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Hoy encontraré la eternidad

Me parecía que, a cada ser, varias otras vidas le eran debidas.
Jean-Arthur Rimbaud

Tengo que admitirlo. Voy a morir pronto.

Es cosa de horas, de minutos tal vez. El cáncer crece, el dolor me hace sentir la pierna que ya no existe… Sin embargo, son los ojos de mamá y de mi hermana los que me ahuyentan toda esperanza.

La enfermera quiere sonreír. Más que una sonrisa es una mueca, una caricia áspera para un moribundo.

¡No quiero morir en este hospital! Temo que la eternidad no vaya más allá de estas paredes desconchadas, de estas manchas color café; que el Nunca más esté agazapado en estas sábanas. Temo que el infinito acabe antes de que deje de mirar el techo.

¡No quiero morir aquí! Sin embargo, eso no cambia nada. Pronto, el mundo dejará de existir para mí. Vendrán personajes sepulcrales a librar este cuarto de mis restos.

1

El rostro de mamá, endulzado casi a la fuerza, se me escapa. Sólo puedo verla como era antes: una presencia rígida, una constructora de sistemas que mi niñez rebasaba sólo a través de la poesía. Por mamá vuelvo a Charleville. Vuelvo al colegio, a enredarme en tedio, entre cuerpos afeminados. Por mamá regreso a tomar los campos foráneos: a beber la sombra de los obreros de los hornos, a romper los marcos de mis días ante la presencia de los niños-monstruos que moraban entre tierra y harapos.

Por ella asisto de nuevo a la casona: rincones sobre los que caía, despiadada, mi visión de mago. Lugares que, en vano, pretendía yo vestir con figuras escapadas de libros y memorias ajenas… El patio ancho. La muralla de alelíes: fantasmas que acariciaban mis miedos.

2

La he estrangulado con un bocado de tinta. Al injuriar las vírgenes, al evocar el infierno en mis poemas, la he rechazado. ¡Adiós, mamá!

Me veo andando por campos que no sé a dónde conducen. Duermo bajo puentes que resisten el peso de cortejos demoníacos. Quien ha sido mi guía escapa de mí por miedo a la policía. Me hallo solo, ante cuerpos huecos que beben mis poemas. El humo de cannabis entreteje la cara de un compañero con el cual exploro las profundidades de algún cuarto… Hay bocas que quieren morderme. Manos crispadas, tirando de mis noches… Soy culpable de estar vivo, y de consumir mi vida más allá de la inocencia.

Quiero escaparme. Me escapo.

3

Los obreros dejan de ser monstruos. Algo les enciende la mirada. Hablan con vehemencia. Se mueven como si sus vidas tuvieran una finalidad. Se sienten los unos en los otros. Parecen soldados. Quiero ser obrero, quiero ser soldado. Dios, de veras, ya no significa nada para mí. La redención está en este mundo que se agita ante mí. Encontraré la redención entre nuestros hermanos de la comuna, a cuyo lado moriré.

4

El fantasma de mamá me asalta en sueños. Su Dios enreda mi pensamiento. Las sombras de la vieja casona me pueblan, en la medida que los obreros soldados se preparan para morir o para ser libres. La sopa es un asco. Todas las palabras están manchadas de ella.

Me he equivocado. El abandonarme a esta multitud exaltada no va a redimirme. A través de la muerte no llegaré a disminuir la inmensa culpabilidad de estar vivo.

5

No veo con claridad dónde me hallo ahora. Creo que en una patria primitiva. El sol se aferra de ojos y de cosas. Gentes extrañas me miran, aguardando un cerrar de ojos para apuñalarme. Quieren las monedas que llevo bajo el cinturón, producto de un trabajo que me sepulta diariamente. Son casi animales. Se abandonan a sus impulsos, huérfanos de la religión de mamá. Más, detrás de esos impulsos, tampoco hay inocencia… Me matarán en cualquier momento. Mi hijo nunca nacerá.

6

Moriré. No queda nada más. Por ello, me aferro a la vida. Han sucumbido todas las posibilidades. Acaso pude vivir una existencia distinta.

Una vez quise vivir cien vidas de un tirón. En la extensión de la inocencia, todo hubiera podido ser posible. Habitando esas posibilidades, pudiera recobrar las imágenes paridas desde mi niñez. Y volver, por ende, a la inocencia primaria.

Ahora, en la perdición, vuelvo a estar condenado. Sin inocencia. Sin madre. Sin una razón por la cual morir.

De veras, hoy encontraré la eternidad.

Julio C. Valdez

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Comentarios

4 respuestas a “Hoy encontraré la eternidad”
  1. Joise Morillo dice:

    Apreciado Julio, no sé si criticar vuestra entrega, como de índole peculiar vuestra, como poema, o como parafraseo poetico con origen de terceros.

    El caso es que me parece interesante, y para eso, os entrego esta deducción como critica desapasionada, y/o tendencia al coloquio.

    Comparto que la Eutanasia es un recurso de auto piedad compartida entre quienes padecen tal o cual dolencia “final” y los dolientes que sufren por amor al enfermo y, por los cuidados exhaustivos que tal menester acarrea. Sin embargo al dogma poco le importa esa situación, de forma que el paciente debe ser paciente y morir “cuando Dios quiera”. Mi querido Julio, hay algo muy importante, que cada quien debía analizar antes de prepararse para la muerte, a veces, el individuo cree que los problemas que tienen son insoportables -a eso, algunos lo llaman flojera, otros cobardía- y que la única solución es la muerte. Por supuesto esa situación es producto de un descontrol psicológico, muy difícil, pero reparable, como al mismo cáncer, o las enfermedades graves, hay que caerles a tiempo.

    No obstante, la verdadera eternidad, se logra, además de: con la reflexión -que sería algo para uno mismo (efímero) por cuanto al morir, se acaba la eternidad- dejando a la consideración de los otros, vuestros actos (sean buenos o malos). En la medida de la ponderación de vuestras actuaciones en esa medida seréis inmortal, eterno, aun muerto físicamente.

    Es el caso de Aní y el libro de los muertos, sus actos serian medidos por el jurados celestial de Ra, siendo Ibis, la máxima personalidad jurídica, puesto que ante su balanza seria ponderada la bondad de su alma mediante el peso de su corazón –si su actuación durante su vida, había sido benévola y fructífera, el peso debería estar equilibrado con el de una pluma- que guardaba mediante su vida los avatares propios de su desenvolvimiento.

    Mediante lo poético, creo que habéis pasado a la eternidad, al menos entre quienes os conocen porque habéis plasmado tus pensamiento en el papel, y/o en este recurso electrónico, además, a eso se suma vuestro desenvolvimiento laboral, obrero, intelectual, científico, soldado. Eso que importa, lo que importa es la grandeza de vuestro producto que os lanzara al ámbito de la gloria, a la eternidad, trascenderá ante todos y por todos.

    Cuidad vuestros actos, procurad que sean grandiosos, hecho esto, seréis eternos.

    Os ama
    Joise

  2. Joise Morillo dice:

    Correcciones:

    Jurado por Jurados y Osiris por Ibis

    Os ama

    Joise

  3. julio c valdez a dice:

    joice, ¡qué hermosos comentarios! El relato trata sobre un ser real: Jean Arthur Rimbaud, extraordinario poeta francés. Tuvo una vida corta, pero casi llegó a tocar los extremos. Su poesía es, como él mismo la llamaba, una alquimia del verbo, es decir, un proceso de transformación en todos los sentidos posibles. El decía haber hallado la eternidad, de allí el nombre del cuento. Hasta donde sé, en su caso no hubo eutanasia, el cáncer lo devoró. Yo creo que así como creamos nuestras vidas (con otras y otros) también vamos creando nuestra muerte. De muchas maneras, decidimos cómo morir… Creo, contigo, que la eternidad está en todas partes, y que nosotros somos parte de ella. Creo también que el llamado libro de los muertos es un libro de sabiduría, y que más que hablar de la muerte, habla de la vida. Aunque, sabemos, la vida y la muerte están siempre entrelazadas.

    Gracias por tus comentarios,

    Julio

  4. Joise Morillo dice:

    De acuerdo, la diferencia estriba en que:

    “si el individuo transita por la vida sin hacer algo que valga la pena, infaliblemente, pasa desapercivido” sin pena ni gloria.

    ¡No esta mal! si lo que va a producir es malestar colectivo.

    Os ama

    Joise



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