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NUNCA TE HE DICHO LO QUE ME GUSTAN TUS OJOS GRANDES

Esto jamás pude imaginarlo, por cuanto tú estás siempre al centro de todo, como si fueras el sol particular de todo el barrio. Tu voz llega a todos los rincones, haciendo que las comadres bajen el volumen de la telenovela para escucharte, y que los zánganos que beben cerveza en el abasto de Rómulo bajen la cabeza para atenderte. Y tú, desde la asociación de vecinos, nos remueves la vergüenza al gritarnos que hay que hacer algo, ya es hora de pelear, nos hieden encima muchos días sin que llegue al barrio una gota de agua… Pero no, tú no eres siempre tan seria y tan brava, porque tienes razón, este barrio no ha entrado en las prioridades de los gobernantes de turno… Tú sabes también alegrarte, y en esas fiestas del barrio, en las que Mauro y sus Cachimbos se deshacen en música hasta la madrugada, yo me asomo a mi ventana del piso de arriba para verte bailar. Y bailas como si tu vida y la de todos nosotros dependiera del ritmo que creas. Tú, negra, abierta de risas en todas direcciones, y la gente te rodea y hace palmas para seguir tus movimientos, porque mirarte es transportarnos a otro mundo, beber un sueño que alguien nos arrancó alguna vez a la fuerza… Y a todas estas, yo siempre he estado pendiente de ti, sólo que no te has dado cuenta. Tu risa desde la calle se filtra hasta mi casa, mordiendo hasta la sangre esta soledad mía, llena de proyectos despedazados, ahogada en el color gris conque la foto de mamá inunda todo. Mamá, la única compañía que una vez tuve, la pobre… Y tú sin saberlo me acompañas, aunque no me atreva a decirte nada, soy tan poca cosa para ti, soy sólo ese tipo oscuro que maneja una camioneta Antímano-Silencio, que cuando no trabaja apenas sale de su casa, alguien con quien apenas se puede hablar, porque lleva la tristeza tan a flor de piel que se le sale en el momento más inoportuno. Mas, yo te acompaño también sin estar presente, y muero de miedo en momentos como aquél, cuando los dueños de jeeps que suben al barrio querían aumentar injustificadamente el pasaje, y bajaste con una multitud calle abajo, hacia la intercomunal, poblada toda de gritos y de pancartas, ya que tú no eres de las que corre cuando llegan las unidades policiales y se bajan los uniformados peinilla en mano. Entonces, te paras a discutir con los dueños de jeeps y con la policía misma, reclamando tus derechos, y los policías se detienen en seco cuando te ven allí, tan resuelta, esa negra que echa candela por los ojos y palabras certeras por tan linda boca. Y yo me pregunto qué compañía puedo ser para ti. No tengo valor para hacer lo que haces, no puedo, como tú, estar pendiente de todos los enfermos del barrio, e ir a prepararles guarapos y ungüentos, o simplemente reír con ellos para soltarles las ganas de vivir. Tú, tan pendiente de todos menos de mí, quizá por esa fama de amargado que tengo, pero no, eso no es verdad, es sólo que no me hallo cuando estoy entre la gente, no sé bailar, no he aprendido a ser alegre como otros, y eso no me lo perdona nadie. Puede ser que le haya ido perdiendo poco a poco el sentido a las cosas, no hay nada que pueda amarrar esta vida que se me va a ninguna parte. Sólo tú tienes sentido para mí, aunque nunca me acerque a ti. Nunca te he dicho lo que me gustan tus ojos grandes, esos ojos siempre bien agarrados de todo, siempre llenos de asuntos pendientes. Tal vez por eso no pude imaginar esto. Pues es cierto que a veces te acercas a mí, sólo para pedirme que lleve a la directiva de la asociación de vecinos a alguna reunión en la Alcaldía, o para que transporte en mi camioneta el equipo de sonido que se utilizará en la verbena. Y recuerda que nunca te he dicho que no. Entonces, todos suben a mi vehículo, tú en el asiento de adelante conmigo, regalándome tu alegría a través del espejo, hablando sin parar y riendo con otros, y de vez en cuando me preguntas o me comentas algo por pura cortesía. Y yo te respondo cualquier cosa, sin atreverme a decir más. Sé que todos los muchachos del barrio andan tras de ti. Sobre todo Raul, universitario como tú, que como no trabaja puede acompañarte en las diligencias de la asociación. Nadie como él para hablar contigo de política, y de otras cosas, porque es alguien de palabra fácil. Como se la pasan juntos, alguien comentó que ya eran novios. Pero es mentira, tú no le haces caso a ninguno, todos son amigos y sólo eso. Estás lanzada a la vida con todas tus fuerzas, nadie va a ponerte límites o condiciones. Y yo aún sin decirte nada, agonizando a un lado del camino. Por eso, no pude imaginar esto, cuando esta mañana, al salir a trabajar, te veo en andando calle abajo, sola. Es cierto que hace días que no sé de ti. Paro mi camioneta a tu lado y pregunto si puedo llevarte. Allí es donde me miras, y tus ojos no están brillantes como siempre, por el contrario, yacen en la profundidad. Te pregunto qué te pasa y nada me dices. Te digo Sube, pues, y abro la puerta. Creo que te esfuerzas un poco para asumir el asiento de adelante, a mi lado, casi muerta de silencios. Hago andar el vehículo, y no me atrevo a preguntarte nada más, sólo te miro por el espejo retrovisor, hasta que te das cuenta y tratas de sonreir, pero eso no es una sonrisa. Tratas de hablar, pero tu voz es también honda. Cuando casi desembocamos en la intercomunal, pregunto dónde vas. Me respondes con el nombre de una clínica. ¿Qué te pasa?, vuelvo a decir. Piensas un poco y te oigo pronunciar ¿Puedes acompañarme? Estás enferma, muy enferma, luego me lo dirás. Esa cosa en la sangre te debilita segundo a segundo. Y por supuesto que decido acompañarte. Al llegar a la clínica, estaciono y corro a abrirte la puerta. Te ves a punto de caer, y te doy mi brazo para que te apoyes. Entonces, dices que yo soy una buena persona, pero tan huraño que no sabes cómo tratarme. Me vienen muchas ganas de abrazarte, creo que te has dado cuenta porque me miras sorprendida con tus grandes ojos caídos. Saldrás de esto, negra, te digo, y un domingo de estos te voy a invitar a almorzar a un sitio donde venden carne en vara y hay música en vivo. Callo, porque me oigo estúpido. Pero sé que no es así, porque cuando te miro me doy cuenta de que ahora sí estás sonriendo de verdad.

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