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Los movimientos sociales: una aproximación ontológica

Introducción

Nos gustaría plantear una hipótesis sobre lo que hasta ahora se ha venido llamando los  movimientos sociales. Raúl Zibechi (2004) ha puesto en duda esta denominación,  sugiriendo que el movimiento está en la sociedad misma. Sugiere, al parecer, un cambio en el enfoque mediante el cual visualizamos la acción, el sentir y el pensar de esos colectivos organizados que han logrado conquistar “pequeños” espacios en el marco de la totalidad social. ¿Por qué no mirarlos desde esa totalidad social, cuya reconfiguración interna y externa ha abierto la posibilidad de abrir nuevos cauces de convivencia y de existencia pública?

En otras palabras: es posible que esas vivencias colectivas, que no se agotan en lo reivindicativo, sino que abren nuevas constelaciones existenciales cargadas de futuro, que son los llamados movimientos sociales, entrelazados, casi silenciosamente, puedan alterar el perfil global de la sociedad. Por ejemplo, en Venezuela, según la filosofía explícita del gobierno, tales movimientos tienen la oportunidad de accionar protagónicamente en proyectos sociales de gran escala. Tal vez otros países también lo asuman de esta manera. En este caso, la categoría “movimientos sociales”, sería un momento anticipatorio de un amanecer social, que a falta de un nombre mejor, pudiera denominarse un nuevo estadio civilizatorio. En todo caso, se trata de espacios humanos de relación, donde se vivencian identidades específicas, de una enorme riqueza que parece contrastar con una orfandad teórica.

Antes, tal vez convenga recordar que ese auge de los llamados movimientos, y su eventual incidencia en el curso total de la sociedad, no pueden desarrollarse sin grandes tensiones sociales. Pues, es un hecho que pone sobre la mesa intensos conflictos de intereses antagónicos, entre fuerzas sociales, cuya resolución implica transformaciones profundas en el orden existente.

Los movimientos sociales, sin ser un fenómeno nuevo, toman relevancia en las configuraciones sociales contemporáneas.  No sólo se consideran salidas locales, inmediatas, a situaciones de crisis, sino espacios dinámicos con tendencia a consolidarse, e incluso, a incidir en la marcha global de la sociedad. En el caso de América Latina, movimientos tales como los zapatistas (México), los piqueteros (Argentina), los sin tierra (Brasil), los Círculos bolivarianos (Venezuela), el movimiento indígena (Ecuador, Bolivia), entre otros, mantienen definiciones explícitas de su propia identidad, que  apuntan a la reorganización de las relaciones sociales.

En tal sentido, en el presente estudio nos proponemos una aproximación ontológica a los movimientos sociales, es decir, una indagación sobre el ser de tales movimientos. Para tal aproximación, tomaremos tres principios: el principio de identidad (cómo se definen a sí mismos), el principio de oposición (contra qué se oponen) y, en menor grado, el principio de totalidad (superación de la antinomia identidad-oposición) (Doise, 1991).

La identidad

El ser de estos movimientos sociales apunta a concebir al ser humano como un ser en relación, más que un ente individual. La categoría de relación es primordial, está en el ser y el hacer de los movimientos, sin que ello implique la supresión de las iniciativas y los intereses personales. Esto implica la preeminencia de valores tales como solidaridad, cooperación, en contraposición con el individualismo competitivo de la filosofía económica occidental.

Estos movimientos, desde su quehacer cotidiano, generan una concepción del mundo, donde se favorece la relación solidaria entre seres humanos, la diversidad, la autoorganización y, sobre todo, el amor. Por ejemplo, Enrique Pineda Ramírez (2005) señala que para el movimiento zapatista la búsqueda fundamental es el amor. Este movimiento habla de la verdad múltiple, y esboza lemas aparentemente contradictorios, tales como “mandar obedeciendo”, y “caminar preguntando”.

Otras características de estos movimientos, es la búsqueda de integración de acciones diferentes, pero necesarias, tales como, en palabras de Rubén de la Torrientel (2005), la autoorganización (acción hacia adentro) y la lucha y la denuncia cotidiana (acción hacia fuera).

No obstante, en el caso de que estos movimientos puedan incidir en el curso de la sociedad total (como se plantea explícitamente en la filosofía actual del estado venezolano), se trataría de organizar la construcción del poder popular desde las bases, bajo la premisa de “Todo el Poder para el Pueblo”. Ello haría valer el carácter vinculante de las decisiones colectivas que sean responsables, democráticas y que obedezcan a la voluntad mayoritaria, con pleno respeto a las minorías. Así, se ejercería la participación protagónica de los diversos grupos humanos en la elaboración y ejecución de planes, en la administración y gestión de recursos, proyectos y obras, y en el control social de los mismos

Y, como se evidenció en el Foro Social de las Américas, realizado en 2004 en Ecuador, se trataría de ir más allá de lo local, mediante el establecimiento de un diálogo permanente entre organizaciones que piensan que “Otra América es posible”.

En un ejercicio de sistematización, intentaremos caracterizar el mundo que llevan consigo los llamados movimientos sociales, es decir, su ser, sus rasgos ontológicos:

1. La sociedad es un espacio para la cooperación y la solidaridad.  La sociedad es un espacio de relación entre seres humanos, donde se da preeminencia a la vida cooperativa y solidaria. Esto supone que, lejos de estar constituidos por individualidades compitiendo entre sí, las personas somos seres en vínculo.   Por eso, la forma natural de vivir es en cooperación, en solidaridad  (de aquí el enfático rechazo a estadios y estructuras sociales que propicien la estratificación, las desigualdades, las injusticias). Esto no significa que en estos sectores no se presenten las rivalidades, vicios y conflictos, más se trata de prácticas que hay que superar más temprano que tarde.
2. La libertad como forma de relación. La libertad, en esta concepción, implica la búsqueda colectiva de las mejores condiciones posibles para la cooperación y la horizontalidad en las relaciones sociales, con respeto a la naturaleza y a la totalidad de los seres vivos. Es tarea de los gobiernos, desde esta concepción, fomentar esa creación de condiciones sociales para la cooperación, para la relación dialógica, para el fomento de la economía comunitaria, disminuyendo de ese modo  la carga de privilegios que hace que unas personas exploten a las otras. La libertad no se da desde lo individual, sino desde la acción relacional entre seres humanos, y entre seres humanos y la naturaleza. Sólo se puede buscar beneficios personales, buscando al mismo tiempo beneficios para todos.
3. Los signos cardinales son la participación y el protagonismo social de los colectivos.  Los seres humanos, desde los colectivos organizados, asumen  acciones que abarcan integradamente diversos ámbitos (económico, social, cultural), mientras se favorecen las situaciones de encuentro, intercambio, integración social. Desde esta visión, todos somos iguales ante la ley y ante Dios, tenemos las mismas posibilidades y las mismas oportunidades. La forma como nos relacionamos entre sí, y no las propiedades adquiridas, definen lo que somos. La sociedad es una configuración de colectivos, interconectados entre sí. Cada colectivo, en relación con los otros, desde sus ámbitos específicos, imprime dirección y sus propios rasgos a la vida social.
4. El liderazgo es colectivo. La política es un juego donde todos participamos, a diversos niveles. No existe una clase o un sector social privilegiado, de donde deban surgir los líderes sociales. El liderazgo es una condición de los diversos grupos humanos, y los dirigentes de tales grupos han de “obedecer” a tal condición. La medida del liderazgo está en la coordinación de fuerzas para obtener logros que beneficien e tales colectivos, así como aquéllos que ayuden a la estabilidad y crecimiento de todos.
5. El modelo social está constituido por sociedades tradicionales (por ejemplo indígenas), y experiencias locales  (movimientos de trabajadores, por ejemplo). Mas que la tensión entre capitalismo y socialismo (y sé que esto es profundamente discutible), se trata de un enfrentamiento entre la sociedad perfilada por el capitalismo a gran escala, y los pueblos que viven cotidianamente la memoria histórica, y prácticas ancestrales abiertas al futuro y a las nuevas complejidades sociales.

La oposición

Por otra parte,  estos movimientos tienden  a ver a buena parte del resto de la sociedad como  una estructura llena de injusticia e inequidad. Se oponen al llamado capitalismo, y su manifestación actual, el neoliberalismo. Se trata de una fuerza que, desde lo económico, domina lo político e impregna toda la sociedad. El mercado es el eje fundamental que rige todo lo demás, como una ley inexorable. Frei Beto lo ilustra en los siguientes términos: El mercado se perfeccionó, reduciendo la distancia entre la cosa física y la semántica, “y ahora trata de convencernos de que la salida para una vida mejor… es una cuestión individual (calidad de vida) y nos avisa de que se terminó el combustible que abastecía el motor de la historia. De ese modo el mercado ya no influye sólo en las relaciones de producción, influye también en todas las relaciones: familiares, afectivas, sexuales, políticas, religiosas… (y, por cierto, que Dios y el Estado se preocupen de los miserables…)”.

Esta fuerza dominante ha generado una ideología (sistema de creencias), que se refuerza permanentemente en el discurso político y en los mensajes emitidos por los medios de difusión masivos. Intentaremos caracterizarlo como sigue. Esta caracterización puede ayudar a delimitar lo antagónico a los movimientos sociales. El capitalismo se opone a los movimientos sociales emergentes, en el sentido de que concibe:

1. La sociedad es un campo de batalla por la supervivencia del más apto. La sociedad está conformada por individualidades, que compiten entre sí para lograr el éxito (por eso se teme y se odia todo lo que suene a comunismo, socialismo y colectivismo, donde, al parecer, la sociedad se iguala desde abajo, desde las carencias). La sociedad, desde esta óptica, es un campo de enfrentamiento constante, donde sobrevive el más apto (el que más acumula propiedades y capital). Es posible ejecutar alianzas circunstanciales, pero sólo para el logro de fines específicos.

1. El individualismo y la libertad van de la mano, pero en un marco legal que garantice el orden. El Estado debe dar la mayor libertad (de empresa) posible, para que operen las supuestas leyes del mercado, reduciendo su papel al de árbitro desinteresado (de aquí proviene ese temor patológico a la intervención del gobierno para regular, normar y ejecutar planes que pueden afectar sus negocios). Por eso, para esta fuerza, son tan importantes las leyes, las reglas de juego y las instituciones que puedan defender sus creencias y sus intereses (visión del orden). Sin ellas, sobreviene el caos.

1. El capital y la propiedad privada son signos de progreso.  Existen signos, en esta ideología, que indican quiénes han logrado la supervivencia y el progreso social. Ellos son el capital (su poder de colocación) y la acumulación de propiedades (estructuras de generación o de consumo de capital). De ser necesario, sus sustentadores han de defender con la vida estos signos, porque eso garantiza el orden social.

1. El liderazgo social es de los más aptos. Como consecuencia de lo anterior, los individuos más aptos (exitosos, con propiedades valiosas), o sus representantes, son los que deben dirigir la política pública, asumir el mando de las instituciones para favorecer la iniciativa privada. Los menos aptos, los que no han logrado mayor cosa (propiedades valiosas) para sí, mal pueden velar por la libertad de empresa y por la protección a la propiedad privada.  Las asociaciones de los obreros, campesinos y habitantes de villas, desde esta ideología, por estar conformadas por sujetos habituados a vivir en la miseria, sólo pueden contribuir a generar carencias para el resto de la sociedad. Por eso, los miembros de la clase alta, y algunos sectores de la clase media, han de ser los líderes del progreso social. Por ello, o intentan controlar partidos políticos, o en algunos casos participan directamente en la vida política.  Los pobres, desde estas creencias,  son un mal necesario, una fuerza de trabajo de reserva, pero hay que tenerlos controlados y apartados hasta donde sea posible, pues si ellos logran incidir en la sociedad, desde sus carencias, constituirían un peligro para el orden establecido (el que favorece los intereses de los propietarios).

1. El modelo favorito de esta fuerza es la sociedad norteamericana. El modelo principal, desde este enfoque, es la sociedad norteamericana, donde se supone que se manifiesta en toda su plenitud la economía neoliberal.

La totalidad:

Estas formas de resistencia y de construcción de mundos (siguiendo de nuevo a Zibechi),  han iniciado la transferencia desde las zonas rurales hasta algunas grandes ciudades. Su acción bien podría estar orientada a la defensa y consolidación de los espacios de autonomía territorializada que conocemos ya en las periferias de algunas ciudades del continente. En la medida que amplíen sus radios de acción y sus influencias culturales, serán generados puntos de tensión con el resto de la sociedad, lo que podría implicar cambios en su nivel ontológico (ser) y en el nivel estratégico (procedimental). Esto requerirá en el futuro nuevos estudios.

REFERENCIAS DOCUMENTALES:

Doise, W. (1991). Identidad, conversión e influencia social. En: La influencia social inconsciente: Estudios de psicología social experimental. Edición de Serge Moscovici, Gabriel Mugny y Juan Antonio Pérez. Barcelona: Anthropos.

Zibechi (2004). El otro mundo es el adentro de los movimientos. RedVoltaire.net.

Julio C. Valdez

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