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¿Quién recuerda al enmascarado de plata?

Allá por los años sesenta, en las funciones vespertinas del cine, muchos niños abordábamos la sala para ver un héroe singular: Santo, el enmascarado de plata. Sí, se trataba de aquel gladiador mexicano de la lucha libre, que además de repartir ganchos y llaves en el ring, también solía enfrentarse a terribles asesinos, monstruos carnavalescos, deliciosas vampiras, obsesivos extraterrestres, y otros entes difíciles de describir.

El santo era un héroe pequeño, incluso regordete. Un misterio andante, que jamás se despojaba de su máscara. Antes de ser el enmascarado de plata, Rodolfo Guzmán Huerta personificó otros personajes de la lucha libre (todos rudos, es decir, de los que no siguen las reglas), que no calaron lo suficiente. Allá por los temprano cincuenta, se filmó una exitosa película, El enmascarado de plata. En esta ocasión, el plateado era un villano (asumido entonces por el duro Crox Alvarado), rival del bueno, que paradójicamente era el médico asesino.

Así, nuestro amigo asumió el nombre de Santo, y tomó el apodo del enmascarado de plata. Su pericia como luchador lo convirtió en ídolo. Luego pasó a las historietas (predecesoras de lo que luego serían las fotonovelas), al cine, a las series radiales. Y se convirtió en un verdadero ícono, que iluminaba las pantallas de los cines latinoamericanos, e incluso de más allá. Penetró en Estados Unidos, al punto de que hoy hollywood pretende filmar una película sobre su vida. Y aún más allá: tengo entendido que hay una versión árabe del personaje. En México, Venezuela y Colombia, durante los sesenta, se editaron historietas de Santo, y hasta hubo transmisiones radiales. En nuestro país, Radio Rumbos dio curso a las aventuras del célebre enmascarado. En estas transmisiones radiales, el Santo venezolano se enfrentaba a villanos tales como Dorian Gray (el mismo del retrato), y la araña negra (que resultaría ser un hombre con minusvalía).

Santo era un héroe diferente a los generados por la industria cultural norteamericana. Se trataba de un sujeto tangible, cercano, humano, que de paso hablaba español, y que podía llevar consigo errores y debilidades (en ocasiones, perdía alguna lucha (como ante El Tigre del Ring), o escapaba huyendo de las terribles momias mexicanas). Estaba presente para quien le necesitara, fuese un ricacho o un pobre diablo. Tenía un rango de enemigos muy amplio: Peleaba con malandros locales, pero también con personajes mitológicos, y hasta con el mismo Lucifer. Comenzó siendo un hombre de a pie, con su capa y su misterio, y terminó siendo un espía independiente, con un cuartel poblado de la más excelsa tecnología.

Por años, me sentí importante por cuanto era uno de los mortales que vio alguna vez el rostro del enmascarado de plata. Cuando falleció, esperábamos que algún periodista travieso publicara una foto del hombre al descubierto, pero nuestras expectativas fueron vanas. No obstante, muchos años después, a través de las transmisiones satelitales (aún en pañales en nuestro país), pudimos ver un programa sobre la lucha libre. En una entrevista, repentinamente Santo se despojó parcialmente de su máscara (su envejecido rostro quedó descubierto de la frente hacia abajo). No obstante, hoy día cualquiera puede ver su rostro humano con sólo asomarse a la internet.

En fin, estas líneas parecen haberse convertido en una especie de recuerdo, un homenaje sin tiempo para un héroe de otra época, a quien talvez pocos recuerdan. Un personaje original, multiplicado en películas de dudosa calidad estética y cinematográfica, que pobló los sueños de generaciones pasadas.

Julio C. Valdez

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Comentarios

Una respuesta a “¿Quién recuerda al enmascarado de plata?”
  1. Joise Morillo dice:

    Julio, definitivamente, vos sois un romántico del heroísmo, tanto, a través de la historia real como de la ficción, lo he podido observar analizando vuestras apologías a favor de quienes han hecho algo en beneficio de la humanidad, bien sea, para recobrar su libertad o con el fin de concederles sus vindicaciones deterioradas por el avatar de precarios entornos. O para construir entretenimientos, en detrimento del ocio e incremento de la alegría, por ende generar felicidad, ¡aunque sea aguda!.

    Recibid mis mas sinceras felicitaciones.

    Os ama

    Joise



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