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La serpiente

Inquieto desperté y ya el cuerpo de la serpiente inundaba toda la casa. Al principio, no me atreví a moverme, por miedo a ser devorado por el gigantesco reptil. Luego lo hice, lentamente. Trepé sobre ella hasta llegar a la sala, donde me topé con su enorme rostro. Luego, salí a toda prisa a buscar ayuda.

Un oficial de la policía me preguntó si consumía drogas, y luego señaló que durante los próximos días enviaría una patrulla por mi vecindario. Los bomberos me miraron como a un demente, y los de Defensa Civil plantearon fuertemente que ellos eran personas serias, para que yo los molestara con mis bromas. Deambulé un buen rato por la ciudad. En la noche, decidí regresar. La increíble serpiente aún ocupaba todas las habitaciones, dejándome sólo estrechos espacios para transitar. Después de entrar, busqué mi cama y no pude hallarla. Entonces, me eché en un rincón para dormir. El calor del monstruo parecía tranquilizarme. Emitía un ruido suave, que tranquilizaba mi sueño.

Una idea me despertó la mañana siguiente. Salí a comprar varios kilos de carne y les inyecté veneno. Entré a mi casa y puse los trozos mortales ante su gran rostro. Me senté a esperar. Sin embargo, la gran serpiente ignoró la carne mortal y se dedicó a mirarme. Parecía leerme el pensamiento. Había una expresión en sus ojos antes de que ejecutara cualquier movimiento. Esa noche me imaginé que, en la oscuridad, ella velaba mi sueño. Por primera vez en mucho tiempo, dejé de sentirme solo.

Al otro día, volví a salir. Regresé con una caja que contenía un arpón desarmado. Me ubiqué en algún rincón, lejos de sus ojos. Empecé a ensamblar el arma. De pronto, recordé que la serpiente tal vez podía leer mi pensamiento. Terminé de arreglar el arpón, haciendo esfuerzos para no pensar en nada. Si ella se enteraba de mis intenciones, no duraría mucho entre sus fauces.

Pronto tuve lista el arma. Entonces me dirigí, con la mente en blanco, a la sala. Me acerqué a su gigantesca cara con el arpón en mi espalda. Ella estaba quieta, con los ojos cerrados. Cuando estuve cerca, la apunté rápidamente con la intención de disparar. Debía hacerlo, antes de que ella despertara y se me echara encima.

Quise disparar, pero simplemente no pude. Bajé el arpón, avergonzado de mí mismo. Lo cierto es que ella nunca trató de hacerme daño. Sólo vino a hacerme compañía. No exigía nada de mí. Sólo estaba allí, destrozando lentamente mi soledad.

Entonces, ella abrió los ojos. Había estado consciente de mi presencia todo el tiempo. Sin duda, me conocía mejor que yo mismo. Sabía que yo no era capaz de herirla.

Al mirar los ojos de la serpiente, me vi a mí mismo mirándola. Supe entonces que había empezado a amarla, sólo que no había querido darme cuenta.

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Comentarios

2 respuestas a “La serpiente”
  1. julio c valdez a dice:

    Este es el relato de un sueño. Con muy pocos añadidos, lo convertì en una historia para contar.

  2. AVILIO GARCIA dice:

    HOLA QUIERO FELICITARTE POR TU TRABAJO ME PUEDES ESCRIBIR SI TU QUIERES ESTARE ESPERANDO



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