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Archivo de Septiembre, 2010

REFLEXIONES POSTELECTORALES EN VENEZUELA(I). El discurso de la oposición

Las recientes elecciones legislativas de Venezuela constituyen un campo abierto a diversas interpretaciones. Pero esas interpretaciones no son inocentes, sino que se inscriben en intenciones políticas concretas. Los discursos políticos usualmente intentan construir realidades alternas mediante la cual se convoca la mayor cantidad posible de personas. Y ello para generar ventajas a las distintas propuestas políticas en juego. (Continuar leyendo »)

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EN TU PALABRA (ensayo de poema)

En tu palabra

descubro

todos aquellos mundos

que abandonè

para convertirme

en un ser humano

semejante a ti

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A PARTIR DE TI (ensayo de poema)

Tus palabras

sudan

perspectivas

Rompes

este dominical

cadàver

Tus manos

olvidan

invisibles signos

sobre la mesa

Tus ojos

vienen a herirme

de metàforas

En ellas me percibo

-poblàndote

en diversas direcciones

-nacièndote

de la voz

conque destruyes

lo cotidiano

En tu descuido

salgo a buscarte

bajo ruinas

de antiguos silencios

escondidos

en tu piel

No puedo evitarlo

a partir de ti

me voy construyendo

de posibilidades

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¿MAPUCHE YO?

El pueblo mapuche, en Chile, resiste con su vida el empuje represor del gobierno chileno. Ante la inminente aplicación de la tristemente célebre ley 18314, o Ley Antiterrorista, 32 mapuches, en situación de presos políticos, han asumido una huelga de hambre con resonancias mundiales. Cuentan con el apoyo de su pueblo, pero de otros tantos actores sociales a nivel internacional. La aplicación de esta ley permitiría a los cuerpos de seguridad del estado actuar con discrecionalidad casi absoluta en lo relativo a las libertades de los mapuches de la región de la Araucanía. Ante la resistencia y la tenacidad de este pueblo, el gobierno chileno el 15 de septiembre realizó un gigantesco allanamiento a la comunidad Rayen Mapu y atropellando a mujeres y niños, generando seis nuevas detenciones. (Continuar leyendo »)

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LOS DIOSES IMAGINARIOS (ejercicio literario)

Pensaba que, por ser su vida una experiencia ùnica, particular, ninguna religiòn ni doctrina espiritual estaban hecha para èl. Sin embargo, sentìa la necesidad de creer en algo, màs allà de sì. Decidiò pues inventar su propio credo. Un solo Dios omnipotente era demasiado abstracto para su andar cotidiano. Los libros orientales eran simplemente incomprensibles. Entonces, hurgò en sì, buscando sus verdades. Quiso crear dioses que, al tiempo que se le pareciesen, fuesen tambièn distintos. Inventò una compañera, comprensiva, sensual, para sus hoars solitarias. Un andrògino, inmundo cenàculo de sus màs atroces sentimientos, que le permitirìa conocer los lìmites de su propia maldad. Un alter ego, su propia sombra, con quien discutirìa los nuevos esquemas del bien y el mal. Y un anciano que le hablara en paràbolas, para rescatar sus rostros ocultos. Eran dioses imaginarios. Y en ese consistìa precisamente la esencia de su credo. El podrìa manejarlos, destruirlos, sustituirlos por otros. Al fìn, pensaba, los dioses deben servir a al ser humano y no lo contrario. Todo fue bien al principio. El diàlogo consigo, a travès de esos seres diversos, despertaba insospechadas energìas, que vertìa alere y creativamente en su trabajo, en sus relaciones con otros. Se aceptaba màs a sì, integralmente. Mas, los dioses imaginarios empezaron a filtrarse en sus sueños, hablàndole de cosas que no lograba entender.  A veces, durante el dìa, se sorprendìa realizando actos que jamàs se habìa propuesto.  Empezò a tener miedo, verdadero miedo. quiso entonces terminar con el experimento, pero ya era tarde. Los dioses habìan cobrado vida dentro de sì. La compañera le llevaba a desenfrenos sexuales con mujeres de ocasiòn, en los que se perdìa a sì mismo. El andrògino le tendìa trampas,  en las que salìan lastimadas las personas màs cercanas. La sombra habìa borrado cualquier diferencia entre el bien y el mal, y le incitaba a hacer lo que se le viniese en gana. El anciano se hizo cada vez màs extraño, indescifrable, lo que hacìa parpadear su raciocinio. Sus amigos se apartaron de èl. Tambièn la mujer que màs le quiso. La soledad nacìa de su propio cuerpo. Una tarde, lo encontraron muerto en su departamento. Nadie pudo explicar esa mueca de terror sobrenatural en su rostro. Nadie se atreviò a decir nada acerca de esas presencias invisibles, frias, que parecìan aullar entre las paredes.

(Escrito en julio de 1987)

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LA ESPERA (ejercicio literario)

Para esperarlo, arreglaron este salòn hasta el ùltimo detalle. Yo, niño, sufro mi trajecito de domingo en un rincòn. La mesa impecable, al centro, rìe flores de todo tipo. Miro a mi alrededor, un tanto asustado. “¡Pronto llegarà èl”, murmuran alegres las presencias que se mueven a mi alrededor. Las guirnaldas trazan colores en las paredes y el techo. “¿Y quièn es èl?”, preguntè a mamà antes de salir de casa. mamà me dijo: “Nadie aquì lo conoce, hijo, pero debe ser alguien muy pero muy especial, porque nunca vì a la gente de este pueblo tan emocionada, no recuerdo que a nadie se le haya hecho aquì un reconocimiento como este”. No sè dònde anda mamà ahora. De pronto, la gente del pueblo se me ha hecho desconocida, como si me hallara en otro lugar. Ademàs, me aprietan estos zapatos nuevos. “El es lo que este pueblo necesita”, murmura una anciana a mi lado, “yo me he pasado toda mi vida esperàndolo”. Mamà està definitivamente perdida. Cada vez siento todo màs extraño, como si estuviera viviendo un sueño ajeno. Han pasado muchas horas, tal vez dìas, desde que estoy aquì. Las flores y las guirnaldas empiezan a perder color. El salòn parece ahora màs pequeño. En las caras ya no hay alegrìa, sino preocupaciòn. “¡Algo debe haberle pasado!”, exclaman, “pues ya deberìa estar aquì”.  Quiero echarme en brazos de mamà, pero ella definitivamente me ha abandonado.  Las voces mueren. Las miradas se escapan por la ventana, hacia la calle donde èl debe aparecer.  El ambiente pesa, el color me acorrala. Me he atrevido a levantarme y definitivamente ya no soy un niño. Me asomo a la ventana y miro allà afuera, no hay calle, sino un desierto tan espantoso que me da miedo salir. Sin embargo, algo o alguien dentro de mì dice que debo hacerlo. Creo que escucho sollozos. “¿Y ahora què serà de nosotros?”, grita alguien. Sigo dicièndome que debo salir a la calle y enfrentar esa soledad que me aterra. Oigo una voz, no sè si del sacerdote o del jefe civil, diciendo: “Señores, hay algo que debo decirles, y pido perdòn desde antes”. Ya soy un adulto, veo mis manos añosas sobre el marco de la ventana. “Yo inventè eso de que èl venìa”, prosigue la voz, “pensè que a este pueblo le faltaba algo de alegrìa, de ilusiòn, pero no creì que ustedes lo iban a tomar con tanta fe, asì que vuelvo a pedir perdòn”. Me asfixio en este salòn. Sin duda, ya no pertenezco a este lugar. me dirijo a la puerta, con una firmeza que me sorprende. Muchos insultan y agreden al que inventò la llegada de èl. Abro la puerta. Alguien, con desesperaciòn, me grita que no salga ahora porque es peligroso. Pero es tarde, puesto que ya estoy afuera.

(Escrito en diciembre de 1987. Esta narraciòn se basa en un sueño del autor).

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