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Los pasajeros de la nueva estacion

Arleya era una joven que vivía en una humilde casa, a orillas del enjuto bosque. Su padre, un hosco molinero; su madre, una robusta y calurosa mujer de hogar.

La muchacha era intensamente curiosa. Recorría la casa, el patio y sus alrededores, arrojando preguntas en todas direcciones. Le inquietaba grandemente saber qué había más allá de la línea del bosque que su padre le prohibía cruzar.

Sus curiosos paseos le llevaban cada vez más lejos. Cruzaba el límite fijado por su padre, para luego regresar temerosa, a toda prisa.

Un día, decidió ir más lejos. Y perdió el camino a casa, no pudiendo ya regresar. Caminó largamente, intentando dejar el miedo en los umbrosos parajes. Pensaba que debía haber otros seres humanos en aquellas inmensas soledades… Aprendió a comer extraños frutos y ceñudas raíces. Cuando se quedaba dormida de cansancio, soñaba cosas muy bonitas.

Rebasó el bosque. Recorrió zonas áridas, desérticas. Pensaba en su hogar, en sus padres, y le abrió la puerta a una legión de melancolías.
Un día, descendiendo por una leve llanura, oyó voces alegres y cantos. Se acercó tímidamente. Encontró a familias enteras, abiertas a la felicidad.
-Quiénes son ustedes? –les preguntó.

-Somos los Pasajeros de la Nueva Estación –respondieron.
Buscaban esa tierra llena de flores, sueños y arco iris, que alguien imaginó alguna vez. Eran, sin duda, militantes de la alegría.
Arleya les contó que andaba perdida y les preguntó si podía quedarse con ellos. Le dijeron que sí.

A cada sitio que llegaban, construían un hermoso pueblo para vivir. Luego, lo dejaban, para que otros viajeros le habitaran.

-Y, ¿ qué es la Nueva Estación? –preguntaba Arleya, con su habitual curiosidad.

-Lo sabremos exactamente cuando lleguemos –le respondieron ellos-. Hasta ahora, sólo la hemos visto en nuestros sueños más hermosos.

Una tarde, Arleya se puso a pensar largo rato en sus padres y sintió una nostalgia tan grande que el llanto vino a habitarle. Hasta que, involuntariamente, se durmió. Al despertar, los Pasajeros de la Nueva Estación se habían ido.

Arleya estaba de nuevo sola, perdida. Caminó inmensas distancias. Un viajero le dijo que en cierta alta montaña, vivía un sabio que podía ayudarla. Ella se encumbró, avivando fe dentro de sí.

Al fin le halló. Parecía muy joven. Ella le contó su caso, concluyendo que ya no sabía qué hacer con su vida. El sabio miró largo rato el fuego encendido ante sí y luego dijo a Arleya:

-Debes hacer exactamente lo que yo te diga, sin desviarte jamás de mis palabras. Sólo así recibirás la ayuda solicitada.

El sabio le indicó que debía caminar tres días y tres noches hacia el norte y entrar en el primer lago que encontrara. No podía tomar nada para sí. Luego, seguiría andando, hacia el oriente. Hallaría una cueva, a la que debería entrar sin permitir que nadie la siguiera. Caminaría tres días y tres noches más, en la misma dirección. Alguien le hablaría, pero élla no debía escucharle.

Arleya emprendió el viaje, siguiendo las indicaciones del sabio. Encontró el lago, grande, hermoso. Entró en él y empezó recorrerlo. Una cinta de color verdoso lo atravesaba en todos los sentidos. Estaba lleno de cosas que mucha gente extravió alguna vez. Había cadáveres enredados en algas.

Cuando se disponía a abandonar las aguas, vio en el suelo una muñeca de trapo que perdió siendo niña. Recordó que el sabio le había ordenado no tomar nada. Pero, sucedía que esa muñeca significó mucho para su niñez. La tomó y la escondió entre su ropa, por si el sabio había mandado a alguien para vigilarla. Salió.

Caminó otros tres días, ahora hacia el oriente. Encontró una cueva. Al entrar en ella, sintió fantasmas, voces perdidas, sombras, dibujando gestos en las paredes. Caminó un rato dentro de la cueva y dio con una salida lateral. Al ir fuera, se dio cuenta de que un grande y hermoso lobo se le vino detrás. Lo acarició y el animal se veía contento de hallarla. Intentó irse, y el animal la persiguió. Vino a su memoria la orden del sabio referida que nadie debía ir tras ella. Intentó ahuyentarlo, pero fue inútil. Se dijo entonces que ella no era responsable, por cuanto el lobo actuaba por propia voluntad.

Siguió andando, tres días y tres noches más. Bajo un árbol lleno de esperanza, permanecía un joven alto y gallardo. Al acercarse, pudo oír su voz de color azul. El la invitó a su casa, ofreciéndole momentos de profunda alegría. Ella no pudo resistirse, aún cuando estaba consciente de que había roto completamente el trato hecho con el sabio.

Mas, en cualquier recodo del camino, desapareció repentinamente el joven. Arleya se volvió y tampoco el lobo estaba. Buscó entre sus ropas, para no hallar la muñeca. Cayó al suelo, invadida de pronto por un cansancio de siglos.
Cuando pudo reaccionar, emprendió el camino de regreso al lugar donde había hablado con el sabio. Después de un penoso viaje, llegó, pero el sabio ya no estaba.

La tristeza se le desbordaba dentro. No tenía ya ninguna razón para vivir. Pensaba en una forma digna de acabar con todo, cuando vio una inscripción sobre una piedra:

“En el fuego está la respuesta”.

El sabio, antes de partir, le había dejado ese mensaje. En efecto, el fuego estaba aún encendido. Se sentó a contemplarle…

Al cabo de un rato, vinieron a poblarla algunas imágenes. La desaparecida muñeca le hablaba de olvidadas historias de niña, recordándole todas las semillas que entonces Arleya había plantado dentro de sí. La visión del lobo, recorriendo grandes campiñas, le convencía de la posibilidad de vivir diversas vidas en una sola existencia. El joven alto y gallardo era una fuente de esperanza que le permitía sostenerse sobre sí misma.

Entonces, se puso de pie y emprendió la búsqueda de los Pasajeros de la Nueva Estación. No los encontraba por ninguna parte. Tampoco los pueblos que ellos iban dejando tras de sí. Pero una fuerza, desde adentro, le decía que era necesario seguir.

Hasta que empezó a decirse a sí misma que ella también podía convertirse en un Pasajero de la Nueva Estación. Después de todo, esa ruta estaba marcada por los sueños. Y, cualquiera, poniendo de su parte, podía soñar.
Arleya empezó a renacer. Buscando la Nueva Estación. Debía recuperar los pasos perdidos, asumir la libertad y los riesgos, destilando en sí la esperanza. La alegría fue tan grande que empezó a cantar y reír. Y lo hizo con todas sus fuerzas. Mucha gente la oía desde el desierto, el valle, la llanura, la montaña, el bosque, y se acercaba a élla. La rodearon. Ella les habló de la Nueva Estación. Ellos también soñaron, cantaron y rieron. Y empezaron a construir pueblos hermosos.

Arleya empezó a preguntarse si la Nueva Estación acaso no había estado siempre con ella. Cada cual, pues, podía alcanzar la Nueva Estación si se lo proponía. Nadie podía visitar los pueblos de otros, puesto que cada cual debía construir sus espacios a la medida de sus sueños. Un día, contemplándose en el río, Arleya se dio cuenta de que era ya toda una mujer. Se había hecho sabia de golpe. Veía que su futuro empezaba donde culminaba la frontera entre sueño y realidad, donde el compartir risas, canciones, llantos, sudor y pan era superior a la más grande de las soledades.

Julio C Valdez

(Del libro: Los Pasajeros de la nueva Estación)

literatura

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Comentarios

2 respuestas a “Los pasajeros de la nueva estacion”
  1. Iván Salazar Urrutia dice:

    Julio: Aplausos. Gracias por compartirlo.
    Me sobra absolutamente el último y final párrafo: “Arleya empezó a preguntarse si la Nueva Estación acaso no había…” Tal vez producto de un poco de desconfianza en el lector quien finalmente termina todo cuento; más allá de la intención del autor.
    En todo caso La Nueva Estación puede no ser para nosotros tan nueva, o puedeser que sea nueva y nosotros no sepamos distinguirla; ya sabes que los ojos ven sólo aquello que conocen. Las cosas nuevas no tienen espacio en la memoria. De aquí lo importante de no asentar viejos palacios en los jardines de la infancia. Esto, a propósito de aquel artículo sobre educación que escribistes.
    Reitero mis aplausos y agradecimientos, Iván VANCHO

  2. julio c valdez a dice:

    Hola, Iván.

    De nuevo te agradezco tus comentarios. Es un cuento que escribí hace algún tiempo, y no me atrevo a revisarlo, a ponerle o quitarle nada. En todo caso, tomaré tu propuesta para futuras creaciones.



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