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La arañita que vivia en una maquina de escribir

Esta historia nos dirá lo que le sucedió a la arañita que vivía dentro de una máquina de escribir. Al principio, ella se molestó mucho, porque el ruido de la máquina de escribir no la dejaba descansar. Al asomarse por una ranura vio que era un escritor quien hacía sonar las teclas. Bueno. Ella pensó que era un escritor, porque cuando el hombre escribía a través de la máquina, la arañita le miraba los ojos y allí veía muchas cosas…

Lo que más llamaba la atención de la arañita fue que, en los ojos del escritor, siempre aparecían paisajes oscuros y solitarios, ancianos tristes, enfermos, y animales feos y misteriosos.

Todas las tardes la arañita se asomaba por la ranura de la máquina de escribir para ver los ojos del escritor. Al principio, le daba escalofrío. Pero quería hacer compañía a ese hombre que debía sufrir mucho con esos paisajes horribles en los ojos.

Un día, la arañita no vio en los ojos del escritor paisajes solos, ni viejitos tristes, ni animales raros, sino que vio a una mujer. Sí. La mujer iba y venía y hablaba en los ojos del escritor. Durante algún tiempo, aunque él siguiera escribiendo, sólo la mujer habitaba sus ojos.

La arañita se acostumbró a ver a la mujer en los ojos del escritor. Con el tiempo fue descubriendo en los ojos del escritor paisajes llenos de flores, tan bonitos como nunca la arañita pudo imaginar. Esos paisajes se llenaron de niños y de arco iris. Los animales también se acercaron, pero eran animales mansos y cariñosos, al punto de que los niños subían al lomo de los más grandes para pasear por los inmensos jardines que la mujer había descubierto.

Pasaba el tiempo. De pronto, la mujer empezó a abandonar los hermosos lugares que había descubierto en los ojos del escritor. Y la arañita no supo cómo la mujer había llegado a esos paisajes grises y solitarios, tropezando con ancianos tristes y enfermos, vigilada por esos animales extraños y feos que la asustaban tanto. La mujer se había vuelto pensativa, triste, en los ojos del escritor.

Y llegó el día en que la mujer se fue de los ojos del escritor. Todo se hizo oscuro, como cuando amenaza caer una tormenta. Los ancianos se echaban al suelo, esperando la muerte. Los animales aullaban y rugían furiosos, y peleaban unos con otros a cada momento.

Los ojos del escritor se poblaron de lágrimas. El no podía ya escribir. La arañita quería brindar su compañía a aquel hombre triste. Pero el estaba tan ocupado en llorar que era difícil que se diera cuenta de la existencia de una arañita tan pequeña.

Sin embargo, empezó a ocurrir algo extraordinario. De tanto caer las lágrimas en las hojas de papel en las que el escritor no escribía, estas se fueron llenando de flores multicolores. La arañita pensó entonces que la mujer, antes de irse, debió sembrar por todos lados las semillas de estas flores, para que el escritor no se quedara tan solo.

La arañita se dijo que si había flores, habría jardines. Y los jardines harían venir a los niños. Los niños traerían alegría y arco iris. Los animales, entonces, se pondrían cariñosos…Pero el escritor sólo tenía ojos para sus lágrimas.

Entonces, la arañita decidió salir de la rendija y empezó a caminar sobre el papel. Amaba al escritor y puso toda su alma en tratar de ayudarlo. El escritor, por un momento, pensó que era una letra suelta que no recordaba haber escrito. Y fue cuando dejó de llorar para ver la letra, que no era una letra, sino que era la arañita que caminaba sobre la hoja de papel, es decir, sobre el jardín que había nacido regado por sus lágrimas.

De golpe, el escritor sintió un amor tan grande por aquella arañita tan pequeña que le había hecho descubrir el jardín sobre la hoja de papel. Mas, no sabía cómo podía agradecer a la arañita lo que ella había hecho por él.

Fue entonces cuando la arañita miró a los ojos del escritor y se dio cuenta de que ella no estaba ya en el jardín de la hoja de papel, sino que estaba ahora en el jardín que llenaba los ojos del escritor. Y la arañita lloraba de alegría cuando veía tan cerca y tan de verdad-verdad todas aquellas cosas que, ni en sus más bonitos sueños, había visto. Y su alegría fue más honda cuando vinieron los niños llenos de risa y se subieron a su lomo para dar un paseo, porque la arañita no era ya tan pequeña. Y los niños la rodearon con un amor tan grande y tan lleno de colores como el jardín que habitaban.

Y de estar tan feliz, la arañita sintió una cierta tristeza, al pensar en lo solitario que se había quedado el escritor allá afuera, haciendo sonar las teclas de su máquina de escribir para contar la alegría de la arañita

Julio C Valdez

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Comentarios

2 respuestas a “La arañita que vivia en una maquina de escribir”
  1. Iván Salazar Urrutia dice:

    Julio: Borgs escribió entre sus lamentaciones no haber estado o jugado más con los niños; tu debes agregar a tu niño interior, con la gran diferencia que lo sacas a pasear como en este cuento…
    Genial la idea central de la estructura del cuento: la araña entre las teclas. ¡Qué perspectiva! los ojos de espejo del escritor. ¡Las flores en las lágrimas secas, ya sin creación! Perfecto; imaginativo, creativo, oda a la cración y al optimismo (aunque creo es tautología).
    Julio, disculpa otra vez; tal vez ya soy viejo para esto, pero mucha reiteración conceptual. mucha aclaración, ¡déjanos trabajo a nosotros, tus lectores!
    Un abrazo, Iván VANCHO (Lee blog de Osvaldo Personajes y su Sombra, es muy bueno)

  2. julio c valdez a dice:

    Iván. Tus comentarios me han puesto a pensar. En efecto, hace unos años escribía mis informes de trabajo en una máquina de escribir modelo antiguo. Y, un día, salió por la parte superior una arañita. Traté de tomarla y colocarla en un árbol, pero no lo conseguí. Volvió a entrar. Yo temía triturarla con el tecleo, pero a los pocos días apareció de nuevo, se paseó por la superficie y volvió a entrar. Supuse que de verdad ella vivía en la máquina. Lo demás es pura imaginación… lo que dices, decíam me pone a pensar, pues como escribo ensayos, y repotes científicos, estos deben ser de lo más explícitos y precisos. Pero, en relatos y cuentos, tienes razón, hay que decir menos y sugerir más… Lo asumo.

    un abrazo. julio



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