembre el empresario las encontraba listas para complacer sus caprichos de anciano.

—La próxima vez, te tomas primero una sopa de caléndula gris —le dijo la mujer tirando la puerta con violencia.

Aquel fracaso obligó a Onán a recuperar durante algún tiempo a la condesa del Rosario y a su hermana por mediación de la lectura de El burro y la doncella. No podía deshacerse de ellas.

No puedo deshacerme de ellas”, pensó Onán con el llanto en los ojos; ya estaba sentado en una mesa de El Sótano y esperaba desde hacía un largo rato la bebida solicitada.

—No puedo —dijo Onán en voz alta en el momento que Dalila se le acercó con el vaso de ron.

—¿No te funciona el aparato? —se burló la mujerona.

Onán comprendió que la lengua acababa de traicionarlo y le mintió a la Sotanera; según él, se había enamorado de una modelo de Modas Mayestáticas.

—No puedo olvidarla —lloriqueó Onán y Dalila rió a carcajadas. Eso le pasaba por comemierda. Las mujeres no eran más que tragamonedas y no podía pagárseles con dinero sentimental.

—El corazón está devaluado —concluyó Dalila y fue a avisarle al calvo de los Espeluncos que el periodista deseaba hablarle.

El Espelunco se deshizo en atenciones con Onán cuando éste le brindó de su vaso de ron auténtico y no la mezcla de aguamiel con jugo de alcaparrón que por culpa de la ley gubernamental contra bebidas alcohólicas les servían a ellos. Sin oponer pretextos, le facilitó los datos necesarios para escribir el artículo destinado a El Heraldo del Día. Un grupo de lo s Espeluncos, le dijo, se dedicaba a inventar chistes obscenos y a divulgarlos, con el ánimo de contrarrestar el puritanismo oficial que pretendía ocultar la existencia de casas de lenocinio, burdeles para homosexuales y clubes de espectáculos al desnudo. Otro grupo se encargaba de reproducir con métodos artesanales la poesía marginal, esa que hablaba de la muerte como fenómeno inevitable y de la libertad; jamás la policía política los había detenido y si ocurría, estaban preparados para pasar el resto de sus días en las mazmorras del Cabañón.

—Porque no hay nada más abominable que una mentira asquerosa disfrazada de generosa verdad —sentenció el calvo con aires de filósofo.

Aquel tono y la expresión le recordaron a Onán al profesor Antenor Mejías. Así de categórico resultaba el maestro en la universidad: a los principios de la lógica polivalente no podían exigírseles demostración alguna porque constituían los axiomas de un sistema filosófico cerrado.

—Te dije una vez que me cagaba multitudinariamente en la filosofía —rió el Espelunco pasándose la mano por la cabeza carente de pelos y después la alargó con descaro hasta el vaso de ron. Lo terminó de un solo trago y se puso de pie. Otros datos no podía ofrecerle. Era cierto que había escuchado algunos comentarios acerca de un grupo de jóvenes que estaban intentando formar el Partido de la Libertad; sin embargo, a los Espeluncos la política no les interesaba, solamente se preocupaban por el arte. En este terreno, quizás podrían parecer algunas veces opositores de Prontuario Jiménez (mencionó el nombre con voz casi inaudible) quien pretendía implantar un arte que respondiera a sus fines como gobernante; pero de ahí a oponérsele, jamás. Onán miró el vaso llamando a Dalila nuevamente. Cuando terminó la bebida se puso de pie. Hoy había salido de la buhardilla con una sola intención: llegar donde Manuel y convencerlo de la locura que significaba vender la casa.

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La familia ya no es sagrada: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

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Canción desde la huída: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

Título del libro: Canción desde la huída

Género: Novela

Carátula original:

Sinopsis:

La historia fabular aparente es el amor imposible entre dos jóvenes en un medio social cubano que rechaza sin admitirlo frontalmente que las mujeres divorciadas son similares a las prostitutas. Sin embargo, en el subtexto de esta novela se puede advertir la búsqueda de nuevos códigos de entendimiento con el lector el que se ha convertido en un receptor de obras enlatadas y repetitivas. La originalidad de la novela está por encima de la trama misma.

Resumen argumental:

Novela que transgrede el acomodamiento del lector al disfrute simplista de la realidad literaria, y a la vez se convierte en una provocación para conocer los intersticios de una relación amorosa que cobra tintes apocalípticos en algunas zonas del relato y en otras parece que fuera a convertirse en una novela rosa. Estructurada en cinco (falsos) epílogos del autor y cuatro partes de la trama principal, el narrador nos va llevando de la mano de una historia de amor posible en cualquier latitud de este mundo postmoderno donde las relaciones humanas han dejado de ser lo simplistas que resultaban en siglos anteriores. Novela para disfrutarla como un entretenimiento y pura diversión, o para que cada lector medite sobre el propio rumbo de su vida, en dependencia de los criterios personales de quien determine leerla.

Está escrita de tal manera que se le hace creer al lector que no está leyendo una novela, sino un hecho sucedido realmente en una ciudad cubana llamada Las Tunas (la que realmente existe) y que los personajes no son seres de ficción, sino de la realidad real. El procedimiento usado para ello es tomar nombres comunes y corrientes de la realidad cubana (Ramiro, Milvia, Magalys, Andrés, Carlos, Argel; y apellidos habituales como Tamayo, Fernández, Medina, Martínez, etc.), persuadiéndolo incluso de que algunos pueden ser encontrados en la red electrónica o cual no es cierto porque son nombres de la ficción excepto el del propio autor de la novela (Andrés Casanova) que se ha convertido a sí mismo en un personaje. Ese supuesto Andrés Casanova (que no es más que un simple narrador y no el autor) que se presenta como lo que es en realidad, escritor y miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, se pone de acuerdo con el ficticio pintor Armando Canales Goizpozúa para escribir la historia de los amores entre los dos jóvenes Milvia y Ramiro. Ella, una hermosa joven divorciada; él, un simple chofer de un funcionario cubano, recién salido del servicio militar y cuyos triunfos donjuanescos están siendo casi domesticados por Milvia. La pregunta subyacente dentro del contexto de la novela es la siguiente: ¿Triunfará el amor entre ellos o podrán más la maledicencia vecinal, los celos del ex-exposo de Milvia y los chismes del círculo de amistades de ambos jóvenes?

Muestra de los dos primeros capítulos:

Primer epílogo del autor

Quizás la culpa de que yo haya escrito esta historia de la vida real como si fuese una trama la hayan tenido en primer lugar Armandito y Carmencita, aunque no descarto a mis demás compañeros y amigos de la Uneac en Las Tunas e incluso a aquellos que sin odiarme, jamás me miraron con ojos de bondad. Todos han sido culpables de que yo abandone mis temas habituales para dedicarme durante tantos meses a escribir esta historia propia de la postmodernidad.

Estaba una tarde en la casa de Armandito y Carmencita, como siempre fue mi costumbre, para beber un trago de café recién colado, cuando se le ocurrió a Ramiro Duarte pasar por allí con su característico caminar de campana bamboleante y desde que llegó a la sala donde Armandito y yo nos leíamos los últimos poemas escritos por ambos, comenzaron sus provocaciones contra mí. Decía Ramiro llevar escrito casi medio centenar de décimas humorísticas, y amenazaba con dedicarme uno de sus ríspidos poemas al estilo de Hay que casanovizarse, con el cual se había ganado cincuenta pesos (cubanos, valga la aclaración, que no de los llamados convertibles, de mayor valor monetario) en el concurso de poesías de cordel de una de las jornadas cucalambeanas que se celebran en nuestra ciudad.

Un poco después, café de por medio y bromas aparte, se incorporó Carmencita al grupo y comenzó a hablarnos de la diferencia del tratamiento del tema amoroso en la literatura y las artes plásticas, y Armandito no pudo guardar silencio: le machacaban las bolas (fue su eufemismo) esos conceptos tardíos sobre el conceptualismo que estaban esgrimiendo algunos en Cuba y era momento ya de paralizar la ola de estupideces que se cometían con el pretexto de los ismos.

Armandito, había olvidado decirlo, se caracteriza por ser supersanguíneo. No alza la voz por incomodidad, sino por mala costumbre. Y tampoco demuestra hallarse soliviantado porque tenga mala leche, sino porque suele defender sus puntos de vista con la pasión propia de los gladiadores del circo romano, a quienes en la fuerza de los músculos les iba la supervivencia.

Cuando Carmencita advirtió: “El postmodernismo ha invadido hasta el amor, que ya intenta conceptualizarse como un fenómeno postestructural y semiótico”, aludiendo a un artículo del ruso Joushep Costailovich Travestinsky que acababa de leer en una Gaceta de Cuba, ahí mismo fue como si hubiese prendido la mecha de la polémica en el de por sí polemista Armando Canales Goizpozúa.

—Apuesto a que ya vienes con el ejemplo de lo que está sucediendo entre Ramiro y Milvia —ripostó con similar violencia a la de un boxeador cuando lanza un jab de derecha, si no es zurdo desde luego.

—Me refiero a la teoría de McEvilley sobre los diferentes contenidos de una obra de arte —se defendió Carmencita ya subida encima de la carriola polemista—. Lo que no niega la forma, sino que la complementa.

De pronto me vi confundido en medio de aquella discusión extemporánea. Para mí resultaba bien simple la teoría de McEvilley: con independencia de la forma con la que se elabore, construya o confeccione una obra de arte, hay contenidos que están dentro de esa obra y de los cuales el autor no siempre resulta consciente. Entonces, ¿a qué venía aquella violencia?

—¿A qué viene la violencia entre ustedes? —pregunté—. ¿Acaso fue que anoche durmieron de espaldas entre sí? —traté de bromear para rebajar tensiones.

—No, papa —chanceó Carmecita, según su forma de ser característica cuando se halla en plan de irse contra todas las banderas—, lo que pasa es que tú no conoces lo que está sucediendo entre Milvia y Ramiro.

—La parejita dispareja que vemos en casi todas las actividades de nosotros lo mismo en la Uneac, en la librería Fulgencio Oroz que en el Centro Cultural Huellas —ironizó Armandito.

Ramiro Duarte permanecía en silencio, pensativo. Según yo sabía, ese otro tal Ramiro del que hablaban Carmencita y Armandito nada tenía que ver con él, aunque estaba al tanto de los amoríos de su tocayo porque así es Ramiro, quiero decir Ramiro Duarte y lo aclaro para que no me acusen de anfibológico: se entera de cuanto acontece en nuestro mundillo literario.

—Milvia está buenísima —al fin salió Duarte de su mutismo; me había hablado en varias oportunidades de un ensayo que estaba escribiendo titulado Amor, sexo y literatura en la postmodernidad, por medio del cual teorizaba acerca de las diferencias entre los amores del Quijote y Dulcinea y los de Calixto y Melibea.

—¿Y qué? —casi fue ofensiva en el tono Carmencita.

—Que si el autor aprende y domina en la práctica la teoría de McEvilley —fue guasón Ramiro—, estará en condiciones de aplicar de manera consciente la teoría de los contenidos en sus obras artísticas, de manera que la forma que emplea se corresponda con los contenidos que él desea imprimirle a cada obra en particular.

Armandito es enemigo de guardar silencio aunque nada tenga que decir.

—Y defender cada obra concreta que elabore de una manera más efectiva —dijo atravesándose en mis intenciones de tomar la palabra, porque yo pretendía atacar a los conceptualistas de la Academia Profesional de Artes Plásticas de nuestra ciudad donde trabajaba como profesora adjunta Carmencita, los que me tenían hasta los pelos de las narices con sus teorías y divinidades que a nada conducían, pues desde hacía más de diez años no exponían ni una sola obra de arte que valiera la pena por estar conceptualizándolo todo, desde la basura que botaban todos los días para que la recogiera un carretonero hasta la natilla de chocolate que servían en el comedor de la Academia.

Llegó un momento en que más que conversando, estábamos en medio de una algazara tan escandalosa, que habíamos agotado todo el café colado por Carmencita unos minutos antes. A estas alturas, yo no podía expresarme porque nadie me escuchaba. Hubiera querido explicarles que McEvilley no sólo servía para el autor, sino también para el consumidor, el llamado espectador o lector según se tratara de una u otra manifestación artística. Sin embargo, Armandito continuaba aferrado a sus concepciones particulares: la teoría macquiviliana estaba en función de evaluar correctamente las obras por parte de su propio autor, determinando algunos contenidos que aparecen en las mismas y que el artista no los advierte durante el proceso de creación, concluyó luego de una extensa perorata.

En ese instante hizo su entrada Alberto Garrido. Repartiendo bendiciones. Sonriente. Diciendo que le daba la gloria a Dios porque sabía que en alguna oportunidad quienes aún no lo habían hecho se iban a rendir a los pies de Cristo. Carmencita, agnóstica confesa, y Armandito, quien asistía algunas veces a la Iglesia Pentecostal, sonrieron de la manera que lo hacían siempre que Garrido, evangelista a toda prueba, entraba con su aire de Jesucristo joven pregonando las buenas nuevas de la salvación. Ramiro Duarte, girando entre el espiritismo y la cristiandad menos ortodoxa, tamborileó con los dedos encima del brazo del mueble donde se hallaba sentado y le aclaró:

—Estamos discutiendo sobre McEvilley.

Garrido también sonrió. Creí que iba a hablar de la doctrina de la salvación cuando entró una de las mujeres más hermosas que con frecuencia llegaba a aquella casa. De muslos macizos expuestos por el milagro de un short escaso de tela, una mínima blusa que dejaba al descubierto su terso vientre incitante e invitador de las delicias, y unas sandalias apenas visibles que no podían llamarse en propiedad calzado porque en realidad parecía andar descalza. Linda, o más propiamente inmensamente linda, es una treintiañera de las que explotan en su hermosura como si en ellas comenzara y concluyera la belleza. Indiscutiblemente que se trataba de Milvia.

Mientras los demás se deshacían en requiebros, unos de broma, otros escondiendo la seriedad detrás de la supuesta jarana, Garrido, Carmencita y yo estábamos intentado acercarnos al concepto en su esencia porque la intención de ellos dos era ayudarme a delimitar la defensa que habría de hacer dentro de unos meses de mi tesis de maestría.

—Lo que pasa es que el artista concibe la obra en su cerebro, la piensa una y otra vez; como si dijéramos, la va incubando poquito a poco, en un proceso más o menos rápido en dependencia de sus características personales.

Carmencita frunció el entrecejo en uno de sus gestos característicos y entonces nos lanzó una larga parrafada.

—Bueno Garrido, tal vez eso te suceda a ti de ese modo con tus novelas, con tus cuentos o tus poesías, pero yo mis cuadros no los sufro de la misma manera. No hablo de incubación, sino de parto. Soy una parturienta de mis obras plásticas, soy toda dolor frente al lienzo vacío. Boceto tras boceto, alternativa va y alternativa viene, el feto me va creciendo desde los dedos de los pies hasta la última de mis neuronas. Como si dijéramos, la idea es el semen que me fecunda.

—Pues a mí —les dije— las novelas no se me dan ni como incubación mental ni como fecundación alternativa. Lo mío parte de un análisis circunstancial, cuya duración está en dependencia del tiempo disponible y por qué no, de mi propio talento. Para mí las alternativas no son posibilidades, sino realidades concretas. Y elijo entre todas la que me parezca mejor.

—Ya sé —fue condescendiente Carmencita—, elaboras un proyecto detallado de la solución que eliges.

—Depende —le respondí—. Tú sabes bien que estoy manejando en mi tesis de candidatura la teoría de la novela noplán.

—Los proyectos detallados son una obligación academicista —terció Garrido, viendo que perdía terreno para hablar sobre Dios porque Ramiro Duarte y Armandito conversaban de literatura con Milvia—. O una necesidad comercial. Son como los exámenes absurdos que deben aprobarles los estudiantes a un caprichoso profesor como ese al que le decimos El Ruso, quiero decir, Jouseph Mijailovich Costanevich.

Carmencita, como profesora de la Academia Profesional de Artes Plásticas, comenzó a soliviantarse. Las comisuras de los labios le temblaban y movía los pies de manera nerviosa.

—No me estarás queriendo insinuar que yo no enseño a mis estudiantes, sino que los obligo a complacer mis caprichos estéticos.

Garrido, imperturbable, sabía que el tema sacaba de su paz a Cermencita, por lo que trató de imprimirle un tono amistoso a las palabras.

—Lo que quiero decir es que con proyecto o sin él, toda obra de arte se mueve en tres fases. El tiempo de ejecución, la búsqueda de soluciones y la inconformidad del artista.

—¡Ahora sí se soltó el loco de la teoría! —se burló Carmencita.

—Precisamente —intenté aliviar las tensiones—, fui jurado en una oportunidad y leí un cuento titulado El loco y la pintora.

—No me dirás que se refería a Armandito y a mí.

—Se refería al proceso creativo. Al tiempo de ejecución variable de la obra en dependencia del tiempo disponible, el interés personal del artista y el tiempo que se le otorga al que yo llamo El Gran Censor.

—¿El Gran Censor?

—Profesor, dueño de galería de arte o su director, editor, jurado o convocante de un concurso. Quizás también el simple comprador que va a invertir en la compra de tu cuadro para colgarlo en la sala de su vivienda pueda convertirse en lo que llamo El Gran Censor.

—No sé. A mí nadie me compra cuadros para exhibirlos en su sala.

—Será porque eres una pésima pintora.

—¡Garrido, respétame!

—Tú sabes que es jugando, flaquita. Lo que quiero decir es que a la búsqueda de soluciones nos obliga la propia creación.

—En eso sí estoy de acuerdo contigo. Las dificultades con los materiales disponibles, los medios de trabajo y el espacio que tiene mi taller, me han obligado a inventar.

Poco a poco, me fui desentendiendo de la realidad que me rodeaba, abstrayéndome dentro de mí mismo, y me dije que tanta sobrecarga de trabajo había acabado por agobiarme. La tesis de maestría. La novela que no acababa de aparecer. Mi próxima gira por España y Portugal. El agotamiento de tanto pensar el tema de la postmodernidad. El artista tiene que ser un inconforme, pensé. Estar preparado para evaluar de manera objetiva su obra. Y no acababa de convencerme: la teoría de los contenidos de Mc Evilley era una más entre las tantas que venían surgiendo desde la década del sesenta del siglo veinte cuando la humanidad comprendió que Julio Verne no fue ningún iluso y mucho menos un alienado mental. El ser humano era capaz de romper la cáscara que lo mantenía atado a la condición de terrícola para respirar en el espacio extraterrestre y mirar la grandeza de ese espacio desde el espacio mismo: así quedaba inaugurada la postmodernidad. Que no era un simple nombre, sino un concepto de todos los conceptos que surgirían durante los años posteriores no solo en arte, sino también en el eje de las Ciencias, la Filosofía, la Psicología, e incluso en el terreno general de lo que podríamos llamar la Medicina.

De pronto, me sorprendí observando a Milvia y cuando fui consciente de ello, advertí que no lo hacía por su hermosura sino por una cuestión conceptual: era el símbolo de la mujer postmoderna, deseante y deseada. Era el concepto de Mujer en su sentido más estricto y general, y en ese instante un chispazo reventó dentro de mi entendimiento: ella representaba el arquetipo de la mujer de la postmodernidad.

Al llegar a esta conclusión, comprendí que ya estaba planeando mi nueva novela noplán. Levantándome de donde me encontraba sentado, saludé de vaga manera con la mano izquierda y comencé la huída hasta mi taller de fabricar ficciones.

—¿Dónde tú vas? —se extrañó Carmencita, que en ese mismo momento regresaba de la cocina donde preparaba un arroz con camarones para todos sus invitados, nosotros y los que faltaban.

—Voy tumbando —le dije como el más vulgar de mis personajes—. Me acaba de entrar la fiebre del atún y si no descargo las primeras cuartillas, corro el riesgo de que tengan que ingresarme en las nubes de algodón.

Indudablemente, mi nueva novela que entroncaría con la tesis de maestría, iba a abordar el amor postmoderno entre Milvia y Ramiro, en caso de que pudiera demostrar la existencia del virus de la postmodernidad en ambos.

Parte 1: Un hombre enamorado es un tonto

(fragmento)

Día 1 de las grabaciones. Frente a la Dirección de Planificación donde trabaja Milvia con movimiento hacia el parque Vicente García / Exterior / Por la mañana temprano.

—Pasaba por aquí y me pareció que ibas a estar, por eso llegué para ver si te veía.

—Ya me viste. ¿Qué quieres?

—Hablar contigo.

—Espérate, déjame entrar a la oficina para llenar un modelo y si quieres nos sentamos un momento tranquilos en el parque.

—Bueno.

*

—Dime.

—Vamos a sentarnos en aquel banco que hace menos sol.

—Vamos.

*

—Siéntate.

—Pero no puedo estar mucho tiempo.

—Dame un chance.

—¿Para qué?

—Para decirte lo que traigo adentro.

—Pero dale muchacho.

—No te rías.

—Es que me da gracia. Como si tuviéramos quince años.

—¿Pensaste lo que hablamos anoche por teléfono?

—Hablamos de tantas cosas.

—No te hagas.

—Suéltame la mano que por aquí a cada rato pasa gente de mi trabajo.

—¿Y qué?

—Suéltame.

—Está bien.

*

—Mira, yo te he desnudado mi corazón prácticamente. No te miento cuando te dije anoche por teléfono que eres la mujer que estoy buscando. No soporto más la soledad en que vivo y a lo mejor tú crees que estoy inventando. Pero no. Te hablo totalmente como quien dice con el corazón en las manos. Yo te lo dije, que no soy como tú que siempre estás leyendo y estudiaste. Yo no. Yo lo que hago es trabajar y trabajar. Y lo único que te puedo ofrecer es mi cariño. Que eso segurito segurito que no te va a faltar. ¿Me entiendes?

—Mira, Ramiro, a mí no me gusta darle falsas esperanzas a nadie. Y yo por ahora, de veras, no pienso tener ninguna relación. Considera que no hace ni seis meses que me divorcié, y todavía como quien dice el papá de mi niña y yo no hemos terminado de partir los bienes.

—Ya eso lo hemos hablado otras veces. Y te digo lo que siempre te digo, que para mí Leovanis como si no existiera. Fíjate que nos hemos cruzado dos o tres veces hoy mismo, y me mira así atravesado y yo como si conmigo no fuera.

—Pero por favor, no vayas a buscar problemas con él.

—No es eso. Yo no soy bronquero, tú lo sabes. Lo que pasa es que no me gusta que ningún hombre se quiera hacer el sabroso conmigo.

*

—¿Te ríes?

—Me da gracia las cosas que dices. Hacerse el sabroso. Como si fueras un bocadito de lechón asado.

—Por cierto, se me había olvidado decírtelo. Te dejé en la casa de Mariana unos bocaditos que te compré y unos palitroques.

—¿Qué tú dices?

—¿Pero por qué pones esa cara?

—El otro día te dije que no me estés llevando comida. Que los vecinos van a creer que entre tú y yo hay algo.

—¿Pero no hay algo?

—Suéltame la mano.

—No seas arisca.

—No me digas esa palabra, que no me gusta. Me parece que me estás comparando con un animal salvaje.

—No seas boba.

—No seas boba no. Si tú quieres llegar a algo conmigo tienes que cambiar, lo primero que tienes que hacer es ponerte a estudiar.

—Pero mima, yo te dije…

—No me digas mima. No me gustan esas confiancitas tuyas.

—Está bien, está bien.

—Ajá, así es mejor. Tu manito bien lejos.

—Tú sabes, me gusta ese olor tan sabroso tuyo, siempre tan perfumadita, bien vestida. Con esos vestiditos lindos que tanto me gustan. Tu cuerpo…

—Ey, ey, para ahí mismo. No te pases de la raya que así empezaste aquella noche que te boté de la casa porque te creíste cosas porque yo me reí cuando me dijiste que cuando te abrí la puerta parecía que andaba desnuda.

—Carajo Milvia, qué recio tú me llevas.

—Las malas palabras. ¿Qué es lo que te digo cada vez que las dices?

—Perdóname. No va a volver a pasar.

*

—Tengo que irme ya.

—Quédate otro ratico. De veras, cuando estoy al lado tuyo el tiempo se me va como un soplido.

—Tengo que irme. Estoy trabajando. No se te olvide.

—Yo también estoy trabajando.

—Pues dale. Que después te buscas un problema con tu jefe.

Día 1 de las grabaciones. Dentro del automóvil oficial, en marcha, del jefe de Ramiro, en un recorrido por la carretera de Las Tunas a Puerto Padre con paradas intermedias hasta Vázquez / Interior / Pasada la hora del mediodía.

—Dobla a la derecha.

—¿Para dónde vamos?

—Vamos a llegar a Los Pinos. Después seguimos para Puerto Padre.

—¿Viramos muy tarde de Puerto Padre?

—Depende. Tengo que ver una gente ahí en Los Pinos y de la respuesta que me dé, depende el tiempo que vamos a estar allá.

*

—¿Estás apurado por virar de Puerto Padre?

—Es que quiero dar una vueltecita esta noche por la casa de Milvia.

—Muchacho, esa mujer te está sacando los sesos.

—Ya usted sabe Nelson, esa muchacha es mi condena. No dejo de pensar en ella ni un minuto.

—Pues yo te digo, estás fallando.

—¿Fallando yo?

—Está claro. A las mujeres no se les puede dar a entender que estamos enamorados de ellas, porque nos plantan el pie en el cocote.

—No fastidie usted, Nelson.

—¿Qué no? Oye, yo no tengo los años que tengo por gusto, y cada vez que me he enamorado de veras, acabo sufriendo.

—¿Usted Nelson?

—Muchacho, cuando yo tenía más o menos tu edad me enamoré como un perro de una muchacha allá por Camagüey. Espérate, para ahí, vamos a recoger a esa mujer embarazada que nos está haciendo señas.

*

—Suba señora, ¿para dónde va?

—Ay muchas gracias, es usted muy amable. Para Los Pinos.

*

—A esta hora casi nunca hay nadie para Puerto Padre.

—Mejor así, Nelson, porque yo quiero hablarle de un problema que me preocupa.

—Oye, ¿te fijaste qué tremenda barriga tenía aquella muchacha que dejamos en Los Pinos en la oficina de la Agricultura? Ya no debería de estar trabajando. Por lo menos lleva mellizos.

—Sí señor. Oiga, y menos mal que usted salió rápido del despacho con Ramos, porque si no, nos coge tardísimo para seguir para Puerto Padre.

—Por eso me gusta venir a hablar con Ramos, porque no anda con rodeos para resolver los líos de trabajo. ¿De qué problema tú querías hablarme?

—Usted sabe que yo estoy tratando, vaya, de cuadrarme con esa chiquita.

—Bueno, no es muy chiquita que digamos. Tú dices la que trabaja en Planificación Provincial.

—Esa misma. Y para que usted vea, yo sé que no le caigo mal. Es más, le gusto. ¿Pero qué pasa?, que tiene tremenda rollera en su vida con eso del divorcio, vaya, usted me entiende.

—No, no, no. No te entiendo si no me explicas a donde quieres llegar.

—Sí, mire, es que se me estaba ocurriendo una idea, porque usted es muy amigo del Director de Campismo.

—De Augusto Bárcenas.

—Sí, de Bárcenas. Pues bueno, que usted hablara con Bárcenas. Porque la hijita de Milvia, o sea, esa muchacha de la que usted sabe que estoy enamorado, está loca por ir a la playa porque hace más de dos años que no puede ir, usted sabe. Dificultades para conseguir una cabaña, porque no hay muchas capacidades.

—Sí, pero es que Bárcenas no entrega cabañas directamente.

—¿Ah no?

—Claro que no. Por problemas que hubo con eso, ahora existe una comisión que preside la CTC y entrega las capacidades a los sindicatos para el Plan Vacacional.

—Yo creía que se podía resolver.

—Eso está muy delicado.

—Pues bueno.

—De todas maneras te voy a hacer una gestión, aunque sin prometerte nada.

—Claro, Nelson. Haga algo por mí.

—Una cosa que sí quiero decirte de todas maneras.

—Dígame.

—¿Tú te has puesto a pensar que esa mujer parece mayor que tú?

—Sí yo lo sé. Me lleva ocho años. Ella cumple treinta y uno este año.

—Tú eres un muchacho, casi un niño como quien dice. Yo te estoy hablando como si fuera tu padre, que es mi mejor amigo. Hace rato que te vengo diciendo: “Ponte a estudiar. No sigas perdiendo el tiempo. No te conformes con ser chofer y ya”. Saliste del servicio militar y como allá lograste la licencia de conducción, enterraste tu título de graduado en el Politécnico de Comercio y en vez de seguir estudiando una carrera universitaria con tantas oportunidades que hay con esto de la municipalización de la enseñanza, te has aplatanado detrás del timón. Y ya verás cuando pase el tiempo, te vas a arrepentir de haber desaprovechado la oportunidad que le da este Estado a todo el mundo para que estudie y se gradúe de lo que le dé la gana. Y ahora para más, metido hasta el cuello con esa mujer que tiene una niña, que debe tener tremendos conflictos en su vida. Yo te digo, yo soy un viejo, le sé a la vida. He vivido las buenas y las malas. Y siempre les aconsejo a los varones míos: “No se enreden con mujeres divorciadas con hijos que eso siempre es una rollera”. Porque mira, lo que pasa es que todos los hombres tenemos adentro un bichito machista, y nos fastidia ver a la que fue la hembra de nosotros, la que tirábamos en la cama como nos daba la gana, la que veíamos desnuda cada vez que queríamos y le dábamos una nalgada para fastidiarla, la que nos hacía voltear los ojos, ya te digo, nos jode ver a esa mujer con otro, nos da rabia pensar que le hace a otro lo que nos hacía a nosotros. ¿Tú me entiendes?

—Claro, Nelson.

—Estás metido con ella.

—Me gusta.

—¿Ya te acostaste con ella?

—Qué va, no quiere.

—Esa es mala, tienes que cañonearla, porque se ve que es una mujer salsosa. Nada hay más que ver los vestiditos que se pone. Corticos. Enseña los muslos. Las blusitas apretaditas que se le marca todo. No seas bobo, esa muchacha, y tú me perdonas que te lo diga con tanta franqueza porque soy tan franco como tan feo, esa mujer está jugando contigo.

—¿Usted cree Nelson?

—¿Qué si lo creo? Algo te está sacando. ¿Tú le das dinero?

—¿Dinero? Qué va Nelson, si no quiere aceptarme nada de lo que le regalo. Cada vez que le llevo algo se pone hecha una fiera.

—¿Y te lo devuelve?

—No.

—¿Tú me entiendes? Tienes que tener mucho cuidado, hay mujeres que se las dan de decentes, no rompen un plato, te hacen creer que si no es con el marido nada de nada, y cuando las conoces son unos petardos de carnaval.

—Ja ja ja, qué cosas usted tiene, Nelson. Petardos de carnaval.

—De veras, muchacho. Hay tipas de esas que normalmente son muy decenticas, ni novio tienen, siempre las ves vestiditas muy femeninas, muy llamativas, parecen ya tú sabes qué cosa. Y los padres creen que no rompen ni un plato, ¿tú me entiendes? Pero cuando llegan los carnavales se transforman. Como casi siempre se suspenden las clases durante cuatro días o nada más se dan clases por la mañana, acaban con la quinta y con los mangos todas las noches del carnaval.

—Petardos de carnaval, qué cosa más graciosa, Nelson.

—Es así. Mira, vamos a parar aquí en Vázquez para tomar café.

Día 1 de las grabaciones. Entrada de correo electrónico para Milvia y su respuesta.

De: roberto.diaz490713@yahoo.es

Fecha: Martes, 17 de febrero de 2009, 01:14 p.m

Para: economlt@planif.ltu.co.cu

Asunto: de tu mami

lulita mija me tienes muy preocupada con eso que me cuentas de tu enamorado ten en cuenta el poco tiempo que hace que te divorciaste de Leo y a ti nunca te ha ido bien con los hombres acuerdate de aquel primer novio como te ilusionaste y despues todo se fastidio porque hay hombres que se piensan que la vida nada mas es sexo y sexo y no piensan que las mujeres tenemos otras necesidades tambien y perdoname que aprobeche esta via para hablarte con esta franquesa yo que nunca jamas lo hise mientras estube alla pero es que la distancia me pone asi a pensar en todo el calor que nunca te supe dar.

Bueno Milvi te cuento que tu hermana Mercy esta de lo mas linda apenas pueda comprarme una camarita que le tengo echado el ojo te voy a mandar un poco de fotos de nosotros para que veas la casa nueba que pudimos rentar al fin porque aca la cosa por estos meses no nos esta iendo nada bueno.

Milvi yo he conbersado mucho con mi marido del tema del dinero que tu nesesitas para ver si acavas de partir la casa yo se que no es fasil eso de que tengas metido ahí a leo que aunque me aseguras que te respeta y no se mete en tu vida porque el esta con esa con la que te traisiono de todas formas no deja de ser peligroso y ahora me estoy acordando de lo que paso con una amiga mia que se hiso mujer de un guardia cuando Batista y el otro marido que tenia antes fue donde vivian y el guardia tubo que matarlo. Yo tengo esperiesia de eso mija los hombres aunque se divorsien de una se cren con derechos como si fueran maridos de una todabia.

Bueno lulita espero no haberte cansado con mis muelas muchos besitos para ti y yoandra y contestame apenas puedas.

Te quiere mucho tu mami.

*

De: economlt@planif.ltu.co.cu

Fecha: Martes, 17 de febrero de 2009, 01:25 p.m

Para: roberto.diaz490713@yahoo.es

Asunto: Re de tu mami

Mami:

Aprovecho que tengo un momentico para responderte. Gracias a Dios no es como otras veces, que tengo que esperar el chance que se desocupe la computadora, ya te he contado las dificultades que tengo para escribirte estos mensajes.

Si yo sé no te hubiera contado sobre ese enamorado que anda atrás de mí hace más de dos meses. Yo por el momento no le doy ninguna esperanza, pero no te niego que es muy buena persona y respetuoso. Trato de no darle mucha confianza porque claro que yo también conozco a los hombres, pero este te diría que a veces es como un jovencito inmaduro, aunque otras veces luce ya todo un hombre. Además, me gusta como hombre, perdóname tú también la frescura de decírtelo, pero no voy a estar sola toda la vida. Y este muchacho como te dije que se llama Ramiro, es de muy buena familia. Pero no te preocupes, cuando decida algo te tendré al tanto. Sobre lo de la ayuda para los arreglos que necesita la mitad de mi casa antes de intentar permutarla, también olvídate de eso. Ya se resolverá. Yo sé que allá la vida no les está yendo nada fácil.

Dale muchos besos a Mercy. Dile que no sea abandonada y me escriba. Que nada más es sentarse alante de la computadora. Dale muchos besitos de mi parte. También saluda a Roberto de mi parte y recibe tú mi abrazo y muchos besos.

Milvia.

Lea en el próximo artículo:

Onán en busca de la mujer perfecta: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

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Fiesta con Havana Club: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

Título del libro: Fiesta con Havana Club

Género: Novela

Carátula original:

Sinopsis:

Novela de espionaje donde la acción nos conduce por el laberinto físico-mental de una hermosa y joven cubana, Zhenia Ortiz, que tiene por encargo ganarse la confianza del asesor principal del Ministro de Desarrollo Técnico. La acción transcurre en una Habana un tanto surrealista y futura.

Resumen argumental:

Intriga, acción, policías cubanos, ficción y realidad, confundiéndose en una novela que no es sólo para entretener sino sobre todo, para conocer algunas realidades fuera de lo común, en la que el autor emplea de manera exacerbada la regla narrativa de la verosimilitud.

Resulta un inusitado policíaco en el que no sólo actúan personas de carne y hueso, sino también seres de otra dimensión (no extraterrestres, sino del llamado plano astral) que vienen a apoyar a las fuerzas en conflicto e incluso a determinar el desenlace, en un medio como el cubano caracterizado por el ateísmo más ortodoxo.

Muestra de los dos primeros capítulos:

1

Al voltear la cabeza, la jovencita sacude unas minúsculas briznas de tejido blanco que se le han adherido a la altura de los glúteos a su vestido, de color negro, ajustado al cuerpo y que delinea una figura de delgadez armónica.

“Tengo que seducir a ese tal Miguel Eugenio Bavastre”, piensa sin ocultarse a sí misma que todo podría fracasar si no lograba causar una buena impresión al hombre cuya personalidad había estudiado durante las últimas horas. Como le había aconsejado Carmita Sandoval, debía permitir que el hombre se explayara, que de veras se ilusionara con la idea de estarla enamorando. El narcisismo era típico, según el decir de Carmita, de los carcamales que envejecen en los sillones del poder creyendo ser grandes personalidades, virtuosos, especie de reyes o más bien dioses capaces de obrar milagros. Sujetos deseantes, como los definía en términos psicoanalíticos la Sandoval.

Coloca el pie desnudo encima de la pequeña banqueta acolchada y sus ojos recorren la habitación. Los cuadros colgados de las paredes resultan de buen gusto; tres de ellos llevan la firma de Flora Fong y otro de Amelia Peláez. En la esquina más lejana hay un altar y encima de él un becerro de oro flanqueado por cuatro lámparas votivas. El color púrpura de la alfombra contrasta con el rojo de las cortinas que cubren la pared donde se halla el amplio ventanal desde el que puede ver cuando levanta la vista un mar verde azulado, quieto y sin manchas. El malecón habanero está prácticamente vacío de paseantes, si acaso alguna que otra muchacha haciendo señas con la mano a los vehículos que pasan conducidos por extranjeros. Son las llamadas ahora jineteras, sonríe la muchacha al observarlas durante breves instantes, a las que antes llamaban por el malsonante nombre de putas, no puede resistirse a evaluar el término eufemístico tal como es su costumbre.

Vuelve a concentrarse en calzarse el pie con una sandalia destalonada, y luego ajusta la media de seda contra la piel; tal parece que no ha cubierto la desnudez de sus muslos sino la ha acentuado. Huele a perfumes caros, a un licor embriagante y afrodisíaco.

“Como me explicaba la muy descarada de Carmita: debo ser capaz de suspender la certidumbre de Bavastre, hasta que se consuman sus últimos espejismos”.

Se mira al espejo una vez más. El pelo castaño, lacio y corto, le daba a primera vista un aire de muchacha terrible y ella lo sabía: era el ardid utilizado cuando debía enfrentarse a un cincuentón soltero, de finas maneras y parsimonioso en el hablar, acostumbrado a discretas experiencias con jovencitos, tal como le había descrito el español Francisco Llobregat a Bavastre. Mientras delineaba los labios con un creyón magenta, recordó la afirmación de Sandrito Rojas: cuando se trataba de cazar un hombre como Miguel Eugenio Bavastre, era preferible no emplear colores cercanos al bermellón porque esta tonalidad ahuyentaba a los homosexuales.

“Claro, yo no estoy segura de que Bavastre lo sea. Sólo empleo los datos del español; sin embargo, no pierdo nada con presentarme en facha de trasvesti. Muchos hombres de edad madura se encuentran aburridos de las mujeres y anhelan una aventura diferente”.

Apagó las lámparas y estuvo contemplando reconcentrada el becerro de oro.

—Permite una vez más mi independencia de las groseras formas materiales —dijo en un tono de ruego entrecerrando sus ojos—. Concédeme de nuevo el poder que me renuevas cada día y conviérteme en Zhenia Ortiz.

Un relámpago sólo visible para los ojos de la muchacha voló por los aires sin que llegara de ningún lugar. Las lámparas se encendieron de nuevo con el impacto de una chispa proveniente del relámpago y ella abrió los ojos. Sus labios sonreían en clara señal de haber logrado lo que se había propuesto.

Luego de salir al pequeño balcón y observar un rato el ir y venir de los vecinos descubrió a una mujer de elegante caminar. La conocía del barrio y habían sido amigas durante su niñez; por suponerle una edad se dijo que tendría treinta años. Aún no acababa de comprender por qué había venido hasta el balcón al salir del deslumbramiento que le ocasionaba la adoración matutina del becerro. Casi saliendo ya del éxtasis que la había sustraído por completo del mundo cotidiano, llegó a sus oídos como en un susurro una explicación a la duda que acababa de plantearse en el cerebro: esa muchacha sería su sirvienta.

—¡Qué misterios tiene la vida! —exclamó en voz alta—. ¡Es como si el destino me empujara hacia las mujeres!

Se encogió de hombros y después de cerrar la puerta que daba al balcón tomó de encima del televisor un cigarro Marlboro. Le dio vueltas entre los dedos como indecisa, hasta que decidió prenderlo y al absorber el humo dulzón su cara se transfiguró por completo.

“¡Este maldito vicio me domina, destruyéndome. Si pudiera actuar, si pudiera sobreponerme!”, pensó aplastando con rabia el cigarro contra el cenicero y traspuso el umbral cerrando la pesada puerta de caoba con dos vueltas de una llave que guardó en la pequeña cartera colgada del hombro.

Sabía que al caminar por las calles del barrio con aquellas ropas tan estrechas y cortas despertaba la lujuria de los hombres. Disfrutaba poniendo a prueba el desarrollo que iban adquiriendo sus oídos a medida que adoraba al becerro mayor cantidad de tiempo al día; también olfateaba de una manera felina y sus ojos viajaban hasta los rincones más insospechados de las personas que no podían evitar observarla.

Escuchó detenerse la máquina cortadora de césped del hotel Nacional y al jardinero cuando exclamaba una frase soez relacionada con la hermosura de su cuerpo. Siguió de largo, parsimoniosa, y al llegar a la siguiente esquina un grupo de jovenzuelos enmudecieron al verla; unos recostados contra el muro de una elevada vivienda, otros agachados y el que a ella le agradaba sobremanera, de elevada estatura y musculoso, al frente de todos como su líder natural.

—Esa muchacha vive en uno de los apartamentos de la calle ENE —oyó que dijo el que le gustaba —. Me parece que es jinetera.

—Se llama Zhenia —murmuró un mulato de pelo lacio, el mismo que según el español Francisco Llobregat ella debía evitar. La policía lo tenía bajo control por contrabando de marihuana y ella tenía que mantenerse al margen de todo delito si pretendía que la misión encomendada no fracasara, puesto que lo habían convertido en agente encubierto.

Fue pasando lentamente, como si se exhibiera en una exposición de modas. Sabiéndose desnuda en el cerebro de aquellos jóvenes que a cualquier hora pululaban por los alrededores del hotel, sintió deseos de entregárseles a todos. Era una lástima que todavía no hubiese logrado ser por completo idéntica a Zhenia Ortiz.

Olvidando a los jóvenes, entró a la zona de los taxis en el hotel Nacional. Uno de los custodios se le acercó.

—Ah, Zhenia, no te había reconocido. Ya iba a decirte que no se permitían jineteras sin el acompañante extranjero.

—No empieces con tus bromas, Rodolfo. Necesito un taxi con toda urgencia.

—Hoy va a ser difícil. Estamos despidiendo a unos huéspedes que vinieron de diferentes países de Centroamérica y…

—¿Estamos? —lo interrumpió con sorna—. ¿Desde cuándo eres el dueño del hotel?

—No fastidies, hermosota. Te digo que hoy el asunto está malo para que puedas usar un vehículo.

—¿Acaso mis dólares no valen igual que los de los extranjeros?

—No te hagas la difícil, diablesa con cuerpo de virgencita. Bien sabes que cuando ellos necesitan los taxis…

—Basta ya de charlas —se incomodó ella—. Toma un dólar de regalo, y mándame en un taxi que vaya cerca del hotel Tritón.

A los pocos minutos, acompañaba a un extranjero achaparrado y de color cobrizo; iban en el asiento trasero del flamante taxi color frambuesa y el hombre no lograba dominar los impulsos de dirigir su mirada hacía el escote de la muchacha.

—Niña —rompió el silencio el extranjero con un dejo cantarín de su voz, disfrutando el color acanelado de los muslos de la jovencita descubiertos hasta casi su mismo nacimiento—, me dijo aquel señor, el que me habló para que te vinieras conmigo, que ibas cerca del Tritón.

—Así es —contestó ella, mientras observaba divertida que el taxista estaba tratando de ubicar el espejo retrovisor en una posición que le posibilitara contemplarla sin dificultades.

—¿Por qué no me acompañas al hotel? Pago todo lo que consumas y, además, cincuenta dólares sí te quedas conmigo hasta mañana.

Zhenia Ortiz sintió deseos irrefrenables de colocar su boca junto a la de su acompañante y cuando él pensara que iba a besarle, de un mordisco feroz quedarse con su nariz entre sus fauces.

—No soy ninguna prostituta— se defendió, en extremo recatada—. Voy a pagar la mitad del costo de mi pasaje.

Extrajo amenazante de su pequeña cartera un billete de cinco dólares. El extranjero tragó saliva.

—¿De qué lugar es usted? —volvió a la carga Zhenia.

—De Nicaragua.

—¿Y no le avergüenza ultrajar a las mujeres de un país que tanto ha ayudado al suyo?

El hombre chaparro quedó pensativo sin atreverse a contestar, mientras Zhenia aprovechaba su silencio para dedicarse a planear la manera de llegar hasta Bavastre.

2

Zhenia llega al edificio donde un cartel con letras artísticamente modeladas anuncia que allí se encuentra el Ministerio de Desarrollo Técnico. Sube despacio la escalinata y el custodio le ordena detenerse.

—¿Qué desea la compañera? —indaga el guardián, mirándola desde los pies hasta la cabeza.

—Tengo una entrevista con el jefe de despacho del Ministro. Con el señor Miguel Eugenio Bavastre.

—El compañero Miguel Eugenio Bavastre —especifica él y se mantiene en silencio, como si aguardara que ella repitiera sus palabras sustituyendo señor por compañero.

—Exacto. Me espera desde hace quince minutos —mira el reloj y después observa al hombre con ojos amenazantes.

El funcionario uniformado respira de manera entrecortada, sin poder ocultar el nerviosismo.

—Venga —balbucea invitándola a sentarse en un sillón, solícito. Él mismo toma el carné de identidad de la muchacha y camina hasta el elevado buró de la recepcionista—. Hazle el pase de entrada a la compañera —ordena.

—¿Qué mosca te ha picado? —susurra la recepcionista—. ¿Desde cuándo has sido tan educado con los visitantes?

—Déjate de bromas y llama de inmediato al compañero Bavastre. Infórmale el nombre de la compañera y verifica si de veras la tiene citada, aunque estoy seguro de que sí. Le oí comentar durante el desayuno que esperaba una nueva secretaria en sustitución de la difunta Migdalia.

—Caramba, Medina, no pierdes la costumbre de estar escuchando las conversaciones de los demás.

—¡Apúrate y ya! —exige el hombre.

A los pocos minutos Zhenia disfruta de una agradable vista al mar desde unos de los ventanales en el quinto piso. Mientras espera que Bavastre salga del despacho del Ministro, observa lo que será su espacio de trabajo durante los próximos días, algo para lo que viene preparándose desde meses antes. Le gustan los dos buroes de madera preciosa y la computadora con todos sus accesorios; se dice que el correo electrónico facilitará los planes del español Francisco Llobregat. Deteniendo la respiración y cerrando los ojos, un viejo truco aprendido entre las huestes de Llobregat en París, puede escuchar con toda claridad la conversación entre las dos mujeres que se hallan en la oficina contigua, separada de donde se encuentra ella por dos puertas abatibles de cristal. Allá también tienen dos computadoras personales y varios archivos para documentos impresos, supone. Los baños de ambas oficinas son independientes. “Podría meterme en el nuestro con el viejo sin que nadie se entere”, piensa Zhenia acostumbrada a poner en su mente todo tipo de pensamiento lujurioso.

—Acércate —oye que dice la muchacha más joven.

—¿Para qué? —contesta la que hoy bien temprano ha visto desde su balcón y había adivinado que acabará siendo su sirvienta.

—Lo que voy a contarte te interesa. ¿Tú solicitaste la plaza de secretaria adjunta apenas murió Migdalia?

—Sí, ¿qué hay con eso, Chinita?

—Acércate, Juanita, por favor. No puedo arriesgarme.

Zhenia se ve obligada a reducir hasta el nivel mínimo el ritmo de la respiración, algo verdaderamente arriesgado porque corre el peligro de asfixiarse. Es la única alternativa para evitar que el sonido del aire entrando y saliendo por su propia nariz le impida escuchar con claridad. Una de las mujeres se levanta despacio moviéndose dentro de la amplia oficina de manera que ahora se encuentra más alejada de Zhenia.

—Juanita, vieja, esa tipa que acaba de llegar, la que está en el despacho de Miguel, va a ser la nueva secretaria adjunta.

—¡No puede ser! ¡La comisión de empleo todavía no se ha reunido para decidirlo!

—Por favor, no alces la voz. Pueden oírnos. Te estoy alertando. La comisión de empleo no te dará respuesta. Yo escuché ayer una conversación telefónica entre Miguel y el español Francisco Llobregat, y Francisco le dijo que hoy le enviaría a la niña más linda de la Habana, así mismo le dijo, para que la convirtiera en su secretaria.

—¡No puede ser! —gimotea Juanita—. ¡Yo conozco a esa descarada! ¡Es de mi barrio! ¡Siempre ha sido una prostituta!

—No te mandes a correr, Juanita Bordal, no te mandes a correr. Tu carácter impulsivo siempre te ha llevado al fracaso.

—No tienen motivos para negarme la plaza. Desde hace diez años estoy trabajando en este Ministerio y estoy clasificado como de absoluta confianza.

—Has tenido menos suerte que yo.

—¿Por qué, Chinita?

—He logrado conectarme con una agencia clandestina que ofrece mujeres de compañía a extranjeros. Cada vez que necesitan mis servicios, me llaman y me pagan entre setenta y cien dólares.

—Eres asquerosa.

—Soy una prostituta nocturna.

—Descarada.

—Acompaño a los extranjeros sin importarme la edad que tengan y me pagan muy bien.

—¡Eres una perra! —dice rabiosa Juanita y Zhenia supone que de inmediato se sienta en su silla, anegada en lágrimas.

Cuando Bavastre sale del despacho del Ministro, se deshace en zalemas frente a Zhenia. Ella se siente observada y a la vez se dedica a contemplar al funcionario. Sus maneras parecen las de un gran señor y la estatura es elevada; de tez muy blanca, correctamente vestido, a la muchacha acaba por parecerle un hombre muy elegante.

—Y bien, señorita —Bavastre camina hasta quedar frente a ella tomando entre las suyas la mano derecha de la joven y besándola con todo respeto—, ya puede usted considerarse mi secretaria.

Zhenia medita unos instantes, fingiendo deleitarse con el movimiento de las olas del mar. Ha averiguado el procedimiento a seguir para ingresar al Ministerio y conoce que antes debe ser investigada por el comité de protección física, departamento que luego de estudiar el caso informará los resultados a la comisión de empleo y ésta, vistos los expedientes de las solicitantes, comunicará su elección a la dirección de recursos humanos. De manera astuta, sin apresurarse, va dándole a entender a Miguel Eugenio Bavastre estar al tanto de las reglas.

—Ah, niña bellísima, cuánta hermosura la tuya —no puede refrenarse el hombre y la besa respetuosamente en la cara una y otra vez.

—Ya por favor, que me va a descomponer el peinado y a quitarme el maquillaje —le empuja ella suavemente por la cabeza y el hombre se aparta, avergonzado.

—Perdón —se excusa corriendo hacia el baño, donde abre el grifo del agua y resopla con violencia. Al salir, parece más calmado—. Niña hermosa —suspira—, cuando Francisco me enseñó tu foto, tanto me enamoré de ti que cada noche me duermo contemplándote.

—No se destruya masturbándose pensando en mí —dice sonriente Zhenia, provocativa—. Yo vengo dispuesta a convertirme en su esposa.

El hombre mayor se atraganta. No sabe si ella habla en serio.

—Sería una forma de agradecerle haber burlado los mecanismos burocráticos que tratan de impedirme trabajar con usted.

—Estoy enamorado de ti —dice solemne Bavastre, sin moverse de su sitio.

—Dígame entonces la verdad —exige Zhenia—. ¿Ya soy la secretaria adjunta?

En ese instante, entra un hombre a la oficina contigua y cuando Zhenia Ortiz lo oye hablar pierde la compostura.

—Esa voz —se pone de pie, sobresaltada, sin poder articular otras palabras que pugnan por salir de su boca.

—¿Qué hay? —indaga extrañado Miguel Eugenio, viniendo hasta ella—. ¡Te noto asustada!

—Esa voz —logra hablar al fin Zhenia— yo la conozco.

—Tranquila, hermosa —la toma entre sus brazos acariciándola con ternura—. Tranquila, niña mía.

—¿Quién es él?

—¿Quién es él? —repite alelado Bavastre en tono de duda—. Pues el mensajero Ezequiel o algo así creo que se llama.

—Quiero verlo.

—Lo llamaré —dice liberándola de sus brazos—. ¡Juanita! —alza la voz Miguel—. ¡Dígale al mensajero que entre a mi despacho!

En breves instantes, un hombre fornido, de edad similar a la de Miguel Eugenio, deja ver un agradable rostro. Cuando sus ojos y los de Zhenia se encuentran, un relámpago invisible atraviesa el espacio entre ambos. Queda enmudecida y un estremecimiento interior comienza a agitarla; sólo puede contemplar una especie de aureola que rodea al recién llegado. “Es él”, piensa atemorizada. Siente cómo la angustia va creciendo dentro de ella, y por más que lo intenta no logra espantar la visión; así le ha advertido en varias oportunidades Carmita Sandoval que le sucedería cuando apareciera una persona cuya visualización trajera al plano del consciente la nostalgia por el falo, el descubrimiento real de que no era posible amar porque nunca había existido en ella el deseo por un objeto contrario.

—¿Qué le ha sucedido, jovencita? —reacciona al fin el recién llegado.

—Su nombre —balbucea Zhenia, todavía confundida por un pánico antiguo— no es Ezequiel.

—Sí —sonríe el hombre, confundido—. Me llamo Ezequiel Jonás.

Zhenia siente un placer irrefrenable que la empuja hacia él. “¡Qué deseos de pedirle perdón, de meterme en sus brazos, de declararme propiedad suya! ¡Protégeme, Reina del Cielo, de este enemigo!”. Al cabo de un breve tiempo comienza a calmarse, convencida de que la angustia ha sido provocada por la puesta en juego del instrumento del goce, como sabe que hubiera explicado Carmita Sandoval de encontrarse junto a ella.

—Perdóneme, me he confundido unos instantes, quiero decir, lo confundí con un individuo que hace muchos años intentó violarme —confiesa impúdica y Miguel Eugenio crispa los puños—. ¡No, por favor! —advierte Zhenia al descubrir las intenciones de Bavastre—. Dije que me confundí y le pido perdón al señor Jonás. Quedé muy afectada desde aquella oportunidad, y cuando escucho una voz que se me parece a la de mi agresor, no puedo evitar la neurosis momentánea, como dice la psiquiatra que me atiende, que pasa a ser paranoia de inmediato.

Aquella declaración calma los ánimos de los dos hombres y el llamado Ezequiel Jonás se retira apenas sin despedirse. Zhenia vuelve a provocar a Miguel Eugenio Bavastre, después de encender un Marlboro y aplastarlo contra el cenicero luego de la primera fumada.

—¿Entonces, mi enamorado Miguel, ya soy su secretaria adjunta?

El aludido echa a andar con pasos cortos por toda la oficina. Debe comprenderlo: le parece haberla acunado entre sus brazos, lo que equivale según él a amarla como si fuera su propia hija.

—Déjate de hablar estupideces —dice ella burlona y a la vez autoritaria, tuteándolo con el propósito de humillarlo en su condición de asesor ministerial—. Me dijo tu amigo Francisco, que te psicoanalizas con Carmita Sandoval, así que ahórrate las explicaciones innecesarias si deseas de veras que te respete delante de los demás.

Zhenia se asombra de aquel ataque suyo tan prematuro contra Bavastre, que tenía reservado para dentro de varios días, si su entrada al Ministerio como secretaria adjunta llega a dificultarse. Es en tal caso que Llobregat y ella han planeado presionar al jefe de despacho obligándolo a recurrir a su amistad con el Ministro para lograr de éste su intervención ante la comisión de empleo. Sin embargo, se explica a sí misma, ha actuado de manera impensada por culpa del trastorno sufrido como consecuencia de haber visto una vez más en su vida la figura seductora e irresistible de Ezequiel Jonás.

—Dame dos días, amor —ruega Miguel Eugenio como si fuese un perrillo y Zhenia lo mira altiva. Respecto a él, ella es el falo, como le hubiera explicado Carmita Sandoval.

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Canción desde la huída: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

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Atrapados por el vicio: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

Título del libro: Atrapados por el vicio

Género: Novela breve

Carátula original:

Sinopsis:

La trama transcurre en una pequeña ciudad cubana de la zona oriental de Cuba, y la trama adentra al lector en una realidad marginal de la que muy poco se habla pero que no por ello deja de existir en esta nación caribeña.

Novela que el autor califica entre sus creaciones de apropiadas para la espera en aeropuertos y estaciones del Metro, tal como hace con todas las que clasifica entre las novelas breves, cuya relativa poca extensión las convierte en ideales para ser leídas en poco tiempo y poseen una gran intensidad narrativa.

Resumen argumental:

Enmarcada dentro del género policiaco, el texto relata el vía crucis que debe atravesar el oficial de la policía cubana Félix Ramírez cuando se propone evitar una matanza entre un grupo de delincuentes vinculados al mundo de la droga, muchos de cuyos integrantes fueron protegidos antaño por un oficial corrupto. Durante el curso de sus investigaciones, Ramírez descubre hechos sorprendentes.

Muestra de los dos primeros capítulos:

Capítulo 1

Jamás pensé utilizar los recuerdos para exorcizar a mis fantasmas, y es que en alguna medida la muerte de Armando del Real resume todas las muertes ocurridas a mi alrededor e incluso, aquellas lejanas a mí que no solo no pude evitar, sino también que no imaginé o por el contrario, ocurrieron porque otro como yo no supo (o no pudo) llegar a tiempo para que en ese instante al menos no sucediera. Aunque por supuesto, tampoco lloré por la muerte de Armando del Real.

Mi sentimiento de culpabilidad quizás fueron más bien mis estudios universitarios, porque según explicaba en sus clases el doctor Abel Morales Azcuy, era una obligación inexcusable de la policía poner en conocimiento del fiscal los hechos apenas iniciara las actuaciones y además atenerse a los términos legales durante la etapa de las diligencias de prueba, así como cumplir otros deberes que pasaban a segundo plano para mí cuando metía los ojos dentro de mi trabajo y no era capaz de sacar la nariz ni para respirar.

Basta de exordios y vayamos al grano, porque es la única forma que tengo de exorcizar esos fantasmas de que hablé y que todos tenemos, como me sugirió al que le dicen Santiago el Rojo aquella tarde que de manera encubierta fui con él a psicoanalizarme creyendo que sería la forma más directa de penetrar en el mundo de la droga en esta pequeña ciudad con ínfulas de ser grande.

Seis meses antes, llegué aquí cargado de ilusiones y de planes; después de haberme graduado en la academia de cadetes me había mantenido en puestos subalternos hasta que concluí los estudios universitarios y entonces me decía a veces sin creerlo, o se lo confiaba a mi mujer cuando despertaba en las madrugadas y el insomnio me obligaba a acariciarla más allá del deseo: “No puedo creer que ya soy un licenciado en Ciencias Jurídicas”.

—Capitán —me dijo el coronel Altuna cuando me recibió en su oficina, amplia, amueblada con sillones donde uno se hundía y hubiese podido dejar allí todo el cansancio de noches sin dormir esperando algún alijo de droga en la costa—, a partir de hoy se hará usted cargo de los casos que venía llevando el teniente Lorié.

Así de manera tan simple me instalé en una oficinita que apenas rebasaba los cinco metros cuadrados, luego de haber entregado mis documentos oficiales en el área de personal.

Ahora tendría que preocuparme por el traslado de mi esposa y los niños hasta este lugar, un sitio que los habaneros llamamos el campo porque se sale de los límites de La Habana que consideramos metropolitana y desde luego, además entablar relaciones adecuadas con mis futuros compañeros de trabajo, llegando hasta un mundo regido por leyes diferentes a las de la capital cubana, allá donde lo más importante es el dinero, al menos en el reparto residencial donde vivía con mi esposa y nuestros hijos.

Aquí, apenas llevaba unas horas de haber entrado por vez primera al la Delegación Provincial del Ministerio del Interior, varios compañeros me habían dado ya la bienvenida, expresando su voluntad de ayudarme en todo.

—¿Sabes lo que es todo? —me preguntó un capitán que dentro de unos días sería para mí simplemente Reutis—. Que si necesitas que te laven los calzoncillos también puedes contar con nosotros.

Los que estaban junto a Reutis y a mí, rieron al ver la expresión de mi cara más apropiada para una recepción oficial que para un encuentro entre compañeros de trabajo durante el horario del almuerzo. Durante la hora del descanso, Reutis me llamó aparte; sus dedos gruesos parecían enormes plátanos y la piel no era tan negra como para que pudiera decirse que era negro, sino eso que de manera eufemística llamamos en Cuba un jabao. En fin, que más parecía una de esas figuras de santos deformes que venden los negociantes de la fe en Shangó y Obatalá que propiamente un oficial de policía.

—¿Ya Altuna se entrevistó contigo? —fue directo, sin rodeos, como me gusta a mí que sean las personas.

Le expliqué que si entrevistarse con alguien significaba una taza de café de por medio, brindar de una caja de cigarros Popular que no acepté porque no fumo y algunas palabras de aliento tan generales como preguntarme por la familia o interesarse acerca de cómo había dormido la noche anterior, entonces sí, el coronel se había entrevistado conmigo. Desde luego, yo cumplía con el principio de la compartimentación al no confiarle al capitán Reutis que con voz ordenadora el coronel expresó al final de nuestro encuentro, como para que no tuviera dudas: “Fíjese bien porque luego no quiero rollos, lo único que usted tiene que hacer por el momento es evaluar la situación objetiva de la droga en esta ciudad”.

—Altuna es una gran persona —rotundo, Reutis no me dejaba lugar para las dudas. El coronel llevaba cinco años aquí, y poco a poco fue acabando con ciertas prácticas que anteriormente llegaron a convertirse en algo tan normal como detener a un delincuente sin haber confeccionado el expediente o con el aporte de pruebas insustanciales. También cortó algunos procedimientos que ya eran rutinarios, como enamorar a la mujer de un detenido con el propósito de acumular evidencias, llegarse hasta el lugar de los hechos y sembrar una buena cantidad de semillas de pruebas, la confianza excesiva en los agentes encubiertos y otras costumbres que fueron pasando de año en año por el tamiz de la indolencia sin que a nadie le importara. En definitivas, todos luchaban por el mismo propósito: acabar con la droga por el método que fuese necesario justificándose con aquella manida expresión de que el fin justifica los medios.

Altuna en cambio era un jefe apegado a los procedimientos legales y no admitía la desviación hacia el terreno de la ilegalidad que combatíamos por razones del oficio policial. Días después le escucharía decir esto en varias oportunidades, y fue precisamente aquella manera torcida de proceder lo que había sacado de este lugar al teniente Lorié.

—¿Fueron esas las razones? —le pregunté interesado a Reutis al llegar a este punto de la conversación.

—Exacto —dijo mientras prendía un cigarro—. El coronel en casos como el de Lorié siempre es inflexible.

Nunca llegué a conocer en realidad al mencionado teniente, porque lo habían trasladado hacia un trabajo de poca importancia en otra provincia; sin embargo, en todo momento su actuación fue desde ese instante un referente de lo que jamás aceptaría. Tantos años estuvo Lorié en este lugar, que conocía con igual profundidad a sus informantes personales, a los asignados centralmente por la agentura y a los propios traficantes y consumidores. Muchos delincuentes pasaban frente a él una o dos veces al año, o los visitaba para convencerlos de que no continuaran relacionándose con alguno de los fichados, de tal manera que en una oportunidad compartía con cualquiera de ellos una taza de café, en otra un trago de ron, hasta que un día lo llamó a conversar Yiseldis Molina, alias El Guapo, un joven de apenas veinte años al que algunos de sus compinches le decían como sobrenombre El bárbaro de la yerba.

El Guapo sabía que a Lorié no le importaban los traficantes menores, porque para ir detrás de ellos tenía a sus agentes, ni tampoco los tramposos porque a esos los controlaba por mediación de sus informantes que habían logrado penetrar aquel mundillo de cosecheros y pasadores. A Lorié sólo le interesaban los que entre nosotros llamábamos los importantes.

“Mire teniente, yo sé que usted así vestido de civil puede conversar conmigo aquí en esta carpita mientras nos bebemos unas cervezas”, comenzó diciéndole Molina a Lorié según la versión que recuerdo narrada por Reutis, aunque advierto que otros oficiales lo contaban de diferente manera.

Al poco rato de haber comenzado a conversar, el teniente Lorié aceptó beber una cerveza Bucanero porque en realidad hacía bastante calor, y con lo que ganaba al mes apenas podía costear la manutención de los dos hijos del primer matrimonio y alimentar y vestir a la familia actual con tres hijos más.

El Guapo también sabía que al teniente le perjudicaba que los volviesen a ver juntos, le dijo para tranquilizarlo cuando ya habían bebido lo suficiente como para tratarse de una manera parecida a la amistad. Sin embargo, de ahora en adelante sería un hermano de Molina quien se encargaría de entregarle todos los meses esta ayudita.

Y mientras pronunciaba la última palabra, metió la mano en el bolsillo, la movió en un arco que parecía un intento de agresión y ya Lorié tenía de manera inconsciente la mano derecha al nivel de la cintura donde la Makarov de reglamento con una bala en el directo le daba cierta sensación de superioridad, cuando comprendió que no se trataba de ninguna agresión.

“Quiero fumar la pipa de la paz con usted, teniente”, dijo El Guapo en el instante que depositó el sobre justo al alcance de la mano de Lorié; la franca sonrisa que mostraba unos dientes perfectos desarmó por completo las defensas del oficial.

Si después bebieron cinco o diez cervezas más, resulta irrelevante porque a fin de cuentas, yo soy de los que creen que un policía es un ser humano en nada diferente a cualquier otro, y si decide emborracharse esa es su propia decisión que a nadie incumbe. Incluso, el teniente hubiese podido echarse el sobre al bolsillo sin que le temblara la mano como le tembló cuando sus dedos oprimieron el paquete, o habiéndole temblado no atreverse a conocer su contenido antes de tiempo.

Mientras un rato después Lorié permanecía encerrado en el baño de la casa, la mujer le gritaba improperios. Borracho de mierda, descarado, parece mentira que salieras a las siete de la mañana en la motocicleta Ural para la Delegación Provincial y te aparezcas a esta hora sin importarte si los muchachos bebieron leche o tienen ganas de tomarse un helado aunque sea de los que venden en El Yumurí. Claro, siempre compartiendo con tus compinches, esos policías de mierda con los que parece que resuelves todos los problemas, desayunas, almuerzas y comes en la Delegación como un rey y a nosotros que nos parta un rayo; pero lo que más me jode es que nunca habías venido borracho.

La mujer de Lorié se desgañitaba, y a él le temblaban las manos. Sabía que su deber resultaba inexcusable: esperar el día siguiente sin rasgar la tapa del sobre y llegar donde Altuna y decirle: “Coronel, necesito comunicarle algo de extrema gravedad. Los traficantes están tratando de comprarme”. Después, cuando llegara el momento del juicio contra Yiseldis Molina, alias El Guapo, podría testificar, responder las preguntas del fiscal y la defensa, aclararle algunos detalles al presidente del tribunal y sentirse orgulloso de no haber faltado al juramento que un día hizo ante la bandera cubana.

Sin embargo, allí recostado contra la pared del baño mientras las ofensas de su mujer atraviesan la puerta, el teniente Lorié rasga el abultado sobre porque está deseoso de descubrir qué precio le ha puesto El Guapo.

—Durante dos años —dice en tono conclusivo Reutis—, el teniente nos estuvo engañando. Hasta que…

—Se cumplió —lo interrumpo— una verdad bíblica que dice: “Nada ha de andar oculto que no sea en alguna ocasión revelado”.

—Exacto —sonríe Reutis—. Y entonces llegas tú a ocuparte de ese digamos… tumor… que Lorié ha dejado en activo, reproduciéndose más allá de la voluntad de Yiseldis Molina, al que no hemos podido todavía agarrar por el cuello.

Capítulo 2

Con el paso de los días mi vida comenzó a acomodarse. La compañía de Ana Julia y los niños en aquel apartamento de un edificio ubicado en el Reparto Las Cuarenta, rodeado de otros militares tanto de las Fuerzas Armadas como del Ministerio del Interior, ya me estaban haciendo sentir parte de esta ciudad cuya historia comenzaba a conocer en los matutinos diarios de la unidad, los programas de la emisora local y el telecentro que funcionaba durante dos horas al día.

Ana Julia, que sabía de mi celo por el cumplimiento del deber con excelencia, no sólo se ocupaba de mantener mis uniformes brillosos durante el tiempo que le dejaban sus obligaciones en el policlínico de la comunidad donde ya era conocida como la doctora Martínez, sino también me ayudaba a encajar en aquel medio tan diferente al de la capital.

—Tengo necesidad de llegar donde uno que se dice psicoanalista empírico —le confié una noche luego del acto sexual—. Me imagino que ese individuo conoce lo suficiente el mundo de la delincuencia como para que se convierta en mi primer objetivo.

—¿Qué sabes sobre él? —susurró ella, con esa calidez que siempre me proporciona descanso cuando el trabajo policial me agota o la dureza del mundillo de los delincuentes me obstina hasta el punto de molestarme el uso del uniforme que en tales circunstancias me deprime vestir, y eso que para mí el uniforme es todo un orgullo no tanto personal como en el plano de lo ético: aborrezco a esos que no les importa si traen las axilas sudadas o el cuello negro por el churre, y mucho menos que los grados hayan girado unos ángulos de su sitio. Para mí, si el uniforme no confiere autoridad no es más que un simple disfraz.

—Que en una oportunidad se entrevistó con un psicoanalista español muy famoso.

—¿Jorge Manzano?

—Ese mismo. ¿Acaso lo conoces?

—¿Quién no lo conoce en el mundo de la psiquiatría y la psicología cubana? Impartió varias conferencias durante los meses de julio y agosto del año pasado en La Habana, aunque pretendía impartirlas en esta misma ciudad que ahora estamos y no fue posible porque lo declararon persona no grata.

—¿Por considerarlo un agente enemigo?

—No es enemigo de nadie, sino un genio nacido en una época equivocada.

Trató de explicarme con más detalles el contenido de las conferencias de Manzano, pero yo le rogué que lo dejáramos para otro momento. Mi interés ahora se centraba en Santiago Igarza Iglesias o como él prefería nombrarse a sí mismo, Santiago el Rojo, escritor sin libros publicados y psicoanalista sin título alguno. Siguiendo las indicaciones de Altuna, solo me proponía en esta primera etapa de mi trabajo verificar hasta qué grado la información acumulada por Lorié resultaba confiable.

—¿Qué otra cosa sabes sobre ese al que llamas psicoanalista empírico? —me pregunta mientras pasa su mano por mi sexo que comienza a responder de nuevo a las caricias de una mujer que pinta mi soledad con colores de optimismo.

—Lo que dice su expediente. Que es oriundo de Puerto Padre, un lugar que se encuentra a unos sesenta kilómetros de aquí y donde no existen andenes de llegada ni de partida. Este tal Santiago el Rojo estuvo cinco años preso por un delito económico pero como se trata de un individuo inteligente, incluso escritor, se convirtió en una especie de líder espiritual dentro de la cárcel, respetado por reclusos y carceleros. Ya cumplió por completo la sanción, aunque vive de esa historia de psicoanalista.

—¿No trabaja quieres decir?

—¿Qué empresa estatal acepta a un tipo que fue condenado a cinco años de prisión y además se considera a sí mismo un intelectual y no piensa como la mayoría?

—Pero algún trabajo podría haber encontrado.

—Le propusieron ayudante de albañil, recogedor de basura y obrero agrícola en la granja de La Veguita. No quiso aceptar ninguna de las tres opciones que establece la ley laboral en estos casos.

—Y con ello se cumplieron los procedimientos administrativos que fija esa ley.

—Tú sabes cómo es esa mierda. Decimos que al extinguir la sanción, el delincuente ha pagado la deuda que contrajo con la sociedad cuando delinquió, pero tal expresión no es más que un discurso.

—Sí, una hermosa consigna repetida durante los aniversarios del Ministerio del Interior.

—¿Cambiamos el tema? A mí quien me interesa es Santiago el Rojo, no el ex delincuente que vive de cuanto trabajo ocasional se le presenta, sin tener en cuenta su legalidad. Incluso, hace de detective privado en el mundo de la delincuencia.

—¿Pretendes detenerlo?

—Necesito que me prepares una leyenda para ir a psicoanalizarme con él ahora que muy pocos me conocen en la ciudad.

—No pierdes la costumbre de arriesgarte, de desafiar el peligro.

—Tengo necesidad de enterarme cómo funciona acá el mundo de la droga, y una conversación con el psicoanalista me podría ayudar mucho.

—Los psicoanalistas generalmente no hablan —me advierte Ana Julia—. Se comportan como el oído del paciente que vive con fantasmas dentro de su cerebro oprimiéndole la vida.

—¿Son mudos? —sonreí, totalmente excitado. Uno de sus pezones en mi boca y una mano acariciándole el húmedo sexo, eran ya razones suficientes para que el psicoanálisis dejara de importarme.

—Sólo hacen alguna observación ocasional —escuché decirle a Ana Julia mientras rodaba su cuerpo hacia abajo—, pero jamás se inmiscuyen en las emociones del paciente. Digamos que el psicoanálisis practica la terapia de la catarsis, dejando que el paciente se desahogue sin contradecirle jamás.

Y ya no habló más por el momento, porque su boca se mantenía llena de mí. Mientras acariciaba su rubia cabellera, me dije que me interesaba un diálogo con este individuo que se las estaba dando de detective privado y a partir de que lo pensé, decidí entregarme por completo a los placeres de ese instante.

Cuando terminamos de nuevo, Ana Julia se levantó yendo hacia el baño mostrándome sus nalgas de yegua fina. Ya de regreso, con el deshabillé negro que tanto me enerva, se tendió a mi lado. En casos como el de ahora, cuando se trataba para mí de comenzar a partir de cero, dominar los canales de la droga en la ciudad y de manera más concreta como me había indicado el coronel Altuna, elaborar una propuesta de estrategia a largo plazo para mantener bajo control a todos los relacionados con la droga; digo, en casos extremos como el de ahora, Ana Julia se convertía en mi mejor consejera.

—Dices que ese tal Santiago el Rojo hace tiempo realizó un encargo del hermano de Yiseldis Molina alias El Guapo.

—Exacto. Descubrió dónde se hallaba escondido Yiseldis que es uno de los importantes de la droga aquí, y lo llevó a la presencia suya, de su hermano quiero decir, para perdonarlo por no sé qué discusión entre ellos.

El Guapo todavía continúa siendo un prófugo, creo que me dijiste hace un rato.

—Y Santiago se las sigue dando de detective privado. Ahora anda averiguando algo que todavía no sabemos de qué se trata.

—Ahí lo tienes. En este país la profesión de detective privado no está registrada entre las que se conceden licencia para operar por cuenta propia. Resulta ilegal.

—Es obvio. Lo sé mejor que tú. Tú eres doctora y yo licenciado en derecho.

—Déjame hablar. Santiago el Rojo fue cómplice del hermano de un prófugo al que no desea reintegrar a la cárcel. Y el propio Santiago continúa practicando un oficio ilegal. Puedes detenerlo, guardarlo setenta y dos horas en el cuarto de los interrogatorios sin que estés violando la ley, y ahí adentro el psicoanalista eres tú.

Cuando acabó de hablar, subió encima de mí y la lengua se ocupaba de mi lengua en tanto una de sus manos bajaba con afán de convidarme una vez más y mis dos brazos se adueñaron de ella.

A la hora que comienza el canto de los gallos en esta ciudad, en la que despierto luego de haber estado levantándome desde mi niñez en una urbe donde los que cantan son el zumbido de los automóviles y el pregón de los vendedores de periódicos, comencé a cobrar conciencia de mí mismo y me dije que no tengo como primer objetivo en este sitio por el que pasan los carretones de caballos llenos de pasajeros sin que haya aún amanecido, detener al psicoanalista empírico sino evaluar qué conexiones tienen los traficantes de aquí con los de las provincias restantes.

Y mientras Ana Julia trajina en la cocina y yo me ocupo de mi aseo matinal, me despojo de todo afán de trascendencia que aqueja a cualquier mortal, sea oficial de la policía o conductor de un ómnibus, famoso artista de la televisión o multimillonario que no tiene necesidad siquiera de calzarse los zapatos. En instantes como este, recuerdo a mi madre con la Biblia encima de sus piernas, balanceándose de manera rítmica en un viejo sillón de caoba con la cabeza contra el pecho, mientras yo caminaba en puntillas para no despertarla en aquellas madrugadas de mis borracheras habituales a una edad en que todos los jóvenes se consideran dueños del mundo. Invariablemente, levantaba la cabeza y me preguntaba en un susurro, mezcla de lástima y autoridad: “Félix, hijo mío, ¿por qué llegas tan tarde?” Al principio, discutía con ella. “¿Por qué tiene usted que esperarme levantada?”, le preguntaba incómodo y ella quedaba pensativa, con un suspiro entre lágrima y lágrima, y en lugar de recitarme un verso bíblico como hacían otros religiosos de su iglesia que frecuentaban nuestra casa, simplemente respondía: “Porque soy tu madre, y estoy orando por ti, para que el Diablo no te lleve con él”.

La muerte de mi madre y la de otros seres queridos me fue enseñando una verdad que no podía proclamar entre mis compañeros, primero los de estudio y luego los de trabajo, todos según ellos mismos ateos convencidos en una época cuando creer en Dios era considerado por algunos una especie de delito: la muerte es una realidad insoslayable que se impone a la vida y todos debemos pasar por ella, sean tirios o troyanos, escribas o fariseos. La única diferencia para unos y otros depende de cómo piensen la muerte.

—Ya está el café —me advierte Ana Julia asomándose a la puerta del baño y sonríe. Me ha sorprendido conversando conmigo mismo frente al espejo.

—Estoy reflexionando sobre el sentido de la vida y la muerte —le confieso con el ánimo de evitar sus burlas.

Ella guarda silencio y me extiende la humeante taza de ese líquido que se ha convertido en un vicio para mí. Mientras lo bebo despacio, con fruición, deleitándome en cada sensación diferente que provoca en mis labios, el cielo de la boca, los dientes y la lengua, medito en las razones que mueven al drogadicto. La adicción no es más que una costumbre, me digo. Se puede ser adicto lo mismo a la cocaína que a leer novelas policíacas, la diferencia está en el daño que podemos producir en los demás o en nosotros mismos por culpa de nuestra adicción. Si leer novelas policíacas trae como consecuencia que mis hijos no coman porque yo no trabajo para buscarles el sustento, entonces mi adicción resulta tan dañina como la de aquel que consume crack o marihuana.

—¿En qué piensa Sherlock Holmes? —sonríe Ana Julia recogiendo la taza que le extiendo y ya escucho el runruneo de los niños que comienzan a levantarse con el propósito de ir hacia la nueva escuela, donde para burlarse de su manera de hablar les llaman los habaneritos.

—En mierderías —le respondo evasivo y le beso ligeramente los labios. Ya ha comenzado mi jornada laboral y a partir de esta hora vuelvo a ser el policía que debe guardar el reglamento de la compartimentación. En horas de trabajo un buen policía no debe hablar de los casos que investiga ni siquiera con su mujer, la única persona que guarda nuestro sueño y podría lo mismo salvarnos de un peligro que asestarnos una puñalada mortal por la espalda mientras dormimos sin que nosotros lo esperemos. Conozco casos de mujeres abusadas que han aprovechado el sueño del marido para rociarle alcohol mezclado con kerosene y prenderle fuego.

De nuevo en la Unidad, luego de haber repartido a los míos entre el seminternado y el policlínico, saludo a mis compañeros, participo en el matutino sin apenas escuchar las arengas del capitán Machado Armas y retorno al expediente en el sitio que me señala la marquilla que dice: “SOLO CRISTO SALVA”. Me río de mí mismo: esta marquilla que guarda el único recuerdo material que de mi madre he determinado conservar, podría complicar mi existencia si alguien llegase a descubrirla. Sonrío y trato de olvidar mis propias pasiones, mis sentimientos respecto a los seres queridos e incluso lo que pienso sobre mí mismo: un buen policía, si desea llegar a la excelencia, debe convertirse en una máquina de investigar.

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Fiesta con Havana Club: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

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No somos aquellos niños: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

Título del libro: No somos aquellos niños

Género: Novela

Carátula original:

Sinopsis:

Aborda la pérdida de la inocencia por parte de un grupo de niños que a veces son amigos y en otras ocasiones las diferencias sociales y económicas entre ellos los convierten en enemigos tan encarnizados como si fuesen adultos.

Resumen argumental:

Tomando como pretexto narrativo el deslumbramiento inicial de un niño al ir cobrando conciencia del mundo que le rodea, en esta novela se va pasando de la infancia a la juventud. El narrador-testigo, al ir acercándose a la madurez, descubre que el mundo no es tan simple como pensaba al principio. Por mediación de una trama ágil y dinámica, se combinan sentimientos de amor y odio, mediante los cuales cada personaje busca su propia verdad y la razón de su existencia sobre la tierra.

Se trata de una novela acerca del candor malicioso de una etapa tan rica y conformadora de la personalidad adulta como es la niñez, del tránsito hacia la pubertad, de la brevedad de la vida y de la nostalgia por haber perdido la inocencia.

El narrador colectivo empleado por el autor, nos conduce por un laberinto donde el binomio delirio-realidad se mantiene durante casi toda la obra. Al final, la ruptura de ese mundo del nosotros que nos viene contando la intrahistoria fabular se rompe, y se nos comienza a contar desde el yo sin regodeos ni artificios. Desde ese instante, aparece la individualidad de cada uno de los integrantes del narrador colectivo del principio; incluso los propios mellizos que han sido los entes de ficción conductores de la trama exhiben su verdadera identidad.

La época fabular está reflejada por mediación de múltiples recursos como la música alusiva a la prodigiosa década del 1960, así como el lenguaje y el espacio fabular, todo lo cual contribuye a exacerbar el nivel de verosimilitud de la obra. Hay toda una carga dramatúrgica que nos va conduciendo por hechos, lugares, olores, personas, pasiones, rencores, esperanza, vida y muerte de los personajes, de forma tal que la trama se nos parece a la historia de algo realmente sucedido.

La mordacidad del texto se acentúa al final con un halo corrosivo, un deseo de perfección que contrasta con el tono maliciosamente angelical del resto de la novela. Se hace evidente entonces que ni los niños son tan inocentes, ni los adultos que ahora son al final de la obra son la encarnación del Diablo.

Estamos ante una obra para disfrutar y reflexionar, para hacernos sentir que la niñez y la juventud son signos indelebles y distintivos tanto de individuos como de grupos sociales y de edades. Es un cuadro tropológico que sin llegar al costumbrismo caracteriza una época social e histórica determinada de Cuba.

Muestra de los dos primeros capítulos:

(1)

Si el cura Juan Ambrosio no hubiera ofendido a nuestros padres todavía estuviéramos yendo los domingos a la iglesia a escuchar sus sermones. Allí el doctor Cárdenas asistía siempre vestido de blanco y al acabar la misa entraba a la sacristía; él era el que organizaba las celebraciones de la Navidad entregando dinero para que las Damas Católicas fabricaran un desierto adornado con luces de colores por el que viajaban los tres reyes magos montados en sus camellos rumbo al pesebre donde se veía a un recién nacido.

Antes de que el cura Juan Ambrosio ofendiera a nuestros padres todavía el doctor Cárdenas conversaba con ellos. Movía las manos exageradamente y las piedras de sus sortijas nos deslumbraban. Hablaba del carro y de los fallos que tenía el motor, encargándole al padre de Alfonso pasar al día siguiente por su casa bien temprano para que lo llevara al taller de mister Keller. Llenaba los pulmones de aire mirándonos a todos desde una altura inalcanzable. Hablaba de sus muebles de caoba, del brillo que estaban perdiendo y le decía al padre de Eliodoro que la próxima semana debía ir a pintarlos. Casi en la puerta de la sacristía regresaba sobre sus pasos y hablaba con voz conciliadora, como si les tuviera lástima por ser tan ignorantes.

—Esto es comunismo.

Otras veces se dirigía al padre de Violeta y descubríamos en su voz un dejo de desprecio.

—Mañana tienes que ir a podar el jardín.

Cuando el cura Juan Ambrosio llamaba al doctor Cárdenas nosotros comenzábamos a caminar hacia la salida de la iglesia, contentos porque podríamos librarnos de los trajes de domingo cuando llegáramos a nuestras casas donde quedaríamos libres para correr por el patio o dedicarnos a nuestros juegos en el cuarto de Alfonso y el otro mellizo.

En el cuarto Alfonso hacía planes de venganza contra el cura Juan Ambrosio, como si adivinara que un día iba a ofender a nuestros padres.

—Cuando nos ponga la hostia en la boca lo mordemos.

—Eso es una herejía.

En el patio lanzábamos una lata llena de piedras mientras uno de nosotros quedaba con los ojos cerrados en espera de que los demás se escondieran. Cada vez que el de los ojos cerrados los abría luego de contar hasta diez, salía a buscar a los que estábamos escondidos; cuando encontraba a alguno hacía sonar la lata como si fuera una maraca y gritaba la palabra tipisao y a continuación el nombre.

—¡Tipisao Eliodoro!

—¡Tipisao Francisco!

—¡Tipisao Alexis!

Todos salíamos cuando nos mencionaban. Todos menos Alfonso.

—¡Tipisao Alfonso!

A él no le gustaba perder en ninguno de los juegos.

—¡Tipisao Alfonso!

No salía de su escondite y nosotros, aburridos, nos acercábamos en silencio a la ventana de la sala, sigilosos, con mucho cuidado; si interrumpíamos las conversaciones de los mayores nos mandaban a dormir.

—Acuérdate lo que dice tu mamá, Alfonso: los muchachos hablan cuando las gallinas mean.

—¡Cállense y déjenme oír!

Escondidos cerca de la ventana escuchábamos la historia del Viajante, un señor calvo de mirar adormilado que conocimos cuando vivíamos en Las Mercedes y nos escapábamos hacia el potrero de Lodeiro para bañarnos en la laguna. Eliodoro empujó a Francisco y éste le hizo cosquillas al otro mellizo; los tres lanzaron manotazos al aire hasta que alguno alcanzó a Alfonso en la cabeza.

—¡Si siguen chivando se lo digo a papá!

El padre de los mellizos estaba detrás de nosotros con la soga del pozo entre las manos.

—¡A dormir!

Ahora tendríamos que conformarnos con recordar la primera historia sobre el Viajante escuchada en Las Mercedes, después que los mayores terminaron los rezos al espíritu de la abuela. Al Viajante lo habíamos conocido esa misma mañana de diciembre. Desde que entró a nuestras casas comenzó a anunciar la mercancía de su maleta y al llegar la noche sólo le quedaban unos pomos de medicina de dudoso valor curativo, algunos aretes de falsas piedras preciosas y dos relojes que marcaban la hora con retraso. Por la noche no hablaba de la mercancía sino de su viaje desde el pueblo hasta Las Mercedes.

En el pueblo había ascendido a un ómnibus de color gris y con los asientos flojos en la base. Avanzaron por una carretera zigzagueante y pronto el paisaje fue sólo árboles sucediéndose frente a sus ojos: mangos, limoneros, palmas reales, mangos nuevamente, limoneros, palmas reales; olor a tierra recién mojada que lo despertaba aunque el sueño volvía a vencerlo.

El calor acabó por amodorrarlo y el paisaje fue convirtiéndose en una música acompasada, en unos trinos de gorriones mañaneros. De momento sintió golpes dentro del sueño y en el límite del despertar escuchó un disparo. Cuando despertó por completo su compañera de asiento gritaba en tono histérico.

—¡Nos matan, nos matan!

Sólo entonces recordó haber escuchado un disparo. Un hombre de voz ordenadora, armado con una escopeta de caza, los obligaba a descender del ómnibus.

—¡Por orden de Bracamontes, todos abajo!

El nombre le parecía conocido pero aún no tenía ánimos para acordarse de nada. Debía ocuparse de que la maleta no se estropeara con el apuro de los de arriba y la insistencia de los de abajo. Al poner los pies en el asfalto intentó escurrirse entre el grupo y uno de los de abajo le sostuvo un brazo. Era un hombre de estatura pequeña aunque de manos recias y la voz firme, sin cuarteaduras.

—¿Qué traes ahí?

Zafó apresurado las correas y el barbudo que acababa de interrogarlo lo miró a los ojos. Sólo entonces reconoció a Bracamontes, uno de los empleados de la finca de un abogado de apellido Cárdenas, dueño también de los almacenes donde él compraba su mercancía.

—Dice el Viajante que Bracamontes es un asesino. ¿Eso es verdad, eh Alfonso?

—Si no me dejan dormir llamo a papá.

(2)

Ahora que vivíamos en el pueblo el Viajante continuaba visitándonos y no hablaba de espíritus ni del valle de lágrimas que todos debíamos atravesar, sino del cura Juan Ambrosio.

—Sólo cobra un peso por bautizar a cada muchacho.

Nuestros padres quedaron convencidos de que cometían pecado mientras no nos llevaran al bautismo y visitamos por vez primera la iglesia, vestidos con unos trajecitos cortos que dejaban al descubierto las rodillas con señales de golpes y las piernas marcadas por las espinas de las matas que abundaban cerca de nuestras casas.

—Ya no son herejes.

Aquella sentencia del Viajante nos estuvo martillando en la cabeza varios días.

—¿Qué es hereje, eh Alfonso?

Alfonso no nos respondía; estaba entretenido mirando los dibujos mientras leía las historias de Tarzán, de los Halcones Negros o de Supermán que vendía el Viajante a cinco centavos y que nosotros comprábamos a escondidas de nuestros padres juntando el dinero de la merienda entre todos.

Cuando mirábamos hacia la cama del otro mellizo lo veíamos leyendo también.

—A mí no me pregunten. Déjenme leer.

Salíamos del cuarto y llegábamos hasta la cocina, donde Gerardina luchaba con calderos y ollas cubiertas de tizne; sus ojos se llenaban de lágrimas mientras soplaba los trozos de madera hasta que el olor agridulce de la ceniza era sustituido por el olor del fuego, un olor a resinas y a recuerdos de cuando vivíamos en Las Mercedes. La dejábamos allí, ocupada en llenar una lata de un café amarillento del que tomaríamos durante el almuerzo, y seguíamos hacia la sala. Allí el Viajante continuaba hablando como un profeta.

—Esto dura hasta que los americanos quieran.

Aquellas palabras nos recordaban, sin que supiéramos por qué, las palabras del doctor Cárdenas.

—Esto es comunismo.

El Viajante, poniéndose de pie y lanzando un fósforo acabado de apagar hacia fuera insistía en sus afirmaciones.

—Ya lo verán: ahorita los americanos intervienen.

La noche antes, después de concluir la misa, el doctor Cárdenas se acercó a nuestros padres para intercalar entre sus órdenes las opiniones que nos obligaban a compararlo con el Viajante.

—Recoja bien temprano el carro en mi casa y llévelo para el taller.

—Esto es comunismo.

—La próxima semana vaya a pintar los muebles.

—Este gobierno se cae en las primeras elecciones.

—No me obligue a buscar otro jardinero.

—A los americanos no les conviene el gobierno de Castro.

El Viajante exhaló una nube de humo frente a nuestras caras y apagó el cigarro a medio consumir contra la suela del zapato. Gerardina acababa de avisar que era la hora del almuerzo.

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Atrapados por el vicio: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

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Las nubes de algodón, sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

Título del libro: Las nubes de algodón

Género: Novela

Carátula original:

Sinopsis:

Relata los avatares que viven en un pueblo provinciano un grupo de amigos cuyas inquietudes literarias los llevan a fabular sus propias existencias como una manera de huir de la vulgar cotidianidad que se ven obligados a llevar.

Resumen argumental:

El protagonista (Cundo Núñez) se propone escribir una novela, y para lograr ese propósito desaparece de los lugares donde solía habitar con la esperanza de hallar personajes adecuados para la trama. Sus amigos, preocupados, comienzan a buscarlo en distintos espacios literarios e históricos hasta llegar a la Casa de Contratación de Sevilla y subir, con otros personajes que se les unen en dicho lugar, a un vehículo llamado el tren fantasma.

En pleno siglo XXI, en un pueblito de provincias, los personajes de esta novela son capaces de vivir también en los tiempos de la conquista de Las Indias. Por medio de la ficción, una aldea se convierte en el mundo y viceversa, a la vez que se destruye la historia, quedando sólo trazos de ella, frases, imágenes superpuestas en tiempos anacrónicos.

En esta obra las frases, los nombres literarios y los históricos, la vida real e incluso los estilos de contar aparecen hurtados y burlados en un discurso suprarrealista, cual una mezcla de realidad y delirio. Se trata de una novela de recuperación del sufrido lector, del humor y la frescura, de la capacidad comunicativa.

Muestra de los dos primeros capítulos:

(1)

CUNDO NÚÑEZ mueve las manos para bajarse la camisa al nivel de los bolsillos del pantalón, porque si algo no tolera es que descubran su vientre abultado como una pelota de jugar en la playa. No entiende cómo se las arreglan los escritores para inventar sus historias y les repite a sus amigos que ha leído libros en los cuales el narrador toma una bolita del tamaño de una hormiga y empieza a untarle baba de ateje mezclada con saliva, amasándola despacio para que no se le quiebren las redondeces y al final, encima de la bolita aparece un circo con acróbatas y bailarinas que desafían las estrellas.

Mientras sus amigos deciden marcharse hacia donde venden cerveza, Cundo queda detenido en medio de la calle iluminada por un parpadeante bombillo de mercurio, pensando en los motivos que han podido impulsarlo a él, empeñado en ignorar que el rostro se le está agrietando por el paso de los años, a escribir una novela. Sabe que su vida es vulgar, sólo puede recordar dos o tres mujeres que lo amaron de veras y a lo sumo unas pocas horas de felicidad. Cada día transcurre de manera rutinaria: tan pronto el sol ha salido, comienza su trabajo en la fábrica que lo aniquila como aspirante a intelectual porque al llegar la tarde el cansancio lo vence; la única esperanza que tiene es que al llegar el viernes, jamás vuelva a existir un lunes.

Sin embargo, al marcharse sus amigos ya no se encuentra solo en la calle, porque comienza a pedir consejos a Bracamontes sobre la forma más recta de proceder en su vida privada; después, trata de convencer a Justino Marcial para que tome las riendas del Taller Literario y conversa con Rafael Garay, persuadiéndolo de que no continúe enemistado con Chino Laguna. Y aprovechando que el conde Larrecameliú baja de su caballo, fue donde él cuidando que los demás no lo observen, le limpia las botas de montar con un paño húmedo y le ruega que no comente con nadie este gesto suyo de admiración por un noble caballero. Sabe bien que si Bracamontes llegara a enterarse, se subiría en la cabriola de los meneos y ya no habría forma de hacerlo descender.

En el instante en que Cundo Núñez termina de limpiar las botas del conde, en la ciudad se encienden miles de luces de neón, los vehículos comienzan a rodar llenando el ambiente de un humo denso y él se inclina hacia delante con el sombrero en una mano.

Larrecameliú, quien acaba de regresar de la Casa de Contratación, le confía a Cundo sus planes inmediatos. Está a punto de dirigirse hacia su bosque de cacerías predilecto, donde revisará cada rama, cada árbol, cada huella que delate el paso reciente de una liebre o un ciervo traído desde alguna colonia ultramarina con el propósito de ser usado como objeto de persecución, tal como ocurre en la novela El cuerno de caza. Allá en Sevilla, el conde es el responsable de llevar el control estadístico de los barcos que parten hacia África en busca de esclavos, la cantidad de negros capturados, de ellos cuántos de cada sexo, por sexos cuántos mayores de edad y finalmente, los aptos para distintos tipos de labores. Larrecameliú ha ideado un método para determinar la mayoría de edad de los futuros esclavos cuando existen dudas: el capitán del barco negrero manda a buscar al individuo y luego de azotarlo cinco veces, lanza un dado de marfil encima de una mesa cubierta con un tapete verde; si el número cae par, se sobreentiende que el azotado es mayor de edad. Método muy sabio, ¿verdad?

Siervo de la gleba, ¿de dónde vienes? le pregunta Larrecameliú a Cundo con aires de desprecio al comprender que ha soltado la lengua de una manera impensada, como si no fuese conocido que aun cuando ejerce señorío sobre el condado de Punta Martinas, su abuela materna fue barragana de varios príncipes del infantado y gracias a ello hoy él ostenta un título de nobleza.

Cundo comienza a chocar el labio superior contra el inferior ruidosamente y se rasca la cabeza. Si no estuviese apurado le quitaría la espada al conde y después de bajarle los calzones, le iba a propinar una paliza como para que no pudiera sentarse durante diez días ni en su silla acolchada del despacho principal en la Casa de Contratación.

Siervo, estoy hablando contigo. ¿No has visto por el camino una carroza color sepia? dice el conde, mirando hacia ambos lados de la calle. La carroza que debe recogerlo está al llegar y se encuentra impaciente; desea que Cundo lo vea ascender a ella, que comprenda que no es ningún personaje de sus historias como el Ratoncito Pérez o Albertina de la Barda.

Cundo apenas le contesta con un monosílabo. Del conde le incomoda sobre todo la altanería. Se cree un alto funcionario y a él le consta que en la actualidad no sería más que un empleadillo de algún consorcio transnacional. Porque si en su presente se contenta con besar el anillo del rey, en el futuro sólo lograría emplearse como jardinero de algún Rockefeller.

Larrecameliú llegó a la casa solariega y sintió como si hubiese salido de una prisión. Allá en Sevilla todo se convierte para él en firmar papeles, contestar las genuflexiones de sus subordinados con una inclinación de cabeza y escuchar los chismes de algún escribano contra otro a quien pretende desplazar del cargo. Claro que su puesto de director general de la Casa de Contratación también le ofrece ciertas ventajas. Por ejemplo, si una buenamoza desea que un hermano suyo viaje hasta las Indias Occidentales con la esperanza de regresar cargado de esmeraldas, topacios y rubíes, obligatoriamente tendrá que solicitarle el permiso a Larrecameliú. Y éste, aunque en público acostumbra a decirles a las señoras de la corte cuando roza con ellas pardon mes dames para demostrarles que no sólo habla lengua castellana, encerrado en el despacho principal de la Casa de Contratación se convierte en una especie de miura y en impenitente bebedor del vino de la fornicación; allí más bien parece un verdulero de la plaza de Madrid, pues mientras inclina el torso y toma la pluma de ganso del tintero, su mano izquierda le muestra a la muchacha la planilla titulada Modelo 562-A ORDEN DE ENTRADA A LAS INDIAS. Mientras sonríe, le indica con la punta de la pluma el espacio donde puede leerse Autorizado por y dice: “Muchacha pelicambrina, vamos a hacer un cambeo”.

Al llegar a la casa solariega, el conde se dirigió de inmediato al establo, donde preguntó a uno de los criados por el estado de salud de Omar V, el brioso alazán que empleaba para la caza del jabalí. Tanto lo adoraba, que si hubiese tenido que elegir entre el caballo y la condesa, sin dudas habría optado por el primero.

Cundo llegó en ese instante al banco del parque donde fue a sentarse, dedicándose de manera simultánea a tres actos. El primero, escarbarse la nariz; el segundo, esperar a Santos Aguiar para jugar una nueva partida de lo que ellos llamaban torneo verbal sobre la ficción literaria; y el tercero, observar cómo el conde, luego de haber acariciado durante varios minutos el lomo de Omar V, subía hasta sus habitaciones y le ordenaba al ayuda de cámara preparar los vestidos de salir a pasear por el bosque.

Larrecameliú se cambió de ropas y luego de limpiarse las pestañas con saliva, bajó de nuevo al establo donde se entretuvo largo rato conversando con su alazán mientras le pasaba una mano por la zona inferior de los cuartos traseros. Durante la correría acompañado de varios lacayos, aguijoneó con las espuelas a la bestia cuando se mostraba remisa a saltar algún obstáculo y en ocasiones, la obligó a marchar al galope tendido.

Igual que Jorge con su motor dijo sonriente Santos Aguiar, apareciendo de improviso frente a Cundo.

Se refería a Jorge el de la fábrica donde ellos trabajaban. Era propietario de una moto muy vistosa, la que al presionarle el botón del arranque de inmediato se ponía en funcionamiento con un sonido estrepitoso y sin apenas expulsar humo por el tubo de escape. Cuando el tráfico se lo permitía, aceleraba la máquina más allá del límite tolerable para demostrarles a los demás motoristas que era superior a la de ellos.

Santos Aguiar le brindó un cigarro a Cundo y antes de sentarse a su lado extrajo de un bolsillo del pantalón una libreta arrugada, como para advertirle a su amigo que venía dispuesto a amanecer en aquel parque donde las parejas de enamorados venían a decirse ternuras y un borracho nombrado Monguito Pleamar solía advertir que no pensaba pedirle permiso a nadie. Era un sitio por lo demás tranquilo, y apenas se veía algún muchacho con un tirapiedras o pedaleando en una bicicleta. Pero cuando Santos Aguiar y Cundo Núñez se reunían allí, la tranquilidad desaparecía porque de inmediato llenaban el lugar con sus personajes.

Nadia es la primera de la que hablan, recordando su vestido abombado; a la altura del muslo izquierdo tiene una abertura que al soplar el viento deja entrever una piel sin asperezas. Santos Aguiar insiste que es sólo una niña; él la recuerda cuando pasaba frente a su casa en horas de la mañana vestida con uniforme escolar y sería sacrílego suponer que dentro de un tiempo algún muchacho le dirá frases melosas al oído, la persuadirá de que serán felices y al final la conducirá hasta el bosquecito de pinos donde también él, Santos Aguiar, ha llevado muchachas que por el día usan uniforme escolar.

Además, es hija de Bracamontes le advierte Cundo, ya convencido de que efectivamente es una niña.

A Santos Aguiar no le importa el padre, sino lo sucedido cuando Nadia llegó a la casa en construcción de Jorge, tal como se lo estaba contando Cundo Núñez. Allí Chino Laguna, que en realidad no era albañil sino mecánico pero sabía algo de construcción, colocaba ladrillos con destreza. Nadia dijo, con una voz que a Jorge le resultó agradable: “Chino, le traigo una carta de su hija”. Le resultó agradable cuando ella habló; luego razonó que el tono aunque parecía respetuoso era en realidad insolente. En un primer instante, Jorge estuvo moviendo la pala sin sentido y luego la dejó abandonada simulando que eliminaba los restos de mezcla adheridos a la pared, mientras Chino Laguna leía cada línea con calma, ajustándose los espejuelos que se le corrían hacia la nariz achatada por los golpes recibidos en la lejana época en que fue boxeador. Nadia, mientras tanto, se entretenía en recoger pequeñas piedras del suelo, lanzarlas hacia delante y mirar el reloj. Jorge la vio agacharse en una oportunidad para tomar varias piedras y sus pensamientos se compartieron en dos: “¿Aprovechará Chino Laguna la oportunidad para pedirme dinero prestado, inventando una historia basada en la carta de su hija?”; y también: “¡Qué piel más delicada tiene Nadia, qué muslos tan bien formados!” El Chino Laguna acabó de leer la carta y Nadia se le acercó, hablándole en un tono que a Jorge le disgustaba. Porque aunque podría ser cierto eso de que el comportamiento de Chino no era el más adecuado como padre, que su abandono de la hija en Santiago de Cuba desdecía de él y de todo su prestigio como antiguo campeón nacional del peso completo en el boxeo, no estaba dispuesto a tolerar que Nadia, una chiquilla apenas, se atreviera a ofender a un hombre que en el pasado era capaz de largar hacia la lona con los golpes de su mano derecha a un peleador tan temible como Rafael Garay. Al comprender que había estado cometiendo una indiscreción, Jorge decidió alejarse de su casa en construcción, de su propia casa, para permitirle a Nadia que continuara insultando a Chino Laguna, mientras éste asentía avergonzado. Jorge miró a la jovencita y pensó que resultaría magnífico encontrarse con ella cualquier noche de estas en una calle oscura o en el bosque de pinos.

¡Qué desvergonzado! protesta Santos Aguiar dándoselas de moralista. Y ese papel le queda muy mal, porque todos saben que acostumbra visitar la casa de Tomito del Verso y en ella entrevistarse con Albertina de la Barda o con Nereida la Billetera.

Y al escuchar cómo su conciencia le mencionaba a las dos novias más adoradas por él, refirió lo sucedido unas noches atrás, cuando salió a la calle deseoso de olvidar el ensayo que intentaba escribir sobre la novela más reciente de Agustín Lamayer y llegó al parque con intenciones de esperar el ómnibus, pues aunque la casa de Tomito sólo distaba una cuadra de allí, le gustaba abordarlo con tranquilidad y en horas del día resultaba imposible. Se acercó al estanquillo de las revistas, extrajo un billete de cinco horas y se propuso cambiarlo por seis monedas de dos segundos, operación absurda como todas las que realizaba Santos Aguiar. Él siempre obviaba el hecho de que el tiempo había subido de precio en el pueblo y se empeñaba en continuar viviendo con las normas del pasado lejano, cuando no existía fábrica alguna y una sola ruta de ómnibus recorría las calles polvorientas. Apenas la empleada vio el billete en la mano de Santos Aguiar, no se dignó siquiera aclararle: “Tengo orientaciones de no cambiar si no me compran un periódico”. Qué va. Apartando un momento la vista del tejido que confeccionaba, negó con la cabeza y continuó su labor. Santos sintió deseos de patear contra el piso, proferir unas cuantas obscenidades y maldecir el Tratado de Lógica Polivalente de fray Luis de la Estofa. Sin embargo, comprendía que la resistencia de su organismo contra los enchufes y los meneos tenía un límite y suspiró mientras sonreía a la empleada. Ladeó la cabeza y llevándose una mano al pecho a la vez que se inclinaba hacia delante sosteniendo en la otra mano un imaginario sombrero de alas anchas como si fuese un caballero de la Edad Media, le dijo: “¡Oh, qué hermoso tejido está usted elaborando!”, piropo que la mujer agradeció con un ligero resoplido y un muchas gracias que se ahogó entre sus dientes. Santos Aguiar continuó su camino. Esta noche no quería disgustarse; deseaba tropezar con alguna de sus enamoradas en la casa de Tomito del Verso y, si había allí otras personas dignas de su estimación, invitarlos a todos al bar Tonquín. Claro, en el supuesto caso de que las enamoradas fuesen por ejemplo Eparménides Valdesbrito o María de la Caridad Sagrario Ortogénesis, porque Albertina de la Barda y Nereida la Billetera le exigirían que las llevara al hotel Las Delicias.

Empujó la puerta principal de la casa de Tomito; éste mecanografiaba con dos dedos en su máquina Remington de 1946 ubicada en la sala el poema titulado Yo soy el poeta maldito; vestía su traje habitual para estos casos, un pijama verde y un gorro de dormir con cuartos de luna azules grabados por alguno de sus amigos pintores. Santos se inclinó por encima del hombro de Tomito del Verso y luego de leer el poema mecanografiado, sentenció:

Eres más mierda que la mierda.

Tomito se hallaba acostumbrado a escuchar aquellas ofensas y sabía que si llegaran a faltarle no tendría un acicate para continuar escribiendo sobre la nieve y los suspiros. Para aguijonear a Santos Aguiar, le brindó de una botella de Rontusán y comenzaron a beber. Primero lo hicieron moderadamente. Tomito aprovechaba los intervalos entre pásame la botella y cuidado no vires el vaso, para recitar algunos de sus poemas recogidos en la antología que estaba preparando y cuyo título era Toda mi obra; Santos Aguiar le señalaba deficiencias técnicas apoyándose en los postulados de Agustín Lamayer hasta que le sobrevino un eructo involuntario y aclaró:

En todo discurso narrativo se da prioridad a las categorías puramente literarias.

“Está fuera de sintonía”, se dijo Tomito con sarcasmo. Luego trajo otra botella de Rontusán y colocó la vacía al alcance de la mano. Al beber, Santos Aguiar solía transmutar su habitual facundia en belicosidad y lo más recomendable en estos casos era acompañarlo hasta su casa para dejarlo tirado en medio de la sala gritando las virulencias menos previsibles. Tomito del Verso conocía el peligro que entrañaba emborracharse con Santos, aunque consideraba haber encontrado el procedimiento para derrotarlo en el plano intelectual y no deseaba perder la oportunidad que le brindaba la casualidad: esta noche no vendría ninguna de las mujeres esperadas por Santos Aguiar; andaban en busca de turnos para arreglarse el pelo y las uñas y demorarían unos cien días en regresar. A Santos no le quedaría otra alternativa que discutir con él sobre teoría literaria hasta reventar.

No se dice: “La práctica es el criterio de la verdad”, sino: “La práctica es el criterio valorativo de la verdad” afirmó Santos.

Tomito, petulante, seguro como estaba de que los miembros del grupo literario Los Fantasmas lo elegirían su guía espiritual en las elecciones del próximo milenio, mientras Santos Aguiar se servía de la botella recién estrenada, le propuso sostener un diálogo magistral. Éste, al principio, no entendió muy bien lo que le proponía el poeta maldito, por lo que sacudiendo la cabeza trató de alejar la borrachera y estuvo a unas milésimas de segundo de golpear a Tomito, pues una falta de respeto de ese tipo no la iba a permitir: él era todo un macho, dijo, y sólo se acostaba con mujeres. Pero cuando descubrió la mirada farisaica de Tomito y su mano que señalaba hacia el armario de libros se tranquilizó. Logró levantarse aunque se tambaleaba. Aceptaba el duelo, dijo. Si de Cundo Núñez había llegado a rumorarse que fue atacado por el gusano de la calambrina cuando Bracamontes le ordenó marchar en ayuda de Toussaint Louverture, de él, de Santos, nunca podría decirse que temió enfrentarse a un currutaco más despreciable que el marqués de la Cuadra. Dando un paso hacia los libros, tomó uno al azar, lo abrió y leyó:

Alto soy de mirar a las palmeras, rudo de convivir con las montañas.

Tomito ya estaba preparado de antemano. Acostumbraba marcar los libros con hojas secas y flores prensadas por lo que pudo contestar en el acto:

Pájaros perdidos de verano vienen a mi ventana, cantan y se van volando.

Santos Aguiar arrastró dos sillas consigo y le replicó:

Quince cuchillos me horadaron el pecho pero el corazón late todavía.

El poeta descorchó una nueva botella y luego de entretenerse en escuchar el glu glu glu del líquido que pasaba de su garganta al estómago para fundirse en el acto con la sangre, respondió:

Quisiérame yo olvidar de todo lo que viví, de cuanta cosa escribí para volver a empezar.

Santos Aguiar no dejaba jamás sin respuesta una ofensa ni aunque le cortasen la lengua, por lo que señaló:

¡Y qué buena es la tierra de mi huerto!; hace un olor a madre que enamora, mientras la azada mía al aire dora y el regazo lo deja pechiabierto.

Tomito al parecer no esperaba esta respuesta. Se mantuvo en silencio durante un largo rato. Azada no le parecía una palabra adecuada para un poema lírico y en cuanto a huerto y regazo las consideraba de escaso vuelo poético, como decía siempre de los libros que evaluaba con destino a Ediciones Rosas para Sagitario que dirigía Alberto de la Cuadra. “¡Ñequis!”, dijo para sí tratando de pensar con la fiereza de Bracamontes. En cambio, solamente logró murmurar:

Antes de irme tengo aún tantos asuntos que arreglar.

Santos sonrió convencido de que Tomito no constituía adversario para él en ningún terreno. Pensó en el castigo que le impondría cuando admitiera ser incapaz de encontrar una respuesta adecuada contra sus afirmaciones magistrales. Por ejemplo, podría condenarlo a emplear el ómnibus durante un mes. No era conveniente: aprovecharía para molestar a los pasajeros con sus poesías malditas. Quizás fuese más recomendable obligarlo a leerse el Tratado de Lógica Polivalente. Tampoco: después convertiría cada página del libro en una poesía, acostumbrado como estaba a lo que llamaban entre ellos fusilar, y sería irresistible tener que leerse el tratado de fray Luis de la Estofa en versos. “¡Ya!”, se dijo Santos chasqueando los dedos; acababa de encontrar la solución: lo obligaría a casarse con la Cucarachita Martina y a sostener relaciones adulterinas con la Pájara Pinta para que se pinchara las nalgas con las espinas del verde limón. Entonces, mientras colocaba la botella de Rontusán encima de la mesa con mucho cuidado, sentenció:

A la luna venidera el mundo se vuelve a abrir.

Tomito aprisionó con fuerza la botella vacía de Rontusán que mantenía escondida y en lugar de continuar el diálogo, propinó un golpe contra la frente de Santos Aguiar. Éste, sorprendido, abrió el libro de nuevo y declaró:

Niña de ocultos molinos, vengo de andar tus caminos con las sandalias del sueño.

Tomito sintió que la rabia se le derramaba más allá del pecho y le llegaba al intestino delgado. Existía demasiada poesía en aquellos versos. Descargó un segundo golpe en la cabeza de su interlocutor, quien quedó tendido en el suelo aunque convencido de que había resultado el vencedor.

Cundo Núñez no quiere continuar escuchando los detalles de aquel diálogo magistral que avergonzaba a los miembros del Taller Literario, porque al conocerse en la ciudad los detalles de la pelea entre Tomito del Verso y Santos Aguiar, todos los miembros del Taller se vieron envueltos en un conflicto con Nelson Larrecameliú, quien se negaba a extenderles la autorización oficial para asistir al Décimo Simposio Mundial de Poetas y Narradores, argumentando que si en Sevilla armaban un bochinche como ese la organización de escritores locales que agrupaba a los aficionados de mayor edad perdería el prestigio. En la reunión de análisis con Larrecameliú, todos negaron la existencia de tal pelea entre el poeta maldito y el crítico literario pero Nelson, amparado en su autoridad de responsable de cultura popular, exponía como prueba de su afirmación no sólo los rumores que corrían por toda la ciudad, sino también el chichón que adornó la cabeza de Santos Aguiar durante unos seis meses. Cundo Núñez, en su carácter de secretario organizador del Taller Literario, se vio obligado a establecer un recurso de protesta frente a Alberto de la Cuadra, el director provincial de Cultura. ¡A tremenda pieza le presentaba la reclamación! Como respuesta, de la Cuadra le comunicó que cuando transcurriesen dos mil años formaría el tribunal para resolver la apelación

(2)

DISCUTAMOS ALGUNOS criterios acerca de la novela propuso Bracamontes apenas se incorporó al torneo verbal sobre la ficción literaria que habían comenzado Santos Aguiar y Cundo Núñez. Se había desligado del grupo en la cervecera El Bodegón donde Esteban y Moloch, los dependientes, pretendían hacer creer que ofertaban cerveza de Baviera y a él le constaba que agregaban diez litros de agua por cada cinco de bebida.

—Las discusiones en el campo del arte son estériles: lo importante es crear —respondió Santos Aguiar pasándose la mano por donde una vez tuvo el chichón.

Bracamontes no estaba de acuerdo; jamás le daba la razón a Santos Aguiar en el terreno de la literatura, a pesar de la amistad que los unía. Bracamontes admiraba al escritor del siglo XVI fray Luis de la Estofa aunque tuviese la mirada hosca, una nariz ganchuda y la cabeza sin pelos, por lo que había leído en diez ocasiones su Tratado de lógica polivalente. De este libro citó la frase: “Mi tarea en la tierra no es llevar a la práctica las enseñanzas de Jesucristo, sino divulgarlas”, que según Bracamontes podía leerse en la línea tercera de la página cien, correspondiente al tomo quinto de la obra.

–O sea –intervino Cundo Núñez burlón–, que creced y multiplicáos significa para el recto varón acérquenme a todas las buenashembras y les demostraré cómo se les amasa el abruján y succionan los pezones. O sea, no practicaréis la gula significa según el ilustre obispo a mí pónganme salsa y a ustedes que los parta un rayo.

Cundo Núñez, aunque en el terreno literario siempre estaba de acuerdo con Bracamontes, en el aspecto personal era frecuente verlos discutir e incluso ofenderse.

–Tampoco así –negó Bracamontes lo afirmado por sus dos amigos–, porque ahí tienen ustedes el caso de Chino Laguna: consumía los alimentos sin condimentar y de esa forma, una ensalada de lechugas para él no era más que un manojo de hierbas; y un trozo de filete no se diferenciaba de la piltrafa que hasta los perros del conde Larrecameliú desprecian.

Santos se puso de pie, ofendido. Chino Laguna era más hombre que Rafael Garay, dijo. Tan alto gritó, que unas muchachas que pasaban junto a ellos se detuvieron y preguntaron qué estaba sucediendo. De momento no las reconocieron. La oscuridad apenas permitía distinguirlas pero cuando miraron las entrepiernas de las mujeres, los tres quedaron convencidos: se trataba de María de la Caridad Sagrario Ortogénesis y Eparménides Valdesbrito, quienes acababan de regresar de la Conferencia Internacional de Jóvenes Poetisas que se había celebrado en Ruden Batire City. Los besos que repartieron ellas se escucharon en diez kilómetros a la redonda y casi se echan a llorar. Acusaron a Nelson Larrecameliú de sinvergüenza por alojarlas en un tugurio impropio para mujeres decentes y hacerlas viajar todos los días desde la Seven Avenue hasta Briddson Street en un taxi de quinta categoría. Hubieran preferido que el evento se realizara en Creti, como la ocasión del Noveno Simposio Mundial de Poetas y Narradores, donde al menos hubieran podido disfrutar de los servicios del bar Tonquín.

A Eparménides se le escapó en un suspiro la alegría por hallarse de nuevo entre sus amigos cuando Bracamontes le preguntó a Cundo Núñez:

–¿Ya no te gusta Nadia? Hace un rato afirmabas: “No la considero ahora la niña a quien le salta la inocencia por cada poro. La he visto en una calle oscura, con su pelo negro y sedoso ondeando al viento, alzada de puntillas para alcanzar la boca de un hombre”.

“¡Conque esas tenemos!”, pensó Eparménides subiendo en la cabriola de los meneos. Ya Cundo no se conformaba con Rosa su mujer y con ella; ahora las engañaba a las dos con Nadia.

–No fue así como lo dije –negó Cundo.

–¿Y cómo? –interrogó Bracamontes, belicoso, recordándoles a todos que Nadia era todavía menor de edad y no iba a permitirle a ningún chifuingo abusar de ella.

–Así –respondió Cundo Núñez, conciliador–: “Realmente, Nadia tiene la cara picada por el acné, no se esmera en arreglar sus cabellos, no usa un vestido abombado y sus piernas son más bien flácidas. Está sentada en la taza y su cuerpo desnudo no puede verse porque el baño está a oscuras y lo único que se escucha es el jadeo, el apresuramiento, el plof de la masa fecal al chocar contra el agua y como si rasparan con un papel de lija contra algo que se sobreentiende debe ser el ano de Nadia”.

–Discrepo: el artista debe embellecer la vida –lo interrumpe María de la Caridad.

–Discrepo: el artista debe ennoblecer lo vil –agrega Santos Aguiar.

–Discrepo: el artista debe mentir –dice Eparménides.

–Discrepo: Nadia es mi hija –se opone Bracamontes y Cundo Núñez aclara que todo no ha sido más que una joda literaria, pues eso le sucedió en realidad a Albertina de la Barda.

–¿Albertina? –se extraña Santos Aguiar. No suponía que Cundo la conociera de la intimidad.

–Pues sí; Albertina de la Barda, viuda de don Bienvenido de Ávila Gómez y Serrano, se acerca con pasos leves, como si flotara, al salón de bailes de El Escorial. Ella adora las escenas de etiqueta, que la lisonjeen con requiebros elegantes y escuchar al conde Larrecameliú, atlético, bromista, el que luego de pedirle perdón en francés por haberle rozado las nalgas, le dice: “Señora mía, es usted un jardín florido”, cuando todos conocen que la tal Albertina ronda los cincuenta y gallina vieja no se ablanda ni con bicarbonato de sodio.

–¡Ñequis! –protesta Santos–. La suavidad de la piel de Albertina es similar a la del terciopelo.

–Entonces déjenme decirles que en cuanto a delicias, Nereida la Billetera sí las sabe todas. Cuando en el bar Tonquín ofrecían unas escenas sicalípticas que se lo levantaban hasta al más impotente, ella aparecía mostrando sus redondeces y le gritaba a cualquiera: “No muevas tanto la mano, mi chino, y gástate unos dólares conmigo”. A ella no la engañó una señora de apariencia respetable que buscaba jovencitas para la Escuela Universal de Arte. A ella no la sedujo ningún viajante con prendas de bisutería. A ella no la compelía la miseria porque un coche con calesero uniformado la esperaba cada mañana frente a la puerta para llevarla al Instituto Ecuménico para Señoritas. A ella no la convenció el novio de que debía renunciar a la mascarada de la virginidad. Pudo incluso haber sido dama de compañía de la condesa Larrecameliú. Su tío el marqués de la Cuadra hubiera preferido que fuese una cortesana de alto rango y no esta puta que se alquilaba con cualquiera.

–¡Un momento! –gritó Santos Aguiar y se puso de pie. Le parecía que Cundo lo provocaba con sus historias. Esas dos mujeres se acostaban con él, con Santos, y no estaba dispuesto a permitir una sola falta de respeto más contra ellas.

Cundo Núñez le pidió que por favor se tranquilizara. Sólo estaba realizando un ensayo, como si dijera afinando el instrumento de novelar. Sus pretensiones eran alcanzar el tono narrativo adecuado y para ello se basaba en el Tratado de Lógica Polivalente, en el cual fray Luis de la Estofa afirmaba con autoridad irrefutable que si Josefina sedujo a Napoleón no fue tanto por sus desarrollados senos y un caderamen que olía a canela y aguardiente del malo, sino por los ojos. A Bonaparte le gustaban un tanto oscuros y cuando el ayudante de campo, no bien llegados a Waterloo, le dijo: “Mi Señor, Josefina lo espera esta noche en el hotel Las Delicias”, Napoleón se puso grande y dicen que dijo: “Que se joda la guerra”.

En el capítulo correspondiente al descubrimiento de América, fray Luis de la Estofa cuenta que si Isabel hubiera imaginado las timbaleras que armaría el almirante Cristóbal cuando saliera de Palos, ni a palos se deja bajar la capa regia por él. Colón la aprisionó contra su cuerpo cuando estaban llegando a la alcoba real y sonrió picaresco. “Señora mía, pluguiere Dios que desta pasión hubiere de morir, porque un muerto en vuestros brazos tiene garantizado el Paraíso”, dijo el experimentado navegante poniéndose una mano en la bragueta del calzón.

–Y en la sección de literatura infantil –comentó Cundo Núñez mirando a Eparménides, que ya no estaba tan indignada–, el Tratado de Lógica Polivalente explica que estaba la Pájara Pinta sentada en el verde limón y en ese instante pasó el Ratoncito Pérez, divorciado ya de la Cucarachita Martina por la vaina de las cebollas, y dijo aquélla:

“Adiós, ratoncito orgulloso”.

El ratón, tímido, mira hacia los costados y hacia atrás.

“Es contigo, ricura”, le repite la Pájara Pinta.

El Ratoncito Pérez trepa entonces hasta el verde limón y colocando una patica entre los muslos de la Pájara Pinta, le dice tembloroso:

“¿Te quieres casar conmigo?”

La Pájara Pinta, incómoda, le dio un empujón que lo hizo rodar limonero abajo y le gritó:

“¡Ahí te pudras, imbécil! ¿Quién estaba hablando de casarse?”

En el acto comenzó la discusión:

María de la Caridad Sagrario Ortogénesis opinaba que las historias de Cundo tenían un sabor a obscenidad de la barata. Ella era partidaria de recrear anécdotas edificantes, como aquella sobre lo sucedido a Chino Laguna. El asunto comenzó en una parada de ómnibus ubicada en el centro de la ciudad, donde todos quieren subir y ninguno va a bajar. Un hombre grueso, de sotana carmelita y calvicie profunda, mirada severa y nariz ganchuda, con un solapín colgado al pecho donde podía leerse Casa de Contratación: Vicepresidente General, acababa de agarrarse del pasamanos frente al asiento donde se hallaba sentado Chino Laguna, disfrutando la lectura de un cuento en el que se habla de la felicidad como una ametralladora al rojo vivo y en el instante que el narrador pregunta: “¿Qué harías, Romero?”, ahí mismo se vio obligado a poner puntos suspensivos y cerrar el libro.

“¿Usted no ve que esa anciana va de pie?”, interrogó el de la nariz ganchuda ajustándose los espejuelos y extendiendo su índice en señal de acusación. Chino Laguna se levantó de inmediato y le rogó disculpas a la mujer. Ella, luego de acomodarse en el asiento, le contestó: “Muchas gracias, jovencito; no sabes cuánto te lo agradezco, aunque ya estoy acostumbrada a estos trajines”.

Chino Laguna entonces se volvió hacia el hombre grueso de los espejuelos y le explicó que los lectores empedernidos como él suelen entretenerse al tomar un libro en las manos hasta desconectarse de la corriente del mundo real y el de la nariz ganchuda, con sorna, sin mirarlo siquiera, le contestó: “Sí, sí, ya me hago cargo” y continuó hacia la parte trasera del ómnibus.

No había pasado una semana de aquel incidente cuando Chino Laguna volvió a tropezar con el calvo, aunque en circunstancias bien distintas. Ahora el de la sotana carmelita iba sentado, con el periódico La Voz de Creti frente a sus ojos, mientras una mujer embarazada pugnaba por alcanzar el pasamano.

Bracamontes interrumpió a María de la Caridad; consideraba que la historia de la Sagrario Ortogénesis no funcionaba siquiera en un campeonato de literatura oral de los que organizaba el director provincial de Cultura Alberto de la Cuadra con el propósito de hacer creer a los altos funcionarios del Instituto Nacional de Burocratización que los escritores comenzaban a extinguirse. En cuanto a las cuartillas leídas por Cundo Núñez esta noche, a lo sumo podrían salvarse dos o tres; el tema no estaba tratado de la mejor manera, aclaró, porque esto de convertir a la mujer en un objeto ya estaba pasado de moda. Lo más actual, la última tendencia narrativa, era considerarse uno mismo personaje de la historia y colocarse en una situación límite para obligar al lector a participar de la trama. Por ejemplo, contar que luego de las vacaciones por los días navideños, Cundo Núñez comprende que fue ilusoria su alegría mientras bebía una botella de vino tras otra. Todos los ahorros del año se habían escurrido en una fiesta para demostrarles opulencia a las viejas amistades en una casa cuyas paredes perdían la cáscara y el techo amenazaba caerse. Adiós habría que decir a la sustitución de unos asientos desgastados por sillas capaces de soportar el peso de Chino Laguna, al que llamaban Kid Laguna en la década del cincuenta del siglo XX, ahora convertido en un hombre solitario y gordiflón, con el único mérito a su favor de haber fabricado treinta hijos en menos de cinco años gracias a la admiración que despertaba en las mujeres su fama de boxeador.

En el taller de mecánica donde trabajaba Cundo Núñez encontró al gerente, Smith and Wesson, con las órdenes tajantes de siempre:

“Tú arreglar ese ve doble ve”.

El vehículo señalado por el gerente se parecía al del capitán Flores. A Cundo le temblaron las piernas.

“Pero tener cuidado con equivocarte como la otra vez”

Indudablemente era el del capitán. La otra vez a que se refería Smith and Wesson, Cundo había arreglado el automóvil y cuando el capitán Flores vino a recogerlo, el vehículo se negó a funcionar. El capitán lo miró con deseos de propinarle unas cuantas bofetadas pero sólo le ordenó:

“Arregla bien esa mierda”.

Cundo sabía que estaba obligado a reparar con esmero el Volkswagen y hacia éste se dirigió. En la guantera encontró una pistola calibre cuarenta y cinco.

Santos Aguiar se adueñó de la palabra sin que nadie se la concediera. No creía que los relatos de Cundo pudieran enmarcarse dentro de la narrativa moderna. Apoyaba sus aseveraciones en los postulados de Agustín Lamayer sobre el acto de la creación. Hubiera sido preferible una trama más simple, nada de complicarle la vida al lector con razonamientos abstrusos. Quedaba demostrado: las novelas de trama sencilla alcanzaban niveles de venta superiores que aquellas donde a cada paso se abre una nueva vertiente fabular. Hubiera bastado, en el caso de la novela que Cundo intentaba escribir, ubicar al conde Larrecameliú en la Casa de Contratación. El conde, desde luego, debía dibujarse como persona muy recatada. Se encerraba horas incontables en el despacho principal y en tales oportunidades no permitía que nadie lo molestase, ni siquiera una zagala llamada Lenia Ortiz, quien al verlo vestido con una capa dorada, la espada a la cintura, la cruz de Caballero de Calatrava en el pecho y un sombrero adornado con plumas de aves del Paraíso, se deshacía en suspiros y no atinaba a cumplir ninguna de las tareas que le señalaba su jefe. Vale decir, que si el conde la llamaba a su despacho y le ordenaba: “Mecanografía original con tres copias de esta autorización de envío de herramientas hacia la sucursal de Santiago de los Caballeros”, la muchachita, nerviosa, colocaba el papel carbón al revés y la autorización había que leerla con ayuda de un espejo.

Cansado de los devaneos de Lenia, una tarde el conde entró al despacho dispuesto a pensar en la solución a este problema tan grave para él, mientras en los almacenes centrales se encontraban el tesorero jefe y el contador principal, a quienes les había advertido que si los descubría raspando los lingotes de oro recién llegados de las Indias Occidentales los iba a meter en el cepo durante mil y una noches. A la secretaria, en su pensamiento, la llamaba Linda. Y lo era: los pechos le brotaban cual dos limones, la cara era tan hermosa que jamás se cansaba de mirarla, las orejas invitaban a succionarlas hasta la eternidad y la boca prometía guardar dentro una lengua del tamaño de una serpiente. Pero había que acabar con aquellos extravíos, se dijo el conde decidido a poner orden en su oficina. Ya estaba aburrido de que sucedieran hechos como los de la semana anterior, cuando el expediente acerca del robo de plata en México había aparecido en la carpeta titulada Hurtos cometidos por el Rey; y los títulos de propiedad de la Isla del Tesoro a nombre de su bisabuelo Félix Larrecameliú de Medina y Tavira que le había falsificado el licenciado Martín Torres Sarraceno, los encontraron en el cesto de la basura. Por tales motivos, no le quedaba otra alternativa que liquidarle los haberes del mes a Linda y luego decirle: “Adiós hermosa, mucho lloraré tu ausencia pero prefiero morir de angustia y no lanceado por los dragones del Rey”.

Hizo llamar a uno de los jueces a quien le consultó el procedimiento más adecuado para deshacerse de un trabajador; un rato más tarde, citaron a la zagala al despacho, comunicándole que mediante la resolución administrativa número siete del noventa y ocho quedaba despedida sin derecho a apelación, tal como establecía la instrucción de servicio del Ministro de Fondos Exportables radicada en la Gaceta Oficial con la serie 324-B. En el acto, la muchacha armó tremendo aspaviento: que me quejaré al sindicato, que llevo al conde a los tribunales, que yo no fui, que mira un fla, que la morita dónde está. Al escuchar la gritería, Larrecameliú le pidió al juez que se marchara. Se quedaron solos los dos. Lenia, temblorosa, no acertaba a abrir la boca ni por un costado y cuando al fin logró balbucir: “Oh, señor conde”, dos lágrimas comenzaron a aparecer en sus ojos. Con qué ternura miraría al conde Larrecameliú, que éste cerró la puerta por dentro.

Nunca llegó a saberse que sucedió luego que el conde cerró la puerta. Lo conocido es que Lenia Ortiz fue promovida al cargo de consejera especial, puesto que hasta ese momento no existía en la empresa, digo, en la Casa de Contratación, y que Nelson Larrecameliú, quiero decir, el conde, comentaba con los funcionarios de su confianza: “Ya lo dijo Julio César al cruzar el Rubicón, el que no tiempla se jode o se mete a maricón”.

Eparménides Valdesbrito interrumpe el relato de Santos Aguiar de una manera irrespetuosa, mirándolo con desprecio. Aunque es bastante tarde y ha llegado muy cansada de la Conferencia Internacional de Jóvenes Poetisas, dice ella, va a ofrecer su modesta opinión. Mañana es domingo, así es que sus amigos del Taller Literario no tienen que preocuparse por la hora. Mañana no habrá que salir corriendo hacia la parada de la guagua y también por ser día de descanso puede uno olvidar que los años pasan y llegará el momento que se rondará la vejez. Qué importa el tiempo, suspira emocionada Eparménides como si estuviera interviniendo en la conferencia internacional, es posible liberarse de sus garras con sólo desearlo. Cundo no debe preocuparse tampoco por el desarrollo de la novela que está intentando escribir; ella se irá escribiendo sola; apenas sin tocar las cuartillas, se formarán letras, y de las letras saldrán palabras que formarán oraciones. Ya la novela se ha puesto en marcha, Cundo, no tienes razón alguna para sentirte triste. Tú no eres ningún personaje sin importancia sino el hilo conductor, como dice fray Luis de la Estofa en el capítulo quince del tercer tomo de su Tratado de Lógica Polivalente.

En ese preciso instante, se presentó ante el grupo Tomito del Verso acompañado de Justino Marcial.

–Yo no sé nada de narrativa –atinó a decir el poeta antes de vomitar la cerveza bebida esa noche.

Justino, llevándose las manos a la cintura mientras se balanceaba sin poder sostener el equilibrio, los fue mirando de uno en uno. Claro que él era músico, no sabía nada de narrativa ni de poesía, y mucho menos de crítica literaria; pero el nivel superior lo había nombrado presidente vitalicio de la Sociedad de Creadores Artísticos y había que contar con él antes de tomar cualquier decisión respecto a la novela de Cundo Núñez. Todos comprendieron que la cantidad de Rontusán que había bebido Justino Marcial en compañía de Tomito del Verso era la causa de que se hubiera subido en la cabriola de los meneos.

–¿Ya olvidaron que Gilberto Gadal y Verónica Rocío esperan por ustedes? –les preguntó, con los ojos inundados de sangre y sin que la voz le temblara a pesar de la borrachera.

Lea en el próximo artículo:

No somos aquellos niños: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

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La fiebre del atún: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

Título del libro: La fiebre del atún

Género: Novela

Carátula original:

Sinopsis:

La amenaza de una enfermedad degradante y contagiosa provoca el miedo a la muerte en el personaje protagónico y prepara un final inesperado: la mujer de sus sueños aparece, y de ella y con ella obtiene todo lo que anhelaba. Sin embargo, esta ficción convertida en realidad tendrá un final más contundente que la realidad misma: fabricar un mundo imaginario no resuelve los problemas humanos.

Resumen argumental:

Las constantes ensoñaciones del protagonista, que se empeña en vivir de manera autocontemplativa para defenderse de la abyecta realidad que lo circunda, realidad minada en sus cimientos por una extraña epidemia que se manifiesta con varios rostros a la vez, lo conducen a romper el equilibrio de su existencia y convertirse en un ente de ficción dentro de la ficción que ya es esta novela cuyo espacio fabular transcurre en un incorpóreo país sudamericano, donde un dictador invisible en el discurso narrativo gobierna las conciencias de las personas. Escrita con anterioridad a Onán en busca de la mujer perfecta, amplía los contenidos allí expresados hacia las vertientes existencialista y psicológica, dotando al protagonista (llamado Alisio en La fiebre del atún y no Onán) de una imagen corpórea más detallada.

El narrador juega con el concepto de ficción con particulares intenciones; para lograrlo, ha colocado a Alisio en una realidad descrita con detalles minuciosos, poblándolo de mujeres ficticias que lo visitan en la imaginación, sin caer en el fácil juego de ir de un mundo a otro en un parpadear. Ni la honestidad ni la inescrupulosidad son puestas en duda, y ello participa al servicio de la ficción. En un tono a veces agresivo y en ocasiones paródico, muestra el especial orden económico, político y social que existe en el país ficticio donde se mueven sus personajes, en un tiempo que transcurre lento y donde los jóvenes viven tempranamente hastiados y decepcionados mientras los viejos llevan la resignación calcificada en los huesos. La idiosincrasia de un pueblo es transmitida de tal forma que podemos reconocernos en ella quienes crecimos en otras latitudes.

El encarnizamiento con la imagen del fracaso que sólo el alcohol y el disfrute del sexo con las prostitutas pueden borrar momentáneamente, mientras la verdadera buena vida transcurre lejos y les sucede a otros, es el sentimiento que impregna los días de esos hombres que buscan un cambio y creen en el amor, en definitiva, como la última opción a la que podrían entregarse para darle sentido a sus vacías existencias. Pero es una idea ilusoria del amor, por lo tanto la redención les es negada. La búsqueda de la mujer ideal física y espiritualmente es un pretexto que tiene el personaje protagónico para no morir: Alisio, periodista esclavizado por la mediocridad ideológica del periódico en que trabaja, tiene alguna sospecha de esto, pues el camino que sigue es hacia su propio interior, y las continuas desilusiones que esta introversión provoca lo conducen a la pérdida de toda esperanza. Su existencia transcurre en un limbo, mezcla de lo empírico y lo imaginario, y sólo un poco más de esa medicina (adictiva, como la repetición de sus lecturas preferidas en las cuales las parejas se relacionan con plenitud y a veces hasta la lujuria) le permite seguir viviendo.

La fiebre del atún es una construcción subjetiva que logra encontrar su forma. A menudo el narrador se introduce en el cerebro de Alisio sin intenciones de anularlo con una omnisciencia absoluta, sino para organizar lo objetivo en la tempestad que significa la experiencia vital de un hombre.

Muestra de los dos primeros capítulos:

UNO

Al llegar frente a la buhardilla, Alisio frunció los labios y continuaron asaltándolo los recuerdos. No le quedaba ahora el consuelo de años atrás, cuando no tenía la mirada pesarosa y al terminar la lectura de un libro se convertía durante un tiempo en uno de sus personajes principales, participando lo mismo de los sufrimientos de Calisto al rememorar los desdenes de su adorada Melibea, como formando parte de las huestes que al mando de Federico el Grande invadían Bohemia. Ahora debía conformarse con los viajes al estilo del que emprendió a la edad de tres años: lo buscaban las hermanas por los rincones de la casa; el padre lo llamaba a gritos; el hermano mayor desanduvo las calles del barrio preguntando a conocidos y desconocidos, aclarándoles a estos últimos que se trataba de un enclenque con un pie torcido, y la madre fue hasta la casa de los suegros por si el muy canijo había ido en busca de granadas, que tanto le gustaban. Al cabo de las tres horas apareció enterrado en el basurero que había cerca de unos naranjos plantados por su padre en el fondo del patio, con la boca retaqueada de mierda y una expresión placentera en el rostro mientras acunaba en sus bracitos de fina piel una gallina a punto de expulsar un huevo.

Se rascó la cabeza y entró a la buhardilla. Luego de colocar la maleta encima de una mesa algo desequilibrada, se dirigió a la cama de hierro con pintura desgastada donde pensaba dormir el resto de su vida sin verse obligado a soportar las impertinencias de la familia: el llanto frecuente de la madre porque en aquella casa nadie agradecía a Nuestro Señor y Salvador Jesucristo su mediación ante el Altísimo para que concediese el pan de cada día; las borracheras del padre, quien conseguía el alcohol en el mercado subterráneo a precios impagables y llegaba a la casa casi entrada la noche, violento, tambaleante, gritando ofensas y palabras obscenas aunque sin atreverse a mencionar nada relacionado con la política; las protestas de las hermanas por vivir en aquella casa de techo mugriento y paredes descascaradas, atestados los fregaderos de vasijas sucias y los lavaderos de ropa de hombres, sudada y con tufo a bajas pasiones.

“¡Son unos puercos!”, se quejaban las muchachas cuando descubrían las manchas amarillentas en los calzoncillos.

“¡Por leer esos asquerosos libros!”, les decían a los hermanos, refiriéndose a El burro y la doncella y Mi adorada Inés.

Y como el mundo de los libros era intocable para el honor de Alisio, odiaba a las hermanas.

Al hermano lo consideraba un enemigo. Graduado en la Escuela General de Contaduría, no desperdiciaba oportunidad para demostrar a la familia todo lo aprendido en materia de presupuestos. Organizaba los gastos de la semana hasta el último céntimo de tomín, desechaba la compra de algunos alimentos con el argumento irrebatible de que contribuían a la obesidad, y a las hermanas solo les permitía el uso de ropas pasadas de moda.

“La salud no depende de la comida”, aseguraba desde su altura principesca cuando Alisio protestaba por la sopa donde navegaban unos fideos solitarios.

“Las modas actuales arrastran a las mujeres hacia la prostitución”, afirmaba sentencioso si las hermanas manifestaban el deseo de comprar alguno de los trajes confeccionados en Modas Mayestáticas.

Los abuelos paternos visitaban la casa con frecuencia y la mayor parte de las veces estas visitas provocaban discusiones familiares después que se marchaban. La madre se echaba a llorar porque los hijos se burlaban de misas, escuelas dominicales, sermones y homilías.

“La salvación del hombre está en la tierra”, cerraba la discusión el padre, enemigo de cultos y adoraciones.

Los tíos y los primos también molestaban la tranquilidad buscada por Alisio para entrar en el mundo de los sueños. Aunque en los últimos tiempos se limitaban a saludar y continuar de largo, siempre existía el peligro de que volvieran a repetir la costumbre de la época en que una esquina de la sala la ocupaba el enorme radio Phillips comprado en Almacenes Álvarez: los tíos, a husmear en los libros que Alisio mantenía ordenados en un estante y después de arrellanarse en una butaca, hablar acerca de la guerra del Guasmo en la que morían jovencitos mandados por generales cuyos hijos no iban al frente de batalla; los primos, a sintonizar una estación donde se escuchara la escandalosa música que convertía la casa en un pandemonio.

Mientras se levantaba por un instante de la cama, Alisio dudó si en realidad había abandonado el hogar a causa de las impertinencias de la familia. Prendió el bombillo que colgaba de una viga del techo, una luz amarillenta inundó la habitación y desplazó el reflejo de la luna a través de la única ventana de la buhardilla. Volvió a acostarse bocarriba, aún sin desvestirse, y mientras sus manos jugueteaban con un libro, abriéndolo al azar en páginas que no se molestaba en mirar, trataba de explicarse por qué se encontraba en aquel lugar.

Esa misma tarde el padre había llegado a la casa con olor al alcohol del que se hartaba al finalizar su trabajo en la cigarrería Álvarez. Alisio leía en un grueso tomo que Amadís partía alegre del lado de Urganda la Desconocida por dos motivos: uno, por saber que su hermano acababa de armarse caballero y dos, porque iba a acercarse al lugar donde se hallaba su adorable Oriana. Acostumbrado como estaba a las borracheras del padre, en lugar de escuchar sus ofensas colocó el libro encima de las piernas y mientras sonreía observando el destrozo de figuras de yeso, cuadros con fotos familiares y otros adornos hogareños, pensó que su gran desgracia consistía en no contar con un hermano capaz de cubrirse la cabeza con un yelmo, levantar una lanza y clavar las espuelas al caballo para enfrentarse a Arcalaus el Encantador. Su hermano, de pequeña estatura y cara corronchosa, estaba amasado con una pasta constituida por cálculos de gastos en operaciones de compraventa, y no podía formar parte de la Sagrada Orden de Caballería porque no era capaz de salir en busca del Santo Grial.

Las hermanas y la madre contemplaban angustiadas aquel destrozo, sin acercarse; los abuelos paternos desde la puerta de entrada, recién llegados, miraban atónitos la escena.

El padre vociferaba. Era cierto lo que había dicho unas noches atrás el mayor de los muchachos: Alisio era un descarado, solo entregaba cien tomines destinados al mantenimiento de la casa a pesar de que le habían aumentado el sueldo en un veinte por ciento gracias a las negociaciones entre el Gremio de Periodistas y el Patronato de la Prensa. Ellos, en cambio, los esclavos de la Compañía Álvarez, tenían que mamársela e ir sobreviviendo a pura muerte. Finalmente, acercándose al sillón donde se hallaba Alisio, lo señaló con un dedo y continuó vociferando contra ese gran sinvergüenza: apenas conseguía un jodido tomín, salía corriendo hacia la librería de Trucman González o invitaba al otro atorrante, a Manuel, a beber unos copetines en El Sótano o en los salones de la Sociedad de Recreo.

“¡O entregas doscientos tomines este mes o te largas!”, tronó el padre, con la mirada de odio y el cuerpo balanceante.

Sus hijas, al borde del desmayo, emitieron un chillido amanerado y comenzaron a consolar a la madre, quien sólo atinaba a mirar en dirección al techo y a quejarse ante un invisible San Juan Apóstol de que en aquel hogar vivían en las tinieblas. Cuando la madre comprendió que padre e hijo pasaban de las amenazas a la acción, se liberó de las hijas y encarándose con ambos, intentó explicarles que el amor no debía prodigarse de palabra sino de obra. En el colmo del paroxismo, agitando los brazos hacia lo alto y pateando el piso, conminó al hijo a soltar el cenicero de las manos y a su marido le advertía que no se atreviera a usar el cinto.

La pelea no adquirió consecuencias dramáticas gracias a la intervención del abuelo.

“¡Basta!”, ordenó con voz atronadora y hasta la abuela cesó en el parloteo y las controversias contra la nuera.

Eso dijo el abuelo con palabras. Con el gesto fue más elocuente: los brazos en jarras, la respiración agitada y la mirada valiente. Su rostro arrugado y serio no admitía réplica alguna. El padre masculló varias indecencias mientras se retiraba hacia las habitaciones interiores. Alisio colocó el cenicero con mucho cuidado encima de la mesa auxiliar tratando de no dañar el cristal y, con disimulo, recogió el libro del piso, buscó la página marcada y volvió a sentarse fingiendo que leía. Las mujeres optaron por replegarse, aunque la abuela apretaba los dientes y el abuelo sabía que su enérgica intervención le costaría más tarde pedirle perdón de rodillas con el argumento de que no había sido su intención humillarla, sino evitar una mundanal bronca en la familia. Por el momento, sin embargo, el abuelo era el héroe de la tarde.

Cuando la madre entró a la sala para avisarle a Alisio que ya la sopa estaba servida, él no se encontraba. Había decidido marcharse de la casa.

DOS

Alisio se dijo que debía olvidar a su familia si pretendía ser libre, y buscó la página del libro que había estado leyendo esa tarde antes de la llegada del padre a la casa. Se detuvo en la parte donde se relataba lo acontecido a Amadís cuando iba en socorro del rey Lisuarte e imaginó lo que hubiera podido ocurrir en el caso de que él, convertido desde luego en el de Gaula y su hermano Galaor el despreciable hermano transformado en todo un caballero, se hubiesen enfrentado al grueso Arcalaus el Encantador y a su hijo, el rey Arábigo, dispuestos a defender el honor ultrajado de las sobrinas de Urganda. El primero conducía un auto extranjero del último modelo, protegida la cabeza con un sombrero de hojalata en cuya copa aparecía grabado el distintivo de los Almacenes Álvarez, y el vástago tomaba la lanza con la mano derecha mientras agitaba la izquierda como si intentara salir volando.

La soñada batalla no podía llevarse a cabo, se dijo Alisio con tristeza mientras echaba el libro a un lado y buscaba un cigarro en el pantalón; comprendió que su hermano y él no estaban preparados para escenificar batallas de caballería: ninguno de los dos jamás había conquistado doncellas ni había compartido el lecho con una Oriana de carne y hueso.

Dio una calada al cigarro sacudiendo la ceniza en el piso y movió la cabeza hacia ambos lados asumiendo una actitud optimista: tampoco era tan grave la situación, pues su vida la entibiaban los recuerdos de algunos amoríos.

Rememoró esos amores de paso; su experiencia inicial fue con una mujer a la que sus brazos no lograban rodear por completo de tan gruesa; insatisfecha con las caricias del esposo, se le había brindado junto a un arroyo por donde corrían los desperdicios de la ciudad, y al introducir una mano para tantear el terreno, se encontró con una masa sanguinolenta que lo mantuvo tres días con el vómito en los labios. La segunda fue con la hermana mayor de su amigo Manuel a la que invitó a bailar en los salones de la Sociedad de Recreo, pensando que al fin encontraba una digna aspirante a esposa debido al respeto impuesto por el apellido de abolengo que la identificaba; al finalizar la noche, luego de haber bebido entre los dos varias botellas de whisky, la muchacha le confesó sentir unas ganas indomables de convertirse en Blancanieves para que el Príncipe Azul la despertara con la verga. Le seguía una prostituta, quien frecuentaba El Sótano con el propósito de alimentarse con chocolate caliente y de paso tratar de conseguir algún cliente entre los espeluncos, muchachos bullangueros que nunca se atrevían a acostarse con ella porque se encontraban aterrados con la propaganda gubernamental acerca de la fiebre del atún, y con la que él tampoco se atrevió a consumar el acto. También fracasó con una novia casera, de esas que se le cuelgan al brazo de cualquier mandilón por temor a permanecer solteras de por vida. Finalmente, quedó decepcionado con la novia cuyo segundo apellido no llegó a conocer porque se le brindó sin exigir siquiera una gardenia o una rosa, mientras le confesaba estar aburrida de verse obligada a trabajar en una oficina atestada de papeles, y él, más temeroso de la histeria que de las enfermedades venéreas, optó por olvidarla de un tirón. Cuando recordó al último de sus amores, se le ocurrió una idea que le pareció lo más importante de su vida: fabricar una mujer perfecta con lo mejor de todas las mujeres conocidas por él.

Estuvo pensando un gran rato cómo lograr su propósito; debía ser una mujer libre de errores y defectos, carente de toda materialidad grosera, aunque lasciva y complaciente. Qué gran sueño, se dijo, nunca se le había ocurrido mientras su talento de escritor se marchitaba allá en la casa de los padres, a la que se proponía no regresar jamás.

Aburrido de tantas mujeres que pasaron por su mente, recordó el encuentro con Manuel unas horas antes cuando andaba buscando dónde vivir.

Los rastros de sol que aún quedaban en el firmamento empedrado y opalescente acabaron por difuminarse. Alisio traía la camisa empapada de sudor en instante que tropezó con el amigo en un recodo del parque, muy cerca de la iglesia.

“Estás desolado”, le dijo Manuel.

“Soy un cobarde”, contestó Alisio, acordándose de que había tomado el cenicero con intenciones de atacar al hombre que cuarenta años atrás le había permitido cabalgar en sus espaldas.

“Has hecho bien”, aseguró Manuel. El hombre debía independizarse de sus mayores si deseaba triunfar; olvidar el tronco matriz, negarlo como aconsejaba el profesor Antenor Mejías en su opúsculo filosófico Lógica polivalente y consejos prácticos. “Además, te has librado de esa mierda enlatada que es tu hermano y no tendrás que ocultarte en el baño para disfrutar de El burro y la doncella, carcajeó sarcástico.

“¿Y dónde voy a vivir?”, le preguntó Alisio preocupado.

Manuel alzó los hombros. No acostumbraba inmiscuirse en las dificultades ajenas. Por lo tanto, hacía mutis. Manuel se retiraba por la calle más iluminada. Caminaba despacio, sin volverse. Ya era una sombra lejana cuando el suspiro de Alisio estuvo a punto de mover las hojas del jardín de la iglesia.

Decepcionado del encuentro con Manuel determinó, llegar hasta las oficinas de El Heraldo del Día, donde su director Juvenal Méndez lo empleaba en redactar esquelas mortuorias, anuncios comerciales, avisos de lectores y corregir los escritos de los reporteros, quienes violaban la sintaxis con el mayor de los descaros y cometían vicios de lenguaje inadmisibles.

Juvenal se hallaba en su despacho privado, gozoso de realizar una faena de bestia que lo mantenía hasta altas horas de la noche ocupándose de que la maquinaria, montada gracias a su empuje vital, marchara sin atascamientos. Alisio tocó con los nudillos y cuando le abrieron, estuvo a punto de taparse la nariz para ahogar el olor a estiércol de armadillo que salía del lugar.

“¿Qué se te ofrece?”, le preguntó el director. Al instante, apartó el teléfono a un lado y dijo: “Has llegado a tiempo. Necesito con urgencia un escrito de relleno”.

“¿Sobre qué tema?”, indagó Alisio prudente.

“Sobre modas o una película, me da igual”.

Entonces Alisio determinó pedirle un favor: había abandonado la casa por una pelea con el padre y no tenía donde pasar la noche.

“¿Aquí en el periódico?”, escandalizó Juvenal. “Ni pensarlo”.

Resignado, comenzó a escribir un artículo sobre las góndolas venecianas auxiliándose de una enciclopedia, y después de afirmar que el primer testimonio de la existencia de este tipo de embarcaciones era una cédula firmada por Vito Faliero en 1094, se dijo que hubiera resultado maravilloso pasearse por el Canal Grande acompañado de una mujer. Al terminar, quedó abatido: aún tenía que encontrar donde dormir.

Lea en el próximo artículo:

Las nubes de algodón, sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

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La jaula de los goces: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

Título del libro: La jaula de los goces

Género: Novela

Carátulas originales:

Sinopsis:

La trama transcurre en la ficticia isla de Creti, donde todo es ilusorio y gobierna de manera eterna el omnipotente rey cretino Gaspar Único. Es uno de esos libros en los que el lector puede reconocer muchos de los males sociales que aquejan al mundo actual, escrito en un tono que hace sonreír aunque también reflexionar.

Resumen argumental:

En la isla de Creti, los ríos caudalosos que bañan los inmensos valles, la finísima arena de las playas, los frutos que cuelgan de los árboles y todo cuanto puede encontrarse, obedecen a la voluntad del poder absoluto del monarca más absolutista que pueda haberse creado en la novelística: el rey Gaspar Único. Quienes pasan junto a Clasto Edginebrés, filósofo continental devenido en embajador plenipotenciario de los Universianos por órdenes del omnipotente rey cretino, lo hacen con temor porque este pensador contagia con toda su personalidad el ansia libertaria, aunque no por ello deja de comportarse como los seres humanos comunes y corrientes y por tanto también es capaz de cometer errores.

Clasto, recién graduado en lo que se conoce como el Continente, llega a la isla de Creti y luego de vivir unas cuantas experiencias, incluso la de enamorarse de una mendiga y aceptar el ficticio nombramiento de embajador del Continente, comprende que en aquella isla donde se odia de manera feroz a los cangrejos no todas las personas son absurdas y entonces toma una decisión que resultará trascendental para su vida: luchar a favor de los mendigos.

Se trata de una historia matizada con el buen humor, la que en su trasfondo resulta una reflexión filosófica sobre la vida globalizada del futuro que ya se está convirtiendo en presente. Es uno de esos libros en los que el lector puede reconocer muchos de los males sociales que aquejan al mundo actual, escrito en un tono que nos hacen sonreír y reflexionar.

Muestra de los dos primeros capítulos:

CAPITULO UNO

CRETI NO ERA EL LUGAR MAS INDICADO PARA QUE CLASTO EDGINEBRÉS, FILÓSOFO RECIÉN EGRESADO DE LA ESCUELA QUE SALVADOR LÉMUR DIRIGÍA DESDE MIL AÑOS ANTES EN LA UNIVERSIDAD DE SANTA CLARIDAD DE LOS MONTARACES, FUERA A APLICAR SUS CONOCIMIENTOS EN EL ANÁLISIS DE UNA SOCIEDAD TAN DIFERENTE A LA SUYA. No obstante, determinó cruzar el Mar de las Angustias y luego de diez meses de viaje en un bote de velas, desembarcó en la costa pedregosa donde las golondrinas venían a depositar sus huevos. El sol reverberaba contra las olas, minúsculas gotas de una llovizna casi imperceptible se mezclaban con el salitre y un alcatraz alzó el vuelo, cuando el náufrago de cara adormilada se lanzó a las aguas grises y revueltas: al fin llegaba al borde del lugar de los hechos, donde observó la primera contradicción con las leyes del tiempo en su mundo de origen: un reloj destruido por una mano desconocida que otra mano recomponía cada nuevo amanecer.

Cruzó la playa sin detenerse para recoger caracolas. Los pocos bañistas que a esa hora se aventuraban a desafiar las inclemencias del océano, no volvieron sus cabezas hacia el lugar por donde caminaba el mocetón imberbe, de grandes entradas en las sienes, sonrisa torcida y caminar erecto. Para ellos los forasteros representaban un fastidio, aunque los respetaban porque siempre traían en los bolsillos algún nuevo invento: así había sucedido desde la era de las catapultas hasta la de la pólvora, desde la época cuando conservaban el fuego en una cripta sagrada hasta los días actuales en que sólo adoraban al Gran Maestro Universal de los Goces; sin embargo, un forastero en opinión de ellos no valía más que la esposa ausente o el hijo dormido.

Cansado, hizo un alto momentáneo y se entretuvo contemplando cómo un niño construía un castillo de arena. Las almenas se alzaban casi hasta las nubes y cuando el muchacho advirtió la mirada del hombre de crecidos bigotes, puso un pie encima de la construcción; mientras se levantaba de un salto, sus ojos observaron sin curiosidad a Edginebrés y éste continuó su camino.

Nadie me ha mandado a buscar, pensó Clasto, en realidad, voy a emprender esta investigación por mi cuenta y asumiendo los riesgos. No poseo siquiera la carta de autorización de trabajo firmada por el Rey Gaspar y el pasaporte que traigo data de cuando las sirenas atacaban a los viajeros que se atrevían a pasar frente al Torrejón del Alcatraz. Quizás a ningún habitante de Creti le interese que yo descubra las leyes que rigen su mundo.

Después de caminar durante un tiempo que a él le pareció una eternidad, llegó a la zona céntrica de la ciudad. El sudor le corría por todo el cuerpo y no encontró dónde calmar la sed ocasionada por un sol incendiado y altanero que lo había venido siguiendo desde el momento del desembarco, aguijoneándolo con sus rayos aun cuando tratara de protegerse debajo de los árboles del bosque que apareció frente a sus ojos al salir de la zona marina; un sol empecinado, vengativo: destruía las sombras bienhechoras como para demostrarle que no sin razón le llamaban el Astro Rey.

El hambre comprimía su estómago y preguntó a decenas de viandantes dónde podría tranquilizarla, sin obtener respuestas precisas. Unos señalaban con el índice hacia el infinito, otros contestaban ceñudos: nódreP y continuaban la marcha hacia los costados o hacia atrás, nunca hacia adelante.

Algunos lo miraron con ojos llenos de lágrimas y por toda respuesta sonrieron sin apenas mostrar los dientes. Los más jóvenes ni siquiera hicieron esto último y estuvo a punto de concluir que no habían aprendido a sonreír.

Qué gente más extraña, pensó con añoranza. En Santa Claridad de los Montaraces al menos podía discrepar con Salvador Lémur acerca de un cierto reino de Snouk creado por su profesor durante una noche de borrachera, decirle que tal reino era la invención más falaz que hubiera podido ocurrírsele a un filósofo, razonar que en el mismo existía la explotación desde el momento que estaba permitida la esclavitud. Aquí, en cambio, la barrera del idioma lo mantenía inmovilizado: los cretinos hablaban al revés y sin verbos. [1]

—No es tan simple como opinaba Lémur: tanto en Creti como en Snouk habría que pensar al revés –gritó, llevándose las manos a la cabeza, agobiado por el bullicio de una invisible orquesta que entonaba una canción interminable mezclada con el llanto amplificado de un niño. Tendría que acostumbrarse a esta tortura pública si quería sobrevivir en la isla.

En un pequeño parque sentó sus glúteos adoloridos por el reciente viaje a través del océano en el bote con asientos de madera sin pulir y advirtió que los árboles frutecían a pesar de las contingencias, del silencio o las palabras pronunciadas al revés por los cretinos. Frutecían aun cuando la mujer que frente a él despachaba boletos con destino al jardín de las orquídeas salvajes miraba con disgusto a cuantos se le acercaban a comprar la tira de papel estrujado y con los bordes rotos que daba derecho a consumir dos tragos de naranjada fría y un bocadillo de delfín en almíbar. Aburrido de su propio silencio, se levantó y mientras cargaba en hombros el equipaje, un morral fabricado con una lona zurcida, se dijo que ya era hora de ir en busca de su estrella polar.

Al cruzar la puerta de salida del parque, sintió el contacto de una mano enguantada encima del hombro y se volvió sobresaltado. Frente a él, un viejo milenario con uniforme de guardabosque le cortó el paso.

—No se asuste —dijo—. Todos no somos iguales.

Al pronunciar la última palabra, arrojó al suelo el uniforme con un movimiento brusco de todo el cuerpo y quedó transformado en un hombre de edad madura.

—Algunos todavía estamos vivos.

—Entonces, ¿la mayoría ha muerto en realidad? —indagó Edginebrés preocupado. Quizás la mujer que vendía los boletos hacia el jardín de las orquídeas salvajes era un cadáver o un fantasma. En este caso, no podría comer el bocadillo de delfín porque el pedazo de papel comprado con los escasos tomines que encontró en sus bolsillos no era más que eso: un pedazo de papel.

El hombre de edad madura se deshizo del disfraz y en su lugar quedó una hermosa muchacha de tez bronceada.

—No todos: algunos amamos.

Intentó tocarla con la punta de los dedos y una nube de humo la envolvió. El aire arrastró la nube, dejando en su lugar a un adolescente.

—Es sólo una imagen virtual —aclaró el muchacho—. Quise hacerle comprender que a pesar de las apariencias, usted es un oportunista como el Rey Gaspar: cuando ve a una hembra, enseguida intenta adueñarse de ella.

Pidió disculpas con mirada de pena, sintiéndose descubierto por aquel desconocido. Entonces, para sorpresa suya, el adolescente sonrió en tanto arrancaba el disfraz de la cara y en el acto se convirtió en un niño.

—El Maestresala Benedicto ha prohibido la venta de biberones. Opina que es una costumbre bárbara de nuestros vecinos continentales.

El niño desapareció luego de haber hablado. Clasto miró a su alrededor, preocupado más por el concepto que acerca de ellos, los que provenían del Continente, tenía el principal ayudante del Rey Gaspar, que por todas aquellas apariciones y desapariciones del desconocido o desconocida. Cuando frotó sus ojos adoloridos vio salir de la arboleda del parque al guardabosque. Sonreía y sus manos venían llenas de palomas.

—Ahora podría hacerle la demostración de cómo convertirlas en pañuelos de colores.

Clasto no podía creerlo: este individuo no era más que un vulgar mago de ferias y circos de saltimbanquis. Decepcionado, se lo hizo saber.

El guardabosque, por toda respuesta, flexionó el tronco hasta tocar el piso con la lengua y luego, en tono conciliador, aconsejó:

—Si piensa estudiar las características de los predios del Rey Gaspar, aprenda a doblarse de esta manera: así hay que reverenciarlo cuando le da por lo de la borrachera de estrellas.

Dio media vuelta y con pasos rápidos se escondió dentro de la arboleda.

—¿Quién es usted? —indagó Clasto Edginebrés de un modo que no acusaba simple curiosidad.

—¡Juan Dequidad! —dijo una voz lejana—. ¡Prometo ayudarle si no sucumbe a las tormentas y las orgías!

[1] Advertencia: Aunque los cretinos hablan al revés y sin verbos, he decidido, para facilitar la lectura, transcribir sus parlamentos a la manera tradicional [N. del A.]

CAPITULO DOS

EN MEDIO DE UN DESCAMPADO LO SORPRENDIÓ LA NOCHE Y SOLO ENTONCES CLASTO EDGINEBRÉS RECORDÓ LAS ADVERTENCIAS DE SALVADOR LÉMUR ANTES DE EMBARCAR EN EL BOTE DE VELAS CON DESTINO A CRETI: EL JUEGO DEL ASTRÓMETRO CONSTITUÍA UNO DE LOS TANTOS PASATIEMPOS CAPRICHOSOS DEL REY GASPAR. Con el auxilio de este equipo desviaba el curso de los acontecimientos, provocando sucesos tales como este anochecer imprevisto, un aguacero torrencial desde la tierra hacia las nubes o la desaparición momentánea del agua en el río Achdos. Según Salvador Lémur, el Rey Gaspar había llegado a Creti en el año uno y su primer descubrimiento fue el lugar de origen del río Achdos, del cual manaba un líquido verdeazulado con sabor a vino de estrellas. De inmediato convirtió el descubrimiento en un negocio: distribuía el vino a un precio inalcanzable por los pobres —los mendigos ni pensar que pudiesen adquirirlo: sólo cobraban diez tomines al mes procedentes de las arcas del reino más una sopa de chorizos obsequiada a aquellos que escuchasen la conferencia matinal del Maestresala Benedicto en la plaza pública— y los ricos se daban por satisfechos: aquel líquido espirituoso los protegía contra la vejez y la muerte, aunque en compensación debían dedicarse con regularidad a la matanza de cangrejos.

Amaneció en breves instantes y en el acto el sol calentó el asfalto: el Rey Gaspar acababa de aburrirse en ese mismo momento de jugar con el astrómetro. Edginebrés se frotó los ojos legañosos, diciéndose que resultaba imposible escapar a los efectos de la ventisca que de improviso se había desatado; luego de dirigir la mirada a su alrededor concluyó que todos aquellos que lo rodeaban habían dormido unos segundos de pie, en el mismo sitio donde los sorprendiera el juego del Rey Gaspar. A Clasto le dolía la cabeza y el hambre le retorcía el estómago. Chasqueó la lengua cuando una jovencita de cabellos azules y ropas harapientas se detuvo a su lado.

—¿Qué quieres? —preguntó de mal talante a la muchacha.

—Shhh —contestó ella colocando los dedos en los labios—. Me envía Juan Dequidad; sígueme.

Dudaba. Encontrarse en una tierra desconocida bastaba para sentir temor. Después de haber contemplado la actuación del mago desconfiaba de todos. ¿Y si la joven era el propio Juan Dequidad?

—No seas tonto —le dijo ella moviendo las pestañas con coquetería. A pesar de los andrajos, lucía tierna y virginal—. Juan Dequidad es todos y es ninguno.

Esas frases enigmáticas de quien tenía una cabeza que fue hermosa una vez aunque ahora colmada de liendres lo asustaron. Había venido a Creti sólo para realizar un estudio científico, sin otro objetivo que ejercitar sus conocimientos sobre los fenómenos sociales. Cuando concluyera la investigación, regresaría a Santa Claridad de los Montaraces para dedicarse a la enseñanza de la asignatura Miseria de la Filosofía sin importarle la Cuarta Guerra Mundial que se avecinaba. No pensaba en ningún momento inmiscuirse en los asuntos de los habitantes de Creti —quienes, según refería Salvador Lémur basado en los criterios del Rey Gaspar, eran felices— porque no había nacido para representar el papel de héroe.

—No te queremos como héroe —comentó la muchacha sin que él hubiese abierto la boca—. Tenemos a Juan Dequidad y con él nos basta. Sólo te necesitamos para que descubras cómo somos.

—¿Y por qué yo? —indagó Clasto Edginebrés, mitad divertido, mitad asombrado—. Soy el individuo más elemental de la tierra, el más vulnerable: apenas he podido descubrir cómo soy yo mismo.

La muchacha tomó una mano de Clasto y la acarició contra las palmas de las suyas. El advirtió sus arrugas y grietas, y admiró unos ojos color ámbar que lo miraban sin pestañear. A través de su cuerpo penetraron los pensamientos de ella, obsesionantes, empecinados: no había derecho a abandonarse a la desesperanza cuando alguien necesitaba de uno: no bastaba con saber descubrirse uno mismo, lo importante era aprender a fabricar la vida. El carecía de argumentos para rebatir a la muchacha; suspirando profundo, se rascó la cabeza y optó por seguirla: allá en Santa Claridad de los Montaraces se desconocía esta manera a la vez tierna y violenta de convencer a los demás.

A las dos de la tarde —momento en que para algunos acababa de amanecer en Creti y otros comenzaban a acostarse, de acuerdo a la hora que les hubiese ordenado sincronizar sus relojes familiares el mariscal Caivás Edjuvitas— llegaron a la plaza pública. El Maestresala Benedicto había despertado unos segundos antes de su habitual siesta, y mostraba a todos el rostro demacrado y los ojos amenazantes. La muchacha le susurró al oído a Clasto que no fuera a opinar nada sobre lo que allí se hablara porque podría resultarle peligroso, habida cuenta de su condición de forastero desconocedor de las costumbres de los cretinos. El Maestresala acababa de despertar, efectivamente, pero de una siesta vacía de sueños, y si acaso los había tenido se trataba seguramente de uno de los que se quiere salir en el instante porque repiten los momentos más penosos de la vigilia: un león persiguiéndonos con las fauces abiertas o un hombre rechoncho moviendo sus manos blandas mientras intenta convencernos con dulzura de que debemos firmar nuestra propia condena a muerte.

—El hombre grueso de mis sueños es Benedicto —afirmó la muchacha con aire atemorizado—. El acostumbra repartir los naipes y a quien le corresponda en suerte un as de espadas, deberá devolver la baraja con sumo cuidado, extraer de la funda la espada que le entrega el Maestresala y besar los rubíes del mango para introducirla de inmediato en el lugar exacto donde late el corazón.

—¿Ocurre así en realidad? —indagó Clasto, incrédulo.

—Míralos —señaló la muchacha hacia la fila de mendigos que iban entrando de uno en uno a la garita donde el Maestresala Benedicto repartía naipes—. El que no saca un as de espadas gana una sopa de chorizos adicional.

Acabada la competencia de los naipes, después que tres mendigos enterraron en sus corazones la espada flamígera del Maestresala, éste salió de su escondite y comenzó a caminar por la plaza pública arrastrando los pies gotosos. Vestía una túnica de seda adornada con piedras de jaspe, zafiros y topacios. Una medalla de oro con la foto en bajorrelieve del Rey Gaspar colgaba de su cuello y un aro de plata rodeaba su cabeza. Cuando llegó frente a Clasto Edginebrés se detuvo de golpe, comenzando a respirar entrecortadamente y hablar de manera incoherente. No podía creerlo, le resultaba inaudito; llevaba las manos a los labios y a la cabeza mientras repetía: “¡Cuán pequeño es el mundo!”, y otras expresiones que salían de su boca sin dientes en tanto abrazaba con cariño a Clasto.

—Al fin los universianos nos han enviado su embajador y te han nombrado nada menos que a ti —dijo finalmente el Maestresala y Edginebrés miró a la muchacha asombrado.

¿Quién es este loco?, pensó y en el acto quedó arrepentido. Salvador Lémur, entre sus advertencias antes de salir del Continente, le aconsejó no pensar nada ofensivo delante de los cretinos, pues algunos conservaban la antigua facultad de sus antepasados de leer dentro del cerebro del interlocutor más cercano. Y respecto al Maestresala, le había informado que el venerable patriarca era muy dado a equivocarse; como consecuencia más del hartazgo constante del vino de estrellas que por los años acumulados, miraba sus manos y aseguraba que se trataba de los pies. Nadie se atrevía a contradecirlo porque sus órdenes de arresto eran cumplidas de inmediato por los hombres del mariscal Caivás Edjuvitas.

—Que el Magister Domus te proteja —fraseó el Maestresala Benedicto y los mendigos echaron sus cuerpos a tierra.

Entonces parece cierto lo de los formulismos, se dijo Clasto olvidando que debía evitar los pensamientos indebidos. Cada cretino, aseguraba Lémur, portaba una tarjeta de conteo personal y la violación de un formulismo como este de echarse a tierra cuando alguien mencionaba al Magister Domus costaba puntos negativos que iban a anotarse en las casillas cuadradas de la tarjeta. También él, Clasto, siguió el ejemplo de los mendigos y de la muchacha, convencido ya de que Salvador Lémur tenía razón: había sido el Maestresala, disoluto, cobrador del derecho de pernada cuando el Rey Gaspar renunciaba al mismo porque la jovencita que contraía matrimonio no era de su agrado, el creador en el año dos de la falacia acerca de un Magister Domus que regía la Sociedad Universal de los Goces por conducto de su Gran Maestro, quien a su vez había encargado la gobernación de Creti al Rey Gaspar.

—O sea, que la estrella no se movió —le dijo Benedicto en tanto colocaba frente a la boca de una dama ricamente ataviada la medalla con la figura del Rey Gaspar.

Clasto Edginebrés estuvo a punto de confesarle al Maestresala su asombro, pues no había hablado de estrella alguna. Dos días después no se asombraría de nada de lo escuchado o visto en Creti: allí el asombro constituía un estado anímico sólo reservado para el Gran Maestro Universal de los Goces y el Magister Domus.

La dama, que Clasto suponía se trataba de la Reina Lila, miró con arrobo al Maestresala Benedicto como diciéndose que había dejado mudo al forastero. Clasto Edginebrés en efecto quedó mudo, pensando que el anciano andaba cerca de la chochez y que los mendigos ya estaban cansados de esperar que el Maestresala diese la orden de servirles la sopa de chorizos.

Lea en el próximo artículo:

La fiebre del atún: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos.

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Las trágicas pasiones de Cándida Moreno: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos

Título del libro: Las trágicas pasiones de Cándida Moreno

Género: Novela breve

Carátulas originales:

Sinopsis:

Novela de amor entre dos jóvenes cubanos de la época actual que deben enfrentar la incomprensión e intolerancia de sus padres por pertenecer a dos mundos diferentes. Los progenitores del joven, gente común y corriente, sufre las vicisitudes diarias propias de una clase media empobrecida por la crisis económica que vive el país; los de la muchacha, ubicados dentro de los círculos del poder, llevan una vida opulenta y sin sobresaltos económicos. La trama se interesa por el cubano de hoy, en el sentido de qué podría acontecerle dentro de escasos años, cuando el siglo XXI avance manteniéndolo unmerso en la lucha por la supervivencia, sin por ello obviar la fatalidad de una relación amorosa sin futuro.

Resumen argumental:

A partir de una realidad fabulada, el relato nos adentra en un mundo sórdido, donde los personajes, con autonomía, expresan sus propios desafíos. Novela irónica, de tintes casi policíacos con un final sorpresivo.

Esta obra expresa con el lenguaje del arte la tragedia personal a que pueden conducir el fingimiento y la doble moral. Está elaborada con una estructura nada convencional, personajes nada convencionales y un medio menos convencional aun en relación con la literatura cubana, o sea, ese mundo real donde habitan las colas, los coleros, los vendedores de turnos, los lugares donde el cubano promedio de la actualidad no puede asistir porque el salario que devenga no le resulta suficiente más que para subsistir; medio donde también existen jineteras, oportunistas, aunque también personas que les duele que tales males existan.

Sin ser una novela política, sino más bien de tema sentimental-amoroso, en algunas zonas de su trama casi un novelita rosa, no le teme por ello adentrarse en la corrupción existente en la sociedad cubana contemporánea.

La trama se mueve entre personajes de ficción posibles de encontrar en las calles y en las empresas estatales de la isla caribeña: Gustavo Moreno, individuo distante, habituado a la vida muelle que el narrador caracteriza como del país del nunca jamás, vida que también disfruta su esposa Trinidad; Preciosa, la hija de ambos, imagen típica de la niña mimada que preferiría vivir en lo que se describe como una hipotética Parsifalia. Del lado opuesto, Pedrín, joven que comienza siendo dentro de la novela un soldado del servicio militar general; la madrastra, personaje sin nombre, con sus batas raídas y la lucha constante en el hogar contra las carencias materiales; Pedro Garandel, el padre de Pedrín, periodista de la emisora local en guerra contra la censura y la incomprensión por parte del director de la misma, quien se niega a aceptar que Garandel es uno de los pocos periodistas valientes de la ciudad, aunque desde el punto de vista material un miserable pobretón.

Con tales ingredientes resulta una trama atrapante, que puede ser leída en la brevedad de un viaje en Metro o en avión.

Muestra de los dos primeros capítulos:

CAPITULO 1

Ruedan los carros de manera esporádica por la avenida asfaltada; unos muchachos gritan y se escuchan los pasos apresurados de alguien, el estallido de vidrios al romperse y una risa colectiva.

Dentro de la pequeña sala iluminada por una lámpara de luz fría que cuelga del techo —las telarañas envuelven los tubos opacando aún más el ambiente; una de las cabezas de un tubo ha alcanzado una coloración negruzca— dos hombres conversan bebiendo de vez en cuando de unos vasos cuarteados.

—No me repitas esa estupidez —exige el más alto. Su ropa es de estreno reciente aunque los zapatos muestran evidencias de haber caminado mucho.

—¿Que este país es una mierda? —se pone de pie su interlocutor. Las chancletas de plástico rotas en algunos de sus bordes y el short deslavado le dan un aspecto de perdedor.

—¡Si me lo repites, me voy!

—Estoy cansado —hay rabia en el de las chancletas—; cansado de hacer colas a toda hora para lo que sea, desde comprar una caja de cigarros hasta comerme una hamburguesa.

De pronto, hacen silencio. En la esquina cercana se escucha el bullicio de una discusión. Las voces de varios jóvenes ofenden a un anciano que grita: “¡Partida de vagos, no sigan robando mis mangos! ¡Váyanse antes que llame a la policía!”. Se oyen las risas de los jóvenes y una palabra obscena que salta por encima de todas las voces.

—¡Si continúas protestando por tus mangos, te rompemos los vidrios de las otras ventanas! —lo amenazan.

—¡Atrévanse! —advierte la voz del anciano, una voz tambaleante, insegura.

Los dos hombres que están en la sala paralizan la discusión.

—¿Qué tú crees si salimos?

—¡No vayan a meterse! —viene desde el fondo una mujer con la bata de casa con unas cuantas roturas. Un niño pequeño la sigue con llanto lastimero—. Se trata del viejo loco de la esquina, que les niega los mangos a los muchachos.

Desentendiéndose del asunto, el del short envejecido por el uso llena de nuevo su vaso.

—Me siento mal —confiesa. La cara de pesadumbre no le impide alzar de nuevo el vaso y asegurar con mueca de asco—: ¡Oiga, este ron es especial!

Se entretienen unos instantes en comentarios sobre lo difícil que le ha resultado al de la camisa a cuadros hallar el ron; debió recorrer varias casas, indagar, ir aquí y volver hacia allá, rechazar una oferta por el precio excesivo, hasta que al fin encontró una botella que si bien no podía asegurarse que fuese barata, al menos demostraron guardarle algunas consideraciones como antiguo conocido.

—Desde luego, es caro —puntualizó el hombre elegante finalizando el tema y dijo—: Vamos a seguir con lo del guión para el programa radial del próximo domingo.

Leyeron de manera mecánica unas cuartillas; el más bajo de los dos de vez en cuando cometía errores de dicción y el otro, que seguía la lectura con la mirada, corregía sin mucho interés la falta. El primero se detuvo de pronto y comentó:

—Me preocupa la situación de Pedrín.

El vestido con el pantalón de color ceniciento aprovecha la pausa para prender un fósforo y encender un cigarro. Exhala una nube de humo que el otro agita con las manos; comenta que se alegra de haber alcanzado esta época con los hijos convertidos en unos hombres que tratan de vivir a su manera sin importunarlo, excepto algunos fines de semana cuando llegan con los niños bullangueros. En esas oportunidades, a él le llaman viejo y a la madre la acusan en broma de pretender matarlos de hambre riendo alborozados si ellos se enojan; en tales ocasiones, esgrime como pretexto ir a buscar algo de comer y luego de tomar bolsos y recipientes vacíos abandona la casa con la esperanza de comprar las mercancías sin esperar mucho tiempo.

—Lo de Pedrín es distinto —precisó el hombre del short cuando pudo interrumpir al otro. Se puso de pie para cerrar una persiana; los gritos y las risotadas de los jóvenes eran cada vez más estridentes y apenas podían conversar. Antes de sentarse de nuevo llamó en voz alta y desde el fondo la voz de su esposa le respondió sin mucho ánimo.

—Tráenos café —le ordenó a la mujer.

Lo de Pedrín era distinto según él. Toma el cigarro de su interlocutor entre los dedos y luego de retener el humo lo expulsa ruidosamente. Pedrín no había logrado disfrutar la vida, lo admitía; no resultaba fácil para un joven de dieciocho años adaptarse a la disciplina del Servicio Militar, rígida, plena de exigencias; no lo decía por la separación del hogar, pues desde pequeño fue muy independiente: los hijos de padres divorciados aprenden con rapidez a defenderse en cualquier medio por adverso que resulte. Devuelve el cigarro y lleva las manos al estómago, comprimiéndolo con fuerza; eructa con grosería, y acto seguido pide disculpas. Hacía unos meses los padecimientos estomacales venían robándole el sueño, cualquier comida por ligera que fuese le causaba malestar; los dolores eran frecuentes y padecía de diarreas.

Desde el fondo de la casa viene la mujer arrastrando unas chancletas fabricadas con zapatos viejos; la bata de casa raída deja asomar una piel cuarteada y poco atendida. Entrega un pequeño vaso humeante a cada uno de los hombres y ellos beben en silencio.

—Te hablaba de Pedrín —dice el hombre cuando la mujer se retira, cerciorándose sin disimulo de que ella está de nuevo dedicada a sus quehaceres.

Pedrín era un muchacho que sufría, dio a entender en un tono melodramático. Señala hacia fuera y lleva el dedo medio al oído.

—¿Oyes a esos? Tienen su misma edad; sin embargo, el mundo no les importa, todo lo contrario de la actitud que asume Pedrín.

Habló con virulencia contra los jóvenes aludidos, acusándolos de reunirse debajo del laurel para dedicarse quién sabe a qué trapacerías, fumar a escondidas de los padres y quizás hasta planificar algún atraco; a su hijo en cambio, le ordenaron subir a un camión luego de despedirlo entre discursos y música de guerra trayéndolo de regreso al cabo de unas semanas sin melena y un uniforme con el inconfundible hedor a monte.

—Allá se convertirá en un hombre de provecho —lo interrumpe el otro, pasando una mano por el pelo para corregir el peinado. Le recuerda que el tiempo apremia: deberán suprimir del guión todos los detalles señalados por el asesor como inadmisibles y entregarlo a Román bien temprano.

—Elimina esa canción —responde sin mucho interés el hombre delgado—. Parece colocada a propósito para criticar al gobierno.

El tono no es muy convincente, pero el de la camisa a cuadros tacha la línea indicada con un lápiz rojo.

—¿Por cuál la sustituimos? —indaga llevando el lápiz a la boca y mirando hacia un solitario cuadro colgado de la pared que representa un gallo fino con las alas extendidas en actitud de ataque, amenazando a un rival inexistente en la pintura.

El del short con manchas de pasta dental comenzó a abanicarse, valiéndose de los papeles que estaban leyendo. Estiró las piernas mientras enlazaba las manos detrás del cuello y obvió responder. Vuelve a mencionar a Pedrín; su madre se había convertido en poco menos que una prostituta luego de haberse divorciado de él y esto hacía sufrir a su hijo.

—De nada sirvió mi decisión de dejarles la casa que construí con tantos sacrificios y amarguras por culpa de la escasez —concluye el padre de Pedrín bajando aún más la voz y mirando hacia el fondo de la casa.

Su compañero golpea el piso suavemente y tuerce los labios, a la vez que lo mira, ladeando la cabeza. Que concluyera la historia sobre el hijo, dice algo incómodo, porque no soporta tantos rodeos; es necesario terminar el trabajo esta noche y apenas han llegado hasta la mitad.

El dueño de la casa nada responde; la boca permanece entreabierta, los ojos sin pestañear, un hilillo de saliva comienza a rodarle por la comisura de los labios. De momento, reacciona.

—No te importan mis problemas.

—Compréndeme, Pedro —dulcifica el otro la voz—, si mañana falla de nuevo el programa, tendremos de nuevo problemas con Román.

El nombre obró como un detonante para el más delgado, que estuvo ofendiéndolo hasta que su compañero, apaciguador, le dijo sonriente:

—Pero es nuestro jefe. Y ya conoces el refrán: los que somos inteligentes trabajamos y los que no, se meten a jefes.

Pedro menciona de nuevo sus padecimientos estomacales; desde hace más de un mes le resulta imposible comprar leche de vaca porque al precio que se la proponen no puede pagarla. Escarba con descaro dentro de la nariz y es más disimulado para concluir la acción. Está seguro de que las mayores dificultades de Pedrín giran alrededor de una mujer, porque cuando viene de pase no quiere regresar. Ni él ni la madre son capaces de imponerse a un muchacho que como él, desde los once años anda en acampadas, competencias de ciclismo y reuniones.

—Los muchachos de hoy en día empiezan a gobernarse en cuanto les cortan el ombligo —dice resignado y se pone de pie.

Fija la vista contra el suelo; menudean por el piso colillas de cigarro y pequeñas tiras de papel que sugieren el resultado de los juegos de un niño inexperto en el uso de las tijeras. Va hacia la persiana y la abre. El aire fresco circula y ya no se oyen gritos ni palabras obscenas. Mirando hacia la calle comienza a protestar justo cuando dos vehículos pasan frente a la casa, veloces, como si uno marchara en persecución del otro.

—¿Tú sabes cuál fue mi almuerzo hoy? —indaga rabioso.

El del pantalón gris y los zapatos desgastados también se pone de pie y apoyando una mano nervuda en el hombro del otro le advierte:

—Amigo, yo no soy el culpable.

El hombre del short vuelve el rostro y lo mira fijo. Ensaya una sonrisa, aunque solamente logra una especie de mueca.

Sentados de nuevo, leen y comentan el texto sin distraerse durante un rato. De vez en cuando tachan una palabra o un grupo de ellas y continúan adelante; al parecer no escuchan el cántico de la mujer desde un lugar más cercano a ellos ni los gemidos de un niño pequeño que clama por el padre.

De pronto, el hombre del short se levanta del sillón; su compañero, sobresaltado, corre en su ayuda, pero es rechazado con gesto poco amistoso. No es nada: uno de esos cólicos que con frecuencia debe soportar, el deseo de escupir toda la saliva que lleva dentro y las arcadas que le vienen entre espasmos y eructos.

—¿Tú sabes qué comí hoy? —indaga el dueño de la casa, ya más calmado, sin animosidad alguna. Más bien el tono le ha salido adolorido, aunque de un dolor orgulloso. La mujer de la bata raída se acerca, con el niño pequeño a horcajadas contra la cadera y en la mano libre un vaso similar a los que ellos tienen encima de una mesa.

—Felipe —comenta la mujer dirigiéndose al visitante—, me canso de decirle a Pedro: no bebas ron, y ahí tiene el resultado de no seguir mis consejos.

Pedro toma el vaso de agua que le entrega la mujer sin mirarla. Ocupa de nuevo su asiento y cuando ella se retira, murmura en tono de disgusto:

—Odia a Pedrín.

A ella nunca le ha simpatizado el muchacho, aclara. Ni cuando pequeño, cuando venía acá descalzo y en pantalones cortos desde la casa lejana, la besaba en la mejilla llamándola mamá y se ponía a su disposición para lo que necesitara; mucho menos ahora, cuando con su manera directa de hablar protesta por el desorden de aquella casa, el cariño del padre sólo para el más pequeño y las negativas a darle dinero para ir a fiestas porque no alcanza ni para cubrir las necesidades elementales.

—Odia a Pedrín —reitera.

El muchacho ha sufrido demasiado; casi se ha encargado de criar a esos cuatro hijos más pequeños de la madre llevándolos a cuestas como se dice, cada vez que ella ha quedado sola luego de haber largado al esposo de turno sin ceremonial alguno como hizo con él, puntualiza Pedro Garandel. Ya siendo adolescente, vinieron las dificultades en la escuela, las clases que no lograba entender, hasta que pudo salir a flote casi sin la ayuda de nadie.

—En realidad, yo tengo bastante carga con mi propia vida.

Pedro queda en silencio unos instantes, la mirada bailando en el vacío. En el acto comienza a esgrimir justificaciones: el exceso de trabajo, el tiempo que debe emplear en actividades inútiles, las reuniones a las que debe asistir. Y mientras tanto, Pedrín había comenzado a desarrollar un cuerpo de atleta, sin que él lograra explicarse cómo.

—El ejercicio en la escuela —sugirió el mismo Garandel con inseguridad. El niño un día ya no quiso salir con él cuando fue a buscarlo un domingo para ir al zoológico, tomar helados y montar en los caballitos del parque infantil; le contestó de mal talante que ya estaba muy crecido para esas boberías y lo dejó en el portal de la casa con la respuesta en la boca.

—El desarrollo de su cuerpo, se estaba conviertiendo en hombre —volvió a suponer Pedro. El acné había empezado a brotarle en la cara, tersa hasta ese momento, y en varias oportunidades le formuló preguntas acerca de las mujeres. Fue la época en que comenzaron las discusiones entre ellos. Llegaba aquí, preguntaba por él y si había salido manifestaba su disgusto a la vez que decía venir en busca del cinto más nuevo, de un cigarro o de diez pesos para ir al dancing light.

El padre imita a su visitante, quien se pone de pie y camina hacia la puerta de salida. También fueron los tiempos del distanciamiento entre él y Pedrín, dijo con intenciones de continuar la historia sobre el hijo. Los ojos somnolientos del amigo miran hacia la oscuridad que de momento se ha convertido en tinieblas. Las malas compañías, los otros muchachos que se burlaban de él porque permitía la presencia del padre mientras esperaban los ómnibus con destino a la escuela. El amigo extiende la mano sin apenas hablar; sale hasta el portal, avanzando a tropezones. Era terrible perder el cariño de un hijo de una manera tan absurda, se lamenta Pedro. A lo lejos se escucha el estrépito de unos vidrios rotos y acto seguido unos pitazos que llenan la noche.

CAPITULO 2

Ruedan los carros de manera esporádica por la avenida asfaltada; unos muchachos gritan y se escuchan los pasos apresurados de alguien, el estallido de vidrios al romperse y una risa colectiva.

El auto se detiene frente a la casa marcada con el número dos, cercada con muros de hormigón unidos entre sí por ladrillos revestidos. El conductor del vehículo, un hombre de calvicie pronunciada aunque relativamente joven, queda unos segundos pensativo frente al timón. Cuando baja, observa un breve tiempo hacia el interior y antes de dar la espalda apaga el reproductor de DVD.

En la acera, se mantiene detenido, como dudoso de entrar por la verja de hierro que lo conducirá a lo largo de un pasillo de cemento hasta el amplio portal iluminado con lámparas fluorescentes circulares. Al fin echa a andar y abre el candado que mantiene unidas dos puertas de hierro más amplias, vuelve a ascender al automóvil y luego de maniobrar de manera diestra lo conduce hasta el garaje.

Después de apagar el motor sale y cierra con llave las puertas de hierro. Cruza un corto tramo de césped muy bien cuidado y camina por el pasillo de cemento.

En la sala besa en los labios a una mujer cuya silueta apenas puede advertirse por el estado de semipenumbra en la habitación; la única luz proviene de unas peceras que adornan las esquinas con sus animalitos coloreados jugueteando en el agua en busca de enemigos que tal vez nunca encontrarán.

—Enciende las luces —ordena el hombre con desgano mientras se deja caer en un acolchado sillón como si fuese un fardo inservible. Suspira y comenta en voz baja—: ¡Qué difícil se me está haciendo vivir en Cuba!

—¡Cállate, Gustavo, por favor! —se alarma la mujer. La expresión no es de dulzura ya sino de temor.

De pronto, hacen silencio. En la esquina cercana se escucha el bullicio de una discusión. Las voces de varios jóvenes ofenden a un anciano que grita: “¡Partida de vagos, no sigan robando mis mangos! ¡Váyanse antes de que llame a la policía!”. Se oyen las risas de los jóvenes y una palabra obscena que salta por encima de todas las voces.

—¡Si continúas protestando por tus mangos, te rompemos los vidrios de las otras ventanas! —lo amenazan.

—¡Atrévanse! —advierte la voz del anciano. Una voz tambaleante, insegura.

El hombre y la mujer que se encuentran en la sala se ponen de pie.

—¿Qué tú crees si salimos a averiguar qué sucede? —reacciona Gustavo.

—¡No te metas! —casi ordena la mujer—. Se trata del viejo loco de la esquina y los muchachos del barrio discutiendo de nuevo por los mangos.

Pierden el interés por el asunto y se concentran en sus preocupaciones. Gustavo suspira.

—Estás cansado —afirma la mujer al accionar el conmutador de la luz. Viste un ajustado short de una tela brillante, un pulóver con la inscripción Indiana en la zona donde los pechos sinuosos se elevan desafiantes y unos zapatos de piel artificial ocupados en toda su periferia por la marca de fábrica.

—¿Andabas fuera?

La mujer, sacudiendo con coquetería el cabello largo y perfumado, llega donde él y le acaricia la cabeza.

—¿No te das cuenta? —obliga al hombre a elevar la mirada—. Fui a casa de Pilar a darme un tinte.

El hombre se pone de pie, iracundo. Cuántas veces iba a prohibirle ir a la casa de esa mujer. Claro, así como actuaba Pilar era fácil vivir en Cuba: podía comprar los productos necesarios para su trabajo en el mercado negro porque existía gente que pagaba los exorbitantes precios impuestos por ella.

La mujer alzó los brazos. Que por favor hiciera silencio y la escuchara, no estaba en su consejo de dirección donde debía fustigar aquellos males hasta desenmascarar a quienes con la complicidad de uno o dos empleados menores introducían la mano dentro de la miel. La sonrisa de la mujer es contagiosa y el hombre comienza a perder la tensión cuando los dedos de ella terminan de desabotonarle la camisa.

—¿Y Cándida? —indaga él entre jadeo y jadeo, cerca del orgasmo.

—En el cine —contesta ella.

La botella, especie de recipiente enano y barrigón, casi está vacía. La mujer sirve licor de nuevo en las dos copas y cubre su desnudez con la sábana en un gesto de pudor tardío.

—¿Te acuerdas de cuando éramos novios?

La pregunta los conduce a una época no muy lejana; entonces comparaban la vida con un terreno sin obstáculos o un cielo siempre despejado; todo lo planificaron, desde la cantidad de hijos hasta los lugares donde pasarían cada año las vacaciones. El oficio de ambos constituía un punto de partida para los sueños, los viajes y la alegría. En aquellos tiempos era frecuente verlos salir cargados de equipajes y de ilusiones, en busca de aquello que nunca se atrevían a mencionar pero creían merecer a cambio de los años dedicados al estudio de una forma tesonera: la abundancia, las riquezas, dinero en grandes cantidades.

—¿Te acuerdas, Gustavo, de nuestra luna de miel? —pregunta ella de nuevo.

Había sido hermosa aquella etapa de sus vidas; una tarde, para huir de las maledicencias ajenas por las salidas frecuentes que hacían juntos por razones del propio trabajo, decidieron presentarse en el bufete y plantearle al notario el deseo de contraer matrimonio. Así de sencillo resolvieron el asunto, aburridos ya de tantos convencionalismos entre sus respectivas familias.

—A los seis meses nació Cándida —recuerda la mujer sonriendo pícara y él le toma las manos acariciándolas con ternura.

Mientras se escucha el sonido torrencial del agua al chocar contra el piso, el hombre sentado en la cama acaba de secarse los pies con sumo cuidado; abandona la toalla de felpa rosada encima de una butaca y va hacia el tocador. Frente al espejo, luego de acariciar la barbilla oprime suavemente con ambas manos una pequeña protuberancia amarilla; acciona un conmutador y la luz blanquecina le devuelve su figura más nítida, una figura donde las arrugas y la celulitis ya se ensañan sin compasión. Toma una mota, espolvorea talco por todo el cuerpo y en el momento en que sus dedos comienzan a destapar el frasco con una inscripción jeroglífica, la mujer lo aprisiona por la espalda cruzando sus brazos al nivel del pecho velludo. Él entrecierra los ojos. Aquella fragancia que se ha regado por la habitación al parecer lo enerva, porque se vuelve lentamente y acaricia el cuerpo desnudo de su compañera buscando el contacto de sus húmedos labios.

El congrí humea invitador y la salsa encima de la carne es abundante; los plátanos crujen al masticarlos el hombre. La mujer, sentada a su lado, sonríe complacida.

—Cocina bien, ¿verdad? —dice ella.

Gustavo menea la cabeza en señal afirmativa y bebe unos sorbos de jugo de manzana.

—Me gusta verte así, optimista —advierte la mujer, y deplora las oportunidades en que llega malhumorado a la casa, después de salir de las reuniones habituales.

—No es cierto, Trini —niega él desconcertado, deteniendo el movimiento del cuchillo—. La causa real de mis incomodidades es Cándida.

Trinidad se extraña. La muchacha al parecer ya no recuerda el romance con el hijo del vecino, asegura, porque ha retomado la costumbre de salir en compañía de las antiguas amistades y viste las ropas de moda, esas que les hacen afirmar a algunos que si Cándida aprendiese otro idioma, podría confundirse con una extranjera debido al color de su pelo y de la piel.

—No hables sandeces —la interrumpió Gustavo—. Bien sabes que aborrezco tales superficialidades.

A él le continuaba preocupando la actitud de Cándida, siempre en silencio, reconcentrada. Ya no era expansiva como antes, no le importaba siquiera disfrutar las películas sobre orquestas y cantantes extranjeros que él traía con frecuencia.

Desde las habitaciones del fondo comienza a escucharse el sonido de las vasijas de vidrio y del agua al vaciarse los recipientes. Trinidad no opinaba como Gustavo: lo que sucedía realmente con Cándida era que empezaba a convertirse en una mujer; ahora estudiaba hasta la forma de caminar; buscaba en las revistas de moda enviadas regularmente por la hermana de Trinidad desde España la longitud de los vestidos y hacía que Hermelinda adaptara las ropas a tales exigencias; hasta la manera de maquillarse constituía para Cándida todo un acontecimiento.

Gustavo deja de masticar y mantiene suspendido en el aire el tenedor con la porción de carne que chorrea una salsa aromática de un color rojo oscuro. Desde el fondo se oye cómo las vasijas metálicas derraman una música irregular.

—¿Por qué tanto ruido? —pregunta, interrumpiendo las explicaciones de Trinidad.

—Mañana le diré que te molesta —contesta ella mientras le sirve más jugo.

—Te equivocas con Cándida —disiente Gustavo, acabando de masticar la carne para beber de nuevo.

Según él, Cándida es una muchacha soñadora, ilusionada con las cualidades que le supone al hijo de ese vecino de ellos, lenguaraz e hipócrita, quien no pierde oportunidad para criticar las buenas acciones de los dirigentes gubernamentales tildándolas de actitudes arribistas. Con tal padre, además abandonado de su propia persona, acostumbrado a no afeitarse durante varios días y vestido con ropas sucias, un hijo no podía ser sino lo que es ese vagabundo: un aspirante a perdedor.

—No podemos permitir las relaciones amorosas entre ellos —concluye autoritario Gustavo.

Las vasijas ya no chocan entre sí; ahora lo que llega desde las habitaciones del fondo es el roce de un hierro contra el piso cuyo eco se escucha amortiguado en el lugar donde se hallan el hombre y la mujer.

—Ella es demasiado orgullosa para cambiar el amor del capitán Requenas por el de un simple soldado —dice apaciguadora Trinidad y sonríe cuando Gustavo abandona un momento el cuchillo para acariciarle los dedos donde varias sortijas brillan al reflejarse contra ellas las luces de las lámparas.

Ahora se escucha cómo exprimen el agua y tintinea de nuevo el hierro.

—Es insoportable —comenta el hombre.

—¡Hermelinda! —grita Trinidad, incómoda. Le responde a lo lejos una voz cansada y ella indaga autoritaria—: ¿Podría hacer silencio mientras Gustavo come?

Aunque nadie responde la pregunta, a partir de ese instante en el interior de la casa finaliza todo tipo de ruidos. Ahora Trinidad y Gustavo conversan sin interrupciones. Quizás resulte conveniente, opina ella, aprovechar los meses de verano para enviar a Cándida a la playa o a cualquier otro sitio que pudiera interesarle; también sería recomendable incluirla en alguna de las excursiones o hablar con el amigo de la embajada.

—¿Te refieres a Madrazo? —la interrumpe Gustavo y acto seguido bebe la última porción de jugo.

—El agregado cultural —dice ella, señalando hacia el recipiente.

—Exacto —afirma Gustavo, mientras niega con la cabeza el ofrecimiento de la esposa de servirle más jugo.

Los comentarios sobre México y en particular acerca de Acapulco los hace ella en voz baja, mirando de vez en cuando hacia el fondo.

—¿No me aseguraste que Hermelinda es de confianza? —se extraña Gustavo.

—Nunca se sabe con esta gente de campo —justifica la mujer.

Cuando escuchan unos pasos renqueantes que se acercan, le dan otro giro a la conversación. Hablan sobre la necesidad de que se adopten medidas severas contra los delincuentes y abogan por educar a los jóvenes en el respeto a lo ajeno. La anciana los interrumpe señalando respetuosa hacia los platos; que si ya puede recogerlos.

—Sí, Hermelinda —contesta Trinidad volteando el busto para mirarla a los ojos, mientras las aletas de la nariz se le ensanchan y aprieta con fuerza los labios. A lo lejos se escucha el estrépito de unos vidrios rotos y acto seguido unos pitazos que llenan la noche.

Lea en el próximo artículo:

La jaula de los goces: sinopsis, resumen y muestra de dos capítulos.

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